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Full text of "Las vidas paralelas"

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BIBLIOTECA CLÁSICA 

TOMO XXIII 



LAS VIDAS 



PARALELAS 



DE 



PLUTARCO 



TRADUCIDAS DEL GRIEGO AL CASTELLANO 



POR 



D. ANTONIO RANZ ROMANILLOS 



TOMO III. 



MADRID 

IMPRENTaJcENTRAL a cargo de VÍCTOR SAIZ 
COLEGIATA, NÜM. 6 



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I e. 'I 6 

V.3 



V 






^(jíí:>Í> P6^""//<^ 



LISANDRO. 



El tesoro de los Acancios tiene en Delfos esta inscríp- 
eion: ^rasidas y los Acancios de los Atenienses, Por esta 
eaasa piensan muchos que la estatua de piedra que ha) 
I dentro del templo junto á la puerta es de Brasidas, siendo 

f asi cpie es un retrato de Lisandro, con gran cabellera á la 

antigua, y con una barba muy crecida, pues no por haberse 
\ cortado el cabello los Argivos por luto después de una 

gran derrota io dejaron crecer los Esparciaias, tomandd 
la contraría ensoberbecidos con la victoria, que es la opí* 
f nion de algunos: ni tampoco adoptaron esta costumbre 4c 

usar cabello largo^ á resulta de haberles parecido despre- 
e»bles y feos los Baquiadasv que de Corínto se acogieron 
á Lacedemonia, por tener el cabello cortado; sino ^pie esta 
fué también institución de Licurgo; de quien se refiere ha- 
ber dicho que el cabello á los hermosos les did^a más>gffa- 
eia, y á los feos los hacía más terribles. 

£1 padre de Lisandro, Aristoclito, se dice que aunque do 
era de casa real, era del linage de los Heraclidas. Crióse 
Lisandro en la pobreza, y desde luego se mostró dióeil, 
como el que más, á las instituciones de Esparta, valiente 
y domador de todos los placeres, á excepción solamente 
de aquel que resulta al hombre de vencer y de ser hoo- 




ARTES SCIENTIA VERtTA< 






8 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

de ningún modo desechara su disposición á complacerle» 
sino que dijese y pidiese cuanto quisiera, porque en nada 
sería desatendido. Entonces Lisandro le salió al encuentro 
diciendo: aPues que tal es, oh Ciro, tu buena voluntad, te 
pido y te exhorto á que añadas un óbolo al prest de los 
marineros, de manera que perciban cuatro óbolos en lugar 
de tres.» Complacido Ciro con esta honrosa petición, le en- 
tregó diez mil daricos, con los que aventajando en el óbolo 
á los marineros, y mejorando su condición, en poco tiempo 
dejó vacías las naves de los enemigos; porque el mayor 
número se iba al que daba más, y los que quedaban se vol- 
vían desidiosos é insubordinados, no dando sino disgustos 
á sus generales. Mas aun con haber dejado tan solos á los 
enemigos, y haberles hecho tantos males, huia receloso de 
un combate naval, temiendo á Alcibiades, que sobre ser 
hombre activo y tener mayores fuerzas, en cuantas bata- 
llas se habia encontrado hasta entonces por mar y por tierra 
en todas habia salido vencedor. 

Sucedió á poco que haciendo Alcibiades viaje á Focea 
desde Samos, y dejando con el mando de la armada á An- 
tioco, éste, como para insultar á Lisandro, se dirigió orgu- 
lloso con dos galeras al puerto de Efeso, pasando con ar- 
rogancia y con algazara y burla por delante de la escua- 
dra; de lo que irritado Lisandro, desde luego no despachó 
sino unas cuantas galeras en su persecución; pero viendo 
que los Atenienses le daban auxilio de su parte, envió 
luego otras, y al fin vino á trabarse un combate naval, en 
el que venció Lisandro, y tomando quince galeras erigió 
un trofeo. El pueblo de la capital de Atenas, disgustado con 
este suceso, quitó el mando á Alcibiades, y como también 
los soldados que habia en Samos le denostasen é imprope- 
rasen, se retiró del campamento al Quersoneso. No fué 
esta batalla en sí misma de grande entidad; pero la fortuna 
le dio nombradla por causa de Alcibiades. Lisandro de su 
parte hizo concurrir á Efeso de las otras ciudades á aque* 



LISANDRO. 9 

líos sujetos que observó sobresalían en valor y prudencia; 
•con lo que echó disimuladamente las primeras semillas de 
las innovaciones y mudanzas de gobierno que introdiqo 
más adelante. Procuró, pues, excitarlos é inflamarlos á qiie 

¡ formaran ligas y cofiradías entre sí, y á que se aplicaran á 

i los negocios, para que en el mismo momento de ser ex- 

cluidos los Atenienses, quitaran el gobierno democrático, 
y mandaran ellos en su respectiva patria. Cumplió á su 
tiempo á cada uno de éstos con obras la palabra que les 
habia dado, elevando á los que habia hecho sus amigos y 

1 huéspedes á los mayores honores, comisiones y mandos, 

' sin reparar en ser él también injusto, y en cometer errores 

por servir á la codicia de ellos; de donde provino que lo- 
dos le tenian consideración, le obsequiaban y deseaban, 
con la esperanza de que podrían aspirar á las mayores co- 
sas si él quedaba vencedor; por lo cual al principio vieron 

; oon disgusto que iba Calicrátidas á sucederle; y aun des- 

pués, cuando ya éste habia dado pruebas de ser el hom- 
bre más recto y justo, no estaban contentos con su modo 
de gobernar, que tenía mucho de la verdad y sencillez 
<j[órica; sino que admirando su virtud á la manera que la 
belleza de una estatua heroica, echaban menos la acti- 
vidad de aquél, y buscaban su condescendencia con los 
amigos, y la utilidad que les provenia: así es que cuando 
partió se desconsolaron, y llegaron hasta derramar lá- 

) grimas. 

I Contribuía él también por su parte á indisponerlos toda- 

vía más con Calicrátidas; y lo que restaba aún del dinero 
que Ciro le habia dado para la escuadra, lo volvió á remi- 
tir á Sardis, diciendo que el mismo Calicrátidas lo pidiese, 
ó viera de dónde habia de sacar con qué mantener á los 
soldados. Finalmente, al estar para partir, tomó testigos 

|, de que entregaba la armada dueña del mar; mas queriendo 

^^ aquél reprender su vana y presuntuosa ambición, «pues 

] ipor qué, le dijo, dejando á la izquierda á Samos, y nave» 

t 

i 



V 



10 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

gando á Mileto, no me haces allí la entrega de la armada? 
puesto que si somos dueños del mar, en él no tenemos por 
qué temer á los enemigos que se hallan en Samos;» pero 
respondiéndole Lisandro que ya no tenía mando, sino que 
él era quien estaba encargado de la escuadra, tomó la 
vuelta del Peloponeso, dejando á Calicrátidas en el mayor 
apuro. Porque ni á su venida habia traido fondos de Es- 
parta, ni le sufría su corazón recogerlos por fuerza de las 
ciudades, que estaban infelices. No le quedaba, pues, otro 
recurso que ir, como Lisandro, á tocar las puertas de los 
generales del Rey, y mendigarlos de ellos, para lo que era 
el menos á propósito del mundo; porque como hombre 
libre y de elevados pensamientos, creia que cualquiera 
derrota de los Griegos era para la Grecia toda más hon- 
rosa que el adular y presentarse ante las puertas de unos 
bárbaros que, fuera de poseer mucho oro, nada bueno te- 
nían. Precisado sin embargo de la estrechez, subiendo á 
la Lidia, marchó en derechura á la casa de Ciro, y mandó 
decir que Calicrátidas, el comandante de la escuadra, es- 
taba allí y quería hablarle; pero como uno de los que ser- 
vían á la puerta le diese la respuesta de que Ciro no estaba 
entonces de vagar porque bebía, «pues nada malo hay en 
eso, le contestó, porque yo me esperaré aquí hasta que 
haya bebido.» Parecióles á aquellos bárbaros que era un 
hombre muy inurbano, y como observase que se reían 
de él, se marchó. Volvió segunda vez á la puerta, y no 
siendo admitido, incomodado de ello, marchó á Efeso, 
echando mil imprecaciones contra los primeros que fueron 
45orrompidos con el lujo de los bárbaros y que los ense- 
naron á ser insolentes á causa de su riqueza, y jurando 
ante los que se hallaban presentes, que apenas se viese en 
Esparta haría todo cuanto le fuese posible porque se re- 
conciliaran entre sí los Griegos y porque, haciéndose te- 
mibles á los bárbaros, se dejaran de implorar la fuerza de 
éstos unos contra otros. 



LISANORO. li 

Mas Galicrátidas, que pensaba de un modo digno de Es- 
parta, y que competía en justicia, en magnanimidad y valor 
con los más elevados varones de la Grecia, vencido al 
cabo de poco tiempo en el combate naval de Arginasas, 
perdió en él la vida, con lo que los negocios tomaron mal 
aspecto; y enviando los aliados embajadores á £sparta, 
pidieron por comandante de la armada á Lisandro, á causa 
de que mandando él concurrirían con mejor noluntad á lo 
que fuese menester; y también Ciro les escribió con el 
propio objeto. Mas como hubiese una ley que no permitía 
que uno mismo mandase dos veces la armada, deseando 
los Lacedemonios dar gusto á los aliados, en la apariencia 
crearon general á un tal Araco; pero mandando á Lisandro 
de enviado en el nombre, en la realidad le hicieron el ar- 
bitro de todo; lo que se ejecutó asi muy según el deseo 
4e los que gobernaban y tenian el principal influjo en las 
ciudades; porque esperaban que todavía habian de adelan- 
tar por él en poder después de disuelto el gobierno popu- 
lar. Pero para los que gustaban más de un modo de go- 
bernar sencillo y generoso, comparado Lisandro con Gali- 
crátidas, parecía astuto y solapado, usando en la guerra 
de diversas clases de engaños, y celebrando lo justo 
cuando iba unido con lo provechoso; mas si no, em- 
pleando lo útil como si fuera honesto; porque no creía que 
la verdad fuese por naturaleza preferible á la mentira^ 
sino que por el provecho discernía el aprecio que había de 
darse á una ú otra; y á los que le decían no ser digno de 
los descendientes de Hércules el hacer con engaños la 
guerra, los mandaba á pasear; diciendo que donde no al- 
canzaba la piel de león, se habia de coser un poco de la 
de zorra. 

Que era este su carácter se confirma con lo que se dice 
haber hecho en Mileto: porque habiendo prometido á sus 
amigos y huéspedes que les ayudaría á desatar la demo- 
cracia y desterrar á los contraríos; como aquellos hubie- 



12 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

sen mudado de propósito y reconciliádose con sus ene- 
migos, lo que es públicamente, fingió que se holgaba mu- 
cho de ello y tomaba parte en la reconciliación; pero en 
secreto los reprendía y vituperaba, excitándolos á sobre- 
ponerse á la muchedumbre. Cuando ya tuvo noticia de la 
insurrección, partió inmediatamente á auxiliarla, y en- 
trando en la ciudad, á los primeros con quienes tropezó 
de los insurgentes los maltrató de palabra y se les mostró 
irritado, como si hubiera de tomar venganza de ellos; y á 
los otros les inspiraba confianza, dándoles á entender que 
nada desagradable temieran mientras él estuviese allí: ha- 
ciendo uso de estas ficciones y de estos diferentes pape^ 
les, con la mira de que no huyesen los demócratas y de 
mayor poder, sino que permaneciesen en la ciudad, para 
quitarles la vida, como efectivamente sucedió, porque pe- 
recieron todos cuantos se confiaron. También nos ha con- 
servado Andróclidas una expresión de Lisandro, que de- 
pone contra su indiferencia en materias de juramentos; 
porque, según dice, era su opinión que á los niños se les 
habia de engañar con dados, y á los hombres con jura- 
mentos: tomando malamente por modelo un general á un 
tirano, esto es, Lisandro á Policrates de Samos: fuera de 
que no era muy espartano, sobre ser muy inicuo, el ha- 
berse mal así con los Dioses como con los enemigos: por- 
que el que abusa para engañar del juramento, reconoce 
que teme á su enemigo, y que insulta á Dios. 

Llamó Giro á Sardis á Lisandro, y dándole diferentes 
cosas, le prometió otras, diciendo con ardor juvenil en su 
obsequio, que aun cuando nada diera su padre, pondria en 
mano de Lisandro cuanto á él le pertenecía; y á falta de 
todo se desharía del trono en que daba audiencia, que era 
todo de oro y plata. Finalmente, que subiendo á la Media 
tratarla con el padre de que aquél recogiese los tributos 
de las ciudades, para lo que le hacía entrega de su auto- 
ridad. Despidiéronse,Sy rogándole que no combatiera con 



LISANDRO. 43 

los Atenienses antes que él volviese, porque volvería tra- 
yendo muchas naves de la Fenicia y la Cilicia, subió á 
donde estaba el padre. Lisandro, no podiendo combatir ni 
aun con iguales fuerzas, ni tampoco estarse sin hacer 
nada con tan gran número de naves, dando la vela, atrajo 
¿ algunas de las islas; y á Egina y Salamína, penetrando 
en ellas, las taló. Subiendo después al Ática, pasó á salu- 
dar á Agis, bajando para esto desde Decelia, é hizo ante el 
ejército de tierra, que allí se hallaba, ostentación de sus 
fuerzas navales, como que podia por mar aun más de lo 
que quería; y con todo, como los Atenienses fuesen en su 
persecución, huyó por medio de las islas apresuradamente 
al Asia; donde hallando desamparado el Helesponto, aco- 
metió él mismo desde el mar con las naves á Lamsaco; y 
Tórax, acudiendo también con las tropas de tierra al mis- 
mo punto, combatió las murallas, con lo que tomó la ciu- 
dad á viva fuerza, permitiendo á los soldados que la sa- 
queasen. Hacía vela á la sazón la armada de los Atenien- 
ses, fuerte de ciento y ochenta galeras, á Eleunte del 
Quersoneso; pero con la noticia de haberse perdido Lam- 
saco, tomaron al punto rumbo para Sesto; y provistos allí 
de víveres se dirigieron á Egospotamos enfrente de los 
enemigos, que todavía estaban surtos en Lamsaco. Eran 
generales de los Atenienses varios otros, y Filocles^ aquel 
que antes habia persuadido al pueblo que se hiciera ley 
para que se cortara el dedo pulgar de la mano derecha á 
los que se cautivasen en la guerra, á fin de que no pudie- 
ran llevar la lanza, pero sí manejar el remo. 

Nada hicieron por entonces ni unos ni otros, esperando 
que al dia siguiente se combatirían las escuadras; pero 
muy distinto era el pensamiento de Lisandro; el cual sin 
embargo dio orden á los marineros y pilotos, como si al 
otro dia al amanecerse hubiera de pelear, de que montasen 
las galeras y esperasen en formación y con silencio la dispo- 
sición que se les comunicase; y de la misma manera mandó 



14 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que el ejército de tierra aguardara igualmente sin moverse. 
Al salir el sol los Atenienses se presentaron de frente provo- 
cándolos con todas sus naves; y él, con tener las suyas en 
orden y bien tripuladas desde la noche, no se hizo al mar; 
y antes por sus edecanes envió avisos á las naves princi- 
pales para que permanecieran en su puesto, sin inquietar- 
se ni salir contra los enemigos. Hubiéronse de retirar ya 
al oscurecer los Atenienses; y é\ sin embargo no permitió 
á los soldados desembarcarse sin haber despachado antes 
de exploradoras dos ó tres galeras, y haber vuelto estas 
con la noticia de que habian visto saltar en tierra á los 
enemigos. Ejecutóse enteramente lo mismo el dia siguien- 
te, y el tercero y el cuarto: de manera qu3 los Atenienses 
concibieron la mayor confianza, y empezaron á mirar con 
desprecio á los enemigos, como que les temían y les ha- 
bian cobrado miedo. En tanto Alcibiades, que se hallaba 
todavía en el Quersoneso detenido en una de sus plazas, 
marchando á caballo al ejército de los Atenienses, increpó 
á los generales primeramente de haber anclado en una 
costa mal segura y abierta, y en segundo lugar de que ha- 
cían mal en ir lejos á tomar las provisiones de Sesto, cuan- 
do les convenia no apartarse mucho de esta ciudad y su 
puerto, manteniéndose á distancia de unos enemigos que 
estaban á las órdenes de un hombre solo, obedeciéndo- 
le en todo por miedo á la menor señal. Estas lecciones les 
daba; mas ellos no le prestaron oídos, y aun Tideo lo 
despidió con enfado, díciéndole que no era Alcibiades, sino 
otros los que mandaban. 

Separóse, pues, de ellos Alcibiades, no sin alguna sospe- 
cha de que eran traidores á su patria. Hicieron los Ate- 
nienses al quinto dia su navegación y retirada según cos- 
tumbre, con gran desden y desprecio; y Lisandro, al en- 
viar las naves exploradoras, encargó á los capitanes que 
inmediatamente después de haber visto desembarcarse á 
los Atenienses, se apresurasen á volver, y al estar en me- 



LIS ANDRÓ. 15 

dio de la travesía levantasen en alto por la proa un escudo 
de bronce en señal de que debían hacerse á la vela. En 
tanto, convocaba á los pilotos y capitanes y los exhortaba 
á que cada uno tuviese á bordo y en orden á todos los in* 
dividuos de la marinería y tripulación, y á la primera se- 
ñal moviesen aceleradamente contra los enemigos. Luego 
que de las naves se levantó en alto el escudo, y se dio de 
la capitana la señal con la trompeta, salieron al mar las 
naves, y el ejército de tierra marchó por la costa hacia el 
promontorio; y siendo la distancia que habia entre ambos 
continentes de quince estadios, con la diligencia y ardor 
de los remeros en breves instantes fué vencida. Conon fué 
el primero de los generales atenienses que divisó en el 
mar la escuadra, é inmediatamente esforzó la voz para que 
se embarcaran; y sintiendo ya el mal que les habia sobre- 
venido, convocaba á unos, rogaba á otros, y á otros los obli- 
gaba á tripular las naVes; pero toda su diligencia era vana, 
estando la gente dispersa; pues luego que saltaron en tier- 
ra unos habían marchado á tomar víveres, otros andaban 
divertidos, y oíros dormían en las tiendas, muy distantes 
todos de aquel apuro y menester por impericia de sus ge- 
nerales. Guando ya los enemigos estaban encima con gran- 
de gritería y.alboroto, Conon se hizo á la vela con ocho 
naves, y se retiró á Chipre al amparo de Evagoras; pero 
cargando sobre las demás los del Peloponeso, de ellas to- 
maron unas enteramente vacías, y desbarataron otras que 
ya estaban tripuladas. De la gente unos murieron cerca de 
las naves cuando desarmados corrían á defenderlas, y 
otros recibieron la muerte mientras huían por tierra, des- 
embarcándose al efecto los enemigos. Tomó Lisandro 
cautivos á tres mil hombres, inclusos los generales y la 
armada entera, á excepción de la galera de Paralo y las 
que Conon llevó consigo. Amarradas, pues, las naves y sa- 
queado el compa mentó, navegó al son de las trompetas y 
entonando canciones triunfales la vuelta de Lamsaco; ha- 



16 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

biendo ejecutado con el menor trabajo la mayor basaña, y 
abreviado en una bora sola un tiempo muy dilatado, por 
baber terminado en ella de un modo increíble la guerra 
más encarnizada y de más varios casos de fortuna entre 
cuantas la babian precedido; la cual, después de una in- 
decible alternativa de sucesos y de la pérdida de más ge- 
nerales que los que fallecieron en todas las demás guerras 
de la Grecia, fué de este modo fenecida por el tino y ha- 
bilidad de un bombre solo: asi es que esta hazaña fué cali- 
ficada de divina. 

Hubo algunos que dijeron haber visto, al punto mismo 
de salir contra los enemigos la nave de Lisandro, brillar 
de una y otra parte sobre el timón de ella la constelación de 
los Dióscuros con grandes resplandores; y otros afirman 
que la caida de la piedra fué señal de este acontecimiento, 
porque, como es opinión común, cayó del cielo hacia 
Egospotamos una piedra de gran tamaño, la que muestran 
todavía en el dia de hoy, siendo tenida en veneración por 
los del Quersoneso. Refíéreíse haber predicho Anaxágoras, 
que verificándose algún desnivel ó alguna conmoción de 
los cuerpos que están sujetos en el cielo, habría rompi- 
miento y caida de uno que se desprendiese, y que no está 
cada una de las estrellas en el lugar en que apareció; por- 
que siendo por su naturaleza pedregosas y pesadas, res- 
plandecen por reflejo y refracción del aire, y son arreba- 
tadas por el poder y fuerza de la esfera donde están suje- 
tas; como lo quedaron en un principio para no caerse acá, 
cuando lo frío y pesado se separó de los demás seres. 
Pero hay otra opinión más probable de los que afirman que 
las estrellas que caen, no son corrimiento ó destrucción 
del fuego etéreo que se apaga en el aire al mismo encen- 
derse; ni tampoco incendio y resplandor del aire, que in- 
flamándose asciende por su gran copia á la región supe- 
rior, sino desprendimiento y caida de los cuerpos celestes, 
como por ceder y perder su fuerza el movimiento de rota- 



LISANDRO. 17 

cion á causa de estremecimientos; los que no los llevan á 
puntos habitados de la tierra, sino que muchos van á caer al 
gran mar, por lo que después no aparecen. Mas con el di- 
cho de Anaxágoras conforma la relación de Damaco, quien 
en su tratado de La piedad expresa que antes de caer la 
piedra por setenta y cinco dias continuos se observó en el 
cielo un cuerpo encendido de gran magnitud á manera 
de nube de fuego, no quieto, sino movido en diferentes 
giros y direcciones; el cual, siendo llevado de una parte á 
otra, con la agitación y el mismo movimiento se partió en 
pedazos también encendidos, y que centelleaban como las 
estrellas que caen. Luego que cayó en aquel punto, y 
que los naturales se recobraron del miedo y sobresalto,, 
acudieron á él, y no encontraron del fuego ni una señal 
siquiera, sino una piedra tendida en el suelo, grande sí, 
pero que no conservaba ni la más pequeña parte de aque* 
lia circunferencia que apareció inflamada. Es bien claro 
que necesita Damaco lectores demasiado indulgentes; pero 
si su relación es cierta, convence con bastante fuerza á 
los que sostienen haber sido aquella una piedra que, 
arrancada de alguna elevación por los vientos y los hura- 
canes, se mantuvo y fué llevada en el aire como los torbe- 
llinos, hasta que se desplomó y cayó en el momento que 
cedió y aflojó la fuerza que la tenia elevada: á no ser que 
realnaente fuese fuego lo que se vio por muchos dias, y que 
de su extinción y destrucción resultasen vientos y agitacio- 
nes fuertes que después hiciesen caer la piedra. Pero es* 
tos objetos son más bien para tratados en otra especie de 
escritos. 

Lisandro, después que en consejo fueron condenados á 
muerte los tres mil Atenienses que habia tomado cautivos, 
hizo llamar al general Filocles, y le pregunto qué sentencia 
pronunciaba contra sí mismo, que tales consejos habia 
dado á sus conciudadanos contra los Griegos. Mas éste, 
sin mostrar abatimiento ninguno en aquel trance, le con* 

TOMO III. 2 



18 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

testó que era en vano acusar por cosas de que ninguno era 
juez competente; y que como vencedor mandara ejecutar 
lo que vencido habría tenido que sufrir. Lavóse después, y 
vistiéndose un rico manto, se puso al frente de sus con- 
ciudadanos para ser llevado á la matanza, según escribe 
Teofrasto. Recorrió kiégo Lisandro las ciudades, y líuantos 
Atenienses encontraba á todos les intimaba que marchasen 
á Atenas, porque no tendría indulgencia con ninguno, sino 
que haría dar la muerte á cuantos hallase fuera de la ciu- 
dad; lo que ejecutaba enviándolos á todos á la capital, por- 
que era su ánimo que en ella hubiese una grande hambre 
y carestía, para que no le diesen mucho que hacer con el 
cerco, sufríéndole en la abundancia. Disolvió, pues, las de- 
mocracias y demás gobiernos, y en cada ciudad dejó un 
gobernador lacedemonio y diez magistrados tomados de 
las cofradías que á su orden se habían establecido; lo que 
ejecutó, igualmente que en las ciudades enemigas, en las 
aliadas; y libre con esto de cuidados, volvió al mar, ha- 
biendo adquirído para sí en cierta manera la comandancia 
de toda la Grecia. Porque no tomaba los magistrados ni de 
la clase de los nobles, ni de la de los ricos; sino que todo 
lo hacía en obsequio de sus amigos y sus huéspedes, cons- 
tituyéndolos arbitros de las recompensas y de los casti- 
gos; con lo que, y prestarse él mismo álos asesinatos que 
aquellos ejecutaban, y á desterrar á los contrarios de sus 
enemigos, no dio la más favorable idea del mando de los 
Lacedemoníos. Asi, debe entenderse que chocheaba el his- 
toriador Teopompo cuando comparó á los Lacedemonios 
con los taberneros, por cuanto habiendo dado á los Grie- 
gos á probar la excelente bebida de la libertad, luego les 
habían echado vinagre; pues que desde luego fué muy de- 
sabrida y amarga su bebida, no permitiendo Lisandro que 
los pueblos fuesen independientes en sus negocios, y po- 
niendo las ciudades en manos de unos cuantos, y éstos los 
más atrevidos é insolentes. 



LISANDRO. 19 

Habiendo gastado bien corto tiempo en estas cosas y 
despachado á Lacedemonia quien anunciase que venía con 
doscientas naves, en las costas del Ática se juntó con los 
reyes Agis y Pausanias, con el propósito de tomar sin dila- 
ción la ciudad; mas como los Atenienses se defendiesen, 
vuelto á las naves, pasó otra vez al Asia, y en todas las 
ciudades sin distinción anuló los gobiernos que tenian y 
estableció los decemviros, con muerte en cada una de mu- 
chos y con fuga de otros tantos. En la isla de Samos, expe- 
liendo á todos los naturales, dio las ciudades á los que 
antes babian sido desterrados, y posesionándose de Sesto, 
ocupada por los Atenienses, no permitió que la habitasen 
los Sestios; sino que la ciudad y el territorio los dio á los 
pilotos y á los cómitres de su armada para que se los re- 
partiesen; aunque esto lo reprobaron los Lacedemonios, 
y restituyeron otra vez los Sestios á su tierra. Las disposi- 
ciones que con gusto vieron todos los Griegos fueron la 
de haber recobrado los Eginetas su ciudad al cabo de mu- 
cho tiempo, y la de haber sido restituidos por él los Mellos 
y Escionios, expeliendo á los Atenienses, y obligándolos á 
reintegrar á aquellos en sus ciudades. Noticioso ya enton- 
ces de que la capital se hallaba en mal estado apretada del 
hambre, navegó al Píreo, y estrechó á la ciudad, obligán- 
dola á admitir la paz con las condiciones que le prescri- 
bió. Algunos Lacedemonios dicen que Lisandro escribió á 
los Efopos en estos términos: «Se ha tomado Atenas;» y 
que los Eforos respondieron: «Basta con haberse tomado;» 
pero esta relación ha sido así compuesta por decoro: pues 
la verdadera resolución de tos Eforos fué en esta forma: 
«Los magistrados de los Lacedemonios han decretado que 
«derribando el Pireo y el murallon, y saliendo de todas las 
»demas ciudades, conservéis vuestro territorio; y bajólas 
«siguientes condiciones tendréis paz; daréis lo que fuere 
«menester; entregareis los pasados, y acerca del número 
«de naves haréis lo que allí se determine. t Este decreto 



fiO PLUTARCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

le admitieron los Atenienses á persuasión de Teramenes, 
hijo de Ágnon; y aun se dice que como Cleomeües, uno de 
los demagogos jóvenes, le replícase, por qué se atrevía á 
obrar y proponer lo contrario que Temístocles, entregan- 
do á los Lacedemonios unas murallas que aquól contra la 
voluntad de éstos había levantado, le respondió: «Nada 
de eso, oh joven; yo no obro en oposición con Temísto- 
cles, pues si él para la salud de los ciudadanos levantó 
estas murallas, por la misma salud las derribamos nos- 
otros: y si los muros hiciesen felices á las ciuda'Jes, Es- 
parta sería la más desdichada de todas, pues no eslá mu- 
rada.» 

Lisandro en el momento en que se hizo dueño de todas 
las naves, ^ excepción de doce, y de las murallas de los 
Atenienses, lo que so verificó el 46 del mes Muniquion, el 
mismo día en que se ganó en Salamina la batalla naval 
contra los bárbaros; resolvió mudar también el gobierno, 
y como ios Atenienses lo rehusasen y llevasen á mal, en- 
vió á decir al pueblo que estaban en el descubierto de ha- 
ber quebrantado los tratados, porque subsistían los muros 
después de pasados los días en que debieron derribarse; 
por tanto, que estaba en el caso de deliberar de nuevo 
acerca de ellos, pues que habían faltado á lo convenido. 
Algunos dicen que ante los aliados manifestó el dictamen 
dfi reducirlos á la esclavitud, y que Erianto de Tebas había 
sido de parecer de que la ciudad fuese demolida y el ter- 
ritorio quedase para pasto del ganado. Mas tenida nueva 
junta, y cantando mientras bebían uno de Focea aquella 
entrada del coro de la Electra de Eurípides, que empieza : 

Hija de Agamenón, oh Electra, vengo 
Al atrio yermo de tu triste alcázar, 

86 conmovieron todos, y tuvieron por cosa muy dura y 
abominable el destruir y arrasar una ciudad tan afamada 



LISANDRO. ii 

y que tan ilustres hijos«habia producido. Lisandro, pues, 
condescendiendo á todo los Atenienses, mandó traer de 
la ciudad muchas tañedoras de flauta, y reuniéndolas to- 
das en su campo, á son de flauta arrasó los muros é incen- 
dió las naves, coronando al mismo tiempo sus cabezas, y 
aplaudiendo con himnos los aliados, como que en aquel 
dia empezaba su libertad. En seguida sin perder tiempo 
mudó asimismo el gobierno, estableciendo treinta tiranos 
en la ciudad y diez en el Pireo. Puso también guarnición 
en la ciudadela, nombrando por gobernador á Calibío de 
Esparta. Sucedió con éste que habiendo levantado la vara 
para herir á Autolico el gladiator, que es el objeto del con- 
vite escrito por Geriofonte, cogiéndole éste de las piernas 
le levantó en alto y derribó en tierra; de lo que no sola no 
se incomodó Lisandro, sino que jreprendió á Calibio, d¡- 
ciéndole que debia saber mandaba á hombres libres; pero 
con todo los treinta tiranos quitaron de allí á poco la 
vida á Autolico, precisamente por hacer obsequio á Ca- 
libio. 

Hechas estas cosas, se embarcó Lisandro para la Tracia, 
y todo lo que le habia quedado de los fondos públicos, con 
cuantos dones y coronas habia recibido, siendo muchos 
ios que, como era natural, hacían presentes á un varón de 
tanto poder y dueño en cierta manera de la Grecia, lo re- 
mitió á Lacedemonia por medio de Gilipo, el que mandó 
en Sicilia. Este, según se dice, cortando por abajo las cos- 
turas de los sacos, y sacando de cada uno mucho dinero, 
los volvió á coser después, ignorante de que en cada uno 
había una factura que expresaba la cantidad. Llegado, 
pues, á Esparta, ocultó lo que habia sustraído debajo del 
tejado de su casa, y entregó los sacos á los Eforos mos- 
trándoles los sellos; pero abiertos los sacos y contado el 
dinero, se notó la diferencia entre la cantidad que resulta- 
ba y la de la factura, y hallándose los Eforos con este mo- 
tivo en grande confusión, un esclavo de Gilipo les dijo 



22 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

enigmáticamente que debajo del Cerámico (i) se recogían 
muchas lehuzas: pues, según parece, la marca de la mo- 
neda entre los Atenienses era por lo común una lechuza. 
Gilipo, convencido de una maldad tan fea é ignominiosa 
después de las grandes y brillantes hazañas que ánles ha- 
bla ejecutado, voluntariamente se expatrió de Lacedemo- 
nia, y los más prudentes de los Esparciatas, temiendo por 
esto mismo con más vehemencia el poder del dinero, pues 
veian los efectos que producía en ciudadanos tan principa- 
les, increpaban á Lisandro y hacian denuncia á los Eforos 
para que echaran fuera todo oro y toda plata como atrac- 
tivos de corrupción. Propusiéronlo los Eforos al pueblo; y 
Esquirafídas, según Teopompo, ó Elegidas, según Eforo, 
fué de dictamen de que no debia admitirse dinero ni mo- 
neda alguna de oro ó plata en la ciudad, sino usarse sólo 
de la moneda patria. Era ésta de hierro^ apagado antes en 
vinagre para que no pudiera otra vez forjarse, sino que 
por aquella mmersion quedase dura y nada maleable: á lo 
que se agregaba ser más pesada y de difícil conducción, 
de manera que en gran número y volumen se tenía poco 
valor. Y aun corre peligro que en lo antiguo en todas 
partes fuese lo mismo, usando unos por moneda de tarjas 
de hierro y otros de bronce; de donde ha quedado que á 
ciertas de estas tarjas, que corren en gran cantidad, se les 
llame óbolos, y dracma á la cantidad de seis óbolos, por- 
que esta era la que abarcaba la mano. Hicieron sin embar- 
go oposición á aquella propuesta los amigos de Lisandro, 
formando empeño de que el dinero quedase en la ciudad, 
y lograron se decretase que para el público se introdujese 
aquella moneda; pero si se hallaba que en particular la 
poseyese alguno, la pena fuese la de muerte: como si Li- 
curgo temiese al dinero, y no á la codicia de tenerlo; la 

(1) El Cerámico podia ser el tejado, y el término y sitio donde 
80 hacian las tejas, el cual tenia este nombre, asi como nosotros le 
llamamos los tejares. 



LISAMDRO. 23 

que no tanto la corta el no poseerle los particulares, coo^o 
la excita el que la república lo emplee, dándole el uso, 
precio y estimación: no siendo posible que lo que veian 
apreciado en público lo despreciasen como inútil en parti- 
cular, y que creyesen no servir de nada para los negocios 
domésticos una cosa tan estimada y apetecida en común; 
fuera de que con más facilidad pasan á los particulares las 
inclinaciones y costumbres manifestadas por los gobier- 
nos, que no los yerros y afectos de los particulares estra- 
gan y corrompen las costumbres públicas. Porque el que 
las partes se estraguen juntamente con el todo cuando 
este se inclina á lo peor, es muy natural y consiguiente: 
y los yerros de los miembros hallan respecto del todo mu- 
cha defensa y auxilio en los bien morigerados. Además^ 
aquellos á las casas de los particulares, para que en ella» 
no penetrase el dinero, les pusieron por guarda el miedo y 
la ley; pero no conservaron los ánimos insensibles é infle- 
xibles al atractivo del dinero, sino que antes encendieron 
en todos el deseo de enriquecer, como de una cosa grande 
y honorífica. Mas de este y otros institutos de los Lacede- 
monios hemos tratado en otro escrito. 

De los despojos consagró Lisandro en Delfos su retrato, 
y el de cada uno de los capitanes de las naves, y puso de 
oro las estrellas de los Dióscuros, las que ya no existían 
antes de la batalla de Leuctras. £n el tesoro de Brasidas y 
de los Acancios habia además una galera de dos codos he- 
cha de oro y marfil, la que le había enviado CiVo de regalo 
en parabién de la victoria. Alejandrides de Delfos refiere 
que existió allí un depósito de Lisandro en dinero de ub 
talento, cincuenta y dos minas, y además once pesos; di- 
ciendo cosas que están en oposición con lo que general- 
mente se halla recibido por todos acerca de su pobreza. 
Llegando entonces el poder de Lisandro al punto á que no 
habia llegado antes ninguno de los Griegos, parece que su 
arrogancia y orgullo sobrepujó todavía á su poder: por- 



^ 



^4 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que, según escribe Duris, las ciudades de la Grecia le eri- 
gieron altares como á un Dios, y le ofrecieron sacrificios. 
Fué asimismo el primero en cuyo honor se cantaron 
himnos , conservándose todavía en memoria uno que ano- 
pezaba así: 

lo pean, de Esparta la extendida 

Al ínclito caudillo celebremos, 

Que es ornamento de la excelsa Grecia. 

Los Samios decretaron que las fiestas llamadas entre ellos 
Junonias en adelante se llamasen Lisandrias. Tuvo siempre 
consigo á uno de los ciudadanos llamado Cirilo, para que 
exornase con la poesía sus hazañas. A Antiloco, que hizo 
en su loor ciertos versos, le regaló un sombrero lleno de 
dinero; y de Antimaco Colofonio y Nicerato Heracleota, que 
con sus poemas entablaron un combate, al que llamaron 
juego Lisandrio, dio á Nicerato la corona; de lo que sen- 
tido Antimaco, quemó su poema. Platón, que entonces era 
todavía joven, y que tenía en mucho á Antimaco por su ha- 
bilidad en la poesía, como viese que éste llevaba á mal el 
haber sido vencido, trató de alentarle y consolarle, di- 
ciendo que la ignorancia á quien dañaba era á los ignoran- 
tes, como la ceguera á los que no ven. Llegó á tanto, que 
Aristonoo el Citarista, que habia vencido seis veces en los 
juegos Píticos, dijo á Lisandro por adulación, que si ven- 
ciese otra vez se haría pregonar esclavo de Lisandro. 

Mas la ambición de Lisandro sólo era incómoda á los 
grandes y á sus iguales; pero el orgullo y crueza que 
acompañaban á su ambición, fomentados por el tropel de 
aduladores, hacían que ni en el premio ni en el castigo hu- 
biese para él regla alguna; sino que los premios de la 
amistad y hospitalidad eran una autoridad ilimitada y una 
tiranía insufrible; y para el encono sólo habia un modo de 
satisfacerlo, que era la muerte del que era de otro partido; 



LISANDRO . !25 

pues ni huir se concedía. Así es que más adelante, temiendo 
no huyesen los Milesios que servían las magistraturas , y 
queriendo atraer á los que se hablan ocultado, juró que no 
los ofendería; y como con esta confianza viniesen y se pre- 
sentasen, los entregó á los oligarcas para que los degolla- 
sen, no bajando su número de ochocientos entre todos. 
En las demás ciudades eran igualmente innumerables las 
muertes de los demócratas, quitándoles la vida no sólo por 
causa particular que con él tuviesen, sino complaciendo y 
sirviendo con estos asesinatos á las enemistades y deseos 
de los amigos que tenia en todas partes. Por tanto, con ra- 
zón fué aplaudido el lacedemonio Eteocles, que dijo que la 
Grecia no podría sufrir dos Lisandros: aunque esto mismo 
refiere Teofralo haber dicho Arquistrato de Alcibiades. Sin 
embargo, en éste lo que principalmente se llevaba mal era 
la falta de decoro, y el lujo con un cierto engreimiento; 
pero en Lisandro la dureza de carácter hacía temible é in- 
soportable su poder. Esto no obstante, los Lacedemonios 
de todos los demás atentados suyos se desentendieron; y 
fiólo cuando Farnabazo, ofendido por él, les taló y asoló el 
campo, y envió á Esparta quien le acusase, se indignaron 
los Eforos, quitando la vida á Tórax, uno de sus amigos y 
colegas, porque averiguaron que en particular poseía di- 
nero, y enviando al mismo Lisandro la correa con orden de 
que se presentase. La correa es en esta forma: cuando los 
Eforos mandan á alguno de comandante de la armada ó de 
general, cortan dos trozos de madera redondos, y entera- 
mente iguales en el diámetro y en el grueso ,* de manera 
que los cortes se correspondan perfectam*ente entre sí. De 
estos guardan el uno, entregando el otro al nombrado; y á 
estos trozos les llaman correas. Cuando quieren, pues, 
comunicar una cosa secreta é importante , forman una 
como tira de papel larga y estrecha como un listón, y la 
acomodan al trozo ó correa que guardan, sin que sobre ni 
falte , sino que ocupan exactamente con el papel todo 



26 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

el hueco: hecho esto , escribeD en el papel lo que quieren 
estando arrollado en la correa. Luego que han escrito qui- 
tan el papel, y sin el trozo de madera lo envían al general. 
Recibido por éste, nada puede sacar de unas letras que no 
tienen unión, sino que están cada una por su parle ; pero 
tomando su correa, extiende en ella la cortadura de papel, 
de modo que formándose en orden el círculo, y correspon- 
diendo unas letras con otras, las segundas con las prime- 
ras, se presente todo lo escrito seguido á la vista. Llámase 
la tira correa^ igualmente que el trozo de madera, al modo 
que lo medido suele llevar el nombre de la medida. 

Habiendo recibido Lisandro la correa en el Helesponto, 
entró en algún cuidado; y como la acusación que más le 
bacía temer fuese la de Fariiabazo, procuró avistarse y 
tratar con él para transigir aquella diferencia. Pasando, 
pues, á verle, le rogó escribiese otra carta á los magistra- 
dos, en que dijese que no se hallaba ofendido, ni tenía 
queja de Lisandro; pero no sabía que un Cretense las ha- 
bía con otro, según dice el proverbio; porque habiéndole 
prometido Farnabazo que le complacería, á su vista escri- 
bió una carta como Lisandro deseaba; pero reservada- 
mente tenía escrita otra muy diversa, y después al cerrar- 
las y sellarlas, cambiando los papeles, que en nada se di- 
ferenciaban á la vista, le entregó la que reservadamente 
había escrito. Llegado Lisandro á Lacedemonia, y yendo á 
presentarse, según costumbre, al palacio del gobierno, 
entregó á los Eforos la carta de Farnabazo, en la inteli- 
gencia de que en ella se hallaba desvanecido el cargo que 
más cuidado le daba, por cuanto tenía Farnabazo gran 
partido con los Lacedemonios, á causa de haber sido entre 
los generales del Rey el que mejor se habia portado en la 
guerra; pero cuando habiendo leído la carta los Eforos se 
la mostraron, y entendió que 

No solamente Ulises es doloso. 



LISANDRO. 27 

entonces, aumentándose su inquietud, se retiró sin hacer 
nada; pero volviendo al cabo de pocos dias á presentarse 
á los magistrados, les propuso que tenía que pasar al tem- 
plo de Amon, y ofrecerle los sacrificios de que le habia he- 
cho voto antes de sus combates. Algunos son de opinión 
que efectivamente sitiando la ciudad de Afitis en la Tracia 
se le habia aparecido Amon, entre sueños, y que por lo 
mismo, levantando el sitio habia dado orden á los Afítios 
de que sacrificasen á Amon, como si el mismo Dios se lo 
hubiera encargado, y que pasando al África, habia procu- 
rado aplacarle; pero los más entienden que esto del Dios 
fué un pretexto, y que lo que hubo, en verdad, fué haber 
temido á los £foros, y no poder aguantar el yugo de Es- 
parta, ni sufrir él ser mandado; por lo que recurrió á este 
viaje y peregrinación, como caballo que desde el prado y 
los pastos libres vuelve luego al pesebre y á los trabajos 
cotidianos; pues la otra causa que asigna £íbro á esta pe- 
regrinación la referiremos más adelante. 

Con dificultad y trabajo recabó de los Eforos que le de- 
jasen partir, y se hizo á la vela. Los reyes, estando él 
ausente, reflexionaron que mientras por medio de las co- 
fradías dominase en las ciudades, sería el único arbitro y 
señor de la Grecia, por lo que pensaron en el modo de rein- 
tegrar á los demócratas en los negocios, excluyendo á sus 
amigos. Moviéronse, pues, alteraciones en este sentido, 
siendo los Atenienses los primeros que desde Fila mar- 
charon contra los treinta tiranos, y los vencieron; pero 
volviendo á la sazón Lisandro, persuadió á los Lacedemo- 
nios que fuesen en auxilio de los oligarcas, y contuviesen 
con el castigo á los pueblos: así, lo primero que hicieron 
fué enviar á los treinta cien talentos para la guerra, y nom- 
brar á Lisandro por general. Viéronlo los reyes con envi- 
dia, y temiendo no fuera que de nuevo tomase á Atenas, 
determinaron salir á la guerra uno de los dos. Salió Pau- 
sanias, en la apariencia en defensa de los tiranos contra el 



28 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

pueblo, pero en realidad con ánimo de terminar la guerra, 
para que Lisandro no tuviera ocasión de hacerse de nuevo 
dueño de Atenas por medio de sus amigos. Consiguiólo con 
facilidad, y hecha la paz con los Atenienses, sosegando sus 
slteraciones, se quitó todo asidero á la ambición de Lisan- 
dro; pero como al cabo de poco se sublevasen otra vez los 
Atenienses, se culpó á Pausanias de que quitado el freno 
de la oligarquía el pueblo se había hecho atrevido é inso- 
lente; y Lisandro adquirió opinión de hombre que no go- 
bernaba á voluntad de otros ni por ostentación, sino de- 
rechamente, según el provecho y utilidad de Esparta lo 
exigía. 

En el decir era resuelto, y sabía dejar parados á los que 
le contradecían: así á los de Argos, que disputaban sobre 
el amojonamiento de su territorio, y parecía tener más 
justicia que los Lacedemonios, enseñándoles la espada: «el 
que manda con esta, les respondió, es el que alega mejor 
derecho sobre I05 mojones de su término.» En cierta oca- 
sión, uno de Megara le habló con mucho desenfado, y él le 
contestó: «Oh huésped, tus palabras han menester ciudad.» 
Los Beocios no eran seguros en ninguno de los dos parti- 
dos, y les preguntó cómo pasaría por sus términos, si 
con las lanzas derechas ó inclinadas. Rebeláronse los Co- 
rintios, y al apercarse á sus murallas, vio que los Lacede- 
monios se detenian en acometer, y al mismo tiempo advir- 
tió que una liebre pasaba el foso; díjoles, pues: «¿No os 
avergonzáis de. temer á unos enemigos en cuyos muros 
por su flojedad hacen cama las liebres?» Murió el rey Agis 
dejando á su hermano Agesilao y á Leotuquídas, que pa- 
saba por hijo suyo; y Lisandro, que había sido amador de 
Agesilao, le incitó á que se apoderara del reino, por ser 
Heraclida legítimo; pues de Leotuquídas había la sospecha 
de que era hijo de Alcibiades, con quien en secreto había 
tenido trato Timea, mujer de Agis, mientras aquél residió 
en Esparta en calidad de desterrado; y Agís, según se 



LISAMDRO. i9 

decia, habia echado la cuenta de que no podía haber con- 
cebido de él, por lo que no hacía caso de Leotuquidas, y 
era púbhco que nunca lo habia reconocido. Con todo, 
cuando le trajeron enfermo á Herea, condescendiendo con 
las súplicas del mismo joven y las de sus amigos, declaró 
delante de muchos á Leotuquidas por su hijo; y rogando á 
los que se hallaban presentes que así lo manifestaran á los 
Lacedemonios, falleció. Depusieron, pues, éstos en favor 
de Leotuquidas; y además á Agesilao, varón de excelentes 
calidades y que tenía el patrocinio de Lisandro, le perju^ 
dicaba el que Diopeites, sujeto de grande opinión en la 
interpretación de oráculos, acomodaba el siguiente vatici- 
nio á la cojera de Agesilao: 

Por más, oh Esparta, que andes orgullosa 

Y sana de tus pies, yo te prevengo 
Que de un reinado cojo te precavas: 
Pues te vendrán inesperados males, 

Y de devastadora y larga guerra 
Serás con fuertes olas combatida. 

Eran muchos los que opinaban por el vaticinio, y se de- 
claraban por Leotuquidas; pero Lisandro dijo que Diopei- 
tes na lo habia entendido bien; pues el Dios no se oponia 
á que un cojo mandara en Esparta, sino que manifestaba 
que entonces estarla cojo el reino cuando los bastardos y 
mahaacidos reinasen sobre los Heraclidas; con la cual in- . 
terpretacion y su gran poder ganó la causa, y fué decla- 
rado rey Agesilao. 

Inclinóle desde luego Lisandro á formar una expedición 
contra el Asia, lisonjeándole con la esperanza de acabar 
con los Persas y engrandecerse. Con este objeto escribió 
á sus amigos de Asia, proponiéndoles que pidiesen á los 
Lacedemonios nombraran á Agesilao por general para la 
guerra contra los bárbaros. Vinieron éstos en ello, y en- 



30 PLUTAHCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

vtaron embajadores á Lacedemonia con aquella súplica; en 
lo que no hizo Lisandro á Agesílao menor beneficio que en 
alcanzarle el reino; pero ios genios ambiciosos, aunque 
por otra parte no son malos para el mando, por la envidia 
que tienen á los quo compiten con ellos en gloria, suelen 
ser de mucho estorbo para las grandes empresas, porque 
vienen á hacerse rivales, cuando convenia que fuesen 
cooperadores. Agesilao, pues, llevó consigo á Lisandro en- 
tre los treinta consejeros, con ánimode valerse principal- 
mente de su amistad; pero sucedió que llegados al Asia, 
eran muy pocos los que se dirigían á tratar con aquél, no 
teniéndole conocido; cuando á Lisandro por el anterior 
trato los amigos le obsequiaban, y los sospechosos de 
miedo le buscaban también y le hadan agasajos; de ma- 
nera que así como en las tragedias acontece con los acto- 
res que el que hace el papel de un nuncio ó de un esclavo 
es aplaudido y ensalzado, y no se hace caso, ni siquiera 
se presta atención, al que lleva la diadema y el cetro, del 
mismo modo aquí todo el obsequio y la autoridad era del 
consejero, no quedándole al Rey más que el nombre des- 
nudo de todo poder. Era preciso, por tanto, hacer alguna 
rebaja en tan incómoda ambición, y reducir á Lisandro al 
segundo lugar, ya que no le fuese dado á Agesilao el de- 
sechar y apartar de sí del todo á un hombre de tanta opi- 
nión, y su bienhechor y su amigo. Así, lo primero que hizo 
fué no darle ocasión ninguna para intervenir en los nego- 
cios, ni encargarle comisiones relativas á la milicia; y 
después, si observaba que Lisandro tomaba interés y for- 
maba empeño por algunos, éstos eran los que menos al- 
canzaban, y cualesquiera otros salían mejor librados que 
ellos, debilitando así y entibiando poco á poco su poder; 
tanto, que el mismo Lisandro, viéndose desairado en todo, 
y que su mediación había venido á ser perjudicial á sus 
amigos, se retiró de hacer por ellos, y les rogaba que se 
dejasen de obsequiarle y se dirigieran al Rey y á los que 



LISANDRO. 31 

al presente podían hacer bien á sus protegidos. A estos 
ruegos muchos se abstuvieron de importunarle en sus ne- 
gocios; pero no se retiraron de obsequiarle, sino que con- 
tinuaron acompañándole en los paseos y en los gimnasios; 
con lo que Agesilao, á causa de este honor, se mostraba 
más incomodado que antes, en términos que, encargando 
á otros muchos del ejército diferentes comisiones de él, y 
el gobierno de 4as ciudades, á Lisandro le nombró distri- 
buidor de la carne; y luego como para que más se corriese 
decia á los Jonios: «Id ahora á mi distribuidor de carne, y 
hacedle la corte.» Parecióle, pues, preciso á Lisandro en- 
trar ya en explicaciones con él, y el diálogo de ambos fué 
muy breve y muy lacónico: «¿Te parece puesto en razón, 
oh Agesilao, humillar á tus amigos? — Sí, si quieren hacerse 
mayores que yo: así como es muy justo que los que con- 
tribuyen á aumentar mi poder, participen de él. — Acaso en 
6sto es más, oh Agesilao, lo que tú dices que lo que yo he 
hecho; pero te ruego, aunque no sea más que por los que 
de afuera nos observan, que me pongas en el ejército en 
aquel lugar en que creas que he de incomodarte menos, y 
te he de ser más útil.» 

Enviósele de resultas de embajador al Helesponto; y 
aunque partió indignado contra Agesilao, no por eso des- 
cuidó el cumplir con su deber. Al persa Mitrídates, que 
estaba mal con Famabazo, y que sobre ser varón de ge- 
nerosa índole, tenía un ejército á sus órdenes, le persuadió 
á la defección, y le hizo pasarse á Agesilao, el cual para 
nada se valió ya de él en aquella guerra; y como el tiempo 
se pasase en esta inacción, regresó á Esparta humillado y 
lleno de encono contra Agesilao. Estaba, por otra parte, 
más disgustado todavía que antes con todo aquel orden de 
gobierno; por lo cual resolvió el poner por obra sin más 
dilación lo que largo tiempo antes traia en el ánimo y te- 
nía meditado para una mudanza y un trastorno, que era en 
^ modo siguiente. El linaje de los Heraclidas, que unidos 



32 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

con los Dorios se habían trasladado al Peloponeso, era- 
muy ilustre, y florecía sobremanera en Esparla; pero no 
todo él era admitido á parlícipar de la sucesión al trono^ 
sino que reinaban solamente los de dos casas, los Curutio- 
nidas y los Agiades; y los demás ninguna ventaja disfruta- 
ban por su origen en el gobierno, sino que los honores 
que se alcanzan por virtud eran indistintamente para todos- 
los que los mereciesen. Lisandro, pues, que era uno de 
aquellos, después que por sus hazañas se elevó á una glo* 
ria ilustre y se adquirió muchos amigos y gran poder, veia 
con displicencia que la república le debiese sus aumentos, 
y que reinasen sobre ella otros que en nada eran mejores 
que él; y había pensado trasladar el mando de solas estas 
dos casas, dándolo en común á todos los Herac jdas; y se- 
gún algunos no á éstos, sino á todos los Esparciatas: para 
que no fuera el premio de los Heraclidas, sino de los que 
se asemejasen á Hércules en la virtud, que fué la que á 
éste le granjeó los honores divinos; con la esperanza de 
que, adjudicándose de este modo la corona, ningún Espar- 
ciata le sería preferido en la elección. 

El preparativo que escogitó al principio, y que trató de 
poner por obra, fué persuadir á sus conciudadanos, dispo- 
niendo al efecto un discurso trabajado con esmero por 
Cleon de Halicarnaso; pero reflexionando después sobre lo 
extraordinario y grande de la novedad que intentaba, para 
la que eran necesarios superiores auxilios, usando de má- 
quinas como en las tragedias, empleó é introdujo los vati- 
cinios y los oráculos, desconfiando del efecto de la habili- 
dad de Cleon, si al mismo tiempo no atraia á los ciudada- 
nos á su propósito pasmándolos y sobrecogiendo su ánimo 
con la superstición y el temor de los Dioses. Eforo dice 
que habiendo intentado sobornar á la Pitia, y después ga- 
nar por medio de Ferecles á las Dodonidas, como hubiese 
salido mal en una y otra tentativa, partió al templo de 
Amon, y quiso también corromper con grandes dádivas á 



USANDRO. 33 

aquellos ciudadanos; los cuales, ofendidos de ello, envia- 
ron á Esparta algunos que le acusasen, y que como fuese 
absuelto, dijeron los Africanos al tiempo de retirarse á su 
• país: «Mejor juzgaríamos nosotros, oh Esparciatas, cuando 
vongais á habitar entre nosotros en el África:! porque se 
suponía haber un oráculo antiguo sobre que hablan de 
trasladar su residencia al África los Lacedemonios. Mas de 
todo este enredo y esta trama, que no deja de ser curiosa, 
ni tuvo un vulgar principio, sino que como un teorema 
matemático procedió de un punto á otro por medio de le- 
mas difíciles y laboriosos hasta llegar á su complemento, 
daremos una puntual razón, siguiendo las huellas de un 
historiador y filósofo. 

Habia en el Ponto una mozuela que decia haber sido fe- 
cundada por Apolo; lo que muchos, como es natural, se 
resistían á creer; pero otros pasaban por ello, y habiendo 
dado á luz un varón, fueron muchas y muy conocidas las 
personas que se encargaron de su crianza y educación. 
Púsosele por nombre Sileno por causa particular que pa- 
' rece habia para ello. De aquí tomó Lisandro el principio, 
y por si fué preparando y agregando lo demás, ayudándole 
en esta farsa no pocos ni despreciables actores, los cuales 
trataron de hacer creíble y sin sospecha la voz del origen 
del niño, y además divulgaron y esparcieron por Esparta 
que en letras misteriosas guardaban los sacerdotes ciertos 
oráculos muy antiguos á que les estaba vedado llegar, y 
que no podian sin sacrilegio ser tocados si no venia al 
cabo de largo tiempo uno que fuera hijo de Apolo, y que 
dando á los que los custodiaban señales ciertas de su na- 
cimiento, trsijera consigo las tablas en que ios oráculos ese 
taban escritoa. Sobre estos preparativos debia presentarse 
Sileno, y pedir los oráculos en calidad de hijo de Apolo; y 
los sacerdotes, que estaban en el misterio, examinar cada 
cosa y asegurarse del nacimiento: últimamente, persuadi- 
dos ya de ello, hablan de mostrarle, como á hijo de Apolo, 
TOMO ni. 3 



34 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

las letras, y él delante de muchos babia de leer otros va- 
rios vaticinios, y también aquel por el que todo se fra- 
guaba, relativo al Rey: á saber, que era mejor y más con- 
veniente para los Esparciatas elegir sus reyes entre los 
bombres de probidad. Cuando ya Sileno era mocito, y el 
enredo iba á ponerse en ejecución, se le desgració á Li- 
sandro su farsa por cobardía de uno de los personsjes de 
ella, temblando y apartándose del intento en el punto mis- 
mo de haber de llevarle al cabo. Mas en vida de Lisandro 
nada de esto se supo á la parte de afuera, sino sólo des- 
pués de su muerte. 

Murió antes que Agesilao volviese del Asia, habiéndose 
metido en la guerra con los Beocios, ó habiendo metido, 
por mejor decir, á toda la Grecia, pues se dice de una y 
otra manera, y el motivo unos se lo achacan á él mismo, 
otros á los Tóbanos, y otros dicen haber sido común y di- 
manado de ambas partes. Atribuyese á los Tóbanos la in- 
terrupción de los sacrificios en Aulide, y el que soborna- 
dos Androclidas y Anfiteo con el oro del Rey para suscitar 
á los Lacedemonios una guerra de toda la Grecia, acome- 
tieron á los de Focea y talaron sus términos. De Lisandro 
se dice haberse irritado contra los Tóbanos porque ellos 
solos habian reclamado la décima de la guerra, cuando los 
demás aliados guardaban silencio; porque habian mostrado 
disgusto á causa de las riquezas que Lisandro habia envia- 
do á Esparta; y más principalmente por haber sido los que 
dieron á los Atenienses pié para libertarse de los treinta 
tiranos que les puso Lisandro, y cuyo poder y terror au- 
mentaron los Lacedemonios, estableciendo que los fugiti- 
vos de Atenas podrían ser reclamados y traídos de cual- 
quiera parte y que quedarían fuera de los tratados los que 
se opusieran á ello. Pues contra esto dieron los Tebanos 
los decretos que correspondía, muy parecidos á las haza- 
ñas de Hércules y Baco:: «que todas las casas y todos los 
^pueblos de la Beocia estarían abiertos á cualquier Ate- 



LISANDRO. 35 

nniense que en ellos buscara asilo: que el que no auxiliara 
«á un Ateniense fugitivo que querían llevársele, pagara de 
i>inulta un talento; y que si alguno conduela á Atenas por 
x>la Beocia armas contra los tiranos, ningún Tebano lo viera 
«y lo entendiera.» Y no se contentaron con tomar estas 
disposiciones tan propias de unos Griegos y tan llenas de 
humanidad, sin que correspondieran las obras á las pala- 
bras; sino que Trasibulo y los que le siguieron para tomar 
á File, salieron de Tebas, proporcionándoles los Tóbanos 
armas, dinero, el no ser descubiertos y el dar principio á 
su obra. Estas son las causas que inflamaron á Lisandro 
contra los Tebanos. 

Siendo ya inaguantable en su cólera por la melancolía 
exaltada con la vejez, acaloró á los Eforos, persuadiéndo- 
les qué enviaran giiarnicion contra ellos; y encargándose 
del mando, marchó con las tropas. Más adelante enviaron 
también á Pausanias con un ejército; y éste, rodeando el 
Cíteron, se dirigía á invadir la Beocia; pero Lisandro se le 
adelantó por la Focide con la mucha gente que lenia á sus 
órdenes; y tomando á Orcomene, que voluntariamente se 
le entregó, pasó por Lebadia y la taló. Envió de allí á 
Pausanias una carta, previniéndole que de Platea pasase á 
Hallarte, pues él al rayar el dia estaría ya sobre las mura- 
llas de los Haliartios. Esta carta vino á poder de los Teba- 
nos, por haber tropezado con unos exploradores el que la 
llevaba. Los Tebanos, habiendo acudido en su socorro los 
Atenienses, encomendaron á éstos su ciudad, y ellos, mar- 
chando al primer sueño, se anticiparon un poco á Lisandro 
en llegar á Haliarto, entrando alguna parte de la gente en 
la ciudad. Determinó aquél por lo pronto, acampando su 
ejército en un collado, esperar allí á Pausanias; pero ya 
muy entrado el dia, como no le fuese dado permanecer, 
tomando las armas y exhortando á los aliados, marchó en 
derechura por el camino con su tropa formada hacia las 
murallas. De los Tebanos los que habían quedado fuera. 



36 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dejando la ciudad á la izquierda, se dirigieron contra la re- 
taguardia de los enemigos junto á la fuente llamada Tufa- 
da; en la que, según la fábula, lavaron sus nodrizas á Baco 
recien nacido, pues su agua, brillando con un cierto co- 
lor de vino, es sumamente trasparente y muy dulce de be- 
ber. Nacen no lejos de ella estoraques de Creta, lo que los 
Haliartios tienen por sefial de haber residido alU Radaman- 
to, cuyo sepulcro muestran llamándole Alea. Hállase tam- 
bién cerca el sepulcro de Alcmena, porque dicen que fué 
allí enterrada, habiendo casado con Radamanto después de 
la muerte de Anfitrión. Los Tebanos de la ciudad, que se 
hallaban formados con los Haliartios, basta allí se habían 
estado quietos; pero cuando vieron que Lisandro entre los 
primeros avanzaba contra las murallas, abriendo de re- 
pente las puertas y saliendo con ímpetu, le dieron muerte, 
juntamente con el agorero y con algunos pocos de los de- 
mas: porque la mayor parte huyeron precipitadamente á 
incorporarse con la hueste; mas como los Tebanos no se 
detuviesen, sino que fuesen en su seguimiento, todos se 
entregaron á la fuga por aquellas alturas, pereciendo unos 
mil de ellos. Perecieron también uiios trescientos Tebanos 
que persiguieron á los enemigos por las mayores aspere- 
zas y derrumbaderos. Estaban éstos notados de partidarios 
de los Lacedemonios, y para lavarse ante sus conciudada- 
nos de esta mancha, habían tenido en la persecución poca 
cuenta con sus personas; y esto fué lo que les condujo á 
su perdición. 

Fué anunciada á Pausanias esta derrota cuando estaba 
en camino desde Platea para Tespias, y formando su tropa 
se dirigió á Haliarto. Acudió también Trasibulo desde Te- 
bas con los Atenienses, y queriendo Pausanias recobrar 
por capitulación los muertos, llevándolo á mal los más 
ancianos de los Esparciatas, altercaron entre sí, y yendo 
después en busca del Rey, le expusieron que Lisandro no 
debia ser recobrado por capitulación» sino con las armas; 



USANDRO. 37 

y qne combatiendo cuerpo á cuerpo y venciendo, así era 
como se ]e habia de dar sepultura; y si fuesen vencidos, 
seria muy glorioso yacer allí con su general. Asi le habla* 
ron los ancianos; pero viendo Pausanias que era obra ma- 
yor sobrepujar á los Tebanos cuando acababan de triunfar, 
y que habiendo perecido Lisandro muy cerca de las mura- 
llas no habia otro medio para cobrarle que capitular ó 
vencer, envió un heraldo, y hecho el tratado retiró sus 
tropas. Los que traían á Lisandro, luego que estuvieron 
en los términos de la Beocia, le dieron tierra en el país de 
los Panopeos, que era amigo y aliado, donde ahora está su 
sepulcro junto al camino que va á Queronea desde Delfos. 
Estando allí acampado el ejército, se dice que refiriendo 
un Fócense el combate á otro que no se halló presente, 
expresó haberles acometido, los enemigos cuando Lisan- 
dro acababa de pasar el Hoplites, y que como éste se ma- 
ravillase, un Esparciata amigo de Lisandro preguntó cuál 
era el que llamaba Hoplites, pues le era desconocido el 
nombre: y el otro habia respondido: «allí donde los enemi- 
gos dieron muerte á los primeros de los nuestros, porque 
al arroyo que corre junto ala ciudad le llaman Hoplites;» lo 
que bido por el Esparciata se echó á llorar, y exclamó: 
c<¡cuán inevitable es al hombre su hado!» pues según pare- 
ce se había entregado á Lisandro un oráculo que decia así: 

Te prevengo que evites diligente 
El resonante Hoplites y el doloso 
Terrigena dragón que á traición hiere. 

Mas algunos dicen que el Hoplites no corre junto á Ha- 
liarto, sino que cerca de Goronea hay un torrente, que in- 
corporado con el rio Fliaro, pasa junto á aquella ciudad, 
y que este, llamándose antes Hoplia, ahora es nombrado 
Isomanto. El Haliartio que dio muerte á Lisandro, llamado 
Neocoro, llevaba por insignia en el escudo un dragón, y á 



38 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

esto se infiere que aludía el oráculo. Dícese asimismo que 
á los Tebaoos en tiempo de la guerra del Peloponeso les 
viso un oráculo de Apolo Ismenio, que juntamente con la 
batalla de Delio predecía también esta deHaliarto, que fué 
treinta años después de aquella: el oráculo era este: 

Del lobo con el límite ten cuenta 
Cuando en acecho vayas; y te guarda 
Del Orcalide monte, que no es nunca 
De la astuta vulpeja abandonado. 

Llamó límite al lugar de Delio por estar en el confia en- 
tre la Beocia y el Ática; y Orcalide al collado que ahora 
se llama Alopeco ó de la Zorra, sito en el territorio de Ha- 
liarto por la parte del Helicón. 

Muerto de esta manera Lisandro, sintieron tanto por lo 
pronto los Esparciatas su falta, que intentaron contra el 
Rey causa de muerte; y como éste no se atreviese á sos- 
tenerla, huyó á Tegea, y allí vivió pobre en el bosque de 
Minerva; por cuanto descubierta con la muerte la pobreza 
de Lisandro, esta hizo más patente su virtud; pues que 
entre tantos caudales, tanto poder, tanto séquito de las 
ciudades y tanto obsequio de los reyes, en punto á rique- 
za en nada adelantó su casa, según relación de Teopompo, 
á quien más fácilmente dará cualquiera crédito cuando 
alaba que no cuando vitupera, pues nos es más sabroso 
reprender que celebrar. £foro dice que más adelanto, ha- 
biéndose promovido en Esparta cierta disputa relativa á 
los aliados, y siendo necesario acudir á los documentos 
que reservó en su poder Lisandro, pasó á su casa Agesilao, 
y que habiendo encontrado el cuaderno en que estaba es- 
crito el discurso sobre la forma de la república, y en ra- 
zón de que debia hacerse común la autoridad real sacán- 
dola de manos de los Eurutionidas y los Agidas y elegirse 
el Rey entré los ciudadanos de mayor probidad, era la in- 



LISANDRO. 39 

• 

tención de Agesílao mostrar el discurso á los ciudadanos, 
y hacerles ver qué hombre era4.isandro, y cuan errados 
habían andado acerca de él; pero que Lacratidas, varón 
prudente y presidente entonces de los Eforos, se habia 
opuesto á Agesílao, diciéndole que no con venia desenter- 
rar á Lisandro, sino más bien enterrar ccn él el discurso: 
¡tanto era el arte y habilidad con que estaba dispuesto! Dié- 
ronle después de muerto diferentes honores; y á los que 
estaban desposados con sus. hijas, y se apartaron después 
de su fallecimiento por ver que era pobre, los castigaron 
con una multa; pues que le obsequiaron mientras le tuvie- 
ron por rico, y cuando vieron por su misma pobreza que 
habia sido justo y recto, le abandonaron; y es que á lo que 
parece en Esparta habia establecidas penas contra los que 
no se casaban, contra los que se casaban tarde, y contra 
los que se malcasaban; y en esta incurrían principalmente 
los que buscaban más bien á los ricos que á los honrados 
y parientes, que es lo que hemos tenido que referir de Li- 
sandro. 



SILA. 



Lueio Cornelio Sila era de linaje patricio, que es como 
si dijéramos de linaje noble. De sus ascendientes se dice 
haber sido cónsul Rufino y haber sido en él más pública la 
afrenta que este honor: porque habiéndose averiguado que 
poseía en dinero acuñado más de diez libras, que era lo 
que la ley permitía, por esta causa fué expelido del Se- 
nado. Los que después le siguieron vivieron en la oscuri- 
dad; y el mismo Sita se crió con un patrimonio bien escaso: 
pues siendo mancebo, habitó casa alquilada en precio muy 
moderado, como después se le echó en cara cuando se le 
vio más floreciente de lo que parecía justo; porque se re- 
tere que jactándose él y haciendo ostentación de sus habe- 
os después de la expedición de África, le dijo uno de los 
iudadanos honrados y austeros: «¿Cómo puedes ser hom- 
re de bien tú que no habiéndote dejado nada tu padre, 
mes ahora tanta hacienda?» Pues no era esto de hombre 
le permaneciese en una conducta y en unas costumbres 
3tas y paras, sino de quien hubiese declinado y hubiese 
o corrompido por la pasión del lujo y del regalo. Po- 
Q por tanto en igual grado de menos valer al que disí- 
a su caudal, y al que no se mantenía én la pobreza pa- 
ta. A lo último, cuando apoderado ya de la República, 
aba á muchos la vida, un hombre de condición líber- 



42 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tina, que se creía ocultaba á uno de los proscriptos, y que 
por tanto habia de ser precipitado, insultó á Sila dicién- 
dole que por largo tiempo habían habitado en la misma casa 
en cuartos arrendados, llevando él mismo el de arriba en 
dos mil sextercios, y Sila el de abajo en tres mil; de ma- 
nera que la diferencia dQ fortunas entre uno y otro era la 
que correspondía á mil sextercios, que venían á hacer dos- 
cientas y cincuenta dracmas áticas. Estas son las noticias 
que nos han quedado de su primera fortuna. 

Cuál fuese lo demás de su figura, aparece de sus esta- 
tuas; pero aquel mirar fiero y desapacible de sus ojos azu- 
les se hacía todavía más terrible al que lo miraba, por el 
color do su semblante, haciéndose notar á trechos lo ru- 
bicundo y colorado mezclado con su blancura; y aun se 
dice que de aquí tomó el nombre, viniendo á ser un mote 
que designaba su color: así, un decidor de mentidero de 
los de Atenas le zahirió con estos versos: 

Si una mora amasares con la harina. 
Tendrás de Sila entonces el retrato. 

De estas mismas señas no sería extraño colegir su ge- 
nio, que se dice haber sido el de un hombre jovial y chaii- 
cero: pues desde mozo, y cuando todavía no gozaba de 
opinión, gustaba de acompañarse y pasar el tiempo con his- 
triones y gente baladí. Después, dueño ya de todo, solia re- 
unir cada dia á los más insolentes de la escena y el teatro^ 
beber con ellos, y contender en bufonadas y chistes, hacien- 
do cosas muy impropias de su vejez y que desdecían mu- 
cho de su autoridad, y abandonando en tanto negocios que 
exigían prontitud y diligencia: pues mientras Sila estaba 
en la mesa, no habia que irle con negocios serios, sino que 
con ser en las demás horas activo y solícito, era extraña k 
mudanza que en él se notaba cuando se entregaba á los 
festines y á beber; siendo en esta sazón muy benigno para 



SILA. 43 

cómicos y danzantes, y muy afable y manejable para todos 
cuantos se le acercaban. De esta misma relajación pudo 
venirle el achaque de ser muy dado á amores y disoluto en 
cuanto á placeres, exceso en el que no se contuvo aun 
siendo viejo. De joven tuvo amores con un tal Metrovio, 
hombre de la escena; y aun le vino algún fruto de esta pa- 
sión, porque habiéndose aficionado de una mujer pública, 
pero rica, llamada N icopolis, como ésta se hubiese enamo- 
rado realmente de él por el con tinuo trato y por su figura, 
á su fallecimiento le dejó por heredero. Heredó asimismo 
á su madrastra, que le amó como si fuera su hijo; y de aquí 
le vino ya el ser un hombre me dianamente acomodado. 

Nombrado cuestor, se embarcó para el África con Mario 
en su primer consulado cuando partió á hacer la guerra á 
Yugurta. Llegado al ejército, dio ventajosa idea de sí en 
muchas cosas, y aprovechando la ocasión, trabó amistad 
con Boco, rey de los Numidas: porque habiendo dado aco- 
gida y tratado con distinción á unos embajadores suyos en 
ocasión de huir de una cuadrilla de salteadores que al 
modo numidico los acometieron, se los envió, haciéndoles 
regalos y dándoles escolta que los llevase con seguridad. 
Era Yugurta suegro de Boco , y hacía tiempo que éste le 
temía y lo tenía en odio; y como entonces hubiese sido 
vencido y se hubiese acogido á él , armándole asechanzas, 
envió allamara Sila, queriendo más que la prisión y entrega 
de Yugurta se hiciera por medio de éste, que no directamen- 
te por su mano. Comunicándolo, pues, con Mario y tomando 
unos cuantos soldados, se arrojó Sila aun grave peligro, por 
cuanto confiado en un bárbaro infiel á los suyos para apo- 
derarse de otro, hizo entrega de sí mismo. Hecho Boco 
dueífio de ambos, y puesto en la necesidad de faltar á la fe 
con el uno ó el otro, estuvo muy indeciso en el partido 
que tomaría; pero al fin se determinó por la primera trai- 
ción, y puso á Yugurta en manos de Sila. El que triunfó 
por este hecho fué Mario; pero la gloria del vencimiento. 



44 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que la envidia contra Mario la atribuía á Sila, tácitamente 
ofendía sobre manera el ánimo de aquél, porque el mismo 
Sila, vanaglorioso por carácter, y que entonces por la pri- 
mera vez, saliendo de la oscuridad y siendo tenido en algo, 
empezaba á tomar el gnsto á los honores, llegó á tal ponto 
de ambición, que hizo grabar esta hazaña en un anillo, del 
que usó ya siempre en adelante. En él estaba Boco retra- 
tado en actitud de entregar y Sila en la de recibir á Yu- 
gnrta. 

Habia esto incomodado á Mario; pero no teniendo toda- 
vía á Sila por hombre que pudiera ser envidiado, siguió va- 
liéndose de él en sus mandos militares: en el consulado 
segundo para Legado, y en el tercero para Tribuno, y por 
su medio, hizo cosas de gran importancia; porque siendo 
legado, dio muerte á Copilo, general de los Tectosagos; y 
de tribuno, persuadió á la grande y poderosa nación de los 
Marsos que se hiciese amiga y aliada de los Romanos. Perci- 
biendo ya entonces que Mario le miraba mal y no fácilmente 
. le daba ocasiones de acreditarse, sino que más bien se opo- 
nía á sus aumentos, se arrimó al colega de Mario, Catulo, 
hombre recto, pero de poca disposición para las cosas de 
la guerra; bajo el cual, encargado de los más graves y ar- 
duos negocios, adelantó á un tiempo en poder y en opinión: 
pues la mayor parte de las cosas en la guerra tenida contra 
ios bárbaros en los Alpes se hacían por su medio; y ha- 
biendo faltado los víveres, encargado de la provisión, pro- 
porcionó tal abundancia, que estando sobrados los soldados 
de Catulo, tuvieron para dar álos de Mario; lo que dicen faé 
causa para que éste se indispusiera cruelmente contra é\> 
y una enemistad que nació de tan pequeña ocasión y tan 
débiles principios subió después por los grados de la san- 
gre civil y de insufribles convulsiones hasta la tiranía y el 
trastorno de toda la república, haciendo ver con cuánta 
sabiduría y conocimiento de los negocios políticos amones- 
taba el poeta Eurípides que se huyera de la ambición como 



SÍLA. 45 

del genio más maléfico y peijudicial para los que de él se 
dejan dominar. 

Entendiendo ya entonces Sila que la gloria de sus haza- 
fias militares podia servirle para entrar en las ocupaciones 
ciyiles, pasó desde el ejército á hacer obsequios y rendi- 
mientos al pueblo, y presentándose á pedir la prelura, fué 
desatendido, de lo que atribuye la causa á la muchedum- 
bre: porque dice que aprobando ésta su amistad con Boco, 
de la que tenía noticia, y creyendo que si en lugar de pre- 
tor se le hacia edil, daría magníficos juegos y combates de 
fieras africanas, nombró otros pretores, precisándole á 
servir el cargo de edil. Mas por sus mismos hechos se con- 
vence á Sila de que huye de reconocer la verdadera causa 
de su repulsa; pues que al año inmediato alcanzó ya la pre- 
tura, ora adulando al pueblo, y ora ganándole con dinero. 
Por eso, como sirviendo la pretura dijese á César con enfado 
que usaría contra él de su propia autoridad: «muy bien ha- 
ces, le repuso éste, en llamarla tuya propia, pues que la tie- 
nes por haberla comprado.}) Después de la pretura fué envia^ 
do á la Gapadocia, según las órdenes públicas, para restituir 
á Aríobarzanes; mas el verdadero objeto era contener á Mi 
trídates, nimiamente inquieto, y que iba recobrando una 
aatorídad y un poder en nada inferior al que tenía. No llevó 
consigo muchas fuerzas; pero auxiliándole los aliados de la 
mejor voluntad, con dar muerte á muchos de los de Gapa- 
docia y á mayor número de los de Armenia, que hacían 
causa con éstos, lanzó del trono á Gordio, y dio á recono- 
cer por rey á Aríobarzanes. Mientras se detenia orillas del 
Eufrates, fué á hablarle Orobazo el Parto, embajador del rey 
Arsaces, sin que antes hubiera habido comunicación en- 
tre las dos naciones; y esto mismo se cuenta por uno de 
los mayores favores de la fortuna de Sila, haber sido el prí- 
mero de los Romanos á quien se presentaron los Partos en 
demanda de amistad y alianza; y aun se dice que habiendo 
hecho poner tres sillas enrules, una para Ariobarzanes» 



46 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Otra para Orobazo y la tercera para sí, dio aadieneit sentado 
en medio de ambos; con cuya ocasión el rey de los Partos 
dio después muerte á Orobazo; ydelosRoooanos unos splaa- 
dieron á Sila por baber usado de magnificencia y sptrato 
con los bárbaros, y otros le notaron de engreido y vanagto- 
ríoso. Dfcese asimismo que uno de Calcis, que fué de la co- 
mitiva de Orobazo, habiendo reparado en el semblante do 
Sila, y estado atento á los movimientos de su ánimo y desa 
cuerpo, examinando por las reglas que él tenía cuál debía 
ser su índole y carácter, habia exclamado que necesaria- 
mente aquel hombre debia de ser muy grande; y aun se 
maravillaba cómo podia aguantar el no ser ya el primero 
de todos. A su vuelta intentó contra él Censorino causa de 
soborno, por haber recibido de un reino amigo y aliado 
mucho más de lo que la ley perinitia; pero aquél no se pre- 
sentó al juicio, sino que dejó desierta la acusación. 

Su indisposición con Mario tomó nuevas fuerzas de la 
ocasión quo dio para ello Boco con haberse propuesto ha- 
cer un obsequio al pueblo romano, y juntamente manifes- 
tar su gratitud á Sila; pues con este objeto consagró en el 
Capitolio ciertas imágenes con diferentes trofeos, y entre 
ellas un Yugurla de oro en actitud de ser entregado por él 
á Sila. Irritóse con esto sobremanera Mario, y concibió el 
designio de acabar con la ofrenda; de parte de Sila habia 
muchos dispuestos á oponérsele, y faltaba muy poco para 
que la ciudad entera ardiese, cuando por entonces la 
guerra soeial, que mucho tiempo antes humeaba, vino á 
levantar llama, y contuvo la sedición. En esta guerra lar- 
ga, sumamente varia, y que trajo á los Romanos muchos 
males y gravísimos peligros, Mario, no habiendo podido 
ejecutar ningún hecho señalado, dio una clara prueba de 
que la virtud guerrera pide robustez y fuerzas corporales; 
cuando Sila, ejecutando muchos hechos insignes y dignos 
de memoria, se acreditó de gran general entre los pro- 
pios, de más grande todavía entre los aliados, y de muy 



8ILÁ. 47 

afortunado entre los enemigos. Y no se condujo en esta 
parte como Timoteo, hijo de Conon, que como sus ene- 
migos atribuyesen á la fortuna todos sus triunfos, y le hu- 
biesen pintado durmiendo, mientras la fortuna cogia las 
ciudades con una red, disgustado é irritado contra los que 
así le trataban, por cuanto le privaban de la gloria debida 
á sus hazañas, d>jo al pueblo en ocasión de venir de una 
expedición dirigida con acierto: «Pues en esta expedición, 
oh Atenienses, no ha tenido ninguna parte la fortuna;» y 
después de haber usado de este lenguaje arrogante, pa- 
rece que un mal genio se propuso burlarse de él, pues 
nada de provecho pudo hacer ya en adelante, sino que 
desgraciado en sus empresas, y despojado del favor del 
pueblo, por fin salió desterrado de la ciudad. Mas Sila no 
sólo sacó constantemente partido de aquella felicidad suya 
y de la confianza en olla, sino que en alguna manera au- 
mentó y como divinizó sus hechos y sus sucesos con atri- 
buirlos ala fortuna: bien fuera por ostentación, ó bien 
por ser este su modo de pensar acerca de las cosas divi- 
nas; puesto que él mismo escribe en sus Comentarios que 
^nn las empresas acometidas al parecer temeraria é in- 
oportunamente, solian salirle mejor que las más detenida- 
mente meditadas; y con decir de sí mismo que le parecía 
baber sido más bien formado por la naturaleza para las 
•cosas de fortuna que para las de la guerra, se ve claro que 
más valor daba á la fortuna que á la virtud. En general, 
parece que todo él se tenía por posesión de la fortuna, 
cuando le atribuye hasta la concordia en que vivió con 
Mételo, varón igual á él en honores, y su suegro; pues 
cuando creia que siendo un hombre de tanta autoridad le 
daria mucho en que entender, le halló sumamente apaci- 
ble en la comunión de mando. Mas á Lúculo, en sus Co- 
mentarios que le dedicó, le exhorta á que nada tenga por 
tan cierto y seguro como lo que por la noche le prescri- 
ba su genio. Enviado con ejército á la guerra social, re- 



48 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

fíere que se abrió una gran sima cerca de Lavema, de la 
cual salió mucho fuego y una llama muy resplandeciente 
que subió hacia el cielo, y que acerca de ello habían didio 
, los agoreros que un insigne varón, de bella y excelente 
figura, baria cesar aquellas grandes agitaciones, y éste 4a 
por supuesto no ser otro que él: pues en cuanto á figura, 
la suya tenía por peculiar el tener el cabello de color de 
oro; y en cuanto á virtud, no se avergonzaba de atribuír- 
sela, después de haber ejecutado tantas y tan ilustres ha- 
zafias. Esto en punto á su felicidad tenida por divina: en 
sus costumbres por lo demás podia ser reputado por in* 
consecuente y como diverso de sí mismo: arrebataba mu- 
chas cosas, y regalaba muchas más; honraba con exceso, 
deshonraba y afrentaba de la misma manera: agass^aba ü 
los que habia menester, y dejábase obsequiar de los que 
le pedían; de manera que podia quedar en duda qué era lo 
que por naturaleza sobresalía en él, si la soberbia ó la ba* 
jeza. De su inconsecuencia en los castigos, alborotando el 
mundo por cualquiera leve motivo, y pasando blandamente 
por las mayores maldades; aplacándose benignamente en 
cosas que parecían insufribles, y por faltas pequeñas y dee- 
preciables propasándose á muertes y publicaciones de 
bienes, la razón que puede darse es que siendo por índole 
iracundo y pronto á castigar, sabia ceder de aquella du- 
reza cuando contemplaba que le convenia. En esta misma 
guerra social, habiendo hecho sus soldados perecer á pa- 
los y á pedradas á un oficial general que servia de legado, 
llamado Albino, dejó pasar sin castigo tan atroz delito; y 
aun en tono de quien aprueba les dijo que con eso se por- 
tarían más denodadamente en la guerra para desvanecer 
aquella falta con su valor. Sí de esto se le reprendía, no 
se le daba nada; y antes cuando ya habia concebido la 
idea de acabar con Mario, y cuando se veía que la guerra 
social iba prontamente á terminarse, para ser nombrado 
general contra Mitrídates aduló y lisonjeó al ejército que 



SILA. 49 

mandaba; y trasladándose á Roma, fué nombrado cónsul 
con Quinto Pompeyo á la edad de cincuenta años. Enton- 
ces contrajo un enlace ilustre, casando con Cecilia, hija de 
Mételo, Pontífice Máximo; sobre lo que el vulgo le com- 
puso muchos cantares, y los principales tuvieron mucho 
que hablar, no juzgando digno de una mujer al que juzga- 
ban digno de ser cónsul, como observa Tito Livio. Ni «es- 
tuvo casado con esta sola, sino que siendo joven casó con 
Ilia, de quien tuvo una hija; después de esta con Elia; y 
en terceras nupcias con Celia, á la que repudió por esté- 
ril, tratándola con honor y el mayor miramiento, y ha- 
ciéndola presentes; mas como de allí á pocos dias se hu- 
biese enlazado con Métela, se formó concepto de que no 
era cierto el defecto imputado á Celia. Tuvo siempre á 
Métela en grande estimación, tanto, que deseando el pue- 
blo romano la restitución de los que por causa de Mario 
babian sido desterrados, como Sila lo negase, interpuso la 
mediación y el nombre de Métela. Cuando tomó la ciudad 
de Atenas trató con dureza á ios Atenienses, porque, á lo 
que se dice, insultaron con burla y sarcasmos á Métela 
deade la muralla; pero esto fué más adelante. 

Creyendo entonces que el consulado no podia servirle 
de mucho para loque preveia venidero, dirigió todos. sus 
conatos á la guerra contra Mitrídates; pero le bacía oposi- 
ción Mario, por ansia loca de gloria y codicia de honores, 
enfermedades que no envejecen; y aunque pesado de cuer- 
po é inhábil por la vejez para las empresas militares^ 
como lo había mostrado la experiencia en las que acaba- 
ban de preceder, aspiraba, sin embargo, á guerras lejanas 
y ultramarinas; y mientras Sila marchaba al ejército para 
ciertas cosas que tenía pendientes, estándose él en casa, 
meditaba y fraguaba aquella destructora sedición, más fu- 
nesta para Roma qOe cuantas guerras la afligieron, como 
los Dioses se lo habian anunciado con prodigios. Porque 
por si mismo se prendió fuego en las varas en que se lie- 

TOMO III. -i 



50 Pl.UTAhCO.~LAS VIDAS PARALELAS. 

van las insignias, y hubo gran dificultad para apagarlo; tres 
cuervos, juntando sus polluelos, se los comieron, y los 
restos los volvieron al nido; los ratones royeron el oro que 
habia en el templo; y habiendo cogido los custodios de él 
una hembra con ratonera, parió ésta en la ratonera misma 
cinco ratoncülos, de los que se comió tres; y lo que es 
más extraño todavía, hallándose la atmósfera despejada y 
sin nubes, se oyó el sonido de una trompeta, que le dio 
muy agudo y doloroso; de manera que por lo penetrante 
los aturdió y asombró á todos. Los inteligentes de la Etru- 
ria dieron la explicación de que aquel prodigio anunciaba 
la mudanza y venida de una nueva generación; porque las 
generaciones habian de ser ocho, diferentes todas entre 
si en el método de vida y en las costumbres, teniendo 
cada una prefínido por Dios el término de su duración den- 
tro del período del año grande; y cuando una concluye y 
ha de entrar otra, se manifiestan señales extraordinarias 
en la tierra 6 en el cielo, en términos que los que se han 
dado á examinar estas cosas y las conocen, al punto ad- 
vierten que vienen otros hombres, diferentes en sus usos 
y en su tenor de vida, y de los que los Dioses tienen ma- 
yor ó menor cuidado que de los que les precedian. En todo 
hay gran novedad cuando se verifica este cambio en las 
generaciones, y también la ciencia adivinatoria ó aumenta 
en estimación, acertando en sus pronósticos, porque el 
Genio envia señales claras y seguras; ó decae en la otra 
generación, dejada á sí misma, y no pudiendo emplear sino 
medios oscuros y sombríos para conjeturar lo futuro. Ta- 
les eran las fábulas que divulgaban los Etrurios, que se 
tienen por más inteligentes y más sabios en estos nego- 
cios que los otros pueblos. 

En el acto mismo en que congregado el Senado gastaba 
su tiempo con los agoreros en el templo de Belona, cayó 
en él, á vista de todos^ un pájaro, que llevaba en el pico 
una cigarra, y dejando caer allí una parte de ella, marchó 



81LA. 51 

llevándose la otra; y los explicadores de prodigios vieron 
en esto una sedición y discordia entre los del campo y la 
gente ciudadana y placera: porque esta es gritadora como 
las cigarras, y los del campo sólo dados á su agricul- 
tura (4). 

Mario echa entonces mano de Sulpicio, que no tenía se- 
gundo en las más insignes maldades; de manera que no 
habia que preguntar si era más perverso que alguno otro, 
sino qué cosa era aquella para la que sobresaldria en per- 
versidad; porque su crueldad, su osadía y su codicia no 
habia infamia ni atrocidad por la que se detuviese; siendo 
hombre que descaradamente vendiala ciudadanía de Roma 
á los de condición libertina y á los forasteros, percibiendo 
el precio en una mesa que tenía puesta en la plaza. Mante- 
nia á su costa tres mil hombres armados, y le seguia una 
muchedumbre de jóvenes del orden ecuestre, dispuestos 
para todo, á los que llamaba su Antisenado. Hizo estable- 
cer por ley que ninguno del orden senatorio pudiera de- 
ber arriba de dos mil dracmas, y él dejó deudas á su muer< 
te por más de tres cuentos. Dióle, pues, suelta Mario para 
con el pueblo, y confundiéndolo todo con la fuerza y el 
hierro, propuso otras varias leyes perjudiciales, y con ellas 
la de que se diera á Mario el mando para la guerra Mitrí- 
dática. Como los cónsules hubiesen publicado ferias con 
este motivo, hizo marchar á la muchedumbre contra ellos, 
hallándose en junta en el templo de los Dióscuros, y dio 
muerte, además de otros muchos^ al hijo del cónsul Pom- 
peyo en la plaza; y el mismo Pompeyo tuvo que libertarse 
con la huida. Sila se entró perseguido en la casa de Mario, 
y se vio en la precisión de salir y abrogar las ferias; y por 
esta causa haciendo Sulpicio revocar el consulado de Pom^ 
peyó, no se le quitó á Sila, y sólo trasladó á Mario el man- 



(1) Lugar muy oscuro, y que sólo leyéndole como se indica en 
la traducción hace alg^n sentido. 



52 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

do de las tropas destinadas contra Mitrídates; enviando al 
punto á Ñola tribunos que se encargaran del ejército y se 
le trajeraú á Mario. 

Anticipóseles Sila, huyendo al ejército; y matando á pe- 
dradas los soldados á los tribunos, luego que fueron infor- 
mados de lo sucedido Mario y los suyos, á su vez daban en 
Roma muerte á los amigos de Sila, y se apoderaban de sus 
bienes, siendo además continuas las traslaciones y fugas de 
unos á la ciudad desde el ejército, y de otros que desde la 
ciudad se dirigian á aquél. El Senado no era dueño de si 
mismo, sino que se prestaba á las órdenes de Mario y de 
Sulpicio; y noticioso de que Sila movía para la ciudad, en- 
vió dos pretores, á Bruto y Sulpicio, con la orden de que 
se retirase. Gomo éstos hubiesen hablado á Sila con arro- 
gancia, los soldados quisieron acabar con ellos; mas sólo 
les rompieron las fasces, y los despojaron de la púrpura, 
despachándolos con ignominia. Con su desmedida tristeza, 
y con vérseles despojados de las insignias pretorias, anun- 
ciaban bastante que la sedición, lejos de estar apaciguada, 
no podía reprimirse. Mario, pues, hacía preparativos, y Sila 
venía desde Ñola trayendo seis legiones completas; y aun- 
que al ejército lo veía muy resuelto á marchar sin detención 
contra Roma, él estaba indeciso en su ánimo, y temia el 
peligro. Mas como haciendo él sacrificio examinase las se- 
ñales el agorero Postumio, tendiendo las manos hacia Sila, 
le pedia que le aprisionase y custodiase hasta la batalla, y 
si todo no se terminaba pronto y favorablemente, tomara 
de él la última venganza á que se ofrecía. Dícese que á Sila 
se le apareció entre sueños la Diosa, cuyo culto aprendie- 
ron los Romanos de los de Capadocia, llámese la Luna, ó 
Minerva, ó Belona: parecióle, pues, á Sila que colocada ésta 
á su cabecera le puso en la mano un rayo, y nombrándole 
á cada uno de sus enemigos, le decía que tirase; y que ti- 
rando él, éstos caían y se desvanecían. Alentado con esta 
aparición, y dando al otro día parte de ella á su colega, se 



SILA. 83 

dirigió á Roma. Alcanzóle ya en Fictas un mensaje, por 
el que se le rogaba suspendiese en aquel punto la marcha, 
pues el Senado decretaría á su favor cuanto fuese justo; 
mas aunque dio palabra á los embajadores de que asentaría 
el campo, llegando hasta comunicar la orden para el acan- 
tonamiento de las tropas, como acostumbraban hacerlo los 
generales, con lo que aquellos se retiraron confiados, 
apenas hubieron marchado envió á Lucio Basilo y Cayo Mu- 
mio, y por medio de ellos tomó la puerta y lienzo de mu- 
ralla que está sobre el monte Esquilino; y en seguida se 
aproximó él mismo con la mayor prontitud. Acometieron 
los de Basilo á la ciudad, y se hacian dueños de ella; pero 
el pueblo en gran número , aunque desarmado, empezó á 
tirarles tejas y piedras, y los contuvo de ir adelante, obli- 
gándoles á recogerse á la muralla. En esto ya Sila habia 
llegado, y enterado de lo que pasaba, gritó que se acerca- 
sen á las casas, j tomando un hacha encendida corrió él 
el primero, y dio orden á los arqueros para que usasen de 
los portafuegos, dirigiéndolos contra los tejados, sin ha- 
cerse cargo de nada; sino que dejándose llevar de la cólera 
de que se hallaba poseído, y abandonando á ella la direc- 
eion de las operaciones, no vio en Roma más que enemi- 
gos, y sin consideración ni compasión alguna de amigos, 
de parientes y deudos , lo entregó todo al fuego, que 
no hace distinción entre los culpados y los que no lo son, 
Mientras esto pasaba, Mario corrió al templo de la Terra, y 
publicó la libertad á todos los esclavos; pero no pudiendo 
sostenerse con la entrada de los enemigos , salió de la 
ciudad. 

Congregó Sila el Senado, é hizo decretar la pena de 
muerte contra Mario y algunos otros, entre ellos el tribuno 
de la plebe Sulpicio; y éste fué efectivamente muerto por 
traición de un esclavo, á quien Sila desde luego dio liber- 
tard; pero dejspues le hizo despeñar. La cabeza de Mario 
la puso á precio con notable ingratitud y falta de política 



54 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

rospeclo de un hombre que poco antes le habia dejado ir 
libre y seguro, habiéndose él mismo puesto en sus manos; 
y á fe que si Mario do hubiera dado entonces puerta franca 
á Sila, sino que le hubiera dejado á discreción de Snlpicio, 
habría podido quedar dueño de todo; y sin embargo, usó 
de indulgencia con él; cuando por el contrario, al cabo de 
pocos dias, hallándose Mario en el mismo caso, no obtavo 
igual consideración: conducta con la que Sila afligió al Se- 
nado, aunque éste no lo manifestó; pero el disgusto y 
venganza del pueblo pudo verse muy bien en sus obras, 
porque desatendiendo en cierta manera con ultraje á Nonio 
su sobrmo, y á Servio que con su protección pedian las 
magistraturas, las conGrieron á otros, por cuanto con pre- 
ferirlos le daban disgusto. Mas Sila aparentaba que se com- 
placia con esto mismo, como que á él le debía el pueblo 
el gozar de la libertad de hacer lo que le pareciese; y po> 
niéndose él mismo de parte del odio de la muchedumbre, 
hizo que del partido contrario fuese nombrado cónsul Lu- 
cio Ciña, que con imprecaciones y juramentos se compro- 
metió á abrazar sus intereses. Subió, pues, este al Capito- 
lio, y teniendo una piedra en la mano, juró y se echó la 
maldición de que si no guardaba concordia con él, fuese 
arrojado de la ciudad como aquella piedra era arrojada de 
la mano, y la tiró al suelo á presencia de muchos; más 
á pesar de todo, no bien se hubo posesionado de la dig- 
nidad, cuando al punto trató de trastornar el orden esta- 
blecido, y dispuso que se formara caup.a á Sila, presen- 
tando para que le acusase á Virginio, uno de los tribu- 
nos; pero aquél, desentendiéndose del acusador y del 
tribunal, marchó contra Mitrídates. 

ReOérese que por aquellos mismos dias en que Sila mo- 
vía de la Italia sus tropas, le aconteció á Mitrídates, que 
residía entonces en el Ponto, entre otros muchos prodigios, 
el de que una Victoria coronada que los de Pérgamo ha- 
bían suspendido desde arriba con ciertos instrumentos 



siLA. . 55 

sobre su cabeza, cuanto no tocar á ella, se rompió, y la 
corona, cayendo sobre el pavimento del teatro, habia cor- 
rido por el suelo hecha pedazos; lo que habia causado 
terror en el pueblo y gran desaliento en Mitrídates, sin 
embargo de que sus negocios progresaban y prosperaban 
en aquella sazón aun más allá de sus esperanzas. Porque él 
mismo, habiendo tomado el Asia de los Romanos, y de los 
reyes la Bitinia y la Capadocia, se habia establecido en 
Pérgamo, repartiendo hacienda, provincias y reinos á sus 
amigos; y de sus hijos, el uno conservaba su antigua domi- 
nación en el Ponto y el Bosforo hasta las tierras no habita- 
das de la laguna Meotis sin ninguna contradicción; y Aria- 
rates discurría con numeroso ejército por la Tracia y la 
Macedonia. Sus generales ocupaban otros diferentes pun- 
tos con tropas que mandaban; y Arquelao, el principal de 
ellos, hecho dueño con sus naves de todo el mar, habia 
sojuzgado las Cicladas y todas las demás islas que dentro 
de Malea están situadas, ocupando tambf&n la Eubea, y 
marchando desde Atenas habia sublevado los pueblos de la 
Grecia hasta la Tesalia^ tocando un poco en Queronea, por- 
que allí le salió al encuentro el legado de Sencio, general 
de la Macedonia,, Brucio Surra, varón eminente en valor y 
en prudencia. Haciendo, pues, éste frente por la Beocia á 
Arquelao, que lo corria todo á manera de torrente, y dán- 
dole tres batallas, lo arrojó de Queronea y lo retiró otra 
vez hasta el mar. Mas previniéndole Lucio Lúculo que 
diera lugar á Sila que se acercaba, y le dejara la guerra 
queso le habia decretado, abandonando al punto la Beocia 
fué á unirse con Sencio, sin embargo de que todo le salia 
más felizmente de lo que podía esperar, y de que la Grecia 
por sus excelentes prendas estaba muy bien dispuesta á 
una mudanza; y estos iueron los hechos más brillantes y 
sobresalientes de Brucio. 

Sila recobró muy pronto las demás ciudades, enviando á 
ellas heraldos y atrayéndolas; pero á Atenas, obligada á es- 



56 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tarde parle del Rey por el tirano Aristion, tuvo que mar- 
char con grandes fuerzas, y rodeando el Píreo, le puso 
cerco, asestando contra ella toda especie de máquinas , y 
empleando diferentes medios de combatir. Y si hubiera 
aguantado un poco de tiempo, se le habría venido á la 
mano tomar sin riesgo la ciudad de arriba, apurada ya del 
hambre hasta el último punto por falta de los más precisos 
alimentos; pero teniendo puesta la vista en Roma, y te- 
miendo las novedades allí intentadas, apresuró la guerra á 
costa de grandes peligros, de muchos combates y de in- 
apreciables gastos; pues sobre todos los demás preparati- 
vos el aparato sólo de las máquinas constaba de diez mil 
pares de muías, prontos todos los días para este servicio. 
Faltóle la madera, quebrantándose muchas de las piezas 
por su propio peso, y siendo frecuentemente incendiadas 
otras por los enemigos, y acudió por fín á los bosques sa- 
grados, despojando la Academia, que de todos los alrede- 
dores de Atenas' era el más poblado de árboles, y el Liceo. 
Hacíanle también falta para la guerra grandes caudales, y 
escudriñó los asilos de la Grecia, como el de Epídauro y 
el de Olimpia, enviando á pedir las alhajas más ricas y 
preciosas entre todas las ofrendas. Escribió también á Bel- 
fos á los Anfíctuones, diciéndolcs que era lo mejor le tra- 
jesen las riquezas del Dios, porque ó las guardaría con más 
seguridad, ó si usaba de ellas^ daría otras que no valiesen 
menos; y de entre sus amigos envió para este efecto á 
Cafls de Focea con orden de que lo recibiera todo por 
peso. Trasladóse Cafis á Delfos, y rehuía el tocar las cosas 
sagradas, manifestando ante los Anfíctuones la mayor 
aflicción por la precisión en que se veía; y como algunos 
hubiesen dicho que habían oído resonar la cítara del san- 
tuario, ó porque lo creyese, ó porque fuese su ánimo mo- 
ver á Sila á la superstición, se lo envió á decir. Mas éste, 
tomándolo á burla, respondió que se admiraba no supiese 
Cafis que el cantar era de los que están alegres, y no de 



SILA. 57 

los enfadados; por lo que le mandó que tuviese ánimo y 
tomase las alhajas como que el Dios las daba contento. De 
las demás cosas traídas pudieron no tener noticia muchos 
de los Griegos, pero como la tinaja de plata, que era lo que 
quedaba de las alhajas del Rey, no pudiese acomodarse en 
una acémila, fué preciso hacerla pedazos; lo que excitó en 
los Anflctuonesla memoria ya de Flaminio y Mario Acilio, y 
ya de Emilio Paulo, de los cuales aquél arrojó á Antioco de 
la Grecia, y éstos vencieron en batalla á los reyes de Ma- 
cedonia; y con todo, no sólo no tocaron á los templos de 
los Griegos, sino que les hicieron grandes dones, y les 
prestaron el mayor honor y veneración. Y es que aquellos 
mandaban conforme á las leyes á hombres sobrios y que 
sabian prestar en silencio sus manos á los jefes; y como 
éstos fuesen regios en los ánimos, pero muy moderados en 
toda su conducta, no hacían más gastos que los precisos y 
que les estaban asignados, teniendo por mayor afrenta 
adular á sus soldados que temer á los enemigos. Mas los 
generales de esta era, habiendo adquirido la autoridad 
más por la fuerza y la violencia que por la virtud, y te- 
niendo necesidad de las armas más bien unos contra otros 
que contra los enemigQS, se veian precisados á hacerse 
populares en el mismo mando de las armas, y á tener que 
gastar en regalos para los soldados, comprando sus traba- 
jos militares, y haciendo venal puede decirse que la patria 
toda, y á sí mismos esclavos de los más ruines, á trueque 
de mandar á los mejores. Esto fué lo que arrojó de la ciu- 
dad á Mario, y lo que después volvió á traerle contra Sila; 
y esto fué lo que respectivamente hizo á Ciña matador de 
Octavio, y á Fimbria matador de Flaco. Pues á ninguno 
fué inferior Sila en estas malas artes, disipando el dinero 
para corromper y atraer á los que estaban bajo el imperio 
de otros, y para contentar á los que él mandaba; con lo 
cual, habiendo de sobornar á los unos para que fuesen 
traidores, y dar cebo á los otros para sus vicios, tenía ne- 



58 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

cesidad de grandes caudales^ y sobre todo para aquel 
sitio. 

Porque era grande é irreducible el ansia que tenia de 
iomar á Atenas, bien fuese por una cierta emulación con 
una ciudad cuya gloria parecia hacer sombra, ó bien por 
encono é irritación, á causa de las burlas y denuestos con 
que para irritarle les insultaba cada dia á él mismo y á 
Métela desde las murallas el tirano Aristion, cuya alma era 
un compuesto de lascivia y crueldad, á las que había re- 
unido todos los vicios y pasiones de Mitrídates; y éste era 
el que estaba reduciendo á los mayores extremos, como á 
una enfermedad mortal, á una ciudad que habia podido 
salvarse hasta entonces de mil guerras y de muchas tira- 
nías y sediciones. Porque el poco grano que habia en la 
ciudad se vendia á mil dracmas la fanega, manteniéndose 
los hombres con la parietaria que se criaba en la cinda- 
dela, y comiéndose los despojos de los zapatos y vasijas; 
y mientras él pasaba el tiempo en banquetes y comilonas, 
danzando y haciendo escarnio de los enemigos, ni siquiera 
cuidó de la lámpara sagrada dé la Diosa que se habia apa- 
gado por falta de aceite. A la hierofanta que le habia pe- 
dido una hemina (1) de trigo, le envió pimienta; y á los 
senadores y sacerdotes que le rogaban s^. compadeciese de 
la ciudad y pidiera la paz á Sila, los dispersó ^ flechazos. 
Al fin, ya en el último apuro, envió á tratar de paz á dos ó 
tres de sus camaradas; á los cuales, como nada dijesen en 
orden á salvar la ciudad, sino que se vanagloriasen de Te- 
seo, de Eumolpo y de sus hazañas contra los Medos, los 
despidió Sila diciéndoles: «Retiraos de aquí, hombres di- 
chosos, conservando esas grandes palabras ; pues yo no he 
sido enviado á Atenas á aprender, sino á sujetar á unos re- 
beldes.» 



(1) La hemina era la mitad de la mina ó libra Qrriegfa, y equiya* 
lia á seis onzas y un cuarto de nuestro peso. 



SILA. 59 

Refiérese que en este estado de cosas hubo quien oyó 
en el Cerámico la conversación que entre sí tenian unos 
ancianos, en la que censuraban al tirano de haber descui- 
dado la guarda de^a muralla por la parte del Heptacalco, 
que era únicamente por donde los enemigos tenian un paso 
y entrada sumamente fácil; y que de esta conversación se 
dio conocimiento á Sila; el cual no la despreció, sino que 
pasando á la noche al sitio, y hallando que era accesible y 
fácil de ocupar, lo puso al punto por obra. Dice el mismo 
Sila en sus Comentarios, que el primero que subió á la 
muralla, llamado Marco Ateyo, como se le opusiese un 
enemigo, le dio un golpe en el casco, y con la gran fuerza 
que para él hizo se le rompió la espada, la que no salió del 
lugar de la herida, sino que se quedó fija en él. Tomóse, 
pues, la ciudad por aquel punto que los ancianos atenien- 
ses habían designado; y el mismo Sila, derribando hasta 
el suelo el lienzo de muralla entre las puertas Piraica y Sa- 
grada, entró á la media noche, causando terror y espanto 
con el sonido de los clarines y de una infinidad de trompe- 
tas y con la gritería y algazara de los soldados, á los que 
dio entera libertad para el robo y la matanza: así corriendo 
por las calles con las espadas desenvainadas es indecible 
cuánto fué el número de los muertos, aunque por la san- 
gre que corrió se puede todavía computar á lo que debió 
ascender. Pues sin que entren en cuenta los que murieron 
por todo el resto de la ciudad , la matanza de sola la plaza 
inundó cuanto terreno cae dentro de la puerta Dipila; y 
aun hay muchos que dicen que llegó hasta la parte de 
afuera. Y con ser tantos los que así perecieron, no fueron 
menos los que se quitaron la vida de lástima y aflicción 
por su patria, que daban por deshecha y arruinada del 
todo, obligando á los mejores ciudadanos á desconfiar y 
temer por la salud de ella el que de Sila nada humano ni 
clemente se prometían. Con todo, parte por los ruegos y 
súplicas de Meidío y Califonte unos de los desterrados, y 



60 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALKLA8. 

parte también por la intercesión de todos los senadores 
que eran de la expedición, y le pidieron conservara la ciu* 
dad; como además se hallase satisfecho en su vengansa, 
dijo después de haber hecho un elogly do los antiguos 
Atenienses, que hacía á los pocos el oDsequio de los mu- 
chos, á los muertos de los vivos. Escribe en sus GomenU- 
rios haber tomado á Atenas el día i.® de Marzo, que viene 
á corresponder al principio también del mes Antisterion, 
en el que casualmente se hacen muchas ceremonias y fies- 
tas de conmemoración por la excesiva lluvia que causó 
tamaña ruina y estrago como fué el del diluvio, que vino 
á suceder en tales días. Tomado lo que propiamente se 
llama la ciudad, como el tirano se hubiese retirado á la 
cindadela, le puso cerco, encargando de él á Gurion. Re- 
sistió aquél por bastante tiempo; pero al cabo se entregó 
estrechado de la sed; en lo que intervino una señal y pro- 
digio del buen Genio de Sila ; porque en el mismo día y en 
la misma hora en que Gurion le recibió, habiendo la ma- 
yor serenidad, repentinamente se amontonaron muchas 
nubes, y la gran lluvia que cayó inundó la cindadela. Tomó 
igualmente Sila el Pireo de allí á breves dias, y abrasó la 
mayor parte de sus obras, y entre ellas la armería de Fi- 
lón, que era una de las más admirables. 

En esto Taxiles, general de Mitrídates, bajando de la 
Tracia y la Macedonia con cien mil infantes, diez mil caba- 
llos y noventa carros falcados, llamaba para que se le re- 
uniese á Arquelao, que todavía se mantenía en la marina 
en la parte de Muniquia, por no querer ni retirarse del 
mar, ni combatir con los Romanos, sino sólo entretener la 
guerra é interceptar á éstos los víveres. Conociólo toda- 
vía mejor que él Sila, y así marchó precipitadamente hacia 
la Beocia, abandonando unos terrenos quebrados, y que 
aun en tiempo de paz no podian proveer á su subsistencia. 
Eran muchos los que creían que había errado su cálculo, 
por cuanto dejando el Ática, que era país áspero y poco á 



SILA. 61 

propósito para la caballería, había bajado á los yalles y á 
las dilatadas llanuras de la Beocia, no obstante ver que la 
fuerza principal de los bárbaros consistía en los carros y 
en la caballería; pero por huir, como hemos dicho, del 
hambre y la carestía, se vio precisado á preferir el peligro 
de una batalla. Dábale además cuidado Hortensio, buen 
caudillo y animoso guerrero, que trayendo de la Tesalia 
refuerzos al mismo Sila, era espiado y aguardado de los 
bárbaros en los desfiladeros. Estos fueron los motivos que 
tuvo Sila para marchar á la Beocia; y en cuanto á Horten- 
sio, Cafis, que seguía nuestra causa, le condujo, engañando 
á los bárbaros, por caminos excusados á aquella misma 
Titorea, que no era entonces una ciudad grande como lo 
es boy, sino sólo un castillo clavado en una roca tajada, á 
la que ya en otro tiempo se acogieron y en la que se sal- 
varon aquellos Focenses que huyeron de Jerges en su ve- 
nida. Allí se acampó Hortensio, y por el día se ocultó á los 
enemigos; mas á la noche bajó por los terrenos más fra- 
gosos á Patronide, donde con su tropa se unió á Sila, que 
le salió al encuentro. 

Luego que estuvieron reunidos, tomaron una grande al- 
tura, que está en medio de los deliciosos campos de Clea, 
con agua abundante en su falda: llámase Filobeoto, y Sila 
celebra sobremanera sus calidades y su posición. Acampá- 
ronse, y á los ojos de los enemigos parecieron muy pocos, 
pues de caballería no eran más de mil y quinientos, y la 
infantería aun no Hegaba á quince mil hombres: por lo 
cual, precisando los demás generales á Arquelaoá que 
formase sus tropas, llenaron toda la llanura de caballos, 
de carros, de escudos y de rodelas, no bastando el aire 
para referir la gritería y alboroto de tantas especies de 
gentes como allí se hallaban reunidas y ordenadas. No era 
tampoco pequeña parte para el espanto y el terror la ri- 
queza y brillantez con que se presentaban, porque el res- 
plandor de las armas guarnecidas graciosamente con plata 



62 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

y oro, y los colores de las túnicas de la Media y la Escitia, 
adornadas con el bronce y el hierro que brillaban á lo le- 
jos, al moverse y sacudirse semejaban al fuego, y hacían 
una vista terrible; tanto, que los Romanos se estaban reti- 
rados dentro del valladar, y no halló Sila modo alguno ni 
palabras que bastasen á desvanecer su asombro: viéndose 
precisado, por cuanto no queria tampoco violentar á los 
que asi se resistían, á haber de estarse quieto y aguantar 
con el mayor desabrimiento la mofa y el escarnio de los 
bárbaros, que al cabo fué lo que más le aprovechó. Porque 
despreciándole los enemigos, se entregaron al mayor des- 
orden; y coDüo por otra parte no eran ya muy obedientes 
á sus generales, por ser tantos los que mandaban, eran 
muy pocos los que permanecían en el campamento; y an- 
tes habiéndose cebado la mayor parte en el saqueo y la 
rapiña, solian andar dispersos y separados de aquél jorna- 
das enteras: de manera que se dice haber asolado la ciudad 
de los Panopeos, saqueado la de los Lebadios, y despojado 
su oráculo sin orden de ninguno de sus generales. Sentia 
Sila y se afligia extremadamente de que ante sus ojos fue- 
sen destruidas las ciudades, y tomaba el partido de no de- 
jar en reposo á los soldados, sino que sacándolos del cam- 
pamento, les hizo trabajar en mudar el curf^o del Cefíso y 
en abrir fosos, no permitiendo descansar á ninguno, y cas- 
tigando irremisiblemente á los que aflojaban, para lo que 
estaba él mismo de sobrestante; todo con la mira de que 
aburridos con las obras, abrazaran el peligro por huir del 
trabajo, como asi sucedió. Porque al cabo de los tres dias 
de aquella fatiga, sacándolos Sila, le pidieron á voces que 
los llevara contra los enemigos; á lo que les contestó que 
aquel clamor no le significaba que quisiesen pelear, sino 
que deseaban huir del trabajo; mas con todo, si se sentían 
con ánimo de combatir tomasen las armas y viniesen á 
aquel sitio, señalándoles la que antes había sido cindadela 
de los Parapotamios, y entonces, destruida la ciudad, había 



SILA. 63 

venido á quedar en ser un collado pedregoso y escarpado, 
que no estaba separado del monte Edulio sino el espacio 
que con sus aguas ocupa el Aso; el cual, confundiéndose 
en la misma falda con el Gefíso, y haciéndole de más rá- 
pida corriente, contribuye á que la cumbre sea más á pro- 
pósito para establecer con seguridad un campamento. Asi 
es que, viendo Sila que de los enemigos los de bronceados 
escudos se dirigian á él, quiso anticipárseles ocupando 
aquel puesto, y le ocupó; mostrándose con grande ánimo 
los soldados. Gomo arrojado de allí Arquelao moviese con- 
tra Queronea, los Queronenses, que militaban con Sila, le 
suplicaron que no abandonase su patria; por lo que envió 
en su defensa al tribuno Gabinio con una legión, dejando 
ir con ellos á los Queronenses, que aunque quisieron no 
pudieron llegar antes que aquél: de manera que el que iba 
á salvarlos, aun se mostró más activo y pronto que los 
mismos que habian menester su auxilio. Tuba dice que el 
enviado no fué Gabinio, sino Ericio; mas como quiera, 
en esto consistió el que nuestra ciudad saliese de aquel 
peligro. 

De Lebadia y de Trofonio les llegaban á los Romanos 
felices anuncios y faustos vaticinios; acerca de los cuales 
hacen los del país diferentes relaciones; mas lo que escri- 
be el mismo Sila en el libro décimo de sus Gomentarios es 
que después de haber ganado ya la batalla de Queronea, 
vino á buscarle Quinto Tito, varón de no pequeño crédito 
entre los que traficaban en la Grecia, y le participó que 
Trofonio le profetizaba allí mismo otra segunda batalla y 
victoria dentro de breve tiempo. Después de éste, otro de 
los que militaban en su ejército, llamado Salvinio, le anun- 
ció de parte del Dios cuál era el término que habian de 
tener las cosas de Italia. Ambos hablaron por visiones que 
habian tenido, porque según sus relaciones habian visto 
de una misma manera la hermosura y grandeza de Júpiter 
Olimpio. Luego que Sila pasó el Aso, se dirigió al Gdulio, 



64 PLUTAUCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

acampándose al frente de Arquelao, que había puesto su 
campo fortificado en medio del Aconcio y el Cdulio, en 
los que llaman los Asios. El lugar en que puso las tiendas 
todavía de su nombre se llama Arquelao en el dia de hoy. 
Habiendo tomado Sila un día de reposo, al siguiente dejó 
allí á Murena, que mandaba una legión y dos cohortes, 
para que cargara sobre los enemigos cuando ya estuvie- 
ran en desorden; y él hizo á orilla del Cefíso un sacriGcio, 
después del cual marchó la vuelta de Queronea, para to- 
mar la tropa que allí había, y reconocer el monte llamado 
Turio, en cuya ocupación se le habían adelantado los ene- 
migos. Es este una eminencia muy pendiente y redonda, á 
la que damos, el nombre de Ortopago: al pié pasa el rio 
Nolo^ y se halla el templo de Apolo Turio; tomantio el 
Dios esta denominación de Turo, madre de Quiron, que se 
dice haber sido el fundador de Queronea. Otros dicen que 
fué allí donde se apareció la vaca que para guia fué dada 
á Gadmo por Apelo, y que de ella tomó aquel nombre el 
sitio; porque los Fenicios al buey le llaman Tor, Estando 
Sila en marcha para Queronea salió á recibirle con su tro- 
pa ja armada el tribuno que tenía puesto de gobernador 
en aquella ciudad, trayéndole una corona de laurel. Luego 
que saludó con la mayor afabilidad á los soldados, se dis- 
puso para el combate, y en este acto se le presentaron dos 
ciudadanos de Queronea, Homoloico y Anaxidamo, ofre- 
ciéndole destrozar á los que ocupaban el Turio, sólo con 
que les diese unos cuantos soldados; porque habia un ata- 
jo, ignorado de los bárbaros, que por el Museo conducía 
al Turio desde el llamado Petroco^ hasta .e sta r, encima del 
puesto que éstos tenían; y cayendo sobre «jRs por aquel 
camino, con facilidad serian destruidos, ó se les desaloja- 
ría hacía la llanura. Aseguróle Gablnío del valor y lealtad 
de los que hacían la oferta; y dándoles Sila la orden de 
que la pusiesen en ejecución, formó su ejército, distribu- 
yendo la caballería encuna y otra ala: tomó él mismo para 



siLÁ. 65 

8í el mando de la derecha, y dio á Murena el de la izquier- 
da. Los legados Galba y Hortensio, que mandaban las co- 
hortes de retaguardia, marcharon á ponerse en observa- 
ción sobre las alturas, para el caso de que se tratara de 
envolverlos, por cuanto se habia advertido que los ene- 
migos ponían mucha caballería y tropa ligera en las alas, 
extendiéndolas demasiado, y haciéndolas delgadas y flexi- 
bles para cercar á los Romanos. 

Habian los Queronenses tomado de Sila por caudillo á 
Ericio,: y marchando por el Turio sin ser sentidos, cuando 
después se mostraron fué grande la turbación y fuga de 
los bárbaros, y mayor todavía la matanza de unos con 
otros; porque no aguardaron en su puesto, sino que cor- 
riendo por los precipicios caían sobre sus propias lanzas, 
y con la priesa se despeñaban unos á otros, persiguiéndo- 
los desde arriba los enemigos, é hiriéndolos por la espal- 
da; de manera que perecieron unos tres mil en el Turio; y 
de los que huyeron, á unos les óortó la retirada, y los des- 
trozó Murena, que ya habia tomado posición; y otros, arro- 
jados hacia el campamento amigo, como cayesen repenti- 
namente y sin orden sobre la hueste ya formada, introdu- 
jeron en la mayor parte el terror y la confusión; y con 
retardar las órdenes de los generales no fué tampoco pe- 
queño el mal que causaron. Porque Sila sobrevino pronta- 
mente cuando así estaban desordenados, y pasando con 
ligereza el espacio que los separaba, quitó á los carros 
falcados toda su actividad y fuerza, por cuanto esta la to- 
man principalmente de lo largo de la carrera, que es la 
que les da ímpetu y pujanza: siendo por el contrario los 
golpes de cerca inefícaces y flojos, como los de los dar- 
dos, si el arco no ha podido tenderse; que fué !o que enton- 
ces sucedió á los bárbaros, porque apoderados los Roma- 
nos de los primeros carros, que no habian podido obrar ni 
chocar sino débil y remisamente, luego con risa y gritería 
pedían otros, como se acostumbra hacer en el circo en las 

TOMO III. 5 



66 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

carreras de caballos. En este estado vinieron á las manos 
una y otra infantería, presentando los bárbaros sus lanzas 
largas, y procurando con la unión de los escudos conser- 
var el orden de la formación; mas los Romanos, arrojando 
' las picas y echando mano á las espadas, retiraron las lan- 
zas de aquellos tan pronto como con gran rabia se arroja- 
ron sobre ellos; porque vieron que estaban formados en 
primera fila quince mil esclavos, que los generales del Rey 
hablan proclamado libres de los tomados á los enemigos, 
y les hablan dado lugar entre los primeros infantes: así se 
dice^ haber exclamado un centurión de los Romanos, que 
sólo en los Saturnales habla visto á los esclavos usar de 
libertad. A éstos, pues, como con dificultad los hiciesen 
huir los infantes romanos por el apifiamiento y espesor de 
la formación, y también porque ellos mostraron más de- 
uuedo del que podia esperarse, los desordenaron por fin 
y obligaron á volver la espalda las piedras y dardos que 
con abundancia les tiraron los Romanos que se habian co- 
locado á la espalda. 

Extendía Arquelao su ala derecha en disposición de en- 
volver á los Romanos, y Hortensio acudió á carrera con 
sus cohortes á acometerle por el flanco; pero como aquél 
enviase sin dilación á su encuentro dos mil caballos que 
tenía á mano, oprimido de la muchedumbre se retiró hacia 
las alturas, perdida algún tanto la formación y cercado de 
los enemigos. Súpolo Sila, y marchó al punto en su auxilio 
desde el ala derecha, que aun no habia entrado en acción. 
Arquelao, que por el polvo levantado con aquel movi- 
miento conjeturó lo que era, dejó en paz á Hortensio, y se 
dirigió al sitio de donde partió Sila en su ala derecha para 
derrotarla, hallándola falta de caudillo. Al mismo tiempo 
Taxiles cargó á Murena con sus calcaspidas, 6 los de bron- 
ceados escudos; de manera que formándose gritería en dos 
partes, y repitiendo el eco las montañas, lo entendió Sila, 
y quedó muy confuso sin saber á dónde acudir. Resolvió 



S(LA. 67 

volver á su puesto, mandando en socorro de Murena á 
Hortensio con cuatro cohortes; y dando orden á la quinta 
de que le siguiese, marchó al ala derecha, que por si mis- 
ma se habla sostenido dignamente contra Arqueiao; y con 
su venida enteramente le rechazó. Victoriosos, pues, per- 
siguieron á los enemigos hacia el rio y el monte Aconcio, 
á donde corrian en completa dispersión. Mas no por esto se 
descuidó Sila.de Murena, que quedaba en riesgo, sino que 
partió á dar socorro á aquellas tropas; pero viéndolas tam- 
bién vencedoras, volvió á tomar parte en la persecución. 
Murieron muchos de los bárbaros en aquella llanura; pero 
fueron muchos más los que perecieron sobrecogidos en 
las inmediaciones del campamento á donde querían refu- 
giarse: en términos que de tantos millares solos diez mil 
llegaron á Calcis. Sila dice que de los suyos sólo faltaron 
catorce, y de éstos aún perecieron dos á la caida de la 
tarde. Así en los trofeos inscribió á Marte, la Victoria y 
Venus, como que habia dado ñn glorioso á aquella guerra 
no menos por su buena dicha que por la pericia y el va- 
lor; y este trofeo, por la victoria de la llanura, le colocó 
en el punto en donde primero cedió Arqueiao junto al rio 
Molo. El otro por la sorpresa de los bárbaros existe en la 
cima del Turio, y su inscripción en caracteres griegos da 
el prez de la victoria á Homoloico y Anaxidamo. Las fies- 
tas por estas victorias las celebró en Tebas, erigiendo un 
altar junto á la fuente Cdipode: los jueces eran Griegos, 
escogidos de las demás ciudades, habiéndose mostrado 
irreconciliable con los Tebanos, á quie ¡es tomó la mitad 
de sus términos, consagrándola á Apolo Pitio y Júpiter 
Olimpio; y del dinero de las rentas de ellos mandó se diera 
también á los Dioses el que les habia tomado de sus tem- 
plos. 

Sabiendo á poco de ejecutadas estas cosas que Flaco, 
elegido cónsul de la, facción contraria, atravesaba con tro- 
pas el mar Jonio, según se decía contra Mitrídates, pero 



68 FLUTARCU. — LAS VIDAS PARALELAS. 

en realidad contra él. mismo, movió hacia Tesalia, como 
para salir á recibirle; pero habiendo llegado á Meiitea, le 
vinieron avisos de muchas partes de que estaban talando 
el país que dejaba á la espalda tropas del Rey en no me- 
nor número que antes. Porque Donlao, que habia llegado 
á Calcis con grande aparato de naves, en las que traia 
ochenta mil hombres del ejército de Mitrídates, ejercitados 
y muy en orden, sin detenerse habia pasado -á la Beocia; y 
apoderado del país, procuraba atraer á Sila á una batalla: 
desatendiéndolos consejos de Arquelao, que trataba de 
contenerlo, y aun reconviniendo en cierta manera á éste 
sobre la anterior batalla, como que sin traición no podían 
haber sido desechas tan considerables fuerzas. )las Sila, 
que tuvo que retroceder á toda priesa, hizo conocer á Do- 
rilao que Arquelao era hombre prudente, y tenía experien-. 
cia de lo que era el valor romano; pues con sólo haber te- 
dido con Sila unos ligeros encuentros cerca de Tilfosio, 
fué ya el primero en no tener por conveniente que la con- 
tienda se decidiera en una batalla, sino que la guerra se 
alargase y se fatigase á Sila á fuerza de tiempo y de gas- 
tos. Mas, sin embargo de esto, dio cierta confianza á Ar- 
quelao el país de Orcomene, en que estaban acampados, 
por ser muy ventajoso, en caso de venir á las manos, para 
ios que prevalecían en caballería; porque entre las llanuras 
de la Beocia es la más bella y más espaciosa la que empieza 
en la ciudad de Orcomene, porque ella sola se dilata an- 
chamente, y está despejada de arboledas hasta las lagunas 
en que se pierde el rio Melas; el cual, naciendo debsgo de 
Orcomene, caudaloso y navegable desde su fuente, en lo 
que es único entre todos los rios de la Grecia, tiene ade. 
más la particularidad de que crece como el Nilo en el sols- 
ticio del verano, y lleva plantas semejantes á las de aquél, 
sino que no dan fruto, ni llegan á la misma altura. No va 
tampoco muy lejos, sino que la mayor parte se pierde muy 
pronto en lagos ciegos y pantanosos; y después la otra 



^ SILA. 69 

parte, que es bien escasa, se mezcla con el Gefíso en'aquel 
punto donde la laguna produce la caña de flautas. 

£stando acampados muy cerca unos de otros, Arquelao 
se mantenía en quietud; pero ^la se dedicó á abrir fosos 
de uño y otro lado, con el objeto de cortar á los enemigos, 
si le era posible, los lugares seguros y á propósito para la 
caballería, y estrecharlos hacia las lagunas. No lo sufrie- 
ron éstos, sino que saliendo con ardor y en tropel luego 
que los generales se lo permitieron, no sólo se dispersaron 
los que con Sila se hallaban en los trabajos, sino que tam- 
bién se conmovieron y dieron á huir parte de los que esta- 
ban sobre las armas. Entonces Sila, apeándose del caballo 
y tomando una insignia, corrió por entre los que huían 
contra los enemigos, diciendo á voces: «A mi me es glo- 
rioso, oh Romanos, morir en este sitio: vosotros, á los que 
os pregunten dónde abandonasteis á vuestro emperador^ 
acordaos de responderles que en Orcomene.» Esta voz los 
contuvo, y como dos cohortes de las del ala derecha se 
adelantasen á apoyarle, con ellas rechazó á los enemigos. 
Retrocedió luego con ellas un poco, y dándoles un refresco, 
volvió otra vez al tralpajo de abrir foso delante del real de 
los enemigos. Volvieron éstos también á acometer en más 
orden que antes; y Diógenes, hijo de la mujer de Arquelao, 
peleando en el ala derecha, pereció con gloria. Los arque* 
ros, como oprimidos de los Romanos no tuviesen retirada, 
tomando muchos dardos en la mano, é hiriendo con ellos 
como con unas espadas, procuraban defenderse: al fln, en^ 
cerrados en su campo, á causa de las muertes y heridas, 
pasaron congojosamente la noche. Al día siguiente otra 
vez sacó Sila los soldados á la obra del foso, y como los 
enemigos salieseh en gran número como para batalla, ar- 
rojándose sobre ellos, los rechazó, y no quedando ninguno 
que hiciese frente, tomó á viva fuerza el campamento. Lle- 
naron los muertos de sangre las lagunas y de cadáveres 
iodo el terreno pantanoso, tanto, que aun ahora se en- 



70 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

cuentran arcos del uso de los bárbüros, morriones, frag- 
mentos de corazas de hierro y espadas sumergidas entre 
el cieno, sin embargo de haberse pasado doscientos años 
poco más ó menos desde aquella batalla. Así es como 
se refiere le ocurrido en las jornadas de Queronea y Or- 
comene. 

Como en Roma Ciña y Carbón maltratasen con la mayor 
injusticia y violencia á los más principales ciudadanos, mu- 
chos, huyendo de la tiranía, se acogían como á un puerto 
al ejército de Sila: así, por cierto tiempo hubo cerca de él 
una especie de Senado; y Métela, habiendo podido con di- 
ficultad ocultarse á sí misma y á sus hijos, llegó trayéndole 
la noticia de que su casa y sus haciendas habían sido que- 
madas por sus enemigos, y pidiéndole diera auxilio á los 
que quedaban en Roma. Cuando se hallaba perplejo, por 
no poder resolverse ni á abandonar la patria molestada y 
oprimida, ni á partir dejando imperfecta una obra tan im- 
portante como era la guerra Mitridática, se le presentó un 
eomerciante de Délos, llamado Arquelao, enviado secreta- 
mente de parte del otro Arquelao á hacerle ciertas propo- 
siciones y darle esperanzas. Oyóle Sila con tanto placer, 
que se determinó á ir por sí mismo á conferenciar con Ar- 
quelao, y conferenciaron en efecto orilla del mar, cerca de 
Delio, donde está el templo de Apolo. Comenzó Arquelao la 
plática, procurando atraer á Sila á que abandonando el 
Asia y el Ponto partiese á la guerra que tenía que sostener 
en Roma, recibiendo para ella de parte del Rey intereses, 
galeras y tropa en la cantidad que quisiese; á lo que con- 
testó Sila proponiéndole á su vez, que no hiciera cuenta 
del Rey, sino que reinase él mismo en su lugar, hacién- 
dose aliado de los Romanos, y entregando cierto número 
de naves. Repelió Arquelao con horror una traición seme- 
jante, y entonces le dijo: c<Pues si tú, oh Arquelao, siendo 
Capadocio y esclavo, ó si quieres amigo de un rey bár- 
baro, no sufree la infamia por bienes de tan gran tamaño, 



SIL A. 7Í 

á mi, que soy romano y Sila, ¿cómo te atreves á hablarme 
de traiciones, como si no fueras aquel mismo Arquelao 
que, huyendo en Queronea con muy poca gente, restos de 
ciento veinte mil hombres, te hubiste de esconder por dos 
dias en las lagunas de Orcomene, dejando intransitable la 
Beocia por la multitud de los cadáveres?» A esto, mudando 
ya de lenguaje Arquelao, y echándose á sus pies, le rogó 
que pusiera fin á la guerra haci endo paz con Mitrídates. 
Admitió Sila la propuesta, y se hizo un tratado, por el que 
se convino en que Mitrídates cedería el Asia y la Paflago- 
nia; se pondría por rey de Bitinia á Nicomedes, y de Capa- 
docia á Ariobarzanes, y se entregarían á los Romanos dos 
mil talentos y setenta naves con espolones de bronce y 
todo su aparejo, con solo que Sila afianzase al Rey, y le 
diese por seguros todos sus demás dominios, y le decla- 
rase aliado del pueblo romano. 

Hechos estos convenios, torciendo de camino, marchó 
por la Tesalia y la . Macedonia al Helesponto, teniendo á 
Arquelao con grande estimación en su compañía; y ha- 
biendo caido éste enfermo de peligro en Larisa, parando 
el viaje, hizo se le asistiera como á uno de los generales y 
caudillos que militaban á sus órdenes. Esto dio ocasión á 
que se pusiera tacha en la jornada de Queronea, como qua 
no se habia obrado con limpieza; y también el que ha- 
biendo remitido Sila al Rey todos sus amigos que habían 
quedado cautivos, sólo á Aristion el tirano le dio muerte 
con hierbas por estar enemistado con Arquelao. Sobre todo 
hizo sospechar el terrena de diez mil yugadas que se dio 
en la Eubea á un hombre de Gapadocia, y el haberle de- 
clarado Sila amigo y socio de los Romanos; mas sin em- 
bargo de todo esto, hace Sila la apología en sus Gomenta- 
rio%. Viniéronle á esta sazón embajadores de Mitrídates di- 
ciendo que á todo lo demás estaba pronto; pero que en 
cuanto á la Paflagonia no venia en que se le despojase de 
ella, y en cuanto á las naves de ningún modo se confor- 



7t PLUTAtCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Biaba; de lo qae indignado Sila: «¿Uué es lo que decía! les 
preguntó: iMitridates se opone á lo de la Paflagonia, y del 
todo te niega en cuanto á las naves, cuando yo creía que 
■6 haría adoraciones sí le dejaba aquella diestra eoo la 
que á tantos Romanos ha dado muerte? Bien pronto será 
otro su lenguaje en pasando yo al Asia: ¡está muy bien que 
ahora descansando en Pérgamo dirija una guerra qiie hasta 
el día no ha presenciado!» Intimidados los embijadores, 
guardaron silencio; pero Arquelao hizo ruegos á Sila, y 
sosegó su enojo, tomándole la diestra y derramando \é^ 
grímas. Persuadióle, finalmente, á que le enviase é él mis- 
■10 á Mitrídates, porque ó haría la paz con las condiciones 
que quería, ó si no lo alcanzaba se daría á sí mismo la 
muerte. Mandándole, pues, bajo estos supuestos, invadió 
la Media, y habiéndolo talado todo, dio la vuelta á la Ma- 
cedonia, y en Filipos recibió á Arquelao, que le participó 
estar todo negociado á satisfacción; pero que Mitrídates 
deseaba con ansia venir á tratar con él: siendo de ello la 
principal causa Fimbria, que habiendo dado muerte á 
Flaco, cónsul del otro partido, y vencido á los generales 
del Rey, marchaba ya contra el mismo. Este temor era el 
que príncipalmente obligaba á Mitrídates á preferir el ha- 
cerse amigo de Sila. 

Juntáronse en Dardano de la Troade, teniendo consigo 
Mitrídates doscientas naves armadas, cuarenta mil infantes, 
seis mil caballos y gran número de carros falcados; y Sila 
cuatro cohortes y doscientos caballos. Vínose hacia él Mi* 
trídates alargándole la mano; pero Sila le preguntó si 
daba por terminada la guerra bajo las condiciones conve- 
nidas con Arquelao; y como el Rey callase, «pues de los que 
tienen que pedir, continuó Sila, es el hablar los primeros: 
los vencedores con callar hacen bastante.» Comenzó enton- 
ces Mitrídates á hacer su apología, echando la culpa de la 
guerra ya á algún mal genio, y ya á los mismos Romanos; 
mas interrumpióle Sila diciendo, que ya antes había oído á 



8ILA. 73 

Otros, y ahora había conocido por si mismo, cuan diestro 
era Mitrídates en la retórica, pues que no le habian faltado 
palabras que tenían algún color on hechos tan depravados 
^ injustos. Reprendióle, pues, y reconvínole por tantos ma- 
les como había causado, y volvióle á preguntar si pasaba 
por lo convenido con Arquelao; y como dijese que si, en- 
tonces le saludó y le echó los brazos para abrazarle; pre-^ 
sentándole á los reyes Ariobarzanes y Nicomedes, y re- 
conciliándolos con él. Dióle Mitrídates las setenta naves y 
quinientos arqueros, é hizo vela para el Ponto. Había ob- 
servado Sila que se habian disgustado los soldados con 
aquellas paces, pareciéndoles cosa terrible que un rey que 
había sido el mayor enemigo de los Romanos, teniendo 
dispuesta la matanza en un dia de setenta mil de ellos de 
los que se hallaban en el Asia, se marchara con su riqueza 
y sus despojos de este mismo país que había estado sa- 
queando y poniendo á contribuciones por cuatro años se- 
guidos; pero se excusó con ellos, diciéndoles que no le 
habría sido posible hacer á un tiempo la guerra á Fimbria y 
Mitrídates si se hubieran coligado contra él. 

Partió de allí contra Fimbria, que estaba acampado junto 
á Tiro, y estableciendo muy cerca de él sus reales, se puso 
á abrir un foso en derredor de ellos. Los soldados de Fim- 
bria salieron de su campamento sin más que las túnicas, y 
yéndose á saludar á los de aquél, se pusieron á ayudarles 
en su obra con el mayor calor; vi&ta la cual mudanza por 
Fimbria, como considerase á Sila inflexible, se dio á sí 
mismo la muerte en su campo. Sila entonces multó al Asia 
en general en cien mil talentos; y luego en particular vino 
á arruinar las casas con la insolencia y el exquisito servi- 
cio de los alojados; porque mandó que el huésped diera al 
soldado raso cuatro tetracdracmas (1) al dia, y además de 



(1) La tetracdracma era de cuatro dracmas. y la dracma venía á 
valer dos reales ^e vellón. 



74 PLUTARCO — LAS VlbAS PARALELAS. 

comer á éi y á cuantos amigos convidase; que el Tríbano 
percibiría al dia cincuenta dracmas y una ropa para casa 
y otra para salir á la calle. 

Habiendo dado á la vela de Cíese con todas las naves, 
entró al tercer dia en el Pireo: inicióse en los misterios, 
y se apropió para si la biblioteca de Atelicon de Teyo, en 
la que se hallaban la mayor parte de los libros de Aristóte* 
les y Teofrasto, poco conocidos entonces de los más de los 
literatos. Dícese que traida á Roma, Turanion el Gramático 
corrígió muchos lugares; y que habiendo alcanzado de él 
Andrónico Rodio algunas copias, las publicó, siendo éste 
también quien formó las tablas que ahora corren. Los más 
antiguos de los Peripatéticos, aunque generalmente elegan- 
tes é instruidos, parece que no tuvieron la suerte de dar 
con muchas de las obras de Aristóteles y de Teofrasto, ni 
de poder examinarlas con la debida diligencia, por culpa 
del heredero Nileo Cscepsio, á quien las dejó Teofrasto y 
de quien pasaron á hombres oscuros é ignorantes. Mientras 
Sila se detenia en Atenas le cargó en los pies un dolor sordo 
con pesadez, del que dice Cstrabon que es el tartamudeo 
de la gota. Embarcóse para Adepso , donde usó de aguas 
termales, entreteniéndose juntamente y pasando el tiempo 
con los artífices de Baco. Paseándose orí lia del mar le pre- 
sentaron unos pescadores ciertos peces muy hermosos, y 
holgándose mucho con el presente, como hubiese sabido 
que eran de Aleas, preguntó: «Pues qué , ¿todavía hay al- 
guno de Aleas vivo?» Y es que cuando vencedor en la ba- 
talla de Orcomene persiguió á los enemigos, al paso asoló 
tres ciudades de la Beocia, Antedon, Larumna y Aleas. 
Quedáronse cortados de miedo los pescadores; pero son- 
riéndose les dijo que fuesen en paz, pues no eran ruines ni 
despreciables los intercesores que habían traído; y Alenta- 
dos con esto los Aleenscs, es fama que volvieron otra vez 
á la ciudad. 

Sila^ bajando al mar por la Tesalia y la Macedonia, se 



SILA. 75 

disponía á marchar con mil y doscientas naves desde Dir- 
raquío á Brindis; pero está allí cerca Apolonia, y á ia inme- 
diación de ésta Ninfeo, lugar sagrado, donde de un monte- 
cilio cubierto de hierba y de unos prados nacen diversas 
fuentes que de continuo manan fuego. Estando él alli dur- 
miendo, se dice que cogieron un sátiro, cual los escultores 
y los pintoras los representan, y que traido ante Sila, se le 
preguntó por medio de diversos intérpretes quién era, y 
como nada articulase con sentido, ni despidiese más que 
una voz áspera mezclada del relincho del caballo y del ba- 
lido del macho cabrio, asustado Sila le hizo soltar conju- 
rando el mal agüero. Estándose ya entendiendo en el 
embarque de los soldados, manifestó temor Sila de que 
luego que aportasen á la Italia se dispersarían acá y allá por 
las ciudades; y ellos juraron que se mantendrían unidos, y 
que voluntariamente ningún daño causarían en Italia, Des- 
pués, considerando que habría menester cuantiosos fon- 
dos, le presentaron y ofrecieron todo lo que cada uno te- 
nia ahorrado; mas Sila no admitió aquellas primicias, sino 
que aplaudiéndolos y confirmándolos en su adhesión á él, 
partió alentadamente, según él mismo dice, contra quince 
generales contrarios que mandaban cuatrocientas y cin- 
cuenta cohortes, por significarle el Dios con la mayor cla- 
ridad la ventura que le aguardaba. Porque sacrificando en 
Tarento inmediatamente después de su arribo, se vio que 
la extremidad del hígado presentaba la figura de una co- 
rona con dos cintas que de ella pendían; y poco después 
del desembarco en la Campania junto al monte Hefeo se 
vieron por el día dos machos grandes de cabrio acometer- 
se, y hacer y padecer todo lo que acontece á los hombres 
cuando pelean. Fué sólo una apariencia ; la que levantada 
un poco de la tierra se esparció por el aire en diversas par- 
tes parecidas á unas imágenes muy débiles, y luego se des- 
vaneció enteramente. Después, al cabo de poco tiempo, 
congregando en aquel mismo lugar Mario el joven y el 



i 



76 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

cónsul Norbano considerables fuerzas, Sila, sin formar su 
tropa ni distribuirla convenientemente, y sin más que el 
vigor y el ímpetu que su misma decisión dio á los soldados, 
desbarató á los enemigos, y encerró á Norbano en la ciudad 
de Capua, habiéndole muerto siete mil hombres. Esto dice 
haber sido causa de que no se disolviese su ejército, dise» 
minándose por las ciudades, sino en que se mantuviese 
unido, mirando con desprecio á los enemigos, sin embargo 
de que eran en mucho mayor número. En Silvio dicen que 
por divina inspiración se le presentó un esclavo de Poncio 
anunciándole de parte de Belona la superioridad en la 
guerra y la victoria, y que si no se daban priesa arderla 
el Capitolio; lo que así sucedió el mismo dia que había pre- 
dicho, que fué un dia antes de las nonas Quintiles, que 
ahora llamamos Julias. Además de esto, hallándose Marco 
Lúoulo, uno de los generales del partido de Sila, en las 
cercanías de Fidencia con solas once cohortes, al frente de 
cincuenta que tenían los enemigos , él bien confiaba en el 
valor de sus soldados ; pero se detenia porque la mayor 
parte estaban desarmados. Hallándose, pues, perplejo y 
pensativo, trajo el viento de la llanura vecina en que había 
unos prados muchas flores, y las arrojó y esparció sobre 
los escudos y cascos de los soldados, paraciéndoles á los 
enemigos que se habían puesto coronas; y ellos, cobrando 
con esto nuevo ardor, se arrojaron al combate, del que 
salieron vencedores, dando muerte á diez y ocho mil hom- 
bres y tomando el campamento. Este Lúculo era hermano 
del otro Lúculo que más adelante derrotó y exterminó á 
Mitrídates y á Tigranes. 

Sila, viéndose todavía estrechado por todas partes de 
sus enemigos con muchos ejércitos y numerosas tropas, 
hizo por atraer á la paz, parte por la fuerza, y parte por 
engaño, al otro cónsul Escipion. Habiéndole dado éste en- 
trada, tenían conferencias y frecuentes juntas, buscando 
siempre Sila algún motivo de dilación y algún pretexto; y 



SILA. 77 

en tanto ganó á los soldados de Escipion por medio de los 
suyos, ejercitados en toda falsedad y lagotería como su 
general. Porque entrando dentro del campamento de los 
enemigos, y mezclándose en medio de ellos, al punto se 
atrajeron á unos con dinero, á otros con promesas, y á 
otros con lisonjas y halagos. Finalmente, presentándose 
Sila allí cerca con veinte cohortes, saludándole se pasaron 
á él^ y quedándose Escipion solo en su tienda, hubo de 
conformarse: mientras Sila, habiendo cazado con sus veinte 
cohortes, como con otras tantas aves mansas, las cuaren- 
ta de los enemigos, las condujo todas á su campamento: 
asf se cuenta haber dicho Carbón que peleaba en Sila con 
un león y una raposa alojados en su alma; pero la que más 
le incomodaba érala raposa. A este tiempo Mario, que tenia 
en Signio ochenta y cinco cohortes, provocaba á Sila á una 
batalla; y éste admitía gustoso el combatir en aquel mismo 
día, porque habia tenido entre sueños esta visión. Pare- 
cióle que el viejo Mario, ya difunto tiempo antes, exhor- 
taba á Mario su hijo á que se guardara del día que entraba, 
porque le traia un grande infortunio; por tanto, Sila estaba 
pronto para la batalla, y envió á llamar á Dolabela, que 
estaba acampado á alguna distancia; pero como los ene- 
migos le tomasen los caminos y le cerrasen el paso, los 
soldados de Sila llegaron á cansarse de combatir y andar; 
y cayendo al mismo tiempo mientras asi trabajaban una 
gran lluvia, esto acabó de estropearlos. Dirigiéndose, pues^ 
los tribuno^ á Sila le pedian, que dilatase la batalla , mos- 
trándole á los soldados quebrantados de la fatiga, y tendi- 
dos por el suelo reclinados sobre los escudos. Hubo de 
condescender muy contra su voluntad ; y dada la señal de 
hacer alto, cuando empezaban á formar el valladar y abrir 
el foso, delante del campamento se presentó con arrogan- 
cia Mario, yendo el primero en su caballo, en el concepto 
de que los desbaratada hallándolos desordenados. Enton- 
ces su Genio dio cumplida á Sila la palabra que le anunció 



78 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

en sueños, porque su cólera pasó á los soldados, y suspen- 
diendo las obras, dejadas las picas clavadas en el foso, 
desenvainaron las espadas, y con grande algazara se tra- 
baron con los enemigos; mas éstos no aguantaron mucho 
tiempo, sino que dieron á huir, y se hi/.o en ellos una hor- 
rible carnicería. Mario huyó á Preneste; pero ya encontró 
cerradas las puertas; y echándole de arriba una cuerda, se 
la ciñó al cuerpo, y asi lo subieron á la muralla. Algunos 
dicen, y de este número es Fenestela, que Mario ni si- 
quiera tuvo la menor noticia de la batalla, sino que habién- 
dose recostado en tierra bajo una sombra, á causa de sus 
muchas vigilias y fatigas, al tiempo de hacerse la señal 
del combate le cogió el sueño, y apenas despertó cuando 
todos hablan dado á huir. Dícese que Sila no perdió en esta 
batalla más que veintitrés hombres^ habiendo muerto á 
cuarenta mil de los enemigos, y apresado vivos ochenta 
mil. Con igual felicidad le salió todo lo demás por medio 
de sus generales Pompeyo, Craso, Mételo y Servilio, pues 
sin vacilar poco ó nada destrozaron fuerzas muy conside- 
rables de los enemigos; de manera que Carbón, que había 
sido el principal apoyo de la facción contraria, abando- 
nando de noche su ejército se embarcó para el Arrica. 

En el último combate, como atleta que entra de refresco 
contra el que está cansado, estuvo en muy poco que el 
sámnite Telesino no lo derribase y destruyese á las mis- 
mas puertas de Roma; porque allegando mucha gente en 
unión con Lamponio Luqués marchó con celeridad sobre 
Preneste, con el intento de sacar del cerco á Mario; pero 
habiéndose enterado de que tenía á Sila por el frente y á 
Pompeyo por la espalda, dirigiéndose ambos á toda priesa 
contra él, encerrado de una y otra parte, como buen guer- 
re/o ejercitado en muchos combates, levanta su campo 
por la noche, y marcha con todas eus fuerzas contra Roma. 
Faltó muy poco para que la sorprendiese sin ninguna guar- 
dia; y estando á diez estadios de la puerta Colina, allí se 



SILA. 79 

íijó, amenazando á la ciudad, lleno de presunción y de es- 
peranzas por haber burlado i tantos y tan acreditados ge- 
nerales. En la madrugada, habiendo salido contra él á ca- 
ballo lo más escogido de la juventud, dio muerte á muchos, 
y entre ellos á Apio Claudio, varón insigne en linaje y en 
virtud. Siendo grande como se deja conocer la confusión 
de la ciudad, y muchos los lamentos y las carreras, el pri- 
mero que se alcanzó á ver fué Balbo, enviado por Sila á 
todo escape con setecientos caballos; y no dando más 
tiempo que el preciso para que se les quitase el sudor, 
volvió á ensillar á toda priesa, y se fué en busca de los 
enemigos. En esto ya se descubrió Sila, y dando al- punto 
orden á los principales para que se diese un rancho, formó 
en batalla. Rogáronle con instancia Dolabela y Torcuatp 
que se detuviese y no aventurase el resto, teniendo la 
gente tan fatigada, pues los que ahora se le oponían no 
eran Carbón y Mario, sino los Sámnites y Lucanos, pueblos 
enemigos encarnizados de Roma y muy belicosos; pero 
apartándolos de sí mandó que las trompetas dieran la se- 
ñal de envestir, cuando vendrían ya á ser las diez del dia. 
Trabóse un combate como el que nunca otro; y la derecha 
mandada por Craso alcanzó al punto la victoria; mas como 
la izquierda sufriese y llevase lo peor, fué Sila en su so- 
corro en un caballo blanco que tenía muy alentado y ligero. 
Conociéndole por él dos de los enemigos, tendieron sus 
lanzas para arrojárselas. El mismo Sila no lo advirtió; pero 
su asistente dio con el látigo al caballo, y éste se adelantó 
lo preciso para que alcanzando las puntas á dar en la cola, 
cayesen y se clavasen en tierra. Díccse que teniendo Sila 
un idolito de Apolo tomado en Delfos, le traía siempre con- 
sigo en el seno en las batallas, y que en aquel trance le 
besó diciendo: «Oh Apolo Pitio, tú que de tangos combates 
sacaste triunfante y glorioso á Cornelio Sila, el feliz, ¿lo 
habrás traído ahora aquí á las puertas de la patria para 
arrojarle á que perezca vergonzosamente con ^us conciu- 



80 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dadanos?» Hecha esta plegaría, se dice que exhortó á unos, 
amenazó á otros, y á otros los cogió del brazo; mas que 
finalmente, mezclado con los que huían, se refugió al cam- 
pamento, habiendo perdido á muchos de sus amigos y 
deudos. No pocos también de los que habían salido de la 
ciudad á ver la acción perecieron y fueron pisoteados; de 
modo que daban por perdida la patria, y estuvo en muy 
poco que no hiciesen alzar el cerco de Mario: porque los 
que de la revuelta fueron allá á parar excitaban á Lucrecio 
Ofela, encargado de estrechar el sitio, á que levantara sin 
dilación el campo, teniendo por muerto á Sila, y á Roma 
por presa de los enemigos. 

Siendo ya muy alta noche, vinieron al campo de Sila de 
parte de Craso á pedir raciones para él y para sus solda- 
dos; porque luego que venció á los enemigos, persiguién- 
dolos hasta Antemna, puso allí cerca su campo. Sila coq 
esta noticia, y con la de que habían perecido la mayor 
parte de los enemigos, pasó al amanecer á la misma An- 
temna; y presentándosele tres mil de estos en legación, 
les ofreció darles inmunidad si volvían á él después de ha- 
ber causado algún daño á los otros enemigos. En esta 
confianza acometieron á los restantes, y murieron muchos 
á mano unos de otros; mas á aquellos mismos, y á los que 
pudo haber de los otros, en todo hasta unos seis mil, ios 
encerró en el Hipódromo, y convocó el Senado para el 
templo de Belona. Al mismo tiempo de tomar él la palabra 
para hablar al Senado, los que tenían la orden dieron 
muerte á los seis mil. Levantóse una horrorosa gritería, 
como era natural, siendo asesinados tantos en un recinto 
estrecho; y como los senadores se asustasen, del mismo 
modo que estaba hablando, no alterándose ni mudándosele 
1)1 semblante, les mandó que atendiesen á lo que decia, sin 
meterte en las cosas de afuera; porque aquello no era más 
que un aviso hecho de su orden á algunos perversos. Esto 
hizo conocer, aun al menos despierto de ios Romanos, que 



SlLA. 84 

habían mudado de forma de tiranía, pero no la habían sa- 
cudido; pues al cabo Mario, habiendo mostrado dureza 
desde q1 principio, con el poder la aumentó, pero no mudó 
de carácter; y Sila, que habia empezado á usar suave y 
politicamente de su fortuna, ganando concepto de un gene- 
ral popular y benigno, y que era además divertido desde 
joven, y bl-ando á la compasión, pues lloraba con mucha 
facilidad, se pudo sospechar que recibió aquella tan extra- 
ña mudanza de la misma grandeza de su poder, que no le 
dejó permanecer en sus antiguas costumbres, sino que las 
convirtió en feroces, soberbias é inhumanas. Mas si esto 
fué variación y mudanza causada en su índole por la for- 
tuna, ó más bien manifestación que hizo el poder de la per- 
versidad que antes abrigaba en su corazón, sería de otra 
investigación el definirlo. 

Dado ya Sita desenfrenadamente á la carnicería, en tér- 
minos de llenar la ciudad de asesinatos que no tenian nú- 
mero ni fin, siendo muchos sacrificados á enemistades par- 
«ticulares que en nada le tocaban, sólo por condescenden- 
cia y complacencia hacia los que le hacian la corte, uno 
de los jóvenes. Cayo Mételo, tuvo resolución para pregun- 
tarle en el Senado cuál seria el término de los males, y 
hasta dónde hacía ánimo de llegar, para poder esperar que 
cesarian tantas desgracias. «Porque te pedimos, continuó^ 
no que libres de la pena á aquelllos con quienes te has pro- 
puesto acabar, sino de la incertidumbre á los que piensa» 
queden salvos.» Respondiendo Sila que aun no sabía á 
quiénes dejada, repuso Mételo: «pues decláranos á quiéne» 
has de castigar;» á lo que contestó Sila que asilo baria. Al- 
gunos son de opinión que no fué Mételo sino un tal Aufidio, 
de aquellos que por adulación frecuentaban la casa de Siia^ 
el que dijo esto último. Sila, pues, proscribió al punto ochen- 
ta, sin tratarlo con ninguno de los que ejercían magistra- 
turas; y como muchos se horrorizasen de ello, dejando pa- 
sar sólo un día, proscribió doscientos y veinte, y al tercer 

TOMO III. 



82 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

día un número oo menor; y hablando en público sobre esto 
abismo, dijo que habia proscripto á aquellos que le habían 
venido á la memoria, y que para los olvidados habría otra 
proscripción. Impuso además al que recibiese y salvase á 
uno de los proscriptos, como pena de su humanidad, la de 
muerte, sin hacer excepción ni de hermano, ni de hijo, ni 
de padres; y al que los matase señaló el premio de dos ta- 
lentos por tal asesinato, aunque el esclavo matase á su se- 
ñor y al padre el hijo; pero lo que pareció más injusto que 
todo lo demás fué haber condenado á la infamia á los 
hijos y nietos de los proscriptos, y haber publicado sus 
bienes. Proscribíase no sólo en Roma, sino en todas las 
ciudades de Italia: no estando inmunes y puros de esta san- 
grienta matanza ni los templos de los Dioses, ni los hoga- 
res de la hospitalidad, ni la casa paterna; sino que los ma- 
ridos eran asesinados en los brazos de sus mujeres, y los 
hijos en los de sus madres. Y los entregados á la muerte 
por encono y enemistades eran un número muy pequeño 
respecto de los proscriptos por sus riquezas: asi hablándose 
de los que perecían, como cosa comente se decia: á éste 
le perdió su magnífica casa, á aquél su huerta, al otro las 
aguas termales. Quinto Aurelio, hombre retirado de nego- 
cios, y á quien de aquellos males no cabia más parte que 
la que por compasión pudiera tomar en los de algunos que 
sufrían, yendo á la plaza, leyó la tabla de los proscriptos^ 
y hallando su nombre, «¡miserable de mí! exclamó; lo que 
me persigue es mí campo del monte Albano;» y á pocos pa- 
sos que había andado fué muerto por uno que iba en su se- 
guimiento. 

En esto Mario, estando ya para caer prisionero, se dio á 
sí mismo muerte; y Sila, pasando á Preneste, al principio 
los juzgaba y castigaba de uno en uno; pero después no 
estando de tanto vagar, los reunió en un punto á todos, 
que eran doce mil, y mandó que los pasaran á cuchillo, no 
perdonando á otro que á su huésped; pero éste le respon- 



SILA. 83 

dio con grandeza de alma que por amor á la vida no sobre- 
viviría á la ruina de la patria; y mezclándose voluntaria- 
mente con sus conciudadanos, pereció con ellos. Lo que 
pareció cosa nueva y terrible fué el hecho de Lucio Catili- 
na, porque éste, habiendo dado muerte á su hermano cuando 
todavía los negocios públicos estaban indecisos, pidió des- 
pués á Sila que lo proscribiese como si estuviese vivo, y lo 
proscribió. Para mostrarse luego agradecido á este favor, 
dio muerte á un Marco Mario, de la facción contraria, y lle- 
vando la cabeza á presentársela á Sila, que despachaba en 
la plüza, marchó desde allí al puriñcatorio de Apolo, que 
estaba cerca, y se lavó las manos. 

Aun fuera de tantas muertes, ofendía por todo lo demás 
con su conducta; porque se nombró dictador á sí mismo, 
reproduciendo esta magistratura al cabo de ciento y veinte 
anos: se decretó igualmente á si mismo la inmunidad por 
todo lo hecho, y para en adelante el derecho de muerte, 
de confiscación, de enviar colonias, de talar ciudades, y de 
dar y quitar reinos á quien quisiera. En las subastas de las 
casas confiscadas se condujo con tal insolencia y despotis- 
mo, aun despachando en el tribunal, que más todavía que 
ios despojos incomodabao las donaciones que de los bie- 
nes hacía: dando á mujeres bien parecidas, á guitarristas, 
á histriones, y á lo más inmundo de la gente de condición 
libertina los campos de los pueblos enteros, las rentas de 
las ciudades, y aun á algunos el matrimonio violento de 
mujeres casadas. Así, queriendo enlazar con Pompeyo Mag- 
no, le hizo dejar la mujer que tenía, y le unió con Emilia, 
hija de Escauro y de su propia mujer Métela, separándola 
de Manió G abrion estando en cinta: pero esta joven murió 
de parto, casada ya con Pompeyo. Aspiraba al consulado 
Lucrecio Ofela, el que tuvo sitiado á Mario, y se presentó 
á pedirlo; á lo cual desde luego se opuso Sila; pero como 
aquél bajase á la plaza asistido y protegido de muchos, en- 
viando un centurión de los que tenía cerca de sí. mandó le 



84 PLUTAllCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

quitara la vida, senlado en el tribuDal, y poniéndose desde 
arriba á ser espectador de aquel asesinato. Prendieron los 
ciudadanos al centurión, y le llevaron á presentar ante el 
^ibunal; mas Sila les impuso silencio, diciendo que había 
sido de su orden, y mandó que á aquél le dejaran libre. 

Su triunfo fué ostentoso por la riqueza y novedad de los 
regios despojos; pero lo que dio más magnificencia y realce 
á aquel espectáculo fueron los desterrados; porque los 
más ilustres y autorizados de los ciudadanos precediaa 
con coronas, apellidando á Sila salvador y paire, pues por 
él habían vuelto á la patria y habían recobrado sus hijos y 
sus mujeres. Cuando todo se hubo concluido, haciendo en 
junta pública la apología de sus sucesos, no enumeró con 
menor cuidado los que creía deber á la fortuna que los que 
eran obra de su valor; y al concluir, mandó que se le die- 
ra el sobrenombre de afortunado: porque esto es lo que 
principalmente quiere significar la voz latina /<f/ta;. Cuando 
escribía á los Griegos ó despachaba sus negocios, se daba 
á sí mismo el título de Cpafrodito ó venusto; y entre nos- 
otros está su nombre escrito así en ios trofeos: Lucio CorTie- 
lio Sila Epa^rodito, Aun más: habiendo dado á luz Métela 
dos gemelos, varón y hembra, á aquél le puso el nombre de 
Fausto, y á ésta el de Fausta; porque los Romanos llaman 
fausto alo dichoso y plausible: y era tanto mayoi* lacón, 
fianza que ponía en su feliz suerte y en sus propias accio- 
nes, que con haber hecho morir á tantos, y haber causado 
en la ciudad tanto trastorno y mudanza, abdicó la dictadu- 
ra, y dejó al pueblo arbitro y dueño^de los comicios consu- 
lares, y no se puso al frente, sino que anduvo por la plaza 
como un particular, exponiendo su persona á los atropella- 
mientos é insultos; sin embargo de que apenas podía du- 
darse iba á ser elegido contra su opinión Marco Lépido, 
hombre resuelto y belicoso; no por afición á él, sino por 
miramiento del pueblo hacía Pompeyo que lo solicitaba é 
intercedía en su favor. Por esta razón, viendo Sila que 



SILA. ' 8$ 

Pompeyo se retiraba á la plaza muy contento con esta vic- 
toria, llamándole aparte le dijo: «¡Bella elección has he- 
cho^ oh joven! has ido á nombrar á Lépido antes que á Ca- 
tulo; al hombre más necio, antes que al más virtuoso de 
todos. Mira por tí, no te duermas, después de haber he- 
cho más poderoso que tú á tu antagonista;» en lo que pa- 
rece que adivinó Sila, porque bien pi'onto, insolentán- 
dose Lépido contra él, le hizo la guerra. 

Consagró Sila á Hércules el diezmo de toda su hacienda, 
y daba al pueblo banquetes sumamente costosos, siendo 
tan excesivas las prevenciones, que todos los dias se arro- 
jaba al rio gran cantidad de manjares, y se bebia vino de 
cuarenta años, y más añejo todavía. En medio de uno de 
estos convites, que se prolongó por varios dias, murió de 
enfermedad Métela; y como los pontíílces no permitiesen á 
Sila que entrase á verla, ni que la casa se contaminase con 
el funeral, le envió por escrito el desistimiento de su ma- 
trimonio; y en vida todavía mandó que la trasladaran á 
otra casa, en lo que guardó escrupulosamente por supers- 
tición lo prevenido en la ley; pero en cuanto á las ímpen- 
sas del entierro no se contuvo dentro de los términos de 
la que él mismo habia establecido, no perd(yiando gasto 
alguno. Traspasó también lo que habia prescrito en otra 
ley acerca de la profusión en los banquetes, procurando 
templar el llanto con festines y francachelas de mucho re- 
galo y festejo. Hubo de allí á pocos meses espectáculos de 
gladiatores; y cuando no estaban todavía distribuidos los 
asientos, sino que hombres y mujeres se hallaban mezcla- 
dos y confundidos en el teatro, casualmente le cupo estar 
sentada junto á Sila á una mujer al parecer decente y de 
casa principal. Era efectivamente hija de Mésala, hermana 
de Hortensio el orador, de nombre Valeria, y hacja poco 
que se habia separado de su marido. Al pasar por detras 
de Sila alargó hacia él la mano, y arrancando un hilacho de 
la toga, se dirigió á su puesto. Volviéndose Sila á mirarla 



■ i 



86 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

con aire de extrañeza, «nada hay de malo, le dijo, oh gene- 
ral, sino que quiero yo también tener alguna partecita en 
tu dicha.» Oyólo Sila con gusto, y aun se echó de ver clara- 
mente que le habia hecho impresión, porque al punto se 
informó reservadamente de su nombre, y averiguó su lina- 
ge y su conducta. Siguiéronse después ojeadas de uno á 
otro, frecuente volver de cabaza, recíprocas sonrisas, y 
por Gn palabra y conciertos matrimoniales, de parte de 
ella quizá no vituperables; pero Sila, aunque por lo demás 
se enlazó con una mujer de conducta é ilustre, el origen 
de este enlace no fué modesto ni decente, dando lugar á 
que se dijese que se habia dejado enredar como un mozue- 
lo de una mirada y un cierto gracejo de que suelen ori- 
ginarse las pasiones más desordenadas y vergonzosas. 

Con tener á esta en casa, hacía mala vida con cómicas, 
con guitarristas y con hombres de la escena, bebiendo con 
ellos desde antes del anochecer, recostados en lechos; 
porque estos eran entonces los que gozaban de todo su fa- 
vor: Roscio el cómico, Sorix, jefe de los histriones, y el 
disoluto Metrobis, cuyos amores conservó siempre sin 
negarlo, aun después que éste estuvo fuera de edad. 
De aquí fué el fomentar sin advertirlo una enfermedad que 
empezó de ligera causa, habiendo ignorado por largo tiem- 
po que tenía dañadas las entrañas; enfermedad que habien- 
do viciado la carne, la convirtió toda en piojos; de manera 
que con ser muchos los que de día y de noche se los qui-^ 
taban, nada eran los quitados para los que de nuevo so-i "^ 
brevenian; sino que las ropas, el baño, lo que se empleaba 
para limpiarle y hasta la comida misma, todo se llenaba de 
aquella podredumbre y corrupción: ¡tanto era lo que cun- 
día! Así, muchas veces al día se metía en el agua, lavando 
el cuerpo y limpiándolo; pero de nada servia, porque en 
prontitud ganaba la mudanza, y la muchedumbre vencía 
á toda diligencia. Dícese que entre los más antiguos murió 
de piojos Acasto, hijo de Pellas, y más modernamente Ale- 



I 



SILA. 87 

man el poeta; Ferecides el Teólogo y Calistenes de Olinto, 
estando en la cárcel, y además Mucio el Jurisconsulto; 
y sí se ha de hacer mención de personas en si ruines, pero 
que de algún modo se hicieron conocidas, refiérese igual- 
mente que el fugitivo que empezó en Sicilia la guerra ser- 
vil, llamado Euno, traido á Roma después de cautivo, murió 
también de piojos. 

Sila no sólo previo su muerte, sino que en cierta mane- 
ra escribió acerca de ella; porque acabó de escribir el libro 
vigésimo segundo de sus Comentarios dos dias antes de 
morir; y dice haberle predicho los Caldeos que después de 
haber tenido una vida ilustre y señalada fallecería en el 
colmo de sus felicidades. Dice asimismo que un hijo suyo, 
muerto pocos dias antes de Métela, se le apareció entre 
sueños, presentándose con una vestidura pobre, y le rogó 
se dejara ya de cuidados; sino que yendo con él adonde 
estaba su madre Métela, viviese con ésta en quietud y sin 
afanes. Mas no por esto se abstuvo de intervenir en los ne- 
gocios públicos; porque diez dias antes de su fallecimiento 
reconcilió á los de Puteólos que andaban revueltos é in- 
quietos entre sí, y les dio ley según la que se gobernasen; 
y un dia antes, habiendo entendido que el empleado Gra- 
nio, deudor á los caudales públicos, no pagaba, sino que 
aguardaba á que él muriese, lo mandó llamar á su cuarto, 
y allí en su presencia hizo que los ministros lo sofocasen; 
y rompiéndosele con las voces y el acaloramiento la apos. 
tema, arrojó cantidad de sangre. Faltáronle con esto las 
fuerzas; y pasando con gran fatiga la noche, murió dejando 
de Métela dos hijos pequeños; y Valeria después de su muer- 
te dio á luz una niña, á la que pusieron el nombre de Pos- 
turnia: porque así llaman los Romanos á los hijos que nacen 
después de la muerte de sus padres. 

Uniéronse y confabuláronse muchos con Lépido para 
privar su cadáver del funeral establecido; pero Pompeyo> 
aunque resentido con Sila, porque de los amigos á él solo 



88 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

le olvidó en el testamento, apartando á unos con su presen- 
cia y sus ruegos, y con amenazas á otros de aquel intento, 
acompañó el cuerpo hasta Roma, y concilló á las exequias 
seguridad y respeto. Dicese haber traído á ellos las muje- 
res tal cantidad de aromas, que sin contar los que se lleva, 
ban en doscientos y diez canastos, se modelaron un retrato 
del mismo Sila bastante grande y otro de un lictor, de un 
incienso y cinamomo muy preciosos. Fué el dia desde la ma- 
ñana muy nubloso, y temiéndose que llovería, no movió el 
entierro hasta las nueve; pero soplando un viento bastante 
fuerte en la hoguera y levantando mucha llama, apresuró 
el que el cuerpo se consumiese; y cuando ya la pira se apo- 
caba, y el Cuego iba á apagarse, cayó una copiosa lluvia 
que duro hasta la noche: de manera que parece haber que- 
rido la fortuna permanecer con su cuerpo hasta darle tier- 
ra. Su sepulcro está en el campo Marcio; y la inscripción 
se dice haberla dejado él mismo: viniendo á reducirse, á 
que nadie le había ganado ni en hacer bien á sus amigos 
ni mal á sus enemigos. 



COMPARACIÓN DE LISANDRO Y SILA. 



Pues que hemos referido la vida de éste, pasemos al 
juicio comparalivo. El haberse debido á sí mismos sus 
adelantamieutos, desde el principio hasta llegar á la mayor 
grandeza, fué común á ambos; de Lísandro fué propio ha- 
ber recibido cuantos mandos tuvo de la espontánea volun- 
tad de sus ciudadanos, estando bien constituida la repú- 
blica, sin haberlos violentado en nada ni haber tenido 
poder fuera de la ley. Pero 

En las revueltas suele al más perverso 
Caber más parte del injusto mando: 

como en Roma entonces, que viciado el pueblo y estragado 
el gobierno, se levantaban poderosos por diferentes me- 
dios y caminos; y nada tenia de extraño que Sila domi 
nase, cuando los Glauquias y los Saturninos arrojaban de 
la ciudad á los Mételos; cuando los hijos de los cónsules 
eran asesinados en las juntas públicas; cuando se apodera- 
ban de las armas los que al precio del oro y de la plata 
compraban los soldados; y cuando con el hierro y el fuego 
se dictaban las leyes, acabando con los que contradecían. 
No me quejo, pues, de que hubiese quien en tal estado pro- 
curase arrebatar el supremo poder; pero tampoco pongo 



90 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

por señal de haber sido el mejor el haberse hecho el pri- 
mero, cuando tan oprimida se hallaba la ciudad. El que en 
Esparta, que entonces florecía en prudencia y buen gobier- 
no, fué elevado á los mayores mandos y empleado en 
lod más arduos negocios, probablemente era entre los me- 
jores el mejor, y entre los primeros el primero. Por tanto, 
el uno, restituyendo muchas veces la autoridad á sus ciu- 
dadanos, muchas veces la volvió á tomar, porque siempre 
el honor debido á la virtud conservó la preferencia; cuando 
el otro, nombrado una vez general de ejército, por diez 
años continuos, haciéndose á sí mismo ahora cónsul, ahora 
pro-cónsul, ahora dictador, y siendo siempre tirano, man- 
tuvo sin intermisión el mando de las armas. 

Intentó Lisandro, como dejamos dicho, hacer mudanza 
en el gobierno; pero con otra blandura y más legítima- 
mente que Sila; pues era por medio de la persuasión, no 
de las armas, ni trastornándolo todo de golpe como aquél, 
sino rectiflcando la misma institución de los reyes. Y á la 
verdad que en el orden natural parecía lo más justo que el 
mejor de los mejores mandase en una ciudad de la Grecia 
que debia su opinión á la virtud y no al origen. Porque 
así como el cazador no busca lo que procede de un perro, 
sino perro, y el aficionado á caballos, caballo, y no lo que 
procede de un caballo, ¿pues no procede también de ca- 
ballo el mulo? de la misma manera el político cometería 
un yerro si en lugar de inquirir qué tal es el que ha de 
mandar, inquiriese de quién procede. Así estos mismos Es- 
parciatas quitaron el mando á algunos reyes, porque no 
eran de ánimo regio, sino inútiles y para nada. La maldad 
aun con nobleza es digna de desprecio; y si á la virtud se 
tributan honores, no es por su nobleza, sino por sí misma. 
Aun las injusticias, en el uno fueron por sus amigos, y en 
el otro se extendieron hasta estos mismos; pues se tiene 
por cierto que los más de los yerros de Lisandro fueron 
por sus partidarios, y si se ejecutaron muertes, fué en fa-* 



COMPARACIÓN DE LISANDRO Y SILA. 91 

vor del poder y tiranía de aquéllos; pero Sila por envidia 
privó á Pompeyo del mando del ejército, quitó á Dolabela 
el de la armada, que le habia dado él mismo, y á Lucrecio 
Ófela, que por muchos y grandes servicios aspiraba al 
Consulado, lo hizo degollar ante sus ojos, llenando de hor- 
ror y espanto á todos con la muerte de aquellos á quienes 
al parecer más amaba. 

Mas la afición á los deleites y á las riquezas es la ^que 
principalmente hace ver que la índole del uno era propia 
para el gobierno, y la del otro para la tiranía; porque no 
aparece que el uno manifestase la menor intemperancia 
ni el más juvenil descuido en tan grande autoridad y po- 
der, sino que evitó más que cualquiera otro que pudiera 
aplicársele aquello del proverbio: 

Leones en casa, zorras en lo raso: 

¡tan arreglada, tan contenida y propiamente lacónica fué 
en todas partes su conducta y su tenor de vida! cuando él 
otro, ni de joven puso freno á sus apetitos por su pobreza, 
ni de viejo por la edad, y mientras daba á sus ciudadanos 
excelentes leyes sobre el matrimonio y la continencia, él 
andaba derramado en amores y en liviandades, como dice 
Salustio. Así es que dejó la ciudad tan pobre y escasa de 
numerario, que á las ciudades amigas y aliadas se les ven- 
día por dinero la libertad y la independencia; y esto en 
medio de que todos los dias confiscaba y publicaba las ca- 
sas más ricas y acaudaladas; y es que no habia medida 
ninguna en lo que prodigaba y derramaba á sus adulado- 
res. ¿Ni qué cuenta y razón podia haber para sus profusio- 
nes y condescendencias entre el vino y los banquetes, 
cuando en público y á presencia del pueblo, vendiendo una 
grande hacienda y ofreciendo muy poco por ella uno de sus 
amigos, mandó que se cerrara la subasta; y porque otro dio 
más y él pregonero publicó el aumento , se puso de mal 



92 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

hamor, diciendo: «Es una crueldad y una tiranía, amados 
ciudadanos, que yo no haya de poder adjudicar mis des* 
pojos, que son mios, á quien me dé la gana.» Mas Lisandro 
hasta los presentes que se le hicieron los remitió con todo 
lo demás á sus ciudadanos; y no es esto alabar su hecho, 
porque quizá causó éste más daño á Esparta con la riqueza 
que en ella introdujo que aquél á Roma con la que le robó; 
sino que lo traigo para prueba de su desprendimiento. Una 
cosa hubo propia y peculiar de cada uno de los dos res- 
pecto de su ciudad, y fué que Sila, con ser él mismo des- 
arreglado y pródigo, hizo moderados á sus ciudadanos; y 
Lisandro llenó su ciudad de aquellas pasiones y afectos de 
que él estuvo más distante. Erraron, pues, ambos, el uno 
siendo peor que sus leyes, y el otro haciendo peores que 
él á sus ciudadanos; porque enseñó á Esparla á tener en 
precio y apetecer aquello que él habia aprendido á no 
echar menos. Esto es por lo que hace al orden político. 

En los combates y batallas, en los hechos de armas, en 
el número de los trofeos y en la grandeza de los peligros, 
Sila no admite comparación. Es^cierto que el otro alcanzó 
dos victorias en dos batallas navales, y que puede agre- 
garse á ellas el sitio de Atenas, en sí bien poca cosa, pero 
al que dio nombre la fama; mas, sin embargo, los sucesos 
de la Beocia y de Haliarto, que acaso serian una desgracia, 
mas parece que deben atribuirse á precipitación de quien 
no pudo aguardar á que llegaran de Platea las grandes 
fuerzas del Rey; sino que llevado de la cólera y la ambi- 
ción se arrojó temerariamente á los muros, á que unos cua- 
lesquiera hombres tenidos en nada, haciendo una salida, 
le dieran muerte. Pues no pereció de una sola herida 
mortal , como Cleombroto en Leuctras resistiendo á los 
enemigos que le oprimían , ni como Ciro y Epaminondas 
persiguiendo á los que ya cedian y asegurando la victoria, 
sino que éstos murieron como á reyes y generales corree- 
pondia; y Lisandro tuvo la muerte de un escudero ó de un 



COMPARACIÓN DB LISANDRO Y SILA. 93 

correo con la nota de haberse sacrificado sin gloria: con- 
firmando la opinión de los antiguos Esparciatas que con ra- 
zón aborrecían los combates murales, en los que no sólo 
de la mano de un hombre cualquiera, sino de la de un mu- 
chacho ó de una mujer acontece morir herido el más esfor- 
zado, como se cuenta de Aquíles haber sido muerto por 
París en las puertas de Troya. Mas las victorias de Sila en 
batallas campales, los millares de enemigos con quienes 
acabó, ni siquiera es fácil numerarlos: dos veces tomó á la 
misma Roma; y el Píreo de Atenas no le conquistó por 
hambre como Lisandro, sino arrojando de la tierra al mar 
á Arquelao en fuerza de repetidos y obstinados combates. 
También entran por mucho en estas cosas los contrarios; 
pues tengo por juego y burlería el haber combatido en el 
mar con ÁLtioco, pedagogo de Alcibiades, y haber enga- 
ñado al demagogo de los Atenienses Filocles, 

Hombre oscuro, sm más que larga lengua; 

á los cuales se desdeñaría Mitrídates de que se les compa- 
rara con su palafranero y Mario con cualquiera de sus lic- 
tores; pero de los grandes que contendieron con Sila, cón- 
sules, pretores, demagogos, para pasar en silencio á los 
demás, ¿quién entre los Romanos más temible que Mario? 
¿quién entre los reyes más poderosos que Mitrídates y en- 
tre las gentes de Italia, ¿quiénes más aguerridos y mejores 
soldados que Lamponio y Telesino? pues de todos estos, 
al primero le obligó á huir; al segundo lo sojuzgó, y á es- 
tos últimos les dio muerte. 

Pero lo más admirable entre todo lo que se ha dicho, á 
lo que yo entiendo , es que Lisandro obtuvo todos sus su- 
cesos cooperando con él sus conciudadanos; y Sila, estan- 
do desterrado y perseguido por la facción contraria de sus 
enemigos, al mismo tiempo que su mujer andaba prófuga, 
que su casa había sido asolada, y asesinados sus amigos. 



94 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

entonces, haciendo frente en la Beocia á innumerables mi- 
llares de hombres, y exponiendo su persona por la patria, 
erigió un trofeo; y con Mitrídates que le daba auxilio y 
tropas contra sus enemigos, en nada cedió ni usó de blan- 
dura ó de humanidad alguna, sino que ni siquiera le vol- 
vió la palabra ni le alargó la mano, antes de saber de él 
que se desistia del Asia, le entregaba las naves y admitía 
los reyes de Bitinia y Capadocia: hazaña la más gloriosa 
entre todas las de Sila, y conducida con la mayor pruden- 
cia, pues que antepuso el interés público al particular, y 
como los perros de casta no soltó el bocado y la presa 
hasta que el rival se dio por vencido, y entonces volvió el 
ánimo á vengar sus particulares ofensas. También condu- 
ce para el juicio y comparación de sus costumbres lo eje- 
cutado con Atenas; pues Sila, habiendo tomado una ciudad 
que le habla hecho la guerra en defensa del poder y mando 
de Mitrídates, le dejó la libertad y la independencia; y Li- 
sandro no sólo no tuvo, compasión alguna de ella en con- 
sideración al gran poder y dignidad de que habia decaído, 
sino que destruyendo la democracia , la entregó á los ti- 
ranos más crueles é injustos. Veamos, por fin, si no nos 
acercaremos á la verdad todo lo posible manifestando que 
Sila alcanzó más trofeos, pero Lisandro tuvo menos defec- 
tos, y atribuyendo al uno la palma de la templanza y la 
moderación, y al otro la del valor y la pericia militar. 



CIMON. 



Peripoltas el adivino, acompañando desde la Tesalia á la 
Btíocia al rey Ofelias, y á los pueblos á quien éste mandaba, 
dejó una descendencia que fué por largo tiempo tenida 
en estimación, y lo principal de ella se estableció en Que- 
ronea, que fué la primera ciudad que ocuparon, lanzando 
de ella á los bárbaros. Los más de este linaje, valientes y 
belicosos por naturaleza, perecieron en los encuentros 
€on los Medos y en los combates con los Galos, por ar- 
riesgar demasiado sus personas. De éstos quedó un mo- 
cito, huérfano de padres , llamado Damon, y de apellido 
Peripoltas, muy aventajado en belleza de cuerpo y dispo- 
sición de ánimo sobre lodos los jóvenes de su edad, aun- 
que por otra parte indócil y duro de condición. Prendóse 
de él cuando acababa de salir de la puericia un Romano, 
jefe de una cohorte que invernaba en Queronea; y como 
no hubiese podido atraerle con persuasiones ni con dádi- 
vas, se tenía por cierto que no se abstendría de la violen- 
cia, mayormente hallándose abatida la ciudad y reducida á 
pequenez y pobreza. Temiendo esto Damon, é incomodado 
ya con las solicitudes, trató de armarle una* celada, para 
lo que se concertó con algunos de los de su edad, aunique 
no en grande número para que no se descubriese: de 
modo que eran al todo diez y nueve. Tiznáronse los ros- 



96 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tros con hollín, y habiendo bebido largamente, al mismo 
amanecer acomelieron al Romano, que estaba haciendo 
un sacrificio junto á !a plaza; y dándole muerte á élyá 
cuantos con él se hallaban, se salieron de la ciudad. Mo- 
vióse grande alboroto, y congregándose el Senado de los 
Queronenses, los condenó á muerte; lo que era una apolo- 
gía en favor do la ciudad para con los Romanos. Juntá- 
ronse por la tarde á cenar los magistrados como es de 
costumbre, y arrojándose Damon y sus camaradas sobre el 
consistorio, les dieron también muerte, y luego volvieron 
á marcharse huyendo de la ciudad. Quísola casualidad que 
por aquellos dias viniese Lucio Lúculo á ciertos negocios 
trayendo tropas consigo; y deteniendo la marcha, hizo 
averiguación de estos hechos, que estaban recientes, y 
halló que de nada habia tenido culpa la ciudad, y antes 
ella misma habia sido ofendida; por lo que, recogiendo la 
tropa, marchó con ella. Damon, en tanto, infestaba la co- 
marca con latrocinios y correrías, amenazando á la ciudad; 
y los ciudadanos procuraban con mensajes y decretos am- 
biguos atraerle á la población. Vuelto á ella, le hicieron 
prefecto del Gimnasio; y luego estándose ungiendo acaba- 
ron con él en la estufa. Después de mucho tiempo se apa- 
recían en aquel sitio diferentes fantasmas, y se oian gemi- 
dos, como nos lo refieren uuestros padres, y se tapió la 
puerta de la estufa; mas aun ahora les parece á los veci- 
nos que discurren por allí visiones y voces que causan 
miedo. A los de su linaje, que todavía se conservan algu- 
nos, especialmente junto á Estiris de la Fócide, en dialeoto 
eolíco les llaman asbolómenos, que quiere decir enjorgüi- 
nados, por haberse tiznado Damon con hollín cuando salió 
á su mal hecho. 

Eran vecinos los Orcomenios; y como estuviesen ene- 
mistados con los Queronenses, ganaron por precio á un 
calumniador romano, para que como si fuera contra uno 
sólo intentara contra la ciudad causa capital sobre las 



GIMON. 97 

mnertes que Damon habia ejeculado. Conocíase de la causa 
ante el Pretor de la Macedonia, porque todavía los Roma- 
nos no enviaban entonces pretores á la Grecia; y los de- 
fensores de la ciudad imploraban el testimonio de Lúculo. 
Escribióle, pues, el pretor, y aquél declaró la verdad; 
siendo de esta manera absuelta la ciudad de una causa por 
la que se la habia puesto en el mayor riesgo. Los ciudada- 
nos que entonces se salvaron pusieron en la plaza una es- 
tatua de piedra de Lúculo al lado de la de Baco; y nosotros, 
aunque posteriores en algunas edades, creemos que el 
agradecimiento debe extenderse también á los que ahora 
vivimos; y entendiendo al mismo tiempo que al retrato 
que sólo imita el cuerpo y el semblante es preferible el 
que representa las costumbres y el tenor de vida en esta 
escritura de las Vidas comparadas, tomamos á nuestro 
cargo referir los hechos de este ilustre varón, ateniéndo- 
nos á la verdad. Porque basta demos pruebas de que con- 
servamos una memoria agradecida; y por un testimonio 
verdadero, ni á él le agradaría recibir en premio uma nar- 
ración mentirosa y amañada; pues así como deseamos que 
]08 pintores que hacen con gracia y belleza los retratos, si 
hay en el rostro alguna imperfección ni la dejen del todo, 
ni la saquen exacta, porque esto lo haria feo, y aquella 
desemejante á la vista; de la misma manera, siendo difícil^ 
ó por mejor decir, imposible, escribir una Vida del todo 
irreprensible y pura, en los hechos laudables se ha de dar 
exacta la verdad, como quien dice la semejanza; pero los 
defectos y como fatalidades que acompañan á las acciones,, 
y proceden ó de algún afecto ó de inevitable precisión, te- 
niéndolos más bien por remisiones de alguna virtud que 
por efectos de maldad, no los hemos de grabar en la his- 
toria con empeño y con detención, sino como dando á en- 
tender nos compadecemos de la humana naturaleza, que 
no da nada absolutamente hermoso, ni costumbres deci» 
didas siempre y en todo por la virtud. 

TOMO 111. T 



98 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Parécenos» cuando bien lo examinamos, que Lúculo 
puede ser comparado á Cimon; porque ambos fueron guer- 
reros é insignes contra los bárbaros; suaves en su gobier- 
no, y que dieron respectivamente á su patria alguna respi- 
ración de las convulsiones civiles: uno y otro erigieron 
trofeos, y alcanzaron señaladas victorias; pu^s ninguno 
entre los Griegos llevó á países tan lejanos la guerra antes 
de Cimon, ni entre los Romanos antes de Lúculo, si pone- 
mos fuera de esta cuenta á Hércules y Baco, y lo que como 
cierto y digno de fe baya podido llegar desde aquellos 
tiempos á nuestra memoria de Perseo contra los Etíopes ó 
Medos y los Armenios, ó de las hazañas de Jason. También 
pueden reputarse parecidos en haber dejado incompletas 
sus expediciones;' pues uno y otro debilitaron y quebran- 
taron á su antagonista, mas no acabaron con él. Sobre 
todo lo que más los asemeja y acerca uno á otro es aque- 
lla festividad y magnificencia para los convites y agasajos, 
y la jovialidad y esplendidez en todo su porte. Acaso 
omitiremos algunos otros puntos de semejanza; pero no 
será difícil recogerlos de la misma narración. 

El padre de Cimon fué Milciades, y la madre Hegesipula, 
tracia de origen, é hija del rey Oloro, como se dice en los 
poemas de Arquelao y Melantio, compuestos en alabanza 
del mismo Cimon. Por esta razón Tucídides el historiador, 
que por linaje era deudo de Cimon, tuvo por padre á otro 
Oloro, representando á su ascendiente en el nombre, y po- 
seyó en la Tracia unas minas de oro, diciéndose que murió 
en Escaptísula, territorio de la Tracia, donde fué asesi- 
nado. Su sepulcro, habiéndose traido sus restos al Ática, 
se muestra entre los de los Cimones, al lado del de Elpí- 
nice, hermana de Cimon; mas Tucídides, por razón de su 
curia, fué Alimusio; y tos de la familia de Milciades eran 
Laciades. Milciades, como debiese al erario la multa de 
cincuenta talentos, para el pago fué puesto en la cárcel, y 
en ella murió. Quedó Cimon todavía muy niño con su her- 



CIMON. 99 

mana, mocita también y por casar, y al principio no tuvo 
en la ciudad el mejor concepto, sino que era notado de 
disipado y bebedor, siendo en su carácter parecido á su 
abuelo del propio nombre, al quo por ser demasiado bon- 
dadoso se le dio el apellido de Coalemo, que viene á sig- 
nificar bobo. Estesimbroto Tasio, que poco más ó menos 
fué contemporáneo de Cimon, dice que no aprendió ni la 
música ni ninguna otra de las artes liberales comunes en- 
tre los Griegos, ni participó tampoco de la elocuencia y 
sal ática: de manera que atendida su franqueza y sencillez 
parece que s\k alma tenía más un temple peloponés; 
siendo 

Natural, franco, y en lo grande grande, 

como el Hércules de Eurípides, porque esto es lo que pue- 
de añadirse á lo que Estesimbroto nos dejó escrito. De 
joven todavía, fué infamado de tener trato con su herma- 
na; y Elpinice, por otra parte, no se dice que fuese muy 
contenida, sino que anduvo extraviada con el pintor Po- 
lignoto; y que por lo mismo cuando éste pintó las Troya- 
nas en el pórtico que antes se llamaba el Plesianacto, y 
ahora el Pecilo, delineó el rostro de Laodices por la ima- 
gen de Elpinice. Polignoto no era un menestral, ni pintó 
eí pórtico para ganar la vida, sino gratuitamente y para 
adquirir nombre en la ciudad, como lo refieren los histo- 
riadores de aquel tiempo, y lo dice el poeta Melantio por 
estas palabras: 

De los Dioses los templos, generoso. 
Ornó á su costa, y la Cecropia plaza. 
De los héroes pintando los retratos. 

Algunos dicen que no fué á escondidas, sino á vista del 
público el trato de Elpinice con Cimon, como casada con 



iOO PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

él* á causa do no encontrar, por su pobreza, un esposo 
proporcionado, y que después cuando Calías, uno de los 
ricos de Atenas, se mostró enamorado y tomó de su cuenta 
el pagar al erario la condena del padre, convino ella mis- 
ma, y Cimon también la entregó por mujer á Calías. Cimon 
parece que también estuvo de sobra sujeto á la pasión 
amorosa; pues el poeta Melantio, chanceándose con él en 
sus elegías, hace mención de Asteria, natural de Salami- 
na, y de una tal Menestera, como que las visitaba y obse* 
quiaba. Además, es cosa averiguada que de Isódica, hija 
de Eurutolemo el de Megaclcs, aunque unida con él en le- 
gítimos lazos, estuvo apasionadamente enamorado, y que 
sintió amargamente su muerte, si pueden servir de argu- 
mento las elegías que se le dirigieron para consuelo en su 
llanto; de las cuales dice el fílósofó Panecio haber sido 
autor Arquelao el físico, conjeturándolo muy bien por el 
tiempo. 

En todo lo demás las costumbres de Cimon eran gene- 
rosas y dignas de aprecio, porque ni en el valor era infe- 
rior á Milciades, ni en el seso y prudencia á Temístocles, 
siendo notoriamente más justo que entrambos; y no ce- 
diendo á éstos en nada en las virtudes militares, es inde- 
cible cuánto los aventajaba en las políticas ya desde joven, 
y cuando todavía no se habia ejercitado en la guerra. 
Porque cuando en la irrupción de los Medos persuadió 
Temístocles al pueblo que abandonando la ciudad y desam- 
parando el país combatieran en las naves delante de Sala- 
mina, y pelearan en el mar, como los demás se asombrasen 
de tan atrevida resolución, Cimon fué el primero á quien, 
se vio subir alegre por el Cerámico al alcázar juntamente 
con sus amigos, llevando en la mano un freno de caballo 
para ofrecerlo á Minerva: dando á entender que la patria 
entonces no necesitaba de fuertes caballos, sino de buenos 
marineros. Habiendo, pues, consagrado el freno, tomó uno 
de los escudos suspendidos en el templo; y habiendo he- 



CIMON. iOi 

oho oración á la Diosa, bajó al mar, inspirando á no pocos 
aliento y confianza. Tampoco era despreciable su figura, 
sino que era de buena talla, teniendo poblada la cabeza de 
espesa y ensortijada cabellera. Habiéndose mostrado en el 
combate denodado y valiente, al punto se ganó la opinión 
y amor de sus conciudadanos, reuniéndose muchos alre- 
dedor de él, y exhortándole á pensar y ejecutar cosas dig- 
nas de Maratón. Cuando ya aspiró al gobierno, el pueblo lo 
admitió con placer, y estando empalagado de Temístocles, 
lo adelantó á los primeros honores y magistraturas do la 
ciudad, viéndole afable y amado de todos por su manse- 
dumbre y sencillez. Contribuyó también á sus adelanta- 
mientos Arístides el de Lisimaco, ya por ver la apacibilidad 
de sus costumbres, y ya también por hacerle como rival 
de la sagacidad é intrepidez de Temístocles. 

Cuando después de haberse retirado los Medos de la 
Grecia se le nombró general de la armada, á tiempo que 
los Atenienses no tenian todavía el imperio, sino que se- 
guían aún la voz de Pausanias y los Lacedemonios, lo pri- 
mero de que cuidó en sus expediciones fué de hacer obser- 
var á sus ciudadanos una admirable disciplina, y de que en 
el denuedo se aventajaran á los demás. Después, cuando 
Pausanias concertó aquella traición con los bárbaros, es- 
cribiendo cartas al Rey y á los aliados, empezó á tratarlos 
con aspereza y altanería, mortificándolos en muchas oca- 
siones con su modo insolente de mandar y con su necio 
orgullo: Cimon hablaba con dulzura á los que habian sido 
ofendidos, mostrábaseles afable, y sin que se echara de 
ver, iba ganando el imperio de la Grecia, no con las armas, 
sino con su genio y sus palabras. Asi es que los más de los 
aliados se arrimaron á él y á Arístides, no pudiendo sufirir 
la aspereza y soberbia de Pausanias. Éstos, no sólo los ad- 
mitieron benignamente, sino que escribieron á los Eforos 
para que retiraran á Pausanias, por cuanto afrentaba á Es- 
parta é inquietaba toda la Grecia. Dícese que habiendo 



t02 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dado Pausanias orden con torpe propósito de que le traje- 
sen á una doncella de Blzancío, hija de padres nobles, lla- 
mada Clconiee, los padres por el miedo y la necesidad la 
dejaron ir; y como ella hubiese pedido que se quitase la 
luz de delante del dormitorio, entre las tinieblas y el si- 
lencio al encaminarse al lecho tropezó sin querer con ia 
lamparilla y la volcó; y que él entonces, hallándose ya dor- 
mido, asustado coa el estrépito, y echando mano á la es- 
pada como si se viese acometido por un enemigo, hirió y 
derribó al suelo á la doncella. Murió ésta de la herida y no 
dejaba reposar á Pausanias, sino que su sombra se le apa- 
recía de noche entre sueños, pronunciando con furor es- 
tos versos: 

Ven á pagar la pena: que á los hombres 
No les trae la torpeza más que males; 

con lo que, como se hubiesen irritado también los aliados 
juntamente con Cimon, le pusieron cerco. Huyóse, sin 
embargo, de Bízancio; y espantado de aquel espectro, se 
dirigió, según se dice, al oráculo mortuorio de Heracles, 
y evocando el alma de Cleonice le pidió que se aplacara 
en su enojo. Compareció ella al conjuro, y le dijo que se 
libertaria pronto de sus males luego que estuviese en Es- 
parta: signifícándole, á lo que parece, por este medio la 
muerte que habia de tener: así se halla escrito por diferen- 
tes historiadores. 

Cimon, hechos ya del partido de Atenas los aliados, 
marchó por mar de general á la Tracia, por tener noticia 
de que algunos Persas distinguidos y del linaje del Rey, 
ocupando á Hione, ciudad situada á las orillas del rio Es- 
trimon, causaban vejaciones á los Griegos por allí estable- 
cidos. Ante todo, pues, venció en batalla á estos Persas y 
los encerró dentro de la ciudad; y después, sublevando á 
los Tracios del Estrimon, de donde les iban los víveres, y 



CIMON. 103 

guardando con gran diligencia todo el país, redujo á los 
sitiados á tal penuria, que Butes, general del Rey, traído ^ 
la última desesperación, dio fuego á la ciudad, y se abrasó 
en ella con sus amigos y sus riquezas. De este modo la 
tomó, sin haber sacado otra ventaja alguna por haberse 
quemado casi cuanto aquél traia con los bárbaros; pero el 
territorio, que era muy fértil y muy delicioso, lo distribu- 
yó á los Atenienses para establecer una colonia. Permitióle 
el pueblo que pusiera Mercurios de piedra, en el primero 
de los cuales grabó esta inscripción: 

Harto eran de esforzados corazones 
Los que del Estrimon en la corriente 
Y en Hione á los hijos de los Medos 
Con hambre y cruda guerra molestaron: 
Siendo eñ sufrir trabajos los primeros. 

En el segundo: 

Los Atenienses este premio dieron 
A sus caudillos: justa recompensa 
De sus servicios y sus altos hechos. 
De la posteridad el que tal viere, 
En pro común se allanará celoso. 
Sin esquivar las peligrosas lides. 

Y en el tercero: 

De esta insigne ciudad llevó Mnesteo 
Con los Atridas á los Frigios campos 
A un divino varón, loado de Homero 
Por su destreza en ordenar las huestes 
de los Argivos de bronceadas armas. 
üQué mucho, pues, que de marcial pericia. 
De denuedo y valor el justo lauro 
Se dé á los hijos de la culta Atenas? 



404 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Aunque en estas inscripciones no se descubre el nom- 
bre de Cimon, pareció, sin embargo, excesivo el honor que 
86 le tributó á los de aquella edad; porque ni Temfstocles 
ni Milciades alcanzaron otro tanto; y aun á éste, habiendo 
solicitado una corona de olivo, Sofanes Decelense, levan- 
tándose en medio de la junta, le dio una respuesta no muy 
justa, pero agradable al pueblo, diciendo: «Cuando tú, oh 
Milciades, peleando sólo contra los bárbaros los vencieres, 
entonces aspira á ser coronado tú sólo.» ¿Por qué, pues, 
tuvieron en tanto esta hazaña de Cimon? ¿no sería acaso 
porque con los otros dos caudillos sólo trataron de recha- 
zar á los enemigos para no ser de ellos sojuzgados; y bajo 
el mando de éste aun pudieron ofenderlos, y haciéndoles 
la guerra en su propio país, adquirieron posesiones en él, 
estableciendo colonias en Hione y en Anñpolis? Establecié- 
ronse también en Esciro, tomándola Cimon con este mo- 
tivo: habitaban aquella isla los Dolopes, malos labradores 
y dados á la piratería desde antiguo, en términos que ni 
siquiera usaban de hospitalidad con los navegantes que se 
dirigían á sus puertos; y, por último, habiendo robado á 
unos mercaderes tesalianos que navegaban á Cesio, log 
habían puesto en prisión. Pudieron éstos huir de ella, y 
movieron pleito á la ciudad ante los Anflctuones. La mu- 
chedumbre se rehusaba á reintegrarlos del caudal robado, 
diciendo que lo devolvieran los que lo habían tomado y se 
lo habían repartido; mas con todo, intimidados escribieron 
á Cimon, exhortándole á que viniera con sus naves á ocu- 
par la ciudad, porque ellos se la entragarian. Así fué coaio 
Cimon tomó la isla; de la que arrojó á los Dolopes, y dejó 
libre el mar Egeo. Sabedor de que el antiguo Teseo, hijo 
de Egeo, huyendo de Atenas había sido muerto allí alevo- 
samente por el rey Licomedes, hizo diligencias para descu- 
brir su sepulcro, porque tenían los Atenienses un oráculo 
sobre que trajeran á la ciudad los restos de Teseo, y lo 
veneraran debidamente como á un héroe; pero ignoraban 



GIMON. 105 

dónde yacia, porque los Escirenses ni lo manifestaban ni 
permitían que se averiguase. Encontrando, pues, entóneos 
el hoyo en fuerza de la más exquisita diligencia, puso Gi- 
men los huesos en su nave, y adornándolos con esmero, 
los condujo á la ciudad al cabo de unos cuatrocientos años, 
con lo que todavía s*e le aficionó más el pueblo. En memo- 
ria de este suceso se celebró una contienda de trágicos 
que se hizo célebre; porque habiendo presentado Sófocles, 
que aun era joven, su primer ensayo, como el arconte 
Afepsíon, á causa de haberse movido disputa y altercado 
entre los espectadores no hubiese sorteado los jueces del 
combate, cuando Cimon se presentó con sus colegas en el 
teatro para hacer al Dios las libaciones preiscritas por la 
ley, no los dejó salir, sino que tamándoles juramento los 
precisó á sentarse y á juzgar, siendo diez en número, uno 
por cada tribu: así esta contienda se hizo mucho más im- 
portante por la misma dignidad de los jueces. Quedó ven- 
cedor Sófocles; y se dice que Esquilo lo sintió tanto y lo 
llevó con tan poco sufrimiento, que ya no fué mucho el 
tiempo que vivió en Atenas, habiéndose trasladado por 
aquel disgusto á Sicilia, donde murió y fué enterrado en 
las inmediaciones de Gela.^ 

Escribe Ion que siendo él todavía mocito, comió con Gi- 
men, en ocasión de haber venido á Atenas desde Quio con 
Laomedonte; y que rogado aquél que cantase, como no lo 
hubiese ejecutado sin gracia, los presentes lo alabaron de 
más urbano que Temístocles, por haber éste respondido en 
igual caso que no había aprendido á cantar y tañer, y lo 
que él sabía era hacer una ciudad grande y rica. De aquí, 
como era natural, recayó la conversación sobre las haza- 
ñas de Gimen; y como se hiciesen memoria de las más se- 
ñaladas, dijo que se les habia pasado referir la más bien en- 
tendida de sus estratagemas: porque habiendo tomado los 
aliados muchos cautivos de los bárbaros en Sexto y en Bi- 
zancio, encargaron al mismo Gimon el repartimiento; y él 



106 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

había puesto á un lado los cautivos, y á otro las preseas y 
adornos que teniau, de lo que los aliados se hablan queja- 
do, teniendo por desigual aquella división. Díjoles enton- 
ces que de las dos partes eligieran la que gustasen, porque 
los Atenienses con la que dejaran se darian por contentos. 
Aconsejándoles, pues, Herofuto de Samos que eligieran an- 
tes los arreos de los Persas que los Persas mismos, toma- 
ron los adornos de éstos, dejándoles á los Atenienses lo» 
cautivos; y por entonces se rieron de Cimon como de un 
mal repartidor, por cuanto los aliados cargaron con cade- 
nas, collares y manillas de oro, y con vestidos y ropas ri- 
cas de púrpura, no quedándoles á los Atenienses más que 
los cuerpos malamente cubiertos para destinarlos al traba- 
jo; pero al cabo de poco bajaron de la Frigia y la Lidia los 
amigos y deudos de los cautivos, y redimían á cada uno de 
éstos por mucho dinero; de manera que Cimon proveyó de 
víveres las naves para cuatro meses, y aun le quedó de los 
rescates mucho dinero que llevar á Atenas. 

Rico ya Cimon, los viáticos de la guerra, que se los hizo 
pagar muy bien de los enemigos, los gastaba mejor con 
sus conciudadanos, porque quitó las cercas de sus pose- 
siones, para que los forasteros y los ciudadanos necesi- 
tados pudieran tomar libremente de los frutos lo que gus- 
tasen. En su casa había mesa, frugal sf, pero que podia 
bastar para muchos cada dia; y de los pobres podia ep- 
trar á ella el que quisiese, encontrando comida sin tener 
que ganarla con su trabajo, para atender solamente á los 
negocios públicos. Mas Aristóteles dice que la mesa no era 
franca para Lodos los Atenienses, sino sólo para el que 
quisiera de sus compatriotas los Laciades. Acompañábanle 
algunos jóvenes bien vestidos, cada uno de los cuales, si 
se llegaba á Cimon algún Ateniense anciar^o con pobres 
ropas, cambiaba con él las suyas: hecho que se tenía por 
muy fino y delicado. Los mismos llevaban igualmente di* 
ñero en abundancia, y acercándose en la plaza á los pobres 



CIMON. 107 

menos mal portados, les introducían secretamente alguna 
moneda en la mano. A estos rasgos parece que alude Cra- 
tino el cómico en sus versos arquiloquios cuando dice: 

Yo Metrobio el gramático pedia 

Con instancias á los Dioses me otorgaran 

Pasar unido con Cimon mis dias, 

Senectud regalona asegurando 

Con este hombre divino, el más bondoso 

Y más obsequiador entre los Griegos; 

Pero dejóme y se ausentó primero. 

Gorgias Leontino dice además que Cimon adquirió rique- 
za para usar de ella; y que usaba de ella para ser honrado. 
Crícias, que fué uno de los treinta tiranos, pide á los Dio- 
ses en sus elegías 

Bienes los de Cscopades; mano franca 
La de Cimon, y triunfos y victorias 
Los del lacedemonio Agesilao. 

Y en verdad que el esparciata Licas no es tan celebrado 
entre los Griegos, sino porque en la concurrencia á los 
juegos gímnicos daba de comer á los forasteros; pero el 
uso que de su opulencia hacia Cimon excedia á la antigua 
hospitalidad y humauidad de los Atenienses: porque aque- 
llos con quienes justamente se muestra ufana esta ciudad, 
dieron á los Griegos las semillas de los alimentos, y les 
enseñaron el uso del agua de las fuentes y el modo de en- 
cender el fuego para el servicio de los hombres; y éste, 
erigiendo su casa en un pritaneo común para los ciudada- 
nos, y poniendo francas las primicias de los frutos ya sazo- 
nados, y todo cuanto bueno llevan las estaciones en el país, 
para que los forasteros lo tomaran y disfrutaran, reprodujo 
en cierta manera aquella fabulosa comunión de bienes del 



108 PLUTARCO. — LAS VIUAS PARALELAS. 

tiempo de Saturno. Los que califican estos hechos de li- 
sonja y adulación á la muchedumbre encuentran el desen- 
gaño en todo el t«nor del gobierno de Cimon, que siempre 
inclinó á la aristocracia, como que con Arístides repugnó 
é hizo frente á Temístocles, que daba á la muchedumbre 
más ensanches de lo que convenia; y después se opuso á 
Efíaltes, que para ganarse el pueblo quena debilitar el Se- 
nado del Areópago. En un tiempo en que se veia que todos 
los demás, á excepción de Arístides y Efíaltes, estaban im- 
plicados en corrupciones y sobornos, él se conservó puro é 
intacto hasta el fío, de la tacha de recibir regalos, haciéndolo 
y diciéndolo todo gratuitamente y con limpieza. Dícese que 
vinoá Atenas con grandes caudales un bárbaro llamado Resa- 
ces, que se habia rebelado al Rey, el cual, mortifícado de 
calumniadores, acudió á Cimon y le presentó en el recibí- 
miento dos picheles, lleno el uno de daricosdeplatayel otro 
de oro, y que Cimon al verlo se echó á reir, y le preguntó 
qué era lo que prefería, que Cimon fuese su asalariado ó su 
amigo, y como respondiese que amigo: «pues, bien, le re- 
puso, vete y llévate contigo esta riqueza, porque me ser- 
virá, si la hubiere menester, siendo tu amigo. 

Pagaban los aliados sus contribuciones, pero no daban 
los hombres y las naves que les correspondían, sino que 
dejados ya de expediciones y de milicia, no teniendo que 
hacer la guerra, aspiraban sólo á cultivar sus campos y 
yivir en reposo, habiéndose hecho la paz con los bárbaros, 
y no siendo de éstos molestados, que era por lo que ni Irí- 
pulaban las naves ni daban hombres de guerra. Los demás 
generales de los Atenienses los estrechaban á cumplir con 
estas cargas; y usando de multas y castigos con los que 
estaban en descubierto, hacian áspero y aborrecible su 
imperio. Mas Cimon seguia en oste punto un camino ente- 
ramente opuesto, no haciendo violencia á ninguno de los 
Griegos; sino que de los que á ello se acomodaban tomaba 
el dinero y las naves vacías, y los dejaba que se acostum- 



CIMON. 109 

brasen al reposo y á estarse quietos en casa, haciéndose 
labradores y negociantes pacíficos con el regalo y la inex- 
periencia, de belicosos que antes eran. De este modo á los 
Atenienses, que todos á su vez servían en las naves y se 
ocupaban en las cosas de guerra, con los sueldos y á costa 
de los aliados los hizo en breve tiempo señores de los que 
contribuian: porque como estaban siempre navegando, ma- 
nejando las armas, mantenidos y ejercitados en las conti- 
nuas expediciones, se acostumbraron aquéllos á temerles 
y obsequiarlos, haciéndose insensiblemente sus tributa, 
ríos y sus esclavos en lugar de compañeros. 

Por de contado, nadie abatió ni mortificó más el orgullo 
del gran Rey que Cimon: porque no se contentó con verle 
fuera de la Grecia, sino que siguiéndole paso á paso, sin 
dejar respirar ni pararse á los bárbaros, ya talaba y asola- 
ba un país, y ya en otra parte sublevaba á los naturales y 
los traia al partido de los Griegos; de manera que desde la 
Jonia á la Panfília dejó el Asia enteramente libre de armas 
persianas. Noticioso de que los generales del Rey con un 
grande ejército y muchas naves se proponían sorpren- 
derle hacia laPanfilia, y queriendo que éstos por miedo no 
navegaran en adelante en el mar dentro de las Quelidonias, 
ni siquiera se acercasen á él, dio la vela desde Cnido y 
Triopio con doscientas naves. Teníanlas desde Temístocles 
muy bien aparejadas para la celeridad y para tomar pron- 
tamente la vuelta; pero Cimon las hizo entonces más lla- 
nas, y dio ensanche á la cubierta, para que con mayor nú- 
mero de hombres armados se presentaran más terribles 
á los enemigos. Navegando, pues, á la ciudad de Faselis, 
cuyos habitantes eran Griegos, pero ni admitían sus tropas 
ni habia forma de apartarlos del partido del Rey, taló su 
territorio, y empezó á combatir los muros. Iban en su com- 
pañía los de Quip; y siendo amigos antiguos de los Faseli- 
tas, por una parte procuraban templar á Cimon, y por otra 
arrojaban á las murallas ciertas esquelas clavadas en los as« 



440 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARÁLELAS. 

Ules para advertir de todo á los Faselitas. Por fin lograron 
se hiciera la paz coo ellos, bajo las condiciones de dar diei 
talentos y de unirse con Cimon para la guerra contra los 
bárbaros. Eforo dice que era Titraustes el que mandaba la 
armada del Rey, y Ferendates el ejército; mas Calisteoes es 
de opinión que Arimandes, el de Gobrias, tenía el mando de 
todas las fuerzas, y que con las naves marchó hacia el Ea- 
rimedonte; no estando dispuesto ¿ pelear todavía con los 
Griegos, porque esperaba otras ochenta naves fenicias que 
habian salido de Chipre. Quiso Cimon anticiparse á su lle- 
gada, para lo que movió con sus naves, dispuesto á obligar 
por fuerza á los enemigos, si voluntariamente no querían 
combatir. Al principio éstos para no ser precisados se entra- 
ron rio adentro; pero siguiéndolos los Atenienses, habieron 
de hacer frente, según Fanademo con seiscientas naves, y 
según Eforo con trescientas y cincuenta. Mas por mar nada 
hicieron digno de tan considerables fuerzas, sino que al pan- 
to se echaron á tierra; y los primeros pudieron escapar hu- 
yendo al ejército que estaba cerca; pero los demás fueron 
detenidos y muertos, y disuelta la armada. Ahora, la prae- 
ba de que las naves de los bárbaros habian sido en exce- 
sivo número, es que con haber huido muchas, como es na- 
natural, y haber sido otras muchas destruidas, todavía 
apresaron doscientas los Atenienses. 

Bajaba el ejército hacía el mar, y le pareció á Cimon 
obra muy ardua contenerle en su marcha y hacer que los 
Griegos acometieran á unos hombres que venian de re- 
fresco y eran en gran número: con todo, viendo á éstos 
muy alentados y resueltos cou el ardor y engreimiento que 
da la victoria á arrojarse en unión sobre los bárbaros, á la 
infantería, que todavía estaba caliente del combate naval, 
le hizo que cargase con ímpetu y algazara; y resistiendo y 
defendiéndose por su parte los Persas no sin bizarría, se 
trabó una muy reñida batalla. De los Atenienses cayeron 
los hombres de mayor valor y de mayor opinión; pero al 



ciMOrf. iii 

€n hicieron huir á los bárbaros con gran matanza de ellos, 
y después tomaron prisioneros á otros, y les ocuparon las 
tiendas llenas de toda especie de preciosidades. Cimon, que 
como diestro atleta en un dia habia salido vencedor en dos 
combates, no obstante haber excedido con la batalla campal 
di triunfo de Salamina, y con la naval al de Platea, aun añadió 
otro trofeo á estas victorias: pues sabiendo que las ochenta 
galeras fenicias, que no tuvieron parte en el combate, ha- 
bian aportado á Hidro, se dirigió allá sin detención; y como 
sus comandantes no tuviesen noticia positiva de las princi- 
pales fuerzas, sino que estuviesen en la duda y en la incer- 
tidumbre, siendo por lo mismo mayor su sorpresa, perdie* 
ron todas las naves, y la mayor parte de los soldados pere- 
cieron. De tal modo abatieron estos sucesos el ánimo del 
Rey, que ajustó aquella paz tan afamada de no acercarse 
jamás al mar de la Grecia á la distancia de una carrera de 
caballo, y de no navegar dentro de las Cianeas y Quelido- 
nias con nave grande y de proa bronceada: aunque Caliste- 
oes sostiene que el bárbaro no hizo tal tratado; mas en las 
obras guardó lo que se ha dicho, de miedo de aquella der- 
rota, teniéndose á tanta distancia de la Grecia, que Ferí- 
eles con cincuenta galeras y Enaltes con solas treinta na- 
vegaron por aquella parte de las Quelidonias, sin que de 
los bárbaros se les ofreciera á la vista ni siquera un barco. 
Pero Cratero en su colección de decretos insertó el tratado 
como hecho realmente: y aun se dice que los Atenienses 
erigieron con este motivo el ara de la paz, y que á Callas, 
que habia sido el embajador , le colmaron de distinciones. 
Vendidos los despojos que entonces se tomaron, tuvo ei 
pueblo fondos para otras muchas cosas, y edificó en el alca, 
zar el muro del Mediodía ; habiéndose hecho rico con estas 
expediciones. Añádese que las largas murallas llamadas 
piernas, aunque se acabaron después, se empezaron en- 
tonces, y que el cimiento^ como se hubiese dado con un 
terreno pantanoso y muelle, fué afirmado con toda seguri- 



i 42 PLUTARCO. — LA8 VIDaS PARALELAS. 

dad por Cimon, que hizo desecar los paotanos coo mucha 
arcilla y piedras muy pesadas, dando y aprontando para ello 
el caudal necesario. Fué el primero en hermosear la ciudad 
con aquellos lugares de recreo y entretenimiento por los 
que hubo tanta pasión después: porque plantó de plátanos 
la plaza; y á la Academia, que antes carecía de agua y era 
un lugar enteramente seco, le dio riego, convirtiéndola en 
UB bosque, y la adornó con corredores espaciosos y des- 
embarazados, y con paseos en que se gozaba de sombra. 
Como algunos Persas no quisiesen abandonar el Quer- 
soneso, y aun llamasen de más arriba á los Tracios con 
desprecio de Cimon, partió éste de Atenas con poquísimas 
naves en busca de ellos; y con solas cuatro naves les tomó 
trece. Lanzando, pues, á los Persas y derrotando á los* 
Tracios, puso bajo la obediencia de Atenas todo el Quer- 
soneso. Después, venciendo por mar á los Tasios, que se 
h abian rebelado á los Atenienses, les tomó treinta y tres 
naves, se apoderó por sitio de su ciudad, adquirió para 
Atenas las minas de oro que estaban al otro lado, y ocupó 
todo el terreno sobre que dominaban los Tasios. De allí 
pudiendo pasar á la Macedonia y ganar mucha parte de 
ella, como pareciese que lo habia dejado por no querer, se 
le atribuyó que por el rey Alejandro habia sido sobornado 
con presentes; sobre lo que tuvo que defenderse, persi- 
guiéndole con encarnizamiento sus enemigos. En su apo- 
logía ante los jueces dijo que no habia tenido hospedaje 
como otros entre los Ionios ó los Tesalianos, que son ri- 
cos, para recibir honores y agasajos, sino entre los Lace- 
demonios, cuya moderación y sobriedad habia procurado 
imitar y aplaudir, no teniendo en nada la riqueza, y si pre- 
ciándose de haber enriquecido su ciudad con la opulencia 
de los enemigos. Haciendo Estesimbroto mención de este 
juicio, refiere que Elpinice, rogada por Cimon, fué á lla- 
mar á la puerta de Pericles, porque éste era el más vio- 
lento de los acusadores; y que él, echándose á reír: «Vieja 



ciMON. 443 

estás, le dijo; vieja estás, Elpinice, para manejar tan ardaos 
negocios;» mas que con todo en la vista de la causa se 
mostró muy benigno con Címon, no habiéndose levantado 
durante la acusación más que una sola vez como para 
cumplir. 

Salió, pues, absuelto de esta causa; y en las cosas de 
gobierno, mientras estuvo presente, dominó y contuvo al 
pueblo, que acosaba á los principales ciudadanos y pro- 
curaba atraer á si toda la autoridad y el poder; pero cuan* 
do volvió á marchar á la armada, alborotándose los más y 
trastornando el orden existente de gobierno y las institu* 
cienes patrias en que antes hablan vivido, poniéndose al 
frente Ctialtes, quitaron al Senado del Areópago el cono* 
oimiento de todos los juicios, á excepción de muy pocos; 
y erigiéndose en arbitros de los tribunales, introdujeron 
una democracia absoluta, teniendo ya entonces Feríeles 
bastante influjo, y habiéndose puesto de parte de los mu- 
chos. Por esta causa, como Cimon á su vuelta se hubiese 
indignado porque habían oscurecido la majestad del con- 
sejo, y hubiese intentado volver á llevar á él los juicios y 
restablecer la aristocracia de Clistenes, se juntaron mu- 
chos á gritar y á irritar al pueblo, renovando lo de la her- 
mana y acusándole de laconismo, acerca de lo cual son 
bien conocidos aquellos versos de Eupolis contra Cimon: 

No era hombre malo; un poco dado al vino. 
Descuidado, y que á veces en Esparta 
Noche solía hacer, aquí dejando 
Sola y sin compañía á su Elpinice. 

Pues si falto de atención y tomado del vino conquistó tan- 
tas ciudades y alcanzó tantas victorias, es claro que á ha- 
ber estado cuerdo y atento, ninguno de los Griegos ni an- 
tes ni después de él hubiera igualado sus hechos. 
Fué en efecto, desde el principio lacomano, y de dos 

TOMO ui 8 



414 PLUTARCO.— LAS VIDAS PARALELAS. 

bijos gemelos que tuvo de Clitoria, según dice Estesim- 
broto, al uno le puso por nombre Lacedemonío, y al otro 
Gleo; por lo que Pericles muchas veces les dio en cara con 
su origen materno; pero Diodoro Periegetes dice que así 
éstos como Tésalo, hijo tercero de Gimon, fueron tenidos 
en Isodica, hija de Eurupiolemo el de Megacles. Contribu- 
yeron mucho á sus adelantamientos los Lacedemonios, que 
ya entonces estaban en contradicción con Pericles, y que- 
rían que fuese este joven el que tuviese el mayor poder y 
autoridad en Atenas. Esto lo vieron al principio con gusto 
los Atenienses, no sacando poco partido de la benevolen- 
cia de los Lacedemonios bácia él: porque en el principio de 
su incremento, y cuando empezaban á tomar parte en los 
asuntos de los otros pueblos, aliados de unos ú otros, no 
les venian mal los honores y los obsequios hechos á Gi- 
mon; puesto que entre los Griegos todo se manejaba á su 
arbitrio, siendo afable con los aliados y muy acepto á los 
Lacedemonios. Mas después, cuando ya se hicieron los 
más poderosos, vieron con malos ojos que Gimon perma- 
neciese todavía no ligeramente apasionado de los Lacede- 
monios: porque él mismo también, celebrando para todo á 
los Lacedemonios ante los Atenienses, especialmente 
cuando tenía que reprender á éstos, ó que excitarlos á al- 
guna cosa, habia tomado la costumbre, según refiere Este- 
simbroto, de decirles: «iQué poco son así los Lacedemo- 
nios!» Gon lo que se granjeó cierta envidia y displicencia 
de parte de sus conciudadanos. Pero de todas, la calumnia 
más poderosa contra él tuvo este origen: en el año cuarto 
del reinado de Arquidamo el de Zeuxídamo en Esparta por 
un terremoto, mayor que todos aquellos de que antes ha- 
bia memoria, en todo el territorio de los Lacedemonios se 
abrieron muchas simas, y estremecidos los Taigetos, al- 
gunas de sus cumbres se aplanaron. La ciudad misma tem- 
bló toda, y fuera de cinco casas, todas las demás las dér^ 
ribo el terremoto. En el pórtico, en ocasión de estar lleno 



CIMON. 115 

ejercitándose en él á un tiempo los mozos y los mucha- 
chos, se dice que poco antes del temblor se apareció una 
liebre, y que los muchachos, ungidos como estaban, por 
una muchachada se pusieron á correr tras ella y perse- 
guirla, y en tanto cayó el gimnasio sobre los mozos que se 
habian quedado, muriendo allí todos; y á su sepulcro aún 
se le da el dia de hoy el nombre de Seismacia, tomado del 
terremoto. Previo al punto Arquidamo por lo presente lo 
que iba á suceder, y viendo que los ciudadanos se dedica- 
ban á recoger en sus casas lo más precioso cada uno, 
mandó que la trompeta hiciera señal de que venían enemi- 
gos, para que á toda priesa acudieran armados á su pre- 
sencia; y esto solo fué lo que entonces salvó á Esparta: 
porque de todos los campos sobrevinieron corriendo los 
Hilotes para acabar con los que se hubieran salvado de los 
Esparciatas; pero hallándolos en orden de batalla, se reti- 
raron á sus poblaciones: siendo, sin embargo, bien claro 
que iban á hacerles la guerra, atrayendo á no pocos de los 
circunvecinos, y viniendo ya también sobre Esparta los 
Mesenios. Envian, pues, los Lacedemonios á Atenas de 
embajador para pedir auxilio á Pericleidas, de quien dice 
el cómico Aristófanes que, «sentado ante los altares, todo 
pálido, con una ropa de púrpura, pedia por compasión un 
ejército.» Oponíase Efíaltes, y con el mayor empeño ro- 
gaba que se negase el socorro y no se restableciera una 
ciudad rival de Atenas, sino que se la dejase en el suelo 
para ser pisado su orgullo; pero dice Cricias que Cimon, 
anteponiendo el bien de los Lacedemonios al incremento 
de su patria, convenció al pueblo y salió á auxiliarlos con 
mucha infantería. Ion nos da cuenta de la principal razón 
con que movió á los Atenienses, que fué exhortarlos á que 
no dejaran coja la Grecia, ni dieran lugar á que su ciudad 
quedara sin pareja. 

Auxiliado que hubo á los Lacedemonios, volvía con su 
ejército porCorinto, y Lacarto le reconvino por haber en- 



116 PLUTARCO. -^L AS VIDAS PARALELAS. 

irado con sus tropas sin anuencia de aquellos ciudadanos: 
porque decía que aun los que llaman en puerta ajena no 
entran sin que el dueño les mande pasar adelante; á lo que 
Cimon le replicó: «pues vosotros, oh Lacarto, no llamáis á 
las puertas de los Cleoneos y Hegarenses, sino que que- 
brantándolas, os introducís con las armas, creyendo que 
iodo debe estar abierto á los que más pueden:» ¡con esta 
arrogancia habló en tan oportuna ocasión! y pasó con su 
ejército. Volvieron los Lacedemonios á llamar en su so- 
corro á los Atenienses contra los Meseníos é Hilóles, que 
se hallaban en ¡tome; y cuando ya los tuvieron á su dispo- 
sición, temiendo su denuedo y aire marcial, los despidie- 
ron á ellos solos de lodos los aliados, bajo el pretexto de 
que intentaban novedades. Retiráronse con grande enojo, 
y además de exasperarse muy á las claras contra los que 
laconizaban, valiéndose de un leve pretexto, condenaron 
á Cimon al ostracismo por diez años: porque este era el 
tiempo prefinido á todos los que sufrían esta pena. £n esto, 
hallándose los Lacedemonios acampados en Tanagra de 
vuelta de'libertar á.los de Delfos de los Focenses, les sa- 
lieron los Atenienses al encuentro para darles batalla; y 
Cimon fué á colocarse con sus armas entre los de su tribu 
Oineide, dispuesto á batirse contra los Lacedemonios en 
compañía de sus ciudadanos; pero el consejo de los qui- 
nientos, sabedor de ello y temiéndole, intimó á los gene- 
rales, á instigación de sus enemigos, que le imputaban ser 
su ánimo desordenar el ejército é introducir los Lacede- 
monios en la ciudad, que de ningún modo lo admitiesen. 
Retiróse, pues, rogando encarecidamente á Cutipo el de 
Anaflustio, y á los demás amigos que estaban más tildados 
de laconizar ó ser adictos á los Lacedemonios, que pe- 
learan esforzadamente, á fin de lavar con las obras ante 
sus ciudadanos aquella infundada nota. Estos, pues, to- 
mando la armadura de Cimon, y colocándola en su pueslo, 
se juntaron lodos en uno, los cíenlo que eran, y corrieron 



CIMON. 117 

á la muerte con el mayor arrojo, obligando á los Atenien- 
ses á que sintiesen su pérdida y á que se arrepintiesen de 
sus injustas sospechas. De aquí es que tampoco les duró 
mucho el enojo contra Cimon, ya porque trajeron á la me- 
moria, como era debido, sus importantes servicios, y ya 
también porque así lo exigieron las circunstancias: porque 
vencidos en Tanagra en una reñida batalla, y esperando 
tener sobre si para el verano un ejército de los del Pelo- 
poneso, llamaron de su destierro á Cimon, y tornó á su 
llamamiento, habiendo sido Feríeles quien escribió el de- 
creto: ¡tan subordinadas eran entonces al orden político 
las rencillas, tan templados los enojos y tan prontos á 
ceder á la común utilidad, y hasta tal punto la ambición, 
que sobresale entre todas las demás pasiones, sabía aco- 
modarse á las necesidades de la patria! 

Luego que volvió Cimon, al punto puso íln á la guerra y 
reconcilió las ciudades; pero como hecha la paz viese que 
ios Atenienses no podian permanecer en reposo, sino que 
deseaban estar en acción y aumentar su poder por medio 
de expediciones, para que no incomodaran á los demás 
Griegos, ni dirigiéndose con muchas naves hacia las islas 
y el Peloponeso diesen ocasión á guerras civiles ú origen 
á quejas de parte de los aliados contra la ciudad, trípuló 
doscientas galeras, con muestras de marchar otra vez 
contra el Egipto y Chipre; llevando en esto la idea por una 
parte de que los Atenienses no se descuidaran nunca de la 
guerra contra los bárbaros, y por otra de que granjearan 
justamente riquezas, trasladando á la Grecia la opulencia 
de sus naturales enemigos. Guando todo estaba dispuesto 
y las tropas ya embarcadas, tuvo Cimon un sueño. Pare- 
cióle que una perra muy furiosa le ladraba, y que del la- 
drido salia una mezcla de voz humana que le decía: 

Acércate; porque has de ser amigo 
Mío y de estos mis tiernos cachorrillos. 



118 PLUTARCO.— LAS VIDAS PARALELAS. 

Sieodo tan difícil y oscura esta visión, Astufílo Posidiona- 
te, que era adivino y muy conocido de ےmon, dijo que 
aquello significaba su muerte, explicándolo de esta ma- 
nera: el perro es el enemigo de aquél á quien ladra, y de 
un enemigo nunca se hace uno mejor amigo que á la 
muerte: y la mezcla de la voz designa un enemigo medo, 
porque el ejército de los Medos se compone de Griegos y 
bárbaros. Después de este ensuefio, estando él mismo sa- 
crificando á Baco, dividió el sacerdote la víctima, y la 
sangre ya cuajada la fueron llevando poco á poco unas hor- 
migas, y poniéndola pegada en el dedo grande deL pié de 
Cimon, sin que esto se advirtiese por algún tiempo; pero 
cabalmente al mismo echarlo de ver, vino el sacerdote 
mostrándole el hígado sin cabeza. Mas con todo, no pn- 
diendo desentenderse de la expedición, siguió adelante, 
y enviando sesenta naves al Egipto, navegó con todas las 
demás; y venciendo la armada del Rey, compuesta de naves 
de la Cilicia y la Fenicia, ganó todas las ciudades de Chi- 
pre, amagando á las de Egipto, siendo su ánimo nada me- 
nos que de destruir todo el imperio del Rey: mayormente 
después de haber entendido que era grande el poder y au- 
toridad de Temístocles entre los bárbaros, y que habia 
ofrecido al Rey, al mover guerra á los Griegos, que él iría 
de general. Pero se dice que Temístocles, como descon- 
fiase de poder salir bien en las cosas de los Griegos y 
más todavía de superar la dicha y esfuerzo y destreza de 
Cimon, se quitó á sí mismo la vida. Preparados así por Ci- 
mon los principios de grandes combates y manteniéndose 
con su escuadra á la inmediación de Chipre, envió mensa- 
jeros al templo de Amon á inquirir del Dios cierto oráculo 
oscuro: pues nadie sabe determinadamente á qué fueron 
enviados. Ni tampoco el Dios les dio oráculo alguno, sino 
que al tiempo mismo de acercarse mandó que regresaran 
los de la consulta, porque él tenía ya consigo á Cimon. 
Oyendo esto los mensajeros, bajaron al mar, y cuando He- 



CIMON. Ii9 

garon al campo de los Griegos, que ya estaba en el Egipto, 
supieron que Cimon habia muerto; y computando los días 
que pasaron cerca del oráculo, reconocieron habérseles 
dado á entender la muerte del caudillo con decírseles que 
ya estaba con los Dioses. 

Murió teniendo sitiado á Cicio, de enfermedad, según 
los más; aunque algunos dicen que fué de una herida que 
recibió combatiendo con los bárbaros. Al morir encargó á 
sus subalternos que al punto dieran la vuelta á casa, ocul- 
tando su fallecimiento: así sucedió, que no habiéndolo en- 
tendido ni los enemigos ni los aliados, hicieron con segu- 
ridad su regreso, acaudillados, como dice Fanodemo, por 
Cimon, que hacia treinta dias estaba muerlo. Después que 
él falleció ya nada de entidad se hizo contra los bárbaros 
por mnguno de los capitanes griegos, sino que armados 
unos contra otros, por las instigaciones de los demagogos 
y de los fomentadores de discordias, sin que nadie se pu- 
siera de por medio para contener sus manos, se despeda- 
zaron con guerras intestinas, dando respiración al Rey en 
sus negocios, y causando una indecible ruina en el poder 
de los Griegos. Ya más tarde Agesilao, llevando sus armas 
al Asia, dio algún paso en la guerra contra los generales 
del Rey; pero sin haber hecho nada grande ó de importan- 
cia. Llamado otra vez por disensiones y disturbios de los 
Griegos, que de nuevo sobrevinieron, se retiró, dejando á 
los exactores de los Persas en medio de las ciudades con- 
federadas y amigas; cuando no se vio que ni un mal correo 
ni un caballo se acercara á aquel mar ni á cuatrocientos es- 
tadios durante el mando de Cimon. Haber sido sus despojos 
traídos al Ática, lo atestiguan los sepulcros que aun hoy se 
llaman Cimoneos. También los Citienses honran un sepul- 
cro de Cimon, por haberles encargado el Dios en cierta 
hambre y esterilidad, según el orador Nausicrates, que no 
se olvidaran de Cimon, sino que le dieran culto y lo vene- 
raran como un ser supremo. Tal fué el general griego. 



LUCULO. 



El abuelo de Lúculo había obtenido la dignidad consu- 
lar, y era tio suyo por parte de madre Mételo, el llamado 
Numídico; pero su padre habia sido coudenado en causa 
de soborno, y su madre Cecilia estaba notada de vivir con 
poco recato. La primera obra por donde Lúculo se dio á 
conocer antes de pedir magistratura ninguna, y antes de 
tomar parte en el gobierno, fué la de hacer juzgar al acu- 
sador de su padre, Servilio el agorero, que habia malver- 
sado los caudales públicos: acción que á todos los Roma- 
nos les mereció elogios, teniendo siempre en la boca aquel 
juicio como una muestra de virtud. En general el hecho 
de acusar, aun sin particular motivo, no era entre ellos 
mal mirado, sino que se complacían en ver á los jóvenes 
perseguir á los malos, como á las fieras los cachorros de 
buena casta. Excitó tanto la curiosidad aquella causa, que^ 
en tuerza del concurso hubo caídas y algunos heridos; pero 
Servilio fué absuelto. Habíase ejercitado Lúculo en hablar 
corrientemente ambas lenguas, griega y latina: así es que 
Sila, al escribir sus propios hechos, le dirigió la palabra, 
como á persona que sabía disponer y ordenar la historia 
con mayor perfección: porque su pronto y buen decir do 
se limitaba al uso preciso, á la manera de quien 

El foro agita, cual atún las ondas. 



it^ PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

y después fuera de la plaza 

En seco muere con trabada lengua; 

sino que siendo todavía joven, había adquirido ya, atraído 
de su belleza, aquella educación esmerada que se llama 
liberal. De anciano enteramente dedicó su ánimo, fatigado 
de tantas contiendas, al ejercicio y recreo de la filosofía, 
entregado á la investigación de la verdad, por haber dado 
de mano en oportuno tiempo á la ambición, á causa de su 
desavenencia con Pompeyo. Acerca de su afición á las le- 
tras se refiere, además de lo dicho, que siendo todavía 
mozo, con ocasión de cierta disputa que tuvo con el juris- 
consulto Hortensio y el historiador Sisena, la que vino á 
hacerse un poco seria, se comprometió á escribir la guerra 
Marsica en verso ó en prosa, en griego ó en latin, según 
lo declarase la suerte; y parece que ésta determinó que 
fuera en prosa griega, pues que dura aún hoy una histo- 
ria de la guerra Marsica escrita en esta lengua. Son mu- 
chas las pruebas que hay del amor que tenia á su hermano 
Marco; pero los Romanos conservan sobre todo la memo- 
ria de la primera; y es que con ser él de más edad entre 
los dos, no quiso tomar parte sólo en el gobierno, sino 
que esperó á que éste se hallara ya en sazón, y entonces 
g^nó de tal manera la afición del pueblo, que juntos fue- 
ron nombrados ediles, sin embargo de que él se balista 
ausente. 

Era todavía joven al tiempo de la guerra Marsica, y dio 
ya en ella muchos ejemplos de valor y de prudencia; pero 
las calidades que Sila apreciaba más en él, eran su ente- 
reza y afabilidad: así le empleó desde el principio en los 
negocios que pedían grande diligencia, de los que fué uno 
el cuidado d<^. la moneda. Por tanto, él fué quien en la 
guerra Mitridática acuñó la mayor parte; la cual de su 
nombre se llamó Luculeya, y por mucho tiempo se em- 



LÚCULO. 1^3 

pleó en los continuos cambios de los soldados para pro- 
veerse de lo necesario. Después de esto, vencedor Si la 
por tierra en Atenas^ como los enemigos le tuviesen cor- 
tado por el mar, en el que dominaban, y le interceptasen 
los víveres, llamó á Lúculo del Egipto y la Libia, mandán- 
dole venir de allí con sus naves. Era esto en el rigor del 
invierno, y con tres barcas griegas y otras tantas galeras 
rodias de dos bancos se arrojó al gran mar por entre las 
naves enemigas, que por lo mismo que dominaban, dis- 
currían libremente por todas partes; y sin embargo, apar- 
tando á Creta, la agregó á la república; y bailando á los de 
Cirene en estado de insurrección, con motivo de sus con- 
tinuas tiranías y guerras, los sosegó y arregló su gobier- 
no^ trayéndoles á la memoria aquella sentencia de Platón, 
que fué una especie de profecía. Porque rogándole, según 
es fama, que les díctase leyes y diese á su pueblo una 
forma de prudente y justo gobierno, les respondió que era 
muy difícil dar leyes á los Cireneos mientras estuviesen 
en tanta prosperidad; pues nada bay más indomable que 
un hombre engreído con su dicha; ni, á la inversa, nada 
más dócil que el abatido por la fortuna: que fué lo que en- 
tonces hizo á los Cireneos sumisos á su legislador Lúcule. 
De allí volviendo á hacerse á la vela para Egipto, perdió 
la mayor parte de sus barcos, tomándoselos los piratas; 
mas él se salvó, y fué magníficamente recibido en Alejan- 
dría, porque le salió al encuentro toda la armada, adornada 
primorosamente, como se ejecuta cuando navega el rey; y 
Tolomeo, que era aún muy mozo, sobre manifestarle en 
todo el mayor aprecio, le dio habitación y cumplido hos- 
pedaje en su palacio, lo que nunca antes se había hecho 
con otro general extranjero que allí hubiese arribado. En 
cuanto á la comida y demás gastos, no se le dio lo que á 
los demás, sino el cuadruplo; de lo que él, sin embargo, no 
consumió más que lo preciso, ni recibió los presentes que 
se le enviaron apreciados en ochenta talentos. Dícese que 



124 PLUTARCO — LAS VIDAS PARALELAS. 

Di subió á Menfis, ni vio ninguno de los prodigios Un ad- 
mirables y celebrados del Egipto, diciendo que éstos eran 
espectáculos de gente desocupada y divertida, y no como 
él, que había dejado á su emperador al raso, acampado en 
las mismas fortificaciones de los enemigos. 

Retiróse Tolomeo de la alianza^ temeroso de tener que 
kacer la guerra; y no obstante esto, le dio naves que le 
acompañasen hasta Chipre; y saludándole y obsequiándole 
en el mismo puerto, le regaló una esmeralda engastada en 
oro de las más raras y preciosas; y aunque al principio se 
negó á admitirla, haciéndole ver el Rey que estaba grabado 
en ella su retrato, temió rehusarla no se creyera que se re- 
tiraba enteramente enemistado y se le persiguiese en el 
mar. En la misma navegación fué reuniendo gran número 
de naves de las ciudades litorales, á excepción de las de 
aquellos que estaban dados á la piratería; y dirigiéndose á 
Chipre, como allí se le asegurase que hechos al mar los 
enemigos le estaban esperando en los promontorios, retiró 
todas las lanchas, y escribió á las ciudades hablándoles de 
invernaderos y de víveres, como que allí habia de pasar la 
estación; mas luego que tuvo viento, levantando áncoras, 
se hizo de repente á la vela; y navegando de dia con los 
lienzos recogidos, y tendidos de noche, aportó salvo á Ro- 
das. Proporcionándole naves los Rodios, persuadió á los de 
Boo y Gnido que abandonando el partido del Rey, se le re- 
uniesen para militar contra los de Samos. De Quio arrojó 
por sí mismo á las tropas del Rey, y dio libertad á los Co- 
lofonios, apoderándose de Epígono su tirano. Ocurrió 
por aquel mismo tiempo el que MUrídates abandonase á 
Pérgamo reducido á arrinconarse en Pitane: y como allí le 
tuviese encerrado y sitiado Fimbria, puso toda su atención 
y consideración en el mar , juntando y enviando á llamar 
las diferentes escuadras que por todas partes tenía, descon- 
fiado enteramente de poder combatir y venir á las manos 
con Fimbria, hombre de suyo arrojado y que se hallaba 



LÚGULO. 125 

▼encedor. Previólo éste , y hallándose sin armada, envió 
mensajeros á Lúculo, rogándole que viniera con su escua- 
dra y le ayudara á acabar con el más contrario y más guer- 
rero de los reyes: no fuera que de entre las manos se le 
escapase á Roma Mitrídates, último premio de tantos com- 
bates y trabajos, ya que él mismo se babia venido á ellas y 
metido en el garlito ; pues si se le cogiese, nadie tendría 
más parte en esta gloria que el que hubiera impedido su 
fuga y le hubiera echado mano al quererse encapar; y el 
vencimiento se atribuiría á entrambos, al uno por haberle 
lanzado de la tierra, y al otro por haberle vedado el paso 
del mar, sin lo cual los tan celebrados triunfos consegui- 
dos por Sila en Orcomene y en Queronea no les merecerían 
á los Romanos consideración ninguna. Y en verdad que 
estas reflexiones eran muy puestas en razón, no habiendo 
nadie á quien se oculte que si entonces Lúculo, que no se 
hallaba lejos, se hubiera prestado á los ruegos de Fimbria, 
y acudiendo con sus naves hubiera cerrado el puerto con 
su escuadra, habría tenido término aquella guerra y todos 
se habrían puesto fuera del alcance de infinitos males; pero 
bien sea que antepusiese á todo bien privado y común el 
mantenerse fiel á Sila, ó bien que no quisiese dar oidos á 
un hombre abominable como Fimbria, manchado por dis- 
puta de mando con la sangre de un general y amigo suyo; 
ó bien, finalmente, que por disposición superior se hubiera 
reservado para sí á Mitrídates, manteniendo en vida á este 
antagonista, lo cierto es que no condescendió. Así le pro- 
porcionó á Mitrídates el poder evadirse por mar y burlarse 
de todo el poder de Fimbria; y él entonces lo primero que 
hizo fué batir y destrozar las naves del Rey que se habían 
aparecido en el promontorio Lecto de la Troade; y después 
viendo que Neoptolemo navegaba con mayor aparato por la 
parte de Tenedos, se adelantó allá él solo, montando una 
galera rodia de cinco órdenes, de la que era capitán Demá- 
goras, hombre muy adicto á los Romanos y muy ejercitado 



If6 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

en los combates navales. Movió Neoptolemo con grande 
ímpetu, y como diese orden al timonero de que dirigiera 
para un fuerte choque, temiendo Demágoras el peso de la 
nave real y la punta de su bronceado espolón, no se atre- 
vió á oponérsele de proa, sino que dando prontamente la 
vuelta, maniobró para que el choque fuese por la popa, con 
lo que el golpe que por aquella parte recibió fué sin daño 
alguno, por haber recaido en la parte de la nave metida en 
el agua. Llegaron en esto los suyos, y dando orden Lúculo 
para que su nave se volviese de fronte, después de haber 
ejecutado hazañas dignas de memoria, obligó á huir á los 
enemigos, y se puso en persecución de Neoptolemo. 

Uniéndose desde allí con Sila en el Quersoqeso, cuando 
ya éste se proponía regresar, le proporcionó un viaje se- 
guro y trasportes para el ejército. Como después de he- 
chos los tratados y de retirado Mitridates al Ponto Cuxino 
hubiese Sila impuesto al Asia veinte mil talentos, parece 
que fué para las ciudades un alivio de la severidad y aspe- 
reza de Sila el que en un encargo tan duro y desagradable 
se les mostrase Lúculo no solamente íntegro y justo, sino 
también afable y benigno. A los de Mitilene, que se habían 
pasado al otro partido, tenía determinado guardarles cierta 
consideración, y que fuera suave el castigo por lo que ha- 
bían hecho en favor de Mario; pero hallándolos irreduci- 
bles, marchó contra ellos, y venciéndolos en batalla, los 
encerró dentro de sus murallas. Habíales puesto sitio; pero 
de diaymuyásu vista navegó para Glea; y volviendo 
después sin ser visto ni advertido, se puso cerca de la 
ciudad en asechanza; y como los Mitileneos saliesen sin 
orden y sumamente confiados á apoderarse de un campa- 
mento que suponían abandonado, cayendo sobre ellos» 
hizo prisioneros á la mayor parte, y de los que se defen- 
dieron mató unos quinientos, habiendo sido seis mil los 
cautivos, é inmenso el botin que les tomó. Así detenido en 
el Asia, por una disposición al parecer divina, para desem- 



LÚCULO. 127 

penar estos encargos, ninguna parte tuvo en los muchos y 
diversos males con que Sila y Mario afligieron entonces á 
los habitantes de toda la Italia ; y sin embargo no mereció 
á Sila menor aprecio que los demás de sus amigos; antes 
le dedicó por afecto, como hemos dicho, la obra de sus 
Comentarios, y al morir le nombró tutor de su hijo, no ha- 
ciendo cuenta de Pompeyo; lo que parece haber sido el 
primer motivo de desavenencia y de celos entre estos dos 
jóvenes, inflamados igualmente del deseo de gloria. 

Poco después de la muerte de Sila en la Olimpiada ciento 
y setenta y seis fué nombrado cónsul con Marco Cota; y 
habiendo muchos que trataban de remover la guerra Mitri- 
dática, dijo Marco que no estaba dormida, sino sondormida 
solamente; por lo cual como en el sorteo de las pro- 
vincias le hubiese cabido á Lúculo la Galia Cisalpina, lo 
sintió vivamente , porque no podía ofrecer ocasión para 
grandes empresas. Mortificábale sobre todo que Pompeyo 
iba ganando en España una aventajada opinión, y podia 
tenerse por cierto que si daba glorioso término á la guerra 
española, al punto se le nombrada general contra Mitrída- 
tes. De aquí es que pidiendo éste caudales, y escribiendo 
que si no se le facilitaban, abandonaría á la España y á Ser- 
torio, pasando ala Italia con todas sus fuerzas, Lúculo 
contribuyó con el mayor empeño á que se le enviasen, 
para quitar aquel motivo de que volviese durante su con- 
sulado, no dudando de que en la ciudad todo estaría á su 
devoción si en ella se presentase con un ejército tan po- 
deroso. Además de que Cetego, arbitro entonces del go- 
bierno, no por otra causa sino porque en cuanto bacía y 
decía no llevaba otra mira que la de complacer, estaba 
particularmente enemistado con Lúculo, por cuanto éste 
había desacreditado su conducta cubierta de amores inho- 
nestos, de liviandad, y de toda especie de desórdenes. A 
éste, pues, le hacía guerra abierta; á Lucio Quíncio, otro 
de los demagogos declarado contra las providencias de 



1:28 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Sila, y que estaba dispuesto á turbar todo el orden esta- 
blecido, ora mitigándole en particular y ora advirtiéndole 
en público, logró apartarle de aquel propósito, y sosegó 
su ambición manejando política y saludablemente el prin- 
cipio de un gravísimo mal. 

Vino en esto la noticia de baber muerto Octavio, que 
gobernaba en la Cilicia; y siendo muchos los que aspira- 
ban á aquella provincia y que por tanto hacían la corte á 
Getego, como que era el que había de tener el mayor in- 
flujo para conferirla, Lúculo por la Cilicia misma no hu- 
biera hecho gran diligencia; pero echando cuenta con que 
sí la alcanzaba, hallándose cerca la Capadocía, ninguna 
otro sería enviado á la guerra contra Mitrídates, no dejó 
piedra por mover para que no le fuese arrebatada por otra 
la provincia; y aun compelido de esta necesidad, pasó con- 
tra todo su genio por una cosa nada decente ni laudable, 
aunque sí muy útil para su objeto. Habla entonces una tal 
Precia de nombre, de las más celebradas en la ciudad por 
su belleza y cierta gracia, sin que en lo demás se diferen- 
ciase mucho de las otras que ejercían su infame profesión. 
Solía valerse de los que la frecuentaban y tenían trato con 
ella para los negocios y solicitudes de sus amigos; con la 
que añadiendo á las demás dotes la de parecer buena y di- 
ligente amiga, alcanzó bastante influjo. Sobre todo cuauda 
logró atraer y tener por su amante á Cetego, que era el de 
más nombre y el que todo lo podía en la ciudad, entonces 
puede decirse que se pasó á ella todo el poder; porque 
nada se hacía en la república sin que Cetego lo dispusiese 
y sin que Precia lo obtuviera de Cetego. Ganándola, pues,. 
Lúculo con dádivas y agasajos (además de que para una mu. 
ger vana y orgullosa era ya grande premio el que la vieran 
interesada por Lúculo), tuvo ya éste á Cetego por su pane- 
girista y por su agente para alcanzar la Cilicia. Una vez^ 
conseguida, ya no hubo menester para nada ni á Precia ni 
á Cetego, sino que todos á una pusieron en su mano la- 



LÓCULO. 429 

guerra Mitridática, como que no habia otro que pudiera 
administrarla mejor, hallándose todavía Pompeyo enredado 
en la guerra con Sertorio, y no estando ya Mételo para ta- 
maña empresa á causa de su edad, que eran los dos únicos 
que podia tener Lúculo por dignos rivales para aquel 
mando. Con todo, su colega Cota obtuvo á fuerza de instan- 
cias del Senado que se le enviara con una escuadra á de- 
fender la Propóntide y proteger la Bitinia. 

Lúculo, teniendo consigo una legión ya formada, partió 
con ella al Asia, donde se entregó de las demás tropas que 
allí existían, las cuales todas estaban corrompidas con el 
regalo y la codicia; y además las llamadas Fimbrianas, por 
la costumbre de la anarquía y el desorden, hablan perdido 
enteramente la disciplina: porque estos mismos soldados 
eran los que en Fimbria hablan dado muerte á Flaco, cónsul 
y general, y los que después habían puesto á Fimbria en 
manos de Sila: hombres insubordinados y violentos, aunque 
por otra parte buenos militares, sufridos y ejercitados en 
la guerra. Con todo, Lúculo en muy breve tiempo supo con- 
tener la insolencia de éstos, y traer á los otros al orden; 
pues según parece hasta entonces no hablan servido bajo 
el mando de un verdadero general, sino que se les habia li- 
sonjeado y dejado hacer su gusto para mantenerlos en la 
milicia. Por lo que hace á los enemigos, su estado era el 
siguiente: Mitrídates, á la manera de los sofistas, al princi- 
pio ostentoso y hueco, se habia presentado contra los Ro- 
manos con unas tropas endebles en sí, aunque brillantes y 
de grande pompa á la vista; pero después de vencido y es- 
carnecido, con este escarmiento cuando hubo de volver á 
la lid ya ordenó y dispuso su ejército de manera que pu- 
diera obrar y le fuese útil: porque removiendo de él la mu- 
chedumbre indisciplinada de gentes, aquellas amenazas de 
los bárbaros hechas en diferentes lenguas, y el aparato de 
armas doradas y guarnecidas con piedras, más propias para 
ser despojo del enemigo que para fortalecer al que las 

TOMO III. 9 



M 



130 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

lleva, adoptó la espada romana, entretejió escudos espesos 
y fuertes, cuidó más de que los caballos estuvieran ejerci- 
tados que de presentarlos galanos, y de este modo formó 
en hueste romana ciento veinte mil infanttes y diez y siete 
mil caballos, sin contar los cuatro de cada carro falcado, 
siendo éstos en número de ciento; con lo cual, y con ha- 
cer que las naves no estuvieran adornadas de pabellones 
de oro y de baños y cámaras deliciosas para mujeres, sino 
pertrechadas más bien de armas, de dardos y de toda es- 
pecie de municiones, vino spbre la Bitinia, recibiéndole 
otra vez con gozo las ciudades; y no sólo éstas, sino el 
Asia toda, que habia vuelto á expeiinientar los males pasa- 
dos, por haberla tratado de un modo intolerable los exac- 
tores y alcabaleros romanos; á los cuales Lúculo echó de 
allí más adelante como arpías que devoraban los manteni- 
mientos; aunque por entonces se contentó con procurar 
hacerlos más moderados á fuerza de amonestaciones, al 
mismo tiempo que sosegaba las inquietudes de los pueblos, 
pues para decirlo así, no habia uno que no anduviese agi- 
tado y revuelto. 

El tiempo que Lúculo dedicaba á estos objetos, túvole 
Cota pop ocasión favorable para pelear con Mitrídates, á lo 
que se preparó; y como por muchos se le anunciase que 
Lúculo estaba ya de marcha con su ejército en la Frigia, 
pareciéndole que nada le faltaba para tener el triunfo en- 
tre las manos, á fin de que Lúculo no participase de él, se 
apresuró á dar la batalla. Mas derrotado á un mismo 
tiempo por tierra y por mar, habiendo perdido sesenta 
naves con todas sus tripulaciones y cuatro mil infantes, 
encerrado y sitiado en Calcedonia, tuvo que poner ya en 
Lúculo su esperanza. Habia quien incitaba á Lúculo á que 
sm hacer cuenta de Cota fuera mucho más adelante para 
tomar el reino de Mitrídates mientras estaba indefenso: 
este era sobre todo el lenguaje de los soldados, los cuales 
«e mdignaban de que Cota, no sólo se hubiera perdido asi 



LÚCULO. i3i 

mismo por su mal consejo, siao que además les fuese á 
ellos un estorbo para vencer sin riesgo; pero arengándo- 
les Lúculo, les dijo que más queria salvar del poder de 
los enemigos á un Romano, que tomar todo cuanto pudie- 
ran tener aquellos. Asegurábale Arquelao, general en la 
Beocia de Mitrídates, pero que después se había pasado á 
los Romanos y militaba con ellos, que con dejarse ver 
Lúculo en el Ponto seria inmediatamente dueño de todo; 
mas respondióle que no habia de ser él más tímido que los 
cazadores, para que teniendo las fieras á la vista se hu- 
biera de ir á perseguir sus madrigueras; y en seguida mo- 
vió contra Mitrídates con treinta mil infantes y dos mil y 
quinientos caballos. Puesto ya á vista de los enemigos, 
admirado de su número, determinó evitar la batalla y ga- 
nar tiempo; pero presentándosele Mario, general que habia 
sido por Sertorio enviado desds España con tropaá en 
auxilio de Mitrídates, y provocándole, se mantuvo en or- 
den como para dar batalla; y cuando apenas faltaba nada 
para trabarse el combate, de repente, sin mutación nin- 
guna visible, se rasgó el aire, y se vio un cuerpo grande 
infiamado caer entre ambos ejércitos, siendo en su figura 
semejante á una tinaja, y en su color á la plata candente; 
lo que puso miedo á unos y á otros, y los separó. Dícese 
que este suceso ocurrió en la Frigia, en el sitio llamado 
Otrías. Lúculo, reflexionando que no podia haber preven- 
ciones ni riquezas que bastasen á mantener por largo 
tiempo tantos millares de hombres como Mitrídates tenía 
reunidos, mandó que le trajesen á uno de los cautivos, y 
lo primero que supo de él fué cuántos camaradas eran en 
su tienda, y después cuántos víveres habia dejado en ella: 
luego que le respondió, hizo que se retirara, y del mismo 
modo mandó comparecer al segundo y tercero, etc. Multi- 
plicando luego la cantidad de provisiones por el número 
de los que las consumían, bailó que á los enemigos no les 
quedaban víveres más que para tres ó cuatro días; por lo 



43f PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

cual resolvió con más justa razón ir danto tiempo, y aco- 
pió en su campamento cuantos víveres pudo recoger para 
acechar, estando él sobrado, el momento de escasez en los 
enemigos. 

En esto Mitrídates armó lazos á los de Cicico, maltrata- 
dos ya de la batalla de Calcedonia, en la que habian per- 
dido trece mil hombres y diez naves; mas queriendo que 
no lo entendiese Lúculo, movió desde la cena una noche 
oscura y lluviosa, y se apresuró á poner su campamento al 
mismo rayar el día enfrente de la ciudad, junto al monte 
de Adrastia. Habiéndolo llegado á saber Lúculo, fué en su 
seguimiento, y teniéndose por contento con no dar des- 
apercibido en manos de los enemigos, fijó sus reales en 
un territorio llamado Tracia, y en sitio perfectamente 
puesto respecto de los caminos y pueblos por donde y de 
donde necesariamente había de surtirse de víveres Mitrí- 
dates. Por tanto, comprendiendo ya en su ánimo lo que 
habia de suceder, no usó de reserva con sus soldados, 
sino que acabado de establecer el campamento y feneci- 
das las obras, los reunió sin dilación; y arengándoles, les 
anunció con grande regocijo que en breves días, sin nece- 
sidad de derramar sangre, les daría la victoria. Mitrídates. 
poniendo por tierra en deredor de Cicico diez campamen- 
tos, y cerrando por la mar con naves el estrecho que se- 
para la ciudad del continente, sitiaba por una y otra parte 
á los habitantes, alentados y resueltos por todo lo demás á 
sufrir los mayores trabajos por amor de los Romanos, y 
solamente inquietos por no saber dónde paraba Lúculo, y 
eso que le tenían al frente y bien á la vista; pero los de 
Mitrídates los engañaron, porque mostrándoles á los Ro- 
manos que tenían ocupadas las alturas, «¿veis aquellos? les 
dijeron: pues es el ejército de los Armenios y los Modos 
enviado por Tigranes á Mitrídates para darie auxilio.» So- 
brecogiéronse entonces al ver sobre sí tan formidable apa- 
rato de guerra, perdiendo hasta la esperanza de que dun 



LÚCULO. 133 

cuando sobreviniese Lúculo le quedara lugar por donde 
socorrerlos. Con todo, Arquelao les envió á Demonacte, y 
éste fué el primero que le§ anunció hallarse á la vista 
Lúculo. No queriendo darle crédito, por parecerles que 
aquella' noticia la habia inventado para no dejarlos sin 
algún consuelo, llegó oportunamente un joven que estando 
cautivo habia podido fugarse. Preguntáronle dónde estaba 
Lúculo, y él se echó á reir, creyendo que se burlaban; mas 
cuando vio que iba de veras, les mostró con el dedo el 
campamento de los Romanos, con lo que nuevamente co- 
braron ánimo. Al mismo tiempo, estando la laguna Dasci- 
litide llena de lanchas bastante capaces, hizo Lúculo traer 
una á la orilla, y tirándola después con un carro hasta el 
mar, colocó en ella cuantos soldados cupieron, y haciendo 
éstos la travesía de noche, entraron en la ciudad sin que 
lo entendiesen los enemigos. 

Hasta con prodigios fueron los de Cicico alentados por 
los dioses, como complaciéndose de su valor, habiendo 
ocurrido entre otros el de que venida la fiesta de Proser- 
pina les faltaba para el sacrificio la vaca negra, y forman* 
do una de harina, la pusieron sobre el ara; pero la vaca 
sagrada, que se habia criado destinada para la Diosa, y que 
con los demás ganados de los de Cicico estaba pastando á 
la parte de afuera, en aquel mismo dia separándose de la 
manada se fué corriendo sola á la ciudad, y se presentó 
por si misma al sacrificio. Aparecióse asimismo la Diosa 
entre sueños á Aristágoras, maestro de niños del pueblo, 
y «yo también vengo, le dijo, trayendo al flautista Áfrico 
contra el trompetero Pontico: di, pues, á los ciudada- 
nos que tengan ánimo.» Maravilláronse los Cicicenos del 
aviso, y al amanecer se mostró ya el mar alterado, levan- 
tándose un viento incierto. A su primer soplo las máqui- 
nas del Rey, obras admirables del tesalíano Nicónidas, ar- 
rimadas á los muros, con la agitación y el ruido anuncia- 
ron lo que iba á suceder; y luego dominando un austro de 



i 34 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

una fuerza increíble, en un monrtento destrozó todas las 
demás máquinas, y con el sacudimiento hizo también pe- 
dazos una torre que habia de madera. En Ilio se refiere 
haber sido Minerva vista por muchos entre suefios cubierta 
de sudor y rasgado el peplo, diciendo que entonces mis- 
mo venia de ayudar á los Cicicenos; y los Ilienses mostra- 
ban una columna que contenia los decretos é inscripciones 
relativas á este asunto. 

A Mitridates, mientras que fascinado por sus generales 
no echó de ver el hambre que afligia á su ejército, le mor- 
tificaba el que los Cicicenos fuesen esquivando los efectos 
del sitio; pero después repentinamente decayó de su am- 
bición y de su orgullo, cuando se enteró de las privacio- 
nes de sus soldados, que llevaban hasta el extremo de co- 
mer carne humana; porque Lúculo no hacia la guerra ga- 
lanamente y por ostentación, sino, como dice el proverbio^ 
encaminándola al vientre y poniendo el mayor esmero en 
que por ninguna vía pudieran llegarles víveres. Hallábase 
^te ocupado en sitiar una fortaleza; y como se apresurase 
Mitridates á aprovechar la ocasión, y enviase á la Bitioia 
casi todos los de caballería con los trenes, y de la infante- 
ría los inutilizados, llegándolo á entender Lúculo, regresó 
en aquella misma noche el campamento; y á la mañana, 
sin embargo de hacer muy mal dia, llevando consigo diez 
cohortes y la caballería, se puso on su persecución, moján- 
dose y con gran incomodidad, tanto, que muchos de los 
soldados cediendo al frío se le quedaron por el camino; 
pero con los otros alcanzó á los enemigos á las inmedia- 
ciones del rio Rundaco, y causó en ellos tal destrozo, que 
las mujeres que habian acudido de Apolonia saquearon el 
bagaje y despojaron á los muertos. Siendo éstos muchos, 
como se deja conocer, tomó seis mil caballos é innumera- 
ble muchedumbre de acémilas, cautivando todavía quinee 
mil hombres, y á todos estos los presentó delante del Cam- 
pamento de ios enemigos. No puedo menos de maravillar- 



LÚCULO. 135 

me de que diga Salustio que entonces vieron los Romanos 
camellos por la primera vez, no considerando que ya an- 
tes los hablan de haber visto los que con Escipion vencie- 
ron á Antioco, y los que recientemente hablan combatido 
con Arquelao junto á Orcomene y Queronea. Teniendo 
además Mitrídates determinado huir con precipitaciojA, 
procuraba, poner á Lúculo estorbos y dilaciones á la es- 
palda, para lo que despachó al capitán de navio Aristónico 
al mar de Grecia; pero en el mismo momento cié hacerse 
á la vela se apoderó de él Lúculo, y de diez mil áureos (1) 
que llevaba consigo, con el objeto de sobornar alguna parte 
del ejército romano. En tanto, Mitrídates huyó hacia el 
mar, y los generales conducían el ejército; mas sorpren- 
diólos también Lúculo junto al rio Granico, y cautivó á la 
mayor parte, habiendo dado muerte á unos veinte mil. Di- 
cese, pues, que de tantos millares de hombres como ha- 
bían venido, asi de los de guerra como de las demás clases, 
fueron muy cerca de trescientos mil los que perecieron. 
Lúculo lo primero que hizo fué dirigirse á Cícico, donde 
gozó el placer y buen recibimiento que era consiguiente; 
y después para reforzar su armada recorrió el Helesponto. 
Llegado á la Troade, se albergó en el templo de Venus, 
y aquella noche, después de recogido, le pareció tener 
presente á la Diosa, y que le decia: 

Iracundo león, ¿tú estás dormido 
Cuando tan cerca tienes á los ciervos? 

Levantándose, pues, y convocando á sus amigos todavía 
de noche, les refirió su ensueño. Al propio tiempo llegaron 
unos de Ilio dándole aviso de haberse dejado ver trece ga- 
leras de cinco órdenes de las del Rey hacia el puerto de los 
Griegos que se encaminaban á Lemnos. Hízose sin dilación 



(1) El áureo romano era la cuarta parte de una onza de oro. 



436 PLUTARCO. — LK» VIDAS PARALELAS. 

al mar y las tomó, dando muerte á Isidoro su comandante; 
y en seguida fué en persecución de los demás jeres. Ha- 
llábanse sus naves ancladas, y remolcándolas hacia tierra, 
peleaoan desde cubierta, causando gran daño á las de Lú- 
culo, porque el lugar no permitia envolver á las de los 
enemigos, ni tampoco combatirlas de cerca con naves á 
flote, mientras que éstas estaban pegadas á tierra y bien 
aseguradas. Con todo, por la única parte de la isla por 
donde habia paso, aunque difícil, destacó algunas tropas 
escogidas, las cuales, cayendo por la espalda sobre los ene- 
migos, á unos les dieron muerte, y á otros les precisaron 
á picar cables para huir de la (ierra; pero chocando unas 
naves con otras , vinieron á meterse entre las de Lúculo: 
asi fueron muchos los que perecieron; y con los cautivos 
fué traído uno de los generales de Sertorio, llamado Mario. 
Era tuerto, y se habia dado desde luego la orden á los que 
navegaban al mando de Lúculo de que no quitaran la vid» 
á ningún tuerto, á On de que recibieran una muerte llena 
de ignominia y afrenta. 

Desembarazado de este incidente, se apresuró á ir en 
persecución del mismo Mitrídates: porque esperaba en- 
contrarlo en la Bitinia detenido por Boconío, á quien él 
habia enviado hacia Nicomedia con algunas naves para mo- 
lestarle en su fuga; pero Boconio se habia retrasado en Sa- 
motracia, con motivo de iniciarse y celebrar los misterios; 
y á Mitrídates, que navegaba con su armada y se daba 
priesa por llegar al Ponto antes que volviese Lúculo, le so- 
brecogió una terrible tormenta, con la que unas naves se 
le desaparecieron, y otras se le fueron á pique. Toda la 
costa se vio por muchos dias cubierta de despojos de naves 
arrojadas á la orilla por las olas; y como el trasporte en que 
él mismo navegaba no pudiese ser traido á tierra por los 
pilotos á causa de la gran borrasca, y de estar las olas tan 
enfurecidas, ni tampoco aguantar en el mar por ser muy 
pesado y hacer agua, trasladándose á un buque de los de 



LúcuLO. 437 

corso, y poniendo su persona á merced de los piratas, por 
un modo increible y extraño aportó salvo á Heraclea de 
Ponto. No le salió, pues , mal á Lóculo la jactancia de que 
usó ante el Senado: porque habiendo decretado éste que 
con tres mil talentos se dispusiese la armada para aquella 
guerra, se opuso á ello , mandando cartas en que se glo- 
riaba de que sin tantos gastos y preparativos arrojaría del 
mar á Mítrídates con solas las naves de los aliados; lo que 
así cumplió con el auxilio de los Dioses: porque se dice 
haber sido para los del Ponto aquella tormenta castigo de 
Diana Priapina, por haber saqueado su templo y robado su 
imagen. 

Aconsejaban muchos á Lúculo que dilatase la guerra; 
pero no dándoles oídos, marchó por la Bitinia y la Galacia 
hacia la tierra del Rey; tan desprovisto al principio de vi- 
veres, que le seguían treinta mil Gálatas llevando cada uno 
una fanega de trigo al hombro; mas yendo adelante, y 
apoderándose de todo el terreno, llegó á ser tal la abun- 
dancia, que en el campamento se compraba un buey por 
una dracma y un esclavo por cuatro; y no teniendo todo ei 
demás botín en ningún precio, unos lo abandonaban y 
otros lo destruían; pues no podía haber permutas cuando 
todos estaban sobrados. Mas como ninguna otra cosa hi- 
ciesen que correr y devastar el país hasta Tesmiciras y 
las regiones del Termodonte, culpaban á Lúculo de que se 
le iban entregando las ciudades; y no tomando ninguna á 
viva fuerza, los privaba de poder utilizarse con el saqueo: 
«porque ahora, decían, haciéndonos pasar de largo de 
Amiso, ciudad opulenta y rica, que no era grande obra el 
tomarla si alguno le pusiera sitio, nos conduce á los de- 
siertos de los Tibarenos y los Caldeos á hacer la guerra á 
Mítrídates.» Pero en estas cosas no hacía alto Lúculo ni le 
merecían atención, porque no creía que los soldados se 
propasasen al extremo de locura que después se vio; y 
sólo daba razón de su conducta á los que le acusaban de 



i38 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

morosidad por detenerse tanto tiempo en ciudades y luga- 
res de ninguna consideración, dejando que entretanto se 
acrecentara eUpoder de Mitrídates. cJuntamente, les decía, 
es esto lo que yo quiero, y de intento me detengo en este 
país dando lugar á que aquél se engrandezca de nuevo, y 
reúna una fuerza respetable, para que así aguarde y no 
huya á. nuestra llegada. ¿Acaso no veis cómo ha dejado en 
pos de sí, sin vestigio ninguno, unos vastísimos desiertos? 
Pues ya cerca de aquí está el Cáucaso y otros muchos 
montes espesísimos, capaces de contener y ocultar milla- 
res de reyes que hagan la guerra de montaña. De los Ca- 
biros son bien pocas las jornadas que hay hasta la Arme- 
nia, y en esta tiene su residencia Tigranes, rey de reyes, 
con tan poderosas fuerzas, que con ellas repele á los 
Partos del Asia, traslada ciudades griegas á la Medía, y se 
deshace de los reyes que vienen de Seleuco, llevándose ro- 
badas sus hijas y sus mujeres. Pues con éste tiene deudo 
Mitrídates, como que es su yerno: por tanto, no es de creer 
que si le suplica, lo abandone, sino que nos moverá la 
guerra; y si nos empeñamos en perseguir á Mitrídates, 
corre peligro que traigamos sobre nosotros á Tigranes, que 
ya hace tiempo anda buscando motivos, y aprovechará 
este que se le presenta de verse en la precisión de auxi- 
liar á uno que es rey y su pariente. ¿Pues por qué hemos 
de ser nosotros los que lo preparemos y los que enseñe- 
mos á Mitrídates, que no lo advierte, quiénes son aquellos 
con quienes ha de venir á combatirnos? ¿Por qué cuando él 
no piensa en ello le hemos de precisar á echarse en brazos 
de Tigranes? ¿No es mejor que le demos tiempo para que 
se robustezca y refuerce con los suyos, viniéndonos á ha- 
cer la guerra con los Coicos, Tibarenos y Capadocios, á 
quienes hemos vencido muchas veces, que no con los Mo- 
dos y los Armenios?» 

Discurriendo de esta manera Lúculo, se detuvo á la vista 
de Amiso, poniéndole remisamente sitio; y después de pa- 



LÚCULO. 139 

sado el invierno, dejando á Murena para continuar aquél, 
marchó contra Mitrídates, que se habia situado en los Ca- 
biros, y pensaba ser ya superior á los Romanos, por haber 
reunido bastantes fuerzas,, consistentes en cuarenta mil 
infantes y cuatro mil caballos, que era en los que princi- 
palmente tenia su confianza: pasando, pues, el rio Lico, 
provocaba á los Romanos á descender á la llanura. Trabóse 
un combate de caballería, en el que éstos dieron á huir, 
habiendo quedado prisionero, á causa de hallarse herido, 
Pomponio, varón muy principal, que fué llevado ante Mi- 
trídates muy mal parado de sus heridas; y como le pre- 
guntase el Rey si dejándole ir salvo sería su amigo, «sí, le 
respondió, como hagas la paz con los Romanos; pero si 
no, enemigo;» de lo que admirado Mitrídates, ningún dafio 
le hizo. Llegó Lúculo á temer del terreno llano, por serlos 
enemigos superiores en caballería; y repugnando marchar 
por las alturas, á causa de que el camino era largo, mon- 
tuoso y sumamente áspero, hizo la casualidad que fuesen 
cogidos prisioneros unos Griegos al tiempo de ir á refu- 
giarse en una cueva; y el más anciano de ellos, llamado 
Artemidoro, prometió á Lúculo conducirle donde pusiera 
su campo en lugar seguro, guarnecido con una fortaleza 
puesta precisamente encima de los Cabiros. Dióle crédito 
Lúculo, y á la noche movió después de encendidos los fue- 
gos: pasó los desfiladeros sin riesgo y ocupó el puesto, 
apareciéndose á la mañana siguiente sobre la cabeza de 
los enemigos, y colocado su ejército en un sitio que si 
quería pelear, le daba facilidad para ello, y si no quería, le 
ponia á cubierto de ser violentado. Ninguno de los dos es- 
taba por entonces en ánimo de venir á las manos; pero se 
dice que yendo los del Rey en persecución de un ciervo, 
les salieron al encuentro para cortarlos algunos Romanos, 
y que con esto trabaron pelea acudiendo continuamente 
muchos de una y otra parte. Vencieron por fin los del Rey, 
y viendo los Romanos desde las trincheras la fuga de los 



i 40 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

suyos, llenos de pesar, corrieroa á dar parte á Lúculo ro- 
gándole que los condujese y que los formase para batalla. 
Mas él, queriendo hacerles ver de cuánta importancia es 
en medio de los combates y de los peligros la vista y la 
presencia de un general prudente, dándoles orden de que 
esperaran sin moverse, bajó á la llanura, y puesto ante los 
primeros que huian, les mandó detenerse y volver con él. 
Obedeciéronle y deteniéndose asimismo é incorporándose- 
les los demás, con muy poco trabajo rechazaron á los ene- 
migos, persiguiéndolos hasta su campamento. A la vuelta 
impuso Lúculo á los fugitivos el afrentoso castigo estable- 
cido por ley, haciéndoles cabar con las túnicas desceñi- 
das un foso de doce pies á la vista y presencia de todos 
sus camaradas. 

Habia en el ejército de Mitrídates un hombre de grande 
autoridad llamado Oltaco, perteneciente á la nación bár- 
bara de los Dándaros, una de las que habitan junto á la 
laguna Meotis. Era este Oltaco excelente para todo lo que 
en la guerra pide valor y determinación; prudente y avi- 
sado en los negocios arduos, y además afable y compla- 
ciente en su trato. Como tuviese, pues, competencia y emu- 
lación de privanza con otro de su misma gente, ofreció á 
Mitrídates un servicio señalado, cual era el de dar muerte 
á Lúculo. Aplaudióle el Rey, y como de intento le diese 
algunos motivos de fingido enojo y desabrimiento, partió 
para el campo de los Romanos, donde fué de Lúculo benig- 
namente recibido, porque habia de él grande noticia en el 
ejército, y haciéndose lugar casi desde su llegada en el 
ánimo de aquél con su diligencia y su esmero, continua- 
mente lo tenia á su mesa y se valia de su consejo. Cuando 
le pareció al Dándaro que ya era llegada la ocasión, mandó 
ásus asistentes que le sacaran el caballo fuera del campa- 
mento, y él, siendo la hora del medio dia en que los solda- 
dos descansaban y hacian siesta, se dirigió á la tienda del 
general, bien persuadido do que nadie estorbaría el paso á 



LÓCULO. i4i 

un hombre de confianza que aparentaba tener que comu- 
nicarle un asunto de grande entidad y urgencia. La en- 
trada fué sin tropiezo, y el lance hubiera sido cual podia 
desearle, si el sueño, que á tantos generales ha perdido, 
no hubiera salvado á Lúculo: porque casualmente estaba 
durmiendo; y Menedemo, uno de los que hacian la guardia, 
que se hallaba en la misma puerta, anunció á Oltaco que 
llegaba á mal tiempo, pues hacía muy poco que Lúculo, 
después de tantas vigilias y trabajos se habia entregado al 
descanso; y como no se retírase á su orden, sino que di- 
jese serle forzoso entrar porque quería hablar de un nego- 
cio grave y urgente, enfadado Menedemo, y replicando 
que nada habia más urgente que salvar á Lúculo, le echó 
de allí á empujones. Entró con esto en miedo, y saliendo 
del campamento, montó en su caballo y se volvió al ejér- 
cito de Mitrídates, sin poner por obra su designio: ¡tan 
grande es el poder de la oportunidad para sanar y para 
dañar, no menos en los negocios que en los medica- 
mentos! 

Fué después de esto enviado Sornacio con diez cohor- 
tes á hacer acopio de víveres, y viéndose perseguido por 
Menandro, uno de los generales del Rey, le hizo frente, y 
trabando combate, ahuyentó á los enemigos causándoles 
grandísimo daño. Mandóse de allí á poco con el mismo 
objeto á Adríano, llevando á su disposición bastantes fuer- 
zas, para que pudiera hacer abundante provisión; y Mitrí- 
dates, que no dejó de entenderlo, envió á Menemaco y á 
Mirón, comandante? de considerable núníero de infantes y 
caballos; y á excepción de dos, todos, según se dice, fue- 
ron muertos por los Romanos: pérdida que procuró ocul- 
tar Mitrídates, dando á entender que no habia sido de tanta 
entidad, sino ligera y debida á la impericia de sus genera- 
les; pero Adriano pasó vanaglorioso por delante del cam- 
pamento con muchos carros cargados de bastimentos y de 
despojos, lo que en aquel produjo desaliento, y en los sol- 



i42 PLUTARCO. — ^LA8 VIDAS PARALELAS. 

dados temor y confusión. Determinóse por tanto no aguar- 
dar allí más tiempo; y los de la familia del Rey se adelan- 
taron á querer enviar cómodamente sus efectos y equipa- 
jes, impidiéndoselo á los demás; pero inquietos éstos, los 
atfopellaron en la misma salida y saquearon los equipajes, 
dándoles á ellos muerte. Allí el general Doríalo, que no te- 
nía sobre sí otra cosa de algún precio que la púrpura, pe- 
reció por quitársela; y el sacrificador Hermao fué pisoteado 
en el recinto de la puerta. El mismo Mitrídates, no ha- 
biéndole quedado ni sirviente ni palafrenero alguno, tuvo 
que salir del campamento mezclado con la muchedumbre, 
sin tener ni uno siquiera de sus caballos; y sólo habién- 
dole visto al cabo de tiempo, cuando asi era arrebatado 
por el torrente de aquel tropel, uno de sus eunucos lla- 
mado Tolomeo, que tenía caballo, echó pié á tierra y se lo 
cedió. Porque ya los Romanos le alcanzanban siguiéndole 
de cerca; y por la priesa no habrían dejado de cautivarle, 
yendo ya casi á echarle mano; sino que la codicia y el 
ansia propia de los soldados, quitó á los Romanos una 
presa tras la que andaban largo tiempo habia, sufriendo 
por ella muchos combates y peligros; y á Lúculo le privó 
del verdadero premio de su victoria; pues cuando ya te- 
nían á la vista y estaban para llegar al caballo que le con- 
duela, presentándoseles una de las acémilas que iban car- 
gadas de oro, ó porque el Rey de intento la pusiese do- 
laste á los que le perseguían, ó porque la casualidad lo 
hiciese, detenidos á saquear y robar el oro, altercando 
unos con otros, con este incidente se atrasaron. Ni fué 
éste sólo el daño que en aquella ocasión se originó á 
Lúculo de la avaricia de los soldados; sino que habiendo 
sido apresado el secretario íntimo del Rey, Calístrato, les 
dio orden de que se le llevasen; y los que le llevaban, ha- 
biendo entendido que tenía en el ceñidor quinientos áu- 
reos, le quitaron la vida; y aun tuvo, sin embargo, que 
condescender con que saquearan el campamento. 



LÚCULO. 143 

Tomó los Gabiros y otras muchas fortalezas, habiendo 
descubierto grandes tesoros, y los calabozos donde esta- 
ban presos muchos Griegos y muchas personas de la fami- 
lia reai; á los que teniéndose por muertos, la magnanimi- 
dad de Lúculo no les dio sólo salud, sino resurrección en 
cierta manera y un segundo nacimiento. Fué al mismo 
tiempo cautivada Nisa, hermana de Mitrídates, habiendo 
estado su salvación en su cautiverio; pues las otras her- 
manas y las mujeres, que parecía estar más distantes del 
peligro y con seguridad en Farnacia, perecieron lastimo- 
samente, enviando Mitrídates contra ellas desde su fuga al 
eunuco Baquides. Entre otras muchas se hallaban dos her- 
manas del Rey, Rojana y Estatira, solteras en la edad de 
cuarenta años; y dos de sus mujeres, jonias de origen, 
Berenice de Quio y Monima de Mileto. Era grande la fama 
de ésta entre los Griegos, porque solicitándola el Rey y 
enviándole de regalo quince mil áureos, no se dejó vencer 
hasta que se hicieron los contratos matrimoniales y remi- 
tiéndole éste la diadema la declaró reina. Habia, sin em- 
bargo, pasado su vida en grande amargura; y se lamen- 
taba de su belleza, porque en lugar de marido le habia 
ganado un déspota; y en lugar de matrimonio y casa, la 
fortaleza de un bárbaro; y llevada lejos de la Grecia, los 
bienes esperados np eran más que un sueño, y de aquellos 
verdadero^ estaba careciendo. Llegado, pues, Baquides, 
como les intimase la orden de morir del modo que jk cada 
una le pareciese más fácil y menos doloroso, quitándose la 
diadema de la cabeza, se la ató al cuello y se colgó de 
ella; pero habiéndosele roto inmediatamente, «¡maldito ar- 
rapiezo, dijo, que ni siquiera para esto me has valido!» y 
después de haberla escupido y arrojádola al suelo, alargó 
el cuello á Baquides. Berenice tomó en la mano una taza 
de veneno, y pidiéndole su madre, que se hallaba presen- 
te, la partiese con ella, se la alargó y bebieron ambas. La 
fuerza del veneno fué- bastante para el cuerpo más flaco. 



444 PLUTAnco. — las vidas paralelas. 

pero no acabó con Berenice, que para su constitución no 
había bebido bastante, y como luchase largo rato con las 
ansias de la muerte, tomó Baquides por su cuenta el aho- 
garla. De las hermanas solteras se dice que la una bebió el 
veneno después de haber proferido mil imprecaciones y 
dicterios; y que la otra no pronunció ni una palabra inju- 
riosa ni nada que desdijese de su origen; sino que más 
bien elogió á su hermano, porque en medio de sus peli- 
gros propios no las habia olvidado, y antes habia cuidado 
de que muriesen libres y sin sufrir afrentas. Todas estas 
cosas fueron de sumo disgusto á Lúculo, que era de huma- 
na y benigna condición. 

Continuando en la persecución llegó hasta Talauros; 
pero llevándole cuatro dias de ventaja Mitrídates* que se 
retiraba á la Armenia, acogiéndose á Tigranes, hubo de 
retroceder; y habiendo vencido á los Caldeos y Tibarenos^ 
tomó la Armenia menor, sometió otras fortalezas y ciuda- 
des, y enviando á Apio en legación á Tigranes para recla- 
mar á Mitridates, se encaminó á Amiso, que todavía perma- 
necía cercada. Era la causa de esta dilación el general Ca- 
limaco, que con sus conocimientos en la maquinaria y con 
todas las habilidades y estratagemas que admite un sitio» 
daba mucho en que entender á los Romanos, de lo que más 
adelante tuvo su merecido. Por entonces, burlado á sa vez 
por Lúculo, que en la hora en que los soldados solicitan 
retirarse y descansar dió repentinamente el asalto y tom6 
alguna parte, aunque no grande, de la muralla, salió dé la 
ciudad poniéndole fuego: bien fuese con la mira de que no 
sacasen de ella utilidad alguna los Romanos, ó bien con la 
de facilitar más su fuga; pues lo cierto es que nadie hizo 
alto en los que por el mar se retiraban. Cuando ya la 
llama se veia discurrir en globos por el muro, y los solda- 
dos se aparejaban al saqueo, Lúculo, lamentándose de la 
ruina de la ciudad, clamaba desde afuera por auxilio con- 
tra el incendio, y exhortaba á que le apagasen; pero de 



LÚCULO. i4l> 

nadie era escuchado, porque todos estaban entregados á 
buscar en qué cebar la codicia, y agitaban las armas con 
grande vocería; tanto, que violentado de este modo, hubo 
de condescender con su deseo por si asi libertaria á la ciu- 
dad del incendio; mas ellos hicieron todo lo contrario: pues 
mientras todo lo registran con hachas, llevando fuego por 
todas partes, quemaron las más de las casas: de manera 
que entrando Lúculo á la mañana siguiente, se echó á llo- 
rar, hablando así á sus amigos: «Muchas veces consideré 
la felicidad de Sila; pero hoy es cuando principalmente 
admiro su buena dicha: pues que queriendo salvar á Ate- 
nas, fué bastante poderoso para conseguirlo; y yo cuando 
deseaba aquí imitarle, algún mal Genio me ha hecho in- 
currir en la mala opinión de Mumio.» Esforzóse, sin em- 
bargo, á reparar la ciudad de aquella calamidad; y por 
de contado por un feliz acaso una lluvia que sobrevino al 
tiempo mismo de ser tomada, apagó el incendio; y él sin 
salir de allí reedificó el mayor número de casas arruinadas; 
dio acogida á los Amlsenos que hablan huido, y estableci- 
miento á los demás Griegos que quisieron acudir, seña- 
lándoles un término de ciento y veinte estadios. Era esta 
ciudad, colonia de los Atenienses, fundada en aquellos 
felices tiempos en que floreció su poder, teniendo el domi- 
nio del mar; y aun por esto muchos, huyendo de la tiranía 
de Aristion, trasladándose allá por mar, fijaron en ella su 
residencia, sucediéndoles que por evitar los males propios 
tuvieron que sufrir los ajenos. De estos, pues, á los que 
quedaron salvos los vistió Lúculo decentemente, y dando 
á cada uno doscientos dracmas, los restituyó á su casa. 
Fué también cautivado en aquella ocasión Tiranion el gra 
mático: pidióle Murena; y habiéndole sido entregado, le dio 
libertad, usando iliberalmente de aquel don: pues no en- 
traba en la idea ni en la voluntad de Lúculo que un hom- 
bre codiciado por su saber, fuese hecho esclavo primero 
y después libre: porque realmente aquel no fué acto de 
TOMO m. iO 



146 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

darle la libertad, sino de quitársela. Bien que no es esta la 
única vez en que Murena se mostró muy distante de la de- 
licadeza y pundonor de su general. 

Dirigióse entonces Lúculo á las ciudades del Asia, para 
hacer, mientras se hallaba desocupado de los negocios mi- 
litares, que participasen de la justicia y de las leyes: be- 
neficios de los que los increíbles é inexplicables infortu- 
nios pasados habían privado por largo tiempo á la provin- 
cia; siendo saqueada y esclavizada por los alcabaleros y 
logreros, que reducían á los naturales al extremo de ven- 
der en particular los hijos de buena figura y las hijas don- 
cellas, y en común las ofrendas, las pinturas y las esta- 
tuas sagradas; y ellos al fin venían á sufrir la suerte de ser 
entregados por esclavos á los acreedores. Y lo que á esto 
precedía, los píes de amigo, los encierros, los potros, las 
estancias á la inclemencia, en el verano al sol y en el in- 
vierno al frío, entre el barro y el hielo, era todavía más 
duro é insoportable; de manera que la esclavitud en su 
comparación era paz y alivio de miserias. Observando, 
pues, Lúculo estos males en las ciudades, en breve tiempo 
libertó de ellos á los que los experimentaban: porque en 
primer lugar mandó que ninguna usura pasase del uno por 
ciento; en segundo dio por acabadas las que habían lle- 
gado á exceder el capital; y en tercero, que fué lo más 
importante, dispuso que el prestamista disfrutase la cuarta 
parte de las rentas del deudor; y á aquel que incorporaba 
las usuras con el principal, lo privó del todo: de manera 
que en el breve tiempo de cuatro años se extinguieron to- 
dos los créditos, y las posesiones quedaron libres á sus 
dueños. Eran estas deudas públicas, y provenían de los 
veinte mil talentos en que Sila multó al Asia: él duplo, 
pues, de esta cantidad fué el que se pagó á los acreedo- 
res, que con las usuras la habían ya hecho subir á la suma 
deciento veinte mil talentos. Estos, pues, como si les hu- 
biese hecho el mayor agravio, clamaban en Roma contra 



• LúcuLO. 447 

Láculo, y con dinero concitaron contra él á muchos de los 
demagogos, siendo gente de gran poder, y qne tenian á in 
devoción á muchos de los que mandaban; pero con todo, 
Lúculo no solamente se ganó el amor de los pueblos á 
quienes hizo beneficios, sino que era deseado de las demdis 
provincias, que tenian por felices á aquellas á quienes 
habia cabido la suerte de tal gobernador. 

Apio Claudio, el enviado en legación á Triganes, que era 
hermano de la mujer con quien entonces estaba casado 
Lúculo, al principio fué de los guias del Rey conducido 
por la tierra alta, siguiendo un camino de muchos diás, 
que hacía grandes y no necesarios rodeos, hasta que mos- 
trándole uno de sus libertos. Siró de nación, otro camino 
derecho, se apartó de aquel primero largo y torcido, des- 
pidiendo á los conductores regios; con lo que en breves 
dias se puso al otro lado del Eufrates, y llegó á Antioqdía 
la de Dafne. Mándesele que esperara á Tigranes, porque 
se hallaba ausente, ocupado en subyugar algunas ciudades 
de la Fenicia; y él en tanto ganó á algunos de los grandes, 
que de mala gana obedecian á un Armenio, siendo uno de 
ellos Zarbieno, rey de la Gordiena; y á muchas ciudades 
de las sojuzgadas, que reservadamente le enviaron mén- 
sajeros, les ofreció el auxilio de Lúculo, encargándoles 
que por entonces disimulasen y se estuviesen quedas. Por- 
que ¿ los Griegos no era tolerable, sino más bien dijrb y 
molesto, el imperio de los Armenios, y sobre todo él del 
Rey, cuyo orgullo y altanería no tenía límites, pareciéb- 
dole que todo cuanto bueno apetecen y admiran los hom- 
bres, ó dimanaba de él, ó por cosideracion suya lo dis- 
frutaban: pues habiendo empezado por esperanzas muy 
pequeñas y de ningún momento, habia sujetado muchas 
gentes, habia humillado más que otro alguno^él poder de 
los Persas, y habia llenado de Gríbgos.'la Mesopotamia^ sa- 
cando desterrados á muchos, ora de la Cihdfa y ora déla 
Capadocia. llovió también dis sus asientos á los Árabes 'Es- 



i48 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

oenítas, trasplantándolos y estableciéndolos cerca de su re- 
sidencia, para bacer por medio de ellos el comercio. Los 
reyes que le servían eran mucbos, y á cuatro los tenía 
siempre cerca de sí como pajes ó escuderos; los cuales 
cuando iba á caballo corrían á su lado á pié con solas las 
túnicas, y cuando se sentaba á dar audiencia se colocaban 
jundo á su trono, teniendo plegadas una con otra las ma- 
nos: postura que entre todas parece serla más característica 
de la servidumbre, como de hombres que abdican la liber- 
tad y se muestran más dispuestos á sufrir que á obrar. 
Mas á Apio nada le impuso, ni le causó admiración aquella 
ostentación teatral, sino que apenas fué admitido á la au- 
diencia, le dijo sin rodeos que el objeto de su misión era 
reclamar á Mitridates debido á los triunfos de Lúculo, ó 
intimar á Tigranes la guerra; de manera que por más que 
éste afectó serenidad y sonrisa en el semblante para oir el 
mensaje, todos echaron de ver que le habia inmutado el 
desenfado de aquel joven; quizá porque no habia escuchado 
otra palabra libreen veinticinco anos, pues otros tantos lle- 
vaba de reinar, ó más bien, tiranizar y oprímir. Respondióle, 
pues, que no entregaba á Mitridates, y se defenderla de los 
Romanos, autores de aquella guerra. Ofendido de Lúculo 
porque en la carta le llamó Rey solamente, y no Rey de 
reyes, en la respuesta no le dio tampoco el título de Em- 
perador. Envió, sin embargo, á Apio presentes de gran va- 
lor; y como no los recibiese, le envió todavía otros mayo- 
res; de los cuales Apio, porque no pareciese que por ene- 
mistad los desdefiaba, tomó solamente una taza, volvién- 
dole los demás, y á toda priesa partió en busca del ge- 
neral. 

Tigranes al principio ni siquiera se dignó de ver á 
Mitridates, ni de admitirle á su audiencia, con ser un deu- 
do suyo, despojado de tan poderoso reino; sino que le tra- 
tó con ignominia y desprecio, teniéndole como en custodia 
en un país pantanoso y malsano; pero entonces le envió á 



LÓCULO. 149 

llamar con aprecio y benevolencia; y teniendo ambos con-., 
ferencias secretas en el palacio, de los celos y sospechas 
que mutuamente se hablan dado el uno al otro, se descar- 
garon sobre sus amigos, atribuyéndoles á éstos la culpa. 
Era uno de ellos Metrodoro Escepsio, varón elocuente, de 
grande instrucción, y que habia llegado á tal grado de 
amistad, que comunmente se le daba el nombre de padre . 
del Rey; y habiendo sido á lo que parece enviado de em* 
bajador por Mitridates para rogar á Tigranes le auxiliase . 
contra los Romanos, preguntóle éste: <cY tu, Metrodoro, 
¿qué es lo que en este punto me aconsejas? Y entóces él, 
bien fuera porque sólo atendiese al bien de Tigranes, ó 
bien porque no desease que Mitridates saliese á salvo, le . 
respondió que como embajador se lo rogaba, y como sa 
consejero se lo disuadía. Refírióselo Tigranes á Mitridates 
en el concepto de qué no le vendría mal á Metrodoro; pero 
él al punto le dio muerte, tomando de ello gran pesar Ti- , 
granes, sin embargo de que no tuvo toda la culpa de esta 
desgracia de Metrodoro: pues realmente no hizo más que 
dar nuevo calor á la displicencia y encono con que ya le 
miraba Mitridates; lo que más claramente se descubrió 
cuando ocupados sus papeles reservados, se halló en; 
ellos la orden de hacer perecer á Metrodoro. Dio Tigranes 
honorífica sepultura á su cadáver, no excusando gasto ai-^-. 
guno para con un muerto á quien vivo habia hecho una 
traición. Murió también en la corte de Tigranes el orador 
Anfícrates, de quien si hacemos memoria es sólo por co.Q7^> 
sideración á Atenas. Dicese, pues, de él que huyó á Seleq- . 
cia del Tígrís, donde habiéndosele rogado que hiciese uso 
de su arte, los desdeñó con altanería, respondiendo que^; 
un delfin no cabo en uo plato: que habiendo pasado de allí 
al palacio de Gleopatra, hija de Mitrídat^ y mujer de Ti- 
granes, se le levantó inmediatamente una calumnia; y 
como por ella se le prohibiese el trato con los Gríegos, de 
hambre se quitó la vida; y finalmente, que Gleopatra le se- 



iSO PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

poltó con magnificeDcia, estando enterrado en Safa, qae 
eácomo se llama naa da aquellas aldeas. 

Lúeulo si procuró dar á las ciudades del Asia las mayo* 
res pruebas de benevolencia y hacerlas gozar de las deli- 
cias de la paz, no por eso se olvidó de las cosas de placer 
y regocijo; sino que deteniéndose en Efeso, cuidó de ga-" 
narse su afecto con pompas y festejos de victoria, y con 
lucfhas y combates de gladiatores, y ellas en justo retorna 
cdebraron juegos que llamaron Luculeyos, y le corres- 
pondieron con un amor verdadero, más satisfatorio que 
aquella honra. Mas luógo que llegado Apio se enteró d& 
qáe habia que entrar en guerra con Tigranes, marchó otra 
vez al Ponto con su ejército, y puso sitio á Sinope, ó por 
nf^or decir, á los Cilicefios subditos del Rey, que entóace8> 
lar ocupaban; los cuales dando muerte á muchos Sinopen- 
ses, y poniendo fuego á la ciudad, huyeron en aquella no- 
chef. Entró Lúculo luego que lo supo, y á unos ocho mil qua 
habian quedado los pasó al filo de la espada; adjudicando 
19(8 éasas á los demás que no eran de ellos, y tomando la 
ciudad bajo su especial amparo, á causa principalmente 
dé una visión que tuvo, y fué en esta forma: Parecióle en- 
tre sueños que se le ponia uno al lado y le gritaba: ade^ 
latnta, Lúculo, un poco, porque viene Autolioo, quetien& 
que tratar contigo. Levantándose, pues, ne supo á qué 
referir aquella aparición, ni qué significaba; pero tomanda 
Id^ ciudad en aquel mismo dia, cuando perseguía i los Cili- 
ceños que se embarcaban, vio en la ribera una estatua 
tendida en el suelo, que los Giliceños con la priesas no pu- 
dieron llevarse; Era una de las obras más primorosas de 
Efetenidas; y no faltó quien declarase que aquella estatua 
eirá de Autolico, fundador de Sinope. Dícese de este Auto- 
licé que fué hijo de Deimaco, y con Hércules partió de la 
Tesalia á hacer la guerra á las Amazonas; que navegando 
de allí después con Demoleonte y Flogio, perdió su nave,, 
por haberse estrellado en el promontorio del Quersoneso,. 



LÚGULO. 151 

llamado Pedalio; y que habiendo llegado salvo á Sinope 
con sus armas y sus amigos, arrebató á los Siros la ciudad; 
pues la poseyeron, según se dice, los Siros descendientes 
de Siró, hijo de Apolo y de Sinope Asopide: oida la cual re- 
lación, no pudo menos Lúculo de traer á la memoria la ad- 
vertencia de Sila; quien previene en sus Comentarios que 
nada tenia por tan digno de fe y tan seguro como lo que se 
le significaba en los sueños. Al oir ;alli que Mitrídates y Ti- 
granes tocaban ya casi con su ejército en la Licaonia y la 
Cilicia para ser los primeros en invadir el Asia, tuvo por muy 
extráñala conducta de aquel Armenio, que si pensaba en ha- 
cer frente á los Romanos, no se valió para la guerra de Mi- 
trídates todavía floreciente, ni juntó sus fuerzas con las 
de éste en los dias de su prosperidad; y ahora cuando 
habia dejado que fuese arruinado y deshecho, sobre tibias 
y flacas esperanzas comenzaba la guerra, uniéndose con 
los que no podian volver en sí. 

En esto Macares, hijo de Mitrídates, que ocupaba el Bós- 
foro,.le envió una corona de valor de mil áureos, pidiéndole 
le tuviese por amigo y aliado de los Romanos; y entonces, 
dado ya por íenecida la primera guerra, dejó áSornacio en 
custodia de la región del Ponto con seis mil soldados; y él, 
conduciendo doce mil infantes y unos tres mil caballos, cor- 
rió á la segunda guerra, pareciendo que con un arrojo ex- 
traño, y en el que no entraba por nada la cuenta 
de su salud, se precipitaba entre naciones belicosas 
entre muchos millares de caballos, y á un país de in- 
terminable extensión, circundado de ríos profundos y de 
montañas cubiertas siempre de nieve: tanto, que los solda- 
dos, que ya no observaban la mejor disciplina, le seguian 
con disgusto y violencia; y en Roma los tribunos de la 
plebe clamaban y se quejaban altamente de que Lúculo pa- 
saba de una guerra á otra, sin conveniencia de la república» 
no deponiendo nunca las¡armas por no quedar sin mando^y 
haciéndose rico y opulento con los peligros públicos; mas 



452 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

éstos con el tiempo al cabo se salieron con su propósito. 
Lúculo en tanto caminó á Inarchas forzadas al Eufrates, y 
encontrándole salido de madre y turbio con la lluvia, tuvo 
sumo disgusto por la detención que habia de causarle en 
reunir barcos y construir lanchas; pero habiendo empe- 
zado por la tarde á ceder la inundación y bajado mucho 
por la noche, al amanecer ya el rio se mostró muy reco* 
gido. Los del país, advirtiendo en medio del álveo unas 
isletas, y que la corriente se detenia plácidamente en 
ellas, se postraban ante Lúculo, porque aquello no habia 
sucedido antes sino muy pocas veces, y porque el rio se le 
mostraba benigno y apacible, ofreciéndole un paso des- 
cansado y fácil. Aprovechando, pues, la ocasión, pasó el 
ejército; y en el acto de pasar tuvo una señal muy fausta. 
Críanse vacas sagradas de Diana Pérsica, que es la Diosa 
de mayor veneración para los bárbaros del otro lado del 
Eufirates. No hacen uso de estas vacas sino para los sacri- 
ficios: por lo demás, yerran libres por los pastos, llevando 
impresa la señal de la Diosa, que es una antorcha; y 
cuando las han menester no es cosa fácil ni de pequeño 
trabajo el echarles mano. Una de estas, encaminándose 
mientras el ejército pasaba á una peña consagrada según 
se cree á la Diosa, se paró en ella; y bajando la cabeza 
como las que son tiradas con cuerda, se ofreció así á 
Lúculo paira que la sacrifícase; y hecho, sacrificó también 
un toro al Eufrates en reconocimiento del feliz tránsito. 
Descansó aquel día; pero al otro y demás siguientes conti- 
nuó su marcha por la Sofena, sin causar perjuicio á los ha- 
bitantes, que saliéndole al encuentro hacian muy buena 
acogida al ejército; y aun queriendo los soldadas ocupar 
un fuerte en que á su entender habia grandes riquezas: 
«aquel, les dijo, es el fuerte de que nos hemos de apode- 
rar (mostrándoles el monte Tauro á lo lejos), que este otro 
reservado queda á los vencedores;» y apresurando aun 
más la marcha, pasó el Tigris, y entró en la Armenia. 



LÚGULO. 153 

Tígranes^ al primero que le anunció la venida de Lúculo, ea 
lugar de mostrársele contento, le cortó la cabeza; con lo 
que ninguno otro volvió á hablarle palabra, sino que per- 
maneció en la mayor ignorancia, quemándose ya en el 
fuego enemigo, y no escuchando sino el lenguaje de la li- 
sonja, que le decia que aun se mostraría Lúculo insig- 
ne general si aguardaba en Efeso á Tigranes y no daba á' 
huir inmediatamente del Asia al ver tantos millares de 
hombres. Así, al modo que no es para cualquiera cuerpo 
el aguantar la inmoderada bebida, en la propia forma no 
es de cualquiera juicio el no perder la prudencia y el tino' 
en la excesiva prosperidad. Con todo, el prímero de sus ' 
amigos que se atrevió á decirle la verdad fué Mitro- 
barzanes; el cual no alcanzó tampoco el más envidiable 
premio de su sincerídad: porqtfe al punto se le mandó con- 
tra Lúculo con tres mil caballos y mucha infantería, y lle- 
vando la orden de traer vivo al generar y de deshacerse 
á puntillazos de todos los demás. El ejército de Lúculo, 
parte se hallaba ya acampado, y parte estaba todavía' 
en marcha: anunciándole, pues, sus avanzadas la venida 
del bárbaro, teniió no los sorprendiese cuando se ha-¿ 
liaban separados y fuera de orden. Quedóse por tanto 
disponiendo el campamento; y envió al legado Sexti- 
lio con mil y seiscientos caballos, y con pocos más 
entre infantería y tropas ligeras, dándole orden de llegar "' 
hasta cerca de los enemigos y hacer allí alto, hasta saber ' 
que ya estaba acampada toda la tropa que con él quedaba. 
Sextilio bien quería atenerse ala orden; pero no pudo 
menos de venir á las manos, precisado de Mitrobarzanesa 
que le cargó con el mayor arrojo. Trabado el combate, Mi- 
trobarzanes murió peleando; y dando á huir los demás, pe- 
recieron asimismo todos, á excepción de muy pocos. Tigra- ' 
nes, á consecuencia de este suceso, abandonó á Tigrano- 
certa, ciudad populosa, fundada por él mismo; y se retiró 
al monte Tauro para reunir allí grandes fuerzas de todas, ' 



154 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

partes. Mas Lúculo, no queriendo dar tiempo á estas dispo- 
síciones, envió á Murena para dispersar y cortar á los que 
trataban de unirse con Tigranes, y á Sextilio para conte- 
ner una gran muchedumbre de Árabes que se encaminaban 
también al campo del Rey; y á un mismo tiempo Sextilio, 
dando sobre los Árabes cuando iban á acamparse, acabó 
cqn la mayor parte ae ellos; y Murena yendo en el alcance 
de Tigranes, al pasar un barranco estrecho con un ejército 
tan numeroso, le sorprendió en la mejor coyuntura. Tigra- 
nes, pues, huyó, abandonando todo aquel aparato; y de los 
Armenios muchos ipurieron, y otros en mayor número 
quedaron cautivos. 

Sucediéndole tan felizmente las cosas, movió Lúculo 
para Tigranbcerta, y acampándose en rededor, le puso 
sitio. Hallábanse en aquella ciudad muchos Griegos de los 
trasplantados de la Cilicia; muchos bárbaros que habían 
tenido la misma suerte, Adiabenos, Asirlos, Gordianos y 
Gapadocios, á los que arruinando sus patrias, y arrancán- 
dolos de ellas, los habia obligado á fijar allí su residencia. 
Estaba la ciudad llena de caudales y de ofrendas, no ha- 
biendo particular ni poderoso que no se afanara por aga- 
sajar al Rey para el incremento y adorno de ella. Por esta 
misma causa Lúculo estrechaba con vigor el sitio, te- 
niendo por cierto que Tigranes no podría desentenderse, 
sino que con el enojo acudiría á dar batalla, contra lo que 
tenia meditado; y ciertamente no se engañó. Retraíale sin 
embargo con empeñó Mitrídates, enviándole mensajeros y 
c^tas para que no trabara batalla, bastándole el intercep- 
tar los víveres con su numerosa caballería, y rogábale 
también encarecidamente Taxiles, enviado con tropas de 
parte del mismo Mitrídates, que se guardase y evitase 
como cosa invencible las armas romanas. Y al principio 
los escuchó benignamente; pero después que con todo su 
poder se le reunieron los Armenios y Gordianos; que con 
todas sus fuerzas se presentaron asimismo sus respectivos 



LÚCULO. 155 

reyes, trayendo á los Medos y Adiabenos; que vinieron . 
muchos Árabes de (la parte del mar de Babilonia, mu- 
cbos Albaneses del Caspio é Iberos incorporados con 
los Albaneses, y que concurrieron no pocos de los que sin 
ser de nadie regidos apacientan sus ganados en las orillas 
del Araxes. atraídos con halagos y con presentes; entonces 
ya en los banquetes del Rey y en sus consejos todo era 
esperanzas, osadía y aquellas amenazas propias de los 
bárbaros; habiendo estado Taxiles muy á pique de perecer, 
por haber hecho alguna oposición á la resolución de pe-* 
leiar; y aun se entró en sospechas de que Mitridates poi: 
envidia se oponia á aquella brillante victoria. Asi es que Ti-, 
granes no le aguardó, para que no participase de la gloria;, 
y poniéndose en marcha con todo su ejército, se lamen-r 
taba, según se dice, con sus amigos de que aquel combate 
hubiera de ser con sólo Lúculo y no con todos los gene-, 
rales romanos que se hallasen allí juntos. Y en verdad 
que aquella confianza no era loca ni vana, al ver tantas 
naciones y reyes como le seguían, tan numerosa infante- 
ría, y tantas millaradas de caballos: porque arqueros y 
honderos llevaba veinte mil, soldados de á caballo cin- 
cuenta y cinco mil, y de éstos diez y siete mil con cotas 
y. otras piezas de armadura de hierro, según lo escribió 
Lúculo al Senado; infantes, ya de los formados en cohor- 
tes, y ya de los que componían la batalla, ciento, cincucj^ta 
mil; camineros, pontoneros, acequieros, leñadores y sir^ 
vientes para todos los demás ministerios, treinta y cinco 
mil; los cuates formando á espalda de los que peleaban, no 
dejaban de contribuir á la visualidad y á la fuerza. 
, Cuando pasado el Tauro llegaron á descubrirse sus in-. 
mensas fuerzas, y él divisó el ejército de' los Romanos 
acampado ante Tigranocerta, el tropel de bárbaros que ha- 
bla dentro de la ciudad recibió su aparecimiento con grande 
alboroto y gritería; y con amenazas mostraba á los Roma- 
nos desde la muralla las tropas armenias. Púsose Lúculo 



156 «.OTARCO. — LAS YIOAS PARALELAS. 

á deliberar sobre el partido que debía tomarse; y anos le 
aconsejaban que marchara contra Tigranes, abandonando 
el sitio; otros qoe no dejara á la espalda tantos enemigos 
ni levantara el cerco; mas él, diciéndoles qoe separados ni 
uno ni otro consejo daban en lo conveniente, y juntos sf , 
dividió sus fuerzas, dejando á Murena con seis mil hombres 
para continuar el asedio; y él tomando el resto, que eran 
veinticuatro cohortes con menos de diez mil infantes, toda 
la caballería y unos mil entre hond«x>s y arqueros, mar- 
chó en busca de los enemigos; y poniendo sus reales junto 
al rio en una gran llanura, se mostró á Tigranes objeto 
muy pequeño, siendo para sus aduladores materia de en- 
tretenimiento; porque unos lo ridiculizaban, otros echaban 
suertes sobre los despojos, y cada uno de aquellos reyes y 
generales presentándose á Tigranes le rogaba que aquel 
negocio lo dejara á él solo, contentándose con ser espec- 
tador. Quiso también éste hacer del gracioso y burion, 
pronunciando aquel dicho ya tan vulgar: «para embajado- 
res son muchos, para soldados muy pocos:i» así estuvieron 
buriándose y divirtiéndose por entonces. Al amanecer sacó 
Lúculo su ejército armado: el de los enemigos se hallaba 
al Oriente del rio. Daba allí éste un rodeo hacia Poniente, 
y era por aquella parte por donde podia pasarse mejor: así, 
conduciendo apresuradamente sus tropas en dirección 
opuesta, se le figuró á Tigranes que huia, y llamando á Ta- 
^es, le dijo riendo á carcajadas: «¿No ves cómo huye esa 
invicta infantería romana?i» Y entonces Taxiles: «¡Ojalá hi- 
ciera vuestro buen Genio, oh Rey, ese milagro! pero no se 
visten los hombres de limpio para las marchas, ni usan de 
escudos acicalados, ni de morriones desnudos como ahora, 
quitando sus fundas á las armas; sino que aquella brillantes 
es de soladados que buscan pelea, dirigiéndose de hecho 
contra los enemigos.» Decia esto Taxiles cuando ya la pri- 
mera águila, que era la de Lúculo, había dado la vuelta, y 
las cohortes ocupaban sus puestos para pasar el rio; y en- 



LÚGULO. 157 

tónces Tigranes, como quien se recobra con pena de una 
profunda embriaguez, exclamó por dos ó,tres veces: «(¿Es 
posible que vienen contra nosotros?» De manera que aquella 
muchedumbre se formó con grande atropellamiento en ba- 
talla, tomando el Rey para sí el centro, y dando de las alas 
la izquierda al Adiabeno y la derecha al Medo, en la que á 
vanguardia se hallaba, la mayor parte de los coraceros. 
Cuando Lúculo se disponia á pasar el rio, algunos de los 
otros caudillos le advirtieron que debia guardarse de aquel 
dia, por ser uno de los nefastos, á los que llaman negros: 
por cuanto en él había perecido el ejército de Cepion en lid 
con los Cimbros; pero él les dio aquella tan celebrada res- 
puesta: apues yo haré este dia afortunado para los Roma- 
nos:» era el que precedía á las nonas de Octubre. 

Dicho esto, y mandando tener buen ánimo, pasó el rio,, 
marchando el primero contra los enemigos, vestido con 
una brillante cota de hierro con escamas, y una sobrevesta 
eon rapacejos. Ostentaba ya desde allí la espada desenvai- 
nada, como que tenía que apresurarse á venir á las manos 
con hombres hechos á pelear de lejos, y le era preciso 
acortar el espacio propio para armas arrojadizas con la ce- 
leridad de la acometida; y viendo á la caballería de cora- 
ceros, con que se hacía tanto ruido, defendida de un colla- 
do cuya cima era suave y llana, y cuya subida, que sería 
de cuatro estadios, no era difícil ni tenía cortaduras, dio 
orden á los soldados de caballería Tracios y Gálatas que 
tenía á su mandado, de que acometiéndoles en oblicuo 
desviaran con las espadas los cuentos de las lanzas; porque 
en ellos estaba el todo de la fortaleza de aquellas gentes; 
no pudiendo nada fuera de esto, ni contra los enemigos ni 
para sí, á causa de la pesadez é inflexíbilidad de su arma- 
dura, con la que parecían aprisionados. Tomó en seguida 
dos cohortes, y se dirigió al collado, siguiéndole alentada- 
mente la tropa, al ver que él marchaba el primero á pié,, 
armado y decidido á batirse. Luego que estuvo arriba^ 



4S8 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

puesto en el sitio más eminente, «vencimos, exclamó en voz 
sita; vencimos, camaradas;» y al punto cayó sobre los cora- 
ceros, mandando que no hiciesen uso de las picas, sfno 
([ue tirándolas al suelo hirieran á los enemigos en las pier- 
nas y los muslos, que es lo único que los armados no tie- 
nen defendido. Mas estuvo de sobra esta prevención, por- 
que no aguardaron la llegada de los Romanos; sino que al 
punto, levantando espantosos alaridos, dieron á huir con 
la más vergonzosa cobardía, y ellos y sus caballos con sus 
"pesadas armaduras cayeron sobre su misma infantería an- 
tes que ésta hubiese entrado en acción: de modo que sin 
una herida, y sin haberee derramado una gota de sangre, 
quedaron vencidos tantos millares de miles de hombres; y 
si fué grande la matanza en los que huian, aun fué mayor 
«n los que querían y no podían huir, impedidos entre sí 
por lo espeso y profundo de la formación. Tigranes, dando 
á correr desde el principio, escapó con algunos pocos, y 
viendo que á su hijo le cabía la misma suerte, quitándoee 
la diadema de la cabeza, se la entregó con lágrimas, man- 
dándole que por otra vía se salvara como pudiese. No se 
atrevió aquel joven á ceñirse con ella las sienes, sino que 
la dio á guardar á uno de los mancebos de quien más se 
fiaba; y como después éste por desgracia cayese cautivo, 
entre los demás que lo fueron lo fué también la diadema 
de Tigranes. Dícese que de los infantas murieron más de 
den mil hombres, y de los de á caballo se salvaron muy 
pocos: los Romanos tuvieron cien heridos y cinco muer- 
tos. Antioco el Filósofo^ haciendo mención de esta batalla 
en su obra sobre los Dioses, dice que el sol no vio otra 
semejante; Estrabon, otro filósofo, dice en sus memorias 
históricas que los mismos Romanos estaban avergonzados 
y se reían de sí mismos por haber tomado las armas con- 
tra semejantes esclavos; y Livio refiere quQ nunca los Ro- 
manos habían sido tan inferiores en número á los enemigos; 
porque apenas los vencedores eran la vigésima parte, sino 



LÚGULO. 459 

menos todavía, de los vencidos. De los genérales romanos 
los más inteligentes, y que en más acciones se habian ha- 
llado, lo qae principalmente celebraban en Lúculo era ha- 
ber vencido á los reyes más poderosos y afamados con dos 
medios encontrados enteramente, cuales son la prontitud y 
la dilación: porque á Mitrídates, que se hallaba pujante, lo 
destruyó con el tiempo y la tardanza; y á Tigranes lo que- 
brantó con el aceleramiento: siendo muy pocos los gene- 
rales que como él hayan tenido una precaución activa y un 
arrojo seguro. 

Por esto mismo Mitrídates no sé halló en la batalla: pues 
pensando que Lúculo hacía la guerra con su acostumbrado 
sosiego y detención, caminaba muy despacio á unirse con 
Tigranes; y desde luego encontrándose en el camino con 
algunos Armenios que marchaban precipitadamente dando 
indicios de miedo, conjeturó lo sucedido; pero después 
tropezando ya con muchos desnudos y heridos, enterado 
de la derrota, se dirigió á buscar á Tigranes. Hallóle aban- 
donado de todos y abatido; y lejos de afíadirle aflicción, 
echó pié á tierra, y llorando las comunes desgracias, le 
cedió la familia que le acompafiaba» dándole ánimo paralo 
futuro: así más adelante volvieron á juntar nuevas fuerzas. 
En Tigranocerta los Griegos se sublevaron contra los -bár- 
baros, y trataban de abrir las puertas á Lúculo, que apro- 
vechando tan oportuna ocasión, tomó la ciudad. Apode- 
róse de los tesoros del Rey que en ella habia; pero entregó 
al saqueo de los soldados la ciudad misma; en la que sin la 
demás riqueza se encontraron ocha mil talentos en mo- 
neda acuñada; y sobre todo esto aun distribuyó del botin 
ochocientas dracmas á cada soldado. Habiéndosele d«do 
cuenta de haberse cogido muchos farsantes y profeso- 
res de las artes de Baco, que Tigranes recogia por 4o- 
todas partes con el objeto de abrir un teatro que habia 
construido, ise valió de ellos para los combates y juegos 
con que celebró su victoria. A los Griegos los remitió ásu 



160 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

respectiva patria socorriéndolos con algún viático; y otro 
tanto ejecutó con los bárbaros, á quienes se habia obligado 
á emigrar; de lo que resultó que deshecha una ciudad, se 
repoblaron muchas, volviendo á recibir sus antiguos habi- 
tantes: beneficios por el que veneraron á Lúculo como á 
su favorecedor y bienhechor. Sucedían también próspera- 
mente todas las demás cosas á este insigne varón, que 
apetecía más las alabanzas dadas á la justicia y á la huma- 
nidad, que no las que se tributaban á sus triunfos militares: 
porque en óstos tiene no pequeña parte el ejército, y la 
mayor es de la fortuna; cuando los otros hechos son prue- 
bas de un ánimo benigno y bien educado; con cuyo medio 
iba Lúculo conquistando á los bárbaros sin armas. Porque 
los reyes de los Árabes vinieron á buscarle, haciéndole 
entrega de sus cosas; la nación de los Sofenos se hizo de su 
partido; y la de los Gordianos llegó hasta el punto de que- 
rer abandonar sus ciudades y seguirle con sus mujeres, 
con este motivo: Zarbieno, rey de ios Gordianos, trató se- 
cretamente con Lúculo por medio de Apio, según que ya 
dijimos, de hacer alianza con los Romanos, no pudiendo 
sufrir la tiranía de Tigranes; pero habiendo sido denuncia- 
do, perdió la vida, y juntamente sus hijos y su mujer, antes 
que aquellos penetrasen en la Armenia. No los echó, pues, 
Lúculo en olvido; sino que pasando al país de los Gordia- 
nos, celebró las exequias de Zarbieno, y adornando la pira 
con aparato regio en ropas y en oro, con otras preseas de 
los despojos de Tigranes, él mismo le prendió fuego é in- 
fundió en ella las libaciones con los deudos y familiares 
del difunto, apellidándole amigo suyo y aliado de los Ro- 
manos. Dispuso también que á toda costa se le levantara 
un suntuoso y magnifico monumento; habiéndose encon- 
trado muchas preciosidades y oro y plata en los palacios de 
Zabierno; en los que habia además trescientas mil fanegas 
de trigo, de lo que se aprovecharon los soldados; y Lúculo 
tuvo la gloria de que sin tomar ni una dracma del erario 



LÓCULO. 161 

público, con la misma guerra sostenía los gastos de ella. 

Allí también recibió embajada del rey de los Partos, im- 
plorando su amistad y alianza, cosa muy grata á Lúculo; 
quien á su vez envió otra embajada al Parto; pero los men- 
sajeros le descubrieron que éste queria estar á dos haces, 
y que secretamente pedia á Tigranes la Mesopotamia por 
precio de sus socorros. Luego que lo entendió Lúculo, re- 
solvió dejar por entonces á un lado á Tigranes y Mitrídates 
como rivales ya humillados, y probar sus fuerzas con la de 
los Partos, marchando contra ellos: teniendo á gran gloria 
con el ímpetu de una sola guerra postrar uno tras otro, 
como un atleta, á tres reyes, y salir invicto y triunfante de 
los tres más poderosos caudillos que habia debajo del sol. 
Envió, pues, cartas á Sornacio, que quedó en el Ponto, 
mandándole traer aquellas tropas para mover de la Gor- 
diena; pero aquellos jefes que ya antes hablan hecho al- 
guna experiencia de la indocilidad é inobediencia de los 
soldados, entonces recibieron pruebas de su absoluta in- 
subordinación; pues no pudieron encontrar medio alguno, 
ni de blandura ni de violencia, para hacerles marchar, y 
antes les gritaron y protestaron que ni allí querían perma- 
necer, sino irse á casa, dejando aquel punto abandonado. 
Traídas á Lúculo estas noticias, hasta los soldados que 
allí tenía le corrompieron; los cuales se habían vuelto con 
la riqueza perezosos y delicados para la guerra, clamando 
por el descanso; pues luego que el desenfado de los otros 
llegó á sus oídos, decían que aquellos eran hombres, y 
que era preciso imitarlos, habiendo ya ellos ejecutado 
bastantes hazañas, por las que merecían se les dejase sal - 
vos y descansados. 

Sabedor Lúculo de estas proposiciones y de otras toda- 
vía más insolentes, tuvo que abandonar la expedición con- 
tra los Partos, y marchó otra vez contra Tigranes en lo 
más fuerte del estío; y cuando llegó á pasar el monte 
Tauro se desanimó al ver los campos todavía verdes* 

TOMO III. i i 



i62 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

¡tanlo es lo que allí se atrasan las estaciones por la frial- 
dad de la atmósfera! Con todo, pasó adelante, y habiendo 
desbaratado á dos ó tres jefes armenios que osaron opo- 
nérsele, impunemente corría y asolaba el país; y habiendo 
logrado apoderarse de las subsistencias que estaban reco- 
gidas para Tigranes, hizo experimentar á los enemigos la 
carestía y escasez que él habia temido. Provocábalos á ba- 
talla abriéndoles fosos delante de sus mismas trincheras y 
talándoles á su vista el país; y como ni aun así pudiese 
moverlos, por lo intimidados que hablan quedado, levantó 
su campo y marchó contra Artaxata, corte de Tigranes, 
donde se hallaban sus hijos pequeños y sus mujeres legí« 
timas, juzgando que Tigranes sin una batalla no abando- 
naría tan interesantes objetos. Dícese que el cartaginés 
Aníbal, vencido que fué Antioco por los Romanos, se aco- 
gió á Artaxa, rey de Armenia, para quien fué un adiestra- 
dor y maestro muy útil en otros diferentes ramos; y que 
habiendo observado un sitio ameno y delicioso, aunque 
hasta entonces desdeñado é inculto, concibió la idea de 
una ciudad, y llevando á él á Artaxa, se lo manifestó, 
exhortándole á su fundación; en lo que el Rey vino gusto- 
so, y rogándole que dirigiese la obra, habia resultado una 
magnífica y hermosa ciudad, la que tomó del Rey su do- 
minación, y fué declarada metrópoli de Armenia. Como 
Lúculo, pues, se dirígiese contra ella, no pudo sufrirlo 
Tigranes, sino que haciendo marchar su ejército, al cuarto 
dia fijó su campo frente al de los Romanos, dejando en me- 
dio el rio Arsania, que precisamente tenían que pasar los 
Romanos para ir contra Artaxata. Hizo Lúculo sacrificio á 
los Dioses; y como si ya tuviera la victoría en la mano, pasó 
sus tropas en doce cohortes, que formó á vanguardia, y las 
otras doce á retaguai'dia, para evitar el ser cortado por los 
enemigos: porque era mucha la caballería y la gente es- 
cogida que tenía al frente, y aun dolante de éstos se ha- 
llaban colocados los arqueros de á caballo de los Mardos 



LÚCVLO. 163 

y los lanceros de Iberia, en quienes tenía Tigranes la noa- 
yor conflanza como en los más belicosos; mas ellos, sin 
embargo, nada hicieron digno de atención; pues habiendo 
tenido una ligera escaramuza con la caballería romana, no 
aguardaron á la infantería que los cargaba , y huyendo por 
uno y otro lado atrajeron á la caballería en su persecu- 
ción. Al mismo tiempo que éstos desaparecieron, se pre- 
sentó la caballería de Tigranes, y Lúculo, al ver su brillan- 
tez y su muchedumbre, concibió algún temor; por lo que 
hizo volver á la suya del seguimiento, y se opuso el pri- 
mero á la gente de los Sátrapas, que como la mejor for- 
maba contra él, y con sólo el miedo que le impuso, la re- 
chazó antes de venir á las manos. Siendo tres los reyes 
que se hallaron en aquella acción, el que hizo una fuga 
más vergonzosa fué Mitrídates, rey del Ponto, que ni si- 
quiera pudo sufrir la vocería de los Romanos. La persecu- 
ción fué muy dilatada y de toda la noche, de manera que 
los Romanos se cansaron de matar, de cautivar y de reco- 
ger botín. Livio dice que en la primera batalla pereció 
más gente; pero que en esta murieron ó quedaron cauti- 
vos los más ilustres y principales de los enemigos. 

Engreído y alentado Lúculo con estos sucesos, pensaba 
pasar adelante y acabar con Tigranes; pero en el equinoccio 
de otoño, cuando menos lo esperaba, le sobrecogieron co- 
piosas lluvias y nieves, á las que siguieron rigurosas es- 
carchas y hielos, poniéndose los ríos en estado de no po- 
der beber en ellos los caballos por el exceso del frío, y de 
no poder pasarlos, porque rompiéndose el hielo, con lo 
agudo de la rotura les cortaba los nervios. La región por 
lo mAs era sombría, de pasos estrechos y selvosa, lo que 
hacía que se mojasen sin cesar, llenándose de nieve en las 
marchas, y pasando muy mal la noche en lugares húme- 
dos. No eran muchos los dias que llevaban de seguir á 
Lúculo después de la batalla, cuando ya se le resistieron, 
primero con ruegos y enviando el mensaje con los tribu- 



164 PLUTARCO. — LAS VlOAS PARALELAS. 

DOS, y después ya con mayor tumulto y alborotando por 
laa noches en las tiendas, que parece es la señal de un 
ejército sublevado. Hizo cuanto pudo Lúculo para mitigar- 
los, tratando de inspirar en sus ánimos aliento y confianza, 
hasta que tomando la Cartago de Armenia destruyesen la 
obra del mayor enemigo de los Romanos, queriendo signi- 
ficar á Aníbal. Cuando vio que no pudo convencerlos, se 
resignó á retroceder, y repasando el Tauro por otras cum- 
bres, bajó á la región llamada Migdonia, muy fértil y cá- 
lida, y se dirigió á una de sus ciudades, grande y populosa, 
que los bárbaros dicen Nisibis, y los Griegos Antioquia 
Migdóníca. Tenía el gobierno de ésta en el título un her- 
mano de Tigranes llamado Gouras; pero en la habilidad y 
dirección de la maquinaria Calimaco, el mismo que tanto 
dio que hacer á Lúculo en el cerco de Amiso. Circunva- 
lándola, pues, con su ejército, y empleando todos los me- 
dios de un sitio, en poco tiempo se apoderó de ella á viva 
fuerza; y á Gouras, que él mismo se rindió, le trató con 
humanidad; pero á Calimaco, aunque le ofreció revelarle 
depósitos secretos de grandes sumas de dinero, no le dio 
oidos, sino que mandó se le echasen prisiones para que 
pagara la pena del incendio con que abrasó la ciudad de 
los Amisenos: frustrando su beneficencia y el deseo que 
tenía de dar á los Griegos pruebas de su aprecio. 

Hasta aquí parece que la fortuna habia militado con 
Lúculo en sus banderas; pero ya desde este punto, como 
aquel á quien le falta el viento, encontrando oposición en 
todo cuando intentaba, aunque mostró siempre el valor y 
magnanimidad de un gran general, sus hechos no encon- 
traron ni aprecio ni gloria; y aun estuvo en muy poco el 
que no perdiese la antes adquirida, por más que trabajaba 
y se afanaba en vano; de lo que no fué él mismo pequeña 
causa, por no ser condescendiente con la soldadesca, y 
por creer que todo lo que se hace en obsequio de los sub- 
ditos es ya un principio de desprecio y una relajación de 



LÚCULO. 165 

la disciplina: aunque. lo principal era no tener un carácter 
blando, ni aun para con los poderosos é iguales; sino que 
á todos los miraba con ceño, no creyendo que nadie valia 
tanto como él. Pues todos convienen en que entre otras 
muchas calidades buenas tenía esta mala; porque él era de 
gallarda estatura, de buena presencia y elegante en el de- 
cir, asi en la plaza pública como en el ejército. Dice, pues, 
Salustio que los soldados estuvieron descontentos con él 
desde muy luego, en el principio mismo de la guerra con* 
tra Cicico, y después en la de Amiso, por haber tenido 
que pasar acampados doa inviernos seguidos. Mortificá- 
ronlos asimismo los otros inviernos, porque ó los pasaron 
en tierra enemiga ó en campamento también y al raso, 
aunque entre aliados: pues ni una sola vez entró Lúculo 
con su ejército en una ciudad ó griega ó amiga. Estando 
ellos de suyo tan indispuestos, les dieron también calor 
desde Roma los tribunos y otros demagogos, que llevados 
ée envidia, acusaban á Lúculo de que por ambición y ava- 
ricia prolongaba la guerra, y de que sobre reunir él solo 
en su persona la Cilicia, el Asia, la Bitinia, la Paflagonia, 
la Galicia, el Ponto y la Armenia hasta el Fasis, ahora ha- 
bia talado y asolado el reino de Tigranes, como si en 
lugar de someter á los reyes hubiera sido enviado á des- 
pojarlos: que fué lo que dicen le imputó el tribuno Lucio 
Quinto, á cuya persuasión se decretó que se dieran á 
Lúculo sucesores de su provincia: determinándose además 
licenciar á muchos de los que militaban en su ejército. 

A este mal estado de los negocios de Lúculo se agregó 
otra cosa que los acabó de echar á perder; y fueron las 
instigaciones de Publio Clodio, hombre violento, y el com- 
plejo de toda alevosía y temeridac|. Era hermano de la 
mujer de Lúculo, y corrían rumores de mal trato entre 
ambos, siendo ella muy disoluta. Militaba entonces con 
Lúculo, sin ocupar el puesto á que se presumía acreedor: 
porque codiciaba tener el primer lugar; y por su conducta 



466 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

era precedido de muchos. Sedujo, pues, al ejército de 
Fimbria, y le acaloró contra Lúculo, movieudo pláticas 
muy acomodadas al gusto de unos hombres á quienes no 
faltaba ni la voluntad ni la costumbre de sublevarse; por- 
que estos mismos eran los que antes habia concitado Fim- 
bria para que, asesinando al cónsul Flaco, le eligieran ge- 
neral. Así oyeron con gran placer á Ciodio,á quien llamaron 
amante del soldado, porque supo fingir que se compade- 
cía de su suerte: c<á causa, les decia, de no verse ningún 
término de tantas guerras y tantos trabajos, sino que pe- 
leando con todas las naciones y rodando por toda la tierra, 
en esto era en lo que habian de gastar su vida; sin servir- 
les de otra cosa estas expediciones que de escoltar los 
carros y acémilas de Lúculo cargados de preciosas alhajas 
de oro y pedrería. No así los soldados de Pompeyo, que 
restituidos ya á la clase de pacíficos ciudadanos gozaban 
de descanso con sus mujeres y sus hijos, en una tierra y 
en unas ciudades felices: no después de haber arrojado á 
Mitrídates y á Tigranes á unos desiertos inhabitables, ó de 
haber destruido las opulentas cortes del Asia, sino después 
de haber hecho la guerra, en la España á unos desterrados, 
y en la Italia á unos fugitivos. ¿Por qué no habian de des- 
cansar ya de las fatigas de la milicia? ó á lo menos, ¿por 
qué no reservar lo que les restaba de fuerza y de aliento 
para otro general para quien el mejor adorno era la rique- 
za de sus soldados?» Seducido con tales especies el ejér- 
cito de Lúculo, no quiso seguirle contra Tigranes ni con- 
tra Mitrídates, que inmediatamente regresó al Ponto y 
recobró su Imperio. Tomando por pretexto el invierno, se 
detuvieron en la Gordiena, dando tiempo de que llegara 
Pompeyo ó alguno otro de los generales sucesores de 
Lúculo, que ya se esperaban. 

Cuando llegó la noticia de que Mitrídates, habiendo ven- 
cido á Fabio, marchaba contra Sornacio y Triarío, enton- 
ces siguieron á Lúculo. Triarlo, ansioso de arrebatar la 



LúcuLO. 467 

victoria que le parecía segura, antes de que llegara Lúcu- 
lo, que ya estaba cerca, fué completamente derrotado en 
batalla campal: pues se dice que murieron más de siete 
mil Romanos, y entre ellos ciento cincuenta centuriones 
y veinticuatro tribunos; habiéndoles Mitrídates tomado 
el campamento. Llegó Lúculo pocos dias después, y sus- 
. trajo á Triario de la ira de los soldados, que le andaban 
buscando; y como Mitrídates rehusase venir á batalla por 
esperar á Tigranes, que estaba ya en marcha con grandes 
fuerzas, resolvió antes que se verificara su reunión salir 
al encuentro á Tigranes y pelear con él; pero sublevados 
los Fimbrianos cuando ya estaba en camino, abandonaron 
éstos sus puestos bajo el pretexto de que ya estaban libres 
del juramento de la milicia, por no corresponder el mando 
á Lúculo después de conferidas á otros sus provincias. En- 
tonces nada hubo que éste no sufriese muy fuera de le 
que á su dignidad correspondía, bajándose á ir hablando- 
les de uno en uno y de tienda en tienda, presentándoseles 
abatido y lloroso, y aun alargándoles á algunos la mano; 
mas ellos desdeñaban estas demostraciones, y tirándole 
los bolsillos vacíos, le decian que peleara él solo con los 
enemigos, pues que él solo sabía hacerse rico: con todo, á 
súplicas de los otros soldados condescendieron los Fim- 
brianos en permanecer por aquel estío; mas en el concep- 
to de que si en este tiempo no se presentaba alguno á pe- 
lear con ellos, se marcharían. Por tales condiciones le fué 
preciso pasar á Lúculo, para no abandonar á los bárbaros 
el país si le dejaban desamparado. Retúvolos, pues, aun- 
que sin emplearlos en acciones ni conducirlos á batalla; 
dándose por contento con que se quedasen, y teniendo que 
sufrir ver asolada por Tigranes la Capadocia, y que impu- 
nemente le insultaba otra vez aquel mismo Mitrídates de 
quien él babia escrito al Senado que quedaba del todo 
destruido; por lo que habían ya llegado los enviados del 
mismo Senado para arreglar las cosas del Ponto como en- 



468 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

teramente aseguradas; y lo que eacontraroa fué que ni de 
sí mismo era dueño, mofado y escarnecido por los solda- 
dos. Llegaron éstos á tal extremo de insolencia, que al 
espirar el estío tomaron las armas, y desenvainando las 
espadas provocaban á unos enemigos que por ninguna 
parte se presentaban, hallándose nuiy escarmentados. Mo- 
viendo, pues, grande algazara y batiéndose con sus som- 
bras, se salieron del campamento, protestando que habían 
cumplido el tiempo por el que á Lúculo habían ofrecido 
quedarse. A los otros los enviaba á llamar Pompeyo, por- 
que ya había sido nombrado general para la guerra de 
Mitridates y Tigranes, por aücion del pueblo hacia él, y 
por adulación y lisonja de los demagogos : mientras que el 
Senado y lofi buenos ciudadanos veían la injusticia que se 
hacía á Lúculo dándole sucesor, no de la guerra, sino del 
triunfo, y obligándosele á dejar y ceder á otros, no el 
mando, sino el prez de la victoria. 

Pues aun parecía esta situación más injusta á los que 
allí presenciaban los sucesos, porque no era Lúculo dueño 
del premio y del castigo como es preciso en la guerra, ni 
permitía Pompeyo que ninguno pasase á verle, ó que se 
estuviese á lo que disponía y determinaba con los diez en- 
viados, sino que lo daba por nulo, publicando edictos y 
haciéndose temible por sus mayores fuerzas. Creyeron sin 
embargo conveniente sus amigos el que tuviesen una confe- 
rencia; y habiéndose juntado en una aldea de laGalacia, se 
hablaron con agrado el uno al otro, y se dieron el parabién 
de sus respectivas victorias. Era Lúculo de más edad; pero 
era mayor la dignidad de Pompeyo, por haber tenido más 
mandos y por sus dos triunfos. Las fasces que á uno y á 
otro precedían estaban enramadas con laurel por sus victo- 
rias; pero habiendo sido muy larga la marcha de Pompeyo 
por lugares faltos de agua y de humedad, al ver los lícto- 
res de Lúculo que el laurel de aquellas fasces estaba seco, 
alargaron con muy buena voluntad á los otros del suyo, 



LÚCULO. 169 

que estaba fresco y con verdor. Tomaron esto á buen 
agüero los amigos de Pompeyo: porque en realidad los 
prósperos sucesos de aquél contribuyeron á dar realce á 
la expedición de éste; pero de resulta de la conferencia, en 
lugar de quedar más amigos, se retiraron más indispuestos 
entre sí; y Pompeyo, sobre anular todas las disposiciones 
tomadas por Lúculo, se llevó consigo lo^ demás soldados, 
no dejándole para que le acompañaran en el triunfo sino 
solos mil y seiscientos, y aun éstos se quedaban con él 
de mala gana. ¡Tan mal amañado ó tan desgraciado era 
Lúculo en lo que es lo primero y más importante en un ge- 
neral! de manera que si le hubiera acompañado esta dote 
con las demás que tanto en él resplandecían, con su va- 
lor, su actividad, su previsión y su justicia, el mando de 
los Romanos en el Asia no habría tenido por límite el Eu- 
frates, sino los últimos términos de la tierra y el mar de 
Hircania: habiendo sido ya todas las dema^ naciones sojuz- 
gadas con Tigranes, y no siendo las fuerzas de los Partos 
tan poderosas contra Lúculo, como se mostraron después 
contra Craso, por cuanto no tenían igual unión; y antes 
por las guerras intestinas y de los pueblos inmediatos ni 
siquiera podian sostenerse con vigor contra los insultos de 
los Armenios. Mas ahora creo que él bien que por sí hizo 
á la patria, por otros se convirtió contra ésta en mayor 
daño, á causa de que los trofeos erigidos en la Armenia á 
la vista de los Partos, Tigranocerta, Nisibis, la inmensa 
riqueza conducida de ellas á Roma, y la misma diadema 
de Tigranes traída en cautiverio, impelieron á Craso 
contra el Asia, en el concepto de que aquellos bárbaros 
sólo eran presa y despojos seguros y ninguna otra cosa; 
pero bien {)ronto puesto al tiro de las saetas de los Par- 
tos, dio á todos el desengaño de que Lúculo, no por impe- 
ricia ó flojedad de los enemigos, sino por inteligencia y 
valor propios alcanzó de ellos ventajas. Mas de esto se ha- 
blará en la vida de Craso. 



470 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Restituido Lúculo á Roma, lo primero que se le anunció 
fué que su hermano Marco se hallaba acusado por Cayo 
Memio sobre el manejo que tuvo en U cuestura, pres- 
tándose á las órdenes de Sila. Como hubiese sido absuelto, 
86 convirtió Memio contra el mismo Lúculo, é inflamó al 
pueblo, haciéndole creer que se habia reservado cantida- 
des y habia de intento prolongado la guerra, á que le ne- 
gara el triunfo. Tuvo por tanto que sufrir una grande con- 
tradicción; y sólo mezclándose los principales y de mayor 
autoridad entre las tribus pudieron conseguir del pueblo 
á fuerza de ruegos y de mucha diligencia que le permi- 
tiese triunfar. No fué su triunfo tan brillante y ostentoso 
como el de otros por lo dilatado de la pompa y por el gran 
número de los objetos que se conduelan; sino que con las 
armas de los enemigos, que eran de muy diversas espe- 
cies, y con las máquinas ocupadas á los reyes, adornó el 
circo Flaminío; espectáculo que no dejaba de llamar la 
atención. En la pompa iban unos cuantos de los soldados 
de caballería armados; de los carros falcados, diez; de 
los amigos y generales de los reyes, sesenta; naves 
de gran porte con espolones de bronce se hablan traído 
ciento y diez; una estatua colosal de Mitrídates, de seis 
pies, hecha de oro, y un escudo guarnecido de piedras; 
veinte bandejas con vajilla de plata, y treinta y dos con 
vasos, armas y monedas de oro. Todas estas cosas eran 
llevadas por hombres: ocho acémilas conduelan otros tan- 
tos lechos de oro; cincuenta y seis llevaban la plata en 
barras, y otras ciento y siete poco menos de dos cuentos 
y setecientas mil dracmas en dinero. En unas tablas esta- 
ban anotadas las sumas entregadas por él á Pompeyo, ó 
puestas en el tesoro para la guerra de los piratas; y sepa- 
radamente que cada soldado habia recibido novecientas 
y cincuenta dracmas. Últimamente hubo banquete público 
y abundante para la ciudad y para los pueblos del contor- 
no, á los que llaman vicos ó arrabales. 



LÚGULO. 474 

Habiendo repudiado á Clodia, que era disoluta y de ma- 
las coslumbres, se casó con Servilia, hermana de Catón: 
matrimonio también harto desgraciado: faltábale sola- 
mente una de las tachas del de Clodia, que era la infamia 
de que estaban notados los dos hermanos; en lo demás, 
por respeto á Catón tuvo que sufrir á una mujer des- 
envuelta y perdida, hasta que por fín no pudo más. Había 
fundado en él el Senado grandes esperanzas, pareciéndole 
que le servirla de escudo contra la tiranía de Pompeyo, y 
de salvaguardia de la aristocracia, en virtud de haber em- 
pezado con tanta gloria y poder: pero él se retiró y dio de 
mano al gobierno de la república; ó porque ya ésta ado- 
lecía de vicios, y no era fácil de manejar; ó, como dicen 
algunos, porque teniendo grande reputación se acogió á 
una vida descansada y cómoda después de tantos comba- 
tes y trabajos, que no tuvieron el fín m'ás dichoso. Así, al- 
gunos aplauden esta conducta, no sujeta á los reveses de 
Mario, que después de sus victorias de los Cimbros, y de 
tantos y tan gloriosos triunfos, no se dio por contento con 
tan envidiables honores; sino que por desmedida ambición 
de gloria y de mando, siendo ya anciano entró á rivalizar 
con hombres jóvenes, y se precipitó en hechos horribles y 
en trabajos más horribles todavía; y á Cicerón le habría es- 
tado mucho mejor haber envejecido en el retiro de los ne- 
gocios después de sofocada la conjuración de Catilina; y á 
Escipion entregarse al reposo después que al triunfo de 
Cartago añadió el de Numancia: porque también la carrera 
política tiene su retiro; no necesitando menos de vigor y 
de cierta robustez los combates políticos que los atléticos. 
Mas con todo Craso y Pompeyo desacreditaban á Lúculo 
por haberse entregado al lujo y á los placeres, como si es- 
tas cosas desdijesen más de aquella edad que el meterse 
en negocios y hacer la guerra. 

Sucede con la vida de Lúculo lo que con la comedia an- 
tigua, donde lo primero que se lee es de gobierno y de 



472 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

milicia; y á la postre de beber, de comer, y casi de fran- 
cachelas, de banquetes prolongados por la noche y de 
todo género de frivolidad: porque yo cuento entre las firi- 
Tolidades los edificios suntuosos, los grandes preparati- 
vos de paseos y baños, y todavía más las pinturas y esta- 
tuas, y el demasiado lujo en las obras de las artes; de las 
que hizo colecciones á precio de cuantiosas sumas, consu- 
miendo profusamente en estos objetos la inmensa riqueza 
que adquirió en la guerra: puesto que aun hoy, cuando el 
lujo ha llegado á tanto exceso, los huertos Luculianos se 
cuentan entre los más magníficos de los emperadores. Así 
es que habiendo visto Tuberon el Estoico sus grandes obras 
en la costa cerca de Ñapóles, los collados suspendidos en el 
aire por medio de dilatadas minas, las cascadas en el mar, 
las canales con pescados de que rodeó su casa de campo y 
las otras diferentes habitaciones que allí dispuso, no pudo 
menos de llamarle Jorges con toga. Tenía en Túsculo dife- 
rentes habitaciones y miradores de hermosas vistas; y ade- 
más ciertos claustros abiertos y dispuestos para paseos: 
viólos Pompeyo, y censuró el que habiendo dispuesto 
aquella quinta con tanta comodidad para el verano, la hu- 
biera hecho inhabitable para el invierno, á lo que sonríen- 
dose le contestó: «Pues qué, ¿me haces de menos talento 
qué las grullas y las cigüeñas para no haber proporcionado 
las viviendas á las estaciones?» Quería un edil dar brillan- 
tes juegos; y habiéndole pedido para uno de los coros 
ciertos mantos de púrpura, dijo que miraría si los babia en 
casa, y se los daría: al dia siguiente le preguntó cuántos 
habia menester, y respondiéndole el edil que habría bas- 
tantes con ciento, le dijo que tomara otros tantos más; 
que fué lo que dio ocasión á Horacio para exclamar: «No 
puede decirse que hay riquezas donde las cosas abando- 
nadas, y de que no tiene noticia el dueño, no 9on más que 
las que están á la vista.» 
En las cenas cotidianas de Lúculo se hacía grande apa- 



LÚCULO. 173 

rato de su adquirida riqueza, no sólo en paños de púrpura, 
en vajilla con pedrería, en coros y representaciones, sino 
en la muchedumbre de manjares, y en la diferencia de 
guisos, con lo que excitaba la admiración de las gentes de 
menos valer. Por tanto, fué celebrado aquel dicho de Pom- 
peyo hallándose enfermo. Prescribióle el médico que co- 
miera un tordo; y diciéndole los de su familia que siendo 
entonces el tiempo del estio no podria encontrarse sino 
engordado en casa de Lúculo, no permitió que fueran allá 
á buscarlo, sino que dijo ai médico: «¿Conque si Lúculo 
no fuera un glotón, no podria vivir Pompeyo?» y le pidió 
le mandase cosa más fácil de encontrar. Catón era su 
amigo y su deudo; y con todo estaba tan mal con esta 
conducta suya y con su lujo, que habiendo hablado en el 
Senado un joven larga é inoportunamente sobre la mo- 
deración y la templanza, se levantó Catón, é interrumpién- 
dole le dijo: «¿No te cansarás de enriquecer como Craso, 
de vivir como Lúculo y de hablar como Catón?» Algunos 
bien convienen en que esto se dijo, mas no refieren que 
Catón lo hubiese dicho. 

Que Lúculo, no sólo se complacía en este tenor de vida 
que habia adoptado, sino que hacia gala de él, se deduce 
de ciertos rasgos que todavía se recuerdan. Dícese que 
vinieron áRoma unos Griegos, y les dio de comer bastan- 
tes dias. Sucedióles lo que era natural en gente de educa- 
ción, á saber, que tuvieron cierto empacho, y se excusaron 
del convite, para que por ellos no se hicieran cada dia se- 
mejantes gastos; lo que entendido por Lúculo les dijo con 
sonrisa: «Algún gasto bien se hace por vosotros; pero el 
principal se hace por Lúculo.» Cenaba un dia solo, y no se 
le puso sino una mesa y una cena moderada: incomodóse 
de ello, é hizo llamar al criado por quien corrían estas 
cosas; y como éste le respondiese que no habiendo ningún 
convidado creyó no querría una cena más abundante: 
«¿pues cómo, le d^o, no sabías que hoy Lúculo tenia á ce- 



474 PLUTARCO. — LAS TTD4S PARALELAS. 

Dar á Lúcalo?» Hablábase macho de esto en Roma, como 
era regalar; y viéndole un dia desocupado en la plaza, se 
le llegaron Cicerón y Pompeyo: aquél era uno de sus ma- 
yores y más íntimos amigos; y aunque con Pompeyo babia 
tenido alguna desazón con motivo del mando del ejército, 
solían sin embargo hablarse y tratarse con afabilidad. Sa- 
ludándole, pues. Cicerón, !e preguntó si podrían tener 
on rato de conversación; y contestándole que sí con ins- 
tancias para ello, «pues nosotros, le dijo, queremos cenar 
hoy en tu compañía, nada más que con lo que tengas dis- 
puesto.» Procuró Lúculo excusarse, rogándoles que fuese 
en otro dia; pero le dijeron que no venían en ello, ni le 
permitirían hablar á ninguno de sus críados, para que no 
diera la orden de que se hiciera mayor prevención; y sólo 
á su ruego condescendieron con que dijese en su presencia 
á uno de aquellos: «hoy se ha de cenar en Apolo,» que era 
el nombre de uno de los más ricos salones de la casa; en lo 
que no echaron de ver que los chasqueaba: porque, según 
parece, cada cenador tenía arreglado su particular gasto 
en manjares, en música y en todas las demás prevencio- 
nes; y así con sólo oir los críados dónde quería cenar, sa- 
bían ya qué era lo que habían de prevenir, y con qué 
orden y aparato se había de disponer la cena; y en Apolo 
la tasa del gasto era cincuenta mil dracmas. Concluida la 
cena, se quedó pasmado Pompeyo de que en tan breve 
tiempo se hubiera podido disponer un banquete tan cos- 
toso. Ciertamente que gastando así en estas cosas Lúculo, 
trataba su riqueza con el desprecio debido á una riqueza 
cautiva y bárbara. 

Otro objeto había digno verdaderamente de diligencia y 
de ser celebrado, en el que hacía también Lúculo conside- 
rables gastos, que era el acopio de libros: porque había 
reunido muchos y muy preciosos, y el uso era todavía nrós 
digno de alabanza que la adquisición, por cuanto la biblio- 
teca estaba abierta á todos; y á los paseos y liceos ínme- 



LÚCULO. 175 

diatos eran por consiguiente admitidos los Griegos como á 
un recurso de las musas, donde se juntaban y conferencia- 
ban, recreándose de las demás ocupaciones. Muchas ve- 
ces se entretenia allí él mismo, paseando y conversando 
con los literatos; y á los que tenian negocios públicos los 
auxiliaba en lo que le habían menester: en una palabra, su 
casa era un domicilio y un pritaneo griego para todos los 
que venian á Roma. Estaba familiarizado con toda filosofía, 
y á toda se mostraba tan benigno como era inteligente; 
pero fué particularmente adicto desde el principio á la 
Academia, no á la que se llamaba nueva, sin embargo de 
que florecía entonces con los discursos de Garneades por 
medio de Filón, sino á la antigua, que tenía por maestro y 
caudillo en aquella era á Antioco Ascalonita, varón elo- 
cuente y de gran elegancia en el decir; y habiendo procu- 
rado Lúculo hacerle su amigo y comensal, sostenía la opo- 
sición contra los alumnos de Filón, siendo Giceron uno de 
«líos; el cual escribió un tratado bellísimo en defensa de 
su secta, y en él, para la mejor comprensión, hizo que 
Lúculo tomara una parte en la disputa, y él al contrario; y 
aun el mismo libro se intitula Lúculo, Eran entre sí, como 
ya se ha dicho, íntimos amigos, y seguían el mismo par- 
tido en las cosas de la república: pues no se habia sepa- 
rado Lúculo enteramente del gobierno, y sólo habia aban- 
donado desde luego á Graso y á Gaton la contienda y 
disputa sobre quién seria el mayor y tendría más podep, 
como llena de riesgos y contradicciones: por cuanto los 
que recelaban de la grande autoridad de Pompeyo, hablan 
tomado á éstos por defensores del Senado, á causa de no 
haber querido Lúculo tomar el primer lugar. Bajaba, sin 
embargo, á la plaza pública por servir á los amigos, y al 
Senado, si era necesario contrarestar en algo la ambición 
y poder de Pompeyo: así invalidó las disposiciones toma- 
das por éste después de haber vencido á los dos reyes; 
y como hubiese propuesto un repartimiento á los soldados 



476 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

impidió que se diese, ayudado de Calón; de manera que 
Pompeyo tuvo que acudir á la amistad, ó por mejor decir,, 
á la conjuración de Graso y César; y llenando la ciudad de 
armas y de soldados hizo que pasaran por fuerza sus de- 
cretos, expeliendo de la plaza á Catón y Lúculo. Como los 
buenos ciudadanos se hubiesen indignado de este proce- 
der, sacaron los Pompeyanos á plaza á un tal Yeccio, su- 
poniendo que le habian sorprendido estando en acecho 
contra Pompeyo. Cuando aquél fué interrogado sobre este 
hecho, en el Senado acusó á otros; pero ante el pueblo 
nombró á Lúculo, diciendo ser quien le habia pagado para 
asesinar á Pompeyo; pero nadie le dio crédito, siendo á 
todos bien manifiesto que aquéllos le habian sobornado 
para levantar semejante calumnia; lo que todavía se des- 
cubrió más á las claras cuando al cabo de muy pocos dias 
fué Yeccio arrojado á la calle muerto desde la cárcel, di- 
ciéndose que él se habia dado muerte: pues viéndose en el 
cadáver señales del lazo y de heridas, se entendió haberle 
muerto los mismos que le sedujeron. 

Con esto todavía se apartó más Lúculo de los negocios; 
y cuando después Cicerón salió desterrado, y Catón fué 
enviado á Chipre, entonces les dio enteramente de mano. 
Dícese además que antes de morir se le perturbó la razón, 
desfalleciendo poco á poco; pero Cornelio Nepote refiere 
que no la perdió Lúculo por la vejez ó por enfermedad, 
8ino que fué alterada por una bebida que le propinó Calis - 
tenes, uno de sus libertos; y que el habérsela propinado 
fué para que Lúculo le amase más, creyendo que la bebida 
tenía esta virtud; y por fin que con ella se le ofendió y al- 
teró la razón en términos de haber sido preciso que vi- 
viendo él se encargase el hermano de la administración de 
su hacienda. Con todo, apenas murió, como si hubiera fa- 
llecido en lo más floreciente de su mando y de su gobier- 
no, sintió el pueblo su muerte, concurriendo á sus exe- 
quias; y llevado el cadáver á la plaza por los jóvenes más 



LÚCüLO. 477 

principales, quería por fuerza sepultarle en el campo Mar- 
cio, donde habia sepultado á Sila; pero como nadie estaba 
prevenido para esto, ni era fácil que se tomaran las con- 
venientes disposiciones, alcanzó el hermano á fuerza de 
razones y de ruegos que permitiese se hiciera el entierro 
en el lugar preparado al intento cerca de Túsenlo. No vi- 
vió él mismo después largo tiempo, sino que así como ha- 
bia seguido de cerca al hermano en edad y en gloria, le 
siguió también en el tiempo del fallecimiento, habiendo 
sido muy amante de su hermano. 



TOMO uu 12 



COMPABACION DE CIMON Y LÚCÜLO. 



En lo que más debe ser tenido por feliz Lúculo es en el 
tiempo de su fallecimiento; porque se verificó antes del 
trastorno de la república, que con las guerras civiles pre- 
paraba el bado: anticipándose á morir y terminar la vida 
cuando la patria, si bien estaba ya enferma, era todavía li- 
bre; y esto mismo es en lo que más conviene y se confor- 
ma con Cimon, que también murió cuando las cosas de los 
Griegos no habian decaído aún, sino que estaban en su 
auge: bien que éste acabó sus dias en el ejército y con* el 
mando, sin abandonar los negocios ni aflojar en ellos, y 
sin tomar por último premio de las armas, de las expedi- 
ciones y de los trofeos, los banquetes y las francachelas, 
que es en lo que Platón reprende á los de los misterios de 
Orfeo, atribuyéndoles haber dicho que el premio en la otra 
vida de los que se conducen bien en esta, es una embria- 
guez eterna. Pues si bien el ocio, el reposo y el tiempo 
pasado en los coloquios, que dan placer y enseñan, son 
entretenimiento muy propio y conveniente de un hombre 
anciano que quiere descansar de los afanes de la gnecrfL y 
del gobierno; referir las acciones laudables al placer como 
al último fin, y pasar el resto de los dias, después de las 
guerras y de los mandos, en los festejos de Venus, «n di- 
vertirse y regalarse, esto no es digno ni de la Academia 



182 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

soacitaroD causas, y por fía le desterraron por medio del 
ostracismo, para no oír en diez años su voz, según expre- 
sion de Platón; y es que los de carácter aristocrático con- 
forman poco con la muchedumbre, y no saben el modo de 
agradarla; sino que más bien, usando de rigor para corre- 
gir, son molestos á los perturbadores, al modo que las li- 
gaduras de los cirujanos, sin embargo de que con ellas po- 
nen en su natural estado las articulaciones: así, acaso será 
necesario disculpar en este punto á entrambos. • 

Lúculo llevó la guerra mucho más lejos: pues fué el pri- 
mero que llegó más allá del Tauro con un ejército; pasó 
el Tigris; tomó é incendió las cortes de los reyes, Tigra- 
necerta, los Cabiros, Sinope y Nisibis, extendiendo la do- 
minación romana por el Norte hasta el Fasis, por el Oriente 
hasta la Media, y por el Austro hasta el mar Rojo por me- 
dio de los reyes de la Arabia. Desbarató y deshizo el po- 
der de ambos monarcas, no habiéndole faltado más que la 
materialidad de coger las personas, á causa de que á ma- 
nera de fieras huyeron á refugiarse en desiertos y bosque» 
inaccesibles y de nadie antes pisados. Porque los Persas, 
como que no hablan recibido de Cimon considerable daño, 
muy luego volvieron contra los Griegos, y destrozaron 
sus fuerzas en el Egipto; pero después de Lúculo nada die- 
ron ya que hacer Tigranes y Mitridates: pues que éste en- 
flaquecido y acoquinado con los primeros combates, ni 
una sola vez se atrevió á sacar ante Pompeyo sus tropas 
del campamento, sino que bajó en huida al Bosforo, y allí 
falleció; y Tigranes, él por sí mismo, se presentó á Pom- 
peyo, postrándose desnudo ante él, y quitándose la diade- 
ma de la cabeza la puso á sus pies, adulando á Pompeyo 
con una prenda que más bien que á él pertenecía al triun- 
fo de Lúculo: así se dio por muy contento cuando reco- 
bró los símbolos del reino, reconociendo que ya antes los 
tenía perdidos: por tanto, es mejor general como mejor 
atleta el que deja más cansado y debilitado á su contrario» 



COMPARACIÓN DE LÚCULO Y CIHON. 183 

Además de esto, Cimon encontró ya quebrantadas las fuer- 
zas de los Persas, y abatido su orgullo con las grandes 
derrotas que les habían causado y con las incesantes hui- 
das á que los habían obligado Temistocles, Pausanias y 
Leotuquidas; acometiólos en este estado, y hallándolos ya 
decaídos y vencidos en los ánimos, le fué muy fácil triun- 
far de los cuerpos; pero Lúculo postró á Tígranes cuando 
vencedor en muchos combates estaba todavía en el lleno 
de su poder. En el número no serla tampoco razón compa. 
rar los que por Cimon fueron vencidos con los que se re- 
unieron contra Lúculo; de manera que al que todo qui- 
siera confrontarlo le había de ser muy difícil el determi- 
narse: pues aun la naturaleza superior parece haberse 
mostrado aficionada á entrambos, anunciando al uno aque- 
llo que le convenia ejecutar, y al otro aquello de que de- 
bía guardarse: habiendo tenido uno y otro en su favor el 
voto de los Dioses, como dotados de una índole generosa 
y casi divina. 



NICIAS. 



Pues nos parece que no vamos fuera de razón en com- 
parar con Ñicias á Craso, y las derrotas causadas por los 
Partos con las sucedidas en la Sicilia, juzgamos oportuno 
rogar y amonestar á los que lean estas vidas, no sospe- 
chen que en la narración de los hechos relativos á ellas, 
en la que Tucidides, excediéndose á sí mismo en la vehe- 
mencia, en la energía y en la elegancia, se hizo verdade- 
ramente inimitable, hemos de incurrir en el mismo defecto 
que Timeo; el cual, lisonjeándose de superar á Tucidides 
en la facundia, y de hacer ver que Filisto era cansado y 
vulgar, se mete con su historia por medio de los combates 
de tierra y de mar y por las arengas, en cuya descripción 
aquellos sobresalieron, no siquiera 

A pié corriendo cabe el lidio carro, 

como se explica Píndaro, sino mostrándose del todo mo- 
lesto, pueril, y según expresión de Difilo, torpe y obeso, 
engordado en la grasa siciliana, y por lo más arrimándose 
al modo de decir de Jenarco. Como cuando dice que de- 
bieron tener los Atenienses á mal agüero el que el gene- 
ral que tomaba su nombre de la victoria (1), repugnara 

(1) NtaxTj en gñego significa la victoria; y de este nombre se 
deriva el de Nicias. 



186 PLOTAHCO. — LAS VIDAS PARALKLAS. 

aquella expedición; que en la mutilacioo de las estatuas de 
Mercurio les sigolficaroo los Dioses que les veodriao mu- 
chos males en aquella guerra de parte de Hermócrates 
hijo de Hermon; y también que era natural por una parte 
que Hércules diera auxilio á los Siracusanos por respeto á 
Proserpina, que le entregó el Cerbero; y que por otra mi- 
rara con odio á los Atenienses por haber salvado á los 
Ggesteos, descendientes de los Troyanos, cuando él ofen- 
dido por Laomedonte asoló su ciudad. Mas quizá era pro- 
pio de la elocuencia de este escritor, como el decir tales 
sandeces, querer mejorar la dicción de Filisto, é insultar á 
Platón y á Aristóteles. En cuanto á mí, la contienda y emu- 
lación con otros acerca del estilo en general me parece 
insulsa y repugnante; pero si es en cosas que no pueden 
i'mitarse, tángela por la última necedad. Los hechos, pues, 
referidos por Tucídides y Filisto, ya que no es posible pa- 
sarlos del todo en silencio, especialmente los que dan á 
conocer la conducta y disposición de este hombre ilustre, 
escondidas entre sus muchas y grandes adversidades , los 
tocaré ligeramente y en sólo lo preciso; pero los que por 
lo común no son conocidos, á causa de haber sido separa- 
damente notados por diferentes autores, ó bien por haber- 
se de tomar de presentallas y resoluciones antiguas, estos 
los recogeré con esmero, para no tejer una historia inútil, 
sino tal que presente bien la índole y las costumbres. 

De Nicias lo primero que se ofrece decir es lo que es- 
cribió Aristóteles, á saber, que eran tres los que sobresa- 
lían entre los ciudadanos, y tenían benevolencia y amor 
patrio para con el pueblo: Nicias el de Nicerato, Tucídides 
el de Milesio, y Teramenes el de Agnon,^en menor grado 
é8te que los otros; pues que en cuanto á linaje le motejaron 
de extranjero oriundo de Ceo, y en cuanto á gobierno, por 
no haberse mantenido Grme en un partido, sino andar 
continuamente variando, fué llamado Qoiwmo, De éstos 
era Tucídides el de más edad, y puesto al frente de los 



mciAS. 187 

mejores y más principales ciudadanos, contradijo en mu- 
chas cosas á Feríeles, que afectaba popularídad. El más 
joven eran Nicias; pero aun en vida de Feríeles fué ya te- 
nido en aprecio, hasta llegar á ser general con él, y tener 
por si solo mando muchas veces. Muerto Feríeles, al punto 
fué llamado á ocupar el primer lugar, príncipalmente por 
los ricos y los nobles, que lo contraponían á la insolencia 
y osadía de Cleon; y aun tuvo el favor del pueblo, que 
también contribuyó á su adelantamiento; porque si bien 
Cleon alcanzó grande autoridad con darse aire de anciano 
y repartir algún dinero; aun de los mismos á quienes favo- 
recia, al ver su codicia, su orgullo y su temeridad, los más 
se ponian de parte de Nicias; por cuanto, aunque tenía 
gravedad, no era esta severa y enfadosa, sino mezclada 
con cierta modestia que atraía á los más, por lo mismo que 
mostraba timidez; y es que siendo por naturaleza irreso- 
luto y desconflado, en la guerra su buena suerte ocultó su 
miedo, habiendo salido siempre vencedor en sus expedi- 
ciones; mas para el gobierno su pusilanimidad y su temor 
á los calumniadores llegaban á parecer populares, y le ga- 
naban el afecto de la plebe, que recela de los qué hacen 
poca cuenta de ella, y adelanta á los que la temen; porque 
en general para la muchedumbre el mayor honor de parte 
de los más poderosos es el que no la desprecien. 

Mientras Feríeles manejó la ciudad, estando dotado de 
;una virtud verdadera y de una poderosa elocuencia, no 
tuvo necesidad de otros amaños ni de ningún otro presti- 
gio; pero Nicias, que no tenia aquellas prendas, abundando 
en bienes de fortuna, con ellos ganaba popularidad; y ya 
que le faltaba disposición para rivalizar con la flexibilidad 
y las lisonjas de Cleon; con los coros, con los espectáculos 
y con otros medios de esta especie logró atraerse el favor 
del pueblo, aventajándose en magnificencia y gusto á todos 
los de su tiempo, y aun á cuantos le habían precedido. 
Subsisten todavía de las ofrendas que hizo, el paladión del 



188 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

alcázar, habiendo perdido el dorado; y el templete que se 
conserva en el templo de Baco entre los trípodes ofrecidos 
en iguales ocasiones: porque conduciendo coros, venció 
muchas veces, y en ninguna fué vencido. Dícese que en 
uno de estos coros compareció representando en el adorno 
á Baco un esclavo suyo de hermosa disposición y figura, 
todavía imberbe; y que habiéndose agradado los Atenien- 
ses de su presencia, y aplaudido y palmeteado por largo 
rato, levantándose Nicias, habia expresado que tenía á sa- 
crilegio estuviese en la esclavitud un cuerpo celebrado por 
su semejanza con el Dios, y habia dado la libertad á aquel 
mozo. También se conservan en la memoria, como brillan- 
tes y dignos de tan alto objeto, los festejos que hizo en Dé- 
los: porque lo regular era que los coros enviados por las 
ciudades á cantar las alabanzas de Apolo, durante la nave- 
gación fuesen como á cada uno le cogia, y que acudiendo 
mucha gente á la llegada de la nave, se les hiciera cantar 
sin ningún orden saltando en tierra en confusión, y tomando 
las coronas y los trajes de la misma manera; mas él, cuando 
condujo la teoría, aportó á Rene con el coro, con las víc- 
timas y todas las prevenciones, y llevando desde Atenas un 
puente construido con las dimensiones convenientes, y 
adornado magníficamente con dorados, con colores, con 
coronas y alfombras, por la noche le echó sobre el espacio 
que media entre Rene y Délos, que no es grande. Al dia si- 
guiente al amanecer condujo la procesión que se hacía al 
Dios, y el coro adornado primorosamente y cantando, y los 
pasó por el puente. Después del sacrificio, del combate y 
del festin presentó al Dios en ofrenda una palma de bron- 
ce, y habiendo comprado un terreno en diez mil dracmas, 
se lo consagró con destino á que de sus rentas tomaran los 
de Délos lo necesario para sacrificar y dar un banquete, ro- 
gando á los Dioses por la prosperidad de Nicias. Porque 
así lo hizo escribir en la columna que dejó en Délos como 
monumento de esta dádiva; y la palma, quebrantada de los 



NI cías. 4>í9 

vientos, vino á caer sobre la estatua grande de los de Na- 
jos, y la hizo pedazos. 

En estas cosas suele haber mucho de ostentación y vana- 
gloria, como es bien sabido; pero atendiendo el carácter y 
las costumbres de Nicias para todo lo demás, podia no sin 
violencia colegirse que aquel esmero y toda aquella pompa 
era consecuencia de su religiosidad; porque le hacian de- 
masiada impresión las cosas superíDres, y era dado á la 
superstición, según nos lo dejó escrito Tucidides. Así se 
dice en uno de los diálogos de Posifonte, que todos los 
dias ofrecía sacriíicios á los Dioses, y qu^. teniendo en casa 
un agorero, fingía consultarle sobre las cosas públicas, 
cuando regularmente no era sino sobre las suyas propias, 
especialmente sobre sus minas de plata: porque poseia 
minas de este metal on Laurio , que le daban grandes uti- 
lidades, aunque el trabajo de ellas no carecía de peligro. 
Mantenía allí gran número de esclavos, y en esto consistía 
la mayor parte de su hacienda; por lo cual tenía siempre al- 
rededor de sí muchos que le pedían y á quienes socorría: 
pues no era menos dadivoso con los que podían hacer mal, 
que con los que eran dignos de sus liberalidades: en una 
palabra, con él era una renta para los malos su miedo, y 
para los buenos su beneficencia. Dan de esto testimonio los 
poetas cómicos: porque Teleclides escribía así contra un 
calumniador: 

Ni una mina partida por el medio 
Le dio Garicles, porque le tapase 
Que entre los hijos que su madre tuvo 
£1 fué el primero que salió del saco. 
Nicias de Nicerato dióle cuatro^ 
Mas aunque de este don yo sé la causa, 
No la diré, que Nicias es mi amigo, 
Y obra á mi juicio con notable acuerdo: 



490 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

y aquel á quien zahiere Eupolides en su comedia intiinlada 
Maricas j sacando á la escena á uno de los holgazanes y 
mendigos, se explica así: 

—¿Cuánto bá que viste á Nicias? 

— Nunca le babia visto; mas ahora 

Há poco que le vi estar en la plaza. 

— Notad que éste confiesa claramente 

Que en la plaza con Nicias se ha encontrado; 

Y si de traición no, ¿qué tratarían? 
¿No oís, camaradas, cómo Nicias 
Fué en el delito mismo sorprendido? 

— Andad, menguados: no es para vosotros 
En mal caso coger á hombre tan bueno: 

y el Gleon de Aristófanes en tono de amenaza dice: 

El cuello apretaré á los oradores, 

Y á Nicias causaré miedo y espanto. 

También Frínico da idea de lo cobarde y espantadizo 
que era en los siguientes versos: 

Era buen ciudadano, lo sé cierto, 

Y no al modo de Nicias lo verían 
Andar siempre con aire asustadizo. 

Viviendo siempre con este temor de los calumniadores, 
no cenaba con ninguno de los ciudadanos, ni trataba con 
ellos, ni asistía á sus ordinarías recreaciones; en una pa- 
labra, no ' gustaba de semejantes pasatiempos, sino que 
cuando era árcente permanecía en el consistorio hasta la 
noche, y del Senado salia el último, habiendo entrado el 
prímero; y cuando no tenía negocio público alguno, no se 
dejaba ver ni admitía á nadie, quieto siempre y encerrado 



mciAs. 191 

en casa. Sus amigos recibian á los que concurrían á ha- 
blarle, y les pedían que le disculparan, jorque estaba ocu- 
pado en negocios públicos de grande urgencia é importan- 
cia. El que principalmente representaba esta farsa, y se 
desvivía para conciliario autoridad y opinión, era Hieren, 
que se había criado en su casa, y á quien el mismo Nicias 
había ejercitado en las letras y en la música. Dábase por 
hijo de Dionisio, á quien apellidaron Calco, y de quien se 
conservan todavía algunas poesías, y enviado de coman- 
dante de una colonia mandada á Italia, fundó la ciudad de 
Turios. Este, pues, trataba con los agoreros departe de 
Nicias en la interpretación de los prodigios y los arcanos, 
y hacía correr en el pueblo la voz de que Nicias llevaba, 
por solo el bien de la república, una vida infeliz y^traba- 
josa, pues ni en el baño ni en la mesa dejaban de ocurrírle 
asuntos graves, teniendo abandonados sus intereses por 
cuidar de los del pueblo; tanto, que nunca se acostaba sino 
cuando los demás habían dormido el primer sueño. De 
donde provenia estar también su salud quebrantada, y no 
tener gusto ni humor para conversar con sus amigos, ha- 
biendo llegado á perderlos por los negocios públicos jun- 
tamente con su hacienda; cuando los demás ganando ami- 
gos y enriqueciéndose con las magistraturas, lo pasan muy 
bien y se divierten en el gobierno. Y en realidad de ver- 
dad tal venía á ser la vida de Nicias; por lo que él mismo 
se aplicó aquel epífonema de Agamenón: 

La majestad preside á nuestra vida; 
Más de la multitud somos esclavos. 

Observando que el pueblo se valia á veces de la pruden- 
cia y experiencia de los insignes oradores y sobresalien- 
tes políticos, pero que siempre se recelaba y resguardaba 
de su habilidad, oponiéndose á su esplendor y su gloria, 
como se veía bien claro en la condenación de Pendes, en 



192 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

el destierro de DamoD, en la desconfianza que manifestó la 
muchedumbre de Antifon Ramnusio, y sobre todo en lo 
ocurido con Paquetes el que tomó á Lesbos, que al dar las 
cuentas de su expedición, sacando en el mismo tribunal 
la espada, allí se quitó la vida; procuraba huir de las 
expediciones arduas y difíciles, y cuando iba de general 
consultaba mucho á la seguridad, con lo que lograba ven- 
cer como era natural; mas con todo no re.eria estos suce- 
sos ni á su inteligencia, ni á su poder, ni á su valor, sino 
que los atribuia á la fortuna, y se acogia á los dioses, sus- 
trayéndose á la envidia que sigue á la gloria. Convienen 
con esto los mismos hechos: pues que habiendo sufrido la 
república en aquel tiempo muchos y grandes descalabros, 
en ninguno absolutamente tuvo parte; sino que cuando en 
la Tracia fué vencido por los de Calcis, iban de generales 
Caliades y Xenofonte; la derrota de Etolia se verificó 
siendo arconte Démostenos; en Delio perdieron mil hombres 
mandando Hipócrates; y de la peste la culpa se echó prin- 
cipalmente á Pericles, por haber encerrado en el recinto 
de la ciudad, á causa de la guerra, á todos los habitantes 
de la comarca, habiéndose aquella originado de la mudan- 
za de aires y de género de vida. Nicias, pues, se conservó 
inculpable en todas estas desgracias, y yendo de general, 
tomó á Citer^, isla muy bien situada para hacer la guerra 
á la Laconia, y que estaba habitada de Lacedemonios. Re- 
cobró también y atrajo á muchos pueblos de Tracia que se 
hablan rebelado. Habiendo encerrado dentro de los muros 
á los de Megara, al punto se apoderó de la isla Minoa; y de 
allí á poco, partiendo de aquel punto, sujetó á Nisea. Bajó 
de allí á Corinto, y en batalla campal venció su numeroso 
ejército y á Licofron su general. Sucedióle en esta ocasión 
haberse dejado los cadáveres de dos de sus deudos, por no 
haberlos echado monos al tiempo de recoger los muertos. 
Luego que lo advirtió hizo alto con el ejército, y envió un 
heraldo á los enemigos para traUr de recobrarlos. Según 



NiciAS. 493 

cierta ley y costumbre con ella conforme, los que recogían 
los muertos en virtud de convenio se entendía que renun- 
ciaban á la victoria, y no les era permitido levantar trofeo: 
porque vencen los que quedan dueños, y no quedan due- 
ños los que ruegan, como que no.está en su poder tomar 
lo que piden. Pues con todo, más quiso hacer el sacrificio 
del vencimiento y de su gloria, que dejar insepultos á dos 
ciudadanos. Taló, pues, todo el país litoral de la Laconia, y 
venciendo á los Lacedemonios que se le opusieron, tomó 
á Turea guarnecida por los Eginetas, y á éstos los trajo 
cautivos á Atenas. 

Como Demóstenes hubiese fortificado á Pilos, al punto 
acudieron por tierra y por mar los Lacedemonios, y tra- 
bada batalla, hubieron de dejar de los suyos en la isla Es- 
facteria hasta cuatrocientos hombres. Parecíales á los Ate- 
nienses cosa importante, como lo era en realidad, apode- 
rarse de ellos; pero el cerco se presentaba difícil y traba- 
joso en un país que carecía de agua, y para el que el aco- 
pio de provisiones aun en verano tenía que hacerse con 
un rodeo muy largo, hallándose por lo mismo en el in- 
vierno enteramente falto de todo: teníalos esto disgusta- 
dos, y estaban pesarosos de haber despedido la legación 
que los Lacedemonios les habían enviado para tratar de 
paz. Habíanla despedido á instigación de Cleon, principal- 
mente con la mira de mortificar á Nicias, porque era su 
enemigo; y víendx) que se habia puesto de parte de los 
Lacedemonios, esto bastó para que inclinase al pueblo á 
votar contra el tratado. Yendo, pues, largo el sitio, y re- 
cibiéndose noticias de que el ejército padecía una esca- 
sez suma, se mostraban muy enconados contra Cleon, el 
cual se volvía contra Nicias, echándole la culpa y acusán- 
dole de que por sus temores y su flojedad dejaba allí aque- 
llos hombres, cuya rendición no habría costado tanto tiem- 
po á habt^r él tenido el mando. Ofrecióselcs al punto á los 
Atenienses decirle: c<¿pues por qué no te embarcas y mar« 

TOMO III. 13 



i 94 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALKLA8. 

cbas contra ellos?» Levantóse también Nicias, y abdicó 
en él el mando sobre Pilos, proponiéndole que tomase la 
fuerza que quisiese, y no anduviera echando baladronadas 
sobre seguro, en lugar de hacer cosa que fuera de impor- 
tancia, fil al principio calló, turbado con tan inesperada 
salida; pero como insistiesen todavía los Atenienses, y Ni- 
etas esforzase la voz, acalorado y picado de pundonor, 
tomó á su cargo la expedición, y al dar la vela puso el 
término de veinte dias, diciendo que dentro de ellos ó ha- 
bia de acabar allí con los Lacedemonios, ó los habia de 
traer vivos á Atenas; de lo que los Atenienses se rieron 
mucho, bien lejos de creerlo; porque ya estaban acostum- 
brados á tomar á diversión y risa sus jactancias y sus san- 
deces. Pues se cuenta que teniéndose un dia junta pública, 
el pueblo sentado estuvo esperando largo rato, y ya bien 
tarde se presentó en la plaza con corona sobre las sienes, 
y pidió que la junta se dilatase hasta el dia siguiente: «por- 
que hoy, dijo, estoy ocupado teniendo á cenar á unos fo- 
rasteros, después que he hecho á los dioses sacriQcio;» y 
que los Atenienses se levantaron y disolvieron la junta. 

Favorecióle entonces la fortuna; y habiéndose manejado 
bien en la expedición al lado de Démostenos, dentro del 
termino que prefijó, á cuantos Esparciatas no murieron en 
el combate los trajo esclavos, habiéndosele rendido á dis- 
creción. Volvióse esto en gran descrédito de Nicias, pare- 
ciendo una cosa más torpe y fea todavía que arrojar el 
escudo el abandonar por miedo espontáneamente el man- 
do, y despojándose á sí mismo de la autoridad, proporcio- 
nar al enemigo la ocasión do tan brillante triunfo. Mote- 
jóle de nuevo con este motivo Aristófanes en su comedia 
titulada Zas Aves, diciendo: 

Pues no, no es tiempo de dormirnos éste ; 
Ni de dar largas imitando á Nicias. 



NICIAS. 195 

Y en la de Los Labradores dice asimismo: 

— Quiero labrar mis campos.— ¿Quién te estorba? 
— Vosotros, y mil dracmas os prometo 
Si exento me dejais de todo mando. 
—Las aceptamos; pues dos mil tendremos 
Con las que ya de Nicias recibimos. 

Y en verdad que hizo notable daño á la ciudad dejando 
que adquiriera Cleon tanto crédito y poder: con el que to- 
mando nuevo arrojo y una osadía inaguantable, entre otros 
males que acarreó á la república, de los que no le cupo á 
Nicias poca parte, le hizo el de destruir el decoro de la 
tribuna, siendo el primero que en las arengas gritó des- 
compasadamente, se dejó abierto el manto, se golpeó los 
muslos, é introdujo el dar carreras estando hablando; con 
lo que engendró en los que después de él manejaron los 
negocios un absoluto olvido y desprecio de toda dignidad; 
causa principalísima del trastorno y cpnfusion que de allí 
á poco sobrevino á la república. 

Empezaba ya entonces á mostrarse en Atenas Alcibia- 
des, otro orador no tan descompuesto, pero de quien po- 
día decirse lo que de la tierra de Egipto: pues como esta 
por su gran fertilidad produce 

Muchas útiles plantas, y á su lado 
Otras muchas nocivas y funestas, . 

de la misma manera la índole de Alcibiades, propensa 
igualmente al bien que al mal, dio ocasión á grandes inno- 
vaciones. Por tanto, aunque Nicias llegó á verse desemba- 
razado de Cléon, no tuvo tiempo de tranquilizar y afíanzar 
del todo la república;* sino que habiendo conseguido lle- 
varla por el buen camino, la apartó de él la violencia y fo- 
gosidad de Alcibiades, impeliéndole otra vez á la guerra, 



496 FLCTAICO. — LAS TIDaS FaKALBLAS. 

lo qae sucedió de esta manera. Los que |>riDcipalaieiite se 
oponian á la paz de la Grecia, erao Cleoo y Brandas, aquél 
porque en la guerra no se descubría unto su maldad, y 
éste porque en ella resplandecía más su virtud; como que 
al uno le dio ocasión para grandes injusticias, y al otro 
para gloriosos triunfos. Mas como ambos hubiesen muerto 
en la misma batalla, que fué la de AnGpolis, bailando Ni- 
cias á los Esparciatas deseosos muy de antemano de la 
paz, y á los Atenienses con poca conBanza de sacar partido 
de la guerra, y á unos y á otros fatigados y en disposicio- 
oes de deponer con el mayor gusto las armas, trabajó por 
ver cómo conciliar amistad entre las ciudades, y aliviar y 
dar reposo á los demás Griegos de los males que sufrían, 
haciendo para en adelante seguro y estable el sabroso 
nombre de felicidad. Y lo que es á los ancianos, á los ri- 
cos y á las gentes del campo desde luego los encontró con 
disposiciones pacíficas: en cuanto á los demás, hablando 
á cada u6o en particular, y procuranJo convencerlos, lo- 
gró también retraerlos de la guerra; y cuando asi lo hubo 
ejecutado, dando ya esperanzas á los Esparciatas^ los ex- 
citó y movió á que se presentaran á pedir la paz. Fiáronse 
de él, ya por su conocida probidad y ya también porque i^ 
los cautivos y á los rendidos de Pilos, cuidándolos y visi- 
tándolos con humanidad, les bacía más llevadera su des- 
gracia. Habían ya antes ajustado treguas por un año^ du- 
rante las cuales, reuniéndose unos con otros, y gustando 
otra vez de sosiego y descanso, y del trato con los propios 
y con los extranjeros, se les habia encendido un vivo de- 
seo de aquella vida exenta de inquietudes y de riesgos: 
así oían con gusto á los coros cuando cantaban: 

Quédate, oh lanza, á ser despojo inútil 
Donde enreden su tela las arañas. 

Erales también sabroso traer á la memoría aquel gra- 



NICIAS. 197 

cioso dicho de que á los que en la paz toman el sueño do 
los despiertan las trompetas, sino los gallos. Abominando, 
pues, y maldiciendo á los que suponian tener el hado dis* 
puesto que aquella guerra se lidiara por tres veces nueve 
años, trataron y conferenciaron entre sí é hicieron la paz.. 
Formóse entonces generalmente la idea de que aquella 
reconciliación er^ estable, y todos tenían siempre á Nielas 
6n los labios, diciendo que era un hombre amado de los 
dioses, á quien su buen Genio habia concedido por su 
piedad que del mayor y más aprecíable bien entre todos 
hubiera tomado el nombre: porque realmente así creían 
obra suya la paz, como de Periclesla guerra: pareciéndo- 
les que éste por muy pequeños motivos habia arrojado á 
los Griegos en grandes calamidades, y que aquél les había 
hecho olvidar los mutuos agravios, volviéndolos amigos. 
Pqr tanto, esta paz hasta el día de hoy se llama Nicea. 

Convínose por los tratados en que se restituirían recí* 
procamente las tierras, las ciudades y los cautivos que 
tuviesen, sorteándose sobre quiénes habian de ser los pri- 
meros á restituir: y Nielas compró con su dinero reserva- 
damente la suerte para que fuesen los primeros los Lace^ 
demonios: á lo menos así lo reñere Teofrasto. Viendo que 
los Corintios y Beocios oponían dificultades, y que con di- 
ferentes achaques y quejas procuraban otra vez encender 
la guerra, persuadió Nicias á los Atenienses y Lacedemo- 
Díos á que á la paz añadieran la alianza, como un refuerzo 
y nuevo vínculo con el que se hicieran más temibles á los 
disidentes, y se estrecharan más entre sí. Verificado esto, 
Alcibiades, que no tenía genio de estarse quieto, y que se 
hallaba resentido de los Lacedemonios, porque no haciendo 
cuenta de él, y mirándole con desden, se manifestaban 
adictos á Nicías, desde luego se propuso minar la paz; y 
aunque por entonces nada pudo adelantar, como de allí á 
poco no se mostrasen ya los Lacedemonios tan compiar 
cientes con los Atenienses, y antes pareciese que empe- 



498 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

zaban á hacerles agravios en haber formado alianza con 
los Beocíos y no haber entregado en pié las ciudades de 
Panado y Anfipolis, aferrándose en estas causas, procu- 
raba acalorar al pueblo haciéndoselas presentes á toda 
bora. Finalmente, habiendo hecho venir una legación de 
Argos para entablar alianza con los Atenienses, trabajaba 
para que lo consiguiese. Vinieron en esto embajadores de 
ios Lacedemonios con plenos poderes, y como presentán- 
dose al Senado hubiesen dado idea de admitir toda condi- 
ción justa y moderada, temeroso Alcibiades de que con 
sus proposiciones ganaran también al pueblo, desconcertó 
sus planes con una perfidia, ofreciéndoles bajo juramento 
que hallarían en él auxilio para cuanto quisiesen, con tal 
qtie no dijeran ni convinieran en que venian plenamente 
autorizados: porque así saldrían mejor con su intento. Ha- 
biéndole dado crédito y unídose á él, abandonando á Ni- 
elas, los hizo comparecer ante el pueblo, y les preguntó 
si hablan venido con plenos poderes para todo; y como 
dijesen que no, mudado repentinamente contra todo lo que 
podian esperar, llamó la atención del Senado sobre lo que 
acababan de d^cir, y excitó al pueblo á que no diera oidos 
ni crédito á unos hombres que tan abiertamente mentían 
y que ahora decían una cosa y luego la contraría. Queda- 
ron tan pasmados como se deja conocer; y no teniendo el 
mismo Nielas nada que decir de sorprendido y disgus- 
tado, al punto se decidió el pueblo á llamar y hacer venir 
á los de Argos para concluir la alianza; pero se puso de 
parte de Nielas un terremoto que en esto sobrevino, siendo 
causa de que se disolviese la junta. Congregada otra vez 
al día siguiente, ora con discursos y ora con ruegos, lo 
único que pudo alcanzar, y aun esto con dificultad, fué 
contener la negociación de los Argivos, y que á él se le 
enviase en legación á los Lacedemonios, con esperanza 
que dio de que todo se transigiría á satisfacción. Pasando, 
pues, á Esparta, en todo lo demás le honraron como cor- 



MICIAS. 199 

respondía á un hombre de probidad y su apasionado; pero 
no habiendo podido concluir nada, suplantado por los del 
parlido de los Beocios, hubo de volverse, no sólo desai- 
rado y con descrédito, sino también temeroso de lo que 
determinarían los Atenienses, disgustados y enfadados de 
que á su persuasión hubiesen tenido que restituir unos 
cautivos de tanta calidad: porque los traídos de Pilos eran 
de las primeras casas de Esparta, y tenían amigos y pa- 
rientes entre los de mayor poder. No tomaron, sin embar- 
go, en medio de su enojo resolución ninguna violenta con- 
tra él; sino que nombraron general á Álcibiades, hicieron 
alianza al mismo tiempo que con los Argivos con los de 
Mantinea y los de Elea, que se habían rebelado á los Lace- 
demonios, y enviaron piratas á Pilos para molestar la La- 
conia; con lo que volvieron otra vez á ponerse en guerrat 
Estaban Nielas y Álcibiades en lo más fuerte de su dis- 
cordia, cuando hubo de tratarse de desterrar por el ostra- 
cismo, según costumbre recibida de que á cierto tiempo 
hiciera el pueblo mudar de país por diez años á uno de los 
que le fuesen sospechosos, ó que le causaran envidia por 
su gran crédito ó por su riqueza. Estaban ambos en grande 
agitación y peligro, como que no podía dejar de ser el que 
el uno ó el otro sufriera el destierro. Porque en Álcibiades 
vituperaban su abandonada conducta y temían de su ar- 
rojo; y en Nicias, además de mirarle con envidia por su 
riqueza, culpaban aquel aire poco afable y popular, ó má» 
bien intratable y oligárquico, que le hacía parecer de otra 
especie; y como repugnaba muchas veces á los deseos del 
pueblo, contradiciendo su modo de pensar, y violentán- 
dole en cierta manera hacia lo que creía conveniente, ha- 
bía venido á hacérseles odioso. En una palabra, la con- 
tienda era de los jóvenes y amigos de la guerra con los 
ancianos y amantes de la paz, queriendo los unos que la 
concha cayera sobre éste, y los otros sobre aquél. 



fOO FLUTAftCO. LAS VIDAS P4RALELAS. 

Mas 8í por dos sobre on honor se alterca, 
lio es nuevo que recaiga en an perverso: 

eomo en esta ocasión, dividido el pueblo entre los dos, 
dáó motivo á que se presentaran en la palestra los hom- 
bres más desvergonzados y corrompidos; de cuyo número 
era Hipérbolo Peritoide, hombre á quien no fué ei poder 
el que le dio atrevimiento, sino que de ser atrevido pasó 
i tener poder, y -de haber adquirido fama en la ciudad á 
ser su afrenta y su infamia. Este, pues, considerándose 
entonces muy distante del castigo de las conchas, cuando 
lo que verdaderamente le correspondía era un potro, espe- 
raba que cayendo cualquiera de aquellos dos, él iba á ser 
el rival del que quedase: así se veia bien á las claras quer 
se alegraba de su división, y abiertamente acaloraba al 
pueblo contra ambos. Enterados Nicias y Alcíbiades de 
esta maldad, se pusieron secretamente de acuerdo, y jun- 
tando en uno los dos partidos, lograron que el ostracismo 
no recayese sobre ninguno de los dos, sino sobre Hipér- 
bolo. Al principio fué este cambio materia de diversión y 
risa para el pueblo; pero después ya lo sintieron, parecién- 
doles que aquel recurso se habia deshonrado, empleándose 
en un hombre indigno: teniendo al ostracismo por una pena 
que honraba; y juzgando que si bien era castigo para Tu* 
cidides, Arístides y otros semejantes, para Hipérbolo era 
una honra y motivo de jactancia el que fuese tratado por 
su maldad como lo hablan sido los varones más excelen- 
tes; según que ya lo dijo Platón el cómico, hablando de él 
en estos versos: 

Por sus maldades mereció esta pena; 
Mas por su calidad de ella era indigno: 
Porque no se inventó seguramente 
Para tan ruin canalla el ostracismo. 



NICIAS. 201 

Así es que después de Hipérbolo ya nadie sufrió esta 
forma de destierro, sino que él fué el último; habiendo sido 
el primero Hiparco Colarqueo, pariente del tirano. ¡Mas 
cuan cierto es que la fortuna está muy fuera del alcance 
del juicio humano, y que respecto de ella nada sirven 
nuestros raciocinios! pues si Nicias, habiendo hecho caer 
sobre Alcibiades el peligro de las conchas, hubiera salido 
vencedor, arrojando á éste de la ciudad, habria quedado 
en ella con toda tranquilidad; y en caso de haber sido ven- 
cído, él habria tenido que salir antes de los últimos infor* 
tunios que le oprimieron, conservando la opinión del me- 
jor general. No se me oculta haber dicho Teofrasto que 
cuando salió desterrado Hipérbolo era Feaco y no Nicias el 
que entraba en disputa con Alcibiades; pero los más lo re- 
fieren de aquella manera. 

Vinieron en esto legados de los Segestanos y Leontinos 
con la pretensión de que los Atenienses enviaran una expe- 
dición contra la Sicilia; mas sin embargo de que Nicias lo 
contradecía, aun antes de que sobre este objeto se cele- 
brase junta pública, íué ya arrollado por las sugestiones, y 
sobre todo por la ambición de Alcibiades, el cual con es- 
peranzas habia ganado á la muchedumbre, y con sus dis- 
cursos la habia alucinado: hasta lal punto, que los jóvenes 
en las palestras, y los ancianos sentados en sus talleres ó 
en sus reuniones diseñaban el plan de la Sicilia, describían 
el mar que la rodea, y los puertos y sitios por donde más: 
se avecina al África. Porque no se contentaban con ganar 
la Sicilia en aquella guerra, sino que la miraban como es- 
cala para entrar desde allí en lid con los Cartagineses, y 
dominar en el África y en todo aquel mar hasta las colum-: 
ñas de Hércules. Viéndolos, pues, con semejantes pro-i 
yectos, hizo esfuerzos Nicias por disuadirlos; pero halló 
muy pocos hombres de poder é influjo que se pusieran á > 
su lado: porque la gente acomodada, por no dar idea de 
que huian de servir y de contribuir para el armamento de 



90i rUCTAñCÚ. — LAS TIOAS PAEAIXLaS. 

las galeras, nada hícieroo ó dijeroo. Cod lodo, do desistió 
ó se dio por vencido, sioo qoe aun después de resuelta la 
guerra y de haber sido nombrado general junUineDle con 
Alcibiades y Lamaco, todavía en otra junta habló y procuró 
hacer revocar el decreto, poniéndoles á la vista los in- 
convenientes; y aun excitó sospechas contra Alcibiades, 
indicando que con miras de ambición y de utilidad parti- 
cular trataba de envolver ¿ la república en una guerra 
difícil y ultramarina; pero estuvo tan lejos de adelantar 
nada, que antes teniéndole con esto por más á propósito á 
causa de su inteligencia y de su nimia previsión, que con- 
trastarían muy bien con la osadía de Alcibiades y la pron- 
titud de Lamaco, dieron á su elección mayor Grmeza: por- 
que levantándose Deipostrato, que era el oraüor que más 
inflamaba á los Atenienses para aquella expedición , d^o 
que él haría callar á Nicias; y escribiendo un decreto, por 
el que se daban á los generales plenas facultades para re- 
solver y ejecutar acá y allá cuanto les pareciera, hizo que 
el pueblo lo sancionase. 

Dícese que por parte de los sacerdotes se propusieron 
también muchas cosas que contradecían aquella jornada; 
pero teniendo Alcibiades otros agoreros, presentó de cier- 
tos oráculos antiguos uno, en que se decía que les vendría 
á los Atenienses grande esplendor de parte de la Sicilia; y 
además le vinieron ciertos adivinos de Júpiter Amonio, 
trayéndole un oráculo, por el que se prometia que los Ate- 
nienses se apoderarían de todos los Siracusanos; pero los 
que les eran contrarios los ocultaban, por temor de que se 
tomasen á mal agüero. Lo que no era mucho, cuando no 
los contenían las señales más visibles y manifiestas, como 
la mutilación de los Hermes, que á todos en una noche les 
fueron cortadas las partes prominentes del rostro , á ex- 
cepción de uno solo llamado de Andocides, ofrenda de la 
tribu Cgeide, y que estaba junto á la casa en que Adocídes 
habitaba entonces; y como la atrocidad ejecutada en el ara 



NICIAS. 203 

de los doce Dioses, la cual consistió en que un hombre se 
subió repentinamente sobre ella, y abriendo las piernas, 
con una piedra se cortó las partes genitales. En Delfos 
habia una estatua de oro de la Diosa Palas, colocada sobre 
una palma de bronce, ofrenda de Atenas de los despojos 
tomados á los Miados: á esta, pues, la picotearon por varios 
dias unos cuervos que vinieron volando, y el fruto de la 
palma, que era de oro, lo arrancaron á picotazos y lo echa- 
ron al suelo; pero ellos decian que esto era invención de 
los de Delfos, ganados por los Siracusanos. Preschbióseles 
en aquella misma sazón por un oráculo que trajeran de 
Clazomene la Sacerdotisa de Minerva; y enviándola á bus- 
car, se halló que su nombre era Hesuquia, que significa 
quietud; y en esto parece que el buen genio de Atenas 
aconsejaba á aquellos ciudadanos que por entonces se es^ 
tuviesen quietos. Bien fuera por tdmor de estos prodigios, 
ó bien porque lo alcanzara por su ciencia, el astrólogo Mo- 
tón, á quien se habia dado entonces cierto mando, fingió 
dar fuego á su casa, como que estaba loco: aunque otros 
dicen que no fingió tal locura, sino que habiendo incen- 
diado su casa por la noche, se presentó en la plaza muy 
afligido, y pidió á los ciudadanos que en atención á tan 
grande desventura eximieran de la expedición á su hijo, 
que estaba nombrado capitán de galera para pasar á Sicilia. 
A Sócrates el Sabio le anunció su Genio , por los medios 
que tenia por costumbre, que aquella expedición se equi- 
paba en ruina de la ciudad, lo que refirió á sus amigos y 
conocidos, habiendo corrido entre muchos esta especie. 
Para no pocos eran también motivo de inquietud los dias 
en que salió la armada, porque celebraban las mujeres, las 
fiestas de Adonis; y por todas partes se veian tendidos por 
las calles sus simulacros , y junto á ellos exequias y llan- 
tos de mujeres; por lo cual los que dan importancia á ea- 
tas cosas se mostraban disgustados, y temian no fuera que 
aquel aparato y aquella fuerza que se ostentaban entonces 



Í04 PLUTARCO. — LAS VIDAS PAHALBLA8. 

tan brillantes y florecientes, se ooapchitasen bien en breve. 
El que Nicias se opusiese á ia expedición proyectada, 
sin dejarse seducir de lisonjeras esperanzas, y que no 
mudase de dictamen deslumhrado con la brillantez de tan 
ilustre mando, no puede menos de merecerle la alabanza 
de hombre recto y prudente; pero después cuando, habiéa-^ 
dolo intentado, no pudo apartar al pueblo dt la guerra, ni 
lograr que lo exonerase de su encargo, sino que más 
bien éste, como que le cogió de la mano y por fuerza, le 
puso al frente de aquellas tropas; entonces ya no era tiem- 
po de detenciones ó irresoluciones, indisponiendo á sus 
colegas, y malogrando el objeto con volver como un niño 
los ojos atrás desde la nave y quejarse continuamente de 
que sus discursos no hubiesen sido atendidos; sino que lo 
que convenia era apresurarse y cargar prontamente sobre 
los enemigos á probar la suerte de los combates. Mas él lo 
que hizo fué contradecir al dictamen de Lamaco, que que- 
ría se marchara directamente á Siracusa y que en sus in- 
mediaciones se diera una batalla; y también al de Alcibia- 
des, que tenía por lo mejor hacer que las ciudades aban- 
donaran el partido de los Siracusanos, y logrado esto, en- 
caminarse contra ellos; con lo que, y con dar la orden de 
que recorriendo con las naves la isla se hiciera ostensión 
de las tropas y del número de galeras, y se volviesen des- 
pués á Atonas, dejando una pequeña guarnición á los Se« 
géstanos, desconcertó desde un principio los proyectos de 
entrambos generales, y les infundió grande desaliento. 
Llamaron de allí á poco los Atenienses á Alcibiades para 
ser juzgado; y entonces, aunque fué designado segundo 
general, en el poder quedó de primero, y siempre conti- 
nuó ó estándose quieto, ó teniendo en movimiento las na- 
ves, ó juntando consejos, dando lugar á que en su ejér- 
cito se debilitase la esperanza, y los enemigos sacudiesen 
el asombro y terror que les causó ía primera vista de tan 
poderosas fuerzas. Cuando se hallaba allí todavía Alcibia- 



NICIAS. 205 

des bien so dirigieron con sesenta naves contra Siracusa; 
pero contuvieron el mayor número de ellas, formándolas 
fuera á la vista del puerto, y sólo con diez penetraron 
adentro con el objeto de hacer un reconocimiento; y mien- 
tras por medio de un heraldo llamaban para que volviesen 
á su casa á los Leontinos, cogieron una nave enemiga que 
conducía unas tablas, en las que los Siracusanos se hablan 
inscrito á sí mismos cada uno en su tribu; y puestas lejos 
de la ciudaii en el templo de Júpiter Olimpio, entonces las 
habían enviado á buscar para hacer el recuento de los 
que so hallaban en edad de hacer el servicio militar. Co- 
gidas que fueron, las presentaron á los generales, y al ver 
aquel inmenso número de nombres, se sobrecogieron los 
adivinos, temiendo no fuese aquello lo significado por el 
oráculo cuando decia: «Los Atenienses se apoderarán de 
todos los Siracusanos;» aunque otros dicen que este orá- 
culo había tenido ya pleno cumplimiento en otro tiempo, 
cuando Calipo el Ateniense, dando muerte á Dion, se apo- 
deró de Siracusa. 

Después que Alcibiades regresó de la Silicia con unos 
pocos, toda la autoridad fué ya de Nicias; pues aunque La- 
maco era hombre de valor y justiticacion, y en las batallas 
peleaba denodadamente, se hallaba tan pobre y miserable, 
que en cada expedición se veían precisados los Atenienses 
á admitirle en las cuentas una pequeña cantidad para su 
vestido y calzado; y así Nicias, ya por otras causas y ya 
también por su riqueza y por la gloria que había adquirido, 
era grande la preferencia que se daba. Cuéntase por tanto 
que celebrando en una ocasión consejo de guerra, dio or- 
den al poeta Sófocles para que como el más anciano de los 
generales diera el primero su dictamen; y éste le respon- 
dió: «Yo bien soy el más viejo, pero tú eres el más ancia- 
no.» De esta manera, teniendo bajo de sí á Lamaco, sin 
embargo de ser mejor general que él, y no usando de sus 
fuerzas sino con una nimia reserva y cuidado, primero 



206 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

con recorrer la Silicia lejos siempre de los enemigos dio á 
éstos mucho aliento; y después con haber acometido á Hi- 
bla, aldea despreciable, y haberse retirado sin tomarla, in- 
currió eu el mayor desprecio. Finalmente, se retiró á Ca- 
tana, sin haber hecho otra cosa que asolar áHicara, aldea 
habitada por bárbaros, donde se dice haber caído cautiva 
la célebre ramera Lais todavía mocita, y que vendida con 
los demás esclavos fué llevada al Peloponeso. 

Al fín del verano, como entendiese que los Siracusanos, 
muy aletitados ya, estaban resueltos á acometer los prime- 
ros, y la caballería se acercase con insolencia á su campa- 
mento preguntando si hablan venido á aumentar los habi* 
tantes de Catana ó á restituir á sus casas á los Leontinos, 
determinóse Nicias no sin repugnancia á marchar á Sira- 
cusa. Uueria sentar con seguridad y sosiego su campa- 
mento; y para ello envió cautelosamente desde Catana un 
hombre que avisara á los Siracusanos de que si querían 
encontrar desierto el campo de los Atenienses, y tomarle 
con cuanto contenia, acudieran con todas sus tropas á Ca- 
tana el dia que les prefijó; pues que no saliendo por lo re- 
gular los Atenienses de la ciudad, tenían pensado los ami- 
gos de los Siracusanos, cuando vieran que ellos venían, 
apoderarse de las puertas, y al mismo tiempo poner fuego 
á la escuadra: siendo muchos los que estaban en ello, no 
aguardando más que su llegada. Este fué el golpe de maes- 
tro que Nicias dio en Sicilia: porque sacando con esta es- 
tratagema todas las tropas de la ciudad, y dejándola en 
cierta manera vacia, pudo marchar de Catana, apoderarse 
de los puestos, y establecer el campo en sitio donde 
los enetnigos no le incomodaran con aquello en que les 
era inferior, y desde donde esperaba hacerles libremente 
la guerra con lo que le daba ventajas. Después, cuando al 
volver los Siracusanos de Catana se formaron delante de 
la ciudad, los acometió subitáneamente Nicias con sus 
fuerzas, y los venció; mas no se hizo gran matanza en los 



HICIAS. 207 

enemigos, porque la caballería impidió que se les siguiera 
el alcance. Rompió enlónces Nicias y derribó los puentes; 
lo que hizo decir á Hermócrates para dar ánimo á los Sira- 
cusanos: «¡Ridículo general es este Nicias, que busca me- 
dios para no pelear, como si no hubiera sido enviada á pe- 
lear su expedición!» Con todo, fué tan grande la sorpresa 
y el miedo que causó á los Siracusanos, que en lugar de 
los quince generales que entonces tenían, eligieron tres, 
asegurándoles el pueblo con juramento que les dejaría 
obrar con las más plenas facultades. Hallábase cerca el 
templo de Júpiter Olimpio, y los Atenienses pensaban en 
tomarle, por haber en él muchas y muy ricas ofrendas de 
oro y plata; pero Nicias de intento lo fué dilatando y de- 
jando para otro día, no impidiendo que los Siracusanos in- 
trodujesen guarnición, por pensar que si los soldados sa- 
queaban aquellas preciosidades, ningún provecho había de 
resultar de ello á la república, y sobre él vendría á re- 
caer la nota de impiedad. Ningún partido sacó de una vic- 
toria tan celebrada; y pasados pocos dias se retiró á Najos, 
donde pasó el invierno, haciendo exorbitantes gastos para 
mantener tan numeroso ejército, y ejecutando cosas de 
muy poca entidad con algunos Sicilianos de los que habían 
abrazado su partido. Con esto los Siracusanos cobraron 
otra vez ánimo, y dirígiéndose á Catana, talaron el país, é 
incendiaron el campamento de los* Atenienses; y de esto 
todos ponían la culpa á Nicias, porque en conferenciar, en 
meditar y en precaverse se le iba el tiempo, malogrando 
las ocasiones; pues lo que es sus hechos nadie los repren- 
día: siendo después de determinarse activo y pronto; pero 
para decidirse muy detenido y cobarde. 

Luego que resolvió mover de nuevo con su ejército para 
Siracusa, lo dispuso con tanto acierto y fué-tal la prontitud 
y seguridad con que se condujo, que no se tuvo el menor 
indicio de haberse dirigido á Tapso con la' escuadra y ha- 
ber allí saltado en tierra la tripulación; ni tampoco de que 



208 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

él mismo se había adelantado hasta el punto de Epipolas, 
y le había tomado; en seguida de lo cual venció á lo más 
escogido de los auxiliares, cautivando unos trescientos, y 
rechazó la caballería de los enemigos, que era tenida por 
invencible. Pero lo que más que todo admiró á los Sira- 
cúsanos y se hizo increíble á los Griegos, fué haber cor- 
rido en muy poco tiempo un muro alrededor de Siracusa, 
ciudad de no menor extensión que Atenas, y que por la 
la desigualdad de su terreno, por su inmediación al mar, 
y por las lagunas que hay en su contorno, ofrece mayores 
difícuUades para poder ser circunvalada con tan dilatada 
muralla. Pues con todo faltó muy poco para que se acaba- 
se enteramente bajo el cuidado de un caudillo que estaba 
muy distanie de gozar de la salud correspondiente á tantas 
fatigas, padeciendo un violento dolor de ríñones; al que 
debe con razón atribuirse que aquel trabajo no se hubiese 
concluido. No puedo, pues, admirarme bastante de la dili- 
gencia de tal caudillo y del valor de tales soldados, por las 
victorias que consiguieron, puesto que Eurípides, después 
de SU3 derrotas y de su trágico fin, les hizo este epicedio: 

Ocho victorias los que aquí descansan 
De los Siracusanos alcanzaron, 
Mientras plugo á los Dioses de ambos lados 
En igualdad perfecta mantenerse. 

Y no ocho victorias solas, sino muchas más todavía se 
hallará haber sido las que consiguieron de los Siracusanos, 
antes que, como es cierto, se hubiese hecho por los Dio- 
ses y por la fortuna oposición á los Atenienses, cuando 
habían llegado á la cumbre del poder. 

Haciéndose, pues, violencia, acudía Nicias á cuanto se 
ofrecía; pero habiéndose agravado el mal, tuvo que que- 
darse dentro del muro con algunos asistentes, y en tanto 
mandando el ejército Lamaco hacia frente á los Siracusa- 



NICIA8. 209 

nos, que construían desde la ciudad otra muralla por de- 
lanto de la de los Atenienses para impedir los efectos de 
su circunvalación. Por lo mismo que los Atenienses esta- 
ban vicioriosos, solían desordenarse al seguirles el al- 
cance; y habiéndose quedado en una ocasión casi solo La- 
maco, aguardó á la caballería de los Siracusanos que le 
cargaba. Era el primero de ella Calicrates, buen militar y 
de mucho aliento; y como provocase á Lamaco, fuese éste 
para él, y pelearon en singular batalla, en la que fué pri- 
mero herido Lamaco, y al herir después éste á Calicrates, 
cayó en el suelo, y iambos muri^on juntos. Apoderáronsfe 
de su cadáver y de sus armas ios Siracusanos, y en seguidía 
dieron á correr hacia el muro de los Atenienses, en el que 
habia quedado Nicias sin tener casi á nadie en su ayudia. 
Sin embargo, movido de la necesidad y de la presencia del 
peligro, mandó á los que tenía cerca de sí que á cuantos 
maderos se hallaban reunidos para las máquinas y á lal9 
máquinas mismas les pegaran fuego: Sirvió esto para con^ 
tener á los Siracusanos, y salvó á Nicias con la muralla y 
los efectos que allí tenían guardados los Atenienses; por- 
que viendo los Siracusanos á la mitad de la distancia aquel 
grande incendio, se retiraron. De resulta de- estos sucesos 
quedó Nicias único general, y se formaron grandes espe- 
ranzas; porque se pasaban ásu partido las ciudades, y 
eran muchos los barcos cargados de provisiones que de 
todas partes llegaban al campamento, acudiendo todos á 
aquel cuyos negocios iban tan prósperamente; de manera 
que aun le habían llegado de parte de los Siracusanos pro- 
posiciones de paz, desconfiando de poder sostener la ciu- 
dad. Asi Gilipo, que dé Lacedemonia venía en su auxilio, 
luego que en el curso de su navegación supo como se ha- 
llaban cercados, y la escasez que padecían, continuó su 
viaje en la inteligencia de que la Sicilia estaba tomada, y 
que no le quedaba más que hacer sino conservar en la 
alianza á los italianos y sus ciudades, si aun para esto lie- 

TOMO III. 14 



Si o PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALBLAS. 

gaba á tiempo. Porque las voces quo corrían eran de que 
todo estaba ya por los Atenienses, y que tenían un gene- 
ral invencible por su dicha y su prudencia. El mismo Ni- 
oías pasó de repente con esta prosperidad á ser confíado 
xtontra lo que llevaba su natural; y teniendo por cierto, ya 
ppr su demasiado poder y ventura, y ya más principal* 
mente por los avisos que secretamente le llegaban de Si- 
racusa, que para ser suya la ciudad apenas le faltaba más 
que estar hechas las capitulaciones, ninguna cuenta hizo 
de la venida de Gílipo, ni puso las convenientes guardias 
para estar en observación: asi, con desatenderle y despre- 
ciarle, dio lugar á que sin tener él la menor sospecha apor- 
tase en una lancha á la Sicilia, donde estableciéndose le- 
jos de Siracusa, ceclutó mucha gente sin que los Siracusa- 
QOS lo supiesen, ni siquiera le esperasen. Por tanto, ya se 
había convocado para junta pública con el objeto de tratar 
de la capitulación con Nicias; y algunos se encaminaban 
i ella, pareciéndolas que debía hacerse el tratado áqtes 
que del todo fuese circunvalada la ciudad; porque era muy 
poco lo que quedaba por hacer, y aun para esto estaban 
ya arrimados todos los materiales. 

Cuando se hallaban en este conflicto llegó Gonguilo do 
Corínto con una galera; y corriendo todos á él, como era 
natural, les dijo que Gílipo estaba para llegar de un mo- 
momeoto á otro, y aun venían más fuerzas en su socorro. 
Todavía dudaban de esta relación de Gonguilo, cuando les 
Uegó aviso de Gílipo, previniéndoles que marcharan. á 
unirse con él. Cobraron, pues, ánimo, y tomando las ar- 
mas apenas llegó Guipo, sin detención inarchó en órdea 
^MiaMfii contra los Atenienses,. Formó también Níqias 
contra ellos, y entonces, bajando Gilipo las armas, envvó 
im heraldo á jos Atenienses, diciéndoles que les daría per* 
mi^ para retirarse con seguridad de la Sicilia; á lo cual 
ai siquiera se dignó de contestar Nicias; pero algunos <j^ 
los soldados, echándose á reír, le preguntaron, si ppr ha« 



NICTA8. SI4 

berso presentado una capa y una vara lacónicas había de 
repente mejorado tanto el estado de los Siracusanos, que 
pudieran despreciar á los Atenienses, que á trescientos 
más valientes que Gilipo y con más cabellera, teniéndolos 
en prisiones, los habian vuelto á los Lacedemonios. Timeo 
refiere que los mismos Sicilianos miraron con el mayor 
desprecio á GUlipo; á la postre, por condenar en él su co^ 
dicia y su avaricia sórdida, y cuando al principio se pr(&- 
seutó, porqae hacian irrisión de su capa y de su cabellera'. 
I>iee, además, que apenas se apareció Gilipo volaron mtf- 
cbos á él, como cuando se aparece la lechuza, dispuestos 
á hacer la guerra; lo (ffxe es más cierto que lo que antes 
se deja dicho; porque acudieron en gran número, recono- 
ciendo en aquella capa j en aquella vara la sefial distintiva 
y la dignidad de Esparta; y esto fué obra de sólo Guipa, 
como lo dice Tucidides, y también Filisto, natural de Sira»- 
cusa, y testigo ocular de estos sucesos. ^ la primera ba^ 
talla quedaron vencedores los Atenienses, habiendo dade 
muerte á algunos Siracusanos, y al corintio Gonguílo; pero 
al dia siguiente hizo ver Gilipo cuánto puede la inteligen- 
cia y pericia militar; porque con las mismas armas, oor 
los mismos caballos, en el mismo terreno, aunque no de 
la misma manera, sino variando la formación, venció á los 
Atenienses, que eo fuga se retiraron á su campamento; 7 
habiendo puesto á trabajar á los Siracusanos, con las pie*- 
dras y materialea que aqu^os habían allegado, continuad- 
ron sus obras comenzadas, con las que cortaron el mnrat* 
llon de los Atenienses; de modo que aun oon vencer nada 
adelantarían. Alentados, con esM> extraordinariamente los 
Siracusanoa, tripularon sus galeras, y reoorriendo el {)afs 
con su caballería y la de los' aliados, atrajeron á mueh^osi 
Dirigiéndose también Guipo ávias ciudades, movió alboTO- 
toe y sediciones eitcidasi ellas;; coDsrgoiendO' que le obe^ 
deciesen y so le ineoe^rasen j Nidias entóMesi-^w>fvie«ide 
á su primer modOHde^iMnsiurvy rsooiocíendo lá «ivdatfitá 



f 19 PLUTARCO.— LAS VIDAS PARALELAS. 

que los negocios habian tenido, cayó de ánimo, y escribió 
á los Atenienses pidiendo que le enviaran otro ejército, ó 
retiraran aquél de la Sicilia; y en cuanto á sí, rogó que le 
exoneraran del mando á causa de su enrermedad. 

Aun antes do esto habian intentado los Atenienses enviar 
nuevas fuerzas á Sicilia; pero por envidia de la prosperidad 
con que la fortuna babia hasta aquel punto lisonjeado á Ni- 
elas, lo habian ido dilatando; mas entonces se apresuraron 
á mandar los socorros. Estaba dispuesto que pasado el in- 
vierno marchara Démostenos con un poderoso ejército; 
pero entretanto^ en el rigor de aquella estación dio la vela 
Eurumedonte , llevando caudales, y la designación de los 
colegas de Nicias en el mando, tooAados de los que allí ha- 
cían la guerra; los cuales eran Eutudemo y Meoandro. A 
este tiempo tentó Nicias repentinamente por mar y por 
tierra la suerte de los combates; y aunque al principio 
tuvo en el mar algún descalabro, con todo rechazó y echó 
á pique muchas de las naves enemigas; pero por tierra, no 
habiendo podido por sí mismo adelantar sus socorros, cargó 
precipitadamente Gilipo, y tomó á Plemurio, donde hallán- 
dose los efectos del arsenal y otra infinidad de enseres, de 
todo se apoderó, dando muerte á no pocos, y haciendo á 
otros cautivos; pero lo más fué haber quitado á Nicias la 
proporción del acopio de víveres : porque éste era suma- 
mente seguro y pronto por Plemurio, ocupándole los Ate- 
nienses; pero desposeídos de él, además de ser difícil, no 
p(MÍia hacerse sino á fuerza de continuos combates con los 
(Niemigos, que tenian surta allí su armada. Aun la victoria 
contra esta no pareció haberse conseguido de poder á po- 
der, sino por haberse desordenado cuando seguía el alcan- 
ce: así volvieron á presentarse en actitud de pelear mejor 
preparados que antes; pero Nicias no quería aventurar otro 
combate naval, diciendo que sería gran necedad, estando 
aguardando tan brillantes tropas de refresco como eran 
la» que á toda prisa conducía Démostenos, querer arries- 



mciAs. 213 

garse á una batalla con fuerzas inferiores y mal organiza- 
das. Pero de Menandro y Eutudemo, que acababan de ser 
elevados al mando, se había apoderado cierta envidia y 
emulación contra los otros dos generales , proponiéndose 
ejecutar algún hecbo notable antes qire llegase Demóstenes 
y oscurecer si podian á Nicias. El pretexto, sin embargo, 
era el celo por la gloria de la república, la que decían pe- 
recería y anublaría del todo si mostrasen temer á los Si- 
racusanoSy que los provocaban á batalla; con lo que le 
obligaron á combatir. Engañados con una estratagema por 
Aristón, piloto de Corinto, fué destrozada enteramente 
su ala izquierda, según escribe Tucidídes, con pérdida de 
mucha gente. Afligióse sobremanera Nicias con este infor- 
tunio; pues si mandando sólo ya había empezado á caer, 
ahora los colegas le habían precipitado. 
, Dejóse ver en esto Demóstenes en el puerto tan brillante 
con la pompa de su magnfflca escuadra, como formidable á 
los enemigos, trayendo en setenta y tres galeras cinco mil 
infantes, y entre tiradores de armas arrojadizas, flecheros 
y honderos arriba de tres mil. El ornato de las armas, las in- 
signias de las naves, y la muchedumbre de cantores y flau^ 
tista? presentaba uo aparato teatral, propio para infundir á 
aquéllos terror. Volvieron, por tanto, losSiracusanos á con* 
cebir los mayores recelos, viendo que sus trabajos no tenían 
término ni alivio, y que se estaban consumiendo y aniquí-^ 
lando en vano. No le duró de otra parte á Nicias largo 
tiempo el placer de la venida de aquellas fuerzas; pues ape- 
nas entró en conferencias con Demóstenes, cuando le vio 
resuelto á que al punto se acometiera á los enemigos, y sin 
perder momento se pusiera todo al tablero , para tomar á 
Siracusa y volverse á casa; de lo que concibió gran temor; 
y maravillado de aquella prontitud y temeridad, le rogaba 
que nada se hiciera por desesperación y sin maduro conse- 
jo. Decíale que la dilación era toda contra ios enemigos, que 
se hallaban gastados en sus bienes, y no podian contar con 



fié rUJTAACO. — LAS YíbAS PARALELAS. 

i|ae los auxiliares se «aotavieraB á so lado largo tiempo, y 
qae sí de nuevo seoiíaii los aporos de la escasez y la haiiH 
líre, acudirían á él como iotes con profwsiciones de paz. 
Perqué babia no pocos eo Síracasa que secretamente da* 
bnn avisos á Nicias y le inclinaban i permanecer, á causa 
de que aquellos habitantes padecían mucho con la guerra 
y >no podían aguantar á Gilipo; y á poco que la miseria se 
aumentase, enteramente habian de desmayar. Como mu- 
elas de estas cosas no bacía Nicias más que indicarlas, no 
teniendo por cooveoienle decirlas á las claras, dio motivo 
á los colegas para que le trataran de irresoluto, diciéndole 
qoe ya volvía á sus precauciones, á sus dilaciones y ni- 
miedades, con las que dejó perder el primer calor del ejér- 
cito, no marchando al punto contra los enemigos, sino 
procrastinando y haciéndose despreciable; y como con 
esto los otros se adhiriesen al dictamen de Deroóstcnes, al 
eabo convino también Nicias , aunque no sin gran violen- 
eift* Hecho este acuerdo, tomó consigo Demóstenes por la 
soche las fuerzas terrestres, y marchando contra el punto 
de Epipolas, á algunos de los enemigos, sorprendiéndoles 
sin ser sentido, les dio muerte, y á otros que se defendie- 
ron los desbarató; mas aunque le lomó por este medio, no 
se contuvo, sino que discurrió adelante hasta que dio con 
\o$ Deocios: porque éstos fueron los primeros que animan-» 
dose unos á otros, y corriendo á los Atenienses con las 
lanzas en ristre, los rechazaron con grande gritería, dando 
muerte á muchos de ellos. Con esto se introdujo gran con* 
fusión y terror en todo el ejército, llenando de él el que 
huía al que todavía estaba vencedor; y dando la parte que 
avanzaba y acgmelia en la que se retiraba despavorida, tra* 
))Bron unos con otros, creyendo que los que huían eran per- 
seguidores, y tratando á los amigos como enemigos. Porque 
en-aquelladesordenada confusión, acompañada de miedo y 
^e la falta de conocimiento, y en la inseguridad de la vista 
en una noche que ni era absolutamente oscura ni tenía una 



NiciAS. 245 

luz cierta, domo era preciso estando ya para ponerse lá 
luna, y moviéndose entre su luz muchos cuerpos y arm^, 
sin que pudieran reconocerse los semblantes, con miedo 
del enemigo hasta él propio se hacia sospechoso, cayendo 
los Atenienses en la situación y perplejidad más terrible. 
Avínoles también el que teüian la luna por la espalda, c&á 
lo que enviando sus sombras delante de sí, ocultaban el nü* 
mero y brillo de sus armas ; cuando en los contrarios él 
resplandor de la luna i|ue daba en los escudos, hacía qué 
parecieran en mayor número y con ventaja. Finalmente, 
cayendo sobre ellos por todas partes los enemigos luégó 
que cedieron, unos fueron muertos por éstos en la fugé, 
otros perecieron á manos de sus camaradas, y otros áfé 
precipitaron por los derrumbaderos. A los que se disper- 
saron y perdieron el camino,. venido el dia, los aca^ó la ca^ 
ballería: habiendo sido dos mil los que murieron; y de los 
que se presentaron en el campamento, muy pocos se sal- 
varon con las armas. 

Habiendo recibido Nicias este golpe muy contra su es- 
peranza, se quejaba de la precipitación de Demóstened; y 
éste, después de haber pretendido excusarse, fué de pare- 
cer que debian retirarse cuanto antes, pues que ya no ha- 
blan de venirles nuevas fuerzas, ni con aquellas podian 
vencer á los enemíigos; y aun cuando los vencieran, siem- 
pre habla de ser preciso abandonar aquel terreno, contra- 
río y enfermizo en todo tiempo, según se les informaba; 
para un campamento, y entonces mortífero, como lo esta-< 
ban viendo: porque se hallaban á la entrada del otoño, te- 
nían muchos enfermos, y todos estaban abatidos. Resis- 
tíase Nicias á la propuesta de la retirada y del embarque, 
no porque no temiese á los Siracusanos, sino porque 
temía ¿nás á los Atenienses, sus juicios y sus calumnias: 
c<porque aquí, añadió, no espero nada de muy ádversoP 
y aun cuaudo sucediera, quiero más recibir la muerta 
de los enemigos, que no de mis conciudadanos:» al con-' 



^16 PLUTARCO. -<^LAS VIDAS PARALELAS. 

trario de como pensó más adelante León Bizantino, que 
diyo á los suyos: «Más quiero morir de vuestra mano, que 
jCOD vosotros.» En cuanto al punto y país adonde traslada- 
rían el campamento, dijo que ya deliberarían con más sot- 
sifigo. Dicho esto, Demóstenes, como le habia salido tan 
jnal su primer dictamen, no insistió más en el que propo* 
pía; y los otros colegas, pareciéndoles que Nicias por es- 
P0rar y confiar en los de adentro resistía el embarque con 
t^nto tesón, convinieron al fln en su parecer. Mas como 
hubiesen recibido los Siracusanos otros refuerzos, y ae 
encrueleciese la enfermedad en los Atenienses, entonces 
áuD Nicias condescendió en la retirada, y dio orden á los 
soldados de que estuvieran prontos para embarcarse. 
. Cuando todo estaba á punto, sin que ninguno de los ene- 
migos lo observase, como que tampoco lo esperaban, en 
aquella misma noche se eclipsó la luna; cosa de gran ter- 
rotr para Nicias, y para todos aquellos que por ignorancia 
y superstición se asustan con tales acontecimientos: por- 
que en cuanto á oscurecerse el sol hacia el dia trigésimo, 
ya. casi todos saben que aquel oscurecimiento lo causa la 
luna; pero en cuanto á ésta, que es lo que se le opone, y. 
'como hallándose en su lleno de repente pierde su luz y 
cambia diferentes colores, esto no era fácil de compren- 
der, sino que lo tenian por cosa muy extraordinaria y por 
apuncio que hacía la Diosa de grandes calamidades: puoa. 
el primero que con más segundad y confianza habia puesto 
por escríto sus ideas acerca del creciente y menguante de 
la luna habia sido Anaxágoras; y éste no era antiguo, ni su 
e9crito tenía celebrídad; sino que no se habia divulgado, 
y solo corría entre pocos con reserva y cautela. Porque 
tOjdayía no eran bien recibidos los físicos y los llamados, 
especuladores de los meteoros, achacándoseles: que las 
Qosas divinas las atribulan á causas destituidas de razón, 4 
potencias incomprensibles, y á fuerzas que no pueden re- 
sistirse; así es que Protágoras fué desterrado; Anaxágoras 



NICIAS. 217 

fué puesto en prisión, de la que le costó mucho á Pericles 
sacarle salvo; y Sócrates;>que no se metió en ninguna de 
estas cosas, sin embargo pereció por la filosofía. Ya más 
adelante resplandeció la fama de Platón; y tanto con su 
conducta, como con haber subordinado las fuerzas físicas 
á principios divinos y superiores, desvaneció las calumnias 
que corrían contra estos estudios, y les abrió á todos ca^ 
mino para la instrucción. Así, su amigo Dion, aunque en el 
n^ismo punto en que estaba para dar la vela desde Zacinto 
contra Dionisio, sobrevino un eclipse de luna, no por eso 
se inquietó ni dejó de partir, y apoderándose de Siracusa, 
expelió al tjrano. Hizo además la casualidad que Nicías no 
tuviese á su lado un adivino diestro; porque Estilbides, su 
gran confidente, y que procuraba desimpresionarle de la 
superstición, habia muerto poco antes. Y en verdad que 
aquella señal, como observa Filocoro, para los que querían 
huir no era adversa, sino muy favorable: porque las cosas 
q¡üie se hacen por miedo necesitan de reserva, y la luz les 
es contraria; y fuera de esto, así en los eclipses de sol 
como en los de luna, se estaba en observación por tres 
dias, como en sus Comentarios lo expuso Anticlides; y Ni- 
elas les persuadió que eaperaran otro período de luna 
como si no la hubiera visto al punto clara y limpia de man- 
chas luego que salió de la oscuridad con que la tierra im-* 
pedia su luz. , i 

Olvidado casi de todo lo demás, se ocupaba en hacer sar 
orificios., hasta que vinieron sobre ellos los enemigos, sít 
tiando con sus tropas de jLierra la muralla y el campamen«r 
to, y cercando en rededor el puerto con sus naves; y. do 
sólo ellos, sino hasta los muchachos, conducidos en barqui- 
chuelos y en lanchas, provocaban é insultaban á los Atei? 
pienses. Uno de éstos, hijo de padres distinguidos, llamado 
Heraclides, que se habia adelantado con su barquichuelo, 
fué cogido por una nave ática, que salió en su persecución; 
y como temiese por él Polico su tio, corrió para librarle 



918 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

con diez galeras que mandaba; y lo» demás, temiendo por 
Polico, movieron igualmente. Trabóse una reñida batalla, 
«n la que vencieron los Siracusanos con muerte de Euru^ 
nedonte y otros muchos. No pudieron ya aguantar más los 
Atenienses, y empezaron á gritar contra los generales, cla- 
mando por que dispusieran la retirada por tierra; pues por 
otra parte los Siracusanos, luego que hubieron alcanzado 
la victoria, custodiaron y cerraron la salida del puerto. 
Rehusaba Nicias venir en semejante resolución, porque le 
jMnrecia cosa terrible abandonar un grandísimo número de 
trasportes y muy pocas menos de doscientas galeras: em* 
barcando, pues, lo más escogido de la infantería y los noíás 
robustos entre los tiradores, ocupó con ellos ciento y diez 
galeras; porque las restantes estaban desprovistas de re- 
mos. La demás 4ropa la situó á la orilla del mar, abando* 
nando el grau campamento y la muralla que remataba en 
el templo de Hércules: de manera que no habiendo ofre- 
cido los Siracusanos al Dios tiempo habia los acostumbra- 
dos sacrificios, entonces saltando en tierra cumplieron coii 
elte acto religioso los sacerdotes y los generales. 

'Cuando ya estaban listas las naves anunciaron los ago- 
reros á los Siracusanos que las víctimas íes prometían pros- 
peridad y victoria, si no eran los primeros á empezar el 
combate, y solamente se defendían; pues Hércules alcanzó 
todas sus victorias poniéndose en defensa cuando se veia 
amenazado: y con esto movieron del puerto. En este com- 
bate naval, uno de los más empeñados y terribles, y qué 
no causó menores inquietudes y agitaciones en los espec-^ 
tadores que en los combatientes, por la vista de un encuen- 
tro que en breve tuvo muchas y muy inesperadas mudan- 
zas, no vino menos daño á los Atenienses de su estado y 
disposición que de mano de los enemigos. Porque peleabsin 
«con naves estrechamente unidas y cargadas, contra otras 
que estando vacías y ligeras, con facilidad discurrían por 
todas partes; siendo además ofendidos con piedras^ qué 



NICIAS. 219 

donde quiera que cayesen hacian gran daño, cuando ellos 
DO lanzaban sino dardos y saetas, que con el oleaje no te- 
ngan golpe seguro, ni siempre podían herir de punta. Esta 
fué lección que dio á los Siracusanos Aristón, el piloto de 
Corinto, el cual habiendo peleado alentadamente en aquel 
combate, murió en él cuando ya hafoian vencido ios Siracuf- 
sanos. Habiendo sido grande la ruina y destrozo de los Ate^ 
nienses, se les cortó toda esperanza de poder huir por mali^ 
y como viesen también muy difícil el poderse^ salvar por 
tierra, ni estorbaron á los enemigos que remolcasen sus 
n«ves, no obstante estarlo presenciando, ni pidieron qué 
se les permitiera recoger los muertos: teniendo todavía 
por más triste y miserable el abandono que se veían pre^ 
eisados á hacer de los enfermos y heridos^ j consideran^ 
dose á si mismos en un estado aun más lastimoso, porcfué 
h&bian de llegar al mismo fin por entre mayores males. 

Intentaban evadirse aquella noche; y Gilipo, viendo á 
los Siracusanos entregados á sacrificios y banquetes eft 
celebridad de la victoria y de la fiesta, desconfió de poder 
moverlos, ni con persuasiones, ni con esfuerzo alguno, á 
que persiguieran á los enemigos, que no dudaba iban á 
retirarse; pero Hermócrates por movimiento propio exco* 
l^tó contra Nicias un engaño, enviando algunos de sus 
amigos que le dijesen venir de parte de aquellos mismos 
que antes acostumbraban hablarle reservadamente, siendo 
8« objeto avisarle que no marchara aquella noche, porque 
los Siracusanos les tenían armadas celadas y les habían 
tomado los pasos. Burlado Nicias con este engaño, pade^ 
ció después con verdad de parte de los enemigos lo que 
entonces falsamente se le hizo temer: porque saliendo á 
la mañana siguiente al amanecer, ocuparon las gargantas 
de los caminos, levantaron cercas delante de los vados de 
los ríos, cortaron los puentes, y en el terreno llano y sin 
tropiezos situaron la caballería, para que por ninguna 
parte pudieran pasar los Atenienses sin tener un combate* 



9t0 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

jiguardaron éstos todo aquel dia hasta la noche, en la que 
86 pusieron en marcha, no sin grande aflicción y suspiros* 
como sí salieran de su patria y no de tierra enemiga, sin- 
tiendo la estrechez y miseria en que se veían, y el aban- 
dono de los amigos y deudos; y sin embargo, estos males 
Jes parecían más ligeros que los que les aguardaban. Pues 
jcon todo de causar lástima el desconsuelo que reinaba en 
«1 campamento, ningún espectáculo era más triste y mise, 
rabie que el ver á Nicias, debilitado por sus males, y re- 
ducido en medio de su dignidad á lo más preciso, sin poder 
usar de los alivios que por el mal estado de su salud le 
eran más necesarios, y que con todo hacía y toleraba en 
aquella situación lo que no sufrían much< s de los que se 
hallaban sanos: echándose bien de ver que no por sí mis- 
mo ni por apego á la vida aguantaba aquellas penalidades, 
sino que era el amor á sus conciudadanos el que le hacía 
no dar por perdida toda esperanza. Así, cuando los demás 
prorumpian en lágrimas y sollozos por el miedo y el dolor, 
si alguna vez se veia forzado á dar por el mismo tórmino 
muestras de su aflicción, se advertía que era á causa de 
comparar la afrenta é ignominia de su ejército con la 
grandeza y gloria de los triunfos que habían esperado 
conseguir. Aun sin tenerlo á la vista, con $ólo recordar 
sus discursos y las exhortaciones que había hecho para 
impedir la expedición, se les ofrecía que muy sin causa 
sufría aquellas calamidades, tanto, que hasta su esperanza 
en Jos dioses llegó á debilitarse en gran manera, al consi- 
derar que un hombre tan piadoso y en las cosas de la reli- 
gión tan puntual y magnífico, no era mejor tratado de la 
fortuna que los más perversos y ruines del ejército. 

Esforzábase Nicías á mostrarse en la voz, en el semblante 
y en el modo de saludar superior á tanta desgracia; y en 
los ocho días de marcha, acometido y herido por los eaoi 
migos) conservó invencibles las fuerzas que tenia consigo, 
hasta que quedó cautivo Démostenos eon su división junto 



NICfAS. 2S1 

á la quinta llamada Policele, peleando y siendo cercado de 
los enemigos. Desenvainó entonces Demóstenes su es- 
pada, y se hirió á sí mismo, aunque no acabó de quitarse la 
vida, porque se arrojaron sobre él los enemigos y le echa- 
ron mano. Adelantáronse unos cuantos Siracusanos á ente- 
rar á Nicias del suceso; y habiendo mandado algunos de 
los suyos de á caballo, cuando se cercioró de la pérdida de 
aquéllos, manifestó deseo de tratar con Gilipo para que 
dejaran partir á los Atenienses de la Sicilia, recibiendo 
rehenes sobre que serían indemnizados los Siracusanos de 
todos los gastos que hubiesen hecho en aquella guerra; 
mas ellos no le dieron oidos, sino que tratándole con vili- 
pendio, y haciéndole amenazas é insultos, le lanzaron ti- 
ros, no obstante que le veian reducido al último extremo 
de misería. Con todo, aun aguantó aquella noche, y al dia 
siguiente continuó su marcha, acosado por los enemigos 
hasta el rio Asinaro. Allí éstos alcanzaron á algunos, y los 
arrojaron á la corriente; otros hablan llegado antes, y 
<:ompelidos de la sed se hablan echado de bruces á beber; 
y fué grande el estrago y crueldad contra los que á un 
mismo tiempo bcbian y recibían la muerte: hasta que Ni- 
cias, echándose á los pies de Gilipo le hizo este ruego: 
«Hallen compasión, oh Gilipo, en vosotros los vencedores, 
«no yo, que de nadie la deseo, debiendo bastarme el nom- 
»bre y la gloría que me dan tamañas desgracias, sino los 
ademas Atenienses, haciéndoos cargo de que son comunes 
Y>los infortunios de la guerra, y que en ellos se hubieron 
»con vosotros benignamente los Atenienses, cuando les 
>^fué favorable la fortuna.^» Al proferir Nicias estas pala- 
bras, con ellas y con su vista no dejó de conmoverse Gi- 
lipo^ pues sabía que los Lacedemonios habían sido de él 
favorecidos en el último tratado, y además echaba cuenta 
de que importaría mucho para su gloria el coeducir pri- 
sioneros á los dos generales enemigos. Por tanto, tomando 
de la mano á Nicias, procuró alentarle, y dio orden para 



' 922 PLUTARCO. — LA8 YIDaS PARALELAb. 

que á los demás los hiciesen prisioneros; pero habiéndose 
tardado algo en hacer correr esta orden, fueron menos 
>que los muertos los que se salvaron; de los cuales los solr 
dados sustrajeron y robaron muchos. Reunido que hubie- 
jon todos los prisioneros que se manifestaron, suspendie- 
■ron de los más altos y hermosos árboles de la orilla del 
rio las armas ocupadas á los enemigos; pusieron coronas 
«pbre sus sienes, y enjaezando vistosamente sus caballos, 
y cortando las clines á los de los enemigos, se dirigieron 
4 la ciudad después de haber terminado la más celebrada 
contienda que Griegos contra Griegos tuvieron jamás, y de 
h^er alcanzado la victoria más completa con grande po- 
der y tesón, y con las mayores muestras de resolución y 
de virtud. 

Celebróse junta general de los Siracusanos y los aliados, 
en la que el orador Eurucles propuso primero que el dia ea 
que hablan hecho prisionero á Nielas sería sagrado y dedi- 
cado á hacer sacriQcios, absteoiéndoae de todo trabajo; 
que esta festividad se llamarla Asinariadel nombre del rio: 
el dia fué el 27 del mes Carneo, al que los Atenienses di- 
cen Melagitnion; que los esclavos de los Atenienses serían 
vendidos, y también sus aliados; pero los Atenienses mis- 
mos y los de la Sicilia hallados con ellos serian puestos en 
custodia, destinándolos á los trabajos de las minas, á e%- 
cepcion de los generales; y que á éstos se les daría muer- 
te. Habiendo aplaudido los Siracusanos esta propuesta, 
quiso Hermócrates hacerles entender que más glorioso qie 
el vencer es saber usar con moderación de la victoria; pero 
80 vio jumamente expuesto; y como Gil^o hubiese pedide 
que se le entregasen los generales de los Atenienses para 
cpnducirlos á Esparta, ensorbebecidos los Siracusanos coa 
)a prosperidad, lefespond;eron. desabridamente; y sin esto 
fijiera de la guerra llevaban muy mal su aspereza y su modo 
de mandar verdaderamente lacónico; y, según, dice Ti- 
meo, repugnaban y condenaban su >mezquindad y su avarl- 



mciAS. S2S 

cia: enfermedad heredada, por la que su padre Cleandrides, 
en causa de soborno, fué desterrado; y él mismo, habiendo 
sustraído treinta talentos de los que Lisandro envió á Es- 
parta, y escoodfdolos en el tejado de su casa, como hu- 
biese sido denunciado, tuvo que huir con la mayor ver- 
güenza; pero de esto hemos hablado con más detención en 
en la vida de Usandiro^ Timeo no dice que Demóstenes y 
Nicias hubiesen muerto apedreados, oomo lo escriben Fi« 
lisio y Tucldides, «ino que habiéndoles avisado Hermócra* 
tes, cuando todavía duraba la junta, por medio de uno de 
la guardia que allí se hallaba, ellos mismos se quitaron la 
vida; y que los. cadáveres se expusieron públicamente á la 
puerta para que pudieran verlos cuantos quisiesen. Se me 
ha informado que todavía se muestra en Siracusa un esn 
cudo fijado en el templo, que se dice haber sido el de Ni- 
cias, y cuya cubierta es un tejido de oro y púrpura primo- 
rosamente entremezclados. 

>Deios Atenienses los más fallecieron en las minas de en- 
fermedad y de mal alimentados, porque no se les daba por 
dia más que dos cotilas (i) de cebada y una de agua. No 
pocos fueron vencidos, ó porque habian sido de los roba- 
dos, ó porque no se les tuvo por ciudadanos atenienses; 
sino que pasaron por esclavos, y como tales los vendían 
imprimiéndoles en la frente un caballo; teniendo que SU4 
frir esta miseria más sobre la esclavitud. Fueron para és* 
tos de gran socorro au vergüenza y su educación, porque 
ó alcanzaron luego la libertad, ó permanecieron siendo 
tratados con disUncioa en casa de sus amos. Debieron otros 
su salud á Eurípides; ponqué eran los Sicilianos, según par- 
rece, entre los Griegos de afuera los que:más gustaban de 
su poesía, y.apcendifip.de memoria, lasi muestras, y, dig^-i 
moslo asi, loa boioadoa q:ue Jes traían los que arribaban de 

(1) La cotila griegfa liacia medio cuartillo y onza y inedia de la 
medida de líquidos de Castilla. 



f^ PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

lodas partes, comunicándoselos unos á otros. Dícese, pues, 
que de los que por Gn pudieron volver salvos á sus casas 
muchos visitaron con el mayor reconocimiento á Eurípides, 
yie manifestaron, unos que hallándose esclavos hablan 
conseguido libertad enseñando los fragmentos de sus poe- 
sías, que tcnian de memoria, y otros que, dispersos y 
errantes después de la batalla, habían ganado el alimento 
.cantando sus versos; lo que no es de admirar, cuando se 
refiere que refugiado á uno de aquellos puertos un barco de 
la ciudad de Cauno perseguido de piratas, al principio no 
lo recibieron, sino que le hacían salir, y que después, pre- 
guntando á los marineros si sabian los coros de Eurípides, 
y respondiendo ellos que sí, con solo esto cedieron y les 
dieron puerto. 

La noticia de aquella desgracia se dice habérseles he- 
cho increíble á los Atenienses, por la persona y el modo 
en que fué anunciada: pues á lo que parece arribó un fo- 
rastero al Píreo, y entrando en la tienda de un barbero, 
comenzó á hablar de lo sucedido, como de cosa que ya 
debia saberse en Atenas. Oido que fué por el barbero, su- 
bió corriendo á la ciudad, antes que ninguno otro pudiera 
tener conocimiento; y dirigiéndose á los Arcontes al punto 
les dio en la misma plaza parte de lo que le hablan con- 
tado. Siguióse la consternación é inquietud que era natu- 
ral; y convocando los Arcontes á junta, le hicieron pre- 
sentarse en ella; y como preguntado por quién lo sabía, no 
hubiese podido decir cosa que satisfaciese, teniéndole por 
un forjador de embustes, que trataba de afligir la ciudad, 
le ataron á una rueda, en la que fué atormentado por largo 
tiempo hasta que llegaron personas que refirieron toda 
aquella tragedia como habla pasado. ¡Tanto fué lo que les 
costó creer que á Nielas le habían sobrevenido los infor- 
tunios que tantas veces les había pronosticado! 



MARCO CRASO. 



Marco Craso, cuyo padre había sido censor y había me- 
recido los honores del triunfó, se crió, sin embargo, en una 
casita reducida con otros dos hermanos. Estaban éstos 
casados cuando vivían aún los padres, y todos comían á 
una misma mesa; lo que parece pudo contribuir no poco á 
que fuese frugal y moderado en el comer y beber. Muerto 
uno de los hermanos, tomó en matrimonio á su mujer, y 
de ella tuvo hijos, habiendo sido en esta materia tan arre- 
glado como el que más de los Romanos; y con todo, cuando 
ya se hallaba adelantado en edad fué acusado de haber 
tratado inhonestamente con Lícínia, una de las vírgenes 
Vestales. Lícínia fué absuelta de aquel cargo, habiendo sido 
8u acusador un tal Plotíno. Tenía ésta una quinta deli- 
ciosa, y deseaba Craso adquirirla por un corlo precio; para 
lo cual la visitaba y obsequiaba con grandísima frecuen- 
cia: y de aquí tuvo origen la indicada sospecha; la que en 
cierta manera desvaneció con su codicia, habiendo sido 
también absuelto por los jueces; pero de la intimidad con 
Lícínia no se retiró hasta haberse hecho dueño de la pose- 
sión. 

Dicen I09 Romanos que á las muchas virtudes de Craso 
sólo un vicio hacía sombra, que era la codici'i; pero á lo 
que parece no era solo, sino que siendo muy dominante 
TOMO ni. i5 



9f6 pLcrrARCO. — las vidas paralelas. 

bacía qae no apareciesen los demás. Las pruebas más 
evídeotes de so codicia son el modo con que se hizo 
rico, y lo excesivo de su caudal; porque no teniendo 
al principio sobre trescienlos talentos, después cuando 
ya fué admitido al gobierno ofreció á Hércules la décima, 
dio banquetes al pueblo, y á cada uno de los Romanos 
le acudió de so dinero con trigo para tres meses; y sin 
embargo, habiendo hecho para su conocimiento el avance 
de su hacienda antes de partir á la expedición contra los 
Partos, halló que ascendía á la suma de siete mil y cien 
talentos; y sí aunque sea en oprobio suyo hemos de decir 
la verdad, la mayor parte la adquirió del fuego y de la 
guerra: siendo para él las miserias públicas de grandí- 
simo producto. Porque cuando Sila, después de haber to- 
mado la ciudad, puso en venta las haciendas de los que 
había proscrito, reputándolas y llamándolas sus despojos, 
y quiso que la nota de esta rapacidad se extendiese á los 
más que fuese posible y á los más poderosos, no se vio 
que Craso rehusase ninguna donación ni ninguna subasta. 
Además de esto, teniéndose por continuas y connaturales 
pestes de Roma los incendios y hundimientos por el peso 
y el apifiamiento de los ediflcíos, compró esclavos arqui- 
tectos y maestros de obras; y luego que los tuvo, habiendo 
llegado á ser hasta quinientos, procuró hacerse con los 
edificios quemados y los contiguos á ellos, dándoselos los 
dueños, por el miedo y la incertidurobre de las cosas, en 
muy poco dinero, por cuyo medio la mayor parte de Roma 
vino á ser suya. Y sin embargo de poseer tantos artistas, 
nada edificó para sí, sino la casa de su habitación; porque 
decía que los amigos de obras ellos se aruinaban á sí mis- 
mos sin necesidad de otros enemigos. Gran muchas las 
minas de plata que tenía, posesiones de gran precio en sí, 
y por las muchas manos que las cultivaban; y ^ pesar de 
eso, todo era nada en comparación del valor de sus escla- 
vos; ¡tantos y tales eran los que tenía! lectores, amanuen- 



MARCO CRASO. !227 

ses, plateros, administradores y mayordomos, y él era 
€omo el ayo de los que algo aprendían, cuidando de elloflí 
y enseñándoles, porque llevaba la regla de que al amo era 
á quien le estaba mejor la vigilancia sobre los esclavos, 
como órganos animados del gobierno de la casa. Exce- 
lente pensamiento, si Graso juzgaba, como lo decia, que 
las demás cosas debian administrarse por los esclavos, y 
él gobernar á éstos: porque vemos que la economía en las 
cosas inanimadas no pasa de lucrosa, y en los hombres 
tiene que participar de la política. En lo que no tuvo ra- 
zón fué en decir que no debía ser tenido por rico el que 
no pudiera nrantener á sús expensas un ejército: porque 
la guerra no se mantiene con lo tasado, según Arquidamo; 
sino que la riqueza respecto de la guerra y los guerreros 
tiene que ser indefinida; muy distante de la sentencia de 
Mario; porque como habiendo distribuido catorce yugadas 
de tierra á cada soldado le hubiesen informado que todavía 
codiciaban más, «cno quiera Dios, dijo, que ningún Romano 
tenga por poca la tierra que basta á mantenerlo.» 

Picábase, sin embargo, Craso de acoger bien á los foras-' 
teros, estando abierta su casa á todos ellos, y á los amigos 
les daba prestado sin ínteres; pero vencido el plazo exigía 
con tanto rigor el pago, que la pHmera gracia venía á ha-' 
cerse más inaguantable que habrían sido las usuras. Para 
franquear su mesa era bastante generoso y popular; y aun- 
que ésta no era espléndida, el aseo y la amabilidad la bacía ' 
más apetecible que hubiei*a podido hacerla el ser más ex-"^ 
quisita y costosa. En cuanto á instrucción, se ejercitó én !a' 
elocuencia , especialmente en la parte oratoria, qiie es de' 
mayor y más extensa utilidad; y habiendo llegado á sobre- 
salir en esta arte entre los más aventajados de Roma, en eí 
trabajo y en el celo excedió aun á los iftás facundos; poi- 
que ninguna causa tuvo pbi' tttn pequéflá'y déspifeciablé qué'' 
no fuese preparado para hablad eti ella; yinuchas veíceis re- ' 
pugnando Pompeyo y César , y aun el mismo C¡cefbh,le-^ 



S28 PLUTARCO. ^LAS VIDAS PARALELAS. 

yantarse y tomar la palabra, él conciuía la defensa; con lo 
que se ganó el aféelo, como patrono solícito y diligente. 
Ganósele también con su humanidad y popularidad para 
con las gentes, pues nunca Craso, saludado de un ciuda- 
dano romano, por miserable y oscuro que fuese, dejó de 
corresponderle por su nombre. Dícese que fué muy ins- 
truido en la historia, y aun algo dado á la filosofía, adop. 
lando las opiniones de Aristóteles, en las que luvo por 
maestrea Alejandro, varón dulce y apacible, como se ve 
en el modo en que permaneció al lado de Craso; pues que 
DO es fácil demostrar si era más pobre antes de ir á fu com- 
pañía, ó después de estar en ella; y siendo el .único entre 
8US amigos que le acompañaba en los viajes, para el camino 
86 le daba una capa, la que se le recogia á la vuelta. ¡Esta 
8Í que es paciencia! y se ve que este infeliz no sólo no tenía 
por mala, mas ni aun por indiferente la pobreza. Pero de 
esto hablaremos más adelante. 

Desde luego que Ciña y Mario quedaron vencedores se 
echó de ver que iban á entrar en la ciudad, no para bien de 
la patria, sino al contrario, para destrucción y ruina de los 
buenos ciudadanos; y por de contado cuantos pudieron ha- 
ber á las manos todos perecieron, de cuyo número fueron 
el padre de Craso y su h^^rmano. El mismo Craso, que to- 
davía era muy joven, evitó el primer peligro; pero habiendo 
entendido que por todas partes le perseguían y andaban 
solícitos para cazarle los tiranos, acompañado de dos ami> 
gos y de diez criados huyó con extraordinaria celeridad á 
España, donde en otro tiempo habia estado con su padre 
en ocasión de ser éste Pretor, y habia granjeado amigos; 
pero habiendo observado que todos estaban llenos de re- 
celo temblando de la crueldad de Mario, como si lo tuvie- 
ran ya encima, no se atrevió á presentarse á ninguno; sino 
que dirigiéndose á unos campos que en la inmediación del 
mar tenía Vibio Pacieco, donde habia una gran cueva, allí 
se ocultó. A Vibio envió uno de sus esclavos para que le 



MARCO CRASO. 229 

tanteara; y más que ya empezaban á faltarle las provisiones. 
Alegróse Vibio de saber por la relación de éste que se ha- 
bía salvado; é informado de cuántos eran los que tenía con- 
sigo y del sitio, aunque no pasó á verle, llamó al punto al 
administrador de aquella ciuda j, y le dio orden de que ha- 
ciendo todos los dias aderezar una comida, la llevara y pu- 
siera delante de la piedra, retirándose calladamente, sin 
meterse á examinar ni inquirir lo que habí»; y le anunció 
que el ser curioso le costaría la vida, y el desempeñar fiel-, 
mente lo que se le mandaba, le valdría la libertad. La 
cueva está no lejos del mar; y las rocas que la circundan 
envían una aura delgada y apacible á los que se hallan den- 
tro: si se quiere pasar adelante, aparece una elevación ma- 
ravillosa, y en el fondo tiene diferentes senos de gran ca- 
pacidad, que se comunican unos con otros. No carece de 
agua ni de luz, sino que al lado de las rocas mana una 
fuente de abundante y delicioso caudal; y unas hendiduras 
naturales de las peñas, por donde entre si se juntan, reciben 
de afuera la luz; de manera que el sitio está alumbrado por 
el d'a. El que se halla dentro se conserva limpio y enjuto, 
porque el grande espesor de la piedra no da paso á la hu- 
medad y á los vapores, haciéndoles dirigirse hacia la fuente. 
Mientras alü se mantenía Craso, el administrador les lle- 
vaba lodos los dias el alimento, sin que los viese ni cono- 
ciese; mas ellos le veían, sabedores de todo, y esperando 
que mudaran los tiempos; y la comida con que se les asis- 
tía no se limitaba á lo preciso, sino que era abundante y 
regalada. P< rque Vibio sabía agasajar á Craso con toda 
delicadeza: tanto, que hasta sus pocos años le ocurrieron; 
y viendo que era muy joven, quiso obsequiarle con los 
placeres que pide tal edad: pues ceñirse á lo puramente 
necesario, más es de quien só'.o tira á cumplir, que de 
quien sirve con voluntad. Encaminándose, pues, á la ribera 
con dos esclavas bien parecidas, luego que llegó cerca del 
sitio, mostrando á éstas la puerta de la cueva, les dio ór- 



230 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dea de que entrasen en ella sin recelo. Craso y los que 
con él estaban, ai ver que allá se dirigían, empezaron á te- 
mer no fuese que se hubiera descubierto ó que se hubiera 
denunciado su retiro; preguntáronles, pues, qué querían, 
y quiénes eran; mas luego que respondieron, como se le» 
habia prevenido, que buscaban á su amo que se hallaba 
allí refugiado, comprendiendo Craso la Qnura y esmero de 
Vibio para con él, dio entrada á las esclavas; las cuales 
permanecieron en su compañía por todo el tiempo res- 
tóte, dando parle á Vibio de lo que les hacia falta. Dí- 
cese que Pénentela al^canzó á ver á una de ellas ya muy 
anciana, y que muchas veces la oyó referir y traer á la 
memoria estas cosas con sumo placer. 

Pasó allí Craso escondido ocho meses, y dejándose ver 
desde el punto en que se supo la muerte de Ciña, coma 
acudiesen á él muchos de los naturales, recluiando unos 
dos mil y quinientos, recorríó con ellos las ciudades; de 
las cuales sólo saqueó á Málaga, según opinión de muohos; 
pero se dice que él lo negaba, y que impugnó á aquellos 
escritores. Recogió después de esto algunas embarcacio- 
nes, y pasando al África se dirigió á Meielo Pió, varen de 
grande autoridad, y que habia juntado un ejército respe- 
table; pero con todo no permaneció largo tiempo á su 
lado, sino que habiéndose indispuesto con él, partió en 
busca de Sila, que le admitió y trató con la mayor distin- 
ción. Regresó Sila á Italia de allí á poco, y queriendo te- 
ner en actividad á todos los jóvenes que con él servían,, 
les fué dando diferentes encargos; y como enviase á Crasa 
^1 país de los Marsos á reclutar gente, éste le pidió es- 
colta, porque tenía que pasar entre los enemigos; pero di- 
ciéndole Sila con cólera: c(¡Y tanto! pues te doy en escolta 
á tu padre, tu hermano, tus amigos y tus parientes, de 
cuyos injustos matadores voy á lomar venganza;» corrida 
é inüamado con semejante expresión, partió sin detenerse; 
atravesó resueltamente por entre los enemigos; reunió 



MARGO GRASO. 231 

considerables fuerzas, y en los combates dio pruebas á 
Sila de su valor. Desde este tiempo y estos sucesos se dice 
que comeozó su emulación y contienda de gloria con Pom- 
peyo; porque con ser éste de menor edad, é l:ijo de un 
padre infamado en Roma, y aborrecido con el más impla- 
cable odio de sus conciudadanos, brilló extraordinaria- 
mente, y compareció grande en estos reencuentros; tanto, 
que Sila cuando entraba Pompeyo se levantaba, se descu- 
bría la cabeza, y le saludaba con el dictado de emperador: 
distinciones de que no solia usar ni con varones más an- 
cianos que él, ni con sus colegas. Quemábase é irritábase 
Graso con estas cosas, sin embargo de que era justamente 
postergado, porque le faltaba pericia, y quitaban* el valor 
á sus hazañas las ingénitas pestes que le acompañaban 
siempre, á saber, su ansia de adquirir y su sórdida codicia: 
así es que habiendo tomado en la Umbría la ciudad de Tu- 
der, se creyó que se habia apropiado la mayor parte del 
botin, y de ello fué acusado ante Sila. Luego en la batalla 
de Roma, que fué la más encarnizada y decisiva, Sila fué 
vencido, habiendo sido rechazado y deshechos no pocos 
de los que estaban á su lado; mas Craso, que mandaba el 
ala derecha, venció á los enemigos, y habiéndolos perse- 
guido hasta entrada la noche, envió á pedir á Sila cena 
para sus soldados, y le anunció la victoria; pero en la 
proscripciones y subastas volvió á desacreditarse, com- 
prando grandes rentas á precio muy bajo, y pidiendo dá- 
divas. Gn la Calabria se dice que proscribió á uno, no de 
orden de Sila, sino por codicia; por lo que reprobando éste 
su conducta, no volvió á valerse de él para ningún nego- 
cio público. Tenía la partida de ser tan diestro para ga- 
narse las gentes con la adulación, como sujeto á que con 
la adulación se le llevaran de calles. Era otra de sus pro- 
piedades, según se dice, el que siendo el más codicioso de 
los hombres, aborrecía y censuraba á los que adolecían 
del mismo vicio. 



i32 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Mortificábale la Telicidad y buena suerte de Pompeyo en 
sus empresas; el que hubiese triunfado antes de ser sena- 
dor, y el que los ciudadanos le apellidaran Magno^ que 
quiere decir grande; y como en una ocasión dgese uno: 
«ahí viene Pompeyo el grande,» sonriéndose le preguntó: 
«¿como qué es de grande?» Desconfiando, pues, de poder 
igualarle por la milicia, recurrió á las artes del gobierno, 
llegando á conseguir con su celo, sus defensas, sus em- 
préstitos y con dar pareceres y auxiliar en cuanto le pe- 
dían á los que tenían negocios públicos, un poder y una 
gloria que competían con los quebabian granjeado á Pom- 
peyo sus muchas y grandes victorias. .Sucedíales una cosa 
singular: y era que el nombre y la autoridad de Pompeyo 
en la ciudad eran mayores cuando estpba ausente, á causa 
de sus prósperos sucesos en la guerra; y presente, que- 
daba muchas veces inferior á Craso por su entonamiento 
y por su método de vida, huyendo de la muchedumbre, re- 
tirándose de la plaza pública, y no tomando bajo su am- 
paro, j aun esto no con gran empeño, sino á pocos de los 
que á él acudían, á fin de conservar más vigente su auto- 
ridad cuando para sí mismo la hubiera menester. Mas 
Craso, que conocía la importancia de ser útil á los demás, 
y que no se hacía desear, ni escaseaba su trato, sino que 
siempre estaba pronto para toda suerte de negocios, con 
hacerse popular y humano triunfaba de aquel ceño y ma- 
jestad. Por lo que hace á la nobleza de la persona, á la fa- 
cundia en el decir y á la gracia en el semblante, es fama 
que uno y otro tenían bastante atractivo. Ni aquella emu- 
lación de que hemos hablado producía en Craso enemistad 
ó malquerencia, sino que sintiendo ver que Pompeyo y Cé- 
sar le eran antepuestos en los honores, no por eso acom- 
pañaban á este ajamiento de su amor propio, ni mal hu- 
mor ni enemiga; y sin embargo de esto, César, cuando en 
el Asia fué cautivado y puesto en custodia por los piratas: 
«¡con cuánto gozo, exclamó^ recibirás, oh Craso, la noti- 



MARCO CRASO. 233 

»cía de mi caulividad!» Ello es que más adelante contraje- 
ron entre sí cierta amistad; y teniendo en una ocasión Cé- 
sar que pasar de pretor á España, como le faltasen fondos 
y los banqueros le incomodasen, habiendo llegado hasta 
embargarle las prevenciones de la expedición. Craso no se 
hizo el desentendido, sino que le sacó del apuro, consti- 
tuyéndose su fiador por ochocientos y treinta talentos. 
Finalmente, dividida Roma en tres partidos, el de Pompe- 
yo, el de César y el de Craso (porque en Catón era más la 
gloria que la autoridad, y más bien era admirado que te- 
nido por poderoso), la parte juiciosa y sensata de la repú- 
blica cultivaba la amistad de Pompeyo; y la gente inquieta 
y fácil de moverse iba tras las esperanzas de César. Craso, 
puesto entre ambos, ya sacaba ventajas de una parte y ya 
de otra; y siguiendo las vicisitudes del gobierno, que se 
sucedían con frecuencia, ni era amigo seguro, ni enemigo 
irreconciliable, sino que con facilidad cedía en la gracia y 
en el odio, según la utilidad lo exilia, siendo muchas ve- 
ees en poco tiempo defensor é impugnador de los mismos 
hombres y de las mismas leyes. Contribuían á darle poder 
el favor y el miedo; pero éste más todavía: así es que Si- 
cinio, que tanto dio en que entender á todos los magistra- 
trados y hombres públicos de su tiempo, preguntándole 
uno por qué causa con solo Craso no se metia, smo que le 
dejaba en paz, teste, le respondió, tiene heno en el cuer- 
no,! aludiendo á la costumbre que tenían los Romanos, 
cuando habia un buey bravo, de ponerle un poco de heno 
en el cuerno, para que se guardasen los que le vieran. 

La sedición de los gladiatores, y la devastación de la 
Italia, á la que muchos dan el nombre de guerra Esparta- 
cense ó de Espartaco, tuvo entonces origen co*»» el mo- 
tivo siguiente: un cierto Lentulo Baciato manteuit^'en Ca? 
púa gladiatores, de los cuales muchos eran Galos y Traces; 
y como para el objeto de combatir, no porque hubiesen 
hecho nada malo, sino por pura injusticia de su dueño, se 



234 PLUTARCO — LAS VIDAS PARALELAS. 

les luviese en un encierro, se confabularon hasta unos 
^doscientos para fugarse: hubo quien los denunciara; mas 
con todo, los que llegaron á traslucirlo y pudieron antici- 
parse, que eran hasta setenta y ocho, tomando en una co- 
cina cuchillos y asadores, lograron escaparse. Casual- 
mente en el camino encontraron unos carros que condu- 
elan á otra ciudad armas de las que son propias de los 
gladiatores; robáronlos, y ya mejor armados, tomando un 
sitio naturalmente fuerte, eligieron tres caudillos, de los 
cuales era el primero Cspartaco, natural de Tracia, de un 
pueblo nómade; pero no sólo de gran talento y extraordi- 
narias fuerzas, sino aun en el juicio y en la dulzura muy 
«uperior á su suerte, y más propiamente Griego que de 
semejante nación. Se cuenta que cuando fué la primera 
vez traido á Roma para ponerle en venta, estando en una 
'ocasión dormido, se halló que un dragón se le habia en- 
roscado en el rostro; y su mujer, que era de su misma 
gente, dada á los agüeros é iniciada ea los misterios órgí- 
cos de Baco, manifestó que aquello era señal para él de un 
poder grande y terrible, que habia de venir á un término 
feliz. Hallábase también entonces en su compañía, y huyó 
con él. 

La primera ventaja que alcanzaron fué rechazar á loí 
que contra ellos salieron de Capua; y tomándoles gran co- 
pia de armas de guerra, hicieron cambio con extraordina- 
rio placer, arrojando las otras armas bárbaras y afrentosas 
de los gladiatores. Vino después de Roma en su persecu- 
ción el pretor Clodio con tres mil hombres, y cercándolos 
en un monte que no tenía sino una sola subida muy agria 
y difícil, estableció en ella las convenientes defensas. Por 
todas las demás partes, el fcitio no tenía más que rocas cor- 
ladas y grandes despeñaderos; pero como en la cima hu- 
biese parrales nacidos espontáneamente, cortaron los que 
se hallaban cercados los sarmientos más fuertes y robus- 
tos, y formando con ellos escalas consistentes y de grande 



MARCO GRASO. 235 

extensión, tanto que suspendidas por arriba de las puntas 
de las rocas tocaban por el otro extremo en el suelo, baja^ 
ron por ellas todos con segundad, á excepción de uno 
solo, que fué preciso se quedara á causa de las armas. Mas 
éste las descolgó luego que los otros bajaron, y después 
tamoien él se puso en salvo. De nada de esto tuvieron ni 
el menor indicio los Romanos; y al hallarse tan repentina- 
mente envueltos, sobresaltados con este incidente, dieron 
á huir, y aquellos les tomaron el campamento. Reunieron- 
soles allí muchos vaqueros y otros pastores de aquella 
comarca, gente de expeditas manos y de ligeros pies: así 
armaron á unos, y á otros los destinaron á comunicar avi- 
sos, ó á las tropas ligeras. El segundo pretor enviado con- 
tra ellos, fué Publio Voreno; y en primer lugar derrotaron 
á su legado Turio, que los acometió con dos mil hombres 
que mandaba. Después, habiendo Cspartaco sobrecogido 
bañándose junto á Salenas al consultor y colega de aquél, 
Gosinio, enviado con más fuerzas, estuvo en muy poco 
que no le echase mano. Huyó al fln, aunque no sin gran 
dificultad y peligro: pero Espartaco le tomó el bagaje, y 
persiguiéndole sin reposo, causándole gran pérdida, se 
hizo dueño también del campamento; y por último cayó en 
aquella refriega el mismo Gosinio. Venció igualmente al 
Pretor en persona en diferentes encuentros; y habiéndose 
apoderado de sus lictores y de su propio caballo, con esto 
adquirió ya gran fama, y se hizo temible. Gon todo echó 
como hombre prudente sus cuentas, y conociendo serle 
imposible superar todo el poder de Roma, condujo su 
ejército á los Alpes, pareciéndole que debian ponerse al 
otro lado, y encaminarse todos á sus casas, unos á la Tra- 
cia y otros á la Galia; mas ellos fuertes con el número y 
llenos de arrogancia, no le dieron oidos, sino que se en- 
tregaron á talar la Italia. En este estado no fué sólo la 
humillación y la vergüenza de aquella rebelión la que 
irritó ai Senado, sino que por temor y por consideración 



236 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

. al peligro^ como á una de las guerras más arriesgadas y 
difíciles, hizo salir á aquella á los dos cónsules. De éstos 
Gelio, á las gentes de Germania, que por orgullo y sober- 
bia se babian separado de las de Espartaco, cayendo sobre 
ellas repentinamente, del todo las deshizo y desbarató. 
Propúsose Lentulo envolver á Espartaco con grandes divi- 
siones; pero él se decidió á hacerle frente, y dándole ba- 
talla, venció á sus legados, y se apoderó de todo el bagaje. 
Retirado á los Alpes, fué en su busca Casio, pretor de la 
: Galia Cispadaoa, con diez mil hombres que tenía; pero 
trabada batalla, fué igualmente vencido, perdiendo mucha 
gente y salvándose él mismo con gran difícultad. 

Cuando el Senado lo supo, mandó con enfado á los cón- 
sules que nada emprendiesen, y se nombró á Craso gene- 
ral para aquella guerra; al cual por amistad y por su grande 
opinión acudieron muchos de los jóvenes más principales 
para militar bajo sus órdenes. Entendió Craso que debia 
situarse en la región Picena, y esperar á Espartaco, que 
.por allí habia de pasar; pero envió para observarlo á su 
legado Mumio con dos legiones, dándole orden de que 
puesto á su espalda siguiera á los enemigos, sin que de 
ningún modo viniera á las manos con ellos, ni aun hiciera 
la guerra de avanzadas; pero él apenas pudo concebir al- 
guna esperanza, cuando trabó combate y fué vencido; ha- 
biendo perecido muchos, y habiéndose otros muchos sal- 
vado arrojando las armas en la fuga. Craso recibió á Mu- 
mio con la mayor aspereza; y armando de nuevp á los sol- 
dados, les hizo dar fianzas de que conservarían mejor 
aquellas armas. A quinientos, los primeros en huir y los 
más cobardes, los repartió en cincuenta décadas, y de cada 
una de ellas hizo quitar la vida á uno, á quien cupo por 
suerte, restableciendo este castigo antiguo de los soldados 
interrumpido tiempo habia; el cual, además de ir acompa- 
ñado de infamia, tiene no sé qué de terrible y de triste, por 
ejecutarse á la vista de todo el ejército. Después de dado 



MARCO CRASO. 237 

este ejemplo de severidad guió contra los enemigos; mas 
en tanto Espartaco se encaminaba por la Lucania hacia el 
mar; y encontrándose en el puerto con unos piratas Cili- 
cianos intentó pasar á la Sicilia é introducir dos mil hom- 
bres en aquella isla, con lot[ue habria vuelto á encender 
en ella la guerra servil, poco antes apagaitia, y que con 
pequeño cebo hubiera tenido bastante. Convinieron con él 
los de Cilicia, y recibieron algunas dádivas; pero al cabo lo 
engañaron, haciéndose sin él á la vela. Movió otra vez del 
mar, y sentó sus reales en la península de Regio; adonde 
acudió al punto Craso, y hecho cargo de la naturaleza del 
sitio que estaba indicando lo que había de hacerse, se pro- 
puso correr una muralla por el istmo, sacando con esto 
del ocio á los soldados, y quitando la subsistencia al ene- 
migo. La obra era grande y difícil; pero contra toda espe- 
ranza la acabó y completó en muy poco tiempo, abriendo 
de mar á mar por medio del estrecho un foso, que tenía de 
largo trescientos estadios, y de ancho y profundo quince 
pies; y sobre el foso construyó un muro de maravillosa 
altura y espesor. Espartaco al principio no hacia caso, y 
aun se burlaba de estos trabajos; pero llegando á faltarle 
el botín, y queriendo salir, entonces echó de ver que es- 
taba cercado; y como de aquella estrecha península nada 
pudiese recoger, aguardando á que viniera una noche de 
nieve y ventisca, cegó una pequeña parte del foso con tier- 
ra, con leños y con ramaje, y por allí pudo pasar el tercio 
de su ejército. 

Temió Craso no fuera que Espartaco concibiera el de- 
signio de marchar sobre Roma; mas luego s^ tranquilizó, 
habiendo sabido que muchos le habían abandonado por 
discordias que con él tuvieron, y formando ejército aparte 
se habían acampado junto al lago Lucano; del que se cuenta 
que .por tiempos se muda, teniendo unas veces el agua 
dulce, y otras salada, en términos de no poderse beber. 
Marchando Craso contra éstos, los retiró de la laguna; pero 



^38 PLUTARCO. — LAS VTDAS PARALELAS. 

• 

I9 impidió que los destrozase y persiguiese el haberse apa- 
recido de pronto Espartaco con disposiciones de retirarse 
precipitadamente. Tenía escrito al Senado que era preciso 
hacer venir á Lúculo de la Tracia, y á Pompeyo de la Es* 
paila; mas arrepentido entonces, se apresuró á dar cod- 
duida la guerra antes que aquellos llegasen; conociendo 
que la victoria se atribuiría al recien venido que habia 
dado socorros. Resolvió por tanto acometer primero á los 
que se habían separado de Espartaco y que hacían campo 
aparte, aiendo sus caudillos Cayo Canicie y Casto; y para 
ello envió á unos seis mil hombres con orden de que hi- 
cieran lo posible por tomar con el mayor recato cierta al- 
tura; pero aunque ellos procuraron evitar que los sintie- 
sen, enramando los morriones, al cabo fueron vistos de 
dos mujeres que estaban haciendo sacrificios por la pros- 
peridad de los enemigos; y hubieran corrido gran peligro, 
á 00 haber sobrevenido con la mayor celeridad Craso y 
empeñado una de las más recias batallas; en la que ha- 
biendo sido muertos doce mil y trescientos hombres, se 
halló que dos solos estaban heridos por la espalda, ha- 
biendo perecido los demás en sus mismos puestos, guar- 
dándolos y peleando con los Romanos. Retirábase Espar- 
taco después de la derrota de estos hacia los montes Pete- 
linos; y Quinto y Escrofas, legado el uno y cuestor el otro 
de Craso, le perseguían muy de cerca; mas volviendo con- 
loa ellos, fué grande la fuga de los Romanos, que con difi- 
cultad pudieron salvar mal herido al cuestor; y justamente 
este pequeño triunfo fué el que perdió á Espartaco, porque 
inspiró osadía á sus^ fugitivos; los cuales ya se desdeñaban 
de batirse en retirada, y no querían obedecer á los jefes^ 
sino que poniéndoles las armas al pecho cuando ya estaban 
en camino, los obligaron á volver atrás y á conducirlos 
por la Lucania contra los Romanos, obrando en esto q[iuy 
á. medida de los deseos de Cra^; porque ya habia noticias 
de que: se acercaba Pompeyo, y no pocos hacían correr en 



MARCO GRASO. 239 

los comicios la voz de que aquella victoria le estaba reser- 
vada; pues lo mismo sería llegar que dar una batalla, y po- 
ner fm á aquella guerra. Dándose por tanto priesa á com- 
batir y á situarse para ello al lado de los enemigos, hizo 
abrir un foso, el que vinieron á asaltar los esclavos para 
pelear con los trabajadores; y como de una y otra parle 
acudiesen muchos á la defensa, viéndose Espartaco en tan 
preciso trance, puso en orden todo su ejército. Habiéndole 
traido el caballo, lo primero que hizo fué desenvainar la 
espada, y diciendo: «si venciere tendré muchos y hermosos 
caballos de los enemigos, mas si fuere vencido no lo habré 
menester,» lo pasó con ella. Dirigióse en seguida contra el 
mismo Craso por entre muchas armas y heridas; y aunque 
no penetró hasta él, quitó la vida á dos centuriones que se 
opusieron á su paso. Finalmente, dando á huir los que con- 
sigo tenía, él permaneció inmoble; y cercado de muchos, 
se defendió hasta que lo hicieron pedazos. Tuvo Craso de 
su parte á la fortuna: llenó todos los deberes de un buen 
general, y no dejó de poner á riesgo su persona; y, sin 
embargo, aun sirvió esta victoria para aumentar las glo- 
rias de Pompeyo; porque los que de aquél huian dieron en 
las manos de éste, y los deshizo. Así es que escribiendo al 
Senado, le dijo que Craso en batalla campal había vencido, 
á los fugitivos; pero él habia arrancado la raíz de la guerra.; 
A Pompeyo se le decretó un magnífico triunfo por la guerra 
de Ser torio y de la España; pero Craso lo que es el triunfo 
solemne ni siquiera se atrevió á pedirlo; mas ni aun el me- 
nos solemne, á que llaman ovación, parecía propio y digno 
por una guerra de esclavos. En qué se diferencie éste del 
otro, y de dónde le venga el nombre, lo tenemos ya deela^- 
rado en la vida de Marcelo. 

Naturalmente parecía después de esto ser jlamado aij 
consulado Pompeyo; y aunque Craso tenía alguna. espe- 
ranza de ser elegido con él, se resolvió no obstante á j^e-^i 
dirlesu intercesión. Tomó éste con gusto el encargo, porque 



S40 PLUTARCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

deseaba ocasión de dejar obligado con algún favor á Craso: 
así trabajó con eficacia, y por úllimo, llegó á decir en la 
jnnla pública que no sería menor su gratitud por el colega 
que por la dignidad misma. Mas una vez alcanzada ésta, 
DO se mantuvieron en los mismos sentimientos de unión y 
concordia, sino que antes oponiéndose como quien dice ea 
todos los negocios el uno al otro, y estando en conítnua 
pugna, hicieron infructuoso y casi nulo su consulado; sia 
otra cosa notable que haber hecho Craso un gran sacrificio 
á Hércules, dando con ocasión de él un banquete al pueblo 
en diez mil mesas, y repartiendo trigo para tres meses á 
los ciudadanos. Estando ya en el último término su magis- 
tratura, celebraban junta pública; y un hombro poco visi- 
ble, aunque del orden ecuestre, oscuro y retirado en su 
método de vida, llamado Onacio Aurelio, subiendo á la tri- 
buna, y llamando la atención, se puso á explicar este sueño 
que habia tenido: «porque Júpiter, dijo, se me ha apare- 
cido, y me ha mandado os diga en público, que no deis lu- 
gar á que los cónsules dejen el mando antes de haberse 
hecho amigos.» Dicho esto, clamó el pueblo que debían re- 
conciliarse; á lo que Pompeyo se estuvo quedo; pero Craso 
le alargó el primero la mano, diciendo: «No me parece, oh 
ciudadanos, que hago nada que me degrade, ó que pueda 
tenerse por indigno de mí si me adelanto á dar este paso 
de benevolencia y amistad con Pompeyo, á quien vosotros 
llamasteis ^mne^tf cuando apenas tenia bozo, y á quien de- 
cretasteis el triunfo antes de ser admitido en el Senado.» 

Hemos dicho lo que el consulado de Craso ofreció digno 
de alguna atención; pues la censura todavía fué más oscura 
é inactiva: porque ni hizo investigación del Senado, ni pasó 
revista á los caballeros, ni impuso nota á ninguno de los 
ciudadanos, sin embaído de que tuvo por colega á Luctacio 
Catulo, varón el más dulce y apacible entre los Romanos. 
Ha quedado memoria de que intentando Craso reducir el 
Egipto á la obediencia del pueblo romano por un medio 



MARCO GRASO. 24i 

inicuo y violento, se le opuso Catulo con el msyor esfuer- 
zo; y que habiéndose ocasionado entre ambos con este mo- 
tivo una fuerte discordia, espontáneamente abdicaron aque- 
lla dignidad. En las grandes agitaciones causadas por Gati- 
lina, que estuvo en muy poco no trastornasen del todo la 
república, hubo contra Craso alguna sospecha; y aun uno 
de los conjurados pronunció en público su nombre; pero 
nadie le dió crédito. Con todo, Cicerón en una oración 
claramente echó la culpado aquel atentado á Craso y á 
César: bien es que este escrito no salió á luz basta después 
de la muerte de ambos. El mismo Cicerón en la oraci«^ 
del consulado dice qne Craso fué á su casa por la noche, «y 
le presentó ana earta en que se hablaba de Catilína y con 
la que se confirmaba la sospechada conjuración. Lo cierto 
es que Craso miró siempre con odio á Cicerón con este mo- 
tivo; y si manifiestamente no se vengó^ fué precisamente 
por su hijo'Publio; el cual, siendo muy dado á las buenas 
letras y á la filosofía, estaba siempre al lado d^ Cice<*on: de 
nuancra que cuando se vio su causa, mudó con élde vesti- 
dura, é hizo que ejecutaran otro tanto los demás jóvenes; 
y al cabo recabó del padre que se le hrciefa amigo. ' j 
César, luego que regresó de la provincia, se disponía para 
pedir el consulado; pero viendo otra vez á Craso y á Pom- 
peyo indispuestos entre si, ni quería , valiéndose del favor 
del uiiO, ganarse por enemigo al otro, ni tampoco esperaba 
salir con su intento sior el auxilio de uno de lo& dos. Trató, 
pues, de reconciliarlos , no dejándolos de la mano, y ha- 
ciéndoles ver que con sus discordias fomentaban á lo» Ci- 
cerones, á los Catulos y Catones, de quienes nadie haría 
cuenta, si teniendo ellos á unos mismos por amigos y por 
enemigos gobernaban la república con una sola fuerza y fm 
solo espíritu. Convenciólos, y logró unirlos; con lo que for- 
mando y constituyendo de los tres un poder irresistible, 
que fué la ruina del Senado y la disolución del pueblo, no 
tanto hizo mayores á los otros, cuanto por medio' de «líos 

TOMO III. 16 



S42 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

mismos consiguió quedarles superior; pues que á virtud de 
los esfuerzos de ambos fué al punió elegido cónsul con el 
mayor aplauso. Durante su gobierno , en el que se condu- 
cía perfectamente , hicieron que se le decretase el mando 
de los ejércitos; y poniendo en sus manos la Galia, lo colo- 
caron como en un alcázar, creidgs du que todo lo demás se 
lo repartirían á su gusto entre si con mantenerle á aquél 
firme y estable la provincia que le había cabido en suerte. 
Prestábase á todo esto Pompeyo por su ilimitada ambición; 
pero en Graso su enfermedad antigua , la avaricia^ excitó 
un nuevo deseo y una nueva emulación con motivo de los 
trofeos y triunfos de César, en los que no llevaba á bien ser 
inferior, cuando sobresalía en todo lo demás: de manera 
que no paró ni sosegó hasta causar á la patria las mayores 
calamidades, y precipitarse él mismo en una afrentosa per- 
dición. Habiendo, pues, bajado César de la Galla hasta la 
ciudad de Luca, acudieron allá muchos desde Roma; y pa- 
sando también reservadamente Pompeyo y Craso, acorda- 
ron apoderarse de lleno de todos los negocios, y hacerse 
exclusivamente dueños de todo mando, manteniéndose con 
esta mira César sobre las armas, y repartiéndose Pompeyo 
y Craso otras provincias y ejércitos. Para esto no había más 
que un camino, que era otra petición del consulado; y pre- 
sentándose éstos por candidatos, debia prestarles ayuda Cé- 
sar, escribiendo á sus amigos y enviando á muchos de sus 
soldados para asistir á los comicios. 

Vueltos á Roma Pompeyo y Craso después de este tra- 
tado, al punto se levantó contra ellos la sospecha, y corrió 
de boca en boca la voz de que su entrevista no había sido 
para cosa buena. En el mismo Senado preguntaron Marce- 
lino y Domicio á Pompeyo sí pediría el consulado, á lo que 
respondió que quizá lo pediría, y quizá no; y preguntado de 
nuevo, contestó que lo pediría para ciudadanos hombres 
de bien, mas no para ciudadanos injustos. Pareciendo na- 
cidas de arrogancia y de soberbia estas respuestas , Craso 



MARCO CRASO. 248 

contestó con más moderación, diciendo que si habia de ser 
para bien de la república pediría el consulado , y si no se 
sbstendrian; por lo cual algunos se resolvieron á presen- 
tarse también candidatos, y entre ellos Domicio. Mas como 
al tiempo de las súplicas se mostrasen ya descubiertamen- 
te, todos los demás desistieron de la pretensión; pero Cai- 
ton sostúvola Domicio, que era su deudo, y lo alentó á que 
tuviera esperanza, y entrara en contienda por las liberta- 
des públicas: porque no era al consulado á lo que aspiraban 
Pompeyo y Graso, sino á la tiranía; ni aquello era petición 
de una magistratura, sino rapiña de las provincias y de los 
ejércitos. Como de este modo se explicase y pensase Ca- 
tón, casi no le faltó más que llevar á empujones á Domicio 
hasta la plaza, siendo, por otra parte, muchos los que se 
pusieron á su lado. Preguntábanse unos á otros con no pe- 
queña admiración, para qué querrían éstos un segundo 
consulado, porqué otra vez juntos, y por qué no con otros; 
«pues tenemos, decian, muphos hombres que pueden muy 
bien ser colegas de Craso y de Pompeyo.» Cobraron miedo 
los del partido de éste con tales voces, y no hubo vileza ni 
violencia á que no se propasasen; sino que armando ase- 
chanzas, sobre todo á Domicio, que todavía de noche ba- 
jaba á la plaza con otros, dieron muerte al críado que le 
precedia con el hacha, é hirieron á varios, entre elloa á 
Catón. Ahuyentando, pues, á éstos y encerrándolos en oa^a, 
se hicieron declarar cónsules; y de allí á poco tiempo,i ro- 
deado de armas el Senado, echando á Catón de la plaza,, y 
dando muerte á algunos que les hicieran oposición, proro- 
garon á César su mando por otros cinco años, y para sí 
mismos se decretaron la Siria, y una y otra España: des- 
pués, echadas suertes, tocó á- Craso la Siría, y las fispañas 
á Pompeyo. , , f 

Habia salido la suerte pue^e dc^^ürse que á gusto de to- 
dos: porque habia muchos que.no quedan, que Pompeyo 
se alejase á gran distancia de la ciudad; y éste, que amaba 



'1144 PLUTARCO. ^LAS VIDAS PARALELAS. 

«eon exceso á su mujer, se veia que se detendria cuanto 
pudiese. A Craso desde el punto en que cayó la suerte se 
-le conoció la gran satisfacción que le produjo, y que lo 
taYO por la mayor dícba que pudiera sobrevenirle: de ma- 
-nera que apenas podia contenerse aun ante los extraños y 
4a muchedumbre; pero lo que es con sus amigos no ha- 
blaba de otra cosa, profiriendo expresiones pueriles y va- 
-cías de sentido, contra lo que pedian su edad y su carác- 
ter, que nunca babia sido hueco y jactancioso; mas enton- 
ces acalorado y fuera de tino, no ponia por lérmino á su 
ventura la Siria ó los Partos, sino que mirando como niñe- 
ría los sucesos de Lúculo con Tigranes, y los de Pompeyo 
con Mitrídates, pasaba con sus esperanzas hasta la Bactria- 
na, la India y el mar exterior. Nada en verdad se decía de 
guerra Pártica en el decreto que se sancionó; pero todo el 
mundo sabía que esto era lo que ansiaba Craso; y César le 
escribió desde las Gallas celebrando su designio, y dándole 
priesa para partir á la guerra. Mas luego se vio que el tri- 
buno de la plebe Ateyo iba á oponérsele al tiempo de la 
6dl1da, teniendo de su parte á muchos que no encontraban 
bien en que se f^ese á hacer la guerra á unos hombres que 
en nada hablan faltado, y con quienes intercedían tratados 
de paz; de miedo de lo cual rogó á Pompeyo que se pu- 
siera á su lado y le acompañara. Era ciertamente grande la 
f autoridad de Pompeyo para con el pueblo; y aunque habia 
-muchos que estaban dispuestos á impedir la marcha y le- 
vantar alboroto, los contuvo verle al lado de aquél con 
"temblante risueño: de manera ^ue sin él menor obstáculo 
i4os dejaron pasar. Ateyo con lodo se les puso delante, y 
-primero le dio en voz, tomando testigos, la orden de que 
ifo partiese, y después mandó al ministro que le echara 
mano y lo detuviera. Impidiéronlo los otros -tribunos: así 
el ministro no llegó á asir á Craso; pero Ateyo corrió á la 
puerta, y puso en ella una escalfeta con luihbrc; y cuando 
llegó Graso, echando aromas, y haciendo libaciones, pro- 



MAJVGO CRASO. Wi 

rumpió CD la» imprecaciones más horrendas y espantosaa, 
invocando y Uao^ndo por sus nombres á unos dioses ter^ 
ribles también y extrafios. Dicen los Romanos que estós 
imprecaciones detestables y aiotiguas tienen tal poder, que 
no puede evitarlas ninguno de los comprendidos en ellas^ 
y que «Icanzan para m^l áua al misma que las emplea: por 
lo que ni son muchos los que las profieren, ni por ligeros 
motivos. Asi entónoeareconvefriao^á Ateyode que hubiese 
Mraido sobre la república,, por cuya causa se habia manít 
íestada contrario á Ciraso> semejantes maldiciones y semiO'- 
jante ira de los dioses. 

Marchóv pues., Craso, y llegó á Bvíndis; y sin embargo 
de que el mar estaba todavía agitado de tormenta, no se 
detuvo, sino que se hizo á la vela, perdiendo aíguoos bu* 
qiues. Recogió las fuerzas que le habian quedado, y por 
tierra siguió su viaje atravesando la Galacia. Allí vio al rey 
Deyotaro, que siendo ya de edad avanzada, estaba fun- 
dando una ciudad nueva; sobre k) que se chanceó con él 
diciéndole: c¿Cómoes esto, oh Rey, después de las doce 
del dia empiezas á edificar?» y el GáJata sonriéndose, «hola 
pues. Le repuso, tú tampoco, oh Emperador, has madru* 
gado mucho para invadir á los Partos:» porque Craso habí» 
ya pasado de los sesenta años, y á la vista aun parecia más 
viejo de lo que era. Al principio los negocios se le presen- 
taron muy según sus ^peranzas, porqua pasó con mucha 
(acuidad el Eufrates, condujo sin tropiezo el ejército, y en^ 
tro en muchas ciudades de La Mesopotamia, que voluntar 
riamente se le entregaron. En una de ellas, de que era t^ 
rano uno llamado Apolonio^le mataron; cieni soldados, y 
marchando' cootta ella con su ejéreito, la rindió, la entre^^ 
al saqueo, y vendió los habitantes: los Griegos llamaban á 
esta ciudad Zenoddcia. De resultas de haberla tomadoi, 
admitió el que el ejército le saludase emperador; incur- 
riendo en graní vergüenzav, y a|»areeiendo muy pequeikxy 
do pecho muy angosto, pues que de tan insignUicante 



i46 PLUTABCO. — LAS VIDAS PARALBLAS. 

trioofo se pagaba. Puso de guarnición en las ciudades ren- 
didas hasla siete mil hombres de inranterfa y mil caballos, 
y se retiró á la Siria á tomar cuarteles de invierno. Es- 
tando allí llegó el hijo que iba de la Galia de parte de Cé- 
sar, mostrándose engalanado con premios, y llevándole 
mil soldados de á caballo escogidos. Y de los grandes 
yerros cometidos por Craso en esta expedición, fuera de 
la expedición misma, parece que éste Tué el primero, á sa- 
ber: el que cuando era menester obrar con celeridad y 
apoderarse de Babilonia y Seleucia, ciudades mal avenidas 
siempre con los Partos, hubiese dado tiempo á los enemi- 
gos para prepararse. Reprendíanle asimismo de que su de- 
tención en la Siria hubiese sido más bien pecuniaria que 
militar, pues ni investigó el número de las armas, ni re- 
unió las tropas para ejercitarlas; y sólo se entretuvo en 
hacer el cálculo de las rentas, habiendo gastado muchos 
dias en poner en pesos y balanzas la riqueza de4a Diosa 
que se veneraba en Hierapolis. Escribía á los pueblos y á 
las autoridades, señalándoles el número de soldados que 
habían de presentar; y como luego los relevase por dinero, 
incurrió en descrédito y en desprecio. La primera mala se- 
fial que tuvo, fué de parte de aquella Diosa, la cual piensan 
unos que fué Venus, otros Juno, y otros la causa y natura- 
leza que de lo húmedo sacó los principios y semillas de 
todas las cosas, y mostró á los hombres el origen de todos 
los bienes: pues saliendo del templo, primero tropezó y 
cayó en la puerta Craso el joven, y después el padre cayó 
en pos de él. 

€uando ya estaba para mover las tropas de los cuarte- 
les de invierno le llegaron embajadores del rey Arsaces, 
trayéndole un mensaje muy breve, porque le dijeron: que 
si aquel ejército era enviado por los Romanos, la guerra 
^ría perpetua é irreconciliable; pero que si Craso habia 
llevado eontra ellos las armas y ocupado sus ciudades sin 
"el permiso de la patria y por sus intereses particulares, 



MARCO CRASO. 247 

que era lo que se les había informado , Arsaces estaba dis- 
puesto á usar de moderación, compadeciéndose de la an- 
cianidad de Criiso, y que le restituirla los soldados, que 
más bien se hallaban eu custodia que en guarnición. Díjoles 
Craso con altanería que en Seleucia les daria la respues- 
ta; y el más anciano de los embajadores llamado Vagises, 
echándose á reir, y mostrando la palma de la mano: «Aquí, 
oh Craso, le dijo, nacerá pelo antes que tú veas á Seleucia. t 
Retiráronse, pues, cerca de su rey Hirodes, anunciándole 
ser inevitable la guerra. De las ciudades de Mesopotamia 
que guarnecían los Romanos pudiron escapar algunos con- 
tra toda esperanza, y trajeron nuevas propias para inspirar 
cuidado, haoiendo sido testigos oculares del gran número 
de los enemigos, y de los combates que hablan sostenido 
en las ciudades; y como suele suceder, todo lo pintaban 
del modo más terrible: que eran hombres de quienes si 
perseguían, no había cómo librarse, y si huían, no había 
cómo alcanzarlos ; que sus saetas eran voladoras y máa 
prontas que la vista, y el que las lanzaba antes de ser ob- 
servado había penetrado por do quiera; y finalmente que 
de las armas de los coraceros, las ofensivas estaban fabri- 
cadas de manera que todo lo pasaban, y las defensivas 4 
todo resistían sin abollarse. Los soldados al oír esta rela- 
ción cayeron de ánimo: pues cuando creían que los Partos- 
serian como los Armenios y Capadocíos, á los que Lúculo 
llevó como quiso hasta cansarse, y que lo más difícil dO' 
aquella guerra seria lo mucho que habría que andar en 
persecución de unos hombres que nunca venían á las ma- 
nos, se encontraban, contra lo que se habían prometido, 
con que los esperaban grandes combates y peligros: as( 
es que aun algunos de los primeros del ejército creyeron 
que Craso debía contenerse, y deliberar de nuevo sobre el 
partido que convendría lomar, de cuyo número era el 
cuestor Casio. Anunciábanle también reservadamente los 
agoreros que las víctimas le daban siempre funestas y re- 



)48 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

pugnantes señales; mas ni á éslos quiso dar oídos, ni á nin- 
guno que no le hablase de ir adelante. 

Vino en esto á confirmarle maravillosamente en su pro- 
pósito Ártabaces, rey de Armenia, porque pasó á su campo 
eoD seis» mil soldados de á caballo, que dijo constituían su 
guardia y su defensa, prometiendo otros diez mil armadog 
de corazas, y treinta mil infames que mantendría á su 
ooata. aconsejaba á Craso que se dirigiera por Armenia á 
la Partía, pues no sólo tendría su ejército abundantemente 
provisto por su cuidado, sino que caminaría con toda se* 
guridad, haciendo la marcha por montes y collados conti» 
unos, y por sitios ásperos, inaccesibles á la caballería, que 
ara toda la fuerza de los Partos, Apreció mucho su buena 
voluntad y sus cuantiosos socorros; mas díjole que le era 
preciso marchar por la Mesopotamia, donde había dejado 
muchos y buenos soldados romanos; y el Armenio á esto 
cedió, y se retiró. Cuando Craso conducía su ejército cerca 
dft Zeugma se desgajaron frecuentes y terribles truenos, y 
se fulminaron muchos rayos enfrente del ejército; y un 
huracán violento con nubes y torbellino, hiriendo en el 
pontón que preparaba, derribó y destrozó la mayor parte. 
Fué también dos veces tocado del rayo el lugar adonde 
iba á establecer su campamento. El caballo de uno de los 
jefes, vistosamente enjaezado, derribó al jinete, y arro- 
jáiMlose al rio, se sumergió y desapareció. Dícese que le^ 
yantada para marchar la primera águila, por sí misma se 
volvió lo de adelante atrás. Quiso también la casualidad 
que al repartir á los soldados sus raciones después de ha- 
b,er pasado el no, lo primero que se les dio fueron lente*! 
j»sy sal, cosas que son entre los Romanos de luto, y s^ 
ponen á los muertos. Habló Craso á las tropas, y en el diS" 
ourso se áe¡6 caer una expresión que en gran manera 
disgustó al ejército: porque dijo que rompería el puente 
para que ninguno pudiese volver; y cuando convenid, 
luego que conoció el mal efecto que había producido, re- 



MARCO CRASO. 249 

cogerla y alentar á los tímidos, se desdeñó de hacerlo por 
orgullo. Finalmente, haciendo la acostumbrada expíacioa 
del ejército, y presentándole el agorero las entrañas de la 
victima, se le cayeron de las manos, con lo que se mos-* 
traron inquietos los quid se hallaban presentes; mas ^1 
sooriéndose, «estas son cosas de la vejez, les dijo; pera á 
bien que las armas no se me caerán de la mano.» 

Movió de allí por la orilla del rio, llevando siete legiones 
dje infantería, cerca de, cuatro mil caballos,, é igual número 
de tropas ligeras. En esto vinieron á darje parte algujQOS> 
de los exploradores deque el país estaba desierto de hom- 
bres; pero se advertían huellas de graa número de caba- 
llos, que* mudando de dirección, se habían vuelto, atrás; 
con lo que se encendieron más las esperanzas en Craso, y 
los soldados. empezaron también á mirar con desprecio á 
los Partos,, como que no eran hombres para venir con ellos 
4 las manos; pero Casio volvió, sia embargo, á representar 
á. Craso que sería bueno recoger las tropas.y darles desr 
canso en una ciudad fortiñcada hasta tenei? noticias m4a 
ciertas de los enemigos; ó cuando no, marchar á Seleueit^ 
cojQstantemente por la margen del rio, pues con esto losi 
trasportes,; que no se apartarían nunca de la vista del camri 
pamepto, los surtirían abundanten^ente de provisiones; y^ 
sirviéndoles el río mismo de defensa para no ser cortados^ 
podrían pelear siempre con igual ventaja contra los enor 
migos. 

. Cuando Craso estaba, reflexionando y consultando acerca. 
d;e estas cosas. sobrevino un prmcipe árabe llamado Áx^ban 
ro, hombre doloso y astuto, y que entonces fué para ello^i 
el. mayor y más consumado mal de cuantos para sa pecdir. 
ci,on amontonó la fortuna. Acordábanse algunos de los quei' 
hai>ian servido con Pompeyo de que habia disfru(.ado de su 
faiKor y tenía concepto de ser amante de los Romanos. An- 
rimóse entonces á Craso por dictamen de los generales del 
Bey, para que viera si acompañándolo podría llevarlo léi08> 



2S0 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

del rio y de los barrancos, introduciéndolo en una vasta 
llanura, donde pudiera ser envuelto; porque á todo se de- 
terminaban, meóos á combatir de frente con los Romanos. 
Venido, pues, Acbaro á la presencia de Craso, como elo- 
cuente que también era, empezó á celebrar á Pompeyo que 
babia sido su bienhechor; y dando á Craso eV parabién de 
mandar tales fuerzas, culpó su detención en examinar y to- 
mar disposiciones, como si le fallaran armas y manos y 
no tuviera más bien necesidad de pies ligeros contra unes 
hombres que lo que buscaban tiempo babia era robar lo 
más precioso que pudieran en riquezas y en personas, y 
retirarse á la Escitia ó la Hircania; ay si vuestro ánimo, 
decia, es pelear, lo que conviene es usar de celeridad y 
prontitud, antes que el Rey cobre aliento, y reúna en un 
punto todas sus fuerzas; cuando ahora no tenemos contra 
nosotros más que á Sureña y Silaccs, que han lomado á su 
cargo el resistirnos; y aquél no se sabe dónde para.» Todo 
esto era falso,^ porque Hirodes habiu hecho desde luego dos 
divisiones de sus tropas; y talando él la Armenia, para ven- 
garse de Artabaces, habia opuesto á Sureña contra los Ro- 
manos; no por desprecio, como han querido decir algunos, 
pues no podia desdeñarse de tener por antagonista á Craso, 
varón muy principal entre los Romanos, é irse á pelear con 
Artabaces, haciendo correrías por el país de los Armenios; 
sino que lo que se conjetura es que temeroso del peligro 
se propuso estar en celada y esperar el éxito, y que Sureña 
86 adelantara á tentar la batalla y detener á los enemigos. 
Porque tampoco Sureña era un hombre plebeyo, sino en 
riqueza, en linaje y en opinión el segundo después del Rey; 
on valor y en pericia el primero entre los Partos de su edad; 
y además en la talla y belleza de cuerpo no habia nadie que 
le igualara. Marchaba siempre solo, llevando su equipaje 
en mil camellos, y en doscientos carros conduela sus con- 
cubinas, acompañándole mil soldados de á caballo arma, 
dos, y de los no armados mucho mayor número, como que 



MARCO CRASO. ^M 

entre dependieates y esclavos suyos podría reunir hasta 
unos diez mil. Tocábale por derecho de familia ser quien 
pusiese la diadema al que era nombrado rey de los Partos; 
y él mismo habia vuelto á colocar en el trono á Hirodes, 
arrojado de éU y le habia reconquistado á Seleucia, siendo 
el primero que escaló el muro, y quien rechazó con su pro- 
pia mano'á los que se le opusieron. No tenía entonces to- 
davía treinta años, y con todo gozaba de una grande opi- 
nión de juicio y de prudencia: dotes que no fueron las qutí 
contribuyeron menos á la ruina de Craso, más expuesto á 
engaños que otro alguno; primero, por su confianza y or- 
gullo; y después, por el terror y por los mismos infortunios 
que sobre él cargaron. 

Luego que Acharo le hubo seducido, apartándole de 
rio, le llevó por medio de la llanura, al principio por un 
camino abierto y cómodo, pero molesto después á causa 
de los montones de arena, y por ser el terreno escueto, 
falto de agua, y tal que no ofrecía término ninguno donde 
los sentidos reposasen; de manera que no sólo se fatigaban 
con la sed y la dificultad de la marcha, sino que lo des- 
consolado de aquel aspecto causaba aflicción á unos hom- 
bres que no veían ni una planta, ni un arroyuelo, ni la 
la falda de un monte, ni hierba que empazase á brotar; 
sino una vasta planicie, que á manera de la del mar envol- 
vía al ejército entre arena, coa lo que ya empezaron á 
sospechar del engaño. Presentáronse á este tiempo men- 
sajeros de Ártavasdes, rey de Armenia, avisando que 86 
veía oprimido de una violenta guerra, por hacer caído 
sobre él Hirodes, lo que le imposibilitaba de enviarles 
auxilios; pero aconsejaba á Graso que retrocediera, pues 
trasladándose á la Armenia combatirían juntos contra Hi- 
rodes; mas que cuando á esto no se determinase, caminara 
con cuidado y procurara acamparse retirándose de todo 
terreno á propósito para obrar la caballería, y buscando 
siempre las montañas. Craso nada le contestó por escrito; 



452 PLUTARCO. — LAS VIDAS PAKALELAS. 

]^ro de palabra respondió que por entonces no estaba 
para pensar en los Armerjios, pero que luego volvería á tOr 
mar venganza de la traición de Artavasdes. Casio, aunque 
de nuevo se incomodaba con estas cosas» nada proponia.ó 
advertía ya á Creso por verle irritado; pero fuera de sU; 
visita llenaba de improperios á Acbaro, á quien decía: ((¿Qué 
mal Genio, ho el más malvado de todos los. hombrea, es el 
qjue te ha traído entre nosotros? ¿con qué hierbas ó coa 
qué hechizos pudistQ, mover á Craso, á que arrojara el ejéf- 
<^ito<en una soledad vasta y profunda, haciéndole andar ua 
camino más propio de un nómade, capitán de bandoleros,, 
que de un emperador romano?» El bárbaro, que sabia pla- 
garse á todo, con éste usaba de blandura, animándole y. 
exhortándole á que tuviera todavía un poco de paciencia; 
pero á los soldados con quienes se juntaba como para dar^ 
l^a algún alivio, los insultaba, diciéndoles con risa y es^ 
carnio: «¿Pues qué, creéis que esto es caminar por la Camr 
panía, y echáis menos sus fuentes, sus arrqyos, sus delir 
(^ix)sos sombríos, sus baños y sus posadas? ¿No os acordáis 
de que nuestra marcha es por los linderq^ de los Árabes y 
los A;sirios?» De esta manera se burlaba de los Romanoa 
^quel bárbaro; el cual, antes que más á las claras se coao- 
ciera el engaño, se ausentó, no sin noticia de Craso^ á 
quien todavía hizo creer que iba á introducir la confusioa 
y el desorden en el ejército enemigo. 
. .Dicese que Craso no se vistió de púrpura aquel dia^ 
^qmo es. costumbre entre, los Romanos, sino de una ro^ 
^legra, la que mudó luego que se lo advirt^eroa. Corre asir 
imjsaio que algunas de las insignias no pudierom sen momr 
fias sino con gran dificultad por loa que las llevaban, como 
9Í{ estuvieran clavadas, de lo qu^se rió Craso y avivó la 
^iaccha, haciendo que los infantes siguieran el paso de^la 
caballería,. hasU que vinieron algunos.de los^enviados ea 
descubierta anunciando que todos los demás habrían, pene-» 
^idp á manos de los enemigos, y ellos solos hablan podido 



MARCO CRASO. 253 

Iniir, no sin gran trabajó; y que aquellos en gran número y 
con el más decidido arrojo venían en disposición de dar 
balada. Turbáronse todos; y Craso, que también se sobre- 
cogió enteramente, á toda priesa y sin detenerse, puso en 
^órden el ejército: primero como lo deseaba Casio, que era 
formando muy clara la infantería para evitar, extendién- 
dola lo posible por el llano, el ser envueltos, y distribu- 
yendo la caballería en ambos flancos; pero después mudó 
de propósito, y apiñando las tropas, formó un cuadro de 
igual fondo por todas partes, componiéndose cada lado de 
doce cohortes, y á cada cohorte le agregó una partida pro- 
porcional de caballería, para que no hubiera parte que 
bareciese de este auxilio, sino que por todos lados sfé pre- 
Érenlara igualmente defendido. De las alas dio una á mandar 
á Casio, y la olra á Craso el joven, reservando para sí el 
béntt'o. Caminando en este orden llegaron á un arroyo lla- 
mado Baliso, no muy caudaloso y abundante; cuya vista 
causó el mayor placer á los soldados, fatigados y abrasa- 
dos de calor en una marcha tan trabajosa y tan falta de 
refrigerio. Los más de los jefes eran de opinión que debían 
allí hacer alto y pasar la noche, informándose en tanto del 
número, calidad y orden de los enemigos, y al dia si- 
guiente al amanecer, marchar contra ellos; mas Craso, en- 
valentonado con que su hijo y los de caballería que tenía 
cerca de sí, le inclinaban á seguir adelante y trabar com- 
bate, dio orden de que los que quisiesen comieran y bebie- 
ran manteniéndose en formación. Y aun antes que esto 
pudiera tener cumplidamente efecto, volvió á ponerse en 
marcha, no poco á poco ni con la pausa que conviene 
cuando se va á dar batalla, sino con un paso seguido y 
acelerado, hasta que impensadamente se descubrieron los 
enemigos á la vista no en gran número ni en disposición 
de inspirar terror; y es que Sureña habia cubierto la 
muchedumbre de ellos con la vanguardia, y habia ocultado 
el resplandor de las armas, haciendo que los soldados se 



354 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

pusieran sobreropas y zamarras; mas luego que estuvie- 
ron cerca, y el general dio la señal, al punió se llenó aquel 
vasto campo de un gran ruido y de una espantosa vocería. 
Porque los Partos no se incitan á la pelea con trompas ó 
clarines, sino que sobre unos bastones huecos de pieles 
ponen piezas sonoras de bronce con las que mueven ruido; 
y el que causan tiene no sé qué de ronco y terrible, como 
si fuera una mezcla del rugido de las fieras y del estam- 
pido del trueno: sabiendo bien que de todos los sentidos el 
oido es el que influye más en el terror del ánimo, y que 
sus sensaciones son las que más pronto conmueven y per- 
turban la razón. 

Cuando los Romanos estaban aterrados con aquella al- 
gazara, quitando repentinamente las sobreropas que cu- 
brían las armas, aparecieron brillantes los enemigos con 
yelmos y corazas de hierro margiano de un extraordina- 
rio resplandor, y guarnecidos los caballos armados con 
jaeces de bronce y de acero. Apareció asimismo Sureña 
alto y hermoso sobre todos, aunque no corespondia lo 
femenil de su belleza á la opinión que tenia de valor, por 
usar á estilo de los Hedos de afeites para el rostro, y 
llevar arreglado el cabello; cuando los demás Partos para 
hacerse más terribles dejan que este crezca á lo Escita des- 
ordenadamente. Su primera intención era acometer con 
las lanzas, y poner en desorden las primeras filas; pero 
cuando vieron el fondo de la formación y la flrmeza é in- 
movilidad de los soldados romanos retrocedieron; y pa- 
reciendo que aquello era desbandarse y perder el orden, 
no se echó de ver que de lo que trataban era de envolver el 
cuadro. Así, Craso mandó á las tropas ligeras que corrie- 
sen en pos de ellos; pero éstas no fué mucho lo que se re- 
tiraron, sino que acosadas y molestadas de las saetas, vol- 
vieron á ponerse bajo la protección de la infantería de lí- 
nea; siendo las primeras que causaron alguna conmoción 
y miedo en los que ya habían visto el temple y fuerza de 



MARCO CRASO. 255 

unas saetas que destrozaban las armas y que pasaban to- 
das las defensas, por más resistencia que tuviesen. Los 
Partos, separándose algún tanto, empezaron á tirarles por 
todas partes sin cuidadosa puntería^ porque la unión y 
apiñamiento de los Romanos no les dejaban errar, aun 
cuando quisiesen, cansando heridas graves y profundas; 
como que aquellos tiros partían de arcos grandes y fuer- 
tes, que por lo vuelto de su curvatura despedían la saeta 
con la mayor fuerza. Era por tanto terrible la suerte de los 
Romanos, pues si permanecían en aquella formación, reci- 
biab crueles heridas, y si intentaban moverse unidos, per- 
dian el poder hacer lo que hacian en su defensa, y pade- 
cían lo mismo: por cuanto los Partos se retiraban delante 
de ellos, tirando siempre; lo que después de los Elscitas 
ejecutan con suma destreza. Y en esto obran con la m^- 
yor sabiduría, pues que con defender su vida huyendo, 
quitan á la fuga lo que tiene de vergonzosa. 

Mientras esperaron que agotadas las saetas desistirían 
de aquel modo de pelear, ó vendrían á las manos, tuvieron 
constancia; pero cuando supieron que habia infinidad de 
camellos cargados de ellas, á los que corrían los que 
estaban más cerca, y las tomaban para repartir, entonces 
Craso, no viendo el término de aquel triste estado, llegó á 
acobardarse; y enviando ayudantes á su hijo, le dio orden 
de que viera cómo precisar á los enemigos á entrar en 
combate antes de ser envuelto; porque una de las partidas 
enemigas principalmente cargaba sobre éste, y le andaba 
alrededor, como para ponérsele ala espalda. Tomando, 
pues, aquel joven mil y trescientos caballos, de los cuales 
mil eran los de César, quinientos arqueros y ocho cohortes 
de infantería de las que tenía más á la mano, acometió im- 
petuosamente con estas fuerzas. Los Partos que más se 
hablan adelantado, ó porque los hubiesen alcanzado estas 
tropas como dicen algunos, ó porque quisiesen llevar con 
maña al jóvén Craso lejos del padre, volvieron grupá^ y 



'256 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dieron á huir. Entonces alzando aquél el grílo exclamó: 
«los enenaigos huyen;» y aceleró el paso y con él Censo- 
rino y Megabaco (i), sobresaliente éste en grandeza de 
ánrmo y en fuerzas corporales, y adornado aquél con la 
dignidad senatoria y con el dote de la elocuencia, ami- 
igos ambos de Craso y de sa misma edad. Como hubiesen, 
pues, movido en la forma dicha los de á caballo, resplande- 
ció tambren en la infantería la decisión y gozo de la espe- 
ranza; porque creian haber vencido, y que iban en perse- 
cución de los enemigos; hasta que á pocos pasos salieron 
de su engaño, por haber dado la vuefta los que pareció 
ánt«s que huian, y con ellos mucho mayor número que se 
les habia reunido. Entonces se pararon creyendo que los 
enemigos les acometerían, al ver que eran tan pocos; pero 
éstos lo que hicieron fué formar al frente de los Romanos 
á los coraceros; y corriendo con la demás caballería alre- 
dedor de ellos moviendo grande alboroto, revolvieron los 
ihontones de arena, y levantaron una densa polvareda, de 
manera que los Romanos no podían verse ni articular pa- 
labra; y encerrados en estrecho recinto, apiñados unos 
sobre otros, recibían crudas heridas y una muerte no 
«uave y pronta, sino entre convulsiones y acerbos dolores, 
revolcándose con las saetas y encrudeciendo las heridas, 
ó despedazándose y destruyéndose á sí mismos, si querían 
sacar las puntas con anzuelo, que habían dilacerado las 
venas y los nervios. Recibiendo muchos de esta manera la 
muerte, aun los que quedaban con vida estaban sin ac- 
ción para nada: así es que animándolos Publio para que 
acometiesen á los coraceros, le mostraron las manos pe- 
gadas á los escudos y los píes clavados en tierra, en tér- 
minos que estaban del todo imposibilitados, tanto para 
huir como para defenderse. Entonces, dirigiéndose á los 



(1) Aquí conocidamente hay yerro, porque este nombre no 
Amano; pero se ig^nora cuál fuese el de este joven. 



MARCO CRASO. t57 

de caballería, acometió con vigor y trabó pelea con los 
enemigos; mas ésta era desigual en el herir y en el prote- 
gerse, hiriendo con azconas cortas y débiles en corazas de 
piel y de hierro; y siendo heridos con lanzas robustas los 
cuerpos ligeros y desnudos de los Galos. Porque en éstos 
confiaba principalmente, y con ellos obró maravillas; pues 
agarraban con las manos los astiles de las lanzas y tra- 
bando de los jinetes, los arrojaban de los caballos, deján- 
dolos, por lo pesado de la armadura, sin poder moverse. 
Muchos saltando de sus caballos so metian debajo de los 
caballos enemigos, y los atravesaban por los ijares: tira- 
ban éstos botes en fuerza del dolor, y pisoteando á un 
tiempo á los jinetes yásus contrarios, unos y otros mo- 
rían juntos cubiertos de tierra y de basura. Lo que princi- 
palmente quebrantó á los Galos fué el calor y la sed, á que 
no estaban acostumbrados; y además habian perdido la 
mayor pane de los caballos, á causa de que e!los mismos 
se metian por las lanzas enemigas. Viéronse,por tanto, en 
la precisión de haber de acogerse á la infantería, teniendo 
ya á Publio por sus muchas heridas en el más deplorable 
estado; y como advirtiesen cerca un alto montón de arena, 
corrieron á él, colocaron en medio los caballos, y cubrién- 
dose con los escudos como en una trinchera, creyeron que 
podrían así defenderse mejor de los bárbaros; mas suce- 
dióles lo contrario. Porque en el terreno llano, los prime- 
ros protegen á los que están á la espalda; pero allí por la 
desigualdad del sitio los unos estaban más altos que los 
otros, y quedando todos al descubierto, no podían evitar 
los tiros, sino que á todos se dirigían del mismo modo, 
lamentándose de una muerte sin gloría y sin desquite al- 
guno. Hallábanse con Publio dos Griegos establecidos en 
aquel país en la ciudad de Carras, llamados Geroníco y Ni- 
comaco; persuadíanle que se retirara con ellos y huyera á 
lena, ciudad que seguía el partido de los Romanos y es- 
taba de allí já corta distancia; mas respondiéndoles que nin- 

TOMO III. 47 



^58 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

guna muerte por más cruel que fuese podría hacer que 
Publio abandonara á los que morían por él, les rogó que 
se salvaran, y alargándoles la diestra, los despidió. Enton- 
ces, no pudiendo valerse de su propia mano, porque la te- 
nía atravesada con una flecha, mandó á su escudero que 
lo pasara con la espada, presentándole el costado. Dícese 
que Censorino murió de la misma manera; pero Megabaco 
se dio á sí mismo la muerte, y otro tanto ejecutaron los 
más principales y esforzados. A los demás que quedaron, 
subiendo los Partos al terreno, los pasaron en pelea con las 
lanzas, no habiendo tomado vivos, según se dice, arriba 
de quinientos. Cortáronle á Publio la cabeza y marcharon 
al punto en busca de Craso. 

El estado de éste era el siguiente. Luego que dio al hijo 
la orden de acometer á los t^artos, como alguno le anun- 
cíase que éstos iban en derrota y que se les perseguía 
con tesón, y viese que los que contra sí tenía no obra- 
ban como antes, porque la mayor parte había marcha- 
do con los que huyeron, se alentó algún tanto, y reuniendo 
sus tropas, las situó en puestos ventajosos, esperando 
allí que el hijo volviese de seguir el alcance. Publio luego 
que se vio en peligro envió quien avisase al padre; pero 
los primeros mensajeros perecieron. De los últimos algu- 
nos que con diflcultad escaparon, le trajeron la nueva de- 
que Publio era perdido si no se le daba pronto y grande so- 
corro. Combatieron á un tiempo muchos afectos el corazón 
de Craso: así, ya no obró en él la razón, é impelido ora del 
miedo, ora del deseo del hijo para darle el socorro que pe- 
dia, se resolvió por fín á mover el ejército. En esto apare- 
cieron los enemigos mucho más terribles en su gritería y 
en sus cantos, aturdiendo otra vez con el ruido de sus tím- 
panos á los Romanos, que esperaron con esto el principio 
de otra batalla. Los que traian la cabeza de Publio clavada 
en la punta de una pica, acercándose más que los otros, la 
mostraban preguntando con escarnio por sus padres y su 



MARCO GRASO. ^9 

linaje, pues no parecía posible que Graso, hombre el más 
cobarde y el más perverso, fuera padre de un joven tan 
vállenle y de tan acendrada virtud. Este espectáculo fué el 
que más, de cuantos males habían pasado, quebrantó y dos- 
concertó los ánimos de los Romanos, concibiendo todos, 
no ira y deseo de venganza, que era lo que el caso pedia, 
sino un indecible terror y espanto. Dícese que entonces 
Craso, en medio de tan vehemente dolor, se mostró muy 
superior á si mismo; porque corriendo las filas habló de 
este modo á los soldados: «Este luto, oh Romanos, es pri- 
Dvadamente mío; pero la eminente fortuna y gloria de 
))Roma intacta é ilesa permanece en vosotros, á quienes 
»veo salvos. Si alguna compasión tenéis de mí por la pér- 
»dida de mi virtuoso hijo, manifestadla en vuestro enojo 
»contra los enemigos. Arrebatadles de las manos ese gozo; 
^véngaos de su crueldad. No os abata lo sucedido: porque 
y>no puede ser que dejen de tener que sufrir y padecerlos 
nque acometen grandes empresas. Ni Lúculo derrotó sin 
»sangre á Tigranes, ni Escipion á Antioco. Nuestros ante- 
»pasados perdieron en Sicilia mil naves, y en la Italia mu* 
»chos emperadores y pretores; pero no impidieron las der- 
» rotas de éstos que al cabo triunfasen de los vencedores: 
»pues que la brillante prosperidad de Roma no ha llegado 
ȇ tanta altura por su buena suerte, sino por la constancia 
»y virtud de los que no rehusaron los peligros.» 

Este fué el lenguaje que les tuvo Craso, y de este modo 
procuró alentarlos; pero vio que pocos le escuchaban con 
buen semblante; y habiéndoles mandado dar el grito de 
guerra, se desengañó aún más acerca de su abatimiento: 
porque aquél fué débil, apocado y desigual; cuando el de 
los bárbaros fué claro y esforzado. Venidos á la contienda, 
la caballería de éstos, haciendo un movimiento oblicuo, 
comenzó á lanzar saetas; y los coraceros, usando de las 
lanzas, redujeron á los Romanos á un recinto estrecho, á 
excepción de aquellos que por huir de la muerte que los 



260 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

tiros causaban, prefirieron arrojarse desesperadamente 
sobre éstos, haciendo, á la verdad, poco daño, pero en- 
contrando una muerte pronta por medio de heridas gran> 
des y profundas, dadas por hombres que con el empuje de 
sus robustos astiles, pasaban con el hierro á los que se 
les ponian delante, y aun muchas veces atravesaban á dos 
de un golpe. Peleando de esta manera sobrevino la noche, 
y se retiraron, diciendo que de gracia concedian á Craso 
una noche para llorar á su hijo; á no que lo pensara mejor, 
y por si mismo se fuera á presentar á Arsaces, en lugar 
de ser llevado. Pusieron allí cerca su campo, alentados de 
grandes esperanzas; pero páralos Romanos la noche fué 
terrible, no haciendo cuenta de dar sepuliura á los muer- 
tos, ni de prestar auxilios á los heridos y moribundos; 
sino que cada uno se lamentaba por sí mismo, teniéndose 
por perdidos, bien esperaran allí el dia, ó bien se lanzaran 
por la noche en aquel vasto desierto. £ranles gran motivo 
de irresolución los heridos; pues si determinaban llevar- 
los, serían un estorbo para la prontitud de la marcha, y si 
los dejaban, con sus gritos darian indicio de la partida; y 
aunque conocían que Craso era la causa de todo, sin em- 
bargo deseaban verlo y oír su voz. Mas él se había retirado 
solo, y yacía en las tinieblas, cubierta la cabeza con su 
ropa: ejemplo para los más de las mudanzas de fortuna; 
pero para los hombres prudentes de temeridad y ambición, 
por las que no estaba contento con no ser el primero y el 
mayor entre laníos millones de hombres, sino que le pa- 
recía que todo le faltaba, porque tenía el último lugar res- 
pecto de dos solos. Entonces el legado Octavio y Casio 
trataron de consolarle y darle aliento; pero cuando vieron 
que del todo estaba desanimado, reunieron á los tribunos 
y centuriones, y habiendo convenido en que no debian 
quedar allí, movieron el ejército sin toque de trompetas, 
y con mucho silencio al principio; pero cuando los impo- 
sibiUtados de seguir percibieron que se les abandonaba. 



MARCO CRASO. S6i 

fué terrible el desorden y la confusión que entre sollozos 
y lamentos se apoderó del campo. Después, Cuando ya es- 
taban en marcha, los sobrevino nueva turbación y terror, 
€reyendo que se acercaban los enemigos: muchas veces 
retrocedían; otras muchas tomaban el orden de formación; 
y de los heridos que los seguian, ya poniendo en los baga- 
jes á unos y ya bajando á otros, fué larga la detención que 
tuvieron, á excepción de trescientos de caballería manda- 
dos por Gnacio, que arribaro| á Carras como á la media 
noche. Habló éste á los centinelas en lengua romana; y 
como le hubiesen entendido, les encargó dijeran á su co- 
mandante Goponio que Graso babia tenido una grande ba- 
talla con los Partos; y sin decir más, ni descubrir quién 
era, se apresuró á llegar al puente, y salvó aquella- tropa; 
mas fué muy vituperado por haber abandonado á su gene- 
ral. Gon todo, aprovechó á Graso aquella ligera expresión 
suya referida á Goponio; porque conjeturando éste que lo 
breve y cortado del anuncio no era de quien traia buenas 
nuevas, mandó inmediatamente á los soldados tomar las 
armas; y luego que se informó de que Graso estaba en ca- 
mino, salió á recibirle, y acompañó á su ejército hasta la 
ciudad. 

Los Partos, aunque por la noche sintieron su partida, no 
los persiguieron; pero á la mañana, pasando al campa- 
mento, acabaron con los que en él habian quedado, que no 
bajarían de cuatro mil; y á muchos que se habian perdido 
por aquellas llanuras, les dieron alcance partidas de caba- 
llería. A cuatro cohortes que el legado Vargunteyo había 
separado del cuerpo del ejército, y que habian errado el 
camino, las sorprendieron en un collado, y sin embargo de 
que se defendieron con valor, no pudieron evitar el ser 
pasadas á cuchillo, á excepción solamente de veinte hom- 
bres: pues maravillados de que éstos con sus espadas tra- 
taran de abrirse camino entre ellos, se abstuvieron de he- 
rirlos, y les permitieron que sin ofensa se retiraran á Gar- 



262 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

ras. Dióse á Sureña un aviso falso, diciéodosele que Craso 
había huido coa los principales, y que la muchedumbre 
que se babia refugiado á Carras era una mezcla de hom- 
bres de quienes no se debia hacer ninguna cuenta. Creyó, 
pues, haber perdido el blanco principal de su victoria; mas 
dudoso todavía, y deseando informarse de lo cierto para 
sitiar á Craso sí allí estaba, ó perseguirle en otro caso sin 
detenerse con los de Carras, envió á esta ciudad uno de 
los que estaban con él que |abía ambos idiomas, dándole 
orden de que en lengua romana llamara al mismo Craso 6 
á Casio, manifestando que Sureña venía á tratar con ellos. 
Dijolo éste como se le había mandado, y luego que se dio 
parte á Craso, aceptó la convocación. Al cabo de poco 
vinieron asimismo de parte de los bábaros unos Árabes, 
que conocían de vista á Craso y á Casio, por haber estado 
con ellos en el campamento antes de la batalla; y éstos 
viendo á Casio sobre la muralla, le dijeron que Sureña es- 
taba dispuesto á tratar de paz, y les concedía ir salvos, 
con tal que admitieran la amistad del Rey y abandonaran 
la Mesopotamia; porque consideraba que esto era lo que á 
unos y á otros convenía más que llegar á los últimos ex- 
tremos. Admitiendo la proposición Casio, y díoiéndoles que 
deseaba se determinara el lugar y tiempo en que Craso y 
Sureña tendrían su entrevista, prometieron que así lo ha- 
rían, y marcharon. 

Contento Sureña con tenerlos sujetos á un sitio, al dia 
siguiente condujo allá sus tropas, las que desmandándose 
en injurias contra los Romanos, llegaron á proponerles 
que sí querían alcanzar capitulación les habían de entregar 
alados á Craso y á Casio. Indignáronse de verse así enga- 
ñados, y diciendo á Craso que era necesario dar de mano 
á las vanas y largas esperanzas de los Armenios, se deci- 
dieron por la fuga. Era muy importante que ninguno de 
los Carreños lo supiese antes de tiempo; pero justamente 
lo supo Andromaco, hombre entre todos el más infiel y 



MARCO CRASO. 263 

desleal, á quien Craso confío este secreto, valiéndose de 
él para que los guiase. Así, nada ignoraron los Partos, 
porque Andromaco se lo refirió todo punto por punto. 
Mas como sus costumbres patrias se opusiesen á que 
pelearan de noche, ni esto además les fuese fácil, ha- 
biendo de partir Graso de noche, para que aquéllos no 
se atrasaran mucho en su persecución, discurrió Andro- 
maco la traza de tomar ahora un camino y luego otro, 
hasta que por último los condujo á un terreno pantanoso y 
cortado con frecuentes acequias, que hacían la marcha pe- 
nosa y tarda para los que aun se dejaban guiar de él: pues 
hubo algunos que conociendo que Andromaco no podia 
hacerles dar aquellos rodeos j vueltas con buen fin, no 
quisieron seguirle; sino que Casio se volvió otra vez á 
Carras, y diciéndole sus guias, que eran unos Árabes , ser 
conveniente esperar á que la luna pasara del Escorpión: 
«pues yo, les respondió, más temo al Sagitario;» y se enca- 
minó á la Siria con unos quinientos caballos. Otros, que 
también tuvieron fíeles conductores, arribaron á las mon- 
tañas llamadas Sinacas, y se pusieron en seguridad antes 
del dia. Eran éstos cerca de cinco mil, y estaba al frente 
de ellos Octavio, varón de singular probidad. A Craso le 
cogió el dia engañado todavía de Andromaco y detenido 
entre acequias y pantanos. Tenía consigo cuatro cohortes, 
de legionarios, muy pocos caballos y cinco lictores; con 
los cuaies salió al fin con mil trabajos al buen camino 
cuando ya tenía encima á los enemigos. Faltábanle sólo, 
doce estadios para unirse con las tropas de Octavio; pero 
tuvo que refugiarse á otro montecillo no tan inaccesible 
á la caballería ni tan seguro, aunque enlazado con las 
mismas montañas Sinacas, de las que sólo le dividía una 
serie de collados, que desde la llanura se extendían hasta 
aquellas: así las tropas de Octavio podían muy bien obser- 
var el peligro en que se hallaba. Octavio fué el primero que 
bajó con unos pocos á darle auxilio: después partieron los 



féi PLTTABCO. — LAS TlftAS PaRALCLAS. 

deoas aTorgoDzados de so deteocioo; y cargando á los 
eftemigos, los rechazaroa del moDiedlIo. Cogieroo loégo 
em Medio á Craso, y prolegiéodole con sos escudos, dije- 
roo coo firmeza y resolocioa qoe no leadríaii los Parios 
saeta ningiioa que penetrase basta so emperador, sin qoe 
primero muríeraD todos peleando por defeaderie. 

Viendo, poes. Sureña qoe los Parios se batían ya con me- 
nos ardor, y qoe si venia la noche y los Romanos se me- 
iían más en los montes le sería imposible darles alcance, 
armó á Craso otro engaño. Dejó ir libres á algunos cauii- 
TOS, ante quienes hizo de intento qoe unos bárbaros se 
dijeran á otros en el campamento que el Rey no quería 
qoe la guerra con los Romanos fuese perpéiua; y daría 
pruebas de estar pronto á restablecer la amistad con el 
obsequio de iraiar humanamente á Craso. Abstuviéronse 
por tanio los Parios de combatir, y marchando sosegada- 
mente Sureña bácia el collado con los principales de su 
ejército, quitó la cuerda al arco y alargó la diestra, lla- 
mando á Craso á conferenciar con él, y diciendo en alta 
voz que el Rey habia hecho muestra muy contra su volnn - 
iad de su valor y su poder; pero que deseando manifestar- 
les también su dulzura y benevolencia, les dejaría ir libres 
y salvos por medio de un tratado. Al decir esto Sureña, los 
demás le escucharon muy placenteros, y se mostraban su- 
mamente contentos; pero Craso, que no habia habido nada 
en que no hubiese sido engañado, y que extrañaba mucho 
ian repentina mudanza, no se presió á esta invitación, 
«íno que se paró á reflexionar. Mas como los soldados em- 
pezasen á gritar y á decirle que fuese, y después pasasen á 
insultarle y echarle en cara que á ellos los ponia á pelear 
con unos hombres coa quienes ni aun desarmados quería 
tener una conferencia, tentó primero el medio del ruego, 
diciéndoles que aguantaran lo que restaba del dia, y por la 
noche podrían libremente marchar por aquellas moniañas 
y aquellas asperezas, mostrándoles el camino y exhortan- 



MARCO GRASO. 265 

dolos á que no perdieran la esperanza de una salud qae 
tenían tan cerca; pero viendo que todavía se le oponían, 
y que blandiendo las armas le amenazaban, por miedo 
hubo de partir, sin decir más que estas palabras: «Vos- 
otros, Octavio, Petronio y todos los caudillos romanos que 
estáis presentes, sois testigos de la necesidad de esta par- 
tida, y sabéis por qué cosas tan violentas y afrentosas se 
me hace pasar; mas con todo, si llegáis á salvaros, decid 
ante todos los hombres que Craso pereció engañado de los 
enemigos, no entregado á la muerte por sus ciudadanos.» 
No pudo contenerse Octavio, sino que bajó del collado 
con Craso; quien despidió á los lictores que también le se- 
guían. De los bárbaros, los primeros que salieron á reci- 
birle fueron dos Griegos mestizos, que le hicieron acata- 
miento, apeándose de los caballos; y saludándole en len- 
gua griega , le propusieron que enviara personas que 
vieran cómo Sureña y los que traía consigo venían sin ar- 
mas de ninguna especie; mas Craso les respondió que si 
tuviera en algo la vida, no habría venido á ponerse en sus 
manos. Con todo, envió á dos hermanos llamados Róselos, 
á informarse de cuántos eran los que venían y con qué 
objeto. Sureña al punto les echó mano y los detuvo, 
siguiendo á caballo con los principales de los suyos; y 
«¿cómo es esto, gritó, un emperador de los Romanos viene 
á pié y nosotros montados?» mandando que sin dilación le 
trajesen un caballo. Contestándole Craso que ni uno ni otro 
faltaban, concurriendo cada uno según la costumbre de su 
patria, dijo entonces Sureña que ya estaba hecho el tratado 
y la paz entre el rey Hirodes y los Romanos, pero que ha- 
bían de escribirse las condiciones, llegando para ello hasta 
el rio; «porque vosotros los Romanos, dijo, no soléis acor- 
daros de los convenios;» y le alargó la mano. Mandó enton- 
ces Craso que le trajeran un caballo, á lo cpe repuso: «No 
es menester, porque el rey te da este;» y al mismo tiempo 
le presentaron un caballo con jaez de oro, en el que co- 



266 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

giéndole en volandas, le pusieron los palafraneros, y em- 
pezaron á dar latigazos al caballo para hacerle marchar 
precipitadamente. Octavio fué el primero que asió del 
freno, y después de él Petronio, uno de los tribunos, cer- 
cándole en seguida los demás y procurando todos contener 
el caballo, y retirar á los que por uno y otro lado querían 
á fuerza llevarse á Craso. Suscitándose con esto confusión 
y alboroto, vínose al fin á los golpes, y desenvainando 
Octavio su espada, atravesó á uno de aquellos palafrene- 
ros; haciendo otro tanto con Octavio uno de ellos que se 
hallaba á su espalda. Petronio no se encontró con armas; 
y habiendo recibido un golpe que no pasó de la coraza, 
saltó ileso del caballo. A Craso le quitó la vida un Parlo 
llamado Pomaxílres; aunque algunos dicen haber sido otro 
el que le mató, y que este fué el que después de caído le 
cortó la cabeza y la mano derecha; cosas que pueden muy 
bien conjeturarse, pero no saberse de cierto, porque de 
los que se hallaron presentes y pelearon en defensa de 
Craso, los unos murieron allí, y los orros á toda priesa se 
retiraron al collado. Pasaron allá los Partos, y diciendo 
que Craso ya habia sufrido su castigo, pero respecto de los 
demás manifestaba Sureña que podian bajar con seguri- 
dad, unos bajaron efectivamente y se entregaron, y otros 
se dispersaron por la noche; de los cuales fueron muy po- 
cos los que se salvaron, y á los restantes salieron á cazar- 
los los Árabes, y alcanzándolos, les dieron muerte. De 
todas aquellas tropas, veinte mil hombres se dice que mu- 
rieron, y que diez mil fueron tomados cautivos. 

Sureña envió al rey Hirodes, que se hallaba en la Arme- 
nia, la cabeza y la mano de Craso; y haciendo correr en 
Seleucia la voz por medio de mensajeros de que conducia 
vivo á Craso, dispuso una pompa ridicula, á la que dio el 
nombre de triunfo. Porque al más parecido á Craso de 
los cautivoj, que era Gayo Paciano, le hizo vestir como 
aquellos bárbaros, y habiendo ensayado el que respon- 



MARGO CRASO. 267 

diese cuando le llamaran Graso ó emperador, de »sle 
modo le llevaban á caballo, precediéndole trompeteros y 
lictores montados en camellos. De las varas pendían ceñi- 
dores, y entre las hachas se velan cabezas de Romanos 
recien cortadas. Seguían después rameras Seleucienses 
entonando canciones insultantes y ridiculas contra la co- 
bardía y afeminación de Craso, y de este espectáculo go- 
zaron todos. Mas reuniendo el Senado de los Seleucienses, 
les presentó los libros obscenos de Aristides llamados 
Milesíacos; y esto ya no fué inventado, porque se encon- 
traron realmente en el equipaje de Roscio, y dieron oca- 
sión á Sureña para motejar é infamar á los Romanos de que 
ni en la guerra podían estar sin entretenerse con tales 
objetos y tal leyenda. Mas el concepto que los Seleuciense 
formaron fué que Esopo habla sido un sabio; viendo que 
Sureña presentaba por delante el cabo de alforja en que 
se contenían las disoluciones Milesiacas, cuando en pos de 
sí traía una Sibaris Partica en tanto número de concubinas 
como las que conducía en su carros; siendo su ejército al 
parecer como las víboras y las escitalas, porque las partes 
anteriores y que primero aparecían eran feroces y terri- 
bles, estando cercadas de lanzas, de arcos y de caballos; 
y luego la cola remataba en rameras, en crótalos, en can- 
tos y en nocturnas disoluciones con infames mujercillas. 
No merecía ciertamente disculpa Roscio; pero no estaba 
bien á los Partos vituperar en los Romanos la pasión por 
los libros Milesíacos, cuando muchos de los Ársacidas que 
reinaban sobre ellos, habían sido descendientes de rame- 
ras de la Jonia y de Mileto. 

Entretanto que eslo pasaba, Hirodes había ya hecho la 
paz con el rey de Armenia, Artavasdes, y había convenido 
en tomar la hermana de éste para mujer de su hijo Pacoro. 
Con este motivo eran frecuentes los recíprocos banquetes 
y festines de uno á otro, y se entretenían con las repre- 
sentaciones teatrales de la Grecia; porque Hirodes no igno- 



968 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

raba ni la lengua ni las letras griegas, y Artavasdes com- 
ponia tragedias, y habia escrito oraciones é historias, de 
las cuales algunas todavía se conservan. Cuando la cabeza 
de Craso fué conducida á las puertas del palacio, no se 
habian levantado las mesas, y un representante de trage- 
dias, llamado Jason, natural de Trallis, estaba cantando el 
pasaje de Agave de la tragedia de Eurípides Las BacanUs. 
En medio de ios aplausos que se le daban, se presentó Si- 
laces ante el Rey, y adorándole, arrojó en medio la cabeza 
de Craso. Grande fué con esto la algazara de los Partos, su 
alegría y su júbilo; y habiendo hecho los sirvientes tomar 
asiento á Silaces de orden del Rey, Jason dio las ropas y 
ornato de Penteo á uno de los del coro, y tomando él la 
cabeza de Craso en la mano, se puso á hacer el bacante, 
y recitó con entusiasmo y con canto aquellos versos: 

Del monte á nuestro techo 
Esta dichosa caza 
Traemos ahora mismo 
De flecha traspasada. 

Esto fué de diversión para todos; pero cantándose en se- 
guida los otros versos alternados con el coro: 

¿Quién le tiró primero? 
Mío, mío es el premio; 

entonces levantándose Pomaxitres, que también asistía á 
la cena, echó mano á la cabeza, diciendo que aquello más 
le tocaba á él que al actor; lo que cayó muy en gracia al 
Rey; y habiéndole remunerado según la costumbre patria, 
dio á Jason un talento. Este término se dice haber tenido 
la expediciop de Craso, acabando verdaderamente como 
una tragedia. Hirodes y Sureña experimentaron al fln cas- 
tigos dignos, el uno de su crueldad y el otro de su perju- 



MARCO CRASO. %9 

rio: porque á Sureña de allí á poco le quitó la vida Hirodes 
envidioso de su gloria; y á éste, después de, haber perdido 
á Pacoro, muerto en una batalla en que fué vencido de los 
Romanos, en ocasión de hallarse doliente de una enferme- 
dad que declinaba en hidropesía, su otro hijo Fraates, 
atentando contra su vida, le dio acónito; mas como la en- 
fermedad recibiese bien el veneno, de manera que con él 
terminó, habiéndose quedado Hirodes enteramente enjuto, 
tomó aquél el camino más corto, y entrando en su cuarto, 
le ahogó. 



COMPARACIÓN DE NICIAS Y DE CRASO. 



Viniendo á la comparación, la riqueza de Nicias puesta 
en paralelo con la de Craso tiene una adquisición y un 
origen menos culpable: pues aunque nadie tenga por irre- 
prensil le la que procede del beneficio de las minas, que 
en gran parte se hace por medio de hombres criminales ó 
de bárbaros, de los cuales algunos están allí aprisionados, 
y otros fallecen en aquellos lugares perniciosos é insalu- 
bres; con todo, es más tolerable que la que se granjeó con 
las confiscaciones de Sila y con los destrozos del fuego: 
porque de estos dos medios se valió Graso, como pudiera 
haberse valido de cultivar el campo ó de ejercer el cam- 
bio. Por de contado, de los graves cargos que á éste se ha- 
cían, aunque él los negaba, de que por dinero defendía 
causas en el Senado, de que era injusto con los aliados, de 
que adulaba á mujercillas, y finalmente, de que era encu- 
bridor de. gente mala, ninguno ni aun con falsedad se hizo 
jamás á Nicias. Burlábanse sí de él, porque malgastaba su 
dinero, dándolo por miedo á los calumniadores; pero en 
esto hacía una cosa que quizá no habría estado bien á Pe- 
ndes y á Arístides, pero que en él era necesaria, por no 
tener carácter para sostenerse con firmeza; sobre lo que 
posteriormente habló á las claras al pueblo Licurgo el ora- 
dor en causa que se le hizo sobre haber ganado con dinero 



272 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

á uno de los calumniadores: pues se refiere haber usado 
de estas palabras: «Me alegro de que habiendo tenido por 
tanto tiempo parte en vuestro gobierno, se me acuse de 
haber dado, y no de que he recibido.» En sus gastos fué 
más ceñido Nicias, empleando su caudal en ofrendas, en 
dar espectáculos y en instruir coros; cuando todo lo que 
Nicias tuvo fué muy pequeña parte de lo que impendió 
Craso en dar un banquete á tantos millares de hombres, y 
en abastecerlos después; mas esto no debe parecer extra- 
ño, cuando nadie ignora que el vicio es una anomalía y 
desarreglo en las costumbres: y así se ve que los que 
allegan por malos medios, suelen después invertirlo en 
buenos usos. Y por lo que hace á la riqueza de ambos 
baste lo dicho. 

En cuanto á gobierno, nada se advirtió en Nicias que no 
fuese sencillo, nada injusto, nada violento ó arrebatado, 
sino que más bien fué engañado por Alcibiades; y con el 
pueblo se condujo siempre con éi mayor miramiento; 
cuando á Craso en sus continuos tránsitos del odio al amor 
se le acusa de falta de lealtad y hombría de bien; no ne- 
gando él mismo que por la fuerza se abrió el camino al 
consulado, asalariando hombres que se atrevieran á poner 
las manos en Catón y en Domicio. En la distribución de 
las provincias fueron heridos muchos de la plebe, y muer- 
tos cuatro; y él mismo, lo que se nos olvidó advertir en el 
discurso de la Vida, expelió de la plaza bañado en sangre 
al senador Lucio Analio, que se le opuso, dándole una pu- 
ñada en el rostro. Mas así como en esta parte es Craso 
motejado de ser violento y tiránico, en igual grado es 
digna en Nicias de reprensión su irresolución y atamiento 
en el gobierno, y su condescendencia con los malos. Y 
Craso fué de grande y elevado ánimo, no en contraposi- 
ción con los Cleones ó los Hipérbolos, no á fe mia, sino 
con la gran nombradla de César y con los triunfos de Pom- 
peyo; no cediendo, sin embargo, sino compitiendo con 



COMPARACIÓN DE NICIAS Y DE CRASO. 273 

uno y otro en poder, y aun excediendo á Pompeyo en la 
dignidad de la magistratura censoria; porque en las gran- 
des cosas no se ha de atender á que hacen envidiosos, sino 
á la gloria que acarrean, anublando la envidia. Y si sobre 
todo te hallas bien con la seguridad y el reposo, y temes 
á Alcibiades en la tribuna, en Pilos á los Lacedemonios y 
en la Tracia á Perdicas, la ciudad deja un ancho campo á 
la vacación de todo negocio , en medio del cual te puedes 
sentar, y tejer para tu frente la corona de la imperturba- 
bilidad, como se explican algunos sofistas. Porque el amor 
de la paz es verdaderamente divino, y el hacer cesar la 
guerra el mayor servicio que podía hacerse á la Grecia: 
así en este punto no podria con Nicias competir digna- 
mente Craso, aunque hubiera puesto al mar Caspio ó al 
Océano Indico por término de la dominación romana. 

El que mandaba en una ciudad que tenía ideas de vir- 
tud, y era el primero en poder, no debió dar lugar á los 
malos, ni poner la autoridad en manos no ejercitadas, ni 
confiar en quien no merecía confianza, que fué lo que Ni- 
cias ejecutó, colocando él mismo al frente del ejército á 
Cleon, que fuera de su gritería y desvergüenza en la tri- 
buna, por lo demás en nada era tenido en la ciudad. No 
alabo en Craso el que en la guerra de Gspartaco hubiese 
consultado más á la prontitud que á la seguridad para dar 
la batalla; sin embargo de que interesaba su ambición en 
que no llegara Pompeyo y le arrebatara su gloria, como 
Mumío quitó á Mételo de las manos á Corinto; pero lo que 
hemos dicho de Nicias fué del todo extraño é indisculpa- 
ble. Porque no cedió al enemigo una ambición y un mando 
rodeados de esperanzas y de facilidad; sino que viendo el 
gran peligro de aquella expedición, por ponerse á sí mis- 
mo en seguridad, miró con abandono los intereses de la re- 
pública. No así Temístocles, que para que en la guerra Mé- 
dica no mandase un hombre ruin y sin talentos y perdiese 
la ciudad, á costa de su dinero le hizo desistir de la em- 

TOMO IIT. 18 



274 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

presa; ni Catón, que previendo que el tribunado de la plebe 
habia de dar mucho en que entender y acarrear peligros, 
por lo mismo, en servicio de la república, se presentó á 
pedirlo. Mas Nicias, conservando el generalato mientras 
se trató de Minoa, de Citara y de los infelices Melios; 
cuapdo tuvo recelo de haber de contender con los Lace- 
demonios, desnudándose de la púrpura , y entregando á la 
impericia y temeridad de Cleon las naves, el ejército , las 
armas y un mando que requeria una consumada inteligen- 
cia, no fué de su gloria de lo que hizo entrega, sino de la 
seguridad y salud de la patria. Por lo mismo, cuando des- 
pués se le precisó á hacer guerra á los Siracusanos contra 
toda su voluntad y sus deseos, pareció que quería privar 
á la ciudad de la adquisición de la Sicilia; no por reflexión 
de lo que convenia y debia hacerse, sino por desidia y 
flojedad suya. Lo que en él arguye mucha rectitud es el 
que nunca dejasen de nombrarle generaVcomo el más in- 
teligente y más capaz, á pesar de la oposición y resisten- 
cía que oponía; cuando Craso, que siempre se andaba pre- 
sentando para aspirar al generalato, no tuvo la dicha de 
alcanzarle sino para la guerra servil; y eso por necesidad, 
á causa de estar ausentes Pompeyo, Mételo y los dos Lúea- 
los: sin embalrgo de que aquella era la época de su ma- 
yor autoridad y poder: y es que, según parece, aun sus 
más apasionados le reputaban, según el cómico. 

Hombre útil y apto para todo 
Fuera del ejercicio de las armas: 

cosa que no les estuvo bien á los Romanos, á quienes hi- 
cieron violencia su avaricia y su ambición. Por(|ue los 
Atenienses enviaron á la guerra contra su voluntad á Ni- 
cias; y Craso llevó forzados á los Romanos; viniendo por 
éste la república á grandes infortunios, y por la república 
aquél. 



COMPARACIÓN DE NICIAS Y DE CRASO. 275 

Mas acerca de estos sucesos, si bien Nicias merece ala- 
banzas, no hay razón para reprender á Graso: porque 
aquél, haciendo uso de su experiencia, y acreditándose de 
general prudente, no se dejó seducir de las esperanzas de 
sus ciudadanos, sino que conoció la imposibilidad, y des- 
confió de que se tomara la Sicilia; y éste padeció equivo- 
cación ea tomar sobre sí, como una cosa fácil, la guerra 
Pártica; pero sus miras eran grandes; y habiendo Cé^r 
sujetado las naciones de Occidente, los Galos, los Germa- 
nos y la Bretaña, él concibió el proyecto de encaminarle 
al Oriente y al mar de la India y sojuzgar el Asia; en lo 
que ya había puesto mano Pompeyo, y habia trabajado 14- 
culo, hombres para todos apreciables y de gran juicio, sin 
embargo de que habían intentado l,o mismo que Craso, y se 
habían propuesto los mismos fines. Y sin embargo de que 
dado el mando á Pompeyo, el Senado lo repugnó; y de 
que habiendo César derrotado á trescientos mil Germanos, 
fué CatoB de dictamen de que aquél fuera entregado á Iqs 
vencidos para que recayera sobre él la ira del cielo por el 
quebrantamiento de la paz, el pueblo, no haciendo cu^pita 
de Catón, ofreció sacrificios de victoria por quince di98 
seguidos, y se mostró muy contento. ¿Pues qué habría he- 
cho^ y por. cuántos días habría sacrificado^ si Craso bubiara 
escrito desde Babilonia que era vencedor^ y yendo de allí 
más adelante, hubiera puesto la Media, la Perside, la Hir- 
cania, á Susa y á Bactra en el número de las provincias 
romanas? Porque si, según Eurípides, tienen que ser in- 
justos los que no pueden estarse quietos ni saben gozar 
de lo presente, no ha de ser para arrasar á Escandía ó á 
Mendes, ni para cazar á los Eginetas, que como las aves 
abandonan su territorio y se refugian en otro país; sino 
que se ha de tener en mucho el ser injustos, y no con li- 
gero motivo se ha de faltar á la justicia^ como si fuera una 
cosa pequeña y despreciable; y los que celebran la ex- 
pedición de Alejandro, y reprenden la de Craso, juzgan 



976 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

desacertadamente, mirando sólo al éxito que tuvieron. 
En las expediciones mismas hubo de Nicías hazañas y 
rasgos muy generosos: porque en muchas batallas venció 
á los enemigos^ y estuvo en muy poco el que tomase á Si- 
racusa; y si hubo faltas, no fueron suyas, sino que provi- 
nieron de su enfermedad y de los enemigos que en Atenas 
tenía; siendo así que Ci'aso por el gran número de sus yer- 
ros ni siquiera dio lugar á que pudiera mostrarse en su 
favor la fortuna; de manera que es preciso admirarse de 
que fuese tal su torpeza, que ella sola venciera la buena 
suerte de Roma, y no el poder de los Partos. En orden á 
que no despreciando el uno nada de cuanto pertenece á la 
adivinación, y mirándolo todo el otro con indiferencia, 
ambos, sin embargo, hubiesen tenido desgraciado fin, en 
esto el juicio es aventurado y difícil: bien que merece más 
disculpa el que peca por sobra de precaución, siguiendo la 
costumbre y la opinión recibida, que no el que por teme- 
ridad se aparta de la ley. En el modo de acabar sus dias 
hay menos que vituperar en Craso, que no se entregó, no 
sufrió prisiones ni afrentas; sino que se resignó con los 
ruegos de los suyos, y fué víctima de la traición de los 
enemigos; cuando Nicias con la esperanza de una salud 
torpe y vergonzosa sufrió caer en manos de los enemigos, 
haciendo así más ignominiosa su muerte. 



SERTORIO. 



No es maravilla qui^á que en un tiempo indeterminado , 
inclinándose ora á una parte y ora á otra la fortuna, los 
acontecimientos vuelvan á repetirse muchas veces con las 
mismas circunstancias. Porque si no hay una muchedumbre 
determinada de accidentes, la fortuna tiene un poderoso 
artífice de la semejanza de los sucesos en lo indefinido de 
la materia; y si los acontecimientos están contraidos á un 
número prefijado, es necesario también que muchas veces 
los mismos efectos sean producidos por las mismas causas. 
Hay algunos, por tanto, que complaciéndose en cotejar lo 
que han leido ú oido de esta clase de accidentes , forman 
una colección de los que parecen hechos de intento y con 
meditado discurso: como, por ejemplo, que habiendo ha- 
bido dos Atis, personajes ilustres, el uno Siró y el otro 
Arcade, ambos fueron muertos por jabalíes. De dos Acteo- 
nes, el uno fué despedazado por sus perros, y el otro por 
«US amadores. De dos Escipiones, por el uno fueron pri • 
mero vencidos los Cartagineses, y por el otro fueron des- 
pués arruinados del todo. Troya fué. tomada por Hércules á 
<;ausa de los caballos de Laomedonte; por Agamenón me- 
diante el caballo llamado de madera; y tercera vez por Ca- 
ridemo, á causa del accidente de haberse caido un caballo 
•en las puertas, y no haber podido los Troyanos cerrarlas 



S78 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

prontamenle. De dos ciudades que tienen nooobres de dos 
plantas de suavísimo olor, los y Esmirna, an la una se dice 
haber nacido el poeta Homero, y haber muerto en la otra. 
£a, pues, añadamos á estos acasos el que entre los grandes 
generales, los más guerreros , y que más grandes cosas 
acabaron por la astucia y la sagacidad, todos fueron tuer- 
tos, Filipo, Antígono, Aníbal, y éste de quien ahora escri- 
bimos, Sertorio; el cual se hallará haber sido más conte- 
nido que Filipo en el trato con mujeres; más fiel que 
Antígono con sus amigos; más humano que Anibal con los 
contrarios; y que no habiendo sido inferior á ninguno en la 
prudencia, fué muy* inferior á todos en la fortuna, la que 
siempre le fué más adversa que sus más poderosos enemi- 
gos; y sin embargo, desterrado y extranjero, nombrado 
cftndillo de unos bárbaros, íué digno competidor de la pe- 
ricia de Mételo, de la osadía de Pompeyo, de la fortuna de 
Sila y de todo el poder de los Romanos. A éste el que en- 
contramos más semejante entre los Griegos es el Cardiano 
fiumenes: porque ambos eran nacidos para mandar ejérci- 
tos; ambos eran fecundos en estratagemas; ambos, arroja- 
dos de su país , fueron caudillos de gentes extrañas ; y á 
aínbos, finalmente, fué en su muerte muy dura y violenta 
la fortuna: porque perecieron traidoramente á manos de 
aquellos mismos con quienes habían vencido á los ene- 
migos. 

Nació Quinto Sertorio en la ciudad de Nurcia, país de 
los Sabinos, de oscuro linaje. Criado con esmero por su 
madre viuda, habiendo quedado huérfano de padre, parece 
que fué con extremo amante de aquella; de la cual se dice 
haber tenido por nombre el de Rea. Ejercitóse en las cau- 
sas con bastante aplauso, y siendo aún joven, llegó, según 
es fama, á adquirir cierto poder en Roma por su elegancia 
en el decir; pero su sobresaliente mérito y sus hazañas en 
la mihcia llamaron hacia esta parte su ambición. 

£n primer lugar, cuando los Cimbros y los Teutones in- 



SERTORIO. 279 

vadieron la Galia, militó con Cepion; y habiendo los Roma- 
nos peleado débilmente y entregádose á la fuga, no obs- 
tante haber perdido su caballo y hallarse herido , pasó el 
Ródano á nado, costándole mucho el vencer, embarazado 
con la coraza y el escudo, la contraria corriente: ¡tan 
fuerte y robusto era su cuerpo, y tan sufridor del trabajo en 
fuerza del ejercicio! En segundo lugar, cargando aquéllos 
con numerosísimo ejército y terribles amenazas, de manera 
que se reputaba por cosa extraordinaria que un Romano 
se mantuviera en formación y obedeciera al general, Mario 
guiaba tranquilo, y Sertorio se quedó en observación de los 
enemigos. Vistióse el traje de los Galos, y aprendiendo lo 
más común del idioma para poder contestar oportuna men* 
te, se metió entre los bárbaros; de donde, habiendo visto 
por si unas cosas y preguntado otras á los que tenía á 
mano, regresó al campamento. Concediósele entonces el 
prez del valor; y habiendo dado durante toda la expedición 
muchas pruebas de prudencia y de arrojo, adquirió fama 
y se ganó la confianza del general. Después de esta guerra 
de los Cimbros y Teutones fué enviado á España de tribuno 
con el pretor Didio, y se hallaba en cuarteles de invierno 
en Cazlona, ciudad de los Celtíberos. Sucedió que insolen- 
tes los soldados con la abundancia, y dados á la embria- 
guez, incurrieron en el desprecio de los bárbaros; los cua- 
les enviaron á llamar á sus vecinos de Orisia; y éstos, yendo 
de casa en casa, acabaron con ellos: pudo , sin embargo, 
Sertorio evadirse con unos pocos , y recogiendo á otros 
que también huian, dio la vuelta en rededor á la ciudad, 
y hallando abierta la puerta por donde los bárbaros hablan 
entrado secretamente, no cayó en el error de éstos, sino 
que poniendo guardias, y tomando todas las avenidas, dio 
muerte á todos los que estaban en edad de llevar armas. 
Ejecutado esto, mandó á todos los soldados que dejaran sus 
propias armas y vestidos, y adornándose con los do los 
bárbaros le siguieran á la otra ciudad, de donde salieron 



^0 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

los que en la noche los habían sorprendido. Con la vista de 
las armas logró que estos otros se engañaran, y hallando 
abierta la puerta, se le vinieron á las manos gran número 
de habitantes que creian salir á recibir á sus amigos y coa- 
ciudadanos, que volvían después de conseguido su intento: 
asi fué que muchos recibieron la muerte en la misma puer- 
ta, y otros que se entregaron, fueron vendidos por es- 
clavos. 

Hfzose con esto Sertorio muy celebrado en España; y 
apenas volvió á Roma, fué nombrado cuet^lor de la Galia 
Cispadana, en ocasión de urgencia, porque amenazando la 
guerra Mársica, se le dio el encargo de levantar tropas y 
de reunir armas; y como hubiese puesto mano á la obra 
con una diligencia y prontitud muy diferente de la pesadez 
y delicadeza de los denlas jóvenes, adquirió fama de hom- 
bre activo y í^ficaz. Mas no por haber sido promovido á 
la dignidad de caudillo aflojó en el denuedo militar; sino 
que ejecutando brillantes hazañas^ y arrojándose sin tener 
cuenta de su persona á los peligros, quedó privado del un 
ojo, habiéndosele sacado en un encuentro. De esta pérdida 
hizo después vanidad toda la vida: porque decía que los 
demás no llevaban siempre consigo el testimonio de los 
premios alcanzados, siéndoles forzoso dejar los collares, 
las lanzas y las coronas, cuando él tenía siempre consigo 
las señales de su valor; y los que eran espectadores de su 
infortunio, lo eran al mismo tiempo de su virtud. Tributóle 
también el pueblo el honor que le era debido: porque al 
verle entrar en el teatro le recibieron con aplausos y con 
expresiones de elogio: distinción de que con dificultad go- 
zaban aun los mas provectos en edad y más recomendados 
por sus méritos. Pidió el tribunado de la plebe; pero opo- 
niéndosele la facción de Sila, quedó desairado; por lo que 
parece fué desde entonces enemigo de éste. Después, 
cuando Mario, vencido por Sila, tuvo que huir, y éste se 
ausentó para hacer la guerra á Mitridates, como el uno de 



SERTORIO. ^81 

los cónsules, Octavio, mantuviese el partido de Sila, y Ciua, 
que aspiraba á cosas nuevas, tratase de suscitar la facción 
vencida de Mario, arrimóse á éste Sertorio; y más viendo 
que el mismo Octavio estaba fluctuante, y solo no se atre- 
vía á fiarse de los amigos de Mario. Trabóse una acción re- 
ñida en la plaza entre ambos cónsules, en la que quedó 
vencedor Octavio, y Ciña y Sertorio, que habian perdido 
poco menos de diez mil hombres, huyeron; pero como hu- 
biesen podido reunir con sus persuasiones la mayor parte 
de las tropas esparcidas por la Italia, volvieron muy pronto 
en estado de poder medir las armas con Octavio. 

Habiendo regresado lAario del África, y puéstose á las 
órdenes de Ciña, como correspondía lo hiciese un particu- 
lar respecto de un cónsul, los demás eran de opinión de 
que convenia recibirle; pero Sertorio se opuso, bien fuera 
por creer que Ciña le atendería menos luego que tuviese 
cerca de sí á un militar de más nombre, ó bien por la du- 
reza de Mario, no fuera que lo echara todo á perder, aban- 
donándose á una ira que pasaba todos los términos de lo 
justo cuando quedaba superíor. Decia, pues, que era muy 
poco lo que les quedaba que hacer hs^Ilándose ya vencedo- 
res; y que si recibian á Mario, éste se arrogaría toda la 
gloria y todo el poder, siendo hombre desabrido y muy 
poco de fiar para la comunión de mando. Respondióle Ciña 
que discurría con acierto, pero que él estaba entre aver- 
gonzado y dudoso para alejar á Mario, á quien él mismo ha- 
bía llamado á tener parte en la empresa; á lo que le repuso 
Sertorio: (cpuesyo en el concepto de que Mario había venido 
á Italia por impulso propio, reflexionaba sobre el partido 
que convendría tomar; pero tú no has debido conferenciar 
sobre este negocio, cuando llega el que tú deseabas que vi- 
niese, sino admitirle y valerte de él, pues que la palabra 
empeñada no debe dejar lugar á reflexiones.» Resolvióse 
por tanto Ciña á llamar á Mario; y habiendo repartido las 
tropas en tres divisiones, las mandaron los tres. Terminóse 



28S PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

la guerra; y entregados Ciña y Mario á toda crueldad é in- 
justicia, tanto que á los Romanos les parecían ya oro los 
males de la guerra, se dice que sólo Sertorio no quitó á 
nadie la vida por enemiga, ni se ensoberbeció con la vic- 
toria, sino que antes se mostró irritado de la conducta de 
Mario; y hablando á solas á Ciña é intercediendo con él, 
logró ablandarlo. Finalmente, como á los esclavos que tuvo 
Mario por camaradas en la guerra, y de quienes se valió 
después como ministros de tirania, les hubiese dado éste 
más soltura y poder de lo que convenia, concediéndoles ó 
mandándoles unas cosas, y propasándose ellos á otras con 
la mayor injusticia, dando muerte.á sus amos, solicitando 
á sus amas, y usando de toda violencia con los hijos, no 
pudo Sertorio llevarlo en paciencia; y hallándose reunidos 
en un mismo campamento, los hizo asaetar á todos, que no 
bajaban de cuatro mil. 

Falleció luego Mario; Ciña fué muerto de allí á poco, y 
Mario el joven se arrogó contra la voluntad de Sertorio, y 
con quebrantamiento de las leyes, el consulado; los Carbo- 
nes, los Norbanos y los Escipiones hacian tibiamente la 
guerra á Sila, que llegaba; perdíanse unas cosas por co- 
bardía y desidia de los generales, y otras por traición se 
malograban. En este estado era inútil su presencia para 
unos negocios enteramente desesperados, por el poeo 
tino de los que tenían en sus manos el poder. Por colmo 
de desorden, Sila, que tenía su campo al frente del de Es» 
cipion y hacía correr la voz de que se gozaría de paz, 
corrompió el ejército, y aunque Sertorio se lo previno y 
advirtió á Escipion, no pudo hacérselo entender. Entonces, 
pues, dando por enteramente perdida la ciudad, partió para 
España, con la mira de anticiparse á ocupar en ella el 
mando y la autoridad, y preparar allí un refugio á los ami- 
gos desgraciados. Sobrecogiéronle malos temporales en 
países montañosos, y tuvo que comprar de los bárbaros, 
á costa de subsidios y exacciones, que le dejaran continuar 



SERTORIO. 283 

el camino. Incomodábanse los sayos, y le decían no ser 
digno de un procónsul romano pagar tributo á unos 
bárbaros despreciables; mas él, no poniendo la atención 
en lo que á éstos les parecía una vergüenza, cdo que 
compro, les respondió, es la ocasión, que es lo que más 
suele escasear á los que intentan cosas grandes:» así 
continuó ganando á los bárbaros con dádivas; y apresurán- 
dose, ocupó la £spaña. Halló en ella una juventud flore- 
ciente en el número y en la edad; pero como la viese mal 
dispuesta á sujetarse á toda especie de mando, á causa de 
la codicia y malos tratamientos de los Pretores que les ha- 
bían cabido, con la afabilidad se atrajo á los más principales, 
y con el alivio de los tributos á la muchedumbre; pero con 
lo que principalmente se hizo estimar fué con librarlos de 
las molestias de los alojamientos. Porque obligó á los sol- 
dados á armarse barracas en los arrabales de los pueblos, 
siendo él el primero que se hospedaba en ellas. Mas sin 
embargo no se debió todo á la benevolencia de los bárba- 
ros; sino que habiendo armado de los Romanos allí domi- 
ciliados á los que estaban en edad de tomar las armas, y 
habiendo construido naves y máquinas de todas especies, 
de este modo tuvo sujetas á las ciudades; siendo benigno 
cuando se disfrutaba de paz, y apareciendo temible á los 
enemigos con sus prevenciones de guerra. 

Habiéndole llegado noticia de que Sila dominaba en 
Roma, y la facción de Mario y Carbón había sido arruinada, 
al punto receló que el ejército vencedor iba á venir con- 
tra él con algunos de los caudillos, y se propuso cerrar el 
paso de los montes Pirineos por medio de Julio Salinator, 
que mandaba seis mil infantes. Fué con efecto enviado de 
allí á poco por Sila Cayo Amo, el cual, viendo que la posi- 
ción de Julio era inexpugnable, se quedó en la falda sin 
saber qué hacerse; pero habiendo muerto á traición á Julio 
un tal Calpurnio, dicho por sobrenombre Lañarlo, y aban- 
donando los soldados las cumbres del Pirineo, seguía su 



284 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

marcha AniocoD grandes fuerzas, arrollando los obstáculos. 
Considerábase Sertorio muy desigual, y retirándose con 
tres mil hombres á Cartagena, allí se embarcó, y atrave- 
sando el Mediterráneo aportó al Arrica por la parto de la 
Mauritania. Sorprendieron los bárbaros á sus soldados, 
mientras, sin haber puesto centinelas, se proveían de 
agua; y habiendo perdido bastante gente, se dirigía otra 
vez á España; pero fué apartado de ella por haber tenido 
la desgracia de dar con unos piratas de Cilicia, y arribó 
á la isla Pítiusa, donde desembarcó, habiendo desalojado 
la guarnición que allí tenía Anio. Acudió éste bien pronto 
con gran número de naves y cinco mil hombres de infan- 
tería; y Sertorio se preparaba á pelear con él en combate 
naval, sin embargo de que sus buques eran de poca resis- 
tencia, dispuestos más bien para la ligereza que para la 
fuerza; pero alborotado el mar con un violento céfiro, per- 
dió la mayor parte de ellos, estrellados en las rocas por 
su'falta de peso; y con sólo unos pocos, arrojado del mar 
por la tempestad, y de la tierra por los enemigos, anduvo 
fluctuando por espacio de diez dias; y luchando contra las 
olas y contra tan deshecha borrasca, se vio en mil apuros 
para no perecer. 

Habiendo por fin cedido el viento, aportó á unas islas 
entre sí muy próximas, desprovistas de agua, de las que 
hubo de partir; y pasando por el estrecho Gaditano, do- 
blando á la derecha, tocó en la parte exterior de España, 
poco más arriba de la embocadura del Bétis, que desagua 
en el mar Atlántico, dando nombre á la parte que baña de 
esta región. Diéronle alii noticia unos marineros con quie- 
nes habló, de ciertas islas del Atlántico, de las que enton- 
ces venían. Estas son dos, separadas por un breve estre- 
cho, las cuales distan del África diez mil estadios, y se 
llaman Afortunadas. Las lluvias en ellas son moderadas y 
raras; pero los vientos apacibles y provistos de rocío 
proporcionan que aquella tierra muelle y crasa, no sólo se 



SERTORIO. 285 

preste al arado y á las plantaciones, sino que espontánea- 
mente produzca frutos que por su abundancia y buen sa- 
bor basten á alimentar sin trabajo y afán á aquel pueblo 
descansado. Un aire sano, por el que las estaciones casi 
se confunden, sin que haya sensibles mudanzas, es el que 
reina en aquellas islas: porque los cierzos y solanos que 
soplan de la parte de tierra, difundiéndose por la distancia 
de donde vienen en un vasto espacio, van decayendo y 
pierden su fuerza; y los de mar, el ábrego y el céfiro^ 
siendo portadores de lluvias suaves y escasas, por lo co- 
mún con una serenidad humectante es con la que refrige- 
ran y con la que mantienen las plantas: de manera que 
hasta entre aquellos bárbaros es opinión, que corre muy 
válida, haber estado allí los campos Elíseos, aquella man- 
sión de los bienaventurados que tanto celebró Homero. 

Engendró esta relación en Sertorio un vivo deseo de ha- 
bitar aquellas islas, y vivir con sosiego, libre de la tiranía 
y de toda guerra; pero habiéndolo entendido los de la Ci- 
licia, que ninguna codicia tenían de paz y de quietud, sino 
de riqueza y de despojos, le dejaron con sus deseos, y se 
di<*igieron al África para restituir á Ascalis, hijo de Ifta, al 
trono de la Mauritania. No pudo tampoco contenerse Ser- 
torio, sino que resolvió ir en auxilio de los que peleaban 
contra Ascalis, para que sus tropas, concibiendo nuevas 
esperanzas, y teniendo ocasión de nuevas hazañas, no 
se le desbandasen por la falta de recursos. Habiendo 
sido su llegada de gran placer para los Mauritanos, puso 
mano á la obra; y vencido Ascalis, le puso sitio. Sila en 
tanto envió en socorro de éste á Paciano con las cor- 
respondientes fuerzas; mas habiendo venido Sertorio á 
batalla con él, le dio muerte, y quedando vencedor, agregó 
á las suyas estas tropas, poniendo después cerco á la ciu- 
dad de Tingis, adonde Ascalis se habia retirado con su» 
hermanos. Dicen los Tingitanos que está allí enterrado 
\nteo; y Sertorio hizo abrir su sepulcro, no queriendo 



Í86 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dar crédito á aquellos bárbaros, á causa de su desmedida 
grandeza; pero visto el cadáver, que tenía de largo sesenta 
codos, se quedó pasmado, y sacrificando víctimas volvió á 
cerrar la sepultura, habiéndole dado con esto mayor ho-' 
ñor y fama.^ Añaden los Tingitanos á esta fábula, que 
muerto Anteo, su mujer Tingis se ayuntó con Hércules; y 
habiendo tenido en hijo á Sofazes, reinó éste en el país y 
puso á la ciudad el nombre de la madre; y que de este So- 
fazes fué hijo Diodoro, á quien obedecieron muchas gentes 
del África, por tener á sus órdenes un ejército griego, 
compuesto de los que fueron allí trasladados por Hércules 
de Olbia y de Micenas. Mas todo esto sea dicho en honor 
de Juba, el mejor historiador entre los reyes, por cuanto se 
dice que su linaje traia origen de Diodoro y Sofazes. Ser- 
torio, aunque logró triunfar de todos, en nada ofendió á 
los que le suplicaron y se pusieron en sus manos; sino que 
les restituyó los bienes, las ciudades y el gobierno, reci- 
biendo sólo lo que buenamente habia menester, y aun esto 
por pura dádiva. 

Meditaba á dónde se dirigiría desde allí, cuando le llama- 
ron los Lusitanos, brindándole, por medio de embajadores, 
con el mando; pues hallándose faltos de un general de opi- 
nión y de experiencia, que pudieran oponer al temor que 
los Romanos les inspiraban, en éste sólo tenian confianza, 
por haber sabido de los que le habían tratado cuál era su 
índole: pues se dice que Sertorio no se dejaba dominar ni 
del deleite ni del miedo, siendo por naturaleza inalterable 
en los peligros, y moderado en la prosperidad; que trabado 
el combate, no fué inferior en arrojo á ninguno de los ge- 
nerales de su tiempo; y que cuando en la guerra se tratal)a 
de merodear y hacer presas, de ocupar puestos ventajo- 
sos, ó de meterse por entre los enemigos, necesitándose 
para ello de dolos y de engaños, era en tales casos de los 
más sagaces y astutos. En premiar los servicios usaba de 
largueza y magnificencia, siendo benigno en castigar las 



SSRTORIO. 287 

faltas: sin embargo, lo ejecutado cruel y sañudamente con 
los rehenes hacia el fin de sus dias parece que descubre 
que su carácter no era el de la mansedumbre; sino que por 
reflexión lo sabia comprimir, cediendo á la necesidad. Por 
lo que hace á mi, nunca creeré que una virtud decidida y 
bien cimentada en la razón pueda por ningún caso de for- 
tuna degenerar en el vicio opuesto; mas con todo no con- 
sidero imposible que los mejores propósitos, y los carac- 
teres más formados á la virtud , bagan mudanza en sus 
costumbres por desgracias y calamidades injustamente pa- 
decidas; y esto es lo que me parece le sucedió á Sertorio; 
que cuando se vio abandonado de la fortuna, irritado por 
los mismos acontecimientos, se hizo cruel contra los que 
le ofendían. 

Gomo le llamasen, pues, los Lusitanos, movió del África, 
y poniéndose al frente de ellos, constituido su general con 
absoluto imperio, sujetó á su obediencia aquella parte de 
la España, uniéndosele los más voluntariamente, á causa 
en la mayor parte de su dulzura y actividad: aunque tam- 
bién usó de artificios para engañarlos y embaucarlos; 
siendo el más señalado entre todos el de la cierva, que fué 
de esta manera. Uno de aquellos naturales, llamado £spa« 
no, que vivia en el campo, se encontró con una cierva re- 
cien parida que huia de los cazadores; y á ésta la dejó ir; 
pero á la cervatilla, maravillado de su color, porque era 
toda blanca, la persiguió y la alcanzó. Hallábase casual- 
mente Sertorio acampado en las inmediaciones; y como 
recibiese con afabilidad á los que le llevaban algún pre- 
sente, bien fuese de caza, ó de los frutos del campo, re- 
compensando con largueza á los que así le hacian obse- 
quio, se le presentó también éste para regalarle la cerva- 
tilla. Admitióla; y al principio no fué grande el placer que 
manifestó; pero con el tiempo, habiéndose hecho tan mansa 
y dócil, que acudia cuando la llamaba, y le seguia á do 
quiera que iba, sin espantarse del tropel y ruido militar, 



Í88 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

poco á poco la fué divinizando, digámoslo así, haciendo 
creer que aquella cierva babia sido un presente de Diana, 
y esparciendo la voz de que le revelaba las cosas ocultas; 
por saber que los bárbaros son naturalmente muy inclina- 
dos á la superstición. Para acreditarlo más se valia de este 
medio: cuando reservada y secretamente llegaba á enten- 
der que los enemigos iban á invadir su territorio, ó trata- 
ban de separar de su obediencia á una ciudad, íingia que 
la cierva le habia hablado en las horas del sueño, previ- 
niéndole que tuviera las tropas á punto. Por otra parte, si 
se le daba aviso de que alguno de sus generales habia al- 
canzado una victoria, ocultaba al que lo habia traido, y 
presentaba á la cierva coronada como anunciadora de bue- 
nas nuevas, excitándolos á mostrarse alegres y á sacrificar 
á los Dioses, porque en breve habia de llegar una fausta 
noticia. 

Después que los hubo hecho tan dóciles, los tenía dis- 
puestos para todo, estando persuadidos de que do eran 
mandados por el discurso de un hombre extranjero, sino 
por un Dios: dando además los hechos mismos testimonio 
de que su poder se habia aumentado fuera de lo que podía 
pensarse: porque con solo haber reunido cuatro mil bro- 
queleros y setecientes caballos de los Lusitanos con dos 
mil y seiscientos, á quienes llamaba Romanos, y con unos 
setecientos Africanos que se le hablan agregado, siguién- 
dole desde aquella región, haeía la guerra á cuatro gene' 
rales romanos, que tenian á sus órdenes ciento veinte mil 
infantes, seis mil hombres de caballería, dos mil entre ar- 
queros y honderos, y un grandísimo número de ciudades; 
cuando él al principio no tuvo entre todas más de veinte; 
y sin embargo de haber empezado con tan escasas y apo- 
cadas fuerzas, no sólo sujetó á numerosos pueblos y tomó 
muchas ciudades, sino que de los generales contrarios, á 
Gota lo venció en combate naval cerca del puerto de Mela- 
ha, y á Aufídio, gobernador de la Bética, lo derrotó á las 



SERTOBIO. 2><9 

orillas del Bélis, matándole doscientos Romanos. Venció 
asimismo por medio de su cuestor á Domicio, y á Lucio, 
procónsul que era de la otra España; y dio muerte á Tora- 
nio, otro de los generales que Mételo habia enviado con 
fuerzas contra él; y aun al mismo Mételo, varón de los pri- 
meros y más acreditados de su edad, habiéndose aprove- 
chado de los no pequeños yerros que este cometió, le puso 
en tanto aprieto, que fué preciso que Lucio Lolío viniera 
desde la Galia Narbonense en su socorro, y que de Roma 
misma fuera enviado Pompeyo Magno con considerables 
fuerzas. Porque Mételo no sabía qué hacerse con un hom- 
bre arrojado, que huia de toda batalla campal, y usaba de 
todo género de estratagemas por la prontitud y ligereza de 
la tropa española; cuando él no estaba ejercitado sino en 
combates reglados y en riguroso orden, y sólo sabía man- 
dar tropas apiñadas, que combatiendo á pié firme, estaban 
acostumbradas á rechazar y destrozar á los enemigos que 
venían con ellas á las manos; pero no á trepar por los mon- 
tes siguiendo el alcance de sus incansables fugas á unos 
hombres veloces como el viento, ni á tolerar como ellos el 
hambre y un género de vida en la que para nada echaban 
menos el fuego ni las tiendas. 

Además de esto. Mételo, que era ya hombre de bastante 
edad, después de muchos y peligrosos combates habia em- 
pezado á tratarse con más delicadeza y regalo que antes; 
y las había con Sertorio, lleno de vigor y robustez, y que 
tenía muy ejercitadas las fuerzas, la ligereza y la frugali- 
dad. Porque ni aun en el mayor ocio se dio jamás al vino, 
y se habia acostumbrado á tolerar grandes fatigas, largas 
marchas y frecuentes vigilias, bastándole para todo esto 
escasos y groseros alimentos. Entreteníase siempre cuando 
estaba desocupado en andar por el campo y en cazar, ha- 
ciendo como que se libertaba con la fuga, y como que en- 
volvía al enemigo siguiendo un alcance; y así había ad- 
quirido conocimiento de los lugares inaccesibles y de ios 

TOMO III. 49 



290 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que daban franco paso. Por lanto, sucediendo por lo co- 
mún que el que quiere evilor baUilla padece lo mismo que 
iú que es vencido, para ésic el huir era como si él persi- 
guiese; porque cortaba á lus qtic iban á tomar agua, inter- 
ceptaba ios víveres, si el enemigo quería marchar le impe- 
dia el paso, cuando iba á acHmpiírse no le dejaba sosiego, 
y cuando quería sitiarle aparecin él y le sitiaba por ham- 
bre, tanto, que los soldados llegaron á aburrirse; y como 
Sertorío provocase á Meielo á un desafío, empezaron á 
gritar incitándole á que peleara general contra general, 
Romano contra Romano; y cuando vieron que no lo ad- 
mitía, le insultaron; pero él so río de ellos, é hizo muy 
bien: pues como dice Teofastro, un general debe hacer 
muerte de general, y no de un miserable soldado. Viea- 
<lo, pues, Mételo que los do Lacobriga estaban muy de 
parte de Sertorío, y que seri:i facii tomarlos por la sed, á 
causa de que dentro de la citniad no habla más que un solo 
pozo, y entraba en su proyecto apoderarse de las fuentes 
y arroyos que habla de murallas afuera, marchó cont^a este 
pueblo, persuadido de que el sitio seria cosa de dos di8S, 
faltándoles el agua: así á sus so dados les dio orden deqve 
para sulos cinco dias toiiiaran bastimento. Mas Sertorio, 
acudiendo al punto en su auxilio, dispuso que se llenarao 
de agua dos mil odres, señalando porcada uno una groesi 
cantidad de dinero; y habiéndose presentado al efecto mo- 
chos Españoles y muchos Mauritanos, escogió á los más ro- 
bustos y más ligeros, y los envió por la montaña, coa órdeo 
de que cuando entregaran los odres en la ciudad sacarai 
á la gente inútil, para que con aquel repuesto de agua lo* 
vieran bastante los defvnsoí es. Llegó esta dísposidoo i 
oídos de Mételo, y le fué de mucho desagrado, poniae yi 
los soldados cas! hablan consu nido los víveres^ y invoque 
enviar, para que hiciesen nuevo acopio, á Aquilio, que oni* 
daba seis mil hombres. Emiéndelo Sertono, y adelaolád- 
dose á tomar el camino, cuando ya Aquilio volviu, haceaa- 



SBRTORIO. i91 

lir contra él tres mil hombres de un barranco sombrío; y 
acometiendo él mismo de frente, le derrota, y da muerte á 
unos, y toma á otros cautivos. IMetelo, cuando vio que 
Aquilio volvía sin armas y sin caballo, tuvo que retirarse 
ignominiosamente, escarnecido de los Españoles. 

Por estas hazañas miraban á Sertorio con grande amor 
aquellos bárbaros, y también porque acostumbrándolos é 
las armas, á la formación y al orden de la milicia romana, 
y quitando de sus incursiones el aire furioso y terrible, 
habla reducido sus fuerzas á la forma de un ejército, de 
grandes cuadrillas de bandoleros que antes parcelan. Ade* 
más de esto, no perdonando gastos, les adornaba con oro 
y plata los morriones; les pintaba con distintos colores los 
escudos; enseñábales á usar de mantos y túnicas brillan- 
tes, y fomentando por este medio su vanidad, se ganaba su 
afición. Mas lo que principalmente les cautivó la voluntad 
fué la disposición que tomó con los jóvenes; porqu6 re- 
uniendo en Huesca, ciudad grande y populosa, á los hijos 
de los más principales é ilustres entre aquellas gentes, y 
poniéndoles maestros de todas las ciencias y profesiones 
griegas y romanas, en la realidad los tomaba en rehenes; 
pero en la apariencia los instruía para que en llegando á 
la edad varonil participasen del gobierno y de la magistra- 
tura. Los padres, en tanto, estaban sumamente contentos 
viendo á sus hijos ir á las escuelas muy engalanados y 
vestidos de púrpura, y que Sertorio pagaba por ellos los 
honorarios, los examinaba por sí muchas veces, les dis- 
tribuía premios, y les regalaba aquellos collares que los 
Romanos llaman bdlas. Siendo costumbre entre los Espa- 
ñoles que los que hacian formación aparte con el general, 
perecieran con él si venía á morir, á lo que aquellos bár- 
baros llamaban consagración; al lado de los demás gene- 
rales sólo se ponian algunos de sus asistentes y de sus 
amigos, pero á Sertorio le seguian muchos millares de 
hombres, resuellos ^ hacer por él esta especie de consa- 



tdS PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

gracion. Asi se refiere que en ocasión de retirarse á una 
ciudad, teniendo ya á los enemigos cerca, los Españoles, 
olvidados de sí mismos, salvaron á Sertorio, tomándolo 
sobre los hombros, y pasándolo así de uno á otro hasta 
ponerlo encima de los muros; y luego que tuvieron en se- 
guridad á su general, cada uno de ellos se entregó á la 
fuga. 

Ni eran solos los Españoles á quererle por su caudillo, 
sino que este mismo deseo tenian los soldados venidos de 
la Italia. Llegó, pues, también á España con grandes cau- 
dales y mucha gente Perpena Venton, del mismo partido 
que Sertorio, con ánimo de hacer de por sí la guerra á 
Mételo; pero los soldados empezaron á indisponerse, y 
haciendo frecuente conversación de Sertorio, pensaban ya 
en abandonar á Perpena, de quien decian que estaba muy 
hinchado con su linaje y su riqueza: así, cuando ya se supo 
que Pompeyo pasaba los Pirineos, tomando los soldados 
las armas y las insignias de las legiones, gritaron á Per- 
pena para que los condujese al campo de Sertorio, ame- 
nazándole que de lo contrario le dejarían por ir en busca 
de un hombre que podia salvarse y salvarlos; y Perpena 
tuvo que condescender con sus ruegos, y marchando al 
frente de ellos, juntó con las de Sertorio sus tropas, que 
consistian en cincuenta y tres cohortes. 

Abrazaban el partido de Sertorío todos los de la parte 
acá del Ebro; con lo cual en el número era poderoso, por- 
que de todas partes acudían y se le presentaban gentes; 
pero mortificado con el desorden y la temeridad de aque- 
lla turba, que clamaba por venir á las manos con los ene- 
migos, sin poder sufrir la dilación, trató de calmarla y so- 
segarla por medio de la reflexión y del discurso. Mas 
cuando vio que no cedían, sino que insistían tenazmente, 
no hizo por entonces caso de ellos, y los dejó que fueran 
á estrellarse con los enemigos, con la esperanza deque 
Bo siendo del todo deshechos, sino hasta cierto punto es- 



/ 

V 

\ 



SERTORIO. 293 

carmentados, con esto los tendría en adelante más sujetos 
y obedientes. Sucedió lo que pensaba; y marchando en- 
tonces en su socorro, los sostuvo en la fuga, y los resti- 
tuyó con seguridad al campamento* Queriendo luego cu- 
rarlos del desaliento, los convocó á todos al cabo de po- 
cos días á junta general, en la que hizo presentar dos ca- 
ballos, el uno sumamente flaco y viejo, y el otro fuerte y 
lozano con una cola muy hermosa y muy poblada de cer- 
das. Al lado del flaco se puso un hombre robusto y de 
mucha fuerza, y al lado del lozano otro hombre pequeño y 
de figura despreciable. A cierta señal, el hombre robusto 
tiró con entrambas manos de la cola del caballo como para 
arrancarla; y el otro pequeño una á una fué arrancando 
las cerdas del caballo brioso. Gomo al cabo de tiempo el 
uno sü hubiese afanado mucho en vano, y hubiese sido 
ocasión de risa á los espectadores, teniendo que darse por 
vencido mientras que el otro mostró limpia la cola de cer- 
das en breve tiempo y sin trabajo, levantándose Sertorio 
«Ved ahí, les dijo, oh camaradas, cómo la paciencia puede 
más que la fuerza; y cómo cosas que no pueden acabarse 
juntas, ceden y se acaban poco á poco; porque nada re- 
siste á la continuación; con la que el tiempo en su curso 
destruye y consume todo poder, siendo un excelente au- 
xiliador de los que saben aprovechar la ocasión que les 
presenta, é irreconciliable enemigo de los que fuera de 
sazón se precipitSin.» Inculcando continuamente Sertorio á 
los bárbaros estas exhortaciones, los alentaba y disponía 
para esperar la oportunidad. 

Entre sus acciones de guerra no fué lo que menos ad- 
miración excitó lo ejecutado con los llamados Caracitanos. 
Este es un pueblo situado más allá del rio Tajo, que no se 
compone de casas como las ciudades ó aldeas, sino que en 
un monte de bastante extensión y altura hay muchas cue- 
vas y cavidades de rocas que miran al Norte. El país que 
la circunda produce un barro arcilloso, y una tierra muy 



294 PLUTARCO — LAS VIDAS PARALELAS. 

deleznable por su fínura, incapaz de sostener á los qae 
andan poi* ella, y que con locarla ligeramente se deshace 
como la cal ó la ceniza. Era por tanto imposible tomar por 
fuerza á estos bárbaros; porque cuando temían ser perse- 
guidos, se retiraban con las presas que babian hecho á sus 
cuevas, y de allí no se movian. En ocasión, pues, en que 
Sertorio se retiraba de Mételo, y habia establecido su 
campo junto á aquel monte, le insultaron y despreciaroo, 
mirándole como vencido; y él, bien fuese de cólera, ó 
bien por no dar idea de que buia, al dia siguiente muy de 
mañana movió con sus tropas, y fué á reconocer el silio. 
Como por ninguna parte tenía subida, anduvo dando vuel* 
tas, haciéndoles vanas amenazas; mas en esto advirtió 
que de aquella tiert*a se levantaba mucho polvo, y que por 
el vienlo era llevado á lo alto: porque, como hemos dicho, 
las cuevas estaban al Norte, y el viento que corre de 
aquella región, ai que algunos llaman Cecics^ es allí el qoe 
más domina y el más impetuoso de todos, soplando de 
países húmedos y de montes cargados de nieve. Estábase 
entonces en el rigor del verano, y fortifícado el viento coo 
el deshielo que f.n la parte septentrional se experimentabii 
le tomaban con mucho gusto aquellos naturales, porque 
en el dia los refrigeraba á ellos y á sus ganados. Uabívlo 
discurrido así Sertorio, y se lo habia oído también á los 
del contorno; por lo cual díó orden á los soldados de que 
recogiendo aquella tierra suelta y cenicienta, la fueras 
acumulando en diferentes puntos delante del monte; y 
como creyesen los bárbaros que el objeto era formar tríA- 
choras contra ellos, lo tomaron á burla. Trabajaron en 
esto los soldados h^>sta la noche, hora en que se retiraroo; 
pero por la mañana siguiente empezó desde luego á soplar 
una aura suave, que levantó lo más delgado de aquella 
tierra amonionada, esparciéndola á manera de humo; y 
después, arreciándose el cecias con el sol, y poniéndose 
ya en movimiento los montones, los soldados que se htUa- 



SERTORIO. 295 

ban presentes los revolvinn desde el suelo y ayudabao á> 
que se levantase la tierra. Algunos corrían con los caba- 
llos arriba y abajo, y contribuían también á que la tierra se 
remontase en el aire, y á que becha un polvo todavía más 
delgado, fuese de aquel impelida á las casas de los bárba- 
ros, que recibían el cierzo por la puerta. Estos, como las 
cuevas no tenían otro respiradero que aquel sobre el que 
se precipitaba el viento, quedaron muy luego ciegos, y 
además empezaron á ahogari^e, respirando un aire incó- 
modo y cargado de polvo; por lo cual apenas pudieron 
aguantar dos días, y al tercero se entregaron: aumentan- 
do, no tanto el poder como la gloria de Sertorio, por 
verse que lo que no estaba sujeto á las armas, lo alcanzaba 
con la sabiduría y el ingenio. 

Mientras que bizo la guerra á Mételo parecía que su 
buena suerte era en gran parte debida á la vejez y torpeza 
de ésie, que no podía contrarestar á un hombre osado, y 
caudillo más bk)n de una tropa de bandoleros que de un 
ejército reglado; pero cuando después de haber pasado 
Pompeyo los Pirineos contrapuso al de éste su campo, y 
dierun uno y otro diferentes pruebas de toda la habilidad 
y pericia militar, y se vio que sobresalía Sertorio así en 
acometer como en saber guardarse, entonces enteramente 
fué declarado aun en Roma mismo como el más diestro 
para dirigir la guerra entre los generales de su edad. Y 
eso que no era vulgar la fama de Pompeyo, sino que es- 
taba entonces en lo más florido de su gloria de resulta de 
sus h»z:iñas en el partido de Sila, por las que éste le ape- 
llidó Magno, que quiere decir grande; y mereció los hono- 
res del triunfo aun antes de salirlo la barba. Así es que 
muchas de las ciudades sujetas á Sertorio, volviendo á 
aquél la vista, pensaban en mudanzas; sino que recedieron 
después de este propósito por el suceso de Lauron, que 
salió muy al revés de lo que se esperaba. Teníalos sitia- 
dos Sertorio, y fué Pompeyo en su socorro con todas su& 



"296 PLUTAKCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

tuerzas. Habia un collado en la mejor situación contra la 
ciudad, y el uno por tomarle, y por impedirlo el otro, mo- 
vieron ambos de sus campos. Adelantóse Sortorio; y Pom- 
peyó entonces, acudiendo con su ejército, lo tuvo á gran 
ventura, porque creyó que iba á coger á Sertorio en medio 
de la ciudad y de sus tropas; y avisando á los Lauronitas, 
les dijo que tuvieran buen ánimo^ y salieran á las murallas 
á ver sitiado á Sertorio. Mas éste cuando lo supo se echó 
ú reir; y «ya le enseñaré yo, dijo, al discípulo de Sila (por- 
que así llamaba por burla á Pompeyo) que el general debe 
mirar mucho en derredor, y no precisamente delante de 
sí;» y en seguida hizo advertir á los sitiados que habia de- 
jado seis mil infantes en el primer campamento de donde 
habia salido para tomar el collado, á fin de que cuando 
Pompeyo le acometiese, lo tomasen éstos por la espalda. 
Echólo tarde de ver Pompeyo: así no se atrevió á comba- 
tir, temiendo ser cortado, ni tampoco se resolvió de ver- 
güenza á retirarse y abandonar á los Lauronitas en aquel 
peligro; mas fuéle preciso estar presente y ser testigo de 
su perdición: porque aquellos bárbaros desmayaron, y se 
entregaron á Sertorio. No tocó éste á las personas, antes 
los dejó ir libres; pero lo que es la ciudad, la abrasó; no por 
cólera ó por crueldad, porque entre todos los generales 
parece que fué éste el que menos se dejó llevar de la ira, 
sino para afrenta y mengua de los que tanto admiraban á 
Pompeyo: pues correrla la voz entre los bárbaros de que 
con estar presente, y casi calentarse al fuego de una ciu- 
dad aliada, no le dio socorro. 

Sufrió Sertorio bastantes derrotas, no obstante que en sí 
mismo y en los que con él peleaban se conservó siempre 
invicto, sino que fué quebrantado en otros generales su- 
yos; pero aun era más admirado por el modo de reparar 
estos descalabros, que sus contrarios por la victoria: como 
sucedió en la batalla del Júcar con Pompeyo, y en la del 
Turia con el mismo y con Mételo. De la del Júcar se dice 






SERTO&IO. 297 

haberse dado acometiendo Pompeyo, para que Mételo no 
tuviese parte en la victoria. Sertorio quería también com- 
batir con Pompeyo antes que llegara Mételo; y reuniendo 
su gente^ se presentó á la pelea entrada ya la tarde, re- 
flexionando que las tinieblas serian á los enemigos, extran- 
jeros é ignorantes del terreno, un estorbo para huir, ó 
para seguir el alcance. Trabada la batalla, hizo la casuali- 
dad que no estuviera él al principio opuesto á Pompeyo, 
sino á Afranio, que mandaba la izquierda, hallándose él 
colocado en su derecha; pero habiendo entendido que los 
que contendían con Pompeyo aflojaban y eran vencidos, 
encargó la derecha á otros de sus generales, y pasó cor- 
riendo á la parte vencida. Reunió y atentó á unos que ya se 
retiraban, y á otros que se mantenían en formación, y car- 
gando de recio á Pompeyo, que perseguía á los primeros, 
le puso en desorden, y estuvo en muy poco que no pe- 
reciese, habiendo salido herido y salvádose prodigiosa- 
mente; y fué que los Africanos que estaban al lado de Ser- 
torio, cuando cogieron el caballo de Pompeyo engalanado 
con oro y adornado de preciosos arreos, al partirlos al- 
tercaron entre sí y abandonaron el alcance* Afranio, desde 
el momento que Sertorio partió en socorro de la otra ala, 
rechazó á los que tenía al frente, y los llevó hasta el cam- 
pamento, en el que se precipitó con ellos, y empezó á sa- 
quearlo. Era ya de noche, y no sabía que Pompeyo había 
sido puesto en fuga, ni podía contener á los suyos en el 
pillaje. Vuelve en esto Sertorio, que por su parte había 
vencido, y sorprendiendo á los de Afranio, que se aturdie- 
ron por hallarse desordenados, hizo en ellos gran matanza. 
A la mañana temprano armó sus tropas^ y bajó de nuevo á 
dar batalla; pero noticioso de que Mételo estaba cerca, 
mudó de propósito, y se retiró al campamento, diciendo: 
«(A fe que al mozuelo éste, si la vieja no hubiera llegado, 
le habría yo dado una zurra, y lo habría enviado á Roma.» 
Andaba muy decaído de ánimo, á causa de que no pare- 



300 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

porque hizo publicar por pregón que si algún Romano le 
quitaba la vida, le daría cien talentos de plata y veinte mil 
yugadas de tierra; y si fuese algún desterrado, le concede- 
ria la vuelta á Roma; lo que era desesperar de poderlo 
conseguir en guerra abierta, poniéndolo en almoneda para 
una traición. Además, habiendo vencido en una ocasión á 
Sertorio, se envaneció tanto, y lo tuvo á tan grande dicha, 
que se hizo saludar emperador, y las ciudades por donde 
transitaba le recibían con sacriñcios y con aras. Dícese 
que consintió le ciñeran las sienes con coronas, y que se le 
dieran banquetes suntuosos, en los que brindaba adornado 
con ropa triunfal. Teníanse dispuestas victorias con tal ar- 
tificio, que por medio de resortes le presentaban trofeos y 
coronas de oro; y había coros de mozos y doncellas que le 
cantaban epiniquios ó himnos de victoria: haciéndose jus- 
tamente ridiculo con semejantes demostraciones, pues que 
tanto se vanagloriaba y tal contento había concebido de 
haber quedado vencedor (por haberse él retirado espontá- 
neamente) respecto de un hombre á quien llamaba el fugi- 
tivo de Sila y el último resto de la fuga de Carbón. De la 
grandeza de ánimo de Sertorio son manifiestas pruebas, lo 
primero el haber dado el nombre de Senado á los que de 
este cuerpo habían huido de Roma y se le habían unido, 
y el elegir entre ellos los Cuestores y Pretores, procediendo 
en todas estas cosas según las leyes patrias; y lo se- 
gundo, el que valiéndose de las armas, de los bienes y de 
las ciudades de los Españoles, ni en lo más mínimo partía 
con ellos el sumo poder; y á los Romanos los establecía 
por sus generales y magistrados, como queriendo reinte- 
grar á éstos en su libertad, y no aumentar á aquéllos eu 
perjuicio de los Romanos. Porque era muy amante de la 
patria, y ardía en el deseo de la vuelta; sino que viéudosu 
maltratado, se mostraba hombre de valor; mas nunca hizo 
contra los enemigos cosa que desdijese ; y después de ia 
victoria enviaba á decir á Mételo y á Pompeyo que estaba 



SERTORIO. 304 

pronto á deponer las armas y á vivir como particular, si 
alcanzaba la restitución; porque más quería ser en Roma el 
último de los ciudadanos, que no que se le declarara em- 
perador de todos los demás, teniendo que estar desterrado 
de su patria. Dícese que era gran parte la^ madre para de- 
sear la vuelta , porque habia sido criado por ella siendo 
huérfano, y en todo no tenía otra voluntad que la suya. Asi 
es que llamado ya por sus amigos al mando en España, 
cuando supo que su madre habia muerto , estuvo en muy 
poco que no perdiese la vida de dolor ; porque siete dias 
estuvo tendido en el suelo sin dar la señal á los soldados, 
ni dejarse ver de ninguno de sus amigos; y con dificultad 
los demás caudillos y otras personas de autoridad, rodeán- 
dole en su tienda , pudieron precisarle á que saliera y 
hablara á los soldados, y se encargara de los negocios, que 
iban prósperamente; por lo cual muchos entienden que él 
era naturalmente de condición benigna é inclinado al re- 
poso, y que por acccidentes que sobrevinieron , tuvo que 
recurrir contra su deseo á mandos militares; y no encon- 
trando seguridad sino en las armas , que sus enemigos le 
forzaron á tomar, le fué preciso hacer de la guerra un res- 
guardo y defensa de su persona. 

Mostróse asimismo su grandeza de ánimo en la conducta 
que tuvo con Mitrídates: porque cuando este rey, rehacién- 
dose como para una segunda lucha del descalabro que su- 
frió con Sila, quiso de nuevo acometer al Asia , era ya 
grande la fama que de Sertorio habia corrido por todas par- 
tes; y los navegantes como de mercancías extranjeras ha- 
bían llenado el Ponto de su nombre y sus hazañas. Tenía 
resuelto enviarle embajadores, acalorado principalmente 
con las exageraciones de los lisonjeros, que comparando á 
Sertorio con Aníbal, y á Mitrídates con Pirro , decian que 
los Romanos , dividiendo su atención á dos partes, no po- 
drían resistir á tanta fuerza y destreza junta?, si el más há- 
bil general llegaba á unirse con el mayor de todos los 



302 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

reyes. Envía, pues, Milrídates embajadores á Gspafía con 
carias para Señorío , y con el encargo de decirle que le 
daría fondos y naves para la guerra, sin solíeilar noás de él 
sino que le hiciera segura la posesión de toda aquella parte 
del Asia que b^bia tenido que ceder á los Bomanos con- 
forme á los tratados ajustados con Sila. Convocó Sertorío á 
Consejo, al que como siempre llamó Senado ; y siendo los 
demás de dictamen de que se accediera á la propuesta 
como muy admisible, pues que no pidiéndosele más que 
Donr.bres y letras vanas sobre objetos que no estaban en su 
facultad, iban en cambio á recibir cosas posiiivas que les 
hacían gran falta, no vino en ello Sertorío , sino que dijo 
que no repugnaría el que Mitrídates ocupase la Btiinia y la 
Capadocia, provincias dominadas siempre por el Rey y que 
no pertenecían á los Romanos; pero en cuanto á una pro- 
vincia que poseída por éstos con el mejor titulo, Mitrídates 
se la había quitado y retenido, perdiéndola después , prí- 
mero por haberla reconquistado Pimbna con las armas, y 
luego por haberla cedido aquél á Síla en el tratado, no con- 
sentiría que volviera otra vez á ser suya: porque mandando 
él, debía tener aumentos la república, y no hucer pérdidas 
á trueque de que mandase: pues era propio del hombre vir- 
tu> so el desear vencer con honra ; pero con ignominia ni 
siquiera salvar la vida. 

Oyó MilríiJates esta respuesta con grande admiración; y 
se dice haber exclamado ante sus amigos: «¿Qué mandará 
Sertorío sentado en el palacio, si ahora, relegado al mar 
Atlántico, señala límites á mi reino, y porque tengo miras 
sobre el Asia me amenaza con la guerra? Mhs con todo há- 
gase el tratado, y convéngase con juramento en que Mitrí- 
dates tendrá la Capadocia y la Bitinia, enviándole Sertorío 
un general y soldados; y en que Sertorío percibirá de Mi- 
trídates tres mil talentos y cuarenta naves.» &n consecuen- 
cia fué enviado de general al Asia por Sertorío Marco 
Mario, uno de ios senadores fugitivos que habían acudido 



SERTORIO. 303 

á él; y habiendo tomado Mitrídates con su auxilio algunas 
ciudades en el Asia, entrando aquél en ellas con las fasces 
y las hachas, iba él en pos tomando volunlariamente el 
segundo lugar, y haciendo como quien dice el papel de 
criado. Marco concedió la libertad á algunas ciudades, y á 
otras la exención de tribuios, anunciándoles que lo ejecu- 
taba en obsequio de Sertorío; de manera que el Asia, mo- 
lestada otra vez por los exactores, y agobiada con las ex- 
torsiones é insolencias de los alojados, se levantó á nue- 
vas esperanzas, y empezó á desear la mudanza de gobierno 
que ya se entreveía. 

£n Empana, los Senadores y personas de autoridad que 
estaban con Sertorio, luego que entraron en alguna con- 
fianza do resistir y se les desvaneció el miedo, empezaron 
á tiioer celos y necia emulación de su poder. Incitábalos 
principalmente Perpena, á quien con loca vanidad hacia 
dspírar al primer mando el lustre de su linaje, y dio prin- 
cipio por sembrar insidiosamente entre sus confidentes 
estas especies sediciosas: «¿Qué mal Genio es el que se ha 
apoderado de nosotros para arrojarnos de mal en peor? 
Nos desdeñábamos de ejecutar, sin salir de nuestra casas, 
las órdenes de Slla, que lo dominaba todo por mar y por 
tierra; y por una extraña obcecación, queriendo vivir li- 
bres, nos hemos puesto en una voluntaria servidumbre 
haciéndonos satélites del destierro de Sertorio; y aunque 
se nos llama Senado, nombre de que se burlan los que lo 
oyen, en realidad pasamos por insultos, por mandatos y 
por trabajos en nada más toler^tbles que los que sufren los 
Iberos y Lusitanos.» Seducían á los más estos discursos; y 
aunque no desobedecian abiertamente por miedo de su 
poder, bajo mano desgraciaban los negocios, y agraviaban 
á los bárbaros, tratándolos ásperamente de obra y de pa- 
labra, como que era de orden de Sertorio; de donde se 
originaban también rebeliones y alborotos en las ciuda- 
des. Los que eran enviados para remediar y sosegar estos 



304 rtcTARCo. — LAS vida» pAmALcuis. 

desórdenes volvían habiendo sosciudo mayores inqoieta- 
des, y habiendo aamenUdo las sediciones qae ya existían: 
tanto, qoe haciendo salir á Sertorio de so primera benigni- 
dad y mansedombre, se encroeleció con los hijos de los 
Iberos educados en Hoesca, dando muerte á unos, y ven- 
diendo á otros en almoneda. 

Teniendo ya Perpena mochos conjorados para sa pro- 
yecto, agregó además á él á Manió, ono de los caudillos. 
Amaba éste á on jovencito de tierna edad, y entre las ca- 
rícias qoe le prodigaba le descubrió la conspiración, en- 
cargándole qoe no hiciera caso de los demás amadores, y 
sólo se aficionase á él, qae dentro de breves dias ocopa- 
ria on gran puesto. El joven descubre este secreto á Aa- 
fidio, otro de sus amadores, á qoien él apreciaba más. 
Quedóse Aufidio suspenso, porque también él entraba en la 
conjuración contra Sertorio; pero ignoraba que Manió tu- 
viese en ella parte; y turbado después al ver que aquel 
mozo le nombraba á Perpena, á Gracino y á otros qoe él 
sabía ser de los conjurados, lo primero que hizo fué des- 
vanecerle aquella ¡dea, exhortándole á que despreciara i 
Manió, que no tenía más que vanidad y orgullo; y después 
se fué á Perpena, á quien manifestó el peligro y la necesi- 
dad que había de aprovechar cuanto antes la oportunidad, 
instándole á la ejecución. Convinieron en ello; y dispo- 
niendo que uno se presentase con cartas para Sertorio, le 
condujeron ante él. En las cartas se anunciaba una victo- 
ria conseguida por uno de sus lugartenientes con gran 
mortandad de los enemigos; y como Sertorio se hubiese 
.mostrado muy contento y hubiese hecho sacrificios por 
la buena nueva, Perpena le convidó á un banquete con los 
amigos que se hallaban presentes, que eran todos del nú- 
mero de los conjurados; y haciéndole grandes instancias, 
le sacó la palabra de que asistiría. Siempre en los banque- 
tes de Sertorío se observaba grande orden y moderación, 
porque no podía ni ver ni oir cosa indecente; y estaba 



SBUTORIO. 305 

acostumbrado á que los demas'que á ellos asistían, en sus 
chistes y entretenimientos guardaran la mayor moderación 
y compostura. Entonces, cuando se estaba en medio del 
festin, para buscar ocasión de reyerta, empezaron á usar 
de expresiones del todo groseras; y fingiendo estar em- 
briagados, se propasaron á otras insolencias para irri- 
tarle. Él entonces, ó porque le incomodase aquel desorden, 
ó porque llegase á colegir su intento del precipitado modo 
de hablar y de la poca cuenta que contra la costumbre se 
hacía de su persona, mudó de postura y se reclinó en el 
asiento, como que no atendía ni oia lo que pasaba; pero 
habiendo tomado Perpena una taza llena de vino, y dejá- 
dola caer de las manos en el acto de estar bebiendo, sé 
hizo gran ruido, que era la señal dada; y entonces Antonio, 
que estaba sentado al lado de Sertorio, le hirió con un pu- 
ñal. Volvióse éste al golpe, y se fué á levantar; pero Anto- 
nio se arrojó sobre él y le cogió de ambas manos; con lo 
que hiriéndole muchos á un tiempo, murió sin haberse po- 
dido defender. 

La mayor parte de los Españoles al punto abandonaron 
aquel partido, y se entregaron á Pompeyo y Mételo, en- 
viándoles al efecto embajadores; y de los que quedaron, 
se puso al frente Perpena con resolución de tentar alguna 
empresa. Valióse de las disposiciones que Sertorio tenía 
tomadas; pero no fué más que para desacreditarse y hacer 
ver que no era para mandar ni para ser mandado: pues que 
habiendo acometido á Pompeyo, fué en el momento der- 
rotado por éste; y quedando prisionero, ni siquiera supo 
llevar el último infortunio como á un general correspon- 
día; sino que habiendo quedado dueño de la correspon- 
dencia de Sertorio, ofreció á Pompeyo mostrarle cartas 
originales de varones consulares y de otros personajes de 
gran poder en Roma, que llamaban á Sertorio á la Italia, 
con deseo de trastornar el orden existente y mudar el go- 
bierno; pero Pompeyo se condujo en esta ocasión, no 

TOMO 111. 20 



306 PLÜTAKCO. ULS VIDAS PARALELAS. 

como 00 joven, sioo como oo bombre de prodenda con- 
sooiada, libertando á Roma de grandes sosios y calamida- 
des. Porque recogieodo todas aquellas cartas y escritos de 
Sertorio, los qoemó todos, sin leerlos ni dejar que otro 
los leyera; y á Perpena le quitó al instaste la vida, por te- 
mor de que no se esparcieran aquellos nombres cDlre al- 
gunos y se suscitaran sediciones y alborotos. De los que 
conjuraron con Perpena, unos fueron traídos aote Pom- 
peyo, y perdieron la vida; y otros, babiendo huido al 
África, fueron asaeteados por los Mauritanos. Nioguno es- 
capó sino Aufldio, el rival en amores de Manió; el cual, ó 
porque se escondió, ó porque no se biso cuenta de A, 
mendigo y odiado de todos, llegó á hacerse viejo en un 
aduar de los bárbaros. 



EUMENES 



Del padre de Eumenes Cardiano dice Duris haber sido 
per sn pobreza carretero en el Quersoneso; sin embargo 
de lo cual había recibido el hijo ona honesta educación, asi 
en las letras como en los ejercicios de la palestra; y que 
siendo todavía muchacho, Filipo, que iba de viaje, y se de- 
tuvo algún tiempo, concurrió á ver los entretenimientos 
de los niños cardianos y las luchas de los mozos; y como 
entre éstos se distinguiese Eumenes, dando muestras de 
ser activo y valiente, agradándose de él, se le llevó con- 
sigo. Parece no obstante estar más en lo cierto los que 
atribuyen al hospedaje y á la amistad con el padre aquella 
demostración de Filipo. Después de la muerte de éste á 
ninguno de cuantos qnedaron al lado de Alejandro apare- 
cía inferior ni en prudoncia ni en lealtad, y aunque no te- 
nía otro título que el de jefe los amanuenses, estaba en 
igual honor que los más amigos y allegados: tanto, que fué 
enviado á la India con un ejército de único general, y se 
le dio el mando de la caballería que antes tenía Perdicas, 
cuando éste, «auerto Hefestion, ocupó su lugar y mando. • 
Por lo mismo, cuando el escudero mayor Neoptolemo dijo 
después de la muerte do Alejandroy quo^ élie^«eg«ia-'4lo-«'^' 
vando el escudo y^la hf)zia,>9r Eomenetf llevando el punzón 
y las tabletas, se le burlaron los Maeedoniot, por -«riser ^'i 



308 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que Eumenes, además de oirás distinciones, habia mere- 
cido al Aey la de hacerle su deudo por medio de un en- 
lace. Porque habiendo sido Barsíne, hija de Artabazo, la 
primera á quien amó en el Asia, y de la que tuvo un hijo 
llamado Hércules, de las hermanas de ésta, á Atama la 
casó con Tolomeo, y á la otra Barsíne con Eumenes, cuando 
hizo aquel reparto de las Persianas y las colocó con sus 
amigos. 

Con todo, tuvo altercados en muchas ocasiones con Ale- 
jandro, y corrió peligro á causa de Hefestion. En primer 
lugar, repartió éste á Ebip el flautista una casa, de la que 
para Eumenos habían antes tomado posesión sus criados; 
é irritándose con este motivo Eumenos cobtra Alejandro, 
exclamó, llevando en su compañía á Mentor, que más va- 
lia ser flautista ó farsante, arrojando las armas de la mano; 
de resulta de lo cual Alejandro tomó parte en el enfado de 
Eumenos, y reprendió á Hefestion. Mas arrepintióse muy 
luego, y volvió su enojo contra Eumenos, por parccerle 
que más bien que libre con Hefestion, habia andado desco- 
medido con él. Envió después á Nearco con una expedi- 
ción al mar exterior, para lo que pidió caudales á sus ami- 
gos, por no haberlos en el erario real. A Eumenos le pidió 
trescientos talentos; pero como no le diese más que ciento, 
y aun estos de mala gana, y diciendo que con trabajo ios 
habia recogido de sus administradores, no se mostró ofen- 
dido, ni los recibió; pero reservadamente dio orden á al- 
gunos de su familia de que pusieran fuego á la tienda de 
Eumenos, con el designio de cogerlo en mentira al tiempo 
de hacer la traslación de su dinero. Ardió la tienda antes 
de tiempo, con sentimiento de Alejandro, por haberse 
quemado los escritos de secretaria; pero el oro y plata 
fundido por el fuego se halló que pasaba de mil talentos. 
No tomó nada, sin embargo; y antes escribiendo á todos 
los sátrapas y generales para que le enviaran copias de 
los originales que se habian perdido, mandó á Eumenos 



EUMENES. 309 

que los recogiese. En otra ocasión tuvo con Hefestion con- 
tienda por cierto presente, en la que dijo y oyó muchos 
denuestos; y no por eso recibió entonces menos; pero ha- 
biendo muerto Hefestion de allí á poco, el Rey, que lo sin- 
tió mucho, se mostraba desabrido y grave con todos aque- 
llos que le parecía haber mirado con envidia á Hefestion 
mientras vivió y haberse alegrado de su muerte; entre 
los cuales era de Eumenes de quien tenía mayores sospe- 
chas, y muchas veces recordaba aquellas contiendas y re- 
prensiones; mas éste, que era astuto y bábil, trató de sal- 
varse por aquel mismo lado por donde era ofendido: por- 
que se acogió al celo y empeño con que Alejandro quería 
honrar á Hefestion, proponiendo aquellos honores que más 
habían de ensalzar al difunto, y gastando de su dinero en la 
contruccion del monumento con profusión y largueza. 

Muerto Alejandro, como las tropas no quisiesen obede- 
cer á sus validos, Eumenes en su ánimo favorecía á éstos; 
pero de palabras se mostraba indiferente entre unos y 
otros, porque siendo extranjero no le correspondía mez- 
clarse en las disputas de los Macedonios; mas luego cuando 
los demás favoritos salieron de Babilonia, habiéndose él 
quedado en la ciudad, aplacó á una gran parte de la infan- 
tería, y la hizo más dócil para la reconciliación. Aviniéronse 
después entre sí los generales, sosegadas que fueron aque- 
llas primeras discordias; y repartiéndose las satrapías y 
comandancias, á Eumenes le tocaron la Capadocia, y la 
Paflagonia, por donde confína con el mar Póntíco hasta 
Trapezunte , que todavía no pertenecía á los Macedonios, 
reinando Ariarates en aquella región: por tanto, era nece- 
sario que Leonato y Antígono acompañasen á Eumenes con 
poderosas fuerzas para darle á reconocer por sátrapa de 
ella. Como Antígono, que pensaba ya en bandearse por sí, 
y miraba con desprecio á los demás, no se prestase á eje- 
cutar las órdenes de Perdicas, Leonato bajó con Eumenes á 
la Frigia, tomando á su cargo aquella expedición; pero ha- 






8i0 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

bíóndose unido con él Hecateo, tirano de los Cardianos, y 
rogádole que auxiliase con preferencia á Antipalro y á los 
que se hallaban sitiados en Lamia, se d^eidió á esta mar- 
cha, llamando á Eumenes, á quien reconcilió coa Hecateo: 
porque habia entre ellos ciertos recelos, nacidos de disen- 
siones políticas^; y Eumenes en muchas ocasiones habia 
acusado abiertamente la tiranía de Hecateo , excitando á 
Alejandro á que diera la libertad á los Cardianos. Por tanto, 
repug;nando Eumenes aquella expedición contra los Grie- 
gos, y confesando que recelaba de Antipatro, no fuera que 
en obsequio de Hecateo, y ¿un por satiafacer su odio pro- 
pio, le quitara la vida, Leonato usó con él de conGanza, y 
nada le ocultó de cuanto meditaba: revelándole que el auxi* 
«lÍQ aquel á que parecía prestarse, no era más que apariencia 
y pretexto, siendo su designio apoderarse inmediatanaente 
que llegara de la Macedonia; y aun le mostró algunas car- 
tas de Cleopatra que le llamaba á Pela, al parecer para ca- 
sarse con él; pero Eumenes, ó por temor de Antipatro, ó 
por desconfianza de Leonato, que era arrebatado y se go- 
bernaba por ímpetus precipitados, movió de noche el cam- 
po, llevándose cuanto le perienecia., que eran trescibUtos 
hombres de caballería, doscientos jóvenes de los de su fa- 
milia armados , y en oro reducido á la cuenta de la plata 
hasta cinco mil talentos. De este modo huyó en busca de 
Perdicas, á quien participó los intentos de Leonato , y coa 
quien gozó desde luego de mucho poder, habiéndole éste 
hecho de su Consejo. De allí á poco volvió á marchar á la 
Capadocia con bastantes fuerzas, acompañándole el misma 
Perdicas, que en persona iba acaudillándolas ; y habiendo 
sido tomado cautivo Ariarates, y rendídose toda la provin- 
cia, fué en ella reconocido por sátrapa. Puso, pues, las ciu- 
dades en manos de sus amigos; estableció gobernadores 
en las fortalezas, y nombró los jueces y procuradores que 
le pareció, sin que Perdicas se mezclara en ninguno de es- 
tos negocios; hecho lo cual se restituyó en su compañía. 



SÚMEME S. 3i1 

ya por mostrársele agradecido, y ya también porque no 
quería dejar la corte. 

Estaba confiado Perdicas en que podría por sí misma po- 
ner en ejecución sus planes ; pero entendiendo que para 
tener guardadas las espaldas necesitaba de un centinela ac- 
tivo y de fidelidad, despachó de la Cílicia á Eumenes, en la 
apariencia á su satrapía, pero en realidad para tener á raya 
á la Armenia, que confinaba con sus Estados, y en la que 
andaba promoviendo sediciones Neoptolemo. A éste , aun- 
que era de genio orgulloso y altanero , procuró atraerle 
Eumenes por medio de amistosas conferencias ; y él en 
tanto, hallando inquieta é insolente á la falange macedonia, 
dispuso prepararle como rival una fuerza de caballería; para 
lo cual concedió á los naturales que podían servir en esta 
arma, exención de pechos y tributos; y entre éstos á aque- 
llos de quienes vio podría fiarse, les repartió caballos que 
compró á su costa: alentando sus ánimos con honores y dis- 
tinciones, y haciendo sus cuerpos al trabajo por medio del 
ejercicio y las evoluciones: tanto, que de los Macedonios 
unos se- quedaron asom brados y otros cobraron ánimo, 
viendo que en tan corto tiempo había reunido bajo sus ór- 
denes una tropa» de caballería que no bajaría de seis mil 
trescientos hombres. 

Más adelantes cuando Crátera y Antipa4fo, después de 
sojuzgados los Griegos, pasaron al Asia con designio de di- 
sipar el poder de Perdicas, y se , dijo que primero invíidi- 
rian la Capadocía, Perdicas, que estaba haciendo la guerra 
á Tolomeo, nombró á Eumenes general en jefe de todas 
las tropas de la Armenia y la Capadocía; y al mismo 
tiempo dirigió cartas en que mandaba que Alquetas y 
Neoptolemo estuvieran á las órdenes de Eumenes, y que 
éste se condujera en los negocios como viera que conve- 
nia; pero Alquetas desde luego se negó á concurrir por 
su parte, diciendo que los Macedonios que militaban bajo 
8U mando contra Antipatro se avergonzaban de pelear, y 



3iÍ PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALILA8. 

á Cratero aun estaban dispuestos á recibirlo con la mejor 
voluntad. Por lo que hace á Neoptolemo, no se te ocultó á 
Eumenes que le estaba fraguando una traición: llamóle, 
pues, y en lugar de obedecer, se dispuso á combate. En- 
tonces por la primera vez sacó Eumenes fruto de su pre- 
visión y sus aprestos: porque vencida ya su infantería, 
rechazó con la caballería á Neoptolemo, tomándole todo 
su bagaje; y cargando con fuerza sobre las tropas enemi- 
gas, dispersas con motivo de seguir el alcance, las obligó 
á rendir las armas y á que, prestado nuevo juramento, si^ 
vieran con él. Neoptolemo, pues, recogiendo de la fuga 
unos cuantos, se fué á amparar de Cratero y Antipatro; de 
parte de los cuales se Labia ya enviado una embajada á 
Eumenes, proponiéndole que se pasara á su partido, y re- 
cogerla el fruto, no sólo de conservar las satrapías que ya 
tenía, sino de recibir además de ellos más estados y tro- 
pas, haciéndose amigo de Antipatro, de enemigo que antes 
era, y no conviniéndose de amigo en contrario de Cratero. 
Oida la embajada, respondió Eumenes: que siendo antiguo 
enemigo de Antipatro, no se baria ahora su amigo, y más 
cuando veia que él no hacía diferencia entre unos y otros; 
y en cuanto á Cratero, estaba pronto á reconciliarle con 
Perdicas, y á que se avinieran á lo justo y equitativo; pero 
que si empezaba á ofenderle, estaría por él agraviado 
mientras tuviese aliento, y antes perdería su persona y sa 
vida que faltar á su lealtad. 

Recibida por Antipatro esta respuesta, pusiéronse á de- 
liberar sobre sus negocios muy despacio; y llegando á este 
tiempo Neoptolemo en consecuencia de su retirada, les 
dio cuenta de la batalla, requiríéndolos, sobre que le die- 
sen ayuda, con encarecimiento á entrambos, pero sobre 
todo á Cralero: diciendo que era muy deseado de los Ma- 
cedonios, y que coa solo ver su sombrero ú oir su voz, 
corriendo se pasarían á él con las armas. Porque en ver- 
dad era grande la reputación de datero, y muchos los 




EUMENES. 3i3 

que anhelaban por él después de la muerte de Alejandro, 
trayendo á la memoria que repetidas veces á causa de 
ellos habia sufrido de éste notables desvíos; oponiéndosele 
al verle inclinado á imitar el fausto persiano, y defendiendo 
las costumbres patrias, que por el lujo y el orgullo eran ya 
miradas con desden. Entonces, pues, Cratero envió á An- 
tipatro á la Cilicia, y él, tomando la mayor parte de las 
fuerzas, marchó con Neoptolemo contra Eumenes, cre- 
yendo cogerle desprevenido, en momentos en que sus tro- 
pas estarían entregadas al desorden y á la embriaguez, 
acabando de conseguir una victoria. El que Eumenes hu- 
biese previsto su venida y se hubiera apercibido, podría 
decirse que era más bien efecto de un mando vigilante 
que no de una pericia suma; pero el haber no solamente 
evitado que los enemigos entendieran qué er^ en lo que él 
flaqueaba, sino haber hecho tomar las armas contra Cra- 
tero á los que con él militaban, sin saber contra quién 
contendían ni dejarles conocer quién era el general con- 
trario; tal ardid parece que exclusivamente fué propio de 
este general. Hizo, pues, correr la voz de que volvia Neop- 
tolemo, y con él Pigris, trayendo soldados de á caballo 
Capadocios y Paflagonios. Era su intento mover de noche; 
y en la que habia de ejecutarlo, cogiéndele el sueño, tuvo 
una visión extraña. Parecióle ver dos Alejandros que se 
disponían á hacerse mutuamente la guerra, mandando 
cada uno un ejército; y que después se aparecieron Mi- 
nerva para auxiliar al uno, y Céres para auxiliar al otro. 
Trabóse un recio combate; y habiendo sido vencido el fa- 
vorecido de Minerva, Céres, cortando unas espigas, tejió 
una corona al vencedor. Por aquí infírió que el sueño se 
dirigía á él, pues que peleaba por el más delicioso país, en 
el que se veia mucha espiga que apuntaba del cáliz: por- 
que todo estaba sembrado, y ofrecía el aspecto propio de 
la paz, estando de una y otra parte muy vistosos los cam- 
pos con aquella verde cabellera. Aseguróle todavía más el 



314 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Baber que la seña de los enemigos era Minerva y Alejao- 
dro; y él dio también por seña Cores y Alejandro, man- 
dando que todos tomasen espigas y con ellas cubriesen y 
coronasen las armas. Muchas veces estuvo para descubrir 
y anunciar á los demás jefes y caudillos quién era aquel 
con quien iba á pelear, no siendo él solo depositario de 
un arcano que tanto convenia guardar y encubrir; pero al 
eabo se atuvo á su primer discurso, y no confió aquel pe- 
ligro á otro juicio que el suyo. 

No puso al frente do Cratero á ninguno de los Macedo- 
nios, sino dos cuerpos de caballería extranjera mandados 
por Farsabazo hijo de Artabazo, y por Fénix Tenedio, á 
quienes dio la orden de que en viendo á los enemigos les 
acometieran y vinierpn con ellos á las manos con toda 
presteza, sin darles tiempo alguno y sin admitirles parla- 
mentario: porque temía en gran manera á los Macedoníos 
no fuese que conociendo á Cratero desertaran y se pasarao 
á él. Por su parte, formando un escuadrón con los más.as- 
forzados, también de caballería, en número de trescientos, 
y colocándose á la derecha, se dispuso á combatir costra 
Neoptolemo. Lu<^go que pasada una loma que había ea 
medio, los descubrieron, como cargasen. con mucha velo- 
cidad y extraordinario ímpetu, sorprendido Cratero, se 
quejó amargamente con Neootolemo por haberle -eBgei^ 
acerca de pasársele los Macedonios; y exhortando á los 
caudillos que le asislian á portarse con v^ilor, aooioelió 
igualmente contra los enemigos. Habiendo sido sumameflte 
violento este primer choque, y quebrádose las lanzas, cod 
lo que se hubo de venir á las espadas, dratero'üo hito 
(afrenta á la memoria de Alejandro, sino que- derribó i 
gran número de enemigos, y rechazó muchas veces á los 
que se le oponían; pero herido al íin por un Tracio, que le 
acometió de costado, cayó del caballo. Estando en tierra 
muchos pasaron de largo sin reparar en él; pero <}«rgia», 
uno de los caudillos de Eumenos, le conoció, y apeándose 



BUMBNES. < 815 

le puso guardia por verle muy mal parado y casi i&ori' 
bundo. £a eslo tambieu Neoptolemo trabó combate ¡coa 
Eum«nes; porque aborreciéndose mutuamente de antiguo, 
y ardiendo en ira, en dos enoueñtros no se habían visto; 
pero al tercero se conocieron, y se vinieron al punto el 
uno para el otro, metiendo mano á las espadas y alzando 
grande vocería. Habiéndose eii^ontrado los caballos con 
la mayor violencia, al modo de galeras, dejaron caer am- 
bos las riendas y se asieron cotí las manos, quitándose los 
yelmos, y pugnando por desatar de los hombros las cora- 
zas. Mientras así bregaban, huyeron el cuerpo los dosi ca- 
ballos y ellos vinieron á tierra agarrados como estaban, y 
empezaron otra lucha; en la cual £umenes partió á Neop- 
tolemo una pierna al irse á levantar el primero, y se apre- 
suró á ponerse en pié; mas Neoptolemo, apoyándose en la 
una rodilla perdida la otra, se defendía valerosamente, hi- 
riendo de abajo para arriba; pero sus golpes no oran mor- 
tales, y herido en el cuello, cayó desfullecido. Eunemes, 
llevado de la ira y de su antiguo odio, se puso á quitarle 
las armas y á decirle injurias, y él, que todavía tenía la 
espada en la mano, sin que aquél lo percibiera lo hirió por 
debajo de la coraza por la parte que toca á la ingle; pero 
la herida más fué para asustar que para ofender á Eume- 
nos, habiendo sido muy leve por la falta de fuerza. Despojó, 
pues, el cadáver, y aunque se sintió en mal estado por sus 
heridas, teniendo pasados los muslos y los brazos, montó, 
sin embargo, á caballo y dio á correr á la otra ala, cre- 
yendo que todavía se sostenían los enemigos; mas ente* 
rado de la muerte de Gratero, pasó al sitio donde yacía, y 
hallándole con alionto y en su acuerdo, echó pié á tierra^ 
y prorumpieudo en lágrimas, dijo mil imprecaciones con- 
tra Neoptolemo, y se lamentó, tanto de la desgracia de 
Cratero, como de la precisión en que á él se le habia 
puesto de tener que sufrir y ejecutar tales cosas con un 
amigo y compañero de su mayor amor y confianza. 



316 PU.'TARCO.- LAS VIDAS PARALELAS. 

Ganó esta batalla Eumenes unos diez días despaes de la 
primera, resultándole de ella la mayor gloria, al ver que 
en sus hazañas tenían igual parte la prudencia y el valor, 
pero atrájole al mismo tiempo igual envidia y odio de 
parte de los aliados que de parte de los enemigos, por 
cuanto un advenedizo y un extranjero con las manos y 
las armas de los mismos Macedonios los habia privado del 
primero y más aventajado entre ellos. Y si Perdicas, coo 
noticia de la muerte de Cratero, hubiera podido adelao- 
tarse, ninguno otro hubiera ocupado el lugar preemmeote 
entre los Macedonios; pero ahora, muerto Perdicas, coo 
motivo de una sedición en el Egipto dos días antes había 
llegado al campamento la nueva de esta batalla; é irritados 
con ella los Macedonios habían decretado la muerte de Ea- 
menes, nombrando en caudillo de la guerra contra éli 
Antígono, juntamente con Antipatro. En este tiempo, lla- 
gando Eumenes á las dehesas donde pacian ios catadlos 
de Alejandro, tomó los que habia menester, y como elí- 
dase de enviar recibo á los encargados, se cuenta queái- 
tipatro se puso á reír, diciendo ser admirable la previsim 
de Eumenes, que esperaba, ó darles á ellos cuenta dalos 
intereses del Rey, ó haber de tomarla. Era el ánimo de 
Eumenes, siendo superior en caballería, darles batalla ea 
las llanuras de Sardis, mirando además con complaceoeia 
poder hacer al mismo tiempo ante Cleopatra alarde de sos 
fuerzas; pero á petición de ésta, que temía excitar sospe- 
chas en el ánimo de Antipatro, pasó á la Frigia superior, é 
invernó en Celainas; donde queriendo competir con él 
sobre el mando Alcetas, Polemon y Docimo, aesto es, les 
dijo, lo del proverbio: con el fin nadie cuenta.r» Habiendo 
prometido á los soldados que dentro de tres dias les daní 
el prest, puso en venta las quintas y castillos de aquella 
región, llenos de gentes y ganados. El general de división I '^^^ 
ó comandante de tropa extranjera que habia sido compra- 1!^^ 
dor de alguno, recibía de Eumenes las máquinas y demás ■ ^^ 



KUMBNES. 317 

inslrumentos necesarios, y tomándolo por sitio, los solda- 
dos se repartían la presa en pago de lo que se les debía. 
Con esto volvió Eumenes á adquirir estimación; y ha- 
biendo aparecido en el campamento diferentes bandos que 
habían hecho afrojar los generales de los enemigos, por los 
cuales se ofrecían honores y cíen talentos al que diera 
muerte á Eumenes, se indignaron terriblemente los Mace- 
donios, é hicieron acuerdo sobre que mil de los princi- 
pales formaran su guardia, custodiándole siempre así de 
dia como de noche. Obedecíanle, pues, y tenían placer en 
recibir de él los mismos honores que de los reyes: porque 
consideraban á Eumenes con facultad de regalarles som- 
l)reros de diversos colores y mantos de púrpura, que era 
el presente más regio para los Macedonios. 

La prosperidad hincha y ensoberbece aun á los de áni- 
mo más pequeño: tanto, que al verlos en medio de sus 
faustos sucesos parece que realmente están dotados de 
grandeza y gravedad; pero el hombre verdaderamente 
xiagnánimo y fuerte donde se ve y resplandece principal- 
nente es en la adversidad y en los reveses, como Enme- 
les; porque vencido de Antígono por una traición en Orcí- 
lios de Capadocia, y siendo de éste perseguido, no dio lu- 
^ar á que el traidor se refugiara á los enemigos, sino que 
ichándole mano, le ahorcó; y huyendo por el camino 
apuesto de los que le perseguían , le torció sin que éstos 
o entendiesen; y dando un rodeo, llegado que fué al sitia 
londe se dio la batalla, acampó en él, recogió los cada- 
reres, y con las puertas de las casas de las aldeas vecínas- 
l%ie hizo traer, quemó con separación á los caudillos, y 
K)D separación á las tropas; y habiéndoles hecho sus ce- 
cienterios, se retiró: de manera que habiendo ido después 
illá Antígono, ne pudo menos de maravillarse de su ar- 
ojo y su serenidad. Gayó después sobre el bagaje de An- 
l^ono, y estando en su mano tomar muchas personas li- 
'^es, muchos esclavos, y gran riqueza amontonada de 



348 PLUTAHCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tantas guerras y tan cuantiosos despojos, temió qne sos 
soldados cargados con tanto botín y tanta presa se hicie- 
ran demasiado pesados para la fuga, y muy delicados para 
llevar las continuas marchas y aguantar la dilación y el 
tiempo, que era en el que principalmente (Sonia la espe- 
ranza de aquella guerra, pensando en cansar y fatigar á 
Antígono. Mas conociendo la difícultad de apartar á los 
Macedonios por medio de una orden directa de una riqueza 
que podian contar por suya, mandó que tomaran- ellos ali- 
mento y dioran pienso á los caballos, y en seguida ma^ 
charan contra los enemigos. Gn tanto, envió secretamente 
quien á Menandro, jefe encargado del bagaje de los ene- 
migos, le advirtiese de su parte, como si se interesara por 
él convertido en su amigo y deudo, de que estuviese aper* 
cibido y se retirara cuanto antes de aquellas llanuras y 
lugares bajos á la falda de los montes vecinos inaccesibles 
á la caballería, y poco propia para las sorpresas* Notó Me- 
nandro inmediatamente el peligro, y partió de allí: yEi* 
menes entonces á presencia de ^odos envió descubrido- 
res, dando ya la orden á los soldados de que se armasen y 
pusieran los frenos á los caballos como para acometer in- 
mediatamente á los enemigos; pero trayéndole los deseo* 
bridores noticias de que Menandro se habia puesto en plena 
seguridad con haberse retirado á lugares ásperos, fin- 
giendo que se enfadaba, marchó de allí con sus tropas. 
Díctíse que dando parte Menandro á Antígono de esta ocur- 
rencia, como los Macedonios alabasen á Eumenos y se 
mostrasen más benignos con él, porque siéndole fácil cau- 
tivar á sus hijos y afrentar á sus mujeres,* se habia idoá 
la mano y tenídoles consideración, replicó Antígono: fNo 
lo ha hecho por amor á nosotros, oh simples; «íno.por te- 
mor de que estas riquezas fuesen grillos para su fuga.» 

Andando, pues. Eumenos fugitivo y erran tc.persuadió á. 
muchos de sus soldados que se retirasen, hí&ú fuera por 
compasión que les tuviese, ó bien por que no quisiera lie- 



EUMBNES. 319 

var consigo menos de los que eran menester para pelear, 
y más de los que convenían para no ser descubierto. Re- 
fugiándose, pues, á la fortaleza de Nora, puesta en el con- 
fín de la Licaonia y la Capaüocia, con quinientos caballos 
y doscientos infantes, otra vez despidió de allí á aquellos 
de sus amigos que se lo hablan rogado, por no poder su- 
frir la aspereza del pais y la escasez de víveres, saludán- 
dolos, á todos y tratándolos con la mayor afabilidad. So- 
brevino Antígono , y como le llamase auna conferencia 
^ntes de llegar al extremo de ponerle sitio ^ respondió que 
Antígono tenía muchos amigos y muchos caudillos que le 
relevaren; pero si él faltaba, no les quedaba nadie á los 
que habia tomado bajo su amparo, proponiéndole que le 
€nviara rehenes si tenia por conveniente el que conferen- 
ciasen; y como insistiese Antígono en que fuera á hablarle 
por ser superior, repuso que él no reconocia como supe- 
rior á nmguno mientras fuera dueño de su espada. Con 
todo, habiéndole Antígono enviado á la fortaleza á su so- 
brino Tolomeo, como el mismo Eumenes lo habia exigido, 
entonces bajó, y abrazándose se saludaron con amor y ca- 
rino, obsequiándose entre sí y tratándose cómo amigos. 
Hablaron largamente; y no habiendo Eumenes ni siquiera 
hecho mención de seguridad y de paz, y antes sí pedido 
que se le sanearan sus satrapías y se le hiciesen presen- 
tes, todos los que allí se hallaban se quedaron pasmados, 
no acertando á ponderar su resolución y osadía. Al mismo 
tiempo corrieron muchos de los Macedonios con el deseo 
de ver qué hombre era Eumenes: porque después de la 
muerte de Cratero de ninguno^se hablaba tanto en el ejér- 
cito. Llegando, pues, Antígono á temer por él no se le hi- 
ciera alguna violencia, primero hizo publicar que nadie se 
le acercase, y aun ahuyentó con piedras á los que concur- 
rían: al fín cogió entre sus brazos á Eumenes, y haciendo 
que sus guardias retirasen ala muchedumbre, con gran 
trabajo pudo ponerle en seguridad. 



Levantó en seguida trincheras contra Nora, y dejaodo la 
hierza correspondiente, se retiñí. Sitiado Eumenes, guar- 
daba aquel recinto, dentro del cual tenia trigo en abun- 
dancia, agua y sal: pero fuera de esto oiogun otro comes- 
tible, ni con qué condimentarle. Mas á pesar de todo áua 
hizo alegre la vida ü íJSítí flaban, teniéndolo! 

por dias A su mesa, y sazonando ta comida con una con- 
versación y al^bilidad llena de gracia. Su aemblante en 
al de un guerrero ago- 
ffi alegre y risueño; y, en fin, en 
se mostraba erguido y alenta i/'Míi'MMJ 
que eon cierto arte gu iS una 

metria todos los miembros. No era elegante en el decir 
pero si gracioso y pers » se puede colegir de 

aua mis i» los que tenia consífo 

era la angostura á que estaban reducidos, 
ciso vivir apiñados en casas i 

cinto que no Gunferentíi. 

y tomar el alimento , " 

también caba , pues, do a6k 

librarlos del Tastidio que en conguoiia, síh 

tenerlos ejercitados para la fuga, si 
po, á los señaló para 

capaz de 
más que 

por grados ali A los caballos 

alMo »K«S» 

cuello los teman en el aire, míig ¿ méim 

por medio de una H que o» 

los pies traseros se apoyaban en el suelo; pero con los de- 
lanteros cuanto tocaban en él con la puolita del casco. 
Soliviados en los mozos de cuadra los 

hostigaban con con lo que. Henos de ar- 

dor y de ira, agitaban sobre los pies; j 

para sentar en firme las manos y pisar el pavimento teniu 



EUMENES. 39i 

que poner en contorsión todo el cuerpo, costándoles se- 
mejante esfuerzo mucho sudor y no pocos bufidos, y sir- 
viéndoles este ejercicio de gran provecho, así para la agi- 
lidad como para la fuerza y lozanía. Echábanles la cebada 
majada, para que la mascaran más fácilmente y la cocie- 
ran mejor. 

Prolongábase demasiado el sitio; y como tuviese noti- 
cia Antígono de haber muerto Antipatro en Macedonía, y 
de estar todo revuelto á causa de las disensiones de Ca- 
sandro y Polipercon, no limitó ya á poco sus esperanzas, 
sino que en su ánimo se propuso aspirar á la universalidad 
del mando, bien que contando con tener á Eumenos por 
amigo y por auxiliador de sus empresas. Para ello envió á 
Jerónimo á tratar con Euinenes, remitiendo extendida la 
fórmula del juramento; pero éste la corrigió, y dejó al ar- 
bitrio de los Maeedonios que le cercaban el que declarasen 
cuál era más justa. Porque Antígono hacia al principio al- 
guna mención de los reyes por cumplimiento, y por lo de- 
más refería á sí mismo todo el juramento; y Eumenos puso 
en primer lugar á Olimpiada con los reyes; y después juró 
que abrazaría los mismos intereses y tendría á los mismos 
por amigos y por enemigos, no respecto de Antígono sola- 
menle, sino respecto también de Olimpiada y de los reyes. 
Túvose eslo por lo más justo, y haciendo los Maeedonios 
que bajo esta fórmula jurase Eumenes, levantaron el sitio, 
y enviaron mensajeros á Antígono para que prestara igual 
juramento á Eumenes. Luego que éste se vio libre, resti- 
tuyó los rehenes de los Capadocios que tenía en Nora, re- 
cibiendo de los que se entregaban de ellos caballos, acé- 
milas y tiendas. Reunió al mismo tiempo de sus antiguos 
soldados á cuantos habiéndose dispersado en la fuga anda- 
ban errantes por el país: tanto, que llegó á juntar poco me- 
nos de mil hombres de á caballo, con los cuales desapare* 
ció j huyó, temiendo con razón á Antígono: porque no 
sólo dio orden de que volvieran á sitiarle, restableciendo 

TOMO III. 2i 



i 



399 FLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

las trincheras, sino que contesKS ásperamente á los Ma- 
cedonios por haber admitido la corrección del juramento. 
Mientras así andaba fugitivo Eumenes, le llegaron cartas 
de los que en Maecdonia temian los adelantamientos de An- 
tfgono: de Olimpiada, que le llamaba para que tomara bajo 
su amparo y educara al hijo de Alejandro, á quien se ar- 
maban asechanzas; y de Poliporcon y el rey Filipo, que 
confiriéndole el mando del ejército de Capadocia, le daban 
orden de hacerla guerra á Antígono y de tomar del tesoro 
de Cindos quinientos talentos para restablecer su fortuna, 
y para la guerra cuanto hubiera menester; y sobre estos 
mismos objetos escribieron también á Antigenes y Teota- 
mo, caudillos de los Argiraspidas. Como estos, leídas las 
cartas, en la apariencia recibiesen con agrado á Eume- 
nes, pero en realidad se viese que estaban devorados de 
envidia y emulación, desdeñándose de ser sus segundos; 
á la envidia ocurrió Eumenes con no recibir la cantidad 
designada, como que nada le hacía falta; y á la emulacioo 
y ambición de mando de unos hombres que ni valían para 
mandar ni querían obedecer, opuso la superstición. Por- 
que les refino habérsele aparecido Alejandro entre sueños, 
y haberle mostrado un pabellón magníficamente adornado, 
en el que habia un trono real; y que después le dijo, qoe 
cuando se reunieran á despachar en aquel sitio, él estaría 
en medio de ellos, y tomaría parte en todo consejo y en 
toda empresa que se comenzara bajo sus auspicios. Fácil- 
mente hizo entrar en esta idea á Antigenes y Teulamo, qoe 
no querían concurrir á su posada; así como él se desde- 
ñaba de que se le viera llamar en puerta ajena. Armando, 
pues, un pabellón real y un trono destinado para Alejandro, 
allí se reunian á tratar los negocios de importancia. Diri- 
gíanse á las provincias superiores; y Peucestas, que era 
amigo, se le agregó en el camino con todos los demás Sá- 
trapas. Juntaron en uno todas las tropas; y lo que es con 
el gran número de armas y la brillantez de los preparati- 



EUMEIfBS. 393 

VOS dieron gran fuerza á los Macedoníos; pero habiéndose 
hecho indóciles por sus riquezas, y delicados por el regalo 
después de la muerte de Alejandro; y teniendo además 
pervertidos sus ánimos S dispuestos á la tiranía con las in- 
solencias de los bárbaros, entre sí no podian ni avenirse 
ni aguantarse; y por otra parte con lisonjear sin tasa á los 
Macedoníos, gastando con ellos en banquetes y sacriñcioS, 
en breve tiempo convirtieron el campamento en un mesón 
de pública destemplanza, é inrundieron ideas demagógicas 
á los soldados sobre la elección de generales, como en las 
democracias. Observando Elumenes que unos á otros se mi- 
raban con desprecio, y que á él le temian y trataban de 
quitarle de en medio sise les presentaba ocasión, fingió 
hallarse falto de fondos, y tomó á rédito muchos talentos 
de los que más le aborrecían; para que confiaran de él, y se 
abstuvieran de su mal propósito por el cuidado de no per- 
der su dinero: de manera qu3 la riqueza ajena vino á con- 
vertirse en defensa de su persona; y así como otros dan 
para que los dejen en sosiego, en él solo se verificó que al 
recibir debiese su seguridad. 

Gs verdad que los Macedonios en el tiempo de serenidad 
se dejaban corromper por los que los agasajaban, que fre- 
cuentaban las puertas de éstos, y les hacian la guardia 
como á sus caudillos; pero cuando Antígono vino á acam- 
parse inmediato á ellos con grandes fuerzas, y los nego- 
cios les arrancaron la <;onfesion ingenua de que necesita- 
ban un verdadero general, no solamente los soldados se 
sometieron á Bumenes, sino que cada uno de aquellos que 
en la paz y el regalo se ostentaban grandes, cedió entonces, 
y se prestó á ponerse sin chistar en el lugar que se le 
sefiialó; y en el rio Pasitigris como Antígono inteniase pa- 
sarle, los demás que hablan sido apostados en diferentes 
puntos ni siquiera le sintieron, y sólo se le opuso Eume- 
nes; el cual, trabando con él batalla, hizo en sus tropas 
gran destrozo, llenando de cadáveres la corriente, y le 



324 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tomó cuatro mil cautivos. Mas habiéndole sobrevenido una 
enfermedad, entonces fué cuando principalmente se vi6 que 
si los Macedonios acariciaban á los otros por sus brillantes 
banquetes y fiestas, para mandar y hacer la goerra en él sólo 
tenian confianza. Porque habiéndoles dado una espléndida 
comida Peucestas, repartiendo á víctima por cabeza para 
el sacrificio, esperó por este medio hacerse el primero; 
pero al cabo de pocos días sucedió los siguiente. Estaban 
ios soldados en marcha contra los enemigos, y fué preciso 
que A Eumenos, que habia enfermado gravemente, se le 
condujese en litera á cierta distancia del campamento por 
la falta de sueño: á poco que habían andado se les apare- 
cieron repentinamente los enemigos, que vencidos unos 
collados descendían á la llanura, y luego que desde las 
cumbres resplandeció con el sol el brillo de las armas de 
oro de una tropa que caminaba en orden, y vieron las to^ 
res de los elefantes y las ropas de púrpura, que era el 
adorno de que usaban cuando se presentaban á batalla, 
parándose los que iban los primeros en la marcha, empe- 
zaron á gritar que se llamara á Eumenos, porque no man- 
dando él no pasaban adelante; y fijando las armas en el 
suelo, se daban unos á otros la voz de hacer alto, y á los 
jefes la de que también se detuvieran y sin Eumenos nó 
se peleara ni se aventurara acción con los enemigos. Ha- 
biéndolo entendido Eumenos, vínose á ellos con celeridad, 
dando priesa á los que le conducían, y descorriendo de 
uno á otro lado las cortinas de la litera, les alargaba la 
maso con el semblante más placentero. Ellos por su parte 
luego que le vieron, le saludaron en lengua macedónica, 
levantaron en alio los escudos, y haciendo ruido con las 
azconas, provocaron con algazara á ios enemigos, mani- 
festando que ya había llegado su general. 

Noticioso Antigono por los cautivos de que Eumenos se 
hallaba doliente, y que por su mal estado era preciso le 
llevaran en litera, creyó que no seria de gran trabajo der- 



EOMENES. 325 

rotar á los demás durante su eatermedad: asi, se apresuró 
Á darles batalla. Mas cuando al estar cerca de los enemi- 
f 08, que ya se hallaban prestos, observó su formación y 
du admirable orden, se quedó parado por un rato. Víóse 
luego la litera que era conducida de la una ala á la otra; y 
entonces, echándose á reír Antígono á carcajadas, como 
solia, dijo á sus amigos: uAqueila litera, según se ve, es la 
que nos hace la guerra;» y al punto retrocedió con sus fuer- 
zas, y se volvió al campamento. Los del otro partido 
apenas respiraron un poco perdieron de nuevo la subordi- 
nación, y dándose al regalo, á ejemplo de los jefes, ocu- 
paron para invernar casi toda la región de los Gabenos: de 
manera que los últimos tenian sus tiendas á cerca de mil 
ostadios de distancia de los primeros. Luego que lo supo 
Antígono, marchó otra vez contra ellos de sorpresa por un 
camino áspero y desprovisto de agua, pero corto, y por el 
que se atajaba mucha tierra, esperando que si los sobre- 
cogia tan desparramados en sus cuarteles de invierno, ni 
siquiera les habia de ser fácil á los caudillos el reunidos. 
Mientras así caminaban por un terreno inhabitado, sobre- 
vinieron huracanes fuertes y crudos hielos, que estorbaron 
la rapidez do la marcha, molestando y fatigando al ejérci- 
to: fué, pues, recurso preciso el encender muchas ho- 
gueras. De aquí nació el ser descubiertos por los enemi- 
gos: porque aquellos bárbaros, que apacentaban sus ga« 
nados en los montes que miraban hacia el desierto, ad- 
mirados de ver tantos fuegos, despacharon men«ajero6 
en dromedarios para dar aviso á Peucestas. Luego que 
recibió esta noticia con el temor salió fuera de si, y 
viendo á los demás en igua( disposición, determinó huir, 
llevándose tras si á ios soldados que encontraba al paso; 
pero Eumenes desvaneció su turbación y su miedo, ofre- 
ei^ndoles que contendría la celeridad de los enemigos, de 
manera que llegarían tres dias más tarde de lo que se 
«speraba. Diéronle asenso, y al mismo tiempo que envió 



326 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

Órdenes para que todas las tropas se reunieran sin dilación 
desde sus respectivos cuarteles, montó á caballo con los 
demás caudillos, y escogiendo en las cumbres un lugar 
que estuviera bien á la vista de los que caminaban por el 
desierto, midió en él las distancias, y mandó que de trecho 
en trecho encendieran fuegos del mismo modo que si hu- 
biera un campamento. Hízose así, y descubiertas las ho- 
gueras por Antígono desde los montes, le sobrevino gran 
pesar y desaliento, por parecerle que muy de antemano lo 
habían sabido los enemigos, y marchaban en su busca. 
Para no verse, pues, en la precisión de haber de pelear 
cansado y fatigado del camino contra tropas prevenidas y 
descansadas, abandonando el atajo hizo la marcha por las 
aldeas y ciudades, para reponer de esta manera su ejér- 
cito. Como no encontrase ningún estorbo de los que se en- 
cuentran siempre cuando los enemigos se hallan cerca, y 
los paisanos le dijesen que no se habia visto ningún ejér- 
cito, y sí todo aquel sitio lleno de hogueras, conoció que 
habia sido burlado por Eumenos; y mortificado sobrema- 
nera continuó con ánimo de que la contienda se decidiese 
en formal batalla. 

En esto; reunida la mayor parte de la tropa del ejército 
de Cumenes, celebrando su gran talento, resolvió que éi 
sólo tuviera el mando. Disgustados y resentidos de ello los 
caudillos de los Argiraspidas, Antigenes y Teutamo, empe- 
zaron á pensar en los medios de perderle, y teniendo una 
junta con los más de los otros sátrapas y caudillos, trata- 
ron de cómo y cuándo habían de acabar con Eumenes. 
Gomo conviniesen todos en que para la batalla se valdrían 
de él, y terminada le quitarían del medio, Eudamo, con- 
ductor de los elefantes, y Faidimo dieron secretamente 
parte á Eumenes de lo determinado; no por amistad ó in- 
clinación, sino por el cuidado de no perder el dinero que 
le tenían dado á logro. Mostróseles agradecido Eumenes; 
retiróse á su tienda; y dicendo á sus amigos que estaba 



EUMENES. 327 

rodeado de una caterva defieras, ordenó su testamento. 
Rasgó después y rompió las cartas y escritos que conser- 
vaba, no queriendo que después de su muerte se suscita- 
ran pleitos y calumnias contra sus autores. Arregladas estas 
cosas, estuvo perplejo entre poner la victoria en manos de 
los enemigos, y huir por la Media y Armenia para meterse 
en la Capadocia; pero á nada se resolvió cercado de los 
amigos, sino que impelido su ánimo por el mismo conflicto 
á mil diversos pensamientos, por fin ordenó el ejército, 
exhortando á los Griegos y á los bárbaros, y siendo á su 
vez alentado por la falange y los Argiraspidas con la voz 
de que no los esperarían los enemigos. Eran éstos los sol- 
dados veteranos del tiempo de^ Filipo y de Alejandro, atle- 
tas nunca vencidos en la guerra, y que hablan llegado 
hasta esta época, teniendo los más de ellos setenta años, 
y no bajando ninguno de sesenta. Por esta causa al acer- 
carse á los soldados de Antígono les gritaron: «¿contra 
vuestros padres hacéis armas, malas cabezas?»; y car- 
gando con furia, en un momento destrozaron toda su fa- 
lange, no haciéndoles nadie resistencia, y pereciendo casi 
todos á sus manos: así en esta parte fué Antígono entera- 
mente derrotado; pero con la caballería quedó vencedor; 
y como Peucestas hubiese peleado floja y cobardemente, 
tomó todo el bagaje, ya porque en el peligro obró con el 
mayor cuidado y vigilancia, y ya también por favorecerle 
el terreno: porque este era una llanura vasta, no profunda 
ni dura y firme, sino arenosa y llena de un salitre seco y 
enjuto, que pisoteado por tantos caballos y tantos hom- 
bres todo el tiempo que duró la acción, levantaba un polvo 
parecido á la cal viva, que emblanquecía el aire y quitaba 
la vista; con lo que pudo más fácilmente Antígono sin ser 
visto apoderarse de los equipajes de los enemigos. 

No bien se hubo terminado la batalla, cuando Teutamo y 
los de su fiüccion enviaron embajadores en reclamación del 
bagaje; y habiéndoles Antígono ofrecido la restitución de 



828 PLUTARCO. — LA.S VIDAS PARALELAS. 

éste, y <iue en todo los complacería coa tal que consigoiese 
tener en sus manos á Eumenes, tomaron los Argiraspidas 
una resolución dura y terrible, que fué la de entregar á Eo- 
menes vivo en manos de sus enemigos. Empezaron por 
presentársele sin causar sospecha, para tenerle asi en ob- 
servación, y coH este objeto unos se lamentaban de la per- 
dida de los equipajes ; otros le daban ánimo , pues que 
había quedado vencedor; y otros culpaban á los deoias 
caudillos; pero después, arrojándose sobre él, le quitaron 
la espada, y con su mismo ceñidor le ataron las manos á U 
espalda. Como viniese laé^o Nicanor, enviado por Antígoao 
para entregarse de él, pidió que pasándole por entre los 
Macedonios, se le permitiera hablar, no para interponer 
ruegos ó disculpas, sino para advertirles de loque lescoa- 
venia. Habiéndose impuesto silencio subió á un sitio poco 
elevado, y tendiendo las manos atadas (i): «¿Podria ni por 
sueño, exclamó, oh los más malvados de los Macedonios, le- 
vantar contra nosotros Anlígono un trof<^o como el que le- 
vantáis vosotros contra vosotros mismos, entregando cau- 
tivo á vuestro general? ¿Puede darse cosa más vergonzosi 
que el que siendo vosotros vencedores, os confeséis venci- 
dos á causa del bagaje, como si el vencer pendiera de las ri- 
quezas y no de las armas, y aun entreguéis á vuestro gene- 
ral por rescate de unos equipajes? Yo por mí sufro esta 
violencia invicto, porque he vencido á los enemigos, y lai 
ruina me viene de mis propios aliados; mas vosotros, por 
Júpiter poderoso y por los Dioses que presiden á los jura- 
mentos, dadme aquí la muerte en obsequio de ellos. Si 
aquí me quitáis la vida, me reconozco hechura vuestra; y 
no temáis las quejas de Antígono, porque como quiere á 
Eumenes es muerto, no vivo. Si no queréis emplear vues- 

(1) Justino dice que antes de hablar se le habían aflojado las 
ataduras; y sólo habiéndosele ligado do otro modo pudo tenderlas 
á los Macedonios. Plutarco en la narración suele ser demasiado rá- 
pido y conciso. 



EUMBNBS. 3t9 

iras manos, una de Is|B mias desatada bastará para cumplir 
la obra; y si desconfiáis de poner en mi mano una espada, 
arrojadme atado á las fieras: que si asi lo hacéis, yo os doy 
. por libres de toda venganza , considerándoos como los 
hombres más piadosos y justos que haya habido jamás para 
con su general.» 

Al hablarles asi Eumenes, las tropas se mostraban opri- 
midas de dolor, y prorumpieron en llanto ; pero los Árgi- 
raspídas gritaron: cque marcharan con él, y no se diera 
oídos á aquellas chocheces, pues no debia atenderse á las 
quejas de un miserable Quersonesita, que en mil guerras 
habla dejado desnudos á los Macedonios; smo á que los 
primeros entre los soldados de Alejandro y de Filipo, des- 
pués de tantos trabajos no quedaran privados del premio de 
:su vejez, teniendo que recibir el sustento de otros, y siendo 
ya tres las noches que sus mujeres eran arrentadas por los 
enemigos;)) y al mismo tiempo se I» llevaron á toda prisa. 
Antígono, temiendo á la muchedumbre que acudia, porque 
no habla quedado nadie en el campamento, envió diez de los 
más valientes elefantes, y gran número de lanceros Medos y 
Partos, para oponerse al tropel. Por su parte, no pudo re- 
solverse á ver á Eumenos, a causa de su antiguo trato y 
amistad; y habiéndole preguntado los que se hablan ea- 
cargado de su persona cómo le guardarían, ccomo á un ele- 
fante, les respondió , ó como á un león.» Túvole después 
alguna lástima, y dio orden de que se le quitaran las pri- 
siones pesadas, y se le consintiera tener á su lado un joven 
de su confianza para ungirse: permitiendo además que de 
sus amigos le visitasen los que quisieran, y le proveyesen 
de lo que hubiera menester. Gomo hubiese estado muchos 
dias pensando qué haria de él, escuchó los ruegos y las 
ofertas que en su favor hacían Nearco Cretense, y su hijo 
Demetrio, que aspiraban á salvar á Eumenes, cuando todos 
ios demás se oponían y le instaban para que se deshiciera 
de él. Refiérese haber preguntado Eumenes á Onomarco, 



330 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

encargado de su custodia, por qué Aütígono, teniendo en su 
mano á un hombre que era su enemigo y su contrario, ó no 
le quitaba la vida cuanto antes, ó no le dejaba libre usando 
de generosidad; y que habiéndole Onomarco respondido 
con desden, que no era entonces cuando babia de mostrar 
arrogancia y desprecio de la muerte, sino en la batalla, le 
replicó Eumenos: «Por Júpiter, que también entonces le 
tuve: pregunta, si no, á los que han venido conmigo á las 
manos; porque no he encontrado ninguno que roe haga ven- 
taja;» á lo que habia repuesto Onomarco: «Pues ya que 
ahora le has encontrado, ¿por qué no aguardar su disposi- 
ción?» 

Guando ya Antígono se resolvió á que se acabara con 
Eumenos, mandó que se le quitara el alimento; y por dos 
ó tres dias se le tuvo sin comer para que así falleciese; 
pero habiendo sido preciso levantar repentinamente el 
campo, introdujeron un hombro que le quitó la vida. El 
cadáver lo entregó Antígono á sus amigos, permitiéndoles 
quemarlo, y que recogieran en una urna de plata sus des- 
pojos, para ponerla en manos de su mujer y de sus hijos. 
Habiendo sido de este modo asesinado Eumenes, la Divi- 
nidad por sí no dio castigo alguno á los demás caudillos y 
soldados que fueron traidores contra él; pero el mismo 
Antígono, habiendo echado lejos de sí á los Argiraspidas 
como impíos y ferocQs, los entregó á Iburcio, gobernador 
de Aracosia, con orden de que por todos medios los ator- 
mentara y destruyera, para que ninguno de ellos volviera 
á poner el pié en la Macedonia ni á ver el mar de Grecia. 



COMPABACION DE SERTORIO Y EÜMENES. 



Hemos referido lo que en cuanto á Eumenes y Sertorio 
hemos podido recoger digno de memoria; y viniendo á la 
comparación, es común á entrambos el que siendo ex- 
tranjeros, advenedizos y desterrados, hubiesen llegado á 
ser y se hubiesen mantenido generales de naciones diver- 
sas, de tropas aguerridas y de poderosos ejércitos. Tu- 
vieron de particular Sertorio, el haber ejercido un mando 
que le fué conferido por sus aliados, á causa de su grande 
reputación; y Eumenes, el que contendiendo muchos con 
él por el mando, á sus hazañas debió la primacía: al uno 
le siguieron voluptariamente los que querían ter manda- 
dos^ en justicia; y al otro le obedecieron por su propia 
conveniencia los que eran incapaces de mandar. Porque 
el uno, siendo Romano, mandó á los Iberos y Lusitanos; y 
el otro, siendo del Quersoneso, mando á los Macedonios; 
de los cuales aquéllos hacía tiempo que serviau á los Ro- 
manos, y éstos traían entonces sujetos á todos los hom- 
bres. Ál generalato ascendieron, Sertorio siendo admirado 
en el Senado y en el ejército; y Eumenes siendo despre- 
ciado á causa de no ^er mas que un escribiente: así Eu- 
menes no sólo tuvo menos proporciones para el mando, 
sino que tuvo también mayores obstáculos para sus ade- 
lantamientos; porque hubo muchos que abiertamente se le 
opusieron, y muchos que solapadamente le armaron ase- 
chanzas; no como el otro, á quien á las claras nadie, y á 



332 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

lo Último sólo unos pocos de sus confederados ocultamente 
se le sublevaron. Por tanto, para el uno era el fío de todo 
peligro el vencer á los enemigos; y para el otro el mismo 
vencer era un peligro de parte de los que tenia envidiosos. 
Los hechos de guerra fueron parecidos y semejantes; 
pero en diverso modo, siendo Eumenes por carácter beli- 
coso y pendenciero, y Sertorio anante de la paz y del re- 
poso. Porque aquél, habiendo podido vivir en seguridad, 
disfrutando grandes honores, si hubiera amado el retiro, 
estuvo en perpetua contienda y peligro con los principa- 
les; y á éste, que huia de los negocios, para la seguridad 
de su persona le fué preciso estar en guerra coa los qie 
no le dejaban vivir en paz: pues Antígono de buena vo- 
luntad se babria avenido con Eumenes, si absteDiéodose 
de contender por la primacía, se hubiera contentado eso 
el segundo lugar después de él; y á Sertorio ni siquiera 
quería permitirle Pompeyo el vivir apartado de todo ne- 
gocio. Por tanto, el uno voluntariamente se arrojó á la 
guerra y al mando; y el otro tomó este contra su volun- 
tad, porque le hacían la guerra. Era, pues, apasionado de 
ésta el que tenía en más la ambición que la seguridad; y 
guerrero solamente el que con la guerra adquiría su sa- 
lud. La muerte al uno le cogió enteramente desprevenido; 
y. al otro cuando ya esperaba su fín; por lo que ea el uno 
hubo candidez, pues parece se fió de unos amigos; y en el 
otro debilidad, porque habiendo querido huir, dio, sin eii- 
bargo, lugar á que le echaran mano. La muerte del uno no 
afrentó su vida, habiendo sufrido de mano de unos amigos 
lo que ninguno de los enemigos fmdo ejecutar jamás; y el 
otro no habiéndose resuelto á huir ^ntes de ser cautivo, y 
,qiieriendo vivir después de la cautividad, ni evitó ni sufrió 
la muerte con la grandeza de «ánimo que convenia; 3i«o <|«e 
eon humillarse y suplicar al que parecía que sólo dominaba 
su cuerpo, lo hizo también dueño de su espíritu. 



AGESILAO. 



\rquidamo» bijo de Zeuxidamo, después de haber reí- 
Dado con gran crédito en Esparta, de Lampito, mujer 
apreciable por su conducta, dejó un hijo llanaado Agís; y 
otro más joven de Eupolia la de Melisiptdes, llamado Age* 
silao. Como por la ley correspondía el reino á Agis, Age* 
silao, que habia de vivir como particular, se sujetó á la 
educación recibida en Lacedemonia, que era dura y traba- 
josa en cuanto al tenor de vida, pero muy propia para 
enseñar á los jóvenes á ser bien mandados. Por esto se 
dice que Simónides llamaba á Esparta domadora de hom- 
bres, á causa de que con el auxilio de las costumbres 
hacía dóciles á los ciudadanos, y sumisos á las leyes, 
como potros domados bien desde el principio; de cuyo ri- 
gor libertaba la I^y á los jóvenes que se educaban para el 
trono. Así hasta esto tuvo en su favor Agesilao, entrar á 
mandar no ignorando cómo se debia obedecer; por lo cual 
fué entre los reyes el que en su genio se avino y acomodó 
más con los subditos, juntando con la gravedad y eleva- 
ción de ánimo propias de un rey, la popularidad y huma- 
nidad que le inspiró la educación. 

£d las llamadas greyes de los jóvenes que se educaban 
juntos, tuvo por amador á Lisandro, prendado principal- 
mente de su carácter modesto: pues aunque muy sensible 



334 PLUTARCO.— LA8 VIDAS PARALELAS. 

á los estímulos de la emulación, y el de genio más pronto 
entre los de su edad, por lo que en todo aspiraba á ser el 
primero, y se mostraba irreducible é inflexible en la vehe- 
mencia de lo que emprendia, era por otra parte de aque- 
llos con quienes pueden más la persuasión y la dulzura 
que el miedo, y de los que por pundonor ejecutan cuanto 
se les manda; siéndoles de más mortificación* las repren- 
siones, que de cansancio los trabajos. El defecto de una de 
sus piernas lo encubrió en la flor de su edad la belleza de 
su halagüeño semblante; y el llevarlo con facilidad y ale- 
gría, usando do chistes y burlas contra sí mismo, lo disi- 
mulaba y como que lo desvanecia en gran parte; y áua 
por él sobresalia y brillaba más su emulación, pues que , 
ningún trabajo ni fatiga le acobardaba no obstante su co- 
jera . No tenemos su retrato, porque no lo permitió, y 
antes al morir encargó que no se hiciera ningún vaciado ni 
ninguna especie de imagen que representara su persona. 
La memoria que ha quedado es que fué pequeño y de 
figura poco recomendable; pero su festividad y su alegre 
y buen humor en todo tiempo, sin manifestar nunca enfado 
ni cólera, ni en la voz ni en el semblante, le hizo hasta la 
vejez más amable que los de la más gallarda disposicioo. 
Refiere, sin embargo, Teofrasto, que los Eforos impusieron 
una multa á Arquidamo por haberse casado con una mujer 
pequeña: emporqué no nos darás reyes, decían, sino reye- 
zuelos.» 

Reinando Agis vino Alcibiades de Sicilia á Lacedemonia 
en calidad de desterrado, y á poco de residir en la ciudad, 
se le culpó de tener trato menos decente con Timea, mu- 
jer del Rey; y el niño que de ella nació no quiso Agis re- 
conocerlo, diciendo que lo había tenido de Alcibiades; de 
lo que escribe Duris no haber tenido gran pesar Timea, 
sino que antes bien al oído con las criadas le daba al niño 
el nombre de Alcibiades, y no el de Leotuquidas. De Alci^ 
biades se refiere también haber dicho, que si había tenido 



AGBSILAO. 335 

aquel trato con Timea, no habia sido por hacer afrenta á 
nadie, sino por la vanidad de que descendientes suyos 
reinaran sobre los Esparciatas. Mas al cabo por esta causa 
salió Alcibiades de Lacedemonia, temiendo á Agis. El niño 
causó siempre sospecha á éste, y no le miró nunca como 
legítimo; pero hallándose enfermo se arrojó á sus pies con 
lágrimas, y alcanzó que le declarara por hijo delante de 
muchas personas. Mas sin embargo, después de la muerte 
de Agis, Lisandro, que ya habia vencido á los Atenienses 
en el combate naval, y gozaba del mayor poder en Es- 
parta, colocó á Agesilao en el trono, por no corresponder 
á Leotuquidas, que era bastardo; y además otros muchos 
ciudadanos, que tenian en mucho la virtud de Agesilao y el 
haberse criado juntos participando de la misma educa- 
ción, estuvieron de su parte también con el mayor em- 
peño. Mas habia en Esparta un hombre dado á la adivina- 
ción, llamado Diopeites, el cual tenía en la memoria 
muchos oráculos antiguos, y pasaba por muy sabio y pro- 
fundo en las cosas divinas. Dijo, pues, que era cosa impía 
el que un cojo fuera rey de Lacedemonia; acerca de lo 
cual en el juicio recitó este oráculo: 

Por más, oh Esparta, que andes orgullosa 

Y sana de tus pies, yo te prevengo 
Que de un reinado cojo te precavas: 
Pues te vendrán inesperados males, 

Y de devastadora y larga guerra 
Serás con fuertes olas combatida. 

A esto contestó Lisandro, que si los Esparciatas daban va- 
lor al oráculo, de quien se habian de guardar era de Leo- 
tuquidas: porque al Dios le era indiferente el que reinara 
uno á quien le flaqueasen los pies; pero que si reinaba 
quien no fuese ni legítimo ni Heraclida, esto era estar cojo 
el reino; á lo que añadió Agesilao, que Neptune habia tes- 



336 . PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tificado la ilegitimidad de Leotuquidas, haciendo á Agís 
saltar del lecho conyugal con un terremoto, desde el cual 
se habían pasado más de diez meses hasta el naciaiiento de 
Leotuquidas. 

Declarado rey de este modo y por estas causas Agesi- 
lao, al punto heredó también la hacienda de Agis, excln» 
yendo como bastardo á Leotuquidas; pero viendo que los 
parientes de aquél por parte de madre, siendo hombres de 
mucha probidad, se hallaban sumamente pobres, les repar- 
tió la mitad de los bienes, granjeándose de esta manera 
benevolencia y fama, en lugar de envidia y ojeriza con 
motivo de esta herencia. Lo que dice Jenofonte, que obe- 
deciendo á la patria llegó á lo sumo del poder, tanto que 
hacía lo que quería, se ha de entender de esta manera. La 
mayor autoridad de la república residía entonces en los 
Eforos y en los Ancianos, de los cuales aquellos ejercen la 
suya un año sólo, y los Ancianos disfrutan este honor por 
toda la vida: siendo esto asi dispuesto» á fin de que los re* 
yes no se creyeran con facultad para todo, co mo en la vida 
de Licurgo lo declaramos. Por esta causa solían ya de an- 
tiguo los reyes estar con aquellos en una especie de here- 
dada disensión y contienda; pero Agesilao tomó el camino 
opuesto, y dejándose de altercar y disputar coa ellos, les 
tenía consideración, procediendo con su aprobación á toda 
empresa. Si le llamaban, se apresuraba á acudir, y cuantas 
veces sucedía que estando sentado para despachar en el 
regio trono pasasen los Eforos, les hacia el honor de levan- 
tarse. Cuando habia elección de Ancianos para el Senado, 
á cada uno le enviaba como muestra de parabién una so- 
brevesta y un buey. Con estos obsequios parecía que hon- 
raba y ensalzaba la autoridad de aquellos magistrados, y 
no se echaba de ver que acrecentaba la suya, dando au- 
mento y grandeza á la prerogativa real con el amor y con- 
descendencia que así se granjeaba. 

En su trato con Iqs demás ciudadanos habia menos que 




AGESILAO. 337 

culpar en él considerado como enemigo que como amigo: 
porque injustamente no ofendía á los enemigos; y á los 
amigos los favorecia aun en cosas injustas. Si los enemigos 
se distinguian con alguna singular hazaña, se avergonzaba 
de no tributarles el honor debido; y á los amigos no sola- 
mente no los reprendía cuando en algo faltaban, sino que 
se complacía en ayudarles y en faltar con ellos; porque 
creía que no podía haber nada vituperable en los obsequios 
de la amistad. Siendo el primero á compadecerse de los de 
otro partido si algo les sucedía, y favoreciéndolos con em- 
peño si acudían á él, se ganaba la opinión y voluntad de 
todos. Viendo, pues, los Eforos esta conducta suya, y te- 
miendo su poder, le multaron: dando por causa que á loa 
ciudadanos que debían ser del común los hacía suyos» 
Porque así como los físicos piensan que sí de la universa- 
lidad de los seres se quitara la contrariedad y contienda 
se pararían los cuerpos celestes y cesarían la generación 
y movimiento de todas las cosas por la misma armonía que 
habría entre todas ellas; de la misma manera le pareció 
conveniente al legislador lacedemonio mantener en su go- 
bierno un fomento de emulación y rencilla como incentivo 
de la virtud: queriendo que los buenos estuviesen siempre 
en choque y disputa entre si; y teniendo por cierto que la 
unión y amistad que parece fortuita y sin elección, y es 
ociosa y no disputada, no merece llamarse concordia. Y 
esto mismo piensan algunos haberlo también conocido Ho- 
mero; porque no presentaría á Agamenón alegre y contento 
por los acalorados dicterios con que se zahieren é insultan 
Ulíses y Aquíles, á no haber creído que para el bien común 
era muy conveniente aquella emulación de ambos y aque-r 
lia disensión entre los más aventajados. Bien que no falt- 
tara quien no apruebe así generalmente este modo de pen- 
sar; porque el exceso en tales contiendas es perjudicial á 
las ciudades, y acarrea grandes peligros. 
A poco de haberse encargado del reino Agesilao, vinie- 

TOMO III. S!2 



338 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

ron alganos del Asia, anunciando que el rey de Persia pre- 
paraba grandes fuerzas para excluir á los Lacedeoionios 
del mar. Deseaba Lisandro ser enviado otra vez al Asia, y 
dar auxilio á aquellos de sus amigos que había dejado por 
gobernadores y tiranos de las ciudades, y que por haberse 
conducido despótica y violentamente, habían sido expeli- 
dos ó muertos por los ciudadanos. Persuadió, pues, á Age- 
silao que se pusiera al frente del ejército, y que pasando á 
hacer la guerra lejos de la Grecia, se anticipara á los pre- 
parativos del bárbaro. Al mismo tiempo dio aviso á sos 
amigos del Asia para que enviaran á Lacedemónia á pedir 
por general á Agesilao. Presentándose éste ante la muche- 
dumbre, tomó á su cargo la guerra, si le concedían treinta 
entre generales y consejeros Esparciatas, dos mil ciudada- 
nos nuevos escogidos de los Hilotas, y de los aliados una 
fuerza de seis mil hombres. Con el auxilio de Lisandro se 
decretó todo prontamente, y enviaron al punto á Agesilao, 
dándole los treinta Esparciatas, de lo^ cuales fué desde 
luego Lisandro el primero, no sólo por su opinión y su in- 
flujo, sino también por la amistad de Agesilao, á quien le 
pareció que en proporcionarle esta expedición le habia 
hecho mayor favor que en haberle sentado en el trono. 
Reuniéronse las fuerzas en Gerasto, y él pasó con sus ami- 
gos á Aulide, donde hizo noche; y le pareció que entre 
sueños le decía una voz: c^Bíen sabes, oh rey de los Lace- 
demonios, que ninguno ha sido general de toda Grecia, 
sino antes Agamenón, y tú ahora después de él: en consi- 
deración, pues, de que mandas á los mismos que él man- 
dó; que haces á los mismos la guerra, y que partes á ella 
de los mismos lugares, es puesto en razón que hagas á la 
Diosa el sacriflcio que él hizo aquí al dar la vela;» é inme'- 
diatamente se presentó á la imaginación de Agesilao la 
muerte de la doncella que el padre degolló á persuasión 
de los adivinos. Mas no le asombró esta aparición, sino que 
levantándose y reflriéndola á los amigos, dijo que honraría 



AGESILAO. 339 

é la Diosa con aquellos sacrificios que por lo mismo de ser 
Diosa le habian de ser más agradables, y en ninguna ma- 
nera imilaria la insensibilidad de aquel general; y coro- 
nando una cierva, dio orden de que la inmolara su adivino, 
y no el que solia ejecutarlo, destinado al efecto por los 
Beocios. Habiéndolo sabido los Beotarcas, encendidos en 
ira, enviaron heraldos que denunciasen á Agesilao no hi- 
<;iera sacrificios contra las leyes y costumbres patrias de 
la Beocia; y habiéndole hecho éstos la intimación, arroja- 
ron del ara las piernas de la victima. Fué de sumo dis- 
gusto á Agesilao este suceso, y se hizo al mar irritado 
€ontra los Tóbanos, y decaido de sus esperanzas, á causa 
del agüero, pareciéndole que no llevaría á cabo sus empre- 
sas, ni su expedición tendría el éxito conveniente. 

Llegados á Efeso, desde luego fué grande la dignidad de 
Lisandro, y su poder se hizo odioso y molesto, acudiendo 
en tropel las gentes en su busca, y siguiéndole y obse- 
quiándole todos; de manera que Agesilao tenía el nombre 
y el aparato de general por la ley; pero en el hecho Lisan- 
dro era el arbitro y el que todo lo podia y ejecutaba. Por- 
que de cuantos generales habian sido enviados al Asia, 
ninguno habla habido ni más capaz, ni más terrible que él; 
ni hombre ninguno había favorecido más á sus amigos, ni 
habla hecho á sus enemigos mayores males. Gomo aquellos 
habitantes se acordaban de estas cosas, que eran muy re- 
cientes, y por otra parte velan que Agesilao era modesto, 
sencillo y popular en su trato, y que aquél conservaba sin 
alteración su dureza, su irritabilidad y sus pocas palabras, 
á él acudían todos, y él solo se llevaba las atenciones. En 
consecuencia de esto desde el principio se mostraban dis- 
gustados los demás Esparciatas, teniéndose más por asis- 
tentes de Lisandro, que por consejeros del Rey; y después 
e\ mismo Agesilao, aunque no tenía nada de envidioso, ni 
se incomodaba de que se honrase á otros; como no le fal- 
tasen ni ambición ni carácter, temió no fuera que si ocur- 



S40 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

rían sucesos prósperos se atriboyesen á Lisandro por sq 
fama. Manejóse, pues, de esta manera: primeramente, ea 
las deliberaciones se oponía á su dictamen, y si lo veia 
empeñado en que se biciese una cosa, dejándole á un lado, 
y desentendiéndose de ella, hacia otra muy diferente. En 
segundo lugar, si acudían con algún negocio los que sabía 
eran más de la devoción de Lisandro, en nada los aten- 
día. Finalmente, aun en los juicios si veia que Lisandro se 
ponía contra algunos, éstos eran los que habían de salir 
mejor; y por el contrario aquellos á quienes manifiesta- 
mente favorecía podían tenerse por bien librados sí sobre 
perder el pleito no se les multaba. Con estos hechos, que 
se veia no ser casuales, sino sostenidos con igualdad y 
constancia, llegó Lisandro á comprender cuál era la causa, 
y no la ocultó á sus amigos; antes les dijo que por él su- 
frían aquellos desaires, y los exhortó á que hicieran la 
corte al Rey y á los que podían más que él. 

Echábase de ver que con esta conducta y estas expre- 
siones procuraba excitar el odio contra Agesilao; y éste 
para humillarle más le nombró repartidor de la carne; y 
según se dice, al anunciar el nombramiento, añadió de- 
lante de muchos: «¡Que vayan ahora éstos á hacer la corte 
á mi carnicero!» Mortificado, pues, Lisandro, se presentó 
y le dijo: «Sabes muy bien, ¡oh Agelísao! humillar á tus 
amigos;» y éste le respondió: «Sf, á los que aspiran á po- 
der más que yo;» y Lisandro entonces: «Quizá es más lo 
que tú has querido decir que lo que yo he ejecutado; mas 
señálame puesto y lugar donde sin incomodarte pueda 
serte útil.» De resulta de esto, enviado al Helesponto, trajo 
á presentar á Agelísao al persa Espítridates, de la provin- 
cia de Farnabazo, con ricos despojos y doscientos hombres 
de á caballo; pero no se le pasó el enojo, sino que lleván- 
dole siempre en cu ánimo, pensó en el modo de quitar el 
derecho al reino á las dos casas, y hacerlo común para 
iodos los Esparciatas; y es probable que habrían resultado 



agesilao. 341 

¿Candes novedades de esta disensión, á no haber muerto 
¿Ates haciendo la guerra contra la Beocia. De este modo 
los caracteres ambiciosos, (^úe no saben en la república 
aguardar un juslo medio, hdcen más daño que provecho: 
pues si Lisandro era insolente, como lo era efn verdad, no 
guardando modo ni tiempo en su ambición, no dejaba 
Age^lao de saber que podia haber otra corrección mús 
llevadera ^ue lá que usó cóñ un hombl*e distinguido y 
acreditado que se olvidaba de sli deber; siáo que arí'é&ia- 
tados ambos del misino afecto, el uno parece haber d^do* 
nocido la autoridad del general, y el otro no haber pocfído 
sufrir los yerros de un amigo. 

Sucedió que Tlsafernes, temiendo al principio á AgesildOy 
capituló con él, concediéndole que las ciudades griegas se 
gobernasen por sus leyes con independencia del Rey; péi*o 
pareciéndole después que tenía bastantes fuerzas, se dé^ói- 
dio por la guerra; y Agesilao admitió gustoso la provoca- 
ción; porque confiaba mucho en el ejército, y tenía á mé* 
nos que los diez mil mandados por Jenofonte hubiesen 
llegado hasta el mar, venciendo al Rey cuantas veces qui- 
sieron; y que él, al frente de los Lacedemonios, que daban 
la ley por mar y por tierra, no presentaba á los Grietaos 
ningún hecho digno de conservarse en la memoria. Pa- 
ludo, pues, á Tisaferñes su perjurio con un justo engaüo, 
é\'6 á entender que se dirigía á la Caria, y cuando el bár- 
baro tuVo reunidas allí sus fuerzas, levó anclas é invadió 
la Frigia. Tomó muchas ciudades^ y se apoderó de inmen- 
sas riquezas, manifestando á sus amigos que quebrantar 
injustamente la fe de los tratados es insultar á los Dioses; 
pero que en usar de estratagemas que induzcan en erréis á 
ios enemigos, no sólo no hay injusticia, sino acrecenta- 
miento de gloria, acompañada de placer y provecho, fiira 
inferior ek) soldados de á caballo, y al hígado de una vícti- 
ma se halló faltarle uno de los lóbulos; retirósB, pueS, á 
£feso, y juntó prontamente caballería por el medio dé p'h)- 



342 PLUTARCO. — LAS TIDAS PARALELAS. 

poner á los hombres acomodados que si no querían servir 
en la milicia, dieran cada uoo un caballo y un hombre; y 
como éslos fuesen muchos, en breve tiempo tuvo Agesiiao 
muchos y valientes soldados de á caballo en lugaír de in- 
útiles infantes. Porque los que no querían servir, pagaban 
jornal á los que á ello se prestaban; y los que no querían 
cabalgar, á los que tenían gusto en ello: pues también de 
Agamenón se dice haber obrado muy cuerdamente en re- 
cibir una excelente yegua por librar de la milicia aun 
hombre cobarde y rico. Ocurrió, asimismo, que los encar- 
gados del despacho del botín pusieron de su orden en 
venta los cautivos, despojándolos del vestido; y como de 
las ropas hubiese muchos compradores, pero de las perso- 
nas, viendo sus cuerpos blancos y débiles del todo, á causa 
de haberse criado siempre á la sombra, hiciesen irrisión- 
teniéndolos por inútiles y de ningún valor; Agesiiao, que 
se hallaba presente: aéstos son, dijo, contra quienes pe 
leáis, y estas las cosas por que peleáis. 

Cuando fué tiempo de volver otra vez á la guerra, anun- 
ció que se dirigía á la Lidia, no ya con ánimo de engañar 
á Tísafernes, sino que él mismo se engañó, no queriendo 
dar crédito á AgesUao, á causa del pasado error: pensó 
por tanto que su marcha sería á la Caria, por ser terreno 
poco á propósito para la caballería, en la que estaba es- 
caso. Mas cuando Agesiiao se encaminó, como lo había 
dicho al principio, á los campos de Sardis, le fué preciso 
á Tísafernes correr á aquella parte; y moviendo con la ca- 
ballería, acabó al paso con muchos de los Griegos que an- 
daban desordenados asolando elpaís. Reflexionando, pues, 
Agesiiao que no podía llegar tan presto la infantería de los 
enemigos, cuando á él nada le faltaba de sus fuerzas, se 
dio priesa á venir á combate; é interpolando con la caba- 
llería algunas tropas ligeras, les dio orden de que acorné- 
tierau rápidamente á los contrarios; y él cargó también al 
punto con la infantería. Pusiéronse en fuga los bárbaros; 



AGESILAO. 343 

y yendo en su persecución los Griegos, les tomaron el 
campamcoto, é hicieron en ellos gran matanza. De resul- 
tas de esta batalla, no sólo se hallaron en disposición de 
correr y talar á su arbitrio toda aquella provincia del im- 
perio del Rey, sino también de presenciar el castigo de 
Tisafernes, hombre malo, y enemigo implacable de la na- 
ción griega; porque el Rey envió sin dilación contra él á 
Titraustes, quien le cortó la cabeza; y con deseo de que 
Agesilao, haciendo la paz, se retirara á su país, envió 
quien se lo propusiera, ofreciéndole grandes intereses; 
pero éste dijo que la paz dependía sólo de la república; y 
por su parte más se alegraba de que se enriquecieran sus 
soldados, que de enriquecerse él mismo; y que ^además 
los Griegos tenian por más glorioso que el recibir presen- 
tes, tomar despojos de los enemigos. Con todo, queriendo 
manifestar algún reconocimiento á Titraustes por haber cas- 
tigado al enemigo común de los Griegos, Tisafernes, con- 
dujo el ejército á la Frigia, recibiendo de aquél en calidad 
de viático treinta talentos. Estando en marcha, le fué en- 
tregado un decreto de los que ejercían la autoridad su- 
prema en Esparta, por el que se le daba también el mando 
de la armada naval: distinción de que sólo gozó Agesilao, 
el cual era sin disputa el mayor y más ilustre de cuan- 
tos vivieron en su tiempo, como lo dijo también Teo- 
pompo; pues que más quería ser apreciado por su virtud, 
que por sus dignidades y mandos. Sin embargo, entonces^ 
habiendo hecho jefe de la armada á Pisandro, pareció 
apartarse de estos principios: porque no obstante haber 
otros más antiguos y de más capacidad, sin atender al 
bien común, y dejándose llevar del parentesco y del influjo 
de su mujer, de la que era hermano Pisandro, puso á éste 
al frente de la armada. 

Situando Agesilao su campo en la provincia sujeta á 
Farnabazo, no sólo le mantuvo en la mayor abundancia, 
sino que recogió imponderable riqueza; y adelantándose 



S44 PLUTARCO. — LAS VIDAS PAftALELáS. 

hasta la Paflagonia, atrajo á so amistad al rey de los Pa- 
flagonios, Cotis, deseoso de ella por sa virtod y sv fideli- 
dad. Espitridates, desde que rebelándose á Famabaze se 
«pasó al partido de Agesilao, marchaba siempre y se acaa- 
paba con él, llevando en su compañía á an hijo may he^ 
ADOSO que tenía llamado Mogabates (del que siendo ioda^ 
may niño, se prendó con la mayor pasión Age8ilao)yá 
una bija doncella, también hermosa, en edad de casarse. 
Persuadió Agesilao á Cotis que se casase con ella; y reci- 
biendo de él mil caballos ydos mil hombres de tropa ligera, 
se retiró otra vez á la Frigia, donde corría y talaba la pro- 
vincia de Farnabazo, que nunca le esperaba ni fiaba en sos 
fortalezas; sino que conduciendo siempre consigo la mayor 
parte de sus presas y tesoros, andaba huyendo de una parte 
á otra, mudando continuamente de campamentos, hasta que 
puesto en su observación Espitridates, que llevaba con- 
migo al esparciata Heripidas, le tomó el campanoento, y se 
apoderó de toda su riqueza. De aquí nació que siendo He- 
rípidas un denunciador rígido de lo que se habia tomado, 
como oblígase á los bárbaros á presentarlo, registrándolo 
é inspeccionándolo él todo, irritó de tal manera á Espi- 
tridates, que le obligó á marcharse á Sardis con los Pafla- 
gonios: suceso que se dice haber sido á Agesilao suma- 
mente desagradable. Porque además de sentir la pérdida 
de un hombre de valor como Espitridates, y de la fuerza 
que consigo tenía, que no era despreciable, le causaba 
rubor la nota que le resultaba de avaricia y mezquindad; 
la que no sólo quería alejar de sí mismo, sino mantener de 
ella pura á su república. Fuera de estas causas manifies- 
tas, punzábale también no ligeramente el amor que tenía 
impreso él joven; sin embargo de que aun estando pre- 
sente, poniendo en acción su carácter firme, pugnó resuel- 
tamente para resistir á todo deseo que desdijese. Así es 
que en una ocasión, acercándose á él Megabates para salu- 
darle con ósculo, se retiró; y como éste avergonzado se 



AGESILAO. 345 

iTODtuviese é faieiese en adelante sus salutaciones desde 
lejos, pesaroso á su vez y iarrepentido Agesilao de haberse 
hurtado al beso, hizo como que se admiraba de la causa 
^oe podia haber habido para que Megabates no presentase 
y^ la boca al saludarle; á lo que: «tú tienes la culpa, le 
tfentestaron sus amigos, no aguardando, sino antes bien 
precaviéndote y temiendo el beso do aquel mozo; pero si 
ij(k quieres, él vendrá y te le dará, bajo la condición de que 
no has de temerle segunda vez.» Detúvose algún tiempo 
Agesilao, pensando entre sí y guardando silencio; y des- 
pués dijo: (cParéceme que no hay necesidad ninguna de que 
le persuadáis, porque más gusto he tenido en sostener por 
segunda vez esta misma pelea del beso, que en que se me 
<^nvirtie(*a en oro cuanto tengo á la vista.» Asi se manejó 
con Megabates mientras estuvo presente; pero después 
<|ue marchó, al ver hasta qué punto se inñamó, es difícil 
asegurar que si hubiese regresado y presentádoseie, hu- 
biera podido hacer igual resistencia á dejarse besar. 

A este tiempo quiso Farnabazo tener una entrevista con 
él, y Apolófanes de Cicico, que era huésped de ambos, los 
reunió. El primero que concurrió con sus amigos al sitio 
nplazado fué Agesilao^ y en una sombra encima de la hier- 
ba, que estaba may crecida, se tendió á esperar á Farna- 
bazo; llegado el cual, aunque se le pusieron alfombras de 
diferentes colores y pieles muy suaves, avergonzado de ver 
así tendido á Agesilao, se reclinó también en el suelo so- 
bre la hierba, sin embargo de que llevaba un vestido rico 
7 sobresaliente por su delgadez y sus colores. Saludáronse 
mutuamente, y á Farnabazo no le faltaron justas razones 
para quejarse de que habiendo sido muy útil en diferentes 
ocasiones á los Lacedemonios durante la guerra con los 
Atenienses, ahora aquellos mismos le talaban su país; pero 
Agesilao, sin embargo de ver que ios Esparciatas que le 
hablan acompañado, de vergüenza tenian los ojos bajos, 
sin saber qué decirse, porque realmente considera>ban ser 



S46 PLUTARCO. — LAS VIDAS PAKALKLAS. 

Faraabazo tratado con íDjosticia: «Nosotros, oh Famabazo, 
le dijo, siendo áDtes amigos del Rey, tomábamos amistosa- 
meóte parte eo sus negocios; y ahora, que somos enemi- 
gos, nos habemos con él hostilmente. Viendo, pues, qoe tó 
quieres ser uno de los bienes y propiedades del Rey, cod 
razón le ofendemos eh tí; pero desde el día en que quie- 
ras más ser amigo y aliado de los Griegos que esclavo del 
Rey, ten ectendido qoe estas tropas, nuestras armas, 
nuestras naves y todos nosotros seremos defensores y 
guardas de tus bienes y de tu libertad; sin la cual nada 
hay para los hombres ni honesto ni apetecible.» Manifes- 
tóle en consecuencia de esto Famabazo su modo de pen- 
sar, diciéndole: «Si el Rey encargase el mando á otro que á 
mí, estaré con vosotros; pero si á mí me le confía, no omi- 
tiré medio ni diligencia alguna para defenderme y ofende- 
ros por su servicio.» No pudo méoos Agesilao de oirlo con 
placer: tomóle la diestra; y levantándose, «¡ojalá, oh Fa^ 
nabazo, le dijo, teniendo tales prendas, fueras más bien 
mi amigo que mi enemigo!» 

Al retirarse Famabazo con sus amigos se detuvo su h^o, 
y corriendo hacia Agesilao, le dijo con sonrisa: «Yo te 
hago, oh Agesilao, mi huésped;» y teniendo en la mano un 
dardo, se le presentó: tomóle Agesilao, y causándole pla- 
cer su aspecto y su obsequio, miró si entre los que le ro- 
deaban tendrían alguna cosa con que pudiera remunerar á 
aquel gracioso y noble joven; y viendo que el caballo de 
su secretario Adeo tenía preciosos jaeces, se los quitó, é 
hizo á aquél con ellos un regalo. En adelante le tuvo siem- 
pre en memoria; y como pasado algún tiempo fuese priva- 
do de su casa y arrojado por los hermanos al Peloponeso, 
le amparó con el mayor celo; y aun en ciertos amores le 
prestó su auxilio. Porque se había prendado de un mocito 
atleta de Atenas; y siendo ya grande, como fuese de mala 
condición y se temiese que iba á ser expelido de los jue- 
gos Olímpicos, el Persa acudió á Agesilao, pidiéndole por 



AGESILAO. 347 

aquel joven; y él, queriendo servir áéste, aunque con mu- 
cha difícuUad y trabajo salió con su intento: porque en 
todo lo demás era prolijo y ajustado á ley^ pero en los ne- 
gocios de los amigos creia que el querer parecer nimia- 
mente justo no solia ser más que una excusa. Corre, pues, 
en prueba de esto una carta suya á Hidrieo de Caria en 
que le deeia: aA Nicias, si no ha delinquido, absuélvele; si 
ha delinquido, absuélvele por mí; y de todas maneras ab- 
suélvele.» Esta solia ser en general la conducta de Agesilao 
en las cosas de sus amigos. Con todo, en ocasiones obraba 
según lo que el tiempo pedia, sin atender más que á lo que 
era conveniente: como se vio cuando habiendo tenido que 
levantar el campo con precipitación, se dejó enfermo á un 
joven que amaba; porque rogándole éste y llamándole al 
tiempo de marchar, volvió la cabeza y le dijo: «Cosa difícil 
es tener á un tiempo juicio y compasión:! según que así nos 
lo ha trasmitido Jerónimo el Filósofo. 

Pasado ya «el segundo año de su expedición, era mucho 
lo que en la corte del Rey se hablaba de Agesilao, y grande 
la fama de su moderación, de su sobriedad y de su modes- 
tia. Porque armaba para sí solo su pabellón en los templos 
de mayor veneración , á fin de tener á los Dioses por ex- 
pectadores y testigos de aquellas cosas que no solemos ha- 
cer en presencia de los hombres; y entre tantos millares de 
soldados no sería fácil que se viese lecho ninguno más 
desacomodado ó más pobre que el de Agesilao. Con res- 
pecto al calor y al írio, se habia acostumbrado de manera 
que parecía formado exprofeso para las estaciones tales 
cuales por los Dioses eran ordenadas; y era para los Grie- 
gos que habitaban en el Asia, el espectáculo más agradable 
ver á los gobernadores y generales, que antes eran moles- 
tos é insufribles, y que estaban corrompidos por la riqueza 
y el regalo, temer y lisonjear á un hombre que se presen- 
taba con una pobre túnica; y hacer esfuerzos por mudarse 
y trasformarse á una sola expresión breve y lacónica; de 



348 PLUTARCO. — LAS VroAS PARALELAS. 

manera que á mochos les venía á la memoria aquel dicko 
de Timoteo: 

Tirano es el Dios Marte; mas á Grecia 
El oro corruptor no la intimida (1). 

. Conmovida ya el Asia, y dispuesta eü muchos puntos ala 
Sublevación, arregló aquellas ciudades; y poniendo «a so 
gobierno el correspondiente orden sin muertes ni deaDier^ 
tos, resolvió ir más adelante; y marchar trasladando la 
guerra del mar de Grecia , á hacer que el Rey combatMM 
por la seguridad de su propia persona y por las comodida- 
des de Ecbatana y Susa , y á sacarle ante todas cosas del 
ocio y del regalo, para que ya no fuese desde su escafioel 
Arbitro de las guerras de los Griegos, ni corrompiese á los 
demagogos. Mas cuando iba á poner por obra estos pensa- 
mientos, vino en su busca el esparciata 'Epicudidas, alion- 
éiándole que Esparta tenía sobre sí una formidable guerra 
de parte de los Griegos, y los Efof os le llamaban para qoe 
acudiese á socorrer la propia casa. 

¡Oh mengua! y cómo en vuestra ruina, oh Griegos, 
Sois de bárbaros males inventores (2). 

Porque ¿qué otro nombre podrá darse á aquella envidia, y 
á aquella conjuración y reuniendo los Griegos toós contra 
otros , por la cual renunciaron á la fortuna , que á (ñn 
pdirte los llamaba, y trajeron otra vez sobre si mismos 
aquellas armas que estaban vueltas contra los bárbaro», y 
la guerra que podia mirarse como desterrada de la Grecia? 
Pues yo no puedo conformarme con Demarato de Corintd, 
^ue decia haber carecido del mayor placer los Griegos qtie 

(1) ¿Cómo no ha de ser tirano quien obligra á tales mudanzas? lo 
demás es bien claro. Este Timoteo fué poeta ditirámbico. 

(2) Es un verso de Eurípides en las Troj/anas. 



AGESILAO. 349 

no habian visto á Alejandro sentado en el trono de Darío; 
sino que más bien creo que deberían los que le vieron ha- 
ber llorado, reflexionando que dejaron para Alejandro y los 
Macedonios aquellos triunfos los que en Leuctras, en Goro.- 
nea, en Gorinto y en la Arcadia vencieron y acabaron á los 
generales griegos. En cuanto á Agesilao, ninguna acción 
hubo en su vida más ilustre ó más grande que estaretira- 
da^ ni jamás se dio un ejemplo más glorio so de obediencia 
y de justicia. Pues si Aníbal, cuando ya estaba en decaden- 
cia y casi se veia arrojado de la Italia, con gran dificultad 
obedeció á los que le llamaban á sostener la guerra en 
casa; y si Alejandro aun tomó á burla la noticia que se le 
dio de la batalla de Antipatro contra Agis, diciendo: «pare- 
ce, oh soldados, que mientras nosotros vencíamos aquí á 
Darío, ha habido en Arcadia una guerra d e ratones; «¿cómo 
podremos dejar de dar el parabién á Esparta por el honor 
con que le trató Agesilao, y por su respeto y sumisión á las 
leyes? el cual, apenas recibió la orden, abandonando y ar- 
rojando de las manos la ¡singular fortuna y gran poder que 
de presente tenía, y las brillantes esperanzas que veia 
próximas, al punto se embarcó, á la mitad de su empresa; 
dejando gran deseo de su persona á los aliados, y falsifi- 
cando aquel dicho de Demostrato de F aecia: de que en co- 
mún son mejores los Lacedemonios, y en particular los 
Atenienses; pues habiéndose mostrado rey y general exce- 
lente, aun fué mejor y más apacible amigo y compañero 
para los que en particular le trataron. Gomo la moneda de 
Persia tuviese grabado un arquero ó sagitario, al mover su 
campo , dijo que el Rey lo expelia del Asia con diez mil 
arqueros; y es que otros tantos se habian llevado á Atenas 
y á Tebas, y se habian distribuido á los demagogos; con lo 
que estos pueblos habian declarado la guerra á los Espar- 
ciatas. 

Pasado el Helesponto, caminaba por la Tracia, sin ha- 
blar de permiso á ninguno de aquellos bárbaros; y lo único 



350 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que hacía era enviar á preguntar á cada uno de qué ma- 
nera había de atravesar su territorio, si como amigo ó 
como enemigo. Los más le recibieron amistosamente y le 
acompañaron, cada uno en proporción á sus fuerzas; sólo 
los llamados Tralios, de quienes se dice que Jerges nego- 
ció con ellos el paso con dádivas, le pidieron en pago de 
él cien talentos en plata y cien mujeres. Tomólo él á burla, 
y diciéndoles que por qué no hablan acudido desde luego 
á cobrarlo, pasó adelante, y hallándolos en orden de bata- 
lla, los acometió y derrotó con muerte de un gran número. 
Hizo al rey de los Macedonios la misma pregunta; y ha- 
biendo respondido que lo pensaría, «que lo piense, replicó; 
pero nosotros en tanto pasaremos.» Admirado el Rey de 
tamaña osadía, y llegando á cobrar miedo, le envió á decir 
que transitara como amigo. Hacian los Tesalianos causa 
común con los enemigos; por lo que les taló el país: y 
como habiendo enviado á Larisa á Jenocles y Escita para 
tratar de amistad, hubiesen sido éstos detenidos y puestos 
en custodia, todos los demás eran de dictamen de que ha- 
ciendo alto, pusiese sitio á Larísa; pero él les dijo que ni 
la Tesalia toda querría tomar con la pérdida de cualquiera 
de los dos; y los recobró por capitulación: cosa que no era 
de admirar en Agesilao, que habiendo sabido haberse dado 
junto á Gorinto una gran batalla, en la que en medio del 
rebato habían perecido algunas personas principales, y de 
los Esparciatas muy pocos, cuando la mortandad de los 
enemigos había sido muy grande, no por eso mostró ale- 
gría y satisfacción, sino que antes dando un profundo sus- 
piro, exclamó: «¡Triste de la Grecia, que en daño suyo ba 
perdido unos varones tan esclarecidos, que si vivieran, 
bastarían para vencer en combate á todos los bárbaros 
juntos!» Como los de Farsalia se pusiesen en persecución 
de su ejército y le causasen daños, les acometió con qui- 
nientos caballos, y habiéndolos puesto en fuga, erigió un 
trofeo al pié del monte Nartacio; dando á esta victoria la 



AGESILAO. 351 

mayor importancia, á causa de que habiendo creado por sí 
aquella caballería, con ella sola habia derrotado á los que 
más pagados estaban de sobresalir en esta arma. 

Alcanzóle allí .el eforo Diíridas, que le traia la orden de 
invadir inmediatamente la Beocia; y aunque tenía deter- 
minado ejecutar después esto mismo más bien preparado, 
no creyó que debia apartarse en nada de lo que las autori- 
dades le prescribían; sinc^que vuelto á sus gentes, les dijo 
estar cerca el dia por el que hablan venido del Asia, y en- 
vió á pedir dos cohortes de las tropas que militaban en las 
inmediaciones de Gorinto. Los Lacedemonios que perma- 
necían en la ciudad, para darle pruebas de su aprecio pre- 
gonaron que de los jóvenes se alistaran los que quisiesen 
ir en auxilio del Rey; y habiéndose alistado todos con la 
mayor prontitud, las autoridades escogieron cincuenta de 
los más valientes y robustos, y se los mandaron. Púsose 
Agesilao al otro lado de las Termopilas, y pasando por la 
Focide, que era amiga, luego que entró en la Beocia y 
sentó sus reales junto á Queronea, al mismo tiempo ocur- 
rió un eclipse de sol, presentándose á sus ojos parecido á 
la luna, y recibió la noticia de haber muerto Pisandro, 
vencido en un combate naval junto á Gnido por Farnabazo 
y por Conon. Apesadumbróse con estos sucesos como era 
natural, tanto á causa del cuñado, como de la república; 
mas con todo, para que á los soldados en la marcha no les 
sobrecogiese el desaliento y el terror, encargó á los que 
hablan venido de parte del mar que dijesen por el contra- 
rio haber vencido en el combate; y presentándose con co- 
rona en la cabeza, sacrificó á la buena nueva, y partió con 
sus amigos la carne do las víctimas. 

Adelantóse á Queronea; y habiendo descubierto á los 
enemigos, y sido también de ellos visto, ordenó su bata- 
lla, danao á los Orcomenios el ala izquierda, y conduciendo 
él mismo el ala derecha. Los Tóbanos tuvieron asimismo, 
por su parte, la derecha; y los Argivos la izquierda. Dice 



962 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Jenofonte que aquella batalla fué más terrible que ninguB» 
Gira de aquel tiempo, habiéndose hallado presente en au- 
xilio de Agesilao después de su vuelta del Asia. El primer 
encuentro no halló resistencia, ni costó gran fatiga, por- 
que los Tebanos al punto pusieron en fuga á los Oreóme- 
nios, y á los Argivos Agesilao; pero habiendo oido unos y 
otros que sus izquierdas estaban en derrota, y huian, vol- 
vieron atrás. Allá la victoria era sin riesgo, si Agesilao, 
prosiguiendo en acuchillar á los que se retiraban , hubiera 
querido contenerse de ir á dar de frente con los Tebanos; 
pero arrebatado de cólera y de indignación, corrió contra 
ellos, con deseo de rechazarlos también de poder á poder. 
Como ellos no los recibieron con menos valor, se trabó 
una recia batalla de todo el ejército , más empeñada toda- 
vía contra el mismo Agesilao, que se hallaba colocado en- 
tre sus cincuenta; cuyo ardor le fué muy oportuno, de- 
biéndoles su salud. Porque aun peleando y defendiéndole 
con el mayor denuedo, no pudieron conservarle ileso, ha- 
biendo recibido en el cuerpo por entre las armas diferen- 
tes heridas de lanza y espada, smo que con gran dificultad 
le retiraron vivo; y entonces, protegiéndole con sus cuer- 
pos, dieron muerte á muchos, y también de ellos perecie- 
ron no pocos. Hiciéronse cargo de lo difícil que era recha- 
zar á Iqs Tebanos, y conocieron la necesidad de ejecutar 
lo que no habían querido en el principio: porque les abrie- 
ron claro, partiéndose en dos mitades; y cuando hubieron 
pasado, lo que ya se verificó en desorden, corrieron en su 
persecución, hiriéndolos por los flancos; mas no por eso 
consiguieron ponerlos en fuga, sino qne se retiraron al 
monte Helicón, orgullosos con aquella batalla, á causa de 
que por su parte salieron invictos. 

Aunque Agesilao se hallaba muy mal parado de sus he- 
ridas, no permitió retirarse á su tienda antes de hacerse 
llevar en litera al sitio de la batalla, y de ver condubir á 
los muertos sobre sus armas. A cuantos enemigos se acó- 



AGESILAO. 353 

gieron al templo dio orden de que se les dejara marchar 
libres, porque está allí inmediato el templo de Minerva 
Itonia; y delante de este templo volvió á poner en pié el 
trofeo que en otro tiempo erigieron los Beocios, al mando 
del general Esparten, por haber vencido en aquel mismo 
sitio á los Atenienses, y dado muerte á Tolmides. Al día 
siguiente, al amanecer, queriendo Agesilao probar si los 
Tebanos saldrían á batalla, dio orden de que se coronasen 
sus soldados, que los flautistas tocasen sus instrumentos, 
y que se levantara y adornara un trofeo, como que habían 
vencido; pero luego que los enemigos enviaron á pedir el 
permiso de recoger los muertos, lo concedió; y asegurada 
de esta manera la victoria, marchó á Delfos, porque iban á 
celebrarse los juegos Píticos. Concurrió, pues, á la fiesta 
hecha en honor del Dios, y le ofreció el diezmo délos 
• despojos traidos del Asia, que ascendió á cien talentos. 
Restituido de allí á casa, todavía se ganó más la afición y 
admiración de sus conciudadanos por su conducta y por 
su método de vida; porque no volvió nuevo de la tierra 
extranjera, como sucedía con los más de los generales, ni 
habia mudado sus costumbres por las ajenas, mirando con 
fastidio y desden las de la patria; sino que apreciando y 
honrando las cosas del país, tanto como los que nunca ha- 
bían pasado el Eurotas, no hizo novedad en el banquete, 
ni en el baño, ni en el tocador de su mujer, ni en el adorno 
de las armas, ni en el menaje de casa; y aun dejó intactas 
las puertas, tan antiguas y viejas que parecía ser las mis- 
mas que puso Aristodemo: diciendo Jenofonte que el ca- 
natro de au hija no tenía particularidad ninguna en que se 
diferenciase de los demás. Llaman canatros á unas figuras 
de madera de grifos y de hircocerbos, en las que llevan 
las niñas en las procesiones. Jenofonte no nos dejó es- 
crito el nombre de la hija de Agesilao, y Dicearco lleva 
muy á mal que no sepamos quién fué la hija de este rey» 
ni la madre de Epammondas; mas nosotros hallamos en las 
TOMO II r. 23 



354 PLUTABCO. — LkS VIDAS PARALELAS. 

memorias Lacónicas que la mujer de Agesilao so llamaba 
Cleora, y sus hijas Apolia y Proluta; y aun se muestra su 
lanza conservada hasta el dia de hoy en Esparta^ la que en 
nada se diferencia de las demás. 

Como observase que algunos de los ciudadanos tonian 
vanidad y se daban importancia con criar y adiestrar ca- 
ballos, persuadió á su hermana Cúnica á que sentada en 
carro contendiera en los juegos Olímpicos; queriendo con 
esto hacer patente á los Griegos que semejante victoria no 
se debia á virtud alguna, sino á sola la riqueza y profusión. 
Tenía en su compañía para servirse de su ilustración al 
sabio Jenofonte, y le dijo que trajera á sus hijos á que se 
•educaran en Lacedemonia, para que aprendieran la más 
importante de todas las ciencias, que es la de ser manda- 
dos y mandar. 

Después de la muerte de Lisandro halló que éste habia 
formado una grande liga contra él, en lo que habia traba- 
jado inmediatamente después de su vuelta del Asia; y tuvo 
el pensamiento de hacer ver cuál habia sido la conducta de 
este ciudadano mientras vivió; y como hubiese leido un 
discurso escrito en un cuaderno, del que fué autor Cleon 
de Halicarnaso, pero que habia de ser pronunciado ante el 
pueblo por Lisandro, tomándolo para este efecto do memo- 
ria, en el que se proponian novedades y mudanzas en el 
gobierno, estaba en ánimo de darle publicidad. Mas leyó 
el discurso uno de los senadores, y temiendo la habilidad 
y artificio con que estaba escrito, le aconsejó que no des- 
enterrara á Lisandro, sino que antes enterrara con él el 
tal discurso; y convencido, desistió de aquel propósito. 

A los que se le mostraban contrarios, nunca les hizo el 
menor daño abiertamente, sino que negociando el que se 
les enviara de generales ó de gobernadores, demostraba 
que los empleos se habían habido mal y con falta de inte- 
gridad, é intercediendo después en su favor y defendién- 
dolos^ si eran puestos en juicio, de este modo los hacía 



AGESÍLAO. 355 

SUS amigos, y los traía á su partido; de modo que llegó á 
no tener ningún rival. Porque el otro rey Agesipolis, sobre 
ser hijo de un desterrado, era en la edad todavía muy jo- 
ven y de un carácter apacible y blando, por lo que tomaba 
muy poca parte en los negocios públicos, y aun así pro- 
curó atraerlo y hacerlo más dócil: por cuanto los reyes 
comen juntos, asistiendo al mismo banquete mientras per- 
manecen en la ciudad. Sabiendo, pues, que Agesipolis es- 
taba como él sujeto á contraer fácilmente amores, le mo- 
vía siempre la conversación de algún joven amable, y le 
inclinaba hacia él, y le acompañaba y auxiliaba: pues tales 
amores entre los Lacedemonios no tenían nada de torpe, 
sino que antes promovían el pudor, el deseo de gloria y 
una emulación de virtud, como dijimos en la vida de Li- 
curgo. 

Como era tan grande su poder en la repáblica, negoció 
que á su hermano de madre Teleucias se le diera el mando 
de la armada; y habiendo dispuesto una expedición contra 
Corinto, él tomó por tierra la gran muralla, y Teleucias 
con las naves. Estaban entonces los Argivos apoderados 
de Corinto, y celebraban los juegos ístmicos; sorprendió- 
los, pues, y les hizo salir de la ciudad cuando acababan de 
hacer el sacrificio al Dios, dejando abandonadas todas las 
prevenciones. Entonces cuantos Corintios acudieron de los 
que se hallaban desterrados le rogaron que presidiese los 
juegos; pero á esto se resistió; y siendo ellos mismos los 
presidentes y distribuidores de los premios, se detuvo 
únicamente para darles seguridad. Mas después que se re- 
tiraron volvieron los Argivos á celebrar los juegos, y algu- 
nos vencieron segunda vez; pero otros hubo que habiendo 
antes vencido fueron vencidos después, sobre lo cual los 
notó Agesilao de excesiva cobardía y timidez, pues que 
teniendo la presidencia de estos juegos por tan excelente 
y gloriosa, no se atrevieron á combatir por ella. Por su 
parte creía que en estas cosas no debia ponerse más que 



356 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

mediano esmero; y eD Esparla fomentaba los coros y los 
combales con presenciarlos siempre, con manifeslar celo 
y cuidado acerca de ellos, y con no faltar á las reuniones 
de los jóvenes ni á las de las doncellas; pero en cuanto á 
objetos que excitaban la admiración de los damas, hacía 
como que ni siquiera sabía lo que eran. Así, en una ocasioo 
Calipides, célebre actor de tragedias, que tenía en toda la 
Grecia grande nombre y fama, y á quien todos guardaban 
consideración, primero se presentó á saludarlo; después se 
mezcló con sobrada confianza entre los demás compañeros 
de paseo, procurando que fijara en él la vista, creído de 
que le daria alguna muestra de aprecio; y últimamente le 
preguntó: f¿Cómo?¿no me conoces, oh rey?» y entonces vol- 
viéndose á mirarle dijo: c<¿No eres Calipides el digtielictaé 
remedador?» porque los Lacedemonios dan este nombre á 
los cómicos. Llamáronle una vez para que oyera á uno que 
imitaba el canto del ruiseñor; y se excusó diciendo que 
muchas veces había oido á los ruiseñores. Al médico Me- 
necrates, por haber acertado casualmente con algunas cu- 
ras desesperadas, dieron en llamarle Júpiter, y él mismo 
no sólo se daba neciamente este sobrenombre, sino que se 
atrevió á escribir á Agesilao de este modo: v^Menecraiet 
Júpiter al rey Agesilao^ salud y contentamiento ;y> y él le 
puso en la contestación: <íEI rey Agesilao á Menecrates, 
juicio.Tf> 

Habiéndose detenido en el país de Corinto, y tomado el 
templo de Juno, mientras estaba ocupado en ver cómo los 
soldados conducían y custodiaban los cautivos, le llegaron 
embajadores de lebas solicitando su amistad; pero como 
siempre hubiese estado mal con este pueblo, y aun enton- 
ces le pareciese que convenia ajarlo, hizo como quo no los 
veia ni entendía cuando se le presentaron. Mas sobrevínole 
un accidente desagradable que pudo parecer castigo: por- 
que antes de retirarse los Tebanos le llegaron mensajeros 
eon la nueva de que la armada había sido derrotada por 



AGESILAO. 357 

Ificrates: descalabro de que les quedó sensible memoria por 
largo tiempo, porque perdieron los varones más excelen- 
tes, siendo vencida la infantería de línea por unas tropas 
ligeras, y los Lacedemonios por unos mercenarios. Marchó, 
pues, sin dilación Agesilao en su socorro; mas cuando se 
convenció de que no habia remedio, regresó al templo de 
Juno, y dando orden de que se presentaran los Tebanos, 
se puso á darles audiencia; mas como ellos á su vez le hi- 
ciesen el insulto de no volver á hablar de paz, sino solo de 
que los dejara pasar á Corinto, encendido en cólera Agesi- 
lao, «si queréis, les dijo, ver lo orgullosos que están nues- 
tros amigos por sus ventajas, mañana podréis gozar de 
este espectáculo con toda seguridad;» y llevándolos al di a 
siguiente en su compañía, taló los términos de Corinto y 
llegó hasta las mismas puertas de la ciudad. Como sobre- 
cogidos de miedo los Corintios no se atreviesen á emplear 
medio ninguno de defensa, despidió ya los embajadores. 
Recogió antes los tristes restos de la brigada, y partió para 
Lacedenionia, tomando la marcha antes del dia, y haciendo 
alto cuando era ya do noche, para que aquellos Arcados, 
que los miraban con envidia y encono, no los insultasen. 
De allí á poco, en obsequio de los Aqueos, emprendió con 
ellos una expedición contra los de Acarnania; y habiendo* 
los vencido, les tomó un rico botín. Rogábanle los Aqueos 
que deteniéndose hasta el invierno estorbara á los enemi- 
gos hacer la simienza, y él les contestó que antes lo haría 
al revés, porque les sería más sensible la guerra habiendo 
de tener sembrados sus campos hasta el verano; lo que asi 
efectivamente sucedió, porque formada nueva expedición 
eontra ellos, se reconciliaron con los Aqueos. 

Después, como Conon y Farnabazo hubiesen quedado do- 
minando en el mar con la armada de Persia, y tuviesen si- 
tiadas, por decirlo así, las costas de la Laconia, al mismo 
tiempo que los Atenienses levantaban las murallas de su 
ciudad, dándoles Farnabazo los fondos para ello, parecióles 



358 PLUTARCO. — LAS V10A8 PARALELAb. 

á los Lacedemonios conveniente hacer la paz coa los Persas. 
Comisionaron, pues, á Antalcidas para que pasara á tratar 
con Tiribazo; y el resultado fué abandonar tan vergonzosa 
como injustamente á los Griegos habitantes del Asia, por 
quienes Agesilao habia hecho la guerra, dejándolos sujetos 
al Rey. De aquí es que de la vergüenza de este ignominioso 
acuerdo participó Agesilao, á causa de que Antalcidas es- 
taba enemistado con él, y así nada omitió para negociar la 
paz, en vista de que con la guerra crecía el poder de Age- 
silao, y cada día ganaba crédito y opinión. Con todo, á uno 
que con ocasión de esta paz se dejó decir que los Lacede- 
monios medizaban ó abrazaban los intereses de los Uredos, 
le respondió Agesilao que más bien los Medos laconizaban, 
y amenazando y denunciando la guerra á los que no que- 
rían admitir el tratado, los obligó á suscribir á lo que el 
Rey habia dictado: conduciéndose así principalmente en 
odio de los Tóbanos, para que fueran más débiles por el 
hecho mismo do quedar independiente toda la Beocia; lo 
que pareció más daro poco después. Porque cuando Febi* 
das cometió aquel atroz atentado de tomar, vigentes los 
tratados y en tiempo de paz, el alcázar Cadmeo, los Grie- 
gos todos se mostraron indignados, y los Esparciatas mis- 
mos lo llevaron á mal, especialmente los que no eran de la 
parcialidad de Agesilao, que llegaron á preguntar á Febi- 
das con enfado qué orden habia tenido para tal proceder, 
manifestando con bastante claridad sobre quién recaían sus 
sospechas; pero el mismo Agesilao no tuvo reparo en to- 
mar la defensa de Febidas, diciendo sin rodeo que no ha- 
bia más que examinar sino si la acción era en sí misma 
útil, porque todo lo que á Lacedemonia fuese provechoso 
debía hacerse espontáneamente, aunque nadie lo mandara. 
Y eso que de palabra siempre estaba dando la preferencia 
á la justicia sobre todas las virtudes; porque decía que la 
fortaleza nada servia sin la justicia; y que si todos los hom- 
bres fueran justos, demás estaría la fortaleza. A uno qu& 



AGESILAO. 359 

USÓ de la expresión: «Así lo dispone el gran Rey,» le repli- 
có: «¿Cómo será más grande que yo, si no es más justo?» 
Creyendo con razón que lo justo debe ser la medida real 
con que se regule la mayoría y excelencia del poder. La 
carta que hecha la paz le envió el Rey con objeto de hos- 
pitalidad y amistad, no quiso recibirla, diciendo que le bas- 
taba la amistad pública, sin haber menester para nada la 
particular, mientras aquella subsistiese. Mas en las obras 
no acreditó esta opinión; sino que arrebatado del deseo de 
gloria, y del de satisfacer sus resentimientos, especial- 
mente contra los Tebanos, no sólo sacó á salvo á Febidas, 
sino que persuadió á la ciudad que tomara sobre sí aquella 
injusticia, que conservara bajo su mando el alcázar, y que 
pusiera al frente de los negocios á Arquias y Leontidas, por s 
cuyo medio Febidas había entrado en el mencionado alcá- 
zar y se había apoderado de él. 

Vínose, pues, desde luego por estos antecedentes ea 
sospecha de que aquella injusticia, si bien había sido obra 
de Febidas, habia procedido de consejo de Agesilao; y los 
hechos posteriores confirmaron este juicio. Porque apenas 
con el auxilio de los Atenienses se arrojó del alcázar á la 
guarnición, y quedó la ciudad libre, hizo cargo á los Teba- 
nos de haber dado muerte á Arquias y Leontidas, que en 
la realidad eran unos tiranos, aunque tenían el nombre de 
polemarcas, y les declaró la guerra. Reinaba ya entonces 
Cleombrolo, por haber muerto Agesipolis, y fué aquél en- 
viado á esta guerra con las correspondientes fuerzas; por- 
que Agesilao hacía cuarenta años que habia salido de la 
pubertad, y como por ley tuviese ya la exención de la mi- 
licia, rehusó tomar á su cargo esta expedición; y es que se 
avergonzaba, habiendo hecho poco antes la guerra á los 
Fliasios en favor de los desterrados, de ir ahora á causar 
daños y molestias á los de Tebas por unos tiranos. Hallá- 
base en Tespias de gobernador un Esparciata llamado Es- 
fodrias, del partido contrario al de Agesilao, hombre que 



360 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

no carecía de valor ni de an)bicion, pero en quien podían 
más que la prudencia las alegres esperanzas. Ansioso, 
pues^ de adquirir nombradía, y persuadido de que Febídas 
se había hecho célebre y afamado por la empresa de Te- 
bas, se figuró que sería todavía hazaña más ilustre y glo- 
riosa si conseguía, sin inspiración de nadie, tomar el Pí- 
reo, y excluir del mar á los Atenienses, acometiéndolos 
por tierra cuando menos lo esperaban. Hay quien diga que 
este fué pensamiento de los beotarcas Pelópidas y Meloo; 
los que habían enviado personas que, mostrándose afício- 
nadas á Esparta, habían hinchado con alabanzas á Esfo- 
drias, haciéndole creer que él solo era capaz de semejante 
designio, y le habían incilado y acalorado á un hecho in- 
justo al igual de aquel, pero que no tuvo tan de su parte á 
ia osadía y lá fortuna. Porque le cogió y amaneció el día 
en el campo Triasio, cuando esperaba introducirse todavía 
de noche en el Píreo; y como los soldados hubiesen adver- 
tido cierta luz que salía de algunos de los templos de Eleo- 
sine, se dice haberse sobresaltado y Uenádose de miedo. 
Faltóle á él también la resolución cuando vio que no podía 
ocultarse: por lo que, sin haber hecho más que una ligera 
correría, tuvo que retirarse á Tespías oscura y vergonzo- 
samente. A consecuencia de este intento enviáronse acu- 
sadores contra él do Atenas; pero encontraron que los 
magistrados de Esparta no habían necesitado de esta dili- 
gencia, pues que sin ella le tenían ya intentada causa ca- 
pital; á la que desconfió presentarse temeroso de sus con- 
ciudadanos; los cuales, por huir de la afrentosa inculpa- 
ción de los Atenienses, se dieron por ofendidos é inju- 
riados, para librarse de la sospecha de que trataban de 
injuriar. 

Tenía Esfodrias un hijo llamado Cleonumo, joven de be- 
lla persona, á quien amaba Arquidamo, hijo del rey Agesi- 
lao; y entonces le tenía compasión viéndole angustiado por 
el peligro de su padre; pero no se creí9 en disposición de 



agesilao. 361 

favorecerle y auxiliarle abiertamente, porque Esfodrias era 
de la parcialidad contraria á Agesilao. Buscándole, pues, 
Cleonumo, y rogándole con lágrimas le alcanzara el favor 
de Agesilao, porque á él era á quien más temian; por tres 
<S cuatro dias no hacía Arquidamo más que seguir al padre 
sin hablarle palabra, detenido por el pudor y el miedo; 
pero, por último, acercándose la vista de la causa, se re- 
solvió á decir á Agesilao que Cleonumo le habia interesado 
por su padre. Aunque Agesilao habia echado de ver que 
Arquidamo era amador de Cleonumo, no pensó en retraer- 
le, porque desde luego comenzó éste á tener más opinión 
que ninguno otro entre los jóvenes, dando muestras de que 
sería hombre de probidad; pero tampoco por entonces res- 
pondió al hijo de manera que pudiera tener esperanza de 
éxito favorable y fausto; sino que diciéndole que miraría 
lo que pudiera ser útil y conveniente, le despidió. Aver- 
gonzado con esto Arquidamo, se abstuvo de buscar la com- 
pañía de Cleonumo, sin embargo de que antes solía solici- 
tarla diferentes veces al dia; y también se desanimaron los 
demás que trabajaban por Esfodrias: hasta que Etumocles, 
amigo de Agesilao, les reveló en una conferencia cuál era 
el modo de pensar de éste; pues el hecho lo vituperaba 
como el que más, pero al mismo tiempo reputaba á Esfo- 
drias por buen ciudadano, y se hacía cargo de que la repú- 
blica necesitaba soldados como él; y es que esta conver- 
sación la hacía con unos y con otros antes del juicio, que- 
riendo condescender con los ruegos del hijo: tanto, que 
Cleonumo conoció que Arquidamo le habia servido, y los 
amigos de Esfodrias cobraron ánimo para sostenerle. Por- 
que era Agesilao amante con exceso de sus hijos; y acerca 
de sus juegos con ellos se dice que solía, cuando eran pe- 
queños, correr por la casa montado como en caballo en 
una caña; y que habiéndole sorprendido uno de sus ami- 
gos, le rogó que no lo dijese á nadie hasta que hubiera 
tenido hijos. 



36!2 PLUTARCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

Fué efectivamente absuelto Esfodrias; y como los Ate- 
nienses, luego que lo supieron, les moviesen guerra, cla- 
maban todos contra Ágesilao, por parecerles que cediendo 
á un deseo inconsiderado y pueril había estorbado un jui- 
cio justo, y que habia hecho á la república objeto y blanco 
de quejas con semejantes atentados cometidos contra los 
Griegos. En este estado notó que Cleombroto no se mos- 
traba pronto á hacer la guerra á los TeLanos; y dejando 
entonces á un lado la ley de que se habia valido antes 
para no ir á lu otra expedición, invadió en persona laBeo- 
cia, haciendo á los Tábanos cuanto daño pudo, y recibiéo- 
dolo á su vez; de manera que retirándose en una de estas 
ocasiones herido, le dijo Antalcidas: «Bien te pagan los 
Tebanos su aprendizaje, habiéndoles tú enseñado á pelear, 
cuando ellos ni sabian ni querían.» Y en realidad se dice 
que en estos encuentros los Tebanos se mostraron sobre- 
manera diestros y esforzados, como ejercitados con las 
continuas guerras que contra ellos movieron los Lacede- 
monios. Por lo mismo previno el antiguo Licurgo en sus 
tres series de leyes, llamadas Retras, que no se hiciera la 
guerra muchas veces á unos mismos enemigos, para que 
no la aprendiesen. Estaban también mal con Ágesilao los 
aliados, porque intentaba la ruina de los Tebanos, no á 
causa de alguna ofensa común contra los Griegos, sino por 
encono y enemiga particular que contra aquéllos tenía. 
Decian, pues, que los gastaba y maltraía sin objeto de su 
parte, haciendo que los más concurrieran allí todos los 
años, para estar á las órdenes de los que eran monos; so- 
bre lo que se dice haber recurrido Ágesilao á este artifi- 
ciOy á fín de hacerles ver que no eran tantos hombres de 
armas como creian. Mandó que todos los aliados juntos se 
sentaran de una parte, y los Lacedemonios solos de otra: 
dispuso después que á la voz del heraldo se levantaran 
primero los alfareros; puestos éstos en pié, llamó en se- 
gundo lugar á los latoneros; después á los carpinteros; 



AGESILAO. 363 

luego á los albañíles; y así á los de los otros oficios. Le- 
vantároDse, pues, casi todos los aliados, y de los Lacedemo- 
nios ninguno, porque les estaba prohibido ejercer y apren- 
der ninguna de las artes mecánicas; y por este medio , 
echándose á reír Agesilao: «¿veis, les dijo, con cuántos más 
soldados contribuimos nosotros?» 

£n Megara cuando volvía con el ejército de Tebas, al 
subir al alcázar y palacio del Gobierno le acometió una 
fuerte convulsión y dolores vehementes en la pierna sana, 
que apareció muy hinchada, y como llena de sangre con 
una terrible inflamación. Un cirujano natural de Siracusa 
le abrió la vopa que está más abajo del tobillo, con lo que 
se le mitigaron los dolores; pero saliendo en gran copia la 
sangre, sin poder restañarla, le sobrevinieron desmayos, 
y se puso muy de peligro, mas al cabo se contuvo la san- 
gre, y llevado á Lacedemonía, quedó por largo tiempo muy 
débil é imposibilitado de mandar el ejército. Sufrieron en 
este tiempo frecuentes descalabros los Esparciatas por 
tierra y por mar; de los cuales fué el mayor el de Leuctras, 
donde por la primera vez fueron vencidos y derrotados de 
poder á poder por los Tebanos. Aun antes de esta derrota 
habia parecido á todos conveniente hacer una paz gene> 
ral; y concurriendo de toda la Grecia embajadores á Lace- 
demonía para ajustar los tratados, fué uno de éstos Epami- 
nondas, varón insigne por su educación y su sabiduría, 
pero que no habia dado todavía pruebas de su pericia 
militar. Como viese, pues, que todos los demás deferían 
á Agesilao, él solo manifestó con libertad su dictamen, ha- 
ciendo una proposición útil, no á los Tebanos, sino á la 
Grecia: pues les manifestó que con la guerra crecía el po- 
der de Esparta, cuando todos los demás no sentían más que 
perjuicios; y los inclinó á que fundaran la paz sobre la 
igualdad y la justicia: porque sólo podría ser duradera que- 
dando todos iguales. 

Observando Agesilao que todos los Griegos le habían 



364 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

oido con gusto y se adherian á él, le preguntó si creía justo 
y equilalivo que la Beocia quedase independiente, y repre^ 
gURlándole Epaminondas con gran prontitud y resolucio», 
si tenía él por justo quedara independiente la Laconia, le- 
vantándose Agesilao con'enfado, le propuso que dijera te^ 
minantemente si dejarían independiente la Beocia. Voiviá 
otra vez Epaminondas á replicarle, si dejarían indepen- 
diente á la Laconia; con lo que se irritó Agesilao, de ím* 
ñera que aprovechando la ocasión borró de los tratados 
el nombre de los Tebanos, y les declaró la guerra: di- 
ciendo á los denras Griegos, que avenidos ya entre si, po- 
dían retirarse, en el concepto de que por lo que pudiera 
aguantarse regirla la paz, y lo que pareciese insufrible se 
quedaría á la decisión de la guerra; pues que era suma- 
mente dificultoso aclarar y concertar todas las desaveneo' 
cías. Hallábase casualmente por aquel tiempo Cleombroto 
con su ejército en la Focide, y los Eforos le enviaron al 
punto orden de que marchase con sus tropas contra los 
Tebanos. Convocaron también á los aliados; y aunque eofi 
disgusto, por hacérseles muy molesta la guerra, acudieron 
sin embargo en gran número, porque todavía no se atre- 
vían á contradecir ó disgustar á los Lacedemonios. ñnbo 
muchas señales infaustas, como dijimos en la vida de Epa- 
minondas; y aunque Proteo el Esparciata se opuso á la ex- 
pedición, no cedió Agesilao, sino que llevó adelante la 
guerra, con la esperanza de que habiendo quedado fuera 
de los tratados los Tebanos, al mismo tiempo que toda la 
Grecia gozaba de la independencia, había de ser aquella la 
oportunidad de vengarse de ellos; pero la oportunidad 1^ 
que declaró fué queen decretar aquella expedición tuvo más 
parte la ira que la reflexión y el juicio: porque en el día 
14 del mes Gsquiroforion se hicieron los tratados en Lace- 
demonia y en el S del mes Hecatombeon fueron venci- 
dos en Leuctras: no habiendo pasado más que veinte días. 
Murieron mil de los Lacedemonios, y el rey Cleombroto, 



AGBSILAO. 365^ 

y alrededor de él los más alentados de los Esparciatas. 
Dfcese que entre éstos murió también Cleonumo, aquel 
joven gracioso hijo de Esfodrias; y que habiendo caido 
en tierra tres veces delante del Rey, otras tantas se volvió 
á levantar para combatir con los Tóbanos. 

Habiendo experimentado entonces los Lacedemonios una 
derrota inesperada, y los Tebanos una dicha y acrecenta- 
miento de gloria cuales nunca hablan experimentado an- 
tes los Griegos peleando unos contra otros, no es ménoa 
de admirar y aplaudir por su virtud la ciudad vencida que 
la vencedora. Y si dice Jenofonte, que de los hombres 
excelentes aun las conversaciones y palabras de que usan 
en medio del solaz y los banquetes ttenen algo digno de 
recuerdo, en lo que ciertamente tiene razón; aun es máa 
digno de saberse y quedar en memoria lo que los hombres 
formados á la virtud hacen y dicen con decoro cuando les 
es contraria la fortuna. Porque hacía la casualidad de que Es- 
parta solemnizase una de sus festividades, y fuese grande 
en ella el concurso de forasteros con motivo de celebrarse 
combates gimnásticos, cuando llegaron de Leuctras los que 
traían la nueva de aquel infortunio; y los Eforos, aunque 
desde luego entendieron haber sido terrible el golpe, y 
que habían perdido el imperio y superioridad, ni permitie- 
ron que el coro se retirase, ni que se alterase en nada la 
forma de la fíesta; sino que enviando por las casas á los 
interesados los nombres de los muertos, ellos continuaron 
en el espectáculo, atendiendo al combate de los coros. Al 
día siguiente al amanecer, sabiéndose ya á'i público quié- 
nes se habían salvado y quiénes habían muerto, los padres, 
tutores y deudos de los que habian fallecido bajaron á la 
plaza^ y unos á otros se daban la mano con semblante ale- 
gre, mostrándose contentos y risueños; mas los de aque- 
llos que habian quedado salvos, como en un duelo se man- 
tenían en casa con las mujeres; y si alguno tenía que salir 
por necesidad, en el gesto, en la voz y en las miradas se 






366 PLÜTARCO.^LAS VIDAS FAKALBLAS. 

mostraba bamíllado y abatido. Todavía se ecbaba esto más 
de ver en las mujeres, observando á la madre que esperaba 
á su bíjo salvo de la batalla, triste y tacitama; y á las de 
aquellos que se decía baber perecido, acudir al panto á los 
templos, y buscarse y bablarse unas á otras con alegría y 
satisfacción. Sin embargo de todo esto, á machos, luego 
que se vieron abandonados de los aliados, y tuvieron 
por cierto que Epaminondas, vencedor y lleno de orgollo 
con el triunfo, trataría de invadir el Petoponeso, les vinie- 
ron á la imaginación los oráculos y la cojera de Agesilao, 
propendiendo al desaliento y á la superstición, por creer 
que aquellas desgracias le babian venido á la ciudad á 
causa de babor desechado del reino al de pies fírmes y ba- 
ber preferido á un cojo y lisiado; de lo que el oráculo les 
babia avisado se guardasen sobre lodo. Mas aun en medio 
de esto, atendiendo al poder que habia adquirido, á su 
virtud y á su gloria, todavía acudian á él, no sólo como i 
rey y general para la guerra, sino como á director y á 
médico en los demás apuros políticos, y en el que enton- 
ces se hallaban; porque no se atrevían á usar de las afren- 
tas autorizadas por ley contra los que habían sido cobar- 
des en la batalla, á los que llaman medrosos^ temiendo por 
ser muchos y de gran poder que pudieran causar un tras- 
torno: pues á los asi notados, no sólo se les excluye de 
toda magistratura, sino que no hay quien no tenga á me- 
nos el darles ó el tomar de ellos mujer. El que quiere 
los hiere y golpea cuando los encuentra, y ellos tienen 
que aguantarlo, presentándose abatidos y cabizbajos. Lle- 
van túnicas rotas y teñidas de cierto color; y afeitándose 
el bigote de un lado, se dejan crecer el otro. Era por lo 
mismo cosa terrible desechar á tantos cuando justamente 
la ciudad necesitaba de no pocos soldados. Nombran, pues, 
legislador á Agesilao, el cual se presenta á la muchedum- 
bre, de los Lacedemonios; y sin añadir, quitar, ni mudar 
nada, con sólo decir que por aquel día ei'a preciso dejar 



AGESILAO. . 367 

dormir las leyes, sin peijuicio de que en adelante volvie- 
ran á mandar, conservó á un tiempo á la ciudad sus leyes, 
y á aquellos ciudadanos la estimación. Queriendo en se- 
guida borrar de los ánimos aquel temor y amiíanamiento, 
invadió la Arcadia, pero tuvo buen cuidado de no presentar 
batalla á los enemigos; sino que limitándose á tomar un 
pueblezuelo que perlenecia á los de Mantinea, y hacer cor- 
rerías por sus términos, con esto sólo alentó ya con espe- 
ranzas á la ciudad, y le volvió la alegría, no dándose por 
perdida del todo. 

Presentóse á poco Epaminondas en la Lacedemonia con 
los aliados, no trayendo menos de cuarenta mil hombres 
de inrantería de línea, seguidos además de tropas ligeras y 
de otros muchos desarmados para el pillaje: de manera 
que al todo serian unos setenta mil los que invadieron el 
país. Habríanse pasado á lo menos seiscientos años desde 
que los Dorios vinieron á poblar la Laconia, y después de 
tanto tiempo entonces por la primera vez se vieron ene- 
migos en aquella región, pues antes nadie se había atre- 
vido; mas ahora éstos entraron incendiando y talando un 
terreno nunca antes violado ni tocado hasta el rio, y hasta 
la ciudad misma, sin que nadie los contuviese. Porque, se- 
gún dice Teopompo, no permitió Agesilao que los Lacede- 
monios pugnaran contra semejante torrente y tormenta de 
guerra; sino que esparciendo la infantería dentro de la ciu- 
dad por los principales puestos, aguantaba las amenazas y 
provocaciones de los Tebanos, que lo desafiaban por su 
nombre, y le llamaban á pelear en defensa de su patria, ya 
que era la causa de todos los males, por haber dado calor 
á la guerra. No menos que estos insultos atormentaban á 
Agesilao las sediciones y alborotos de los ancianos, que le 
daban en cara con tan tristes acontecimientos; y de las 
mujeres, que no podian estarse quietas, sino que salían 
fuera de sí con el fuego y algazara de los enemigos. Afli- 
gíale además el punto de la honra, porque habiéndose en- 



36H PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

cargado de la república floreciente y poderosa, veía con- 
culcada su dignidad y ajada su vanagloria, de la que él 
mismo habia hecho gala muchas veces, diciendo que nin- 
guna Lacona habia visto jamás el humo enennigo. Cuén- 
tase asimismo de Antalcídas, que contendiendo con él un 
Ateniense sobre el valor, y dicíéndole: «nosotros os hemos 
perseguido muchas veces desde el Cefiso,» le contestó: 
«pues nosotros nunca hemos tenido que perseguiros desde 
el Eurotas.» Foreste mismo término respondió á un Argivo 
uno de los más oscuros Esparciatas; pues díciéndole aquél: 
«muchos de vosotros reposan en la Argolide,» le replicó: 
«para eso ninguno de vosotros en la Laconia.» 

Refíeren algunos haber Antalciáas, que era á la sazón 
Eforo, enviado sus hijos á Citera, temeroso de aquel peli- 
gro; en el cual Agesilao, viendo que los enemigos intenta- 
ban pasar el rio y penetrar en la población, abandonando 
todo lo demás, formó -delante del centro de la ciudad y al 
pié de las alturas. Iba entonces el Eurotas muy caudaloso 
y fuera de madre por haber nevado; y el pasarlo les era á 
los Tebanos más difícil todavía por la frialdad do las aguas 
que por la rapidez de su corriente. Marchando Epaminon- 
das al frente de sus tropas, se le mostraron algunos á Age- 
silao; y éste, mirándole largo rato, poniendo una y otra 
vez los ojos en él, ninguna otra cosa dijo, según se cuenta, 
sino lo siguiente: «¡Qué hombre tan resuelto!» Aspiraba 
Epaminondas á la gloria de trabar batalla üeiitro de la 
ciudad y erigir un trofeo; pero no habiendo podido atraer 
y provocar á Agesilao, levantó el campo y taló el país de 
nuevo. En Esparta algunos ya de antemano sospechosos y 
de dañada intención, como unos doscientos en número, se 
sublevaron y tomaron el Hisorio, donde está el templo de 
Diana, lugar bien defendido y muy difícil de ser forzado; 
y como los Lacedemonios quisieran ir desde luego á des- 
alojarlos, temeroso Agesilao de que sobreviniesen otras 
turbaciones, mandó que todos guardasen sus puestos, y él 



AGKSILAO. 369 

envuelto en su manto con sólo un criado se adelantó hacia 
ellos, gritándoles que habian entendido mal su orden; 
pues no les habia dicho que fueran á aquel puesto, ni todos 
juntos, sino allí (señalando distinto sitio), y otros á otras 
partes de la ciudad. Ellos, cuando lo oyeron, se alegraron, 
creyendo que nada se sabía, y separándose, marcharon á 
los lugares que les designó. Agesilao al punto mandó otros 
que ocuparan el Hisorio, y respecto de los sublevados, ha- 
biendo podido haber á las manos unos quince de ellos, por 
la noche les quitó la vida. Denunciáronle otra conjuración 
todavía mayor de Esparciatas que se reunían y congrega- 
ban secretamente en una casa con designio de trastornar 
el orden; y teniendo por muy expuesto, tanto el juzgarlos 
en medio de aquellas alteraciones, como el dejarlos con- 
tinuar en sus asechanzas, también á éstos les quitó la vida 
sin formación de causa, con sólo el dictamen de los Eforos, 
no habiéndose antes de entonces dado muerte á ningún 
Esparciata sin que precediese un juicio. Ocurrió también 
que muchos de los ascripticios é hilotes, que estaban sobre 
las armas, se pasaban desde la ciudad á los enemigos; y 
como esto fuese también muy propio para causar des- 
aliento, instruyó á sus criados para que por las mañanas 
antes del alba fuesen á los puestos donde dormían, y reco- 
giendo las armas de los desertores, las enterrasen, á fín 
de que se ignorara su número. Dicen algunos que los Tó- 
banos se retiraron de la Laconia á la entrada del invierno, 
por haber empezado los Arcados á desertar y á escabu- 
llirse poco á poco; pero otros dicen que permanecieron 
tres meses enteros, y que asolaron y arrasaron casi todo 
el país.Teopompo es de otra opinión, diciendo, que re- 
suelta ya por los Beotarcas la partida, pasó á su campo un 
esparciata llamado Frixo, llevándoles de parte de Agesilao 
diez talentos por premio de la retirada: de manera que con 
hacer lo mismo que tenían determinado, aun recibieron un 
viático de la mano de los enemigos. 

TOMO III ^4 



370 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

No alcanzo cómo pudo ser que esta circunstancia se 
ocultase á los demás, y que sólo llegase á noticia de Teo- 
pompo. En lo que todos convienen es en que á Agesilao se 
debió el que entonces se salvase Esparta, por haber proce- 
dido con gran miramiento y seguridad en los negocios, no 
abandonándose á la ambición y terquedad, que eran sus 
pasiones ingénitas. Con todo, no pudo hacer que la repú- 
blica convaleciera de su caida, recobrando su poder y su 
gloria; sino que á la manera de un cuerpo robusto que ha- 
biera usado constantemente de un régimen de sobra deli- 
cado y metódico, un sólo descuido y una pequeña falta 
bastó para corromper el próspero estado de aquella ciu- 
dad, y no sin justa causa: por cuanto con un gobierno 
perfectamente organizado para la paz, para la virtud y la 
concordia, quisieron combinar mandos é imperios violen- 
tos, de los que no creyó Licurgo podia necesitar la repú- 
blica, para vivir en perpetua felicidad; y esto fué lo qae 
causó su daño. 

Desconfiaba ya entonces Agesilao do poderse poner al 
frente de los ejércitos á causa de su vejez; y su hijo Ar- 
quidamo con el socorro que de Sicilia le envió voluntaria, 
mente el tirano, venció á los Arcades en aquella batalla, 
que se llamó la sin lágrimas; porque no murió ninguno de 
los suyos, habiendo perecido muchos de los enemigos. 
Hasta entonces hablan tenido por cosa tan usual y tan pro- 
pia suya vencer á los enemigos, que ni sacrificaban á los 
Dioses por la victoria, sino solamente un gallo de vuelta á 
la ciudad, ni se mostraban ufanos los que se habian ha- 
llado en la batalla, ni daban señales de especial alegría los 
que oian la noticia; y después de la célebre batalla de Man- 
tinea, escrita por Tucídides, al primero que trajo la nueva, 
el agasajo que le hicieron las autoridades fué mandarle 
del banquete común una pitanza de carne, y nada más; 
pero en esta ocasión, cuando después de anunciada la vic- 
toria volvió Arquidamo, no hubo quien pudiera contenerse; 



AGESILAO. 371 

6íno que el padre corrió á él el primero llorando de gozo, 
siguiéndole los demás magistrados; y la muchedumbre de 
los ancianos y mujeres bajó hasta el rio, tendiendo las ma* 
nos, y dando gracias á los dioses porque Esparta había 
borrado su afrenta, y volvia á lucirle un claro dia; pues 
hasta este momento se dice que los bombines no habían 
alzado la cabeza para mirar á las mujeres, avergonzados 
de sus pasadas derrotas. 

Reedificada Mesena por Epaminondas, acudian de todas 
partes á poblarlas sus antiguos ciudadanos, y no se atre- 
vieron á disputarlo con las armas, ni pudieron impedirlo; 
mas indignábanse con Agesilao, porque poseyendo una 
provmcia no menos poblada que la Laconia, ni Je menor 
importancia, después de haberla disfrutado largo tiempo 
la perdían en su reinado. Por lo mismo no admitió la paz 
propuesta por los Tóbanos, no queriendo en las palabras 
reconocer como dueños de aquel país á los que en la rea- 
lidad lo eran; con lo que no sólo no lo recobró, sino que 
estuvo en muy poco que perdiese á Esparta, burlado con 
un ardid de guerra. Porque separados otra vez los de 
de Mantinea de los Tóbanos llamaron en su auxilio á los 
Lacedemonios; y habiendo entendido Epaminondas que 
Agesilao marchaba allá, y estaba ya en camino, partió por 
la noche de Tegea sin que los Mantineenses lo rastreasen, 
encaminándose con su ejército á Lacedemonia; y faltó muy 
poco para que tomase por sorpresa la ciudad, que se ha- 
llaba desierta, trayendo otro camino que el de Agesilao; 
pero avisado éste por Eutimo de Tespias, según dice Ca- 
listenes, ó por un Cretense según Jenofonte, envió inme- 
diatamente un soldado de á caballo que lo participara á los 
que hablan quedado en la ciudad, y él mismo volvió rápi- 
damente á Esparta. Llegaron á poco los Tóbanos, y pasando 
el Eurotas, acometieron á la ciudad, la que defendió Age- 
silao con un valor extraordinario fuei*a de su edad: porque 
no le pareció que aquel era tiempo de seguridad y precau- 



372 PLUTARCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

ciones como el pasado, sino más bien de intrepidez y osa- 
día, en las que antes no había confiado, pero á ias que 
únicamente debió ahora el haber alejado el peligro, sa- 
cándole á Epamínondas la ciudad de entre las manos, eri- 
giendo un trofeo, y haciendo ver á los jóvenes y á las mu- 
jeres unos Lacedemonios que pagaban á la patria los 
cuidados y desvelos de su educación. Entre los primeros 
á un Arquidamo, que combatía con el mayor ardimiento, y 
que pronto, por el valor de su ánimo y por la agilidad de 
su cuerpo, volaba por las calles á los puntos donde se ha- 
llaba más empeñada la pelea, oponiendo por todas partes 
con unos pocos la mayor resistencia á los enemigos; y á 
un Isadas, hijo de Febidas, que no sólo para los ciuda- 
danos, sino aun para los enemigos fué un espectáculo 
agradable y digno de admiración; porque era de bella 
persona y de gran estatura, y en cuanto á edad se halla- 
ba en aquella en que florecen más los mocitos, que es 
cuando hacen tránsito á contarse entre los hombres. Este, 
pues, desnudo de toda arma defensiva y de toda ropa, un- 
gido con abundante aceite, salió de su casa, llevando en 
la una mano la lanza y en la otra la espada, y abriéndose 
paso por entre los que combatían, se metió en medio de 
los enemigos, hiriendo y derribando á cuantos encontra- 
ba, sin que de nadie hubiese sido ofendido; ó porque algún 
Dios le protegiese, ó porqu^e hubiese parecido más que 
hombre á los enemigos. Por esta hazaña se dice que los 
Eforos primero le coronaron, y luego le impusieron una 
multa de mil dracmas, en castigo de haberse atrevido á 
salir á batalla sin las armas defensivas. 

Al cabo de pocos días tuvieron otra batalla junto á Man- 
(inea; y cuando Epaminondas llevaba ya de vencida á los 
primeros, y aun acosaba y seguia el alcance, el espartano 
Anticrates pudo acercársele, y le hirió de un bote de lanza, 
según lo refiere Dioscorides: aunque los Lacedemonios lla- 
man todavía Macarenos en el dia de hoy á bs descendien- 



AGKSILAO. 373 

tes de Anticrates, dando á entender que lo hirió con la es- 
pada, á lo que los Griegos dicen maeaira. Porque fué tanto 
lo que le admiraron y aplaudieron por el miedo de Epami- 
nondas si viviera, que le decretaron grandes honores y 
presentes, y á su descendencia le concedieron exención de 
tributos, la que aun disfruta en nuestros dias Calicrates 
uno de sus descendientes. Después de esta batalla, y de la 
muerte de Epaminondas hicieron paz entre sí todos los 
Griegos; pero Agesilao excluyó del tratado á los Mésenlos, 
porque no tenían ciudad. Admitiéronlos los demás, y les 
tomaron el juramento; y entonces se apartaron los Lace- 
demonios, quedando ellos solos en guerra, por la espe- 
ranza de recobrar á Mesena. Pareció, pues^ Agesilao á to- 
dos con este motivo hombre violento, terco y viciado en 
la guerrcí; pues socavaba y destruía por todos los medios 
posibles la paz general, no obstante verse reducido, por 
falta de caudales, á molestar á los amigos que tenía en la 
ciudad, á tomar dinero á logro, y á exigir contribuciones; 
cuando debiera hacer cesar los males de la república, pues 
que la ocasión le brindaba, y no perder un poder y autori- 
dad que habia venido á ser tan grande, y las ciudades ami- 
gas, la tierra y el mar, por sólo el empeño de querer re- 
cobrar á viva fuerza las posesiones y tributos de Mesena. 
Desacreditóse todavía mucho más poniéndose á servir 
al egipcio Taco; pues no creían digno de un varón que era 
tenido por el primero de la Grecia, y que habia llenado el 
mundo de su fama, entregar su persona á un bárbaro re- 
belde á su rey, y vender por dinero su nombre y su glo- 
ria, pasando plaxa de mercenario y de caudillo de gente 
colecticia. Pues si siendo ya de más de ochenta años, y 
teniendo el cuerpo acribillado de heridas, hubiera vuelto á 
tomar aquel decoroso mando por la libertad de los Grie- 
gos, aun no habria sido del todo irreprensible su ambición 
y el olvido de sus años; porque aun para lo honesto y 
bueno deben ser propios el tiempo y la edad; y en general 



i 



374 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

lo honesto en la justa medianía se diferencia de lo torpe; 
pero de nada de esto hizo cuenta Agesüao, ni creyó que 
babia cargo ninguno público que debiera desdeñarse al 
par de vivir en la ciudad y esperar la muerte estando 
mano sobre mano. 

Recogiendo, pues, gente estipendiarla con fondos que 
Taco puso á su disposición, y embarcándola en trasportes, 
dio la vela, llevando consigo, como en años pasados, 
treinta Esparciatas en calidad de consejeros. Luego que 
aportó al Egipto, se apresuraron á ir á la nave los primeros 
generales y oficiales del Rey para ofrecérsele: siendo ade- 
más grande la curiosidad y expectación de todos los Egip- 
cios por la nombradla y fama de Agesilao: así es que todos 
eorrieron á verle. Mas luego que no advirtieron ninguna 
riqueza ni aparato, sino un hombre anciano, tendido sobre 
la hierba en la orilla del mar, pequeño de cuerpo, y sin 
ninguna distinción en su persona, envuelto en una mala y 
despreciable capa, dióles gana de reir y de burlarse, repi- 
tiendo lo que dice la fábula: uel monte estaba de parto, y 
parió un ratón;» pero todavía se maravillaron mucho más^ 
de lo extraño de su porte, cuando habiéndole traido y pre- 
sentado diferentes regalos, recibió la harina, las terneras 
y gansos, apartando de si los pasteles, los postres y lo»^ 
ungüentos. Hiciéronle ruegos é instancias para que los re- 
cibiese, y entonces dijo á los que los traían que los entre- 
garan á los hilotes. Lo que di oe Teofrasto haber sido muy 
de stt gusto fué el papel de que hacian coronas, por lo 
ligero de estas; y que por tanto lo pidió y alcanzó del Rey 
al disponer su regreso. 

Reunido con Taco, que se hallaba disponiendo los prepa» 
rativos de guerra, no fué nombrado general de todas las^ 
tropas como lo habia esperado, sino sólo de los estipendia- 
rios; y de la armada naval Cabrias Ateniense, siendo gene- 
ralísimo de todas las fuerzas el mismo Taco. Esto fué ya la 
primero que mortificó á Agesilao, á quien incomodó ademáa 



AGESILAO. 375 

ei orgullo y vanidad de aquel Egipcio; mas fuéle preciso 
sufrirlo, y con él se embarcó contra los Fenicios, teniendo 
que obedecerle y aguantarle, muy contra lo que pedían su 
dignidad y su carácter, hasta que se le presentó ocasión. 
Porque Nectanebo, que era sobrino de Taco, y que á sus 
órdenes mandaba parte de las tropas, se le rebeló, y decla- 
rado rey por los Egipcios, envió á rogar á Agesilao que 
tuviera á bien auxiliarle; é igual súplica hizo á Cabrias, pro- 
metiendo á ambos magníficos presentes. Entendiólo Taco, 
y como les hiciese también ruegos, Cabrias tentó el con- 
servar á Agesilao en la amistad de Taco, persuadiéndole y 
dándole satisfacciones; pero Agesilao le respondió de esta 
manera: «A tí, oh Cabrias, que has venido aquí por tu vo- 
luntad, te es dado obrar según tu propio dictamen; mas yo 
he sido enviado como general á los Egipcios por la patria, 
y no puedo por mi hacer la guerra á aquellos mismos en 
cuyo auxilio he venido, si de la misma patria no recibo 
otra orden.» Dicho esto, envió á Esparta mensajeros que 
acusasen á Taco, é hiciesen el elogio de Nectanebo. Tam- 
bién los enviaron éstos para negociar con los Lacedemo- 
nios, el uno como aliado y amigo de antemano , y el otro 
como que les sería más agradecido y más dispuesto á ser- 
virlos. Los Lacedemonios y oidas las embajadas, á los 
Egipcios les respondieron en público que lo dejaban todo 
al cuidado de Agesilao; pero á éste le contestaron que 
viera de hacer lo que más útil hubiera de ser á Esparta. 
Con esta orden tomó consigo á sus estipendiarios, y se pasó 
á Nectanebo , valiéndose del pretexto de la utilidad de la 
patria para cubrir una acción fea y reparable: pues qui- 
tando este velo, el nombre que justamente le convenia era 
el de traición. Los Lacedemonios, dando á lo que es útil á 
la patria el primer lugar en lo honesto, ni saben ni acier- 
tan tener por justo sino lo que es en aumento de Esparta. 

Abandonado Taco de los estipendiarios, huyó; pero de 
Mendeto salió contra Nectanebo otro que fué declarado 



'.no PLUTAHCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

rey; y allegando cien mil bombres, se presentó en la pales- 
tra. Mostrábase confiado Nectanebo, diciendo qae aunciae 
apareció grande el número de los enemigos eran gente co- 
lectiva y menestral, despreciable por su indisciplina; pero 
Agesilao le respondió que no era el número lo qae temía, 
sino aquella misma indisciplina é impericia que hacía moy 
difícil el poderlos engañar. Porque los engaños obran por 
medio de una cosa extraordinaria en el ánimo de los qae 
se preparan á defenderse con conocimiento y esperanza de 
lo que ba de suceder; pero el que ni espera ni medita nada, 
no da asidero á que se le baga ilusión , así como en la lo- 
cba no presenta flanco por donde entrarle el que no se 
mueve ; y á este tiempo envió también el Mendesio quieo 
explorara á Agesilao. Temió, pues, Nectanebo, y previ- 
niéndole Agesilao que diera cuanto ánles la batalla , y oo 
creyera que podia pelear con el tiempo contra hombres ia- 
ejercitados en la guerra, que con el gran número podriaa 
envolverle , tenerle cercado , y anticipársele en mochas 
cosas, concibió mayor sospecha y miedo contra él, y se re- 
tiró á una ciudad vtntajosamente situada y rodeada de mu- 
rallas en una gran circunferencia. Sintió vivamente Agesi- 
lao y llevó muy á mal que se desconfiara de él ; pero 
causándole vergüenza el haberse de pasar segunda vez á 
otro, y retirarse al fin sin hacer nada, siguió y se encerró 
también dentro de aquel recinto. 

Acercándose los enemigos, y formando trincheras para 
poner el sitio, concibió otra vez miedo el Egipcio, y quería 
salir á darles batalla, en lo que estaban muy de acuerdo 
cpn él los Griegos, porque en aquel terreno se carecía de 
víveres; pero como Agesilao no viniese en ello, y antes 
mostrase resistencia, era todavía más insultado y denos- 
tado de los Egipcios, que le llamaban traidor al Rey. Sufria 
con gran paciencia estas calumnias, teniendo puesta su 
atención en el momento en que podría usar de su inteli- 
gencia en el arte de la guerra, lo que era de este modo. 



AGKSIL40. 377 

HabfaDse propuesto los enemigos hacer un foso profundo 
alrededor de las murallas, para dejarlos enteramente en- 
cerrados. Pues cuando ya los dos extremos de la zanja es- 
taban cerca, yéndose á buscar el uno al otro para ceñir en 
círculo á la ciudad, esperando que llegara la noche, y 
dando orden de que se armasen á los Griegos, se fué para 
el Egipcio: y «esta es, le dijo, oh joven, la ocasión que 
para no malograrla no he querido anunciar hasta que ha 
llegado. Los enemigos mismos han provisto á vuestra se- 
guridad con sus manos abriendo este foso, del cual la parte 
ya hecha es un impedimento para su gran número, y la 
parte que resta nos da la proporción de pelear con una 
exacta igualdad contra ellos. Ea, pues, muéstrate ahora 
varón esforzado, y cargando impetuosamente con nosotros, 
sálvate á tí mismo y salva al ejército: pues los enemigos 
que tendremos al frente no nos resistirán; y los otros, á 
causa del foso no podrán ofendernos.» Maravillóse Necta- 
nebo de la previsión de Agesilao, y puesto en medio de los 
Griegos, acometió y rechazó fácilmente á los que se le 
opusieron. Cuando una vez tuvo ya Agesilao dócil y obe- 
diente á Nectanebo, lo condujo segunda vez á usar, como 
de una misma treta en la palestra, del mismo ardid con 
los enemigos. Porque ora huyendo y apareciéndose, y ora 
haciendo como que los perseguía, atrajo aquella muche- 
dumbre á un sitio en que habia una gran profundidad, ro- 
deada de agua por uno y otro lado. Cerrando, pues, el me- 
dio, y ocupándolo con el frente de su batalla, arrojó» sobre 
la muchedumbre á los enemigos que quisieron pelear, 
viendo que no tenian medio de envolverle y cercarle: así 
murieron muchos, y los que pudieron huir se dividieron y 
dispersaron. 

Desde entonces empezaron ya los negocios del Egipcio 
$ ir en bonanza y á ofrecer seguridad; por lo que mostrán- 
dose aficionado y reconocido á Agesilao, le rogaba que 
aguardase todavía y pasase con él el invierno; pero Age- 



378 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

silao se propuso marchar á la guerra en que se veia la pa- 
tria, sabedor de que ésta se hallaba sin recursos y tenía á 
su sueldo tropas extranjeras. Despidióle, pues, aquél con 
el mayor aprecio y agasajo, haciéndole las mayores honras 
y magníficos presentes, y dándole para la guerra doscien- 
tos j treinta talentos. Mas levantóse una recia tempestad, 
por la que volvió á tierra con sus naves, y arrojado á un 
punto desierto del Aftica, al que llaman el puerto de Mene- 
lao^ allí falleció: habiendo vivido ochenta y cuatro años, y 
reinado en Esparta cuarenta y uno; de los cuales por más 
de treinta fué tenido por el varón mayor y más poderoso 
de la Grecia, y casi reputado general y rey de toda ella 
hasta la batalla de Leuctras. Era costumbre de los Espar* 
taños que cuando los particulares morían en tierra extraña 
quedaran y se enterraran allí sus cadáveres; y que los de 
los reyes fuesen llevados á Lacedemonia: así los Esparcía- 
tas que se hallaron presentes barnizaron con cera el de 
Agesilao, á falta de miel, y lo condujeron á Esparta. El 
trono le ocupó su hijo Arquidamo, y permaneció en su des- 
cendencia hasta Agís, á quien por tratar de restablecer el 
antiguo gobierno, dio muerte Leónidas: siendo este Agís 
el quinto después de Agesilao. 



POMPEYO. 



Respecto de Pompeyo parece haberle sucedido al pueblo 
romano lo mismo que respecto de Hércules le sucedió al 
Prometeo de Esquilo^ cuando viéndose, desatado por él» 
exclamó: 

¡Hijo querido de enemigo padre! 

porque contra ninguno de sus generales manifestaron los 
Romanos un odio más terrible y encarnizado que contra 
el padre de Pompeyo, Estrabon, durante cuya vida temie* 
ron su poder en las armas, porque era gran soldado, pero 
después de cuya muerte, causada por un rayo, arrojaron 
del féretro y maltrataron su cadáver cuando le llevaban á 
darle sepultura; ni Romano ninguno por el otro extremo 
gozó de un amor más vehemente, ni que hubiese tenido 
más pronto principio, que Pompeyo: con ninguno otro se 
mostró este amor más vivo y floreciente mientras le lison- 
jeó la fortuna; ni permaneció tampoco más firme y cons- 
tante después de su desgracia. Para el odio de aquél no 
hubo más que una sola causa, que fué su codicia insacia- 
ble de riqueza; y para el amor de éste concurrieron mu- 
chas: su templado método de vida, su ejercicio en las ar- 
mas, su elegancia en el decir, su igualdad de costumbres,. 



380 PLUTARCO. LAS TIDA8 PAAALBLAft. 

y ra afabilidad en el trato; porque á ningaDo se le pedia 
con menos reparo, ni nadie manifestaba más placer en qoe 
se le pidiese, yendo los favores libres de toda molestii 
cuando los otorgaba, y acompañados de cierta gravedad 
coando los recibia. 

Sa aspecto fué desde luego muy afoble, y que le conci- 
liaba atención aun antes que hablase: porque era amable 
con dignidad, sin que esta excluyese el parecer humano; y 
en la misma flor y brillantez de la juventud- resplandeció 
ya lo grave y regio de sus costumbres. Además, el cabello 
un poco levantado, y el movimiento compasado y blando 
de los OJOS daban motivo más bien á que se dijese que ha- 
bla cierta semejanza entre su semblante y los retratos de 
Alejandro, que no á que se percibiese en realidad; mas por 
ella empezaron muchos á darle este nombre; lo qoe él al 
principio no rehusaba; pero luego se valieron de esto algo- 
nos para llamarle por burla Alejandro; hasta tal punto qoe 
habiendo tomado su defensa Lucio Filipo, varón consolar, 
dijo como por chiste, que no debía parecer extraño si se 
mostraba amante de Alejandro siendo Filipo. Dícese de h 
cortesana Flora, que siendo ya anciana solia hacer frecoente 
mención de su trato con Pompeyo, refiriendo que do le era 
dado, habiéndose entretenido con él, retirarse sin llevar la 
impresión de sus dientes en los labios. Anadia á esto, qoe 
Geminio, uno de los más íntimos amigos de Pompeyo, la 
codició, y ella le hizo penar mucho en sus solicitudes, 
hasta que por fin tuvo que responderle que se resistía i 
causa de Pompeyo; que Geminio se lo dijo á éste, y Pom- 
peyo condescendió con su deseo, y de allí en adelante ja- 
más volvió á tratarla ni verla, sin embargo de que parecía 
que le conservaba amor; y finalmente, que ella no llevó 
este desvío como es propio á las de su profesión, sino qoe 
de amor y de pesadumbre estuvo por largo tiempo enfer- 
ma. Fué tal y tan celebrada, según es fama, la hermosura 
de Flora, que queriendo Cecilio Mételo adornar con esta* 



POMPE YO. 381 

lúas y pinturas el templo de los Dioscuros, puso su retrato 
entre los demás cuadros á causa de su belleza. Mas vol- 
viendo á Pompcyó, con la mujer de su liberto Demetrio, 
que tuvo con él gran valimiento, y dejó un caudal de cua- 
tro mil talentos, se condujo contra su costumbre desabrida 
é inhumanamente, por temor de su hermosura, que pasaba 
por irresistible, y era también muy aplaudida, no se dijese 
que ella era la que le dominaba. Mas, sin embargo de vivir 
con tan excesivo cuidado y precaución en este punto, no 
pudo librarse de la censura de sus enemigos; sino que aun 
con mujeres casadas le calumniaron deque por hacerles ob- 
sequio solia usar de indulgencia y remisión en algunos ne- 
gocios de la república. De su sobriedad y parsimonia en la 
comida se refiere este hecho memorable: estando enfermo 
de algún cuidado, le prescribió el médico por alimento que 
comiese un tordo: anduviéronle buácando los de su fami- 
lia^ y no encontraron que se vendiese en ninguna parte, 
porque no era tiempo; pero hubo quien dijo que lo habría 
en casa de Lúculo, porque los conservaba todo el año; á lo 
que él contestó: «¿Conque si Lúculo no fuera un glotón, no 
padria vivir Pompeyo?» y no haciendo cuenta del precepto 
del médico, tomó por alimento otra cosa más fácil de te- 
nerse á la mano. Pero esto fué más adelante. 

Siendo todavía muy jovencito, militando á las órdenes 
de su padre, que hacía la guerra á Ciña, tuvo á un tal Lu- 
cio Terencio por amigo y camarada. Sobornado éste con 
dinero por Ciña, se comprometió á dar por sí muerte á 
Pompeyo, y á hacer que otros pegasen fuego á la tienda 
del general. Denunciada esta maquinación á Pompeyo ha- 
llándose á la mesa, no mostró la menor alteración, sino 
que continuó bebiendo alegremente y haciendo agasajos 
á Terencio; pero al tiempo de irse á recoger pudo, sin que 
éste lo sintiera, escabullirse de la tienda: y poniendo 
guardia al padre^ se entregó al descanso. Terencio, cuando 
creyó ser la hora, se levantó, y tomando la espada^ se 



382 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

acercó á la cama de Pompeyo, pensando que reposaba en 
ella, y descargó muchas cuchilladas sobre la ropa. De re- 
sultas hubo, en odio del general, grande alboroto en d 
campamento y conatos de deserción en los soldados, qoe 
empezaron á recoger las' tiendas y tomar las armas. El ge- 
neral se sobrecogió con aquel tumulto, y no se atreyió á 
salir; pero Pompeyo, puesto en medio de los soldados, les 
rogaba con lágrimas; y por último, tendiéndose boca abajo 
delante de la puerta del campamento, les senria de es- 
torbo, lamentándose y diciendo que le pisaran los que 
quisieran salir; con lo que se iban retirando de vergüenza; 
y por este medio se logró el arrepentimieto de todos, y sa 
sumisión al general, á excepción de unos ochocientos. 

Al punto de haber muerto Estrabon sufrió Pompeyo á 
nombre suyo causa de malversación de los caudales pú- 
blicos; y habiendo Pompeyo cogido infraganti al liberto 
Alejandro, que tomaba para sí la mayor parte de ellos, dio 
la prueba de este hecho ante los jueces. Acusábasele sin 
embargo de tener en su poder ciertos lazos de caza y cie^ 
tos libros de la presa de Asculo; y ciertamente los habia 
recibido de mano del padre cuando Asculo fué tomado; 
pero los perdió después, con motivo de que al volver Ciña 
á Roma, los de su guardia allanaron la casa de Pompeyo, 
y la robaron. Tuvo durante el juicio diferentes confronta- 
ciones con el acusador, en las que, habiéndose mostrado 
más expedito y fírme de lo que su edad prometia, se gran- 
jeó grande opinión y el favor de muchos: tanto, que Antis- 
tio, que era el pretor y ponente de la causa, se aficionó 
de él, y ofreció darle ^u hija en matrimonio, tratando de 
ello con sus amigos Admitió Pompeyo la proposición; y aun- 
que los capítulos se hicieron en secreto, no se ocultó á los 
demás el designio en vista de la solicitud de Antistio. Fi- 
nalmente, al publicar éste la sentencia de los jueces, que 
era absolutoria, el pueblo, como si fuese cosa convenida, 
prorumpió en la exclamación usada por costumbre con los 



POMPEYO. 383 

que se casan, diciendo: Talasio, Dícese haber sido el ori- 
gen de esta costumbre el siguiente: cuando en ocasión 
de haber venido á Roma al espectáculo de unos juegos las 
hijas de los Sabinos, las robaron para mujeres los más es- 
forzados y valientes de los Romanos, algunos pastores, 
vaqueros y otra gente oscura llevaban también robada á 
una doncella, ya en edad y sumamente hermosa. £st08, 
para que alguno de los más principales con quien pudieran 
encontrarse no se la quitara, iban corriendo y gritando á 
una voz: aá Talasio.» Efa este Talasio uno de los jóvenes 
más conocidos y estimados; por lo que los que oian su 
nombre aplaudían y gritaban como regocijándose y cele- 
brando el hecho; y de aquí dicen que provino, por cuanto 
aquel matrimonio fué muy feliz para Talasio, el que por 
fiesta se dirija esta exclamación á los que se casan. Esta 
es la historia más probable de cuantas corren acerca de la 
exclamación de Talasio, De allí á pocos dias casó Pompeyo 
con Antistia. 

Marchó entonces en busca de Ciña á su campamento; 
pero habiendo concebido temor con motivo de cierta ca- 
lumnia, muy luego se ocultó, y se quitó d3 delante. Como 
no se supiese de él, corrió en el campamento la hablilla 
de que Ciña habia dado muerte á aquel joven. Con esto los 
que ya antes le miraban con aversión y odio se armaron 
contra él: dio á huir, y habiéndole alcanzado un capitán 
que le perseguid con la espada desnuda, se echó á sus 
pies, y le presentó su anillo, que era de gran valor; pero 
contestándole el capitán con gran desden: «yo no vengo á 
sellar ninguna escritura, sino á castigar á un abominable é 
inicuo tirano,» le pasó con la espada. Muerto de esta ma- 
nera Ciña, entró en su lugar y se puso al frente de los ne- 
gocios Carbón, tirano todavía más furioso que aquel: así 
es que Sila, que ya se acercaba, era deseado de los más á 
causa de los males presentes, por los que miraban como 
un bien no pequeño la mudanza de dominador: ¡á tal punto 



884. PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

habian traído á Roma sus desgracias, que ya no buscaba 
sino una esclavitud más llevadera, desconfiando de ser li- 
bre! 

Hizo entonces mansión Pompeyo en el campo Piceno de 
la Italia por tener allí posesiones, y por hallarse muy bien 
en aquellas ciudades, cuyo afecto y estimación parecía ha- 
ber heredado. Mas viendo que los ciudadanos de mayor 
distinción y autoridad abandonaban sus casas, y de todas 
partes acudían como á un puerto al campo de Sila, no tuvo 
por digno de sí el presentarse con trazas de fugitivo, sin 
contribuir con nada y como mendigando auxilio; sino más 
bien con dignidad y con alguna fuerza, como quien va á 
hacer favor, para lo que iba echando especies, á fin de 
atraer á los Picónos. Oíanle éstos con gusto, al niismo 
tiempo que no hacían caso de los que venian de parte de 
Carbón; y como un tal Yindio dijese por desprecio que de 
la escuela se les había aparecido de repente el brillante 
orador Pompeyo, de tal modo se irritaron, que cayendo re- 
pentinamente sobre Yindio le dieron muerte. Con esto 
Pompeyo á los veintitrés años de edad, sin que nadie 
le hubiese nombrado general, dándose el mando á si 
mismo, puso su tribunal en la plaza de la populosa ciudad 
de Áuximo; y dando orden por edicto é los hermanos Yen- 
tidíos, ciudadanos de los más principales que favore- 
cían el partido de Carbón, para que saliesen del pueblo, 
reclutó soldados, nombrando por el orden de la milicia 
capitanes y tribunos, y recorrió las ciudades de la comarca 
ejecutando otro tanto. Retirábanse y cedían el puesto 
cuantos eran de la facción de Carbón; con lo que, y con 
presentársele gustosos todos los demás, en muy breve 
tiempo formó tres legiones completas; y surtiéndolas de 
víveres, de acémilas y de carros, y de todo lo demás nece- 
sario, marchó en busca de Sila; no precipitadamente, ni 
procurando ocultarse, sino deteniéndose en la marcha con 
el fin do molestar á los enemigos, y tratando en todos los 



POMPEYO. * 385 

puntos de Italia adonde llegaba, de separar á los naturales 
del partido contrario. 

Marcharon, pues, contra él á un tiempo tres caudillos 
enemigos, Carina, Celio y^ Bnúo, no de frente todos, ni jun- 
tos, sino formando una especie de circulo con sus divisio- 
nes, como para echarle mano; pero él no se intimidó, sino 
que llevando reunidas todas sus fuerzas cargó conffa sola 
la división de Bruto con la caballería, al frente de la cual 
se puso. Vino también á oponérsele la caballería enemiga 
de los Galos, y adelantándose á herir con la lanza al pri- 
mero y más esforzado de éstos, acabó con él. Volvieron 
caras los demás, y desordenaron la infantería dando todos 
á huir; y como de resultas se indispusiesen entrer sí los 
tres caudillos, se retiraron por donde cada uno pudo. Acu- 
dieron entonces las ciudades á Pompeyo en el supuesto de 
que habia nacido de miedo la dispersión de los enemigos. 
Dirigióse también contra él el cónsul Escipion; pero antes 
de que los dos ejércitos hubiesen empezado á hacer uso 
de las lanzas, saludando los soldados de Escipion á los 
de i*ompeyo, se le pasaron, y aquél huyó. Finalmente, 
babiendo colocado el mismo Carbón grandes partidas de 
caballería á las orillas del rio Ársis, acometiéndolas y re- 
chazándolas vigorosamente, fué persiguiéndolas hasta en- 
cerrarlas en lugares ásperos, donde no podía obrar la ca- 
ballería, por lo cual, considerándose sin esperanzas de sa- 
lud, se le entregaron con armas y caballos. 

Todavía no tenía Sila noticia de estos sucesos; pero al 
primer rumor que le llegó de eílos, temiendo por Pom- 
peyo rodeado de tantos y tan poderosos generales enemi- 
gos, se apresuró á ir en su socorro. Cuando Pompeyo supo 
que se hallaba cerca, dio orden á los jefes de que pusieran 
sobre las armas y acicalarán sus tropas, á fin de que se 
presentasen con gallardía y brillantez ante el Empera- 
dor, porque esperaba de él grandes honras; pero aun las 
recibió mejores: pues luego que Sila le vio venir, y á su 

TOMO III. 25 



386 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

tropa que le seguia con un aire imponente, y que se mos- 
traba alegre y ufano con sus triunfes, se apeó del caballo; 
y siendo, como era justo, saludado enoperador, hizo la 
misma salutación á Pompeyo, cuando nadie esperaba que i 
un joven que todavía no estaba inscrito en el Senado le 
hiciera Sila participante de un nombre por el que hacfo la 
guorA á los Escipiones y á los Marios. Todo lo demás co^ 
respondió y guardó conformidad con este primer recibi- 
miento; levantándose cuando llegaba Pompeyo, y descu- 
briéndose la cabeza: distinciones que no se le veia fácil- 
mente hacer con otros, sin embargo de que tenía á su la<k) 
á muchos de los principales ciudadanos. Mas no por esto 
se ensoberbeció Pompeyo; sino que enviado por el mismo 
Sila á la Ga1ia,de la que era gobernador Mételo, y donde pa- 
recía que éste no hacía cosa que correspondiese á las fue^ 
zas con que se bailaba, dijo no ser puesto en razón qaeá 
un anciano que tanto le precedía en dignidad se le quitara 
el mando; pero que si Mételo venía en ello y lo reclamaba, 
por su parte estaba dispuesto á hacer la guerra y auxi- 
liarle. Prestóse á ello Mótelo; y habiéndole escrito qoe 
fuese, desde luego que entró en la Galia empezó á ejecotar 
por sí brillantes hazañas, y fomentó y encendió otra vez 
en Mételo el carácter guerrero y resuelto que estaba ya 
apagado por la vejez: al modo que se dice que el metal 
derretido y liquidado á la lumbre, si se vacia sobre el com- 
pacto y trio pone en él mayor encendimiento y calor que 
el mismo fuego. Mas así como de un atleta que se distin- 
gue entre todos, y ha dado fin glorioso á todos sus com- 
bates, no se refieren las victorias pueriles, ni se les da la 
menor importancia; de la misma manera con haber sido 
brillantes en sí los hechos de Pompeyo en aquella época, 
habiendo quedado enterrados bajo la muchedumbre y 
grandeza de los combates y guerras que vinieron después, 
no nos atrevemos á moverlos, no sea que deteniéndonoa 
demasiado en los principios, nos falte después tiempo 



POMPEYO. 387 

para las insignes hazañas y sucesos que más declaran el 
earácter y costumbres de este esclarecido varón. 

Después que Sila sujetó á toda la Italia, y se le confirió 
la autoridad de Dictador, dio recompensas á los demás 
jefes y caudillos, haciéndolos ricos, y promoviéndolos á 
las magistraturas, y agraciándolos larga y generosamente 
con lo que cada uno codiciaba; pero prendado particular^ 
mente de Pompeyo por su virtud, y juzgando que podría 
ser un grande apoyo para sus intentos, procuró con grande 
empeño introducirle en su familia. Ayudado, pues, con los 
consejos de su mujer Métela, hace condescender á Pom- 
peyo en que despida á Antistia, y se case con Emilia, ente- 
nada del mismo Sila, como hija de Métela y Escauro, ca- 
sada ya con otro, y que á la sazón se hallaba en cinta. Era 
por tanto tiránica la disposición de este matrimonio, y más 
propia de los tiempos de Sila que conforme con la con- 
ducta de Pompeyo, á quien se hacía traer á Emilia á su 
casa en cinta de otro, y arrojar de ella á Antisiia ignomi* 
niosa y cruelmente; y más cuando por él acababa entonces 
de quedarse sin padre: porque habian dado muerte á Antis- 
tío en el Senado, por parecer que promovía los intereses 
de Sila á causa de Pompeyo; y además la madre, cuando 
llegó á entender semejantes designios, voluntariamente se 
quitó la vida; de manera que se agregó esta desgracia á la 
tragedia de tales bodas; y también por complemento la de 
haber muerto Emilia de sobreparto en casa de Pompeyo. 

Llegaron en esto nuevas de que Perpena se había apo- 
derado de la Siciha, haciendo de aquella isla un punto de 
apoyo para los que habian quedado de la facción contra- 
ria, mientras que Carbón daba también calor por aquella 
parte con la armada; Domicio había pasado al África, y 
acudían hacia el mismo punto todos los desterrados de 
cuenta, que con la fuga se habian podido libertar de la 
proscripción. Fué, pues, contra ellos enviado Pompeyo 
con grandes fuerzas; y Perpena al punto le abandonó la 



388 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Sicilia. Halló las ciudades muy quebrantadas, y las trató 
con suma humanidad, á excepción solamente de la de los 
Mamertínos de la Mesena: pues como recusasen su tribu- 
nal y su jurisdicción, inhibidos, decian, por una ley anti- 
gua de Roma: «¿no cesareis, les respondió, de citarnos le- 
yes, viendo que ceñimos espada?» Parece asimismo que 
insultó con poca humanidad á los infortunios de Carbón, 
pues si era preciso, como lo era quizá, el quitarle la vida, 
debió ser luego que se le prendió; y entonces la odiosidad 
recaerla sobre el que lo habia mandado; pero él hizo que 
le presentaran aprisionado á un ciudadano romano que 
habia sido tres veces cónsul; y colocándolo dolante del 
tribunal , sentado en su escaño le condenó , con dis- 
gusto ó incomodidad de cuantos lo presenciaron. Después 
mandó que quitándosele de allí, le diesen muerte; y se dice 
que después de retirado, cuando vio ya la espada levanta- 
da, pidió que le permitieran apartarse un poco y le dieran 
un breve instante para hacer cierta necesidad corporal. 
Cayo Opio, amigo de César, refiere que Pompeyo se con- 
dujo igualmente con inhumanidad con Quinto Valerio: pues 
teniendo entendido que era hombre instruido como pocos, 
y muy dado al estudio, luego que se lo presentaron, le 
saludó, y se pusieron á pasear juntos; y cuando ya le hubo 
preguntado y aprendido de él lo que deseaba saber, dio 
orden á los ministros de que le llevaran de allí y le quita- 
ran del medio; pero á Opio, cuando habla de los enemigos 
ó de los amigos de César, es necesario oirle con gran des- 
confianza; y en esta parte Pompeyo á los más ilustres en- 
tre los enemigos de Sila, que constaba públicamente haber 
sido presos, no pudo menos de castigarlos; pero de los de- 
mas, pudiendo hacer otro tanto, disimuló con muchos que 
lograron mantenerse ocultos; y aun á algunos les dio 
puerta franca. Teniendo resuelto escarmentar á la ciudad 
de los Himerios, que habia estado con los enemigos , pidió 
el orador Estenis permiso para hablarle, y le dijo que no 



POMPEYO. 389 

obrada en justicia si dejando libre al que era la causa, 
perdía á los que en nada habian delinquido. Preguntóle 
Pompeyo quién era el que decia ser causa; y como le res- 
pondiese que él mismo, pues á los amigos los babía per- 
suadido, y á los enemigos los habia obligado; prendado 
Pompeyo de su franqueza y su determinación, le absolvió 
y dio por libre á él el primero, y después á todos los de- 
mas. Habiendo oido que los soldados cometian insultos 
por los caminos, les selló las espadas; y el que no conser- 
vaba el sello era castigado. 

Sosegadas y arregladas de este modo las cosas de Sici- 
lia, recibió un decreto del Senado y cartas de Sila, en que 
se le mandaba navegar al África, y hacer poderosamente la 
guerra á Domicio, que había allegado mayores fuerzas que 
aquellas con que poco antes habia pasado Mario del África 
á Italia, y convertido de desterrado en tirano, habia puesto 
en confusión á la república. Haciendo, pues, Pompeyo con 
la mayor celeridad sus preparativos, dejó por gobernador 
de la Sicilia á Memio, marido de su hermana, y él zarpó del 
puerto con ciento veinte naves de guerra y ochocientos 
trasportes , en que conduela las provisiones , las armas 
arrojadizas, los caudales y las máquinas. Cuando parte de 
las naves tomaban puerto en Utica y parte en Cartago, 
seite mil de los enemigos, abadonando el otro partido, se 
le pasaron. Las fuerzas que él llevaba eran seis legiones 
completas; y se dice haberle allí sucedido una cosa gracio- 
sa; porque algunos soldados, dando por casualidad con un 
tesoro, se hicieron con bastante dinero; y como este en- 
cuentro se hubiese divulgado , les pareció á todos los de- 
mas que el sitio aquel estaba lleno de caudales que los 
Cartagineses habian en él depositado en el tiempo de sus 
infortunios. Por tanto, en muchos dias no pudo Pompeyo 
hacer carrera con los soldados, ocupados en buscar teso- 
ros, y lo que hacía era irse donde estaban, y reírse de ver 
á tantos millares de hombres cavar y revolver todo aquel 



390 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

terreno; hasta que desesperados ellos mismos, le pidieron 
que los llevara donde gustase , pues que ya habían pagado 
la pena merecida de su necedad. 

Preparóse Domicio para el combate, queriendo poner 
delante de sí un barranco áspero y difícil de pasar; pero 
como desde la madrugada empezase á caer copiosa lluvia 
con viento, se detuvo, y desconfiando de que pudiera ser en 
aquél día la batalla, dio orden para la retirada. Pompeyo, 
por el contrario, creyó ser aquel el momento oportuno, y 
marchando con rapidez, pasó el barranco; con lo que sor- 
prendidos en desorden los enemigos , no pudieron hacer 
frente todos en unión; y aun el viento continuaba dándoles 
con el agua de cara. No dejó, sin embargo, de incomodar 
también á los Romanos aquella tempestad , porque no les 
permitía verse bien unos á otros; y el mismo Pompeyo es- 
tuvo para perecer por no ser conocido, á causa de que ha- 
biéndole preguntado uno de sus soldados la seña, tardó en . 
responder. Mas rechazaron con gran mortandad álos ene- 
migos, pues se dice que de veinte mil solos tres mil pudie* 
ron huir, y á Pompeyo le proclamaron emperador ; pero 
como éste no quisiese admitir aquella distinción, mientras 
se mantuviera enhiesto el campamento de los enemigos, 
diciéndoles que para que le tuviesen por digno de aquel 
título era preciso que antes lo derribaran , al punto se ar- 
rojaron sobre el valladar, peleando Pompeyo sin casco, por 
temor de que le sucediera lo que antes. Tomóse, pues, el 
campamento, pereciendo allí Domicio. De las ciudades 
unas se sometieron inmediatamente, y otras fueron toma- 
das por la fuerza. Tomó también cautivo al rey larbas, 
que auxiliaba á Domicio, y dio su reino á Hiemsal. Sacando 
partido de la buena suerte y del denuedo de sus tropas, in- 
vadió la Numidia, y haciendo por ella muchos días de maro- 
cha, sujetó á cuantos se le presentaron; con lo que, vol- 
viendo á dar tono y fuerza al terror y miedo coa que 
aquellos bárbaros miraban antes á los Romanos, que ya se 



POMPEYO. 391 

había debilitado, dijo que ni las fieras que habitaban el 
África serhabian de quedsir sin probar el valor y la fortuna 
de los Romanos. Dióse, pues, á la caza de leones y ele- 
fantes por algunos dias; y en solos cuarenta derrotó á los 
enemigos, sujetó al África , y dispuso de reinos, teniendo 
entonces veinticuatro años. 

A su regreso á Utica se encontró con cartas de Sila, en 
que le prevenía que despachara el resto del ejército, y con 
una sola legión esperara allí al pretor que iba á sucederle. 
No dejó de causarle novedad semejante órden^ y se desa- 
zonó con ella interiormente; pero el ejército se disgustó 
muy á las claras; y rogándoles Pompeyo que marchasen, 
prorumpieron en expresiones ofensivas contra Sila, y á 
aquél le dijeron que de ningún modo le abandonarían, ni 
permitirían que se confiase de un tirano. Procuró Pompeyo 
al principio sosegarlos y tranquilizarlos; pero cuando vio 
que no se aquietaban, bajándose de la tribuna, quiso reti- 
rarse á su tienda desconsolado y lloroso; pero ellos, con- 
teniéndole, le volvieron á colocar en la tribuna, y se per- 
dió gran parte del dia pidiéndole los soldados que perma- 
neciera y los mandase, y rogándoles él que obedecieran y 
no se sublevasen; hasta que, instándole y gritándole toda- 
vía, les juró que se daría muerte si continuaban en hacerle 
violencia; y aun así con dificultad los aquietó. El primer 
aviso que tuvo Sila fué de haberse sublevado Pompeyo, y 
dijo á sus amigos: aEstá visto que es hado mío, siendo 
viejo, tener que lidiar lides de mozos,» aludiendo á Mario, 
que, siendo muy joven, le dio mucho en que entender, y 
puso en gravísimos riesgos. Mas cuando supo la verdad, 
y observó que todos recibían y acompañaban á Pompeyo 
con demostraciones de amor y benevolencia, corriendo á 
obsequiarle, se propuso excederlos. Salió, pues, á reci- 
birlo, y abrazándolo con la mayor fineza, le llamó Magno 
en voz alta, y dio orden á los que allí se hallaban de que 
le saludaran de la misma manera; y magno quiere decir 



39:2 PLUTARCO. — las vidas paralelas. 

grande. Oíros son de sentir que esta salutación le faé dada 
la primera vez por el ejército en el África, y que adquirió 
mayor fuerza y consistencia confirmada por Síla. Como 
quiera, él fué el último que al cabo de mucho tiempo, 
cuando fué enviado de procónsul á España contra Sertorio, 
empezó á darse en las cartas y en los edictos la denomi- 
nación de Pompeyo Magno: porque ya no era odiosa, á 
causa de estar muy admitida en el uso; y más bien son de 
npreciar y admirar los antiguos Romanos, que condecora- 
ban con estos títulos y sobrenombres, no sólo los ilustres 
hechos de artnas, sino también las acciones y virtudes po- 
líticas: habiendo sido el mismo pueblo el que dio á dos el 
nombre de Máximos, que quiere decir muy grande: á Va- 
lerio por su reconciliación con el Senado, que estaba en 
oposición con él; y á Fabio Rulo, porque ejerciendo la 
censura, á algunos ricos que siendo de condición libertina 
se habían hecho inscribir en el Senado, los arrojó ignomi- 
niosamente de él. 

Pidió Pompeyo por estos últimos sucesos el triunfo, y 
fué Sila el que le hizo oposición: porque la ley no lo con- 
cede sino al cónsul ó al pretor, y á ninguno otro; y por lo 
mismo el primero de los Escipiones, que consiguió en Es- 
paña de los Cartagineses más señaladas victorias, no pidió 
el triunfo, porque no era ni cónsul ni pretor: decía, pues, 
que si entraba triunfante en la ciudad Pompeyo, que toda- 
vía era imberbe, y por razón de la edad no tenía cabida en 
el Senado, se harían odiosos, en el mismo Síla la autori- 
dad, y en Pompeyo este honor. De este modo le hablaba 
Síla para que entendiera que no se lo consentirla, sino 
que le sería contrario y reprimiría su temeridad si no 
desistia del intento. Mas no por esto cedió Pompeyo, sino 
que previno á Sila observase que más son los que salu- 
dan al sol en su oriente que en su ocaso; dándole á en- 
tender que su poder florecía entonces y el de Sila iba de- 
creciendo y marchitándose. No lo percibió bien Sila; y ob- 



POMPEYO. 393 

servando, por los semblantes y el gesto de los que lo 
habían oido, que les había causado admiración, preguntó 
qué era lo que habla dicho; é informado, aturdiéndose de 
la resolución de Pompeyo, dijo por dos veces seguidas: 
«Que triunfe, que triunfe.» Como otros muchos mostrasen 
también disgusto é incomodidad, queriendo Pompeyo, 
según se dice, mortificarlos más, intentó ser conducido en 
la pompa en carro tirado por cuatro elefantes, porque en 
la presa habla traído muchos del África de los que perte- 
necían al Rey; pero por ser la puerta más estrecha de lo 
que era menester, abandonó esta idea, y hubo de conten, 
tarse con caballos. 

No habían los soldados conseguido todo lo que se ha- 
bían imaginado; y como por esto tratasen de revolver y 
alborotar, dijo que nada le importaba, y que antes dejaría 
el triunfo que usar con ellos de adulación y bajeza. Enton- 
ces Servilio, varón muy principal, y uno de los que más se 
habían opuesto al triunfo de Pompeyo: «ahora veo, dijo, 
que Pompeyo es verdaderamente grande y digno del triun- 
fo.» Es bien claro que sí hubiera querido, habría alcanzado 
fácilmente ser del Senado; sino que como dicen, quiso sa- 
car lo glorioso de lo extraordinario: porque no habría te- 
nido nada de maravilloso el que antes de la edad hubiera 
sido senador, y era mucho más brillante haber triunfado 
antes de serlo; y aun esto mismo contribuyó no poco para 
aumentar hacía él el amor y benevolencia de la muche- 
dumbre; porque mostraba placer el pueblo de verle des- 
pués del triunfo contado entre los del orden ecuestre. 

Consumíase Sila viendo hasta qué punto de gloria y de 
poder subía Pompeyo; pero no atreviéndose por pundonor 
á estorbarlo, se mantuvo en reposo: á excepción de cuando 
por fuerza y contra su voluntad promovió Pompeyo al con- 
sulado á Lepído, trabajando por él en los comicios, y ga- 
nándole por su grande influjo el favor del pueblo: porque 
entonces, viendo Sila que se retiraba de la plaza con grande 



394 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

acompafiamieoto, aobservo, le dijo, oh joven, que vas muy 
contento con la victoria: ¿y cómo no con la grande y glo- 
riosa hazaña de haber hecho designar cónsul antes de Ca- 
tulo, el mejor de los hombres, á Lepido, el más malo? Pero 
cuidado no te duermas y dejes de estar solicito sobre los 
negocios, porque te has preparado un rival más fuerte que 
tú.» Pero donde más principalmente declaró Sila que no es- 
taba bien con Pompeyo, fué en el testamento que otorgó: 
porque haciendo mandas á los demás amigos, y nombrán- 
dolos tutores de su hijo, ninguna mención hizo de Pom- 
peyo. Llevólo éste, sin embargo, con gran moderación y 
política, tanto, que habiéndose opuesto Lepido y algunos 
otros á que el cadáver se sepultara en el campo Marcio, y 
á que la pompa se hiciera en público, tomó el negocio de 
su cuenta, y concilio al entierro gloria y seguridad al 
mismo tiempo. 

No bien habia fallecido Sila, cuando se vio cumplida 
aquella profecía, porque queriendo Lepido subrogarse en 
su autoridad, al punto, sin andar en rodeos ni buscar pre- 
textos, echó mano á las armas, poniendo en movimiento y 
acción los restos corrompidos de las turbaciones pasadas, 
que habian escapado de las manos de Sila. Su colega Ca- 
tulo, á quien estaba unido lo más justo y lo más sano del 
Senado y despueblo, en opinión de prudencia y de justicia 
era entonces el mayor de los Romanos; pero parecía más 
propio para el mando político que para el mando militar. 
Reclamando, pues, los negocios mismos la araño de Pom- 
peyó, no dudó por largo tiempo adonde se aplicaría; sino 
que se declaró por los hombres de probidad, y se le nom« 
bró general contra Lepido; el cual ya habia puesto á sus 
órdenes gran parte de la Italia, y estaba apoderado de la 
Galía Cisalpina per medio del ejército de Bruto. En todos 
los demás puntos venció fácilmente Pompeyo luego que 
marchó con sus tropas; pero en Módena de ia Galia se de- 
tuvo al frente de Bruto largo tiempo; durante el cual, ca- 



POMPEYO. 395 

yendo Lepido sobre Roma, y acampándose á sus puertas, 
pedia el segundo consulado, infundiendo terror con un 
gran tropel de gente á los ciudadanos que estaban dentro; 
mas disipó este miedo una carta de Pompeyo, de la que 
aparecía que sin batalla había acabado la guerra: porque 
Bruto, ó entregando él mismo su ejército, ó habiéndole 
hecho éste traición, mudando de partido, puso su persona 
á disposición de Pompeyo, y con escolta que se le dio de 
caballería se retiró á una aldea, orillas del Pó; donde sin 
mediar más que un dia, se le quitó la vida, habiendo Pom- 
peyo enviado allá á Geminio; acerca de lo cual se hacian 
grandes cargos á Pompeyo: pues habiendo escrito al Se- 
nado, inmediatamente después de la mudanza de Bruto, en 
términos de significar X[ue éste voluntariamente se le habia 
pasado, envió después otra carta, en la que, verificada ya 
la muerte de Bruto, le acusaba. Hijo era de éste el otro 
Bruto, que con Casio dio muerte á César; varón del todo 
desemejante al padre en cuanto á saber hacer la guerra y 
saber morir, como lo decimos en su vida. Lepido de resul- 
tas huyó sin detención de la Italia, retirándose á Cerdeña, 
donde enfermó y murió de pesadumbre, no por el estado 
de los negocios, según dicen, sino por haber dado con un 
billete, por el que se enteró de cierta infidelidad de su 
mujer. 

Ocupaba la España Sertorio, caudillo en nada parecido á 
Lepido, é infundía temor á los Romanos, por haberse re- 
fundido en él, como en última calamidad, las guerras civi- 
les. Habia hecho desaparecer á muchos generales de los 
de menor cuenta; y entonces traia faiigado á Mételo Pió, 
varón respetable y buen militar, pero tardo ya por la ve- 
jez para aprovechar las ocasiones de la guerra, é inferior 
al estado de los negocios; en los que sé le anticipaba siem- 
pre la velocidad y presteza de Sertorio, que le acometía 
inopinadamente y al modo de los salteadores, molestando 
con celadas y correrías á un atleta hecho á combates re- 



396 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

glados y á un general de tropas de linea acostumbradas á 
lidiar á pié firme. Teniendo, pues, Pompeyo en aquella sa- 
zón un ejército á sus órdenes, andaba negociando que se le 
diera la comisión de ir en auxilio de Mételo; y sin embargo 
de habérselo mandado Gatulo, no lo disolvió, sino que 
se mantuvo en armas alrededor de Roma, buscando siem- 
pre algún pretexto; hasta que por fin se le dio el apetecido 
mando á propuesta de Lucio Filfpo. Dícese que pregun- 
tando uno entonces en el Senado coa admiración á Fitipo 
si realmente era de sentir de que se enviase á Pompeyo 
por el cónsul, respondió: «Yo por el cónsul no, sino por los 
cónsules;» dando á entender que ambos cónsules eran in- 
útiles para el caso. 

No bien hubo tocado Pompeyo en España, excitó en los 
naturales, como sucede siempre á la fama de un nuevo ge- 
neral, otras esperanzas; y conmovió y apartó de Sertorio 
entre aquellas gentes todo lo que no le estaba firmemente 
unido. Sertorio en tanto usaba contra él de un lenguaje ar- 
rogante, diciendo con escarnio que para aquel mozuelo no 
necesitaba más que de la palmeta y los azotes, si no fuera 
porque tenía miedo á aquella vieja (aludiendo á Mételo); 
mas, sin embargo, temia realmente á Pompeyo, y preca- 
viéndose con sumo cuidado, hacía ya la guerra coa más 
tiento y seguridad: porque de otra parte, Mételo (cosa que 
nadie habría pensado) se había relajado en su conducta, 
entregándose con exceso á los placeres; con lo que repen- 
tinamente había habido también en él una grande mudanza 
con respecto al fausto y al lujo: de manera que esto mismo 
dio mayor estimación y gloria á Pompeyo, por cuanto to- 
davía hizo más sencillo su método de vida, que nunca ha- 
bía necesitado de grandes prevenciones, siendo por natura- 
leza sobrio y muy arreglado en sus deseos. En esta guerra, 
que tomaba mil diferentes formas, ninguna cosa mortificó 
más á Pompeyo que la toma de Lauron por Sertorio; por- 
que cuando creía que le tenía envuelto, y aun se jactaba de 



POMPEYO. 397 

ello, se encontró repentinamente con que él era quien es- 
taba cercado; y como por tanto temia el moverse, tuvo que 
dejar arder la ciudad á su presencia y ante sus mismos 
ojos. Mas habiendo vencido junto á Valencia á Herenio y 
Perpena, generales que hablan acudido á unirse con Serto- 
rio y militaban con él, les mató más de diez mil hombres. 
Engreido con este suceso, y deseoso de que Mételo no 
entrase á la parto en la victoria, se dio priesa á ir en busca 
del mismo Sertorio. Alcanzóle junto al rio Júcar al caer ya 
la tarde, y allí trabaron la batalla, teiúeroso de que sobre- 
viniese Mételo: para pelear solo el uno, y el otro para pe- 
lear con uno solo. Fué indeciso y dudoso el término de 
aquel encuentro, porque venció alternativamente una de 
las alas de uno y otro; pero en cuanto á los generales llevó 
lo mejor Sertorio, porque puso en huida el ala que le es- 
tuvo opuesta. A Pompeyo le acometió desmontado un hom- 
bre alto de los de caballería; y habiendo venido ambos al 
suelo á un tiempo, al volver á la lid pararon en las manos 
de uno y otro los golpes de las espadas, aunque con suerte 
desigual, porque Pompeyo apenas fué lastimado, pero al 
otro le cortó la mano. Cargaron entonces muchos sobre él, 
estando ya en fuga sus tropas, y se salvó maravillosamen- 
te, por haber abandonado á los enemigos su caballo ador- 
nado magníficamente con jaeces de oro de mucho valor; 
porque enredados los enemigos en la partición y alter- 
cando sobre ella, le dieron lugar para huir. Á la mañana 
siguiente volvieron ambos á la batalla con ánimo de hacer 
que se declarase la victoria; pero como sobreviniese Mé- 
telo, se retiró Sertorio dispersando su ejército; porque este 
era su modo de retirarse, y luego volvía á reunirse la gen- 
te; de manera que machas veces andaba errante Sertorio 
solo, y muchas vaces volvía á presentarse con ciento cin- 
cuenta mil hombres, á manera de torrente que repentina- 
mente crece. Pompeyo, cuando después de la batalla salió 
al encuentro á Mételo y estuvieron ya cerca, dio orden de 



398 PLUTARCO. — LAS T1DAS PARALELAS. 

que se le rindieran á éste las fasces, acatándole como pre- 
ferente en honor, pero Mételo lo resistió, porque en todo 
se conducia perfectamente con él, no arrogándose superio- 
ridad alguna por consular y por más anciano. Solamente 
cuando acampaban juntos la señal se daba á todos por Mé- 
telo; pero por lo común acampaban separados, contribu- 
yendo á que tuvieran que estar distantes la calidad del ene- 
migo, que usaba de diferentes artes; y siendo diestro en 
aparecerse repentinamente por muchos lados, obligaba á 
mudar también los géneros de combate; tanto, que por úl- 
timo, interceptándoles los víveres, saqueando y talando el 
país, y haciéndose dueño del mar, los arrojó de la parte de 
España que le estaba sujeta, precisándolos á refugiarse 
en otras provincias, por carecer absolutamente de provi- 
siones. 

Habia Pompeyo empleado y consumido la mayor parte 
de su caudal en aquella guerra; pedia por tanto fondos al 
Senado, diciendo que se retiraba á Italia con el ejército si 
no se le enviaban. Hallábase entonces de cónsul Lúculo; y 
aunque estaba mal con Pompeyo, y ambicionando para si 
la guerra Mitridática, puso calor en que se mandaran los 
fondos que reclamaba por temor de que se diera este pre- 
texto á Pompeyo, que deseaba retirarse de la guerra de 
Serlorio, y tenía vuelto el ánimo á la de Milridates, en 
que le parecía haber mayor gloria, y ser éste enemigo más 
domeñable. Muere en tanto Sertorio asesinado vilmente 
por sus amigos, de los cuales Perpena, que habia sido el 
principal autor de esta traición, quiso seguir sus mismos 
planes, valiéndose de las mismas fuerzas y los mismos me- 
dios; pero sin igual capacidad para usar de ellos. Acudió, 
pues, al punto Pompeyo, y sabedor de que Perpena no 
obraba con la mayor seguridad, le presentó por cebo en la 
llanura diez cohortes con orden de que se dispersaran; y 
como aquél diese sobre ellas y las persiguiese, aparecién- 
dose él con todas sus tropas, y trabando batalla, concluyó 



POMPEYO. 399 

con todo, quedando muertos en el campo de batalla los 
más de los caudillos. ÁPerpena lo llevaron ásu presencia, 
y le mandó quitar la vida; no con ingratitud y olvido de lo 
ocurrido en Sicilia, como le acusan algunos, sino condu- 
ciéndose con la mayor prudencia, y tomando un partido 
que fué la salud de la república: porque habiéndose apode- 
rado Perpena de la correspondencia de Sertorio, mostraba 
cartas de los principales personajes de Roma, que que- 
riendo trastornar el sistema vigente y mudar el gobierno, 
llamaban á Sertorio á la Italia. Temeroso, pues, Pompeyo 
con este motivo de que se suscitaran otras guerras mayo- 
res que las apaciguadas, quitó del medio á Perpena, y 
quemó las cartas sin haberlas leido. 

Deteniéndose después de esto todo el tiempo necesario 
para apaciguar las mayores alteraciones, y sosegar y com- 
poner las discordias y desavenencias que aun ardian, res- 
tituyó el ejército á Italia, llegando por fortuna cuando 
estaba en su mayor fuerza la guerra servil. Por lo mismo 
Craso precipitó no sin riesgos la batalla, y le favoreció la 
suerte, habiendo muerto en la acción doce mil y trescien- 
tos hombres de los enemigos. Mas con esto mismo la for- 
tuna halló medio de introducir á Pompeyo en la victoria, 
porque cinco mil que huyeron de la batalla dieron con 
él, y habiendo acabado con todos, escribió al Senado por 
«xpreso que anticipó, que Craso habia vencido en batalla 
campal á los gladiatores; pero que él habia arrancado la 
guerra de raíz: cosa que, por el amor que le tenian, escu- 
chaban y repetían con gusto los Romanos; al mismo tiem- 
po que ni por juego podia haber quien dijese que la gloría 
de la España y Sertorio eran de otro que de Pompeyo. En 
medio de todos estos honores y de la expectación en que 
en cuanto á,él se estaba, habia la sospecha y recelo de 
que no despediría al ejército, sino que por medio de las 
armas, y el mando de uno sólo, marcharla en derechura 
al gobierno de Sila: así, no eran menos los que por amor 



400 PLUTARCO. LAS VIDAS PARALELAS. 

corrían á él y le salían al encuentro en el camino, que los 
que por miedo hacían otro tanto. Disipó luego Pompeyo 
este temor con decir que dejaría el mando del ejército des- 
pués del triunfo; pero á los malcontentos aun les quedó 
un solo asidero para sus quejas, y fué decir que se incli- 
naba más á la plebe que al Senado, y que habiendo Sila 
destruido la dignidad de aquella, él trataba de restable- 
cerla para congraciarse con la muchedumbre; lo que era 
verdad. Porque no había cosa que más violentamente 
amase el pueblo Romano ni que más desease que volver 
otra vez á ver restablecida aquella magistratura: así Pom- 
peyo tuvo á gran dicha el que se le presentase la oportu- 
nidad de esta disposición, como que no habría encontrado 
otro favor con que recompensar el amor de los ciudadanos 
si otro se le hubiera adelantado en este. 

Decretados que le fueron el segundo triunfo y el consu- 
lado, no era por esto por lo que parecía extraordinario y 
digno de admiración; sino que se tomaba por prueba de 
su superior poderío el que Graso, varón el más neo de 
cuantos entonces estaban en el gobierno, el más elegante 
en el decir, de mayor opinión, y que miraba con desden á 
Pompeyo y á todos los demás, no se atrevió á pedir el con- 
sulado sin valerse de la intercesión de Pompeyo: cosa en 
que éste tuvo el mayor placer, porque hacía tiempo desea- 
ba hacerle algún servicio ú obsequio: así es que se encar- 
gó de ello con ardor, y habló al pueblo, manifestándole que 
no sería menor su gratitud por el colega que por la 
misma dignidad. Sin embargo, nombrados cónsules, ea 
todo estuvieron discordes, y se contradijeron el uno al 
otro. Y en el Senado tenía mayor influjo Craso, pero con 
la plebe era mayor el poder de Pompeyo, porque le resti- 
tuyó el tribunado, y no hizo alto en que por ley se volvie- 
sen otra vez los juicios á los del orden ecuestre; pero el 
espectáculo más grato que dio á los Romanos, fué el de sí 
mismo cuando pidió la licencia del servicio militar. Porque 



POMPEYO. , 404' 

entre los Romanos es costumbre, en cuanto á los del or- 
den ecuestre que han servido el tiempo establecido por 
ley, que lleven á la plaza su caballo á presentarlo á los dos 
ciudadanos que llaman censores, y que haciendo la enu- 
meración de los pretores ó emperadores á cuyas órdenes 
han militado, y dando las cuentas de sus mandos, se les 
dé el retiro; y allí se distribuye el honor ó la infamia que 
corresponde á la conducta de cada uno. Ocupaban enton- 
ces el tribunal en toda ceremonia los censores Gelio y 
Lentulo para pasar revista á los caballeros. Vióse desde 
lejos á Pompeyo que venía á la plaza con el séquito é insig- 
nias que correspondían á su^ dignidad, pero trayendo él 
mismo del diestro su caballo. Luego que estuvo cerca y á 
la vista de los censores, dio orden á los lictores de que 
hicieran paso, y condujo el caballo ante el tribunal. Estaba 
todo el pueblo admirado y en silencio, y los mismos cen- 
sores sintieron con su vista un gran placer mezclado de 
vergüenza. Después el más anciano le dijo; «Te pregunto, 
oh Pompeyo Magno, si has hecho todas las campañas según 
la ley.» Y Pompeyo en alta voz: «todas, le respondió, y to- 
das las he hecho á las órdenes de mí mismo como empe- 
rador.» Al oir esto el pueblo levantó gran gritería, y ya no 
fué posible contener por el gozo aquella algazara; sino que 
levantándose los censores, le acompañaron á su casa, 
complaciendo en esto á los ciudadanos, que seguían y 
aplaudían. 

Cuando ya estaba cerca de espirar el consulado de Pom- 
peyo, y en el mayor aumento su desavenencia con Graso, 
un tal Cayo Aurelio, que pertenecía al orden ecuestre, pera 
había llevado una vida ociosa y oscura, en un día de junta 
pública subió á la tribuna^ y arengando al pueblo, dijo ha- 
bérsele aparecido Júpiter entre sueños, y encargádole hi- 
ciese presente á los cónsules no dejaran el mando sin 
haberse antes hecho entre sí amigos. Pronunciadas estas 
palabras, Ponipeyo se estuvo quieto en su lugar sin mo- 

TOMO III. 26 



40í PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

verse; pero Craso empezó á alargarle la diestra y á salo- 
darle, diciendo al pueblo: «No me parece, oh ciudadaDOS, 
que liago nada que no me esté bien, ó que nae humille en 
ser el primero en ceder á Pompeyo, á quien vosotros creís- 
teis deber llamar Blagno, antes que le hubiese salido la 
barba, y á quien antes de pertenecer al Senado decretas- 
teis dos triunfos;» y habiéndose en seguida reconciliado, 
hicieron la enlrega de su autoridad. Graso guardó siem- 
pre la conducta y método de vida que babia tenido desde 
el principio; pero Pompeyo se fué desentendiendo pocoá 
poco de patrocinar las causas, se retiró de la plaza, rara 
vez se mostraba en público,^y siempre con grande acom- 
pañamiento, pues ya no era fácil el verle ó hablarle sino 
entre un gran número de ciudadanos que le hacian la 
corte, pareciendo que tenía complacencia en mostrarse 
rodeado de mucha gente; dando con esto importancia y 
gravedad á su presencia, y creyendo que debia conservar 
su dignidad pura ó intacta del trato y familiaridad con la 
muchedumbre. Porque la vida togada es resvaladiza al 
menosprecio para los que se han hecho grandes con las 
armas y no aciertan á medirse con la igualdad popular, 
pues que creen debérseles de justicia el que aquí como 
allá sean los primeros; y á los que allá fueron inferiores 
no les es aquí tolerable el no preferirles; y por lo mismo, 
cuando cogen en la plaza pública al que ha brillado en los 
campamentos y en los triunfos, lo deprimen y abaten; pero 
si éste cede y se relira, le conservan libre de envidia el 
honor y poder que allá tuvo; lo que después confirmaron 
los mismos negocios. 

El poder de los piratas, que comenzó primero en la Cí- 
cilia, teniendo un principio extraño y oscuro, adquirió 
bríos y osadía en la guerra Mitridática, empleado por el 
Rey en lo que hubo menester. Después, cuando los Roma- 
nos con sus guerras civiles se vinieron todos á las puertas 
de Roma, dejando el mar sin guarda ni custodia alguna, 



POMPE YO. 403 

poco á poco se extendieron ó hicieron progresos: de ma- 
nera que ya, no sólo eran molestos á los navegantes, sino 
que se atreviéronla las islas y ciudades litorales. Entonces 
ya hombres poderosos por su caudal, ilustres en su orí- 
gen, y señalados por su prudencia, se entregaron á la pi- 
ratería, y quisieron sacar ganancia do ella, parecíéndoles 
ejercicio que llevaba consigo cierta gloria y vanidad. For- 
máronse en muchas partes apostaderos de piratas, y torres 
y vigías, defendidas con murallas, y las armadas corrían 
los mares, no sólo bien equipadas con tripulaciones alen- 
tadas y valientes, con pilotos hábiles y con naves ligeras 
y prontas para aquel servicio, sino tales, que más que lo 
terrible de ellas incomodaba lo soberbio y altanero que se 
demostraba en los astiles dorados de popa, en las cortinas 
de púrpura, y en las palas plateadas de los remos, como 
que hacian gala y se gloriaban de sus latrocinios. Sus 
músicas, sus cantos, sus festines en todas las costas, los 
robos de personas príncipales, y los rescates de las ciuda- 
des entradas por fuerza, eran el oprobio del imperio ro- 
mano. Las naves piráticas eran más de mil, y cuatrocien- 
tas las ciudades que habian tomado. Habíanse atrevido á 
saquear de los templos mirados antes como asilos inviola- 
bles, el Clario, el Didimeo, el de Samotracia, el templo de 
Céres en Hermione, el de Esculapio en Epidauro, los de 
Neptuno en el Istmo, en Tenauro y en Calauria; los de 
Apolo en Accio y en Leucade; y de Juno el de Samos, e^ 
de Argos y el de Lacimo. Hacian también sacrííicios traí- 
dos de fuera, como los de Olimpia, y celebraban ciertos 
misterios indivulgables, de los cuales todavía sé conser- 
van hoy el de Mitra, enseñado primero por aquellos. Insul- 
taban de continuo á los Romanos, y bajando á tierra, ro- 
baban en los caminos, y saqueaban las inmediatas casas 
de campo. En una ocasión robaron á dos pretores, á Sex- 
tilio y Belino, con sus togas protestas, nevándose con ellos 
á los ministros y lictores. Cautivaron también á*" una hija 



404 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

de Antonio, varón que babia alcanzado los honores del 
triunfo, en ocasión de ir al campo, y tuvo que rescatarse 
á costa de mucho dinero. Pero lo de mayor afrenta era 
que cautivado alguno, si decia que era Romano, y les 
daba el nombre, hacían como que se sobrecogían, y tem- 
blando se daban palmadas en los muslos, y se postraban 
ante él, diciéndole que perdonase. Creíalos, viéndolos 
consternados y reducidos á hacerle súplicas; pero luego 
unos le ponian los zapatos, otros le envolvían en la toga, 
para que no dejase de ser conocido, y habiéndole asi es- 
carnecido y mofado por largo tiempo, echaban la escala al 
agua, y le decian que bajara, y se fuera contento; y al que 
se resistia le cogían y le sumergían en el mar. 

Ocupaban con sus fuerzas todo el mar inferior; de ma- 
nera que estaban cortados é interrumpidos enteramente la 
navegación y el comercio. Esto fué lo que obligó á los Ro- 
manos, que se veían turbados en sus acopios y temían 
una gran carestía, á enviar á Pompe yo á limpiar el mar de 
piratas. Propuso al efecto Gabinio, uno de los más íntimos 
amigos de Pompeyo, una ley, por la que se le confería á 
éste, no el mando de la armada, sino una monarquía y un 
poder sin límites sobre todos los hombres, porque le auto- 
rizaba la ley para mandar en todo el mar dentro de las 
columnas de Hércules, y en todo el continente á cuatro- 
cientos estadios del mar; la cual medida dejaba de com-. 
prender muy pocos países de la tierra sujeta á los Roma- 
nos, y abarcaba por otra parte los de grandes naciones y 
poderosos reinos. Concedíasele además de esto escoger 
entre los senadores quince en calidad de legados suyos, 
para mandar en las provincias; tomar del erario y de los 
cambistas cuanto dinero quisiese, y disponer de doscien- 
tas naves, siendo arbitro para formar las listas de la tropa 
del ejército, de las tripulaciones^ de las naves y de la gente 
de remo. Leido que fué este proyecto, el pueblo lo admitió 
con el mayor placei:; pero á los más principales y podero- 



POMPE YO. 405 

«os- del Senado, si bien les pareció fuera de envidia un 
poder tan indefinido é indeterminado, tuviéronle por nuiy 
propio para inspirar recelos; por lo que se opusieron á la 
ley, á excepción de César que la sostuvo, no por contem- 
plación á Pompeyo, sino para empezar á ganarse y atraerse 
al pueblo. Los demás hicieron fuerte resistencia á Pom- 
peyo; y como el uno de los cónsules le dijese que si se 
proponia imitar á Rómulo no evitaría tener el propio fin 
que aquél, corrió gran peligro de que la muchedumbre le 
hiciese pedazos. Presentóse Catulo en la tribuna, y como 
el pueblo le miraba con respeto, guardó moderación y 
compostura; pero cuando después de haber hablado larga- 
mente en elogio de Pompeyo, les aconsejó que miraran 
por él, y no expusieran á continuas guerras y peligros un 
hombre tan importante; porque «¿á quién acudiréis, les 
dijo, si éste llega á faltaros?» á tí, exclamaron todos á una 
voz. Catulo, pues, viendo que nada había adelantado, calló; 
y presentándose después Roscio nadie quiso oirle; hacía- 
les, sin embargo, senas con los dedos para que no nom- 
brasen uno sólo, sino otro con Pompeyo; pero se dice que 
irritado con esto el pueblo, fué tal la gritería que se le- 
vantó, que un cuervo que volaba por encima de la plaza 
se sofocó, y cayó sobre aquella muchedumbi*e; de donde 
puede inferirse que no es por romperse y cortarse el aire 
con el gran ruido por lo que no pueden sostenerse las 
aves que caen, sino por ser heridas como con un golpe 
con la voz, cuando enviada ésta con ímpetu y violencia 
causa en el aire fuerte movimiento y agitación. 

Disolvióse por entonces la junta; y el dia en que había 
de hacerse la votación se salió Pompeyo al campo; pero 
habiendo oido que se habia sancionado la ley entró en la 
ciudad por la noche para evitar la envidia que habia de 
producir el gran concurso de los que acudirían á esperarle 
y recibirle; y saliendo de casa á la mañana temprano, pri- 
mero hizo un sacrificio; y reuniendo después al pueblo en 



406 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

junta pública traló de recoger mucho más que io que antes 
86 le babia decretado, pues falló muy poco para que do- 
blara todo el aparato; habiendo alistado quinientas naves, 
y Juntado basta ciento veinte mil hombres de iníanteria y 
cinco mil caballos. El Senado eligió veinticuatro de los 
que hablan sido pretores y habían mandado ejércitos, para 
que sirvieran á sus órdenes, á los que se agregaron dos 
cuestores. Gomo repentinamente hubiese bajado el precio 
de los objetos de comercio, dio esto ocasico al pueblo 
para manileslar gran contento, y decir que el nombre de 
Pompeyo había acubado la guerra. Dividió éste los mares, 
y todo el espacio del Mediterráneo en trece partes, y 
asignó á cada una igual número de naves con un caudillo; 
y sorprendiendo á un tiempo con estas fuerzas asi reparti- 
das gran número de naves de los piratas, les dio caza, y 
se apoderó de ellas trayéndolas á los puertos. Los que se 
anticiparon á huir y evadirse, se acogieron como á su col- 
menar á la Cilicia, contra los cuales marchó él mismo con 
sesenta naves de Itis mejores; pero no dio la vela contra 
aquéllos sin haber antes limpiado enteramente de pirate- 
rías y latrocinios el mar Tirreno, el Líbico, el de Cerdeña, 
el de Córcega y Sicilia; no habiendo reposado él mismo en 
cuarenta días, y habiéndole servido los demás caudillos 
con diligencia y esmero. 

Como en Roma el cónsul Pisón por encono y envidia que 
le tenia le escasease los auxilios y licenciase las tripula- 
ciones, hizo pasar á Brindis la escuadra, y él subió á Roma 
por la Toscana. Luego que se supo todos acudieron al ca- 
mino, como si no hiciera pocos días que se habían despe- 
dido de él. Había producido este regocijo la celeridad de la 
no esperada mudanza: pues al punto fué suma en el mer- 
cado la abundancia de víveres; así, corrió riesgo Pisón de 
que se le despojara del consulado, teniendo ya Gabinio es- 
crito el proyecto de ley, sino que le contuvo Pompeyo; el 
cual, habiéndolo dispuesto todo con la mayor humanidad,. 



POMPEYO. 407 

provisto de lo que hubo menester, se encaminó á Brindis. 
Habiendo tenido el tiempo favorable, siguió su navegación, 
pasando á la vista de muchas ciudades ; mas respecto 
á Atenas no pasó de largo. Saltó , pues, en tierra; y ha- 
biendo sacrificado á los Dioses y saludado al pueblo , al 
salir leyó ya estos versos heroicos hechos en su honor, á 
la parte adentro de la puerta: 

» 

Cuanto en parecer hombre más te esfuerzas, 
Más á los sacros Dioses te pareces. 

Y ala parte de afuera: 

Fuiste esperado, y en honor tenido: 
Te hemos visto; feliz tu viaje sea. 

De los piratas que todavía quedaban y erraban por el 
mar trató con benignidad á algunos ; y contentándose con 
apoderarse de sus embarcaciones y sus persooas , ningún 
daño les hizo; con lo que concibieron los demás buenas es- 
peranzas, y huyendo de los otros caudillos se dirigieron á 
Pompeyo , y se le entregaron á discreción con sus hijos y 
sus mujeres. Perdonólos á todos; y por su medio pudo des- 
cubrir y prender á otros, que hablan procurado escon- 
derse por reconocerse culpables de las mayores atroci- 
dades. 

El mayor número y los de mayor poder entre ellos ha- 
blan depositado sus familias, sus caudales, y toda la gente 
que no estaba en estado de servir , en castillos y pueblos 
fortalecidos hacia el monte Tauro; y ellos, tripulando con- 
venientemente sus naves, cerca de Coraquesio de Cilicia se 
opusieron á Pompeyo, que navegaba en su busca; y como 
dada la batalla fuesen vencidos , se redujeron á sufrir un 
sitio. Mas al fin recurrieron á las súplicas, y también se en- 
tregaron con las ciudades é islas que poseían, y en que se 



408 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

habían hecho fuertes, las cuales eran difíciles de tomar y 
poco accesibles. Terminóse, pues, la guerra, y fueron en- 
teramente destruidas las piraterías en toda la extensión del 
mar en el corto tiempo de tres meses; habiéndose tomado 
además otras muchas ciudades y naves , y entre éstas no- 
venta con espolones de bronce. De ellos mismos cautivó 
Pompeyo más de veinte mil; y si por una parte no quería 
quitarles la vida , por otra no creía que podía ser conve- 
niente dejarlos, y mirar con diferencia que volvieran á es- 
parcirse unos hombres reducidos á la necesidad y aveza- 
dos á la guerra. Reflexionando, pues, que el hombre por su 
naturaleza ó índole no nació ni es un animal cruel é inso- 
ciable, sino que la maldad es la que pervierte su carácter, 
y con los hábitos y la mudanza de vida y de lugares vuelve 
á suavizarse; y que las mismas fieras con participar de más 
blandos alimentos deponen su aspereza y ferocidad, resol- 
vió trasladar aquellos hombres del mar á la tierra , y ha- 
cerlos gustar de una vida más dulce con acostumbrarlos á 
habitar en poblaciones, y labrar los campos. A algunos, 
pues, los admiliei'on las ciudades pequeñas y desiertas de 
la Cilicia , incorporándolos en sí, y adquiriendo con este 
motivo términos «nás dilatados; y tomando á la ciudad de 
Solos, poco ánles destruida por Tigranes, rey de Armenia, 
estableció á muchos en ella; pero á los más les dio por do- 
micilio á la ciudad de Dime en la Acaya, que se hallaba en- 
tonces despoblada de habitantes , y poseía un fértil y 
extenso terreno. 

Vituperaban estas disposiciones los que no estaban bien 
con él; pero lo que hizo en Creta con Mételo ni á sus ma- 
yores amigos satisfizo; porque este Mételo, pariente de 
aquel con quien Pompeyo hizo la guerra de España, habia 
sido enviado de general á Creta antes del nombramiento 
de Pompeyo; pues esta isla después de la de Cilicia era 
otro manantial de piratas, y Mételo habia logrado apresar 
y dar muerte á muchos de ellos. Quedaban otros, y cuando 



POMPE YO. 409 

los tenia sitiados, acudieron con ruegos á Pompeyo, lla- 
mándole á la isla, por ser parle del espacio de mar sobre 
que mandaba, como que caia de lodos modos dentro de él. 
Admitió Pompeyo el llamamiento, y escribió á Mételo pro- 
hibiéndole continuar la guerra. Escribió asimismo á las 
ciudades para que no obedeciesen á Mételo, y envió de 
general á Lucio Octavio, uno de los caudillos que servían 
á sus órdenes, el cual, entrando á unirse con los sitiados 
dentro de los muros y peleando con ellos, no solo odioso 
y molesto, smo hasta ridículo hacia á Pompeyo, que por 
envidia y emulación con Mételo prestaba su nombre á 
gentes impías y sin religión, é interponía en favor de ellas 
8u autoridad como un preservativo. Pues ni Áquíles se 
portó como hombre, sino como un mozuelo atolondrado y 
arrebatado del deseo de la gloria, cuando por señas pre- 
vino á los demás, y les prohibió tiraran á Héctor, 

Porque no le robara otro la gloria 
De herirlo, y él viniera á ser segundo. 

Y aun Pompeyo lo hizo peor; porque se esforzó á con- 
servar á los enemigos de la república, por privar del triun- 
fo á un general que llevaba toleradas muchas fatigas y tra- 
bajos. M^s no se acobardó Mételo, sino que venciendo á 
los piratas, tomó de ellos justa venganza; y á Octavio lo 
despachó, después de haberle reprendido y afeado su he- 
cho en el campamento. 

Llegada á Roma la noticia de que terminada la guerra 
de los piratas, ftíira reposar de ella Pompeyo recorría las 
ciudades, escribe Manilio, tribuno de la plebe, un proyecto 
de ley, para que encargándose Pompeyo del territorio y 
tropas sobre que mandaba Lúculo, y añadiéndosele la Bi- 
tinia, que obtenía Glabrion, hiciese la guerra á Mitrídatea 
y Tigranes, conservando además las fuerzas navales y el 
mando marítimo, como lo habia tenido desde el principia; 



4<0 PLUTARCO.-LAS VIDAS PARaLKLAS. 

que era, en suma, confiar á uno solo la ai.i^.-^ ^ . 

Kl^ rnmnnn PnrnnA loo ,'.«;... "'^ /» aulondad del 



superior, y la Armenia, estas mismas eran la ^'^"'°* 
agregaban ahora, con todas las tropas v fn^ ^ ^"^ ^^ '* 
Lúculo había vencido y derrotado á los rev^/M-! ??° ^"® 
Tigranes. ^«>es Mitrídatesy 

Con todo, de Lúculo, á quien se privaba de la í^i - a 
sus ilustres hechos, y á quien más bien sft h k 
del triunfo que de la guerra, era muv poco \n ^""^^^ 
biaba entre los del partido del Senado^ sin emba^"^ T ^^' 
conocían el agravio y la injusticia que á aquél g^^. ^"® 
ban; sino que llevando mal el gran poder de Pom ^ ]^'^^^' 
venia á constituirse en tiranía, se excitaban y ^^^^' T^ 
entre sí para oponerse á la ley y no abandonL^la"rh 
tad. Mas venido el momento, todos los demás falt í 

propósito, y enmudecieron de miedo: solo Calul ^7° a 
contra la ley, y contra quien la había propuesto- y v!e d 
que á nadie movía, requirió al Senado , gritando mucha! 
veces desde la tribuna, para que como sus mayores b 
caran un monte y una eminencia adonde para salvarse^' 
refugiara la libertad. Sancionóse á pesar de esto la 1 ^^ 
según se dice, por todas las tribus; y Pompeyo, estando 
ausente, quedó arbitro y dueño de todo cuanto lo' fué Sila 
apoderándose de la ciudad con las armas y con la guerra' 

Dícese de él que cuando recibió las cartas y supo lo de- 
cretado, hallándose presentes, y regocijándose sus amigos' 
arrugó las cejas, se díó una palmada en ^ muslo, y como 
quien se cansa de mandar, prorumpió en estas expresio- 
nes: «¡Vaya con unos trabajos que no tienen término! ¿Pues 
no valia más ser un hombre oscuro para no cesar nunca de 
hacer la guerra, ni de incurrir en tanta envidia, pasando 
la vida en el campo con su mujer?» Al oír esto, ni sus más 
íntimos amigos dejaron de torcer el gesto á semejante iro- 



POMPEYO. 44i 

nía y simulación, conociendo que subía muy de punto su 
alegría con el incentivo que daba á la natural ambición y 
deseo de gloria de que estaba poseido, su indisposición y 
encono con Lúculo. 

Justamente lo manifestaron bien pronto los hechos, por- 
que poniendo edictos por todas partes convocaba á los 
soldados, y llamaba ante sí á los poderosos y á los reyes 
que estaban en la obediencia del Imperio romano; y recor- 
riendo la provincia no dejó en su lugar nada de lo dis- 
puesto por Lúculo, sino que alzó el castigo á muchos, re- 
vocó donaciones; y en una palabra, hizo por espíritu de 
contradicción cuanto habia que hacer para demostrar á los 
que miraban con aprecio á Lúculo, que de nada absoluta- 
mente era dueño. Quejósele éste por medio de sus amigos; 
y habiendo convenido en verse y conferenciar, se vieron 
efectivamente en la Galacia. Como era conveniente á tan 
grandes generales que tan grandes victorias hablan alcan- 
zado, los lictores de uno y otro se presentaron con las 
fasces coronadas de laurel; pero Lúculo venía de lugares 
frescos y defendidos por la sombra, y Pompeyo habia he- 
cho algunos dias de marcha por terrenos áridos y sin árbo- 
les. Viendo, pues, los lictores de Lúculo que el laurel de 
las fasces de Pompeyo estaba seco y marchito enteramente, 
partiendo del suj^o, que se mantenía fresco, adornaron y 
coronaron con él las fasces de éste; lo que se tuvo por se- 
ñal de que Pompeyo venía á arrogarse las victorias y la 
gloria de Lúculo. Autorizaba á Lúculo la dignidad de cón- 
sul y su mayor edad; pero la dignidad de Pompeyo era 
mayor por sus dos triunfos. Con todo, su primer encuentro 
le hicieron con urbanidad y mutuo agasajo, celebrando 
sus respectivas hazañas, y dándose el parabién por sus 
victorias; pero en su pláticas en nada moderado y justo 
pudieron convenirse, sino que empezaron á motejarse, 
Pompeyo á Lúculo por su codicia, y éste á aquél por su 
ambición, de manera que con difícultad pudieron lograr 



412 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

los amigos que se despidieran en paz. Lúculo en la Galacia 
distribuyó la tierra conquistada, é hizo otras donaciones á 
quienes tuvo por conveniente. Pero Pompeyo, que estaba 
acampado á muy corta distancia, prohibió que se le pres- 
tase obediencia, y le quitó todas las tropas, á excepeioo 
de mil seiscientos hombres, que por ser orgullosos repntó 
le serian inútiles á él mismo, y que á aquél no le guarda- 
rian subordinación. Censurando y vituperando además 
abiertamente sus operaciones, decia que Lúculo habia he- 
cho la guerra á las tragedias y farsas de aquellos reyes, 
quedándole á él tener que combatir con las verdaderas y 
ejercitadas fuerzas; pues que Mitrídates habia al fin recur- 
rido á los escudos, la espada y los caballos. Mas tlefendiase 
por su parte Lúculo diciendo que Pompeyo iba á lidiar con 
la imagen y sombra de la guerra, siendo su maña acabar 
con los cuerpos muertos por otros, á manera de ave de 
rapiña, é ir dilacerando los despojos de la guerra; pues 
que de esta manera habia inscrito su nombre sobre las 
guerras de Sertorio, de Lépido y de Espartaco, terminadas 
ya felizmente, ésta por Craso, aquélla por Catulo, y la pri- 
mera por Mételo; por tanto, no era de extrañar que se ar- 
rogase ahora la gloria de las guerras Armenias y Pónticas 
un hombre que habia tenido arte para ingerirse en el 
triunfo de los fugitivos. 

Partió por fin Lúculo; y Pompeyo, dejando la armada na- 
val en custodia del mar que media entre la Fenicia y el 
Bosforo, marchó contra Mitrídates, que tenía un ejército de 
treinta mil infantes y dos mil caballos, pero que no se abre- 
via á entrar en batalla. Y en primer lugar, como hubiese 
abandonado por ser falto de agua un monte alto y de difí- 
cil acceso, en el que se hallaba acampado, lo ocupó Pom- 
peyo; y conjeturando por la naturaleza de las plantas y por 
el descenso del terreno, que el país no podia menos de te- 
ner fuentes, dio orden de que por todas partes se abrieran 
pozos, y al punto se vio el campamento lleno de gran can- 



POMPEYO. 415 

^ dal de agusí, de manera que se maravillaron de que en tanta 
3 tiempo no hubiera dado en ello Mi Irídates; y después acam- 
pando próximo á él, consiguió dejarle sitiado; pero habién- 
dolo estado cuarenta y cinco dias, se escapó sin que aquél 
L lo sintiese con lo más escogido de sus tropas, dando muerte 
á los inútiles yenfermos. Habiéndole vuelto á alcanzar Pom > 
peyó junto al Eufrates, puso su campo enfrente de él, y te- 
miendo que se adelantase á pasar este rio, sacó armado su 
ejércitt) desde la media noche, hora en que se dice haber 
tenido Mitrídates una visión que le predijo lo que iba á su- 
cederle. Porque le parecía que navegando con próspero 
viento en el mar Póntico, veia ya el Bosforo, y los que con 
él iban se lisonjeaban como el que se alegra con la certeza 
y seguridad de salir á salvo; pero que de repente se halló 
abandonado de todos en un débil barquichuelo juguete de 
los vientos. En el momento de estar en estas angustias y 
ensueños le rodearon y despertaron sus amigos, diciéndole 
que tenían cerca de sí á Pompeyo. Fues, pues, indispensa- 
ble haber de pelear al lado del campamento; y sacando sus 
generales las tropas, las pusieron en orden. Advirtió Pom- 
peyo que los cogia prevenidos, y no decidiéndose á entrar 
en acción entre tinieblas, le pareció que no debian hacer 
más que cogerlos en derredor, para que no huyesen, y á 
la mañana, pues que sus tropas eran mejores, vendrían á 
las manos; pero los más ancianos de los tribunos, rogán- 
dole é instándole, le hicieron por fin resolverse. Porque 
tampoco era la noche del todo oscura; sino que la luna^ 
yendo ya bastante baja, daba suficiente luz para que se 
vieran los cuerpos, que fu^ lo que principalmente descon- 
certó á las tropas del Rey: porque los Romanos tenian la 
luna á la espalda, y estando ya la luz muy cerca del ocaso, 
las sombras de sus cuerpos iban muy lejos delante de ellos, 
y se extendían hasta los enemigos, que no podían compu* 
tar la distancia, sino que como sí los tuvieran ya encima, 
arrojando las lanzas en vano, á nadie alcanzaban. Al ver 



41 i PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

esto los Romanos, corrieron á ellos con grande gritería, j 
como no tuvieron valor ni siquiera para esperarlos, sino 
que se entregaron á la fuga, los acuchillaron y destroza- 
ron, muriendo más de diez mil de ellos, y les tomaron el 
campamento. Al principio Mitrídates con ochocientos caba- 
llos se habia abierto paso por entro los Romanos ponién- 
dose en retirada; pero á poco se desbandaron todos los 
demás, quedándose con tres solos, entre los que se hallaba 
la concubina llipsicracía, que siempre se habia mostrado 
varonil y arrojada, tanto que por esta causa el Rey la lla- 
maba Hipsierates. Llevaba esta entonces la sobrevesta y el 
caballo de un soldado persa, y ni se mostró fatigada de tan 
larga carrera, ni con haber atendido al cuidado de la per- 
sona del Rey y de su caballo necesitó de reposo, hasta que 
llegaron al fuerte de Inora, depósito de los caudales y pre- 
seas del Rey, de donde tomando éste las ropas más pre- 
ciosas, las distribuyó á los que de la fuga habian acudido 
á él. Dio también á cada uno de sus amigos un veneno mor- 
tal para que ninguno de ellos se entregase contra su volun- 
tad á los enemigos; y desde allí marchó á la Armenia á 
unirse con Tigranes; pero como éste le desechase, y aun 
le hiciese pregonar en cien talentos, pasando por encima 
del nacimiento del Eufrates, huyó por la Colquida. 

Mas Pompeyo se dirigió á la Armenia llamado por Tigra- 
nes el joven, que habiéndose ya rebelado al padre, salió á 
unirse con aquél junto al rio Arajes; el cual, naciendo de 
los mismos montes que el Eufrates, vuelve luego hacia 
el Oriente, y desagua en el mar Caspio. Recorrieron, pues, 
juntos las ciudades, y las fueron reduciendo; y Tigranes 
el mayor, que poco antes habia sido arruiiíado por Lúculo, 
sabedor de que Pompeyo era benigno y dulce de condi- 
ción, admitió guarnición en su corte, y acompañado de 
sus amigos y deudos fué á hacerle entrega de su persona. 
Llegó á caballo hasta el valladar, donde dos lictores de 
Pompeyo le salieron al encuentro, y le previnieron bajase 



POMPE YO. 4i5 

<lel caballo y continuase á pié, porque jamás se habia visto 
:á hombre ninguno á caballo dentro de un campamento de 
los Romanos. Condescendió en ello Tigranes, y desciñén- 
doso la espada, se la entregó. Finalmente, cuando llegó 
ante el mismo Pompeyo, quitándose la tiara, hizo acción 
de ponerla á sus pies, é inclinando el cuerpo, iba á pos- 
trarse con la mayor bajeza ante él; pero Pompeyo, alar- 
gándole la diestra, lo levantó y lo sentó á su lado, colo- 
cando al otro á su hijo. De todo lo demás les dijo que de- 
bían culpar á Lúculo, que era quien les habia quitado la 
Siria, la Fenicia, la Cilicia, la Galacia y la Sofena; que lo 
que hasta entonces habian conservado lo retendrían, pa- 
gando seis mil talentos á los Romanos en pena de sus ofen- 
sas; y que en la Sofena reinaria el hijo. A Tigranes fueron 
muy agradables estas disposiciones; y habiendo sido acla- 
mado rey por los Romanos, en muestra de su alegría ofreció 
dar i cada soldado media mina de plata, diez minas á cada 
centurión, y un talento á cada tribuno; pero el hijo se 
disgustó, y llamado á la cena, respondió que no necesi- 
taba de Pompeyo, que así creía honrarle, porque él encon- 
traría otro entre los Romanos; de resulta de lo cual se le 
puso en prisión para el triunfo. De allí á poco envió Fraa- 
tes, rey de los Partos, á reclamar á este joven por ser su 
yerno, y al mismo tiempo pedia que pusiera Pompeyo al 
Eufrates por límite de sus provincias; á lo que contestó 
éste, que Tigranes más pertenecía al padre que al suegro; 
y en cuanto al límite, se señalaría el que fuese justo. 

Dejando á Áfranio de guarnición en la Armenia, le fué 
preciso marchar contra Mitrídales por medio de las nacio- 
nes que habitan el Caucase. De estas las más populosas 
son los Albanos y los Iberos: los Iberes están situados en 
las faldas de los montes Mosquicos, y los Albanos se incli- 
nan más al Oriente y al mar Caspio. Estos al principio, pi- 
diéndoles Pompeyo el paso, se le habian concedido; pero 
habiendo cogido el invierno al ejército en aquel país, y 



416 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

habiendo tenido los Romanos que celebrar la fíesta de los 
Saturnales, se dispusieron á acometerles, en número de 
cuarenta mil á lo menos, cuando fueran á pasar el rio Cirno 
que naciendo de los montes Iberios, y recibiendo al Ara- 
jes que baja de la Armenia, desagua por doce bocas en el 
mar Caspio; poro otros dicen que no sucede esto al Ara- 
jes, sino que corriendo cerca de aquel entra por sí sólo 
en este mar. Pompeyo pudo oponerse á los enemigos al 
tiempo del paso; pero los dejó que pasaran con todo so- 
siego, y cargando con seguridad sobre ellos, los rechazó y 
deshizo. Como después el Rey le hiciese súplicas y en- 
viase embajadores, perdonándole aquella injusta agresión, 
hizo alianza con él, y marchó contra los Iberos, que no 
eran inferiores en número, y que siendo más belicosos 
que los demás, deseaban con ardor servir á Mitrídates y 
alejar de allí á Pompeyo. Porque los Iberos no estuvieron 
nunca sujetos ni á los Medos ni á los Persas, y aun se li- 
braron de la dominación de los Macedoníos, por haber 
sido precipitado el paso de Alejandro por la Hircania. Mas 
á pesar de todo esto los derrotó Pompeyo en una gran ba- 
talla, en la que murieron nueve mil, y más de diez mil 
quedaron cautivos, entrando después en la Colquida; y 
junto al Tasis se le presentó Servilio trayendo las naves 
con que custodiaba el Ponto. 

La persecución de Mitrídates, que se habia acogido á 
las naciones inmediatas a4 Bosforo y á la laguna Meotis, 
ofreció á Pompeyo muchas dificultades, mayormente ha- 
biéndosele anunciado que otra voz se le hablan rebelado 
los Albanos. Regresó, pues, contra ellos encendido en ira 
y en deseo de venganza, costándole extraordinario trabajo 
volver á pasar el Cirno por haber hecho los bárbaros em- 
palizadas en gran parte de él; y teniendo que andar un ca- 
mino áspero y falto de agua, habiendo llenado diez mil 
odres de ella, continuó su marcha contra los enemigos; á 
los que alcanzó formados en orden de batalla junto al rio 



POMPEYO. 4i7 

Atente en número de sesenta mil hombres de infantería y 
doee mil de caballería; pero muy mal armados y sin obrO' 
yestiéo los más que píeles de fieras. Acaudillábalos un 
hermano del Rey, llamado Corís, el cual trabada ya la ba- 
talla^ se dirigió contra Pompeyo; y habiéndole herido con 
Ufl dardo en la parte donde terminaba la coraza, Pompeyo 
lo traspasié con un bote de lanza. Dicese que en esta batalla 
pelearon con los bárbaros las Amazonas, habiendo bajado 
de los montes que circundan el rioTermodonle; porque re- 
conociendo y despojando los Romanos á los bárbaros des^- 
pues de la batalla, encontraron sí rodelas y coturnos aauk- 
zónicos, aunque no se vio ningún cuerpo de mujer. Habitan 
las Amazonas las pendientes del Cáucaso por la parte del 
mar de Hircania, pero no confinan con los Albanos, siiM^ 
que están en medio los Gelas y los Leges, y en cada afío 
pasando dos meses en unión con éstos, orillas del Teroio- 
ddote, después se retiran á vivir solas. 

Habiéndose puesto Pompeyo en marcha después de la 
batalla para la Hircania y el mar Caspio, tuvo que retroce-^ 
der por la muchedumbre de ciertas serpientes venenosas 
y mortíferas, cuando no le faltaban más que tres dias de 
camino. Retiróse, pues, á la Armenia menor;, y á los reye» 
de los Elimeos y los Medos que le enviaron embajadores, 
left contestó amistosamente; pero contra el de los Partoe, 
que invadtó la Gordiena, y empezó á molestar á los subdi- 
tos de Tigranes, envió tropas con Afranio, que le rechazó 
y persiguió hasta la Arbielitide. Trajeron ante él á muchas 
de las concubinas de Mitridates; pero no tocó á ninguna; 
sino que todas las hizo entregar á sus padres ó deudos; 
porque en gran parlo eran hijas ó mujeres de generales ó 
sujetos poderosos. Estratónica, que fué la que gozó de ma* 
yor dignidad y se mantuvo en un alcázar magnífico, era 
hija, á lo que parece, de un cantor anciano, de pobre 
suerte en todo lo demás; pero de tal manera se apoderó 
del corazón de Milrídates, habiendo cantado en un festín, 

TOMO 111. 27 



418 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

que se la llevó para reposar con ella; mas el viejo salió de 
allí de muy mal humor, porque di siquiera le habia diri- 
gido una palabra afable y benigna. Este, á la mañana, 
cuando al despertarse vio en su habitación aparadores coa 
bajilla de oro y plata, gran número de sirvientes, eunucos 
y jóvenes que le presentaban vestidos de los más ricos, y 
á la puerta un caballo con preciosos arreos, como los de 
los amigos del Rey, creyendo que todo aquello fuese jue- 
go y burlería intentó marcharse de la casa; pero detenién- 
dole los criados, y diciéndole que el Rey le hacía el pre- 
sente de la casa de un hombre rico que acababa de morir, 
y que todo aquello no eran más que primicias y bosquejos 
de mayores bienes y riquezas, creyólo entonces, aunque 
todavía con dificultad; y tomando la púrpura, y montando 
á caballo, dio á correr por la ciudad gritando: «todo esto 
es mió;» y á los que se burlaban decía que no era aquello 
de extrañar, sino el que loco de contento no tirase piedras 
á cuantos encontrara. De esta estirpe y linaje era Eslra- 
tónica, la cual hizo donación á Pompeyo de aquel terreno, 
y le presentó muchos regalos; pero él no tomando más 
que aquellos que creyó podían servir de adorno en los 
templos, ó para dar realce á su triunfo, los demás los dejó 
á Eslratónica para que los disfrutase contenta. De la 
misma manera, habiéndole presentado el Rey de los Ibe- 
res un lecho, una mesa y un trono, todos de oro, hacién- 
dole instancias para que los tomase, lo que hizo íué entre- 
garlos á los cuestores para el tesoro público. 
' En la fortaleza de Quenon vinieron á las manos de Pom- 
peyo los papeles reservados de Mí trida tes, y los reconoció 
con gusto, porque le daban á conocer de un modo muy 
decisivo sus costumbres. Eran sus libros de memoria, y 
en ellos descubrió que había dado muerte con hierbas, 
además de otros varios, á su hijo Áriarates, y á Alceo de 
Sardis, porque en una carrera de caballos le sacó ventajas. 
Contenían también explicaciones de ensueños, unos que él 



POMPEYO. 4i9 

mismo habia tenido, y otros que eran de sus mujeres, y 
«artas poco decentes de Mónima al mismo Mitrídates, y de 
éste á aquella. Teofanes r¿Gere haberse encontrado asi- 
mismo un discurso de Rutilio^ en que le excitaba á acabar 
con los Romanos que habia en el Asia; pero los más conje- 
turan con razón haber sido esta especie una maligna in- 
vención de Teofanes, que quizá aborrecia á Rutilio por no 
serle en nada parecido; ó acaso también á causa de Pom- 
peyó, á cuyo padre pinta Rutilio como hombre del todo 
perverso en sus historias. 

Pasó de allí Pompeyo á Ámiso, y vino á pagar su renci- 
llosa emulación cayendo en lo mismo que habia repren- 
dido; pues habiendo censurado amargamente en Lúculo el 
que hirviendo aún la guerra hubiese arreglado las provin- 
cias, haciendo también la distribución de los dones y pre- 
mios que los vencedores acostumbran hacer concluida y 
terminada a:iuella, ejecutó él mismo otro tanto en el Bos- 
foro, cuando todavía Mitrídates estaba mandando y con* 
servaba respetables fuerzas, como si todo estuviera acá-, 
bado; tomando disposiciones en las provincias, y distribu- 
yendo presentes con motivo de haber acudido á él gene- 
rales y otros sujetos de autoridad, y doce reyezuelos de 
los bárbaros; y aun por esto, contestando al Rey de los 
Partos, se desdeñó de darle, como todos los demás, el 
título de Roy de Reyes, por no desagradar á estos otros. 
Vínole allí el deseo y codicia de recobrar la Siria, y de pa- 
sar por la Arabia hasta el mar Rojo, para llegar victorioso 
hasta el Océano que circunda la tierra. Porque en África él 
fué el primero que llevó sus armas vencedoras hasta el mar 
exterior; en España puso también por término de la domi- 
nación romana el mar Atlántico; y en tercer lugar, persi- 
guiendo dias antes á los Albanos, le habia faltado muy poco 
para extenderse hasta el mar de Hircania. Púsose, pues, 
en marc!?a para dar la vuelta basta el mar Rojo; porque por 
otro lado veía que era muy difícil cazar con las armas á 



tíQ PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Milrídates, y que era enemigo más temible huyendo qut! 
peleando. 

Diciendo, por tanto, que iba á dejarle en el hambre wí 
éfnemigo más poderoso que él, estableció guarda-costad 
contra los comerciantes que navegaban por el Bosforo, im-* 
poniendo la pena de muerte á los que fuesen aprehendidos. 
Hecho esto, tomó consigo la mayor parte del ejército, y 80 
poso en marcha; y como Triario hubiese tenido contraría 
la suerte y hubiese perecido en un encuentro con Mitrf- 
dates, llegando á punto de encontrar todavía los muertos 
msepu!tos, les hizo un magnífico entierro con muestras de 
seníimiento y aprecio; cosa que omitida parece fué una 
de las principales causas del odio de ios soldados á Lúculo. 
Sujetó, pues, por medio de Afranio á los Árabes que habí» 
tan el monte Amano; y bajando él á la Siria, por no tener 
reyes legítimos, la declaró provincia y posesión del Impe- 
rio romano. Domó á la Judea, tomando cautivo á su rey 
Afistóbulo, y en cuanto á las ciudades, levantó unas de los 
cimientos, y á otras dio libertad é independencia, casti- 
gando á los que las tenian tiranizadas; pero su más conti- 
nua ocupación era administrar justicia, dirimiendo las dis^ 
potas de las ciudades y los reyes: para lo que adonde á él 
no le era dado pasar enviaba á sus amigos; como sucedió 
á los Armenios y Partos, que habiéndose comprometido en 
él por un terreno sobre que altercaban, les envió tres jue* 
ees y amigables componedores; porque si era grande la 
üama de su poder, no era menor la de su virtud y ciernen- 
ela, con las que cubría la mayor parte de los yerros de sus 
neniaos y familiares; pues no sabiendo contener ó castigar 
á Kis desmandados, con mostrar á los que iban á hablarle 
etté carácter bondadoso, les hacía llevar sin molestia las 
extorsiones y vejaciones de aquéllos. 

£1 que más valimiento tenía con él era su liberto Deme- 
trio, mozo que no carecía de talento para lo demás, pero 
mae abusaba demasiado de su fortuna, acerca del cual se 



POMPKYO. 4ti 

refiere lo siguiente: Catón el Filósofo, que iodavía era 
joven, pero gozaba ya de gran reputación, y tenía altos 
pensamientos, subió á Antioquia, no bailándose alli Pom- 
peyo, con el objeto de ver y observar aquella ciudad. Ii>a 
4 pié, según su costumbre; pero sus amigos le acompaña* 
han á caballo. Vio desde cierta distancia delante de la 
puerta gran número de bombres vestidos de blanco, y á 
los lados del camino, á una parte jóvenes y á otra mueba- 
ehos con entera separación, de lo que se incomodó, cre- 
yendo que aquello se bacía en honor y obsequio juayOy 
cuando estaba bien distante de apetecerlo. Dijo, pues, á 
sus amigos que se apearan, y caminasen á pié con él; y 
cuando ya estuvieron cerca, el que dirigía todo aquello 
puesto al frente de la comparsa, y llevaba como distintivo 
una corona y un bastón, les salió al encuentro, pregun- 
tándoles dónde habían dejado á Demetrio, y cuándo ll^- 
garia. A los amigos de Catón les causó risa; pero Catón ex- 
clamó: «¡Desgraciada ciudad!» Y sin decir más palabra 
pasó adelante. El que este Demetrio no ofendiese y cho- 
case más se debia al mismo Pompeyo, que tratado de él 
con insolencia, no se mostraba disgustado, pues se dice 
que en los banquetes de Pompeyo, cuando éste aguardaba 
y recibia á los convidados, él estaba ya sentado fastuosa- 
mente con el gorro calado hasta más abajo de las orejad. 
Aun antes de volver á Italia era ya dueño de los sitios más 
deliciosos de sus cercanías y de los más bellos gimnasios; 
y habia adquirido unos soberbios jardines que se llamaban 
los Jardines de Demetrio, cuando Pompeyo basta su tercer 
triunfo habitó una casa nada más que regular y de popo 
precio. 

Después, habiendo construido para los Romano^ aquel 

tan magnífico y celebrado teatro, edificó como apéndioe 

de él una casa de mejor aspecto que la otra, aunque 

sunca tal que pudiera chocar: tanto, que el que la adquiisó 

'éespues de Pompeyo, al entrar á reconocerla, se admiró y 




422 PLUTARCO.— LAS VIDAS PARALELAS. 

preguntó dónde tenia el comedor Pompeyo Magno. Así es 
como se cuenta. 

El rey de la Arabia Pétrea al principio no había hecho 
ningún caso de las cosas de los Romanos; pero lleno en- 
tonces de miedo, escribió que estaba dispuesto á obedecer 
y ejecutar cuanto se le mandase; y queriendo Pompeyo 
confirmarle en este propósito, emprendió para ir á Pétrea 
una expedición, que no dejó de ser vituperada; porque la 
graduaban de repugnancia en perseguir á llitrídates,y 
creian lo más conveniente volver las armas contra este 
rival antiguo, que según se decía había vuelto á recobrarse 
y á equipar un ejército, con el que se proponía encami- 
narse por la Escitia y la Peonía á la Italia; pero aquél, que 
tenía por más fácil derrotar sus fuerzas en la batalla que 
echarle mano en la fuga, no quería consumirse en balde 
persiguiéndole; y por lo tanto usó de estas distracciones 
en aquella guerra, y anduvo gastando el tiempo. Mas la 
fortuna I^ sacó de este apuro, porque cuando ya le faltaba 
poco camino para llegar á Pétrea, al tiempo que en aquel 
dia iba á sentar los reales, y hacía ejercicio á caballo alre- 
dedor de su campamento, llegaron correos del Ponto coa 
buenas nuevas, lo que se conoció al punto en que traiaa 
los hierros de las lanzas coronados de laurel: y al ver- 
los, acudieron corriendo los soldados donde estaba Pom- 
peyo. 

Quería éste concluir el ejercicio; pero como empezasen á 
gritar y clamar, se apeó del caballo, y tomando las cartas 
continuaba andando á pié. No había tribuna, ni había ha- 
bido tiempo para levantar la que forman los soldados cor- 
tando gruesos céspedes y amontonándolos unos sobre 
otros¡¿ mas entonces, con la priesa y el deseo, echaron 
mano de los aparejos de los bagajes, y así la alzaron. Subió 
en ella, y les anunció la muerte de Mitrídates, el que por 
habérsele rebelado su hijo Farnaces se había quitado á si 
mismo la vida; y que Farnaces había sucedido en todos sus 



POMPEYO. 493 

bienes y estados, y escribía haberlo asi ejecutado en bien 
suyo y de los Romanos. 

Con este motivo el ejército se entregó, como era natu- 
ral, á los mayores regocijos, y pasó el tiempo en sacrifi- 
cios y convites, como si en solo Mitrídates hubieran muerto 
diez mil enemigos. Pompeyo, habiendo puesto á sus haza- 
fias y expediciones un término que no esperaba le fuese 
tan fácil, regresó al punto de la Arabia; y pasando con ce- 
leridad las provincias intermedias, llegó á Amiso, donde 
recibió muchos presentes de parte de Farnaces, y también 
muchos cadáveres de personas de la casa del rey; entre 
los cuales, aunque por el semblante no podia distinguirse 
muy bien el de Mitrídates, á causa de que los embalsama- 
dores se habían olvidado de extraerle el cerebro, le cono- 
cieron sin embargo por las cicatrices los que tuvieron la 
curiosidad de verle; pues Pompeyo no pudo sufrirlo, sino 
que teniéndolo á abominación, mandó lo llevaran á Sinope, 
habiéndose admirado de la brillantez y magnificencia de 
las ropas y armas de que usaba. Su tahalí, que habia cos- 
tado cuatrocientos talentos, lo habia sustraído Publío, y lo 
vendió á Ariarates; y la tiara Gayo, que se habia criado 
con Mitrídates, la regaló secretamente á Fausto, hijo de 
Sila, que la habia pedido por ser obra muy primorosa. De 
esto no tuvo por entonces noticia alguna Pompeyo; pero 
habiéndolo sabido después Farnaces, castigó á los oculta- 
dores. Habiendo, pues, ordenado y arreglado los nego- 
cios de aquella provincia, el viaje de vuelta lo dispuso é 
hizo con mayor aparato. Asi es que habiendo aportado á 
Mitilene, dio libertad é independencia á la ciudad por con- 
sideración á Teofanes, y asistió al certamen acostumbrado 
de los poetas, cuyo único argumento fué entonces sus ha- 
zañas. Gustóle mucho aquel teatro, y tomó el diseño de su 
figura para construir otro semejante en Roma, aunque 
mayor y más magnífico. Llegado á Rodas, oyó á todos los 
sofistas , y regaló á cada uno un talento; y Posidonio es- 



4f4 PLUTARCO.— LAS VIDAS PARALELAS. 

oribió la conferencia que tuvo á su presencia contra el 
retórico Hermágoras sobre la invención oratoria en gene- 
ral. En Atenas se condujo del mismo modo con los Gloso* 
fos; y habiendo dndo á la ciudad cincuenta talentos para 
sus obras, esperaba aportar á la Italia el más próspero y 
feliz de los hombres, con ansia por ser visto de los que 
deseaban su vuelta; pero el mal Genio, á quien debe ée 
estar encargado mezclar siempre alguna parte de mal con 
los mayores y más brillantes favores de la fortuna, le es- 
taba preparando tiempo habia un regreso que le fuese de 
sumo dolor; porque Mucia lo habia cubierto de ignominia 
durante su ausencia. Mientras estuvo lejos no hizo gran 
easo Pompeyo de los rumores que le llegaron; pero cuando 
96 halló cerca de Italia, y tuvo más tiempo para pensar en 
ellos por lo mismo que se aproximaba á la causa, le envió 
el repudio, sin manifestar entonces por escrito ni haber 
dicho después por qué motivo se divorciaba; pero en las 
cartas de Cicerón se manifiesta cuál fué el que inter- 
vino (i). 

Empezaron á correr por Roma diferentes especies acer- 
ca de Pompeyo, y era grande la inquietud que habia, por- 
que al punto baria entrar el ejército en la ciudad, y se 
consolidaría su monarquía. Graso, recogiendo sus hijos y 
su caudal, se ausentó, ó porque verdaderamente temiese, 
ó por conciliar, lo que parece más cierto , mayor crédito á 
aquella acusación, y suscitar contra él más violenta envi- 
dia. Mas Pompeyo, luego que puso el pié en tierra en Ita- 
lia, congregó en junta á los soldados, y habiéndoles ha- 
blado con la mayor afabilidad y agrado de lo que conve- 
nia, les dio orden de que se restituyeran cada uno á sa 
patria, y se retiraran á sus casas, no olvidándose de eon- 
€urrír después á su triunfo. Guando la noticia se difundió 

(1) Cicerón en la epístola 12, lib. I.^ á Ático dice: <A todo el 
mundo ha parecido bien el divorcio de Mucia.» Se ve cuál habría 
JBido su ^^onducta. 



POMPEYO. 445 

f>ór todas partes sucedió una cosa admirable, y fué que al 
ver las ciudades desarmado á Pompeyo Magno, y que como 
de un viaje volvía con unos cuantos amigos y familiares, 
acudieron á él las gentes en gran número por el amor que 
Ae tenían, y acompañándole le llevaron á Roma con mucho 
•mayores fuerzas; de modo que si hubiera tenido pensa- 
«lientos de conmover y alterar el gobierno, no tenía que 
echar menos al ejército para nada. 

Gomo la ley no permitía que antes del triunfo entrase en 
ia ciudad, representó al Senado sobre que se suspendieran 
los comicios do elección de cónsules, y se le dispensara 
esta gracia para poder hallándose presente dar pasos en 
faivor de Pisón; pero habiéndose Catón opuesto á su de- 
manda, quedó desairado en ella. Pasmado de la libertad 
<ie Catón y de su entereza, de la que él sólo usaba á las 
claras en lo que entendía justo, concibió el deseo de ganar 
por diferentes medios á tan señalado varón; y teniendo 
Catón dos sobrinas, propuso casarse él con la una, y casar 
á su hijo con la otra; pero Catón desechó esta tentativa, 
como que en cierta manera era un cebo para corrom- 
perle y sobornarle por medio de aquel deudo, aunque 
disgustando en ello á su hermana y á su mujer, que no 
estaban bien con que se rehusase la afinidad de Pompeyo 
Magno. 

Quiso en esto Pompeyo que fuera designado cónsul Afra- 
1^10, y gastó para ello gruesas cantidades con las tribus de 
«u propio caudal, yendo los que las recibían á los jardines 
del mismo Pompeyo; por lo que aquel soborno se hizo pú- 
i)lico, murmurando todos de Pompeyo, porque aquella 
misma dignidad con qne se hablan recompensado sus 
triunfos, y que tanto le habia ilustrado siendo la primera 
de la república, la hacía venal para los que no podían as- 
pirar á ella por su virtud. «Pues de esta afrenta teníamos 
que participar, dijo Catón á las mujeres de su casa, si nos 
imbiéramos hecho deudos de Pompeyo:» con lo que reoo- 



\ 



4%6 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

nocieron que acerca de lo honesto discurría Catón eoa 
más acierto que ellas. 

A la grandeza de su triunfo, aunque se repartió en do» 
dias, no bastó este tiempo; sino que muchos de los objetos 
que le decoraban pasaron sin ser vistos, pudiendo ser ma- 
teria y ornato de otra pompa igual. En carteles que se 
llevaban delante, iban escritas las naciones de quienes se 
triunfaba, siendo estas: el Ponto, la Armenia, la Capadocia, 
la Paflagonia, la Medía, la Colquída, los Iberes, los Alba- 
ROS, la Siria, la Gílícia, la Mesopotamia, las regiones de 
Fenicia y Palestina, la Judea, la Arabia y los piratas des- 
truidos do quiera por la tierra y por el mar; y además los 
fuertes tomados, que no bajaban de mil; las ciudades, que 
eran muy pocas menos de novecientas; las naves de los 
piratas ochocientas, y las ciudades repobladas, que eraa 
treinta y nueve. Había dado sobre todo esto razón por es- 
crito, de que las rentas de la república eran antes cin- 
cuenta millones de dracmas, y las de los países que babia 
conquistado montaban á ochenta millones y quinientas 
mil. En moneda acuñada y en alhajas de oro y plata habían 
entrado en el erario público veinte mil talentos, sin incluir 
lo que se había dado á los soldados, de los cuales el que 
menos había recibido mil y quinientas dracmas. Los cauti- 
vos conducidos en la pompa, además de los jefes y caudi- 
líos de los piratas, fueron: el hijo de Tigranes, rey de Ar- 
menia, con su mujer y su hija; la mujer del naismo Tigra- 
nes, Zocima; el rey de los Judíos Arístóbulo; una hermana 
de Mitrídates, con cinco hijos suyos y algunas mujeres Es- 
citas; los rehenes de los Albanos é Iberes, y del rey de los 
Camagenos; y Onalmente, muchos trofeos, tantos en nú- 
mero como habían sido las batallas que habia ganado, ya 
por sí mismo y ya por sus lugartenientes. Lo más grande 
para su gloría, y de lo que ningún Romano habia disfrutado 
antes que él, fué haber obtenido este triunfo de la tercera 
parte del mundo; porque otros habían alcanzado antes 



POMPKYO. 427 

tercer triUDfo, pero él, habiendo conseguido el primero de 
África, el segundo de la Europa, y este tercero del Asia, 
parecía en cierta manera que en sus tres triunfos habla 
abarcado toda la tierra. 

Según los que están empeñados en compararle continua- 
mente y para todo con Alejandro, no llegaba entonces su 
edad á treinta y cuatro años; pero en realidad rayaba en 
los cuarenta; ¡y ojalá hubiera terminado allí su vida mien- 
tras tuvo la fortuna de Alejandro! porque desde este punto 
en adelante el tiempo, si le ofreció alguna dicha, fué muy 
sujeta á la envidia, y las desgracias fueron intolerables; 
porque habiendo adquirido por los más honestos y conve- 
nientes medios el gran influjo de que gozaba en la repú- 
blica, con usar mal de él en favor de otros, cuanta autori- 
dad concillaba á éstos, otro tanto perdía de su gloria; y 
con semejante condescendencia, sin advertirlo, quitaba á 
su propio poder toda la fuerza y eficacia; y así como las 
partes y puntos más defendidos de una ciudad, luego que 
han recibido á los enemigos comunican á éstos su forta- 
leza, de la misma manera, exaltado en la república César 
por la autoridad de Pompeyo, con aquello mismo que le 
sirvió contra los demás, derribó y acabó con éste; lo que 
sucedió de esta manera. Ya cuando Lúculo llegó del Asia 
tan mal tratado como se ha dicho de Pompeyo, el Senado 
le hizo la mejor acogida; y después de la vuelta de éste 
procuró mover y despertar su ambición, para que otra vez 
tomara parle en el gobierno. Hallábase ya Lúculo en cierta 
indiferencia para todo, y muy tibio para volver á los nego- 
cios, habiéndose entregado á los placeres y á las distrac- 
ciones propias de los hombres ricos: mas, sin embargo, al 
punto se animó contra Pompeyo, y tomando sus cosas muy 
á pechos, en primer lugar alcanzó la confirmación de las 
providencias que éste le habla revocado, y en el Senado 
tenía mucho más favor que él con el auxilio de Catón. Des- 
quiciado, pues, y excluido por aquella parte Pompeyo, se 



4^ PLUTABCO. — LAS TIBAS PAMALBLAS. 

vio eo la prectsíoD de acogerse 4 los tríbanos de bi plebe, 
y de reonirse con loe mozuelos; de los cuales Clodio, qie 
era el más ÍDsoleoie y más osado de todos, lo paso á ta 
merced del pueblo; de manera qoe trayéodolo y llevándflo 
á s» arbitrio de un modo que no convenia 4 la dignidad de 
tan autorizado varón, le bacía apoyar las leyes y decretos 
que proponía para adular á la plebe y ganarle sus aplanses; 
y á pesar de que con esto le degradaba, áuo le pedia el 
premio, como si le hiciera favor; habiéndole arrancad», 
por ú'timo, como tal el que abandonase á Cicerón, que en 
su amigo, y de quien en las cosas de la república bahía 
recibido importantes servicios; pues hallándose ésle en 
peligro, y habiendo acudido 4 valerse de su auxilio, ni si- 
quiera se le dejó ver, sino que haciendo cerrar el portoiá 
los que venian en su busca, se marchó por un postigo, y 
los dejó burlados; y Cicerón, temiendo el éxito de la cau- 
sa, tuvo que huir de Roma. 

Entonces César, que volvia del ejército, recurrió á «0 
arbitrio, que le granjeó por lo pronto aprecio, autoridad y 
poder para en adelante; pero qoe fué de gran ruina pan 
Pompeyo y para la república. Iba á podir el primer conso- 
lado; y como viese que estando entre sí indispuestos Craso 
y Pompeyo, sí se inclinaba al uno había de tener al olffo 
por enemigo, pone por obra el reconciliarlos y hacerlos 
amigos; cosa por lo demás loable y muy política, pero in- 
tentada por él con mal objeto, y tan sagaz como traidora- 
mente ejecutada; porque el poder de la república, que 
como en una nave reglaba los movimientos para que no se 
inclinase á un lado ni á otro, luego que vino á uo mismo 
punto, y se hizo uno sólo, constituyó una fuerza que sin 
resistencia ni oposición lo trastornó y destruyó todo. Así 
€aton á los que eran de opinión de que la discordia ocur- 
rida después entre César y Pompeyo había traído la ruítta 
de la república, les decía que se equivocaban, ochándola 
culpa á lo último; pues que no era su desunión y eaesi^ 



POMPEYO. 4f29 

tad^ sino su conformidad y concordia la que había sido 
para la república la primera y más cierta causa de sus ma- 
le». Porque fué César elegido cónsul, y dedicándose al 
punto á adular al desvalido y al pobre, propuso leyes para 
•fttiar colonias y repartir las tierras, prostituyendo la 
dignidad de su magistratura, y convirtiendo el consulado 
ea tribunado de la plebe. Opúsosele su colega Bibulo, y 
eomo Catón se preparase á sostener con viveza su partido, 
kiyo César al tribunal á Pompeyo á vista de todo el pne*- 
blo; y saludándole le preguntó si abogaría por las leyes, y 
oontestóle que sí. «Pues si alguno, continuó, usa&e de fuer- 
za contra elias, ¿te pondrás de parte del pueblo en su au- 
xilio?— Sin duda, volvió á responder Pompeyo, y contra los 
que amenacen con espadas traeré espada y escudo.» Nunca 
Pompeyo liabia hecho ó dicho hasta aquel punto cosa tan 
arrojada é insolente; tanto, que sus amigos hubieron de to- . 
nar su defensa, excusándole con que aquello no habia sido 
más que un pronto; pero en todo cuanto después hizo se 
vio bien claro que se habia entregado á César para cuanto 
se intentase. Porque al cabo de pocos dias, cuando nadie 
pedia esperar tal cosa, se casó con la hija de César despo- 
sada con Cepion, con quien estaba á punto de casarse; y 
para templar de algún modo el disgusto de Cepion le pro- 
puso su propia hija, que antes habia sido prometida á 
Fausto, hijo de Síla: y César se casó con Calpurnia, hija de 
Pisón. 

Llenó después de esto Pompeyo la ciudad de soldados, y 
ya todo lo obtenía por la fuerza; porque al cónsul Bibulo 
en ocasión de bajar á la plaza con Lúculo y con Catón, sa- 
liéndole repentinamente al encuentro, le rompieron las fas- 
ees; uno de ellos vació sobre la cabeza del mismo Bibulo 
una espuerta de basura; y dos tribunos de la plebe, que le 
acompañaban, fueron heridos. Con esto dejaron despejada 
l^a plaza de los que hablan de hacerles oposición, y sancio- 
naron la ley del repartimiento de tierras, la cual les sirvié 



4^ rurriftco. — las vi»^ piítiwtt 

decebo T f)lo«iita con el p«et4o pm teaecto pronto 4 todo 
eojito cu'o ictectabao. áa qoe hiciese gnn ciieaU de h 
reriftUrficla de Cston 1 >, oi pesque en oiás que en dar n 
rebol ir si tou> á coaalo se proponía. Asi fueron tambiei 
taocioLaias las dispottcíonet de Fonpeyo sobre qoe había 
ndo b coDtieoda con Lácnlo; i César se le concedieron h 
Calía c¡«a'piDa t trasalpina, j k» r.irios por cinco años, 
con la f'ierra de caatro legiones conpleias; y foeron deñf- 
nados c^nsu^es para el año signienle Pisón, so^ro de Cé- 
sar. T &jbioio, el más desmedido entre los aduladores de 
Pompeyo.'Eo vista de estas cosu, Bibulo eslavo ocho 
meses si o presentarse como consol, conteolindose coa pe- 
dir edictos, qoe no cooteoian mis qoe iovedivas y acasa- 
cíooef coolra ambos ; y Catoo, como inspirado y profeta, 
predecía eo el Senado los males qae habian de venir sobre 
la república y sobre Pompeyo. Por lo qoe hace á Lúcnlo, 
al ponto desistió , y no se movió i nada, no hallándose ya 
en edad de llevar los negocios del gobierno; sobre lo que 
dijo Pompeyo, qoe para an anciano aun era más intempes- 
tivo el darse á los deleites que el tomar parte en los nego- 
cios; y sin embargo, bien pronto se enmolleció él misino 
con el amor de aquella jovencita; y'por atender á ella, y pa- 
sar en 80 compañía la vida en el campo y en los jardines, 
se descuidó enteramente de lo que pasaba en la plaza 
pública: hasta tal punto, que Clodio, tribuno entonces de 
la plebe, llegó á despreciarle y á meterse temerariamente 
en los negocios más arriesgados. Porque después qoe ex- 
peMó á Cicerón, y que envió á Catón á Chipre, bajo el pre- 
texto de mandar las armas, como viese, cuando ya César 
había marchado á la Galia, que el pueblo en todo le pre(e- 
ría, y todo lo disponía y hacía según su voluntad, al punto 
intentó revocar algunas de las providencias de Pompeyo; 

(I) Segruiraos aquí la corrección que de este lug'ar viciado en el 
original se hace en las notas puestas al fln de cada tomo de U 
edición que nos sirve de texto. 



• POMPKYO. 431 

arrebató á Tigranes, que se hallaba cautivo , y lo retuvo 
eoDsigo; y movió causas á algunos de los amigos de Pom- 
peyo para hacer prueba en ellos del poder de éste. Final- 
mente, en ocasión de acudir al tribunal Pompeyo con 
motivo de cierta causa , teniendo él á su disposición una 
turba de hombres insolentes y desvergozados, se paró en 
an lugar muy público, y les dirigió estas preguntas: «¿Quién 
es el Emperador corrompido y disoluto? ¿Qué hombre anda 
en busca de un hombre? ¿Quién es el que se rasca la cabeza 
con un dedo?» Y ellos, como si fuera un coro prevenido 
para alternar , al sacudir aquél la toga respondían á cada 
pregunta en voz alta: «Pompeyo.» 

Mortificaban en gran manera estas cosas á Pompeyo, nada 
acostumbrado á los insultos, y poco ejercitado en esta 
especie de guerra, y le mortificaban más, porque veia que 
el Senado se complacía en su humillación, y en que pagara 
la traición de que con Cicerón había usado. Sucedió des- 
pués que hubo riñas en la plaza, hasta resultar algunos he- 
ridos, y se descubrió que un esclavo de Clodio, que se en- 
caminaba á Pompeyo por entre los que le rodeaban, llevaba 
oculta una espada; y tomando de aquí prettíxto, como por 
otra parte temiese la insolencia y los insultos de Clodio, 
ya no volvió á presentarse en la plaza mientras aquél ejer- 
ció su magistratura; sino que se encerró en su casa, dis- 
curriendo con sus amigos cómo baria para poner remedio 
al encono del Senado y de todos los buenos coatra él. Con 
todo, á Culeon que le propuso se separase de Julia y pa- 
sase al partido del Senado, renunciando á la amistad de 
César, no quiso darle oidos; pero con los que le propusie- 
ron la vuelta de Cicerón, hombre el más enemigo de Clo- 
dio, y más amado xlel Senado , se mostró más dispuesto á 
condescender. Presentó, pues, en la plaza al hermano de 
aquél, que era quien hacía la petición con una gran particla 
de tropa; y habiéndose venido á las manos y b'ibido algu- 
nos muertos, por fin logró vencer á Clodio. Habiendo sido 



482 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. • 

Gíeeron restituido por una ley , al punto reconcilió al Se- 
n»do con Pompcyo; y hablando en favor de la ley de al)a6- 
t08, en cierta manera volvió á hacer á Pompeyo arbitro y 
dueño de cuanto por tierra > por mar poseían los Roma- 
nos: porque quedaron á sus órdenes los puertos, los mer- 
cados, el comercio de granos, y, en una palabra, todos los 
intereses de los navegantes y labradores; sobre lo que 
deeia Glodio en tono de acusación , que no se había pro- 
puesto la ley porque hubiese carestía, sino que se ha- 
bía hecho que hubiese carestía para dar la ley, á fin de que 
volviese y se recobrase como de un desmayo con esU 
nueva autoridad el poder de Pompeyo , que andaba aclMh 
ooso y decaído. Mas otros dicen haber sido esta comisroD 
de Pompeyo pensamiento del cónsul Gspinter, que quiso 
ponerle el estorbo de un mando más extenso para ser ¿1 
mismo enviado en auxilio del rey Tolomeo. Con todo , el 
tribuno de la plebe Ganidio hizo proposición de uoa ley, 
por la que se encargaba á Pompeyo el que sin ejército, lle- 
vando solo dos lictores, compusiera las desavenencias del 
Rey con los de Alejandría: y Pompeyo no se mostraba dis- 
gustado de la ley; pero el Senado la desechó con la plau- 
sible causa de que temía por la persona de Pompeyo. Der- 
ramáronse en aquella ocasión papeles por la plaza y en el 
ediOcio del Senado, en los que se manifestaba haber pedida 
Tolomeo que se lo diera por general á Pompeyo en lugar 
de Espinter; y Timagenes dice que Tolomeo se salió de 
Bgipto sin necesidud, abandonándole á persuasión de Teo- 
fanes , para proporcionar á Pompeyo la ocasión de ua 
mando y de adelantar en sus intereses; pero esto no bastó 
á hacerlo tan probable la perversidad de Teofanes, cono 
lo hizo increíble la índole de Pompeyo, cuya ambición no 
lavo nunca un carácter tan maligno é iliberal. 

*€reado prefecto de los abastos, para entender en si; aco^ 
pío y arreglo envió por muchas partes comisionados y ami- 
gos; y dirigiéndose él mismo por mar á la Sicilia, á la Ger- 



POBfPBYO. 433 

defia y al África, recogió grao cantidad de trigo. Iba á dar 
la vela para la vuelta á tiempo que soplaba un recio viento 
contra el mar; y aunque se oponían los pilotos, se embarcó 
el primero, y dio la orden de levantar el áncora diciendo: 
ttCl navegar es necesario, y no es necesario el vivir;» y ha- 
biéndose conducido con esta decisión y celo, llenó, favo- 
recido de su buena suerte, de trigo los mercados, y el mar 
de embarcaciones; de manera que aun á los forasteros pro- 
veyó aquella copia y abundancia, habiendo venido á ser 
como un raudal que naciendo de una fuente alcanzaba á 
todos. 

fin este tiempo habian ensalzado á César á grande altura 
las guerras de la Galia; y cuando se le tenía al parecer muy 
lejos de Roma, enredado con los Belgas, los Suevos y Bri- 
taños, á esfuerzos de su sagacidad y maña estaba sin que 
nadie lo advirtiese, en mitad del pueblo, minando en los 
principales negocios el poder de Pompeyo. Porque ha- 
ciendo de la fuerza militar el uso que de su cuerpo, la ejer- 
citaba en aquellos combates como en una caza y persecu- 
' eion de fíeras, no precisamente contra los bárbaros, sino 
con la mira ulterior de hacerla invicta y temible. El oro, la 
plata, y todos los demás despojos y riquezas recogidos en 
gran copia de los eneíTiigos, todo lo enviaba á Roma; y 
tentando y agasajando con dádivas á los ediles, á los pre- 
tores, á los cónsules y á sus mujeres, se ganó la amistad 
de muchos de ellos; de manera que habiendo pasado los 
Alpes y venido á invernar en Luca, sin contar la inmensa 
muchedumbre que de toda clase de gentes concurrió á vi- 
sitarle, del orden senatorio fueron doscientos los que acu- 
dieron, y entre ellos Pompeyo y Craso; de procónsules y 
pretores se llegaron á ver á su puerta hasta ciento y veinte 
fasces. Á los demás los despidió colmándolos de esperan- 
zas y de presentes; pero entre Pompeyo, Craso y él media- 
ron ajustes: que se pedirían los consulados para los dos 
primeros, en lo que les auxiliaría César, enviándoles mu- 

TOMO III. 28 



4!H PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALKLAb. 

chos de sus soldados para aumentar los votos; y que inme- 
dialamonte que fuesen elegidos, harían entre si mismos el 
repartimiento de las provincias y mando de los ejércitos; y 
á César le confirmarían en las provincias que tenia por 
otros cinco años. Como este convenio se hubiese divulgado, 
los principales ciudadanos lo llevaron á mal; y Marcelino 
les preguntó á los dos en junta pública si pedirían el con- 
sulado. Y clamando muchos porque constestasen, el pri- 
mero que respondió fué Pompeyo, diciendo que quizá lo 
pediria, y quizá no lo pediría; pero Craso con mayor polí- 
tica dijo que haría lo que creyese ser de mayor utilidad 
pública. Estrechaba Marcelino á Pompeyo; y como fuese 
mucho lo que gritaba, le salió éste al encuentro diciéndole 
que era el más injusto de los hombres en no mostrársele 
agradecido; pues que por él de taciturno se había hecho 
hablador, y de pobre había venido á estado de vomitar de 
harto. 

Desistieron los demás de aspirar al consulado; pero Ca- 
tón, no obstante, persuadió y alentó á Lucio Domício para 
que no desmayara: «porque la contienda, decía, no es por 
la magistratura, sino por la libertad contra los tíranos.» 
Pompeyo y su partido tendieron el tesón de Catón, no faera 
que teniendo por suyo á todo el Senado atrajera y mudara 
la parte sana del pueblo; por lo cual no permitieron que 
Domicio bajase á la plaza, sino que habiendo apostado 
hombres armados dieron muerte al esclavo que iba delante 
con luz, y ahuyentaron á los demás; habiendo sido Catoo 
el último que se retiró, herido en el codo derecho por ha- 
berse puesto á defender á Domicio. Habiendo llegado al 
consulado por tan mal camino, no se portaron en lo demás 
con mayor decencia; sino que manifestándose dispuesto el 
pueblo á elegir por pretor á Catón, en el acto de votar di- 
solvió Pompeyo la asamblea bajo el pretexto de agüeros; 
y después aparecieron nombrados Anclas y Vatinío, sobo^ 
nadas con dinero las tribus. Después propusieron leyes por 



POMPEYO. 435 

medio del tribuno de la plebe TreboDio, en virtud de las 
cuales decretaron á César otro quinquenio, según lo con- 
venido; á Craso le dieron la Siria y el mando del ejército 
contra los Partos; y al mismo Pompeyo toda el África y 
una y otra España, con cuatro legiones, de las cuales pu9o 
dos á disposición de César, que las pidió para la guerra de 
las Galias. Por lo que hace á Craso, al punto partió á su 
provincia concluido el año de consulado; pero Pompeyo, 
construido ya su teatro, celebró para dedicarle juegos gim- 
násticos y de música, y combates de fieras, en los que pe- 
recieron quinientos leones: sobre todo, el combate de ele- 
fantes fué un terrible espectáculo. 

Sin embargo de que con estas demostraciones públicas 
se granjeó la admiración y el aprecio, volvió otra vez á in- 
currir en no menor envidia; porque coDÍiando á lugarte- 
nientes amigos suyos los ejércitos y las provincias, él pa- 
saba la vida eij las casas de recreo de Italia» yendo con s» 
mujer de una parte á otra; ó porque estuviese enamorado 
de ella, ó porque siendo amado no se sintiese con fuerzas 
para dejarla, pues también esto se dice, y era voz común 
que aquella joven amaba desmedidamente á su marido; 
aunque no sería por la edad de Pompeyo, sino que la 
causa era, á lo que parece, la continencia de éste, que des- 
pués de casado no se distraía con otras mujeres, y aun su 
misma gravedad, que no le hacía desagradable en el trato, 
y antes tenía para las mujeres un cierto atractivo, si no he- 
mos de dar por falso el testimonio de la cortesana Flora. 
Sucedió en esto que en los Comicios edilicios vinieron á 
las manos algunos, y habiendo muerto no pocos alrededor 
de Pompeyo, tuvo que mudar las ropas por habérsele lle- 
nado de sangre; y habiendo sido grande el bullicio, y la 
priesa de los esclavos que llevaban las ropas, como la 
mujer, que se hallaba en cinta, los viese y observase que 
la toga estaba manchaba de sangre, le dio un desmayo, del 
que tardó mucho tiempo en volver; y al 6n malparió de 



436 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

resultas de aquel alboroto y pesadumbre; eco lo cual 
áuQ los que más vituperaban la amistad de Pompeyo con 
César no culparon ya el amor que tenía á su mujer. Hízose 
otra vez embarazada; y habiendo dado á luz una niña, 
murió del parto, y ésta le sobrevivió muy pocos dias. Dis- 
ponía Pompeyo dar sepultura al cadáver en su quinta Ál- 
bana; pero el pueblo bizo que se llevara al campo de Marte, 
más bien por compasión á aquella jovencita que por obse- 
quio á Pompeyo ó á César, y aun entre ellos más parte 
parece haber dado el pueblo de aquel honor á César con 
estar aislante, que á Pompeyo que se hallaba presente. 
Porque al punto sobrevinieron borrascas en la ciudad y se 
conmovió la república, suscitándose voces sediciosas, 
apenas faltó entre ambos aquel deudo, que más bien había 
tenido encubierta que apagada la ambición encontrada de 
uno y otro. Llegó al cabo la noticia de haber perecido 
Craso en la guerra con los Partos, y desapareció este 
grande estorbo para que viniera sobre Roma la guerra 
civil; porque temiéndole ambos, en sus repartos tenían 
que guardar cierta justicia. Mas después que la fortuna quitó 
de delante el tercero que pudiera entrar en la lid, se es- 
taba ya en el caso de usar de esta expresión de los Có* 
micas. 

jCómo se unge el uno contra el otro, 
Y las manos con polvo se refriegan! 

¡Tan poca cosa es aun la misma fortuna para la ambi- 
ción humana! pues que no alcanza á saciar sus deseos; 
visto que tan grande extensión de mando, y tanta copia de 
felicidad, no puede contentar á dos solos hombres; sino 
que con oir y leer que todo está distribuido entre los Dio- 
ses y cada uno goza de su particular honor, creían sin 

Kbftor r^" """'' """ "^ '^' "«^^ ^« dos, no les 
Dastoba todo el imperio de los Romanos. 



POMPEYO. 437 

Pompeyo había dicho de sí ea cierta ocasión aren- 
gando al pueblo, que habia obtenido todas las magistratu» 
ras mucho antes de lo que habia esperado, y se habia despo- 
seído de ellas mucho antes de lo que se esperaba; y en 
verdad que deponen en su favor las disoluciones de los 
ejércitos. Recelaba entonces que César no depusiese al 
tiempo debido su autoridad, y buscaba cómo ponerse en 
seguro respecto de él con magistraturas políticas, sin ha- 
cer otra innovación alguna, ni dar á entender que descon- 
fiaba, sino que más bien no hacía cuenta y lo miraba con 
desden. Mas cuando vio que las magistraturas no so distri- 
buían como parecía conveniente, por haber sido soborna- 
dos los ciudadanos, hizo porque la república cayera en la 
anarquía: con lo que al punto corrió la voz de la necesidad 
de un Dictador, de la cual el primero que se atrevió á ha- 
blar en público fué Lucillo, tribuno de la plebe, excitando 
al pueblo á que nombrase á Pompeyo. Opúsosele Catón, 
y estuvo en poco el que aquél no perdiese el tribunado; 
mas en cuanto á Pompeyo muchos de sus amigos se pre- 
sentaron á defenderle de que ni solicitaba ni siquiera ape- 
tecía aquella dignidad. Púsose en esto Catón á hacer su 
elogio, y á exhortarle á que tomara parte en el restable- 
cimiento del orden; y avergonzado entonces se dedicó á 
este objeto, quedando elegidos cónsules Domicio y Mésala. 
Volvióse á caer otra vez en la anarquía; y como tomase 
mayor incremento la idea de nombrar Dictador, siendo 
muchos los que la proponían, temiendo Catón y los suyos 
no lo arrancaran por fuerza, resolvieron, concediendo á 
Pompeyo una magistratura legítima, apartarle de aquella ili- 
mitada y tiránica; y Bíbulo, enemigo declarado de Pompeyo, 
fué el primero que abrió dictamen en el Senado para que 
éste luera nombrado cónsul único: porque ola república sal- 
dría del presente desorden, ó serviría al ciudadano más 
ilustre. Fué oída con sorpresa la proposición, á causa del 
que la hacía; y levantándose Catón, según se esperaba, para 



438 PLUTARCO. — LAS VIDAS PAftALKLAS. 

coolradecirle, luego que se hizo silencio, dijo: que él do 
habría manifestado aquel dictamen; pero una vez presen- 
tado por otro, creía que convenia adoptarle, pues prefe- 
ría cualquiera mando á la anarquía, y juzgaba que ninguoo 
gobernaría mejor que Pompeyo en semejante confusión. 
Adoptóle, pues, el Senado, y se decretó que Pompeyo en 
calidad de cónsul mandase sólo, y si necesitase de colega, 
eligiera al que fuera de su aprobación; mas do antes de 
dos meses. 

Nombrado y designado Pompeyo cónsul en esta forma 
por Sulpicio, que mandaba en el interregno, saludó con mu- 
cha expresión á Catón, reconociendo que le estaba muy 
gradecído, y le pidió que fuera su asesor particular durante 
su mando; pero Catón se desdeñó de que Pompeyo le diese 
gracias, pues que nada de lo que dijera lo habia dicho por 
consideración á su persona, sino á la república, y que se- 
ria en particular su asesor si le llamaba; pero que si no le 
llamase, diría en público lo que creyese conveniente. £ste 
era el carácter de Catón en todo negocio. 

Habiendo Pompeyo entrado en la ciudad, se casó con 
Cornelia, hija de Mételo fiscipion, que no se hallaba sol- 
tera, sino que habia quedado viuda poco antes de Public, 
hijo de Craso, muerto también en la guerra de los Partos, 
con quien casó doncella. Tenía esta joven muchas prendas 
que la hacían amable además de su belleza, porque estaba 
muy versada en las letras, en tañer la lira y en la geon^e- 
tría; y habia oído con fruto las lecciones de los filósofos. 
Agregábanse á esto unas costumbres libres de la displicen- 
cia y atectabion con que tales conocimientos suelen echar 
á perder la índole de tas jóvenes; y en su padre, tanto por 
razón de linaje como por su opinión personal, no habia 
nada que tachar. Con todo, este enlace no agradaba á al- 
gunos, por la desigualdad de edades, siendo la de Cornelia 
más propia para haberla casado con su hijo. Otros, mirán- 
dolo por el aspecto del decoro y la conveniencia, creían 



POMPEYO. 439 

que Pompeyo no habia mirado por el bien de la repú- 
blica, que agobiada de males le habia elegido como mé- 
dico, entregándose toda en sus manos; y él en tanto se 
coronaba y andaba en sacrificios de boda, cuando debía 
reputar á calamidad aquel consulado, q.ue no se le habría 
concedido tan fuera del orden legítimo si la patria se ha- 
llara en estado de prosperidad. Presidia á los juicios sobre 
cohechos y sobornos, y al proponer los decretos contra los 
comprendidos en las causas, en todo lo demás se condujo 
con gravedad y entereza, dando á los tribunales, en los 
que tenía puesta guardia, seguridad, decoro y orden; pero 
habiendo de ser juzgado su suegro Escipion, llamó á su casa 
á los trescientos y setenta jueces, y les rogó estuvieran 
en su favor; y el acusador se apartó de la causa por haber 
visto á Escipion ir acompañado desde la plaza por los mis- 
mos jueces. Empezóse por tanto á murmurar otra vez de 
él; y más que habiendo prohibido por ley las alabanzas de 
los que sufrían un juicio, él mismo se presentó á hacer el 
elogio de Planeo; y Catón, que casualmente era uno de los 
jueces, tapándose con las manos los oidos, dijo que no era 
razón escuchar unas alabanzas contra ley; por lo cual se 
recusó á Catón antes de dar su voto; pero Planeo fué sin 
embargo condenado por todos los demás con vergüenza 
de Pompeyo. De allí á pocos días Hipseo, varón consular, 
contra quien se seguia una causa, se puso á esperar á 
Pompeyo cuando del baíio pasaba á la cena, é imploró su 
favor echándose á sus pies; pero él pasó sin hacer caso, 
diciendo que ninguna otra cosa adelantaría sino que se le 
echara á perder la cena, con lo que se atrajo la nota de no 
guardar igualdad. Todas las demás cosas las puso perfec- 
tamente en orden, y eligió por colega á su suegro para los 
cinco meses que restaban. Decretóse en su obsequio que 
conservaría las provincias por otro cuadrienio, y percibi- 
ría cada año mil talentos para el vestuario y manutención 
de las tropas. 



440 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

Tomando de aquí ocasión los amigos de César, solicita- 
ban que también éste sacara algún partido después de tan 
continuados combates por el acrecentamiento de la repú- 
blica. Porque ó bien era acreedor al segundo consulado, ó 
bien á que se le prorogase el tiempo del mando, para que 
DO fuera otro y le arrebatara la gloria de sus afanes, sino 
que la autoridad y el bonor fuesen de quien los habia me- 
recido con sus sudores. Habiéndose reunido á tratar de 
este asunto, Pompeyo, como para desvanecer por afecto 
la envidia que podría suscitarse contra César, dijo haber 
recibido caitas de éste, en las que mostraba desear que 
se le diese sucesor, y se le relevase del mando; pero que 
no habría inconveniente en que se le admitiese á pedir 
en ausencia el consulado. Opúsose á esto Caten, diciendo 
que después de reducido César á la clase de particular, y 
de haber depuesto las armas, verían los ciudadanos qué 
era lo que correspondia; y como Pompeyo en lugar de in- 
sistir se hubiese dado por vencido, fué mayor la sospecha 
que hizo concebir á muchos de sus disposiciones respecto 
á César. Reclamó además de éste las tropas que le había 
alargado, bajo pretexto de la guerra Pártica; y él, no obs- 
tante saber la mira con que se pedían aquellos soldados, 
se los envió, después de haberlos regalado con largueza. 

Por éste tiempo, como Pompeyo hubiese enfermado de 
cuidado en Ñápeles, y recobrado la salud, los napolitanos, 
á excepción de Praxágoras, hicieron sacrificios públicos 
por su restablecimiento, é imitando este ejemplo los de 
los pueblos vecinos, fué de unos en otros corriendo toda 
Italia, y no hubo ciudad grande ni pequeña que no hiciese 
fiestas por muchos días. Fuera de esto, no habia lugar que 
bastase para los que le salian al encuentro por todas par- 
tes, sino que los caminos, las aldeas y los'puertos estaban 
llenos de gentes que hacían sacrificios y banquetes. Mu- 
chos le salían á recibir con coronas y antorchas, y le 
acompañaban derramando sobre él flores; de manera que 



POMPE YO. 441 

SU vuelta y todo su viaje fué uno de los espectáculos más 
magDífícos y brillantes que se han visto; y así se dice no 
haber sido esta la menor de las causas que atrajeron la 
guerra civil. Porque el exceso de esta satisfacción dio ma- 
yor calor al orgullo con que ya pensaba acerca de los ne- 
gocios; y creyéndose dispensado de aquella circunspección 
que hasta allí habia afianzado y dado estabilidad á sus 
prósperos sucesos, se entregó á una ilimitada confianza, 
y al desprecio del poder de César, como que ya no necesi- 
taba de armas ni de una gran diligencia contra él, sino 
que aun le habia de ser más fácil entonces el destruirlo 
que le habia sido antes el levantarlo. Concurrió además de 
>esto haber venido Apio de la Galia trayendo las tropas que 
Pompeyo habia dado á César, y haber empezado á apocar 
las hazañas de éste, desacreditándole en sus conversacio- 
nes, y diciendo que el mismo Pompeyo no llegaba á cono- 
cer todo el valor de su poder y gloria buscando apoyarse 
€on otras armas contra César, cuando con las suyas pro- 
pias pedia destruirle apenas se dejase ver; pues tanto era 
6l odio con que miraban á César, y tan grande la inclina- 
ción que tenian á Pompeyo; el cual se engrió de manera, 
y llegó á tal extremo de descuido con la nimia confianza, 
que se burlaban de los que temian la guerra: á los que le 
decian que si viniese César no veian con qué tropas se le 
podría resistir, sonriéndose y poniendo un semblante des- 
deñoso les contestaba que no tuvieran cuidado ninguno; 
«pues en cualquier parle de Italia, decia, que yo dé un pun- 
tapié en el suelo, brotarán tropas de infantería y ca- 
ballería.» 

\a César daba calor con más viveza á los negocios, no 
apartándose mucho de la Italia; enviando continuamente 
á Roma soldados suyos para que votaran en las asambleas, 
y ganando y corrompiendo con intereses á muchos de los 
magistrados, de cuyo número eran el cónsul Paulo, traído 
á su facción con mil y quinientos talentos; el tribuno de la 



442 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

plebe Curion, á quien redimió de inmensas deudas, y Marco 
Antonio, que por la amistad de Curion participó también 
para las suyas. Dijese entonces que un tribuno de los que 
babian venido del ejército de César, bailándose á la puerta 
del Senado, y llegando á entender que éste no proregaria 
á César el tiempo de su mando, ecbó mano á la espada di- 
ciondo: «pues ésta lo prorogará;» y á esto se dirigia cuaoto 
se bacía y meditaba. Con todo, las proposiciones é instan- 
cias de Curion en cuanto á César parecían más moderadas; 
porque pedia una de dos cosas; ó que Pompeyo también 
renunciara, ó que no se quitaran á César las tropas: pues 
de este modo, ó reducidos á la clase de particulares esta- 
rían á 1 o justo, ó conservándose rivales permanecerían 
como estaban; cuando abora el que queria debilitar al otro 
doblaba por lo mismo su poder. Ocurrió después, que Mar- 
celo apellidó ladrón á César, y fué de parecer que se le tu- 
viera por enemigo si no deponía las armas; mas con todo 
Curion pudo obtener con Antonio y con Pisón que. se deci- 
diera este asunto en el Senado: porque propuso que pasa- 
ran al otro lado todos los que fueran de opinión de que 
sólo César dejara las armas y Pompeyo retuviera el mando; 
y pasaron la mayor parte. Propuso otra vez que se biciera 
la misma diligencia, pasando á su lado los que quisieran 
que ambos depusieran las armas y ninguno de los dos que- 
dara con mando; y á la parte que bacía por Pompeyo sólo 
pasaron veintidós, pasando á la de Curion todos los res- 
tantes. Éste, como si bubiera ganado una victoria, corrió 
lleno de gozo á presentarse al pueblo, que le recibió con 
grande algazara, derramando sobro él coronas y flores. 
Pompeyo no asistió al Senado, porque los que mandan 
ejércitos no entran en la ciudad; pero Marcelo se levantó, 
diciendo que ya nada oiría desde su asiento, pues al ver 
que estaban en marcba diez legiones, babiendo pasado 
los Alpes, enviarla quien se les opusiese en defensa de la 
patria. 



POMPBYO. 443 

En consecuencia de esto mudaron los vestidos como en 
un duelo: y Marcelo, marchando desde la plaza á verse con 
Pompeyo, á donde le siguió el Senado, puesto ante aquél: 
•cte mando, le dijo, ¡oh Pompeyo! que defiendas la patria, 
empleando las tropas que se hallan reunidas y levantando 
otras.» Y lo mismo le dijo Lentulo, otro de los cónsules 
designados para el año siguiente. Empezó Pompeyo á en- 
tender en esta última operación; pero unos no obedecían, 
algunos pocos se reunieron lentamente y de mala gana, y 
los más clamaban por la disolución del ejército, porque 
leyó Antonio ante el pueblo contra la voluntad del Senado 
una carta de César, que contenia una especie de apelación 
obsequiosa á la muchedumbre. Proponia en ella que dimi- 
tiendo ambos sus provincias, y licenciando las tropas, 
quedaran á disposición déla República, dando razón de su 
administración; pero Lentulo, ya cónsul, no reunía el Se- 
nado; y Cicerón, que acababa de llegar de la Cilicia, trató 
de una transacción, por la cual César, saliendo de la Galia y 
dejando todas las demás tropas, esperaría en el Hirió con 
dos legiones el consulado. Como todavía lo repugnase 
Pompeyo, aun se recabó de los amigos de César que no 
fuese más que una legión; pero opúsose Lentulo, y gri- 
tando Catón que Pompeyo lo erraba y se dejaba otra vez 
engañar, la transacción no tuvo efecto. 

Corrió en esto la voz de que César , habiéndose apode- 
rado de Ariminio, ciudad populosa de la Italia, venía con- 
tra Roma con todo su ejército; pero esta noticia era falsa, 
porque hacía su marcha con solos trescientos caballos y 
cinco mil infantes , no habiendo tenido por conveniente 
aguardar á las demás tropas que estaban del otro lado de 
los Alpes, con la mira de acometer á los contrarios cuando 
estuviesen perturbados y desprevenidos, sin darles tiempo 
para que se apercibieran á la pelea. Habiendo, pues, llegado 
al rio Rubicon, que era el límite de su provincia, se paró 
pensativo, y estuvo por algún tiempo meditándolo atrevido 



,^ 



444 PLCTAftCO. — LAS TIBAS PA&ALELAS. 

de 80 empresa. Después, como los que de un precipicio ae 
arrojan á una grao profundidad, cerró la puerta á todo día- 
curso, y apart í los ojos del peligro; y sio articular mis pa- 
labras que esu expresión en lengua griega: tirado estad 
dado^ bizo que las tropas pasaran el rio. Apenas se divulgó 
la oolicia, la turbación, el miedo y el asombro se apoden- 
roo de Roma como nunca antes; ^ Senado partió corriendo 
en busca de Pompeyo , y también acudieroo las autorida- 
des. Preguntó Tulo acerca de] ejército y tropas; respoo- 
diéndole Pompeyo con inquietud, y como quien noeaU 
muy seguro, que tenía prontos los soldados que hablan 
venido del ejército de César y pensaba reunir en breve loa 
que ya estaban alistados, que serian unos treinta mil, ex- 
clamó Tulo: «Nos engañaste, oh Pompeyo:» y Tué de dictá- 
meo que se enviara á César una embajada. Un tal Fabo- 
nio, hombre por otra parte de bondad, pero que con ser 
arrojado é insolente le parecia que imitaba la libertad y en- 
tereza de Catón, dijo entonces á Pompeyo: «E^^ta es labora 
de que des aquel puntapié en el suelo, haciendo brotar laa 
tropas que prometiste;» y tuvo que aguantar con manse- 
dumbre esta impertinencia. Mas recordándole Catón lo que 
en un principio habia predícho acerca de César, le conteaió 
que si bien Caten habia profetizado mejor, él había proce- 
dido con mayor candor y amistad. 

Aconsejaba Catón que se nombrara á Pompeyo generalí- 
simo con la más plena autoridad: añadiendo que el que ha- 
bia causado grandes males solia ser el más propio para 
remediarlos; y al punto partió para Sicilia , que era la pro- 
vincia que le habia tocado, marchando también los demaa 
á las que les hablan cabido en suerte. Como se hubiese su- 
blevado toda la Italia, era grande la perplejidad acerca de 
lo que debía hacerse, porque los que andaban fugitivos por 
diferentes partes se vinieron á Roma ; y los habitantes de 
ésta la abandonaron, á causa de que en semejante tormenta 
y turbación lo que podia ser útil carecía de fuerza, y sólo 



POMPEYO. 445 

prevalecía la indocilidad y desobediencia á los que manda- 
ban; pues no habia modo de calmar el miedo, ni dejaban á 
Pompeyo que pensase por sí solo lo conveniente, sino que 
cada uno trataba de inspirarle la pasión que á él le domi- 
naba, de miedo, de pesar ó de agitación. Así, en un mismo 
día dominaban resoluciones contrarias y no le era posible 
saber nada de cierto de los enemigos, porque cada uno 
venia á anunciarle lo que casualmente oia, y se incomodaba 
8¡ no le daban crédito. 

Decretó, pues, que se estaba en sedición, y mandó que 
le siguiesen to^os los que pertenecían al partido del Se- 
nado; en el concepto de que serian tenidos por Gesarianos 
~ los que se quedasen; y ya á la caida de la tarde salió de la 
ciudad. Los cónsules , sin haber hecho los sacrificios so- 
lemnes que preceden á la guerra, huyeron, y aun en medio 
de tan infaustas circunstancias era Pompeyo, en cuanto al 
amor del pueblo hacia él, un hombre feliz, pues con haber 
muchos que abominaban aquella guerra , ninguno miraba 
con odio al general , y en mayor número eran los que se- 
guían por no poder resolverse á abandonar á Pompeyo, que 
los que huian con él por amor de la libertad. 

De allí á pocos dias llegó César á Roma, y apoderándose 
á fuerza de ella, trató á todos con apacibilidad y manse- 
dumbre; y sólo al tribuno de la plebe Mételo, que se opo- 
nía á que tomara fondos del erario público, le amenazó de 
muerte, añadiendo á la amenaza otra expresión más dura 
todavía, pues le dijo que á él le costaría más el decirlo 
que el hacerlo. Habiendo retirado de este modo á Mételo, 
y tomado lo que le pareció necesitar, se puso á perseguir 
á Pompeyo, apresurándose á arrojarlo de Italia antes que 
le llegaran las tropas de España. Ocupó éste á Brindis, y 
teniendo á su disposición copia de naves, hizo embarcar 
inmediatamente á los cónsules, y con ellos treinta cohor- 
tes, para mandarlos con anticipación á Dirraquio; y á su 
suegro Escipion y á Neyo su hijo los envió á la Siria para 



446 n.rrAftCA. — las tidas pAiALUJks. 

disponer otra escuadra. Por lo qoe hace al mismo fW" 
peyó, asegoró las puertas; colocó en las murallas las tro- 
pas ligeras; maodó á los habitantes de Bríodis que no le 
movieran de sus casas; de la parte de adectro abrió fosoí 
por toda la ciudad, y á la entrada de las calles puso ei 
ellas estacas con punta, á excepción de dos solas por las 
que tenia bajada al mar. Al tercer dia había ya embarcado 
con descanso todas las tropas, y dando repentinamente la 
señal á los que estaban en la muralla, se le iccorporaros 
sin dilación, y se entregó al mar. César, luego que tío 
desamparada la muralla, conoció que se retiraban, y puesto 
á perseguirlos estuvo en muy poco que no cayese en las 
celadlas; pero habiéndoselo advertido los Brentesianos, se 
guardó de entrar en la ciudad, y dando la vuelta, halló que 
tollos habían dado la vela, á excepción de dos barcos que 
no contenían más que unos cuantos soldados. 

Colocan todos los demás esta retirada de Pompeyo en- 
tre las más delicadas operaciones militares; pero César 
mostró maravillarse de que ocupando una ciudad fuerte, 
esperando las tropas de la España, y siendo dueño del mar, 
desmantelase y abandonase la Italia. El mismo Cicerón le 
reprende de que hubiese preferido el método de defensa 
de Temístocles al de Pericles, cuando las circunstancias 
eran semejantes á las de éste, y no á las de aquél. Como 
quiera, en las obras manifestó César que temía mucho la 
dilación y el tiempo, pues habiendo tomado cautivo á Nu- 
merio, amigo de Pompeyo, lo envió á Brindis á tratar de 
paz con equitativas condiciones; pero Numerio se^embarcó 
con Pompeyo. En consecuencia de estos sucesos, habién- 
dose hecho César dueño de toda Italia en solos sesenta 
dins, sin haber derramado una gota de sangre, su primera 
determinación fué ir en seguimiento de Pompeyo; pero 
faltándole las embarcaciones, convirtió su atención y su 
marcha á la España para ver de incorporar á las suyas 
aquellas tropas. 



POMPEYO. 447 

£n este liempo judío Pompeyo considerables fuerzas, 
de las cuales las de mar eran del todo irresistibles, porque 
tenía quinientos buques de guerra, y de trasportes y 
guarda-costas un número excesivo; en caballería había 
reunido la flor de los Romanos é Italianos, hasta en número 
de siete mil hombres, superiores en riqueza, en linaje 
y en valor. La infantería era colecticia; y necesitando de 
instrucción, la disciplinó de asiento en Berea, no ocioso 
por su parte, sino concurriendo á los ejercicios como si se 
hallase en la m§s vigorosa juventud; pues era de gran peso 
para inspirar confianza el ver á Pompeyo Magno en la edad 
de cincuenta y ocho años maniobrar armado, ora con la 
infantería, y ora con la caballería, desenvainando la espada 
sin trabajo en medio del galope del caballo, y volverla á 
envainar con facilidad; y en tirar al blanco mostrar no sólo 
buen tino, sino también pujanza para lanzar los dardos á 
una distancia de la que pocos de los jóvenes podían pasar. 
Habían acudido á él los reyes y los proceres de las nacio- 
nes, y de Roma un número tal de los primeros personajes 
que parecía tener el Senado entero cerca de sí. Concurrió 
también Labeon, abandonando á César, de quien era amigo, 
y con quien había hecho la guerra en las Galías, é igual- 
mente Bruto, hijo de aquel á quien Pompeyo hizo perecer 
en la Galía, varón de elevado ánimo, y que nunca antes 
había saludado ni aun dado la palabra á Pompeyo, por 
mí^tador de su padre; pero al que se sometió entonces, 
mirándole como libertador de Roma. Cicerón, aunque en 
sus escritos y sus consejos había manifestado diferente 
opinión, tuvo á menos no ser del número de los que expo- 
nian la vida por la patria. Acudió, yendo hasta la Macedo- 
nía, asimismo Tidio Sexcío^ varón sumamente anciano, y 
que había perdido una pierna; al cual, mientras los demás 
se reían y burlaban, corrió á abrazar Pompeyo, levantán- 
dose de su asiento, por creer que no podía haber para él 
testimonio más lisonjero que el que los imposibilitados por 



448 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

la edad y por las fuerzas prefirieran á su lado el peligro á 
la seguridad que en otra parte tendrían. 

Celebróse Senado; y como siendo Catón quien abrió dic- 
tamen se decretase que no debía quitarse la vida á ningno 
Romano sino en formal combate, ni saquearse ciudad nin- 
guna que se conservase obediente á los Romanos, ganó 
con esto mayor aprecio el partido de Pompeyo; pues aun 
aquellos á quienes no alcanzaba la guerra, ó por vivir dis- 
tantes, ó por preservarlos de ella su oscuridad y pobreza, 
ayudaban á lo menos con la voluntad, y en sus conversa- 
ciones se ponían de parte de lo justo, creyendo que era 
enemigo de los Dioses y los bombres el que no sintiera 
placer en que venciese Pompeyo. Sin embargo, también 
César se acreditó de benigno en medio de la victoria; pues 
que habiendo tomado y vencido las fuerzas de Pompeyo en 
España, no hizo más que descartarse de los caudillos, y 
valerse de los soldados; y habiendo vuelto á pasar los Al- 
pes corrió la Italia, llegó á Brindis en el solsticio del in- 
vierno, pasó el mar, y se dirigió á Orico desde donde te- 
niendo cautivo á Bibulo, amigo de Pompeyo, le mandó con 
embajada á éste para excitarle á que reuniéndose ambos 
en un día determinado disolviesen todos los ejércitos, y 
hechos amigos con juramento solemne volviesen á la Ita- 
lia. Tuvo este paso Pompeyo por nueva asechanza; y ba- 
jando con pronlítud hacia el mar, ocupó terrenos y sitios 
que sirvieran de firme apoyo á su infantería, y puertos 
y desembarcaderos cómodos para los que arribasen por 
el mar; de manera que todo viento era próspero á Pom- 
peyo para que le llegaran víveres, tropas y caudales. 
César, que no había podido ocupar sino lugares desventa- 
josos, tanto por tierra como por mar, solicitaba los com- 
bates, acometía á las fortifícacíones, y provocaba á los 
enemigos por todas partes, llevando por lo común lo me- 
jor, alcanzando ventajas en estos encuentros, y sólo en 
una ocasión estuvo para ser derrotado y para perder el 



POMPE YO. 449 

ejército; pues en ella peleó Pompeyo con gran valor, hasta 
haberlos rechazado á todos, con muerte de unos dos mil; 
y no los forzó entrando con los Cesarianos en el campa- 
mento, ó porque no pudo, ó mejor porque le detuvo el 
miedo. Así es que se refiere haber dicho César á sus ami- 
gos: «Hoy la victoria era de los enemigos, si hubieran te- 
nido vencedor.» 

Engreídos con este suceso los del partido de Pompeyo, 
querían se diese pronto una batalla decisiva; pero Pompe- 
yo, aunque á los reyes y á los caudillos que no se halla- 
ban alU les escribía en tono de vencedor, temía el éxito 
de una batalla, esperando del tiempo y de la escasez y ca- 
restía triunfar de unos enemigos invictos en las armas, y 
acostumbrados largo tiempo á vencer en unión, pero des- 
alentados ya por la vejez para toda otra fatiga militar, como 
las marchas, las mudanzas de campamento, y la formación 
de trincheras, que era por lo que no pensaban más que en 
acometer y venir á las manos cuanto antes. Y Pompeyo 
hasta aquel punto habia podido con la persuasión conte- 
ner á los suyos; pero cuando César, después de la batalla 
referida, estrechado de la carestía, tuvo que marchar por 
el país de los Atamanes á la Tesalia, ya aquellos ánimos 
no estaban tan moderados, sino que gritando todos que 
César huía, unos proponian que se marchara en pos de él 
y se le persiguiera, y otros que se diera la vuelta á Italia, 
y aun algunos enviaban á Roma sus domésticos y sus ami- 
gos á que les tomaran casa cerca de la plaza, como que ya 
iban á pedirlas magistraturas. Muchos se apresuraron á ha- 
cer viaje á Lesbos, para pedir albricias á Cornelia de que es- 
taba concluida la guerra: porque Pompeyo, para tenerla en 
mayor seguridad, la habia enviado allá. Reunióse, pues, el 
Senado, y Afranio fué de opinión de que se ocupara la 
Italia, porque además de ser ella el premio principal de 
aquella guerra, á los que la dominaran se arrimarían al 
punto la Sicilia, la Cerdeña, la Córcega, la España y toda 
toMO III. i29 



450 PLUTARCO. — 1 AS Vidas paralelas. 

la Galia, no siendo, por otra parte, razón desatender el 
que debia ser objeto principal de Pompeyo; á saber, la 
patria, que le tendía las manos por verse escarnecida, y en 
la servidumbre de los esclavos y aduladores de los lira- 
nos. Mas Pompeyo creia que ni para su gloria conducía el 
huir segunda vez de César y ser perseguido pudiendo per- 
seguir, ni era justo abandonar á Escipion ni á los demás 
consulares esparcidos por la Grecia y la Tesalia, que al 
punto habían de venir á poder de César con grandes cau- 
dales y muchas tropas; y que el mejor modo de cuidar de 
Roma era el que la guerra se hiciese lejos de allí, para que 
libre y exenta de males esperara al vencedor. 

Tomada esta resolución, marchó en seguimiento de Cé- 
sar, con ánimo de rehusar batalla, contentándose con 
cercarle y quebrantarle por medio de la falta de víveres, 
yéndole siempre al alcance, lo que juzgaba también conve- 
niente por otro respeto; pues había llegado á sus oídos la 
especie difundida entre la caballería, de que sería del caso, 
después de deshecho César, acabar también con él mismo; 
y aun algunos dicen que por esta razón no se vaUó Pom- 
peyo de Catón para ninguna cosa de importancia, sino que 
al partir contra César lo dejó en la costa del mar encargado 
del bagaje, no fuera que quitado César de en medio, qui- 
siera al punto obligarle á que depusiera el mando. Vién- 
dole andar de este modo en pos de los enemigos, se le 
culpaba públicamente de que no era á César á quien bacía 
la guerra, sino á la patria y al Senado, para mandar siem- 
pre, y no dejar de tener por sus criados y satélites á los 
que eran dignos de dominar toda la tierra; y Domicio Eno- 
barbo con llamarle siempre Agamenón y Rey de reyes, 
concitaba más la envidia contra él. Érale no menos mo- 
lesto que cuantos usaban de indiscretas é importunas li- 
bertades aquel Fabonio, con sus pesadas burlas, diciendo: 
«Camaradas, en todo este año no probareis los higos de 
Tusculano.» Lucio Afranio, el que perdió las tropas de Es- 



POMPEYO. 451 

paña, por lo que habia contra él la sospecha de tpaicion, 
viendo entonces á Pompeyo esquivar la batalla, prorum- 
pió en la expresión de que se admiraba cómo sus acusa- 
dores andaban tan tardos en acometer al que apellidaban 
mercader de provincias. Con estas y otras semejantes ex- 
presiones violentaron á un hombre que no sabia sobrepo- 
nerse á la opinión del vulgo, ni á la censura de sus amigos, 
á adoptar sus esperanzas y sus planes, apartándose de la 
prudonte-determinacion que habia seguido: cosa que no hu- 
biera debido suceder, ni á un capitán de barco, cuanto más 
á un general de tantas -tropas y tantas naciones. Pompeyo, 
pues, que alababa entre los médicos á los que nunca con- 
•descendian con los antojos de los dolientes, en esta oca- 
sión cedió á la parte enferma del ejército, temiendo ha- 
«cerse desabrido por la salud de la patria. Porque, ¿cómo 
tendría nadie por sanos á unos hombres que en las mar- 
chas y en los campamentos soñaban con los consulados y 
las preturas; ni á Espinter, Domicio yEscipion, entre quie- 
nes habia riñas por la dignidad de Pontífice Máximo de Cé- 
sar? como si tuvieran acampado al frente al armenio Ti- 
graoes ó al rey de los Nabatéos^y no á aquel mismo 
César y aquellos soldados que hablan tomado por fuerza mil 
ciudades, hablan sujetado más de trescientas naciones, y 
habiendo sido siempre invictos en tantas batallas con los 
Germanos y los Galos, que no tenían número, habian to- 
mado más de un millón de cautivos y dado muerte en ba- 
talla campal á un millón de hombres. 

Sin embargo de ver determinado á Pompeyo, desasose- 
gados é inquietos, le obligaron luego que llegaron á la lla- 
nura de Farsalia á tener un consejo, en el cual Labieno, 
general de la caballería, levantándose el primero, juró que 
no se retiraría de la batalla sin haber puesto en huida á los 
enemigos, y lo mismo juraron todos. En aquella noche le 
pareció á Pompeyo entre sueños que al entrar él en el tea- 
tro aplaudió el pueblo, y él después adornó con muchos 



dot^pOiOs eí ;¿iuplo de Téaos Xlcétora ■. i> Eáta ¥iaU>a en 
^r^ i<i aléDUtd. j en pidrte ie caosaba inqoieiod, do foen 
qu*^ por ocaáioQ de él resQ^ura giorU j espiendor al liaaje 
de Cé^ar qo«: ¿ubta basU Véaos. Suseiüroase además en el 
cam j^ifUécio ciertos terrores pánicos que le hicieroa le- 
iranur. A la vigiiia de la mañana resplandeció sobre el 
eampameaio de César, donde todoesUiLaen quíetsd, mu 
gnia iiánkj^, en la qoe se enceodiú ona aniarcha, que 
fbé á parar al campameoto de Pompeyo; y se dice qoe Cé- 
sar ¥i<j esie porteólo á iiempo qoe recorría los goardias. 
Por U DQ^oáiia moy temprano, ¿otes de disiparse las tinie- 
bl^, dispoaia oacer marchar de allí so ejército; y coando 
ya los soldados recogían las tiendas, y enviaban delante 
los bagajes y los asistentes, vinieron las escochis anoQ- 
ciando observarse en el campamento del enemigo qoe se 
andaba con armas de ona parte á otra, y aquel movimiento 
y ruido que causan hombres que salen á dar batalla; y des- 
pués de éstos llegaron otros, diciendo que los primeros 
soldados estaban ya formados. 

César al oir esto, diciendo haber llegado el deseado dia 
en que iban á pelear (ton hombres y no con el hambre y la 
miseria^ mandó que al punto se colocara delante de su pa- 
bellón la túnica de púrpura, porque ésta es entre los Ro- 
manos la señal de batalla. Los soldados al verla, dejando 
las tiendas, con algazara y regocijo corrieron á las armas, 
y los tribunos, formándolos como en un coro en el orden 
que convenia, pusieron á cada uno en su propio lugar, sin 
arrebato ni confusión. 

Tomó Pompeyo para sí el ala derecha, habiendo de te- 
ner al frente á Antonio; en el centro colocó á su suegro 
Eacipion, contrapuesto á Lucio Albino; y Lucio Domicio 
mandó el ala izquierda, reforzada con el grueso de la ca- 
ballería, que casi toda había cargado á aquella parte para 



(1) Mícéfora vala tanto como condactora de la victoria. 



POMPE YO. 453 

envolver á César y destrozar la legión décima que tenía la 
fama de ser la más valiente, y en la que acostumbraba á 
colocarse César en las batallas. Cuando éste vio sostenida 
por tanta caballería la izquierda de los enemigos, temió la 
fortaleza de su armadura, y sacó de su retaguardia seis 
cohortes, colocándolas á espaldas de la legión décima, con 
<3rden de que no se movieran, y procuraran ocultarse á los 
enemigos; mas cuando acometiese la caballería salieran 
con precipitación por entre la primera línea, y no tiraran 
las lanzas, como suelen hacerlo los más esforzados para 
venir cuanto antes á las espadas, sino que dirigieran los 
golpes hacia arriba, para herir en la cara y en los ojos á 
los enemigos: porque aquellos lindos y graciosos bailarines 
no sólo no aguardarian, sino que ni aun sufrirían por causa 
de su belleza ver el hierro delante de los ojos. Éstas eran 
las disposiciones que daba César. 

Pompeyo, descubriendo desde su caballo el orden y for- 
mación de los enemigos, cuando vio que éstos esperaban 
tranquilos el momento y oportunidad sin moverse de sus 
filas, siendo así que su ejército no se mantenía con la mis- 
ma quietud, sino que lleno de ardor empezaba por su im- 
pericia á desordenarse, temiendo que enteramente se le 
desbandase en el principio de la batalla, dio 'orden á los de 
primera línea, de que permaneciendo firmes ó inmobles 
recibieran en aquella manera á los enemigos. César re- 
prende esta orden y esta operación militar: porque con 
ella se debilita la fuerza que adquieren los golpes en la 
carrera, y aquel encuentro de los enemigos unos con otros, 
que es el que da impulso y entusiasmo, y aumenta la có- 
lera con la gritería y el mayor ímpetu; quitado lo cual los 
hombres pierden el ardor y se enfrian. Las fuerzas de Cé- 
sar consistían en unos veintidós mil hombres, y las de 
Pompeyo eran poco más del doble de este número. 

Dada la señal de una y otra parte, cuando las trompetas 
comenzaron á excitar al encuentro, de los de la muche- 



454 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

dumbre cada uno pensó sólo en si mismo; pero unos cuan* 
tos Romanos, lo mejor entre ellos, y algunos Griegos que 
se bailaron presentes fuera de la batalla, al ver que se 
acercaba el momento terrible, se pusieron á meditar sobre 
el trance á que la codicia y ambición hablan traido á la 
república. Armas de un mismo origen, ejércitos entre sí 
hermanos, las mismas insignias, y el valor y poder de una 
misma ciudad, iban á chocar consigo mismos, demos- 
trando cuan ciega y loca es la condición humana en su» 
pasiones: porque si querian mandar y gozar tranquilamente 
de lo adquirido, la mayor y más apreciable parte del mar 
y de la tierra les estaba sujeta; y si todavía tenían ansia y 
sed de trofeos y triunfos, podían saciarla en las guerras 
Párticas y Germánicas. Quedaba además ancho campo á 
sus hazañas en la Escitia y en la India, pudiéndoles servir 
de pretexto el dar civilización á naciones bárbaras. Porque 
¿qué caballería de los Escitas, qué saetas de los Partos, ó 
qué riquezas de los Indios serian bastantes á contener & 
setenta mil Romanos que acometieran armados estas re- 
giones al mando de Pompeyo y de César, cuyos nombres 
hablan llegado á sus oídos antes que supieran que había 
Romanos? ¡tantas, tan varias y feroces eran las naciones 
hasta donde habían penetrado victoriosos! Y entonces se 
habían buscado para hacerse uno á otro la guerra, sin que 
sirviera para contenerlos ni el celo de su propia gloria,, 
por la que se habían olvidado hasta de la compasión que 
debían tener á la patria, habiéndose apellidado invictos 
hasta aquel día. Porque el deudo antes contraído, las gra- 
cias de Julia, y aquel enlace, luego se vio que no habían 
sido más que unas prendas falaces y sospechosas de una 
sociedad formada en provecho común; sin que hubiera en- 
trado en ella, ni por la más mínima parte, la verdadera 
amistad. 

Luego que la llanura de Farsalia se llenó de hombres, 
de caballos y de armas, y que de una y otra parte se die- 



POMPE YO. 455 

roa las señales de la batalla, el primero que salió cor- 
riendo de las líneas de César fué Cayo Crastino, que man- 
daba una compañía de ciento veinte hombres, cumpliendo 
de este modo á César la promesa que le liabia hecho; por- 
que habiéndolo éste visto al salir del campamento, salu- 
dándole por su nombre, le preguntó qué pensaba de la 
batalla; y él, alargándole la mano, exclamó: ce Vencerás 
gloriosamente, César, y hoy habrás de alabarme ó vivo ó 
muerto.» Teniendo fijas en la memoria estas palabras, se 
adelantó llevando á muchos consigo, y se arrojó en medio 
de los enemigos. Peleóse desde luego con las espadas, y 
como con muerte de muchos intentase penetrar las filas de 
los enemigos, uno de éstos le metió la espada por la boca, 
con tal fuerza que le salió por la nuca. Muerto Crastino, ya 
después se peleaba con igualdad; sino que Pompeyo no 
movió con la conveniente celeridad su derecha, detenién- 
dose á mirar á una y otra parte esperando la acometida de 
la caballería. Ya ésta marchaba en cuerpo para envolver á 
César, y habia conseguido impeler sobre su batalla los po- 
cos caballos que ante ella tenía formados; pero habiendo 
dado César la señal, su caballería se retiró, y acudiendo al 
punto las cohortes destinadas á oponerse á aquella opera- 
ción, que venían á constar de unos tres mil hombres, se 
dirigieron con ímpetu contra los enemigos, y contrares- 
tando á la caballería, usaron de las lanzas hacia arriba, 
como se les habia prevenido, para herir en la cara. A aque- 
llos soldados bisónos, sin experiencia de ningún género de 
combate, y desprevenidos para el que sufrian, no teniendo 
de él ninguna ¡dea, les faltó valor y sufrimiento para aguan- 
tar unos golpes dirigidos á los ojos y al rostro; por lo que, 
volviendo grupa, y cubriéndose los ojos con las manos, 
huyeron ignominiosamente. Luego que éstos se quitaron 
de delante, los Cesarianos ya no pensaron más en ellos, 
sino que marcharon contra la infantería por aquella parte 
por donde habiendo quedado más débil con la falta de los 



456 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

caballos daba mayor facilidad para ser cercada y envuelta. 
Acometiendo, pues, por el flanco, y la legión décima por 
el frente, ni sostuvieron éstos, ni guardaron orden, viendo 
que cuando esperaban baber envuelto á los enemigos eran 
ellos los que experimentaban esta suerte. 

Rechazados éstos, cuando Pompoyo vio la polvareda, y 
conjeturó lo sucedido á la caballería, es imposible decir 
cómo se quedó, ni cuál fué su pensamiento; antes seme- 
jante á un hombre fuera de sí y enteramente alelado, sin 
acordarse de que era Pompeyo Magno, y sin hablar una 
palabra, paso entre paso se encaminó al campamento, en 
términos de venirle muy acomodados estos versos: 

En Ayax Jove desde su alto asiento 
Tal terror infundió, que helado, absorto, 
Echó á la espalda el reforzado escudo, 
Y atrás volvió mirando á todas partes. 

Entrando de la misma manera en su tienda, se sentó ta- 
citurno, hasta que llegaron muchos persiguiendo á los que 
huian, porque entonces prorumpiendo en sola esta expre- 
sión: «¿Conque hasta mi campamento?>> y sin decir nin- 
guna otra cosa, tomó las ropas que á su presente fortuna 
convenían, y salió de él. Huyeron asimismo las demás le- 
giones, y fué grande en el campamento la mortandad de 
los que custodiaban los equipajes y de los asistentes: de 
los soldados, dice Asinio Polion, que se halló con César en 
la batalla, que sólo m.urieron unos seis mil. Tomaron el 
campamento, y entonces vieron la locura y vanidad de los 
enemigos: porque las tiendas estaban coronadas de arra- 
yan, entapizadas de flores, y con mesas llenas de vasos 
preciosos: veíanse tazas rebosando de vino, y todo el 
adorno y aparato eran más bien de hombres que hacían 
sacrificios y celebraban fiestas que de soldados armados 
para la batalla. Pervertidos hasta este punto en sus es- 



POMPEYO. 457 

peranzas, y llenos de una vana confianza, salieron al com- 
bate. 

Pompeyo, á los pocos pasos que hubo andado desde el 
campamento dejó el caballo, siendo en muy corto número 
las personas que le seguian: y como nadie le persiguiese, 
caminaba despacio, pensando en lo que era natural pen- 
sase un hombre acostumbrado por treinta y cuatro años 
continuos á vencer y mandar á todos, y que entonces por 
la primera vez probaba lo que era ser vencido y huir. Con- 
templaba que en una hora habia perdido aquella gloria y 
aquel poder que habia ido creciendo con peligros, comba- 
tes y continuas guerras; y que el mismo que poco antes 
era guardado con tantas armas, caballos y tropas, cami- 
naba ahora tan abatido y desamparado, que podia ocul- 
tarse á los enemigos que le buscaban. Pasó por delante de 
Larisa, y habiendo llegado al valle de Tempe, se echó en 
tierra de bruces aquejado de la sed, y bebió en el rio, 
levantóse y continuó marchando por el valle hasta que 
llegó al mar. Pasó allí lo que restaba de la noche, repo- 
sando en la barraca de unos pescadores; y al amanecer, 
embarcándose en una lanchita de río, admitió en ella á los 
hombres libres que le seguian, mandando á los esclavos 
que se fueran á presentar á César y no temieran. Iba cos- 
teando, y vio una nave de comercio que estaba para dar la 
vela, de la que era capitán un ciudadano romano, de nin- 
gún trato con Pompeyo, perp al que conocía de vista: lla- 
mábase Petiquio. Éste en la noche anterior habia visto en- 
tre sueños á Pompeyo, no como otras muchas veces, sino 
como abatido y apesadumbrado. Habíalo así referido á sus 
pasajeros, según la costumbre de entretenerse con seme- 
jantes conversaciones los que están de vagar. En esto uno 
de los marineros se presentó diciendo haber visto que 
venía de tierra un barquichuelo de rio, y que unos hom- 
bres que en él se hallaban les hacían señas, sacudiendo las 
ropas, y les tendían las manos. Levantóse Petiquio, y ha- 



458 PLUrARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

bieodo conocido al punió á Pompeyo, como le hábia visto 
entre sueños, dándose una palnoada en la cabeza, naandó á 
los marineros que echaran el bote, y alargando la diestra» 
llamaba á Pompeyo, conjeturando ya por la disposición en 
que le veia la terrible mudanza de su suerte. Así, sin aguar- 
dar súplicas ni otra palabra alguna, recogiéndole, y á los 
que con él venian, que eran los dos Lentulos y Fabonio, 
se hizo al mar; y habiendo visto al cabo de poco al rey De- 
yotaro, que por tierra venía hacia ellos, también le reci- 
bieron. Llegó la hora de la cena, la que dispuso el maestre 
de la nave con lo que á mano tenía; y viendo Fabonio que 
Pompeyo por falta de sirvientes habia empezado á lavarse 
á sí mismo, corrió á él, y le ayudó á lavarse y ungirse; y 
de allí en adelante continuó ungiéndole y sirviéndole ea 
todo lo que los esclavos á sus amos, hasta lavarle los pies 
y aparejarle la comida; tanto, que alguno, al ver la natura- 
lidad, la sencillez y pronta voluntad con que se hacían 
aquellos oficios, no pudo menos de exclamar: 

¡Cómo todo está bien al hombre grande! (i). 

Navegando de esta manera á Anfípolis, pasó desde allíá 
Mitilene, oon el objeto de recoger á Cornelia y á su bija. 
Luego que tocó en la orilla de la isla, mandó á la ciudad 
un mensajero, no cual Cornelia esperaba, según las noti- 
cias que lisonjeramente le habían anticipado y se le habiao 
escrito, dándole á entender que ter^ninada la guerra ea 
Dirraquio, no le quedaba á Pompeyo otra cosa que hacer 
que seguir el alcance á César. Entretenida con estas espe- 
ranzas, la sorprendió el mensajero, que ni siquiera tuvo 
fuerzas para saludarla, sino que dándola á entender con 
sus lágrimas más que con palabras lo grande y excesiva 
de aquella calamidad, le dijo que se apresurase si quería 

(1) Verso de Eurípides . 



POMPBYO. 459 

ver á Pompeyo con una sola nave, y esa ajena. Al oírlo 
cayó en tierra, y permaneció largo rato fuera de sí sin sen- 
tido; costó mucho que volviese, y cuando estuvo en su 
acuerdo, echa cargo de que el tiempo no era de. lamentos. 
y de lágrimas, corrió por la ciudad al mar. Salióla á recibir 
Pompeyo; y habiendo tenido que recogerla en sus brazos 
acongojada y á punto de desmayarse: «veo, exclamó, oh 
Pompeyo, en tí, no la obra de tu fortuna, sino de la mía, 
al mirar arrojadó'en un miserable barco al que antes de 
casarse con Cornelia habia surcado este mismo mar con 
quinientas naves. ¿Por qué has venido á verme, y no has 
abandonado á su infeliz suerte á la que te ha traído seme- 
jante desventura? ¡Cuan dichosa hubiera sido yo, habiendo 
muerto antes de recibir la noticia de haber perecido á ma- 
nos de los Partos Publio mi primer marido! ¡y cuan cuerda 
y avisada si por seguirle me hubiera, como lo intenté, qui- 
tado la vida! Quedé con ella para venir ahora á ser la ruina 
de Pompeyo Magno.» 

Dícose que estas fueron las voces en que prorumpió 
Cornelia, y que Pompeyo le respondió de esta manera: 
«Tú, oh Cornelia, no has conocido más que la buena for- 
tuna, la que quizá te ha engañado por haber permanecido 
conmigo más tiempo que el que tiene de costumbre; pero 
es menester llevar esta suerte, pues que á todo está su- 
jeta la condición humana, y probar otra vez fortuna; no 
debiendo desesperar de recobrar lo pasado el que de aque- 
lla altura ha descendido á esta bajeza.» Sacó Cornelia de 
la ciudad los intereses y la familia, y habiendo salido los 
Mitilenos á saludar á Pompeyo, rogándole que entrase en 
la población, no se prestó á ello, sino que les previno que 
obedeciesen al vencedor, confiando en él, porque César 
era benigno y de buena condición. Volviéndose después al 
filósofo Cratipo, que habia bajado á verle, le dirigió algu- 
nas expresiones, con que reprendía la Providencia; á las 
que cedió Cratipo, procurando llamarle á mejores espe- 



460 PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

ranzas, por no hacerse molesto é impertinente si entonces 
le contradecía. Porque se hubiera seguido preguntarle 
Pompeyo sobre la Providencia, y tener él que contestarle 
que las cosas hablan llegado á punto de ser absolutamente 
necesario que uno solo mandase en el Estado á causa del 
mal gobierno, repreguntándole luego: ¿cómo ó con qaé 
pruebas se nos haría ver que tú, oh Pompeyo, usarías me- 
jor de la fortuna si hubieras sido el vencedor? Pero con- 
viene dar de mano á estas cosas, y á todo lo que toca á los 
Dioses. 

Tomando, pues, consigo la mujer y los amigos, seguía su 
viaje, arribando á los puntos que era necesario para pro- 
veerse de aguada y víveres, siendo Atalia de la Panfilia la 
primera ciudad en que entró. Llegáronle allí algunas gale- 
ras de la Cllicia, y empezó á levantar tropas, teniendo ya 
cerca de sí otra vez unos sesenta del orden senatorio. Ha- 
biéndose anunciado que la escuadra se mantenía, y que 
Calón, habiendo reunido muchos de los soldados, pasaba 
al África, empezó á lamentarse con sus amigos, repren- 
diéndose de haberse dejado violentar para combatir con 
las tropas de tierra, no empleando para nada el recurso 
mayor que sin disputa tenía, y de no haberse aproximado 
á la 'armada, para tener prontas, si por tierra sufría algún 
descalabro, unas fuerzas navales de tanta consideración: 
pues ni Pompeyo pudo cometer mayor yerro, ni César va- 
lerse de medio más acertado que el de haber trabado la 
batalla á tanta distancia de los socorros marítimos. Mas, 
en fín, precisado á dar pasos y sacar algún partido del es- 
tado presente, á unas ciudades envió embajadores, y pa- 
sando él mismo á otras recogía fondos y tripulaba las na- 
ves; pero temiendo la celeridad y presteza del enemigo no 
fuera que le sobrecogiese antes de allegar los preparati- 
vos, andaba examinando dónde podría hallar por lo pronto 
asilo y refugio. Puestos á deliberar, no veían provincia 
que les ofreciese seguridad; y por lo que hace á reinos, el 



V 



POMPEYO. 461 

mismo Pompeyo indicó el de los Partos, como el más pro- 
pio para recibirlos y protegerlos mientras eran débiles, y 
para rehacerlos después y habilitarlos con nuevas fuerzas. 
De los demás, algunos volvían la consideración hacia 
África y el rey Juba; pero á Teofanes de Lesbos le parecia 
una locura, no distando el Egipto más que tres días de na- 
vegación no hacer cuenta de él, ni de Tolomeo, que aun- 
que todavía mocito, debía haber heredado la amistad y 
gratitud paterna, é ir á entregarse en manos de los Par- 
tos, gente del todo desleal é infiel; y que el mismo que no 
quería tener el segundo lugar, respecto de un ciudadano 
romano su deudo, siendo el primero respecto de lodos los 
démas, ni exponerse á probar la moderación de aquél, 
hiciera dueño de su persona á un Arsacida que no pudo 
serlo de la de Craso mientras tuvo vida, y llevar una mujer 
joven de la casa de los Escipiones á un país bárbaro, en- 
tre gentes que hacen consistir el poder en el insulto y la 
disolución. Pues aunque nada sufriese, podia parecer que 
lo habia sufrido, por haber estado entre gente por lo co- 
mún desmandada, lo que es terriblet Dícese que esto sólo 
fué lo que retrajo á Pompeyo de seguir la marcha hacia el 
Eufrates; si es que esta fué resolución de Pompeyo, y no 
fué su mal hado el que le inclinó á este otro camino. 

Luego que prevaleció el parecer de ir á Egipto, dando 
la vela de Chipre en una nave seleucida con su mujer, y 
siguiéndole los demás, unos con embarcaciones menores 
y otros en trasportes, hizo la travesía sin accidente algu- 
no; pero habiendo sabido que Tolomeo se hallaba en Pe- 
lusio, haciendo la guerra á su hermana, hubo de detener- 
se, enviando persona que anunciara al Rey su llegada, y 
le pidiera benigna acogida. Tolomeo era muy jovencito: y 
Potino, que era el arbitro de los negocios, juntó en con- 
sejo á los de mayor autoridad, que la tenían los que él 
quería, y les mandó dijera cada uno su dictamen. ¡Era cosa 
bien triste que sobre la suerte de Pompeyo Magno hubie- 



# 



46Í PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

ran de decidir el eunuco Potino, Teodoto de Quío, llamado 
por su salario para ser maestro de retórica, y el egipcio 
Aquila! Porque estos consejeros eran los principales entre 
los demás camareros y ayos; y Pompeyo, que no tenía por 
digno de su persona ser deudor de su salud á César, es- 
taba esperando al áncora lejos de tierra la resolución de 
semejante Senado. Los pareceres fueron del todo opues- 
tos, diciendo unos que se le desechase, y otros que se le 
llamara y recibiera; pero Teodoto, haciendo muestra de so 
habilidad y pericia en la materia, demostró que ni en lo 
uno ni en lo otro habia seguridad; porque de recibirte 
tendrian á César por enemigo, y á Pompeyo por señor; y 
de desecharle incurririan en el odio de Pompeyo por la 
expulsión, y en el de César por tener todavía que perse- 
guirle; así que, lo mejor era mandarle venir, y matarle; 
pues de este modo servirían al uno, y no tenían que te- 
mer al otro, añadiendo con sonrisa, según dicen, que hom- 
bre muerto no muerde. 

Así se determinó, y Aquila tomó á su cargo la ejecución; 
el cual, llevando consigo á un tal Septimio, que en otro 
tiempo fuera tribuno á las órdenes de Pompeyo, á otro 
que habia sido centurión, llamado Salvio, y tres ó cuatro 
criados, se dirígió á la nave de Pompeyo. Habían pasado 
y reunídose en ella los principales de su comitiva^ para 
estar presentes á lo que ocurriese; y cuando vieron que el 
recibimiento no era ni regio ni brillante, como Teofanes 
se lo habia hecho esperar, viniendo sólo unos cuantos 
hombres en un barquichuelo de pescador, ya les pareció 
sospechosa la poca importancia que se les daba, y acon- 
sejaron á Pompeyo sacara la nave á alta mar hasta ponerse 
fuera de alcance; pero en esto, atracando ya el barqui- 
chuelo, se levantó el primero Septimio, y saludó en len- 
gua romana á Pompeyo con el título de Emperador; y 
Aquila, saludándole en gríego, le instaba para que pasase 
á su barco, porque habia mucho cieno, y por allí no tenía 



POMPEYO. 4G3 

para su galera bastante profundidad el mar, y además 
abundaba de bancos de arena. Veíase al mismo tiempo 
que se aprestaban algunas de las naves del Rey, y que se 
coronaba de tropas la orilla; de manera que no les era 
dado huir, aunque mudaran de propósito; y por otra parte 
si tenian dalladas intenciones, con la desconfianza defen- 
derían su injusticia. Saludando, pues, á Cornelia, que muy 
de antemano lloraba su muerte, dio orden de que se em- 
barcaran primero á dos centuriones, á su liberto Filipo, y 
á un esclavo llamado Escena, y al darle la mano Aquila, 
volviéndose á su mujer y á su hijo, recitó aquellos yambos 
de Sofocos: 

Quien al palacio del tirano fuere, 
Esclavo es suyo, aun cuando libre parta. 

Habiendo sido estas las últimas palabras que pronunció, 
descendió al barco , y como medíase bastante distancia 
desde la galera á tierra, y ninguno de los que iban con él 
le hubiera dirigido siquiera una expresión de agasajo, po- 
niendo la vista en Septimio, «paréceme, le dijo, haberte 
conocido en otro tiempo, siendo mi compañero de armas;» 
á lo que le contestó bajando sólo la cabeza, sin pronunciar 
palabra ni poner siquiera buen semblante; por tanto, como 
se guardare por todos un gran silencio, sacó Pompeyo un 
libro de memoria, y se puso á leer un discurso que había 
escrito en griego para hacer uso de él con Tolomeo. 
Cuando arribaban á tierra, Cornelia, que llena de agitación 
é inquietud habia subido con los amigos de Pompeyo á la 
cubierta de la nave para ver lo que pasaba, concibió al- 
guna esperanza al observar que muchos de los cortesanos 
salían al desembarco como para honrarle y recibirle. En 
esto, al tomar Pompeyo la mano de Filipo para ponerse en 
pié con mayor facilidad , Septimio fué el primero que por 
la espalda le pasó con un puñal, y en seguida desenvaina- 



i 



4(U PLUTARCO. — LAS VIDAS PARALELAS. 

ron también sus espadas Salvio y Aquila. Pompeyo, echán- 
dose la toga por el rostro con entrambas manos, nada hizo 
ni dijo indigno de su persona , sino que solamente dio un 
suspiro, aguantando con entereza los golpes de sus asesi- 
nos. Y habiendo vivido cincuenta y nueve años, al otro dia 
de su nacimiento terminó su carrera. 

Los de las naves, habiendo visto su muerte , movieron 
un llanto que llegó á oirse desde la tierra , y levantando 
áncoras huyeron con precipitación. Ayudábales un recio 
viento cuando ya estaban en alta mar; por lo que, aunque 
los Egipcios quisieron perseguirlos, desistieron de su pro- 
pósito. Al cadáver de Pompeyo le cortaron la cabeza, arro- 
jando el cuerpo desnudo á tierra desde el barquichuelo, y 
dejándolo que fuera espectáculo de los que quisiesen verlo. 
Estúvose á su lado Filipo, hasta que se cansaron de mirar- 
lo; después, lavándolo en el mar, y envolviéndolo en una 
miserable ropa suya, por no tener otra cosa, se puso á re- 
gistrar por la orilla, y descubrió los despojos de una lan- 
cha gastados ya por el tiempo, pero bastantes todavía para 
la mezquina hoguera de un cadáver, y aun éste no en- 
tero. Mientras los recogia y amontonaba , hallándose allí 
cerca un Romano ya de edad , y que habia hecho sus pri- 
meras campañas con Pompeyo cuando todavía era joven: 
«¿quién eres, le dijo, tú que tienes el cuidado de dar se- 
pultura á Pompeyo Magno?» respondióle que un liberto 
suyo: «pues no has de ser tú solo, continuó, el que le 
preste tan debido oficio: admíteme á mí á la parte de este 
tan piadoso encuentro, para no tener tanto de qué culpar 
á mi suerte en esta ausencia de la patria, gozando entre 
tantas aflicciones el consuelo de tocar y envolver con mis 
manos al mayor capitán que ha tenido Roma.» Estos fueron 
los funerales de Pompeyo. Al dia siguiente Lucio Lentulo, 
que sin saber nada de lo sucedido navegaba de Chipre, y 
aportó á tierra, luego que vio la hoguera de un cadáver, y 
que al lado de ella estaba Filipo, al que aun no habia cono- 



POMPEYO. 465 

cido: «¿quién es, dijo, el que cumplido su hado reposa en 
esta tierra? ¡Quizá tú, continuó, oh Pompeyo Magno!» y 
habiendo desembarcado de allí á poco, ie prendieron y 
dieron muerte. Así acabó Pompeyo. De allí á breve tiempo 
llegó César al £gipto , que se habia manchado con tales 
crímenes; y al que le presentó la cabeza de aquél, le tuvo 
por abominable, volviendo el rostro por no verle; presen- 
táronle también el sello, y al tomarle lloró. Estaba en él 
grabado un león con la espada en la mano. A Aquila y Po- 
tino les hizo dar muerte; y habiendo sido el Rey vencido en 
una batalla junto al rio, no se volvió á saber de él. A Teo- 
doto el Sofista no le alcanzó la venganza de César, porque 
huyó del Egipto, andando errante y aborrecido de todos; 
pero Marco Bruto, en el tiempo en que mandó después de 
haber dado muerte á César , lé encontró en el Asia, y ha- 
biéndole hecho sufrir toda clase de tormentos, le quitó la 
vida. 

Las cenizas de Pompeyo fueron entregadas á Cornelia, 
que llevándolas á Roma las depositó en el campo Albano. 



TOMO III. 30 



i 



COMPARA.0ION DB AGESILA.0 t POMPBTfO. 



Expuestas las vidas, recorramos con el discurso rápida- 
mente los caracteres que distinguen al uno del otro, en- 
trando en la comparación; y son de esta manera. En pri- 
mer lugar, Pompeyo subió al poder y á la gloría por el 
medio más justo, promoviéndose á sí mismo, y auxiliando 
eficaz y poderosamente á Sita para libertar la Italia de tira- 
nos; y Agesílao en el modo de entrar á reinar no parece 
que carece de reprensión, ni para con los dioses, ni para 
con los hombres: haciendo declarar bastardo á Leutuqui- 
das, cuando su hermano lo habia reconocido por legitimo, 
é interpretando de un modo ridículo el oráculo sobre la 
cojera. En segundo lugar, Pompeyo perseveró honrando á 
Sila mientras vivió, y después de muerto cuidó de su en- 
tierro, oponiéndose á Lépido; y con Fausto, hijo de aquél, 
casó su propia hija; y Agesilao alejó de sí y mortificó el 
amor propio de Lisandro bajo ligeros pretextos, siendo asi 
que Sila no recibió menos favores de Pompeyo que los que 
dispensó á éste, cuando Lisandro hizo á Agesilao rey de 
Esparta y general de toda la Grecia. En tercer lugar, las 
faltas de Pompeyo en política y en justicia nacieron de su 
deferencia al parentesco, pues en las más tuvo por socios 
á César y Escipion sus suegros; y Agesilao á Esfodrias, 
que era reo de muerte por la injusticia hecha á los Ate- 
nienses, le arrancó del suplicio sólo en obsequio del amor 
de su hijo; y á Febidas, que quebrantó ios tratados hechos 
con los Tóbanos, le dio abiertamente favor y auxilio por 
este mismo agravio. Finalmente, en cuantas cosas es acu- 



GOMPARACION DE AGESILAO Y POMPEYO. 467 

sado Pompeyo de haber causado perjuicios á la república 
romana por mala vergüenza ó por ignorancia, en otras 
tantas Ágesilao por encono y rivalidad irrogó daños á los 
Lacedemonios, encendiendo la guerra de la Beocia. Y si 
ha de entrar en cuenta con estos yerros, la fortuna que 
vino por ocasión de Pompeyo, fué inesperada para los Ro- 
manos; cuando Ágesilao á los Lacedemonios, que lo ha- 
blan oido, y estaban por tanto enterados, no les dejó pre- 
caverse del reino cojo: pues aunque mil veces hubiera sido 
convencido Leutuquidas de extraño y bastardo, no hubiera 
faltado á la línea Eurutionide rey legítimo y firme de pies, 
si Lisandro no hubiera echado un tenebroso velo sobre el 
oráculo por favorecer á Ágesilao. Ahora por lo que hace 
al recurso que excogitó Ágesilao en la dificultad que cau- 
saban los que hablan huido en }a batalla de Leuctras, que 
fué el de mandar que por aquel dia durmiesen las leyes, 
jamás se inventó otro igual, ni tenemos ninguno de Pom- 
peyo á que compararle. Por el contrario, éste ni siquiera 
daba valor á las leyes que él mismo habia dictado, cuando 
se trataba de hacer ver á ios amigos la grandeza de su po- 
der; pero aquél, puesto en el estrecho de desatar las leyes 
por salvar á los ciudadanos, encontró medio para que 
aquellas no perjudicasen, y para no desatarlas porque per- 
judicaban. También pongo en cuenta de la virtud política 
de Ágesilao otro rasgo inimitable, cual fué haber levantado 
mano de sus hazañas en el Asia apenas recibió la orden de 
los Eforos; pues no sirvió á la república al modo de Pom- 
peyo en aquello sólo que á él le hacía grande, sino que 
mirando únicamente al bien de la patria, abandonó un po- 
der y una gloria á los que ni antes ni después llegó nin- 
guno otro, á excepción de Alejandro. 

Tomando ya en consideración otra especie de autoridad, 
que es la militar y guerrera, en el número de los trofeos, 
en la grandeza de los ejércitos que mandó Pompeyo, y en 
la muchedumbre de batallas dadas de poder á poder, de 



468 PLUTARCO. — ^LAS VIDAS PARALELAS. 

\2S que salió vencedor, me parece que ni el mismo Jeno 
fonte habla de comparar con las victorias de aquél las de 
Agesilao, con ser así que por sus demás cualidades sobre- 
salienles se le concede como un premio particular el que 
pueda escribir y decir cuanto quiera en loor de este grande 
hombre. Entiendo además que fueron también muy dife- 
rentes en el benigno modo de haberse con los enemigos: 
pues éste, por querer esclavizar á Tebas y asolar á Me- 
sena, la una de igual condición que su patria, y la otra 
metrópoli de su linaje, le faltó casi nada para perder á Es- 
parta; por de contado le hizo perder el imperio; y aquél á 
los piratas que se mostraron arrepentidos les concedió 
ciudades, y á Tigranes, rey de los Armenios, al que tuvo 
en su poder para conducirle en triunfo, lo hizo aliado de 
la república: diciendo que la gloria verdadera valia más 
que la de un dia. Mas si el prez de la virtud de consumado 
general se ha de conceder á las mayores hazañas, y á las 
más irrepensibles disposiciones de guerra, el Lacedemonio 
deja tras de sí al Romano, porque en primer lugar no aban- 
donó ni desamparó la ciudad al invadirla los enemigos con 
un ejército de setenta mil hombres cuando él tenía pocas 
tropas, y éstas vencidas recientemente; y Pompeyo, sia 
más que por haber tomado César con sólo cinco mil y tres- 
cientos hombres una ciudad de Italia, abandonó á Roma de 
miedo, ó cediendo él cobardemente atan pocos, ó pensando 
sin fundamento que fuesen en mayor número. Solícito ade- 
más en recoger sus hijos y su mujer, huyó, dejando ea 
orfandad á las de los demás ciudadanos: siendo así que 
debía, ó vencer peleando por la república, ó admitir las 
condiciones que propusiera el vencedor, que era un ciuda- 
dano y su deudo; y no que ahora, al que tenía por cosa dura 
prologarle el tiempo del mando, le dio con esto mismo 
motivo para decir á Mételo al tiempo de apoderarse de Roma 
que temia por sus cautivos á él y á todos sus habitantes. 
Tiénese por la más sobresaliente prenda de un buen gene-